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Marco Polo
Ya que te diriges a Catay, a la corte de Kublai Khan, querría pedirte un favor,
joven veneciano.
Será un gran honor para mí poder serle útil al gran Argum Khan, soberano del
reino de Persia.
Te lo agradezco.
¡Dejadnos solos ahora!
Escucha.
Esta es mi hija Sahara, que he prometido como esposa a Kublai Khan para sellar la
amistad entre nuestros pueblos.
Te confío el encargo de escoltarla hasta Catay.
Será responsable de su virginidad.
¿Y si por casualidad ya no fuese virgen? Puedes verificar personalmente que su
flor está intacta.
Te ruego, dulce encanto de la mañana, que muestres al valiente extranjero tu
crímula todavía sin abrir, escondida en la tronda de este dios.
¿Lo has comprobado?
Aún está como la hizo su madre. Será mi empresa conducir a la virgen hasta su
futuro esposo.
Así fue como emprendí este peligroso viaje hacia las tierras del lejano
oriente, defendiendo el precioso tesoro de la virginidad de la princesa Sahara.
Escoltados por la guardia real y mi fiel compañero de viaje, Sean.
Aunque también tuvo buenos momentos.
Gracias.
Os lo pido, princesa. Marcha.
Vete.
Eres duro, ¿eh? ¡Vete!
Hace tres lunas que ardo de deseo. ¿Hasta cuándo te resistirás, Veneciano?
Lo he jurado a vuestro padre.
Pero no ves cómo tiende mi cuerpo. Te lo ruego, apaga mis deseos.
Ah, sí.
Al diablo tu padre y tu futuro esposo yo también te deseo.
Oh, sí, sí.
¿Qué hay escrito en tu flor?
Nada, es solo un tatuaje.
Pero es un escrito en sánscrito. Espera, lo quiero leer.
Le será cortada la cabeza quien osa recoger este fruto. La cabeza no,
aprecio mi cabeza.
No, mierda. Aquí también está escrita la misma advertencia.
Creía que eras más audaz, veneciano. Eso queda decir que buscaré un hombre
dispuesto a todo para poseerme.
Eso es.
Entiendo vuestra desilusión, princesa, pero pensad un poco en mí.
Mi vida ahora depende de vuestra virginidad.
Entonces está ligada con un hilo de seda al revuelo de una cimitarra.
Adiós, mi guapo veneciano.
¡Gracias!
¡Gracias!
Así.
Sigue, sigue.
Mate.
Así.
¡Oh!
El tesoro.
¿Qué tenéis que decirme, princesa?
Debo hacerte una confesión, Veneciano.
Mi fruto ha sido recogido.
¿Qué?
Durante todo el viaje no has hecho otra cosa que rechazarme así que yo.
¿Pero quién ha podido atreverse a tanto?
El capitán de nuestra escolta.
¿Aquel cerdo lujurioso? Y también su ayudante.
¿También aquel infame?
Y después también los otros soldados.
¿Los 25?
Sí, los acompañantes, los cocineros, los servidores y... Callaos, os lo ordeno,
será el fin para mí.
El gran Khan no tendrá piedad, debía llevarle una virgen, y en cambio le
llevo una zorra. ¿Qué le explicaré yo al gran Khan, eh?
Perdona, pero tú, veneciano, has encendido el fuego de la pasión de mi
corazón.
Y ahora que no tienes ya nada que perder, puesto que el daño ya está
hecho, ¿a qué esperas para saciar finalmente mi deseo de ti?
Al diablo los juramentos.
¿Qué pasa?
A decir verdad, el camino me parece tan estrecho, princesa, que resulta extraño
que lo hayamos recorrido tantos.
En realidad, eres tú quien ha quebrado mi virginidad.
Y el capitán con sus soldados, los cocineros y todos nosotros.
Solo una mentira inocente. Ah, no.
Es el fin.
He escrito mi condena a muerte con mis propias manos.
¿Qué? ¿Qué?
Se ve...
¿Qué pasa?
Me gusta meterme en vuestro fruto.
¡Qué frutos tan estrechos tenéis!
Sí.
Es
maravilloso.
