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Ahí va el general, Don José Gervasio Artigas,
la leyenda negra, el salvaje, el anarquista.
Muchos hablan de su pasado, pero él jamás mira hacia atrás.
Su historia está marcada por sangre,
dolor, traición, y una idea de patria tan grande como él.
Genial, Dios los bendiga.
Después de 10 años de guerra, Artigas se pierde para siempre en el misterio.
Sus enemigos respiran aliviados.
Veinte años más tarde, voy tras sus huellas.
Intentando descifrar el enigma.
¿Por qué abandonó la lucha?
¿Por qué abandonó la lucha?
¿Por qué abandonó la lucha?
¿Por qué abandonó la lucha?
¿Por qué abandonó la lucha?
¿Por qué nunca regresó?
¿Por qué no regresó?
¿Por qué no regresó?
¿Por qué el líder popular más poderoso del río de la Plata decidió perderse para siempre en el corazón de la selva guaraní?
¿Por qué el líder popular más poderoso del río de la Plata decidió perderse para siempre en el corazón de la selva guaraní?
¿Por qué no regresó?
Soy John Roberts, comerciante, financista y escritor escocés.
Durante varias décadas trabajé en Sudamérica como espía para la corona británica.
Una de mis misiones fue seguir los pasos de Artigas.
Para muchos, una amenaza.
Para otros, un líder único.
Lo cierto es que estaba haciendo una revolución dentro de la revolución.
Para elaborar mis informes, entrevisté a lo largo de varios años a colaboradores,
familiares, amigos, pero también a sus enemigos.
¿Empezamos o qué?
Sí, claro. ¿Qué me puede decir de José Artigas?
Hombre, ¿por qué me pregunta usted por Artigas?
Hubiese preferido que me pregunte por mi carrera militar.
Era un pícaro.
Vanidoso.
Un poquito mujeriego.
Artigas no tenía el aspecto de un hombre formado, pero hablaba como un pensador de las revoluciones europeas.
Eso sí, le encantaba ganarse enemigos.
Él solito se ganó el odio de los españoles, los portugueses y los patriotas de Buenos Aires.
Te confieso que antes de las piedras le consideraba un bárbaro, pero desde ese día le respeto, como un gran comandante y un líder.
Bueno, espero que esto no salga de aquí, ¿no?
¿De qué lugar de Inglaterra me dijo que era?
No, señora, soy de Escocia, pero hace muchos años que vivo en Sudamérica.
Cuénteme algo de su hermano que no se sepa.
Que no se sepa.
Bueno, a José no solo le gustaba la vida de campaña.
Era muy paseandero, muy sociable.
Era afable, jovial, podría decirle que hasta cariñoso.
Muy buen bailarín y mejor cantor.
Las muchachas de Montevideo se disputaban su persona.
Tenía la extraña facilidad de mostrarse como un igual, sin dejar de irradiar autoridad.
Y fue eso lo que nunca le perdonaron.
Quería hacer la revolución francesa con un ejército de rotosos.
Un traidor.
Un ladrón de ganado que se hace llamar general.
Ando del suerte, ¿eh?
A no perder los estribos, a ver quién se me anima.
¿Qué es? ¿Cómo es?
No pasa nada.
¿Y ahí nomás?
Tírele unos versos, compañero.
Unos versos, Ancina.
A ver.
Tengo yo una gallareta que siempre está suspirando.
Y sus galles y suspiros se dirigen al rey Fernando.
Cante, gallareta bonita. Quiero escuchar su canción.
¡Muera el rey Fernando y viva la revolución!
¡Muera el rey Fernando y viva la revolución!
¡Muera el rey Fernando y viva la revolución!
¡Muera el rey Fernando y viva la revolución!
¡Muera el rey Fernando y viva la revolución!
¡Muera el rey Fernando y viva la revolución!
Hasta la llegada de Artigas, la revolución de mayo era un asunto de los comerciantes porteños y de un pequeño grupo ilustrado que casi no conocía el barrio de las clases populares.
El terreno preferido, el jefe oriental.
¿Cómo esta se hizo?
¡Dame, coronel!
¡Vale, Mariela!
Gracias.
Me dio, me sorprendió.
Es tiempo de poner a prueba la honradez de los americanos.
De que florezcan sus virtudes.
¿Si todo lo hasta hoy fuese por la recompensa de los sueldos?
¿Acaso habríamos sido todos sepultados con la patria en el olvido?
Ser libres.
Esa es nuestra única riqueza.
Amar la libertad es de hombres racionales.
Perderla.
Perderla es de cobardes.
Renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra condición humana.
Pero no es la condición humana.
Perderla.
Perderla.
Perderla.
Perderla.
Perderla.
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Los guaraníes llaman al viejo Artigas, o verá Pacaray, el señor que resplandece.
Pero en 1780, era apenas el hijo rebelde de una de las familias fundadoras de Montevideo.
Don Martín, nuestro padre, sabía hacer negocios.
Nosotros tuvimos hasta principios de la guerra una vida holgada económicamente.
