All language subtitles for Mauricio, mon amour 1976

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Original subtitles

y y

y y

¡Mauricio!

¡Mauricio!

¡Mauricio! ¡Mauricio!

¡Mauricio! Con permiso.

¡Mauricio, mi cielo! ¡Marcela, tú aquí!

¡Simón, deprisa a la primera iglesia que encuentres! ¡Hay que casarse!

¡Oiga, oiga! ¿Dónde se los lleva?

¡Es mío!

¡Otra vez, Mauricio!

¡Hombre!

Es la última vez, Mauricio. ¿Qué quiere usted, padre? ¿Ya sabe cuál es mi

problema? ¡Mantaría! Al cuerpo hay que dominarlo y a la fiera de los instintos

que llevamos dentro hay que castigarla sin compasión. Sí, pero si usted supiera

qué clase de fiera es la mía... ¡Aplástala!

La aplastaré. De hoy no pasa, se lo prometo. Adiós, padre.

¿Eh? ¡Que se deje a usted los hábitos! Bueno, para usted, se los regalo. Vaya,

hombre, otro desertado.

¿Desea algo, caballero?

Clínica de enfermos sexuales. ¿Es usted el paciente?

Para servirle. Pase.

Sígame.

¿Exhibicionista? ¿Cómo?

Ya sabe, gabardina y debajo, desnudo. No, no, no.

Entonces, fetichista.

¿Y eso qué es?

¿Le gusta que las señoras lleven botas en la cama?

A mí me da igual. Yo no tengo manías. Que vayan como quieran.

Comprendo, comprendo.

Pase, por favor.

Voy a hacerle la ficha.

Relájese y no se ponga nervioso. Si usted estuviese en mi lugar... Míreme.

¿Qué tal? Oiga, que viene todo esto.

¿Placer? ¿Placer de qué? Vaya derecha que tiene usted.

¿Tampoco es usted sadomasoquista? No, señora, yo soy tenedor de libros. Ahora

no se mueva. Míreme y dígame en voz alta todas sus impresiones.

¿Qué le parece? ¡Mi madre! Está usted tremenda.

¿Español, no? Sí, señora, de Asturias.

Bien, espere aquí.

Oiga, que yo estoy afiliado a Sanitas.

No sirve, esta es una clínica particular.

Tranquilícese.

¡Qué chasis!

Aquí en vez de curarme me voy a poner peor.

Tiene usted que tratar de sobreponerse, don Braulio. Es superior a mí. En cuanto

dejo el despacho corro a casa y ya lo viste.

Rebelese contra su subconsciente. Él quiere, siente la necesidad de que usted

sea travesti. Luche contra eso. El fútbol me distrae mucho. Cuando relleno

quinielas ni me acuerdo.

Pero en cuanto no tengo la obsesión del fútbol, aquí me tiene.

Pasará unos días en la clínica. ¿Con quinielas? Nada de eso.

Colgará ese vestido en su armario y no se lo pondrá, ¿entendido?

Llévese a don Braulio a su habitación. Vuelve a estar con nosotros una semana.

¿Le dejamos el vestido de fallera? Sí, sí, el de fallera mayor me encanta.

Solo el pijama. ¿Con pijama?

¿Podrían dejarme un camisón? No me acostumbro a dormir con pijama.

Solo el pijama. Mañana empezaremos el tratamiento.

Vamos, don Braulio.

¿Doctor? ¿Ocurre algo?

Un cliente.

Un tipo alto, guapo. ¿Homosexual?

No, yo diría que no.

¿Reprimido? No sé, parece un caso grave.

Bien, hágale pasar.

Sí, doctor.

Oiga, grave.

Complejo de cama. Será de camilla.

¿Y este?

Siempre con la muñeca.

Se quiere.

Vamos, Margarita, no tienes por qué ponerte así.

Yo no he mirado a ninguna mujer teniéndote a ti para mirar a otra.

Estaría loco.

¿A mí? No, a ella. Oiga, este hombre la está llamando. No se preocupe, es el

sátiro de la casa. Se pasa la vida en ese rincón.

Vamos, Felisa, tú tranquila. Como mires a alguien, soy capaz de retorcerte el

cuello. Buenas tardes, señorita. Buenas tardes, don José.

¿Y ese?

Dejó a su amante por la gallina. Lleva aquí tres meses. Es muy feliz y no

quiere curarse.

Señorita, yo creo que me he equivocado de sitio.

Pase.

Adelante, haga el favor.

Doctor, aquí le dejo la ficha.

Con permiso.

Siéntese. Ahora mismo le atiendo.

¿Se llama usted?

Mauricio Fernández Rodríguez. Para servirle.

Bien.

¿Usted irá?

Pues no sé cómo empezar.

Usted ha venido a esta clínica porque lo necesita, ¿no es eso?

Bueno, yo le decía antes a la enfermera que a lo mejor me he equivocado.

Cuando quiera.

Tengo unos datos, pero usted debe contarme su caso con todo detalle.

No tema por extraño que le parezca.

Aquí estamos para tratar de curarle.

Usted padece una enfermedad sexual, ¿no es eso?