No. No.
No.
No. No. No.
Sí.
Hasta el fondo.
Mientas en lo que te perdió.
Sí. Me veo a esa hora a mi ventana.
Amén.
No.
Entonces, Marco, vuelo. Enseguida vengo, princesa.
Ya está acabado. El fármaco astringente está listo. Y por otra parte, este huevo
de paloma que he rellenado con púrpura se romperá en el primer asalto y dará la
impresión de que la desfloración ha ocurrido.
De esta manera, vuestro honor y mi cabeza estarán definitivamente a salvo.
¡Oh, qué olor tan terrible!
Nos lo tendré que beber, ¿verdad?
No os preocupéis.
Se mete ahí dentro.
Está bien, entonces.
Si introducir un fármaco en el flor es la única manera de restaurarlo, hazlo
pues.
Sí.
Es mejor que lo hagáis sola.
¡Mamá!
Princesa Sahara y su acompañante veneciano. Acercaos, estoy ansioso por
conocer a mi nueva esposa.
Os entrego a vuestra esposa, oh gran Kublai Khan, virgen e intacta.
Quiero admirar vuestro rostro de doncella.
¿No querréis que los demás vean lo que es solo vuestro? Ah, tenéis razón.
Ahora venid.
Quiero recoger por fin vuestra flor virginal.
Eh,
soltadme. Soy huésped del gran Khan.
Todavía no, extranjero. Por ahora solo eres un rehén.
Más tarde se verá.
Me has engañado, extranjero.
¿No era virgen vuestra esposa? Es una fortaleza inexpugnable, no una flor para
recoger. Bueno, estaréis contentos. ¿Cómo? ¿Qué hago yo con una doncella tan
bella si no puedo poseerla?
Le corto la cabeza, majestad. ¿La cabeza?
Todavía no. Lo intentaré más tarde.
Ahora vamos a cumplir con nuestro deber. Tengo un imperio que administrar.
Ten los ojos bien abiertos, ¿eh?
Sahara, ¿qué ha pasado?
Tu remedio ha sido demasiado eficaz.
El arca del placer se ha cerrado para siempre.
El gran Khan me repudiará y entonces será mi padre quien te cortará la
cabeza. Encontraré una solución.
Te prepararé un nuevo ungüento capaz de anular, al menos en parte, los efectos
del primero.
Así vuestra flor volverá a ser frágil y el gran Khan conseguirá recogerla.
Mírate, perfumado.
Será mejor que me dé prisa.
¡Albricias ácido mía!
¡Por fin he recogido!
Estoy satisfecho.
¡Eh, tú, veneciano!
Te mereces una recompensa. Pide lo que quieras y lo tendrás.
Solo quiero un salvamento.
O desde luego que lo tendrás. Y también dos minas de oro y sirvientes.
Carros, caballos y todo lo que desees.
Majestad, vuestro favor alegra mi corazón tanto como el haberos traído una
esposa bella y virtuosa. Ahora vete, extranjero. Adiós.
Hola. Si estás buscando el paraíso, lo has encontrado extranjero. Estoy
realmente contento de haber llegado a un lugar donde se encuentran doncellas de
tan gran belleza.
Puedes escoger la doncella que te acompañará en los jardines del paraíso.
Quiero esta.
Es Yang Ho.
Ella abrirá la puerta a tus sueños prohibidos.
Coge su mano y síguela.
Entonces, ¿no sabes cantar?
¿Tocas algún instrumento?
Bien, déjame escuchar. Estoy ansioso por escuchar tu música divina.
¿Un pétalo de magnolia? ¿Para qué te sirve?
¡Gracias!
instrumentos.
No.
¡Oh!
Gracias.
ah ah
¡Ah!
¡No!
Gracias.
Jajajaja
¿Qué te haces?
No está normal.
Y según las enseñanzas del gran maestro Kung Fu Tzu, la virgen Wan Xin, y sea
testimonio la sabia Yang Tse, toma por esposo a Chusen y le será fiel toda la
vida. Lo prometo por mis antepasados, le seré fiel toda la vida.
Que así sea.
El esposo no es más que un pantoche. De todas maneras, es exactamente así,
extranjero.