Pero ya de mozo, a José le gustaba la vida de campaña.
A los 15 años nos dejó.
¿Para qué?
Para irse a vivir en las tolderías con los indios y en las quilombolas con los esclavos fugados.
Fue ahí que se convirtió en contrabandista de ganado.
El mejor del sur del Brasil.
Conocía como la palma de su mano cada llanura, río, vado, cuchilla de la provincia oriental.
Habla de Urias.
Cuántas mentiras que se dicen.
Mire, que se sepa.
Padre recibía las carretas con cueros que mandaba José desde la campaña.
Y padre después las vendía en el puerto.
Eso es todo.
Las historias de sus andanzas llegaron a los oídos del virrey o la guerra de Felión.
De un día para el otro pasó de ser perseguido a perseguidor.
Era el único que podía mantener a raya a los indios y a los salteadores portugueses.
No le dije que era un traidor.
Eso sí, el más eficiente.
Fue útil cuando fui gobernador de Montevideo.
Claro que nunca creía en su redención.
Para 1795, en la banda oriental, imperaba cierto desorden.
Muchos portugueses robaban cueros, ganado y caballada que llevaban a Brasil.
La corona crea el cuerpo de blandengues de la frontera de Montevideo
y propone un indulto para contrabandistas y malhechores que quieran formar parte.
Artigas, con 33 años, ingresa al cuerpo bajo el amparo del indulto.
Allí hizo una carrera exitosa como guardián del orden y protector de los vecinos.
En 1805, luego de su destacada labor en las misiones,
Artigas se toma licencia para contraer matrimonio con Rosalía.
Cuando José se casó con ella,
parecía que iba a dejar definitivamente la vida de cuartel.
Más aún, cuando nació su hijo, José María.
Amaba tanto a ese gurí, mi hermano.
Pero ese año vinieron las invasiones inglesas
y José volvió al vicio de la guerra.
A partir de allí, todos fueron tragedias.
Hijas que morían tempranamente,
las continuas campañas de José.
Y Rosalía no lo pudo soportar
y empezó a hundirse en la locura.
Y José, a alejarse cada vez más de ella
y de ese hijo varón que tanto amaba.
Yo no sé por qué armó una familia
si tanto le gustaba la vida de campamento.
Cuando en mayo de 1810,
los criollos porteños se levantan contra la corona española,
Artigas, quien en ese momento era un oficial al servicio del rey,
no duda en cruzar desde Montevideo a Buenos Aires
para ponerse al servicio de la revolución.
La junta revolucionaria estaba dividida en dos bandos.
Los conservadores, que no buscan ningún cambio social,
salvo reemplazar las autoridades españolas
por los ricos criollos.
Y los acobinos,
que buscan su propia versión de la revolución francesa
y ya pensaban en la independencia.
Pero para los dos,
Buenos Aires debería ser el centro del poder.
¡Viva!
¡Viva!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva!
¡Viva!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva Artigas!
¡Viva!
¿De qué lado estaba Artigas?
Artigas.
Él fue convocado por los seguidores de Mariano Moreno.
Artigas era un hombre temerario y sumamente popular.
Era el cuco de la campaña de la Banda Oriental y ellos lo querían de su lado.
Con las noticias de Buenos Aires se empezó a correr la voz por toda la campaña.
En cada rancherío, pulpería, capilla, fogón, Don Pepe había desertado.
Se había pasado al bando de la revolución.
La Junta Revolucionaria lo nombra Teniente Coronel.
Le dan dinero y 150 hombres con los que cruza el río Uruguay.
En su tierra natal logra los primeros triunfos militares.
Que se levante Artigas es una señal para que se levanten todos los orientales.
Por eso Montevideo entra en pánico.
Hasta le envían un emisario que le ofrece dinero, grado militar.
Hasta la gobernación de Buenos Aires.
Pero Artigas está decidido.
Leales y esforzados compatriotas de la Banda Oriental del Río de la Plata.
Y que continuando con la heroicidad es análogo a vuestros honrados sentimientos.
Exterminéis a esos genios díscolos opresores de nuestro suelo.
A la empresa compatriotas.
Que el triunfo es nuestro.
Vencer o morir sea nuestra cifra.
En primer lugar fue el peor de los contrabandistas.
Luego se vendió a la corona y se dedicó a perseguirles.
Hasta que se volvió a dar vuelta para hacerse revolucionario.
Ah, Artigas.
Pero escuche bien, escuche bien.
Artigas no solo arruinó los planes de la corona.
También los de la revolución.
La corona española organiza una contrarrevolución.
Declara a Montevideo, capital del virreinato, y encarga al nuevo virrey, Francisco Javier de Elío, aplastar sin piedad los intentos independentistas.
Elío cuenta con dos ventajas.
Tiene una ciudad amurallada e impenetrable como Montevideo.
Y una flota naval poderosa para bloquear Buenos Aires.
Pero su talón de Aquiles está en otro lado.
El arroyo Las Piedras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
Se puede decir que artigas y encinas son uno solo.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
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El arroyo nosotras.