Lo mío no tiene arreglo. Eso soy yo quien tiene que decirlo. Yo tengo exceso

de virilidad.

¿Está usted seguro?

Segurísimo. Y por culpa de ese exceso de vitalidad, de hombría o como ustedes lo

llamen, mi vida ha sido una continua tragedia. Bien, cuéntemelo todo.

Incluso lo más insignificante.

Necesito saber el porqué de su abatimiento.

Es que hay cosas muy tontas. Por muy tontas que le parezcan.

Necesito saberlo todo.

Pues verá usted, esto mío no me ha venido así de pronto.

Nada de eso.

La primera sensación la tuve a los pocos días de nacer.

Mi madre no pudo darme el pecho, ¿sabe usted?

Es un caso muy frecuente. Sí.

Para alimentarme y con el fin de que no me muriese de hambre, me trajeron un ama

de cría gallega. Venga, venga para acá, Carmen. Sí. Mire qué rico es. Pobrecito,

pobrecito. No llores, no llores. Ven a mis brazos, ven bonito, bonito.

No llores.

Así, bonito.

Así.

No llores, que Carmina te va a dar tu comidita.

Así, bonito.

Bueno, ¿y qué más?

Que no lo he podido olvidar.

Aquella mujer era una maravilla, una delicia.

Tenía unos pechos grandes, duros como rocas.

Es normal que el recién nacido no distinga el pecho de la madre.

No, no, no, no me entiende. Yo noté una cosa rara.

Vamos, que lo que menos pensaba era en el alimento. Aquella gallega me gustaba.

Siéntese. Gracias.

Verá, perdón.

Todos los niños empiezan a hablar con palabras como ajo, mama, caca. Yo no.

Yo lo primero que dije fue... Anda, bonito, di algo.

Dí algo. Dí algo.

Anda, di algo a tu amo. Será posible.

Pero, hijo, ¿qué dices?

¿Usted cree que es normal eso? Raro, desde luego.

Bueno... Es que no sabe cómo estaba la gallega, mi madre.

Bien. Por lo que acaba de decirme, deduzco que usted desde muy niño sentía

ya una natural inclinación por el sexo contrario.

¿No es cierto?

¿Y de qué manera?

Pero sin casa las criadas no duraban ni una semana.

Mala alimentación. ¿Qué mala alimentación?

¡Niño!

¡Señora, el niño! ¡Que no tengas que tocarme el culo! No sé, era algo

imposible de dominar. Yo tenía que dar pellizcos y azotes a todas las criadas.

¿Por qué?

Eso quisiera saber.

Era más fuerte que yo.

Veía a una mujer y ya estaba.

La mano se me iba sin que la pudiera controlar.

Hijo único, me figuro. Sí, pero eso no creo que sea para... Mimado por su

madre, supongo. ¿Mi madre?

Mi madre murió del disgusto que le di cuando cumplí los 13 años.

Fue llamado urgentemente por el director del colegio y... ¡Su hijo debe abandonar

inmediatamente el colegio! ¡Queda expulsado!

¿Pero por qué?

Una indecencia, señora. Ha sido sorprendido teniendo relaciones

ilícitas.

Sí es un niño.

Sí. Pero es que ha sido sorprendido por un familiar mío.

¿Con su hija? Mucho peor.

Con mi esposa, señora.

Y de verdad, yo no tengo la culpa, doctor. Créame. Es esta maldita fuerza.

No me contengo.

Mujer que conozco, quiero seducirla. Y vienen los líos. Luego, además, soy un

tipo que gusta a las mujeres.

¿Qué quiere? Si causara repugnancia, todo sería distinto. Pero no, gusto. Y

gusto mucho.

Mi madre me parió así.

Doctor, todas las mujeres que he conocido y he seducido a lo largo de mi

vida... Usted no sabe la cantidad de problemas que me han creado.

Compañeras de juego, de colegio, de trabajo.

Una ruina. No consigue dominarse, ¿no es eso? No, no puedo.

Pienso, trabajo y estudio y todo marcha normal.

Hasta que una mujer me pregunta por una calle y ya está formada. Soy otro

hombre. Se me nubla la vista y hala por ella. Y nunca ha pensado usted en el

matrimonio. No me hable, doctor. Esa es una de las causas por las que estoy

aquí. Yo pensé que el matrimonio iba a solucionarlo todo. Cuénteme los

antecedentes. Verá, buscando reposo y tranquilidad...

Pedí en el banco donde trabajaba que me trasladaran a Tordesillas de los

Infantes, un pequeño pueblo triste y aburrido en el que apenas había mujeres

que estuvieran de buen ver.

Yo me pasaba el día encerrado en el banco.

Venga. Adiós y muchas gracias. Adiós.

Anda, que si no fuera por la cadena perfecta, aquí os iba a dejar yo.

Mauricio, Mauricio, don Fausto se ha ido a tomar café.

¿Y qué?

Estamos en el archivo viendo diez minutos. No veas cómo viene esta semana.

Famosas en la intimidad, todas en el baño.

Degenerados. Las mujeres no son para desearlas, sino para estar muy lejos de

ellas. O para casarse, como Dios manda. Tú te lo pierdes.