Según nuestras costumbres, si el esposo muere el día antes de la boda, su
prometida debe tener fe en la empresa y casarse con su representación. Ah,
gracias.
Os lo ruego, espíritu de mis antepasados, ayudadme vosotros.
¿Esperamos a alguien? No.
¿Quién será?
No lo sé.
La vida a veces es cruel con una joven esposa, pero yo sé cómo aliviar vuestro
dolor. Nadie puede devolverme lo que el destino me ha quitado. Si es el ansia
del deseo lo que os turba, yo tengo la solución a vuestro caso.
Entrad, extranjero.
Enseñante, ¿de qué se trata? Ven.
Soy bellísima.
No tardéis, os lo ruego, en revelarme vuestro secreto.
Aquí está, señora.
Es una infusión de raras hierbas de mi tierra. Y tiene poderes milagrosos. Esto
puede devolveros la alegría de los placeres conyugales.
¿Cómo es posible que esto suceda? Veréis.
Es suficiente con que escanciéis unas gotas sobre lo que queda de vuestro
esposo, exactamente sobre su sexo.
Y este, por encanto, tomará vida y vigor.
Lucha. Esperad un momento.
Primero vos y vuestra criatura debéis elevar una plegaria a vuestros
antepasados. Será su benevolencia la que dará eficacia a esta infusión. No os
estaréis equivocando.
Os lo garantizo por mi honor.
Pero, ¿cómo os lo podré pagar?
Mi recompensa...
La recibiré de vuestros suspiros de placer y de vuestra felicidad.
Pero ahora, señora, retiraos a orar y que los dioses os sean propicios.
Vamos enseguida a rezar a mis antepasados.
Oh, antepasados, haced que yo también conozca la felicidad.
¿Dónde la escondo?
Rápido, vamos a probar la infusión.
Mejor que sobre.
Tú ve a rezar a mis antepasados.
Sí, voy.
Espíritu de mi querido esposo, materialízate en esta representación.
Oh, esto es portentoso.
Un saludo.
¡Gracias!
¡Oh!
Gracias.
¡Oh!
Te destrozaré el culo.
¡Oh!
Trabajaste en una tarde en un sexo de un piso más pozo.
Oh, mi dulcísima esposa, te había dicho que aquella infusión era milagrosa.
Después fui llamado por el gran Khan.
Desde que me hiciste tuya, veneciano, no he hecho otra cosa que pensar en ti.
Pero ser tuya... Alteza, os lo ruego. Otra vez.
Mi marido.
Otra vez.
Jamás beberé esa poción. Está hecha con hierbas como la hiel. No la quiero.
Toma. Os hará bien, majestad. Es un verdadero veneno. Debéis tomarla.
Os curará, majestad.
Debeis escuchar a vuestros doctores, majestad. No, he dicho que no. Marchaos.
Adelante, marchaos. Fuera.
Fuera.
Son unos incompetentes.
Unos canallas.
¿Y esto qué es?
Es mi sombrero, majestad.
Vigila donde dejas tus cosas, mujer.
Tú escucha, veneciano. El gran Khan necesita tu ayuda.
A vuestras órdenes, majestad. Debo tomar medicinas amargas como la hiel.
Encuentra un remedio.
Debo estudiarlo a fondo.
Necesitaré algún tiempo.
No, debes encontrarlo ahora.
Es una orden.
Son las vírgenes más bellas del imperio. Y ahora que sus cuerpos están sudados,
observad.
Esas son las hierbas de vuestros doctores que le han mandado triturar.
Ahora basta. Venid todas aquí.
¡Basta, he dicho!
¡Venid aquí!
Vuestra medicina está lista, majestad, y creo que su sabor os será mucho más
agradable, ya que para tomarla deberéis lamer las hierbas de los cuerpos de
estas vírgenes.
Has tenido una idea fantástica, veneciano.
Esta es la medicina más dulce que un hombre pueda tomar.
Verdaderamente exquisita.
Soy yo.
Me he reprochado la cosa.
¡Mamá!
¡Oh!
¿Qué pasa?
Sí, chúpame así.