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El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
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El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
El arroyo nosotras.
Crecemos para que la tormenta les haya mojado la pólvora.
No quiero muchas muertes.
Quiero que se rindan.
Y de paso quedarme con los cañones.
Si no, nos derrotan antes.
¿Usted oyó alguna vez hablar de Roma?
El novio, ¿qué hizo?
La grandeza de Roma no estaba en el ejército,
sino en los hombres y mujeres que trabajaban en el campo.
Sin ellos, los cobardes y los perezosos de la ciudad
no podían sobrevivir.
Si nosotros nos rebelamos,
no va a haber ejército que valga.
Entonces, ¿cuál es su orden?
Combatir entre el barro y la bosta, como siempre.
¿Qué pasa?
¿Tienen miedo de ensuciarse las polainas?
¿Qué pasa?
¿Tienen miedo de ensuciarse las polainas?
¿Qué pasó en la batalla de las piedras?
Mire, señor.
Jamás pensamos que una fuerza irregular de esas características
se atreviece a presentarse ante los muros de Montevideo.
Por lo tanto, en los papeles era una batalla imposible de perder.
Pero con Artigas del otro lado, hombre,
nada es imposible.
¿Qué quiere usted que le diga?
Esa tarde, por mi culpa, comenzó a caer Montevideo.
Es...
sencillo.
¿De qué sirve, le pregunto, un ejército de línea?
Un cuerpo de milicianos entrenado
contra una horda de brutos
que se dispersan como fieras salvajes.
Y en eso, Artigas, era un experto.
¡Un experto!
Un ladrón de ganado arriándolo
hacia su propio corral.
El combate comenzó a las 11 de la noche.
Artigas dividió sus tropas en tres columnas.
Bueno, en todos los manuales de guerra,
era una batalla ganada.
Y así lo fue.
Durante horas.
Pero no hay manual de guerra que pueda decirle a uno
cómo combatir contra una horda de salvajes.
Ante una formación cerrada y buena artillería,
Artigas opuso ese invento diabólico.
Guerra de montoneras.
Una división apenas armada con goleadoras
apareció por la retaguardia y quedamos atrapados.
Nos empujaban de nuevo a las trincheras.
Era imposible mantener la autoridad.
Se había desatado...
un huracán de revancha.
Era tal el pavor que en las últimas horas
se había apoderado de la tropa.
Que de los gritos del enemigo huían
sin que los hables de los comandantes pudiesen contenerlo.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
pero lo peor no fue perderla.
Lo más humillante fue soportar su insistencia en ser magnánimo.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
y los que no huían se pasaban al bando de los oblivados.
no puedo ocultar el honor
de haber tenido tan dignos oficiales en esta gloriosa acción.
pero esta
no será recordada como una jornada de rencor
ni una gesta de sangre.
por eso pido clemencia para los vencidos.
Curen a los heridos
y respeten a los prisioneros.
Yo soy un hombre de honor.
No necesito la clemencia
de un bandido traidor.
Entonces, acéptela a un simple paisano.
¿Usted se da cuenta lo que va a pasar?
¿Cómo va a contener
el ánimo de esos monstruos?
Toda revolución
viene cargada de terror
y de venganza.
¿Qué futuro tiene una tierra gobernada
por una banda de piojosos?
Usted no es consciente de los demonios que desató.
Coronel,
cuando esta tierra quede arrasada
por el hambre y la división,
se va a acordar de este día.
Seguramente me voy a acordar.
Porque va a ser una fiesta de este pueblo.
y ahora que dejaron de sonar los cañones y las balas,
¡que empiecen a sonar la guitarra!
¡Que empiecen a sonar la guitarra!
¡Que empiecen a sonar la guitarra!
Sin la batalla de las piedras,
la revolución hubiera sido sofocada
un año de su nacimiento.
Cinco días más tarde,
Artigas comienza el sitio de Montevideo.
El bastión más militarizado del río de la Plata
queda completamente aislado.
¿Cómo definiría a Artigas?
Una maldición.
Una maldición.
Un espíritu indomable.
Un iluminado.
Él pensaba que la revolución
no era cambiar las cosas del lugar,
sino poner las cosas en su lugar.
Un eterno sembrador de discordias.
Yo creo que nunca existió.
Es un invento de los paisanos.
Es un invento de los paisanos.
Ja, ja, ja, ja, ja.
Veinte años después de su exilio,
vuelvo a encontrar al viejo Artigas.
El señor que resplandece.
El señor que resplandece.
En Buenos Aires, en Río de Janeiro y en Montevideo,
todos preguntan qué fue de él.
Por si las dudas, no quieren que vuelva.
No quieren que vuelva.
Veinti años después de su exilio, vuelvo a encontrar al viejo Artigas, el señor que resplandece.
En Buenos Aires, en Río de Janeiro y en Montevideo, todos preguntan qué fue de él.
Por si las dudas, no quieren que vuelva.
¿Qué hace Inglés?
¿Para qué carajo vino?
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