Buenos días, don Mauricio. ¿Podría usted cambiarme estos dos billetes de 100

pesetas en moneda fraccionaria?

Naturalmente que sí. ¿Le gusta nuestro pueblo?

Que si me gusta, me encanta.

Aquí parece que me estoy curando de mi enfermedad gracias a ustedes.

Sí, con ustedes no hay manera de tener un mal pensamiento. Ni uno tan solo.

Como debe ser.

A ver si encuentra compañera para casarse. ¿Aquí? Sí, seguro que sí. Ande,

tome el cambio. Gracias.

Y a ver si clink clon abon llama su puerta.

Madre mía, qué feas son todas.

Esto es la gloria.

Sin embargo, yo no las tenía todas conmigo.

Para no aburrirme demasiado, por las tardes llevaba la contabilidad de la

botica. Hola, doña Ingracia.

Hermosa tarde, ¿verdad?

No esté tan alegre, joven.

Usted viene aquí a arreglar los libros, nada más.

Me gusta este pueblo, no lo puedo remediar. Vamos, vamos, no diga

tonterías. Usted a su contabilidad. Sí, señora, sí.

Hola. Hola.

Es mi hija Lolita.

Ha llegado esta mañana de vacaciones. Encantado.

Vamos, al trabajo.

Sí, sí.

Con permiso.

¿Y tú?

¿Qué miras? ¿No has visto en un contenedor de libros? Está de miedo.

Vamos, acerca el bicarbonato a doña María.

¿Qué tal?

Aquí cuadrando esto.

Mis amigas me han dicho que no se le ve a usted por ningún sitio. Los sábados

hay baile en la discoteca. No me gusta bailar, lo siento.

¿Entonces qué le gusta, si puede saberse?

Pues todo. La tranquilidad de este pueblo, el campo, el mujer de las vacas,

el sonido de los cencerros, de los cabestros, no sé. Por eso estoy a gusto

aquí. Es usted rarísimo.

Aquí ocurrió la primera vez. Si no hubiera mirado, si no hubiera levantado

la vista del libro de contabilidad.

Pero no fue así.

Levanté los ojos y vi... ¡Madre mía!

Una cosa que está muy bien en este pueblo es la iglesia románica. Un día le

enseñaré sus frescos.

Oiga, ¿le pasa algo?

No, nada, nada, nada.

¡Espere, Mauricio!

¿Qué le ha pasado?

Yo qué sé, mamá.

Me ha vuelto a ocurrir.

Cinco meses tan normal y me ha vuelto a ocurrir.

Yo pensé que este pueblo era mano de santo.

Claro está que es solo colorita.

Y es natural porque hay que ver cómo está.

A usted se le da aquí un sueldo que no es ir a novia a mí para que trabaje, no

para que salga corriendo.

Ya le digo que no volverá a suceder, doña Gracia. Tengo mis planes, ¿sabe

usted? Bueno, bueno, déjeme tranquila. Vaya sus libros. Sí, señora, sí.

Oh, pase, pase.

¿Ya está usted mejor?

Dentro de lo que cabe.

Hoy hace un calor que no se puede aguantar.

Sí, estamos a dos bajo cero.

Pero hace calor.

Ya, ya, ya.

Quieto, Mauricio.

Es lógico que te guste la chica, hombre. Está muy bien.

Tranquilidad. No pasa nada, nada.

Pero en realidad sí que pasaba.

Hoy está usted trabajando más de la cuenta.

Voy un poco atrasado, ¿sabe? Y no quiero que su madre se enfade conmigo.

No haga caso a mi madre. Grita mucho, pero en el fondo es una bendita.

¿La madre que la parió?

¿Decía algo, Mauricio?

¿Nunca le han dicho en este pueblo que está usted brutal?

Sí, yo gusto bastante.

Me dicen una cantidad de burradas. La primera que se ha bañado en el río con

bikini sin la parte de arriba, como en Ibiza, he sido yo.

Lolita. Sí.

Lolita, yo... Y empieza usted a ponerse como ayer.

Lolita, como me gustas. Sí, usted a mí.

¡Qué salvaje!

¿Pero leñe esto qué es?

Tranquila, doña Gracia. No pasa nada. ¡No pasa nada! ¿Pero cómo que no pasa

nada? Que nada, nada. Que me caso.

Eso es, que me caso con su hija. Y se casó con la chica. ¡Qué va! Eso es lo

que hubiera querido yo.

Hasta ahora nada de lo que me ha contado. Resulta anormal.

No, no. De momento no. Porque Lolita me gustaba.

Pero ella despertó lo que desde que llegué a ese pueblo había estado

dormido.

Entré en el grupo de las amigas y lo malo no era eso, sino que íbamos al río.

¡Mauricio!

¿Qué? ¿Vienes a bañarte?

No, no, el agua está muy fría. Lo mío es la paella.

¡Cobarde!

Vamos.

Lo mío es el tenis. Soy muy deportista, me gusta el ejercicio, ¿sabes? ¿Y por

qué no te bañas? Una es de secano, el líquido