¿Qué pasa?
Me hacéis enloquecer de placer.
Comedme también los huevos.
Sí.
¡Veneciano!
Eres genial.
Esta es una medicina que quiero tomar al menos una vez al día.
Bueno, yo... Majestad, no debéis distraeros. Una medicina es una
medicina.
Sin continuar chupando todo.
Todo.
Así,
así.
¡Ah, sí!
¡Qué excitante es follarse la favorita del gran Khan!
Veo que ayudas a Gran Can, veneciano.
Continúa así, continúa así.
Muy bien.
Venecia, ya, date más medicina.
chica
Gracias.
Eh, veneciano, ya noto que mi enfermedad está desapareciendo. Ha estado genial.
Pide todo lo que quieras y lo tendrás. Mi gratitud a ti será eterna.
Goza, veneciano. Vos continuáis tomando vuestra medicina.
¡Mamá!
Tomad, bebed de la fuente del placer.
Saciao, reina mía.
Veo que has llegado a las praderas celestiales, veneciano.
Bien, muy bien.
Fóllate a esa mujer, te lo has merecido.
Tendrás todas las doncellas que quieras.
Vosotras venid, dadme más medicina.
¡Oh!
¡Oh!
Confundíos con las otras.
¿Pero qué hacéis, dejadme estar?
Majestad, os devuelvo a vuestra virgen.
Sí, me reclaman otras obligaciones. Vos continuad así y os curaréis. Hasta
luego, majestad.
Gracias por todo, venezolano.
Venid.
Un mes con esta cura y saciaré de nuevo los deseos de mi esposa.
Debes tener fe. Me siento rejuvenecer.
Es el deseo, majestad, el que hace de una mujer la estrella que ilumina la
sabiduría de un hombre. Siempre que su belleza no acabe por cegarlo.
En tal caso, ese hombre estaría perdido para siempre, sin posibilidad de
salvación.
Gran verdad.
Vuestra sabiduría es digna de vos, majestad, y noto que turba mi espíritu.
¿Qué pasa?
¿Has perdido el apetito o es que mi comida no te gusta?
No, no, es deliciosa, majestad.
Oh, divino Gran Khan, os he traído a Chun Lao, el arquitecto imperial, como
me habéis ordenado.
Llevas retraso en la construcción de la gran muralla.
Eso te verás en la picota.
Llevaoslo. No, no, no. Vámonos y cállate.
Majestad, en su lugar castigadme a mí, que soy su esposa.
¿Cómo? Lo que está decidido, decidido está.
Os lo ruego, majestad.
Sí, sí, es magnífico. Quería decir que pienso que es lo más justo, majestad.
Está bien, haga como aconseja el veneciano.
Meted a esa mujer en la picota.
¿Quién sabéis?
Estoy aquí para aliviar vuestras penas. ¿Qué queréis de mí?
No está en mis manos devolveros la libertad, pero con este ladrillo que os
traigo, puedo resarciros en parte de vuestra humillación.
Por otra parte, os he traído otro regalo.
No.
¡Vamos!
¿Qué estás haciendo, veneciano?
Estás abusando de una condenada.
Este crimen entre nosotros es jodido con la muerte.
Esta vez eres mío, extranjero.
Majestad, no os debéis dejar engañar por las apariencias.
En Venecia, la picota se monta así.
De verdad.
En Venecia acostumbramos...
Eso, nosotros tenemos la costumbre de que los condenados, en señal de máximo
desprecio, sean humillados con burlas y mofas.
Y yo estoy impartiendo a esta mujer un escarmiento público.
Estás mintiendo.
Yo mismo te he visto pedirle que te conceda sus gracias a cambio de un
ladrillo.
Si esa es la costumbre, yo le impartiré un escarmiento y le daré dos ladrillos.
Está bien.
Y de ahora en adelante esta ley...
Será ley del imperio, he dicho.
Voy a castigarte, condenado.
Sí, bien, quien quiera hacerte un escarmiento debe darte ladrillos.
Discarmentarme.
Kublai Khan, esta es la gran muralla que habéis querido.
Mirad, han sido necesarios diez años para construirla. Han trabajado para vos
un millón de hombres y se han usado más de cien millones de ladrillos. Es un
trabajo verdaderamente grandioso, arquitecto, si bien una parte notable
del mérito es de tu esposa.
El afecto por mi honorable marido...
Ha convertido en llevadero mi sacrificio, Gran Khan.
Ahora me felicito de que vos, vuestra magnanimidad, querréis confiarle lo más
pronto posible otro trabajo, de tal manera que yo pueda ayudarle con mi
desinteresado sacrificio.
Según tú, ¿qué cuenta más, el querer o el saber?
Yo creo, oh noble Kublai Khan...
Que nunca la voluntad podrá igualar el poder de la ciencia.
¿Tú crees, veneciano?
Ya verás.
¿Conoces a un solo occidental que sea capaz de tanto?
Si soportar el dolor es una virtud, también no es abstenerse del placer.
Y cualquier occidental, incluso yo, igual que vuestro monje, es capaz de
superar ambas cosas.
¿De verdad?
Quiero ponerte a prueba.
Deberás conseguir soportar el dolor y después también deberás resistir el
placer.
Tú, adelante.
Oh, tú no.
Ven. Estas doncillas son tuyas.
Esto es obvio.
Si quieres, hermano, esta comida a la que yo renuncio está a tu disposición.
Vamos, cógela.
Soy todo para vosotras, doncellas. Venid.
¿Qué pasa?
No.
No.
¡Ah!
Gracias.
Sí, mi señor.
Quiero ver si el veneciano es capaz de resistir.
Está bien, he visto bastante.
Basta.
Bien, tu conversión a la virtud es total.
Y estoy contento.
Debo dirigirme a una lejana provincia del imperio para calmar a un puñado de
rebeldes sublevados.
Y precisamente necesito a alguien como tú a quien confiar en mi favorita y mis
otras concubinas, para que vigiles su fidelidad.
Y cuando vuelva, y tú, veneciano, vuelvas a tu país... Te
entregaré cinco anillos cargados de oro si has sido digno de mi confianza.
Partid tranquilo, oh Gran Khan. Vuestras mujeres estarán en buenas manos.
Ese idiota es de veneciano.
Solo nos faltaba que se pusiera a hacerse el santurrón precisamente a él.
Estoy aquí.
Mi reina.
¿Y tienes el atrevimiento de dejarte ver?
Verdaderamente yo creía que vosotras queríais que os ayudase a satisfacer
vuestros deseos.
¿No te has comprometido con la virtud de la abstenencia, veneciano?
Era solo una actuación para ganarme la confianza de vuestro esposo. ¿No me
querréis por ello?
¿Quererte?
No te preocupes, mi querido veneciano. Esta es la mejor noticia que me podrías
dar.
¡Oh!
Sí, sí, tu padre, tu padre.
Los huevos también.
Así.
Así. Así.
¡Uff!
¿Qué pasa?
Gracias.
¡Gracias!
Si lo supiese el gran Khan, te haría cortar... La cabeza.
Oh, no. Mucho peor.
No lo digas. Es una broma.
Desde luego sería una lástima.
¿Qué harías tú sin esto?
El gran Khan ha vuelto. Los estandartes y ondes en el horizonte.
Hace demasiado tiempo que falto de casa. ¿Pero qué estás haciendo? Es oportuno
que me disponga a viajar lo más rápidamente posible.
¿Ya quieres volver a Venecia? Había olvidado que tengo una cita con el Dux,
pero un día volveré. Confiad en mí.
Adiós.
Adiós.
¿Dónde está el veneciano? Ha regresado. Súper.
Es verdad. Es un gran hombre.
Incluso ha renunciado a su premio.
Es un hombre único.
Un extranjero con el temple de un tártaro.
Un temple de hierro. ¿No es verdad, queridas mías?
Sí, desde luego. Un temple de hierro.
¡Alegraos, esposas mías! ¡Ahora vuestro cuble cansa dispara vuestros deseos!
¡Vamos, sonríe! ¡Oh, mi favorita, tu abstinencia ha terminado!
¡Soy todo vuestro! ¡Oh, queridas mías!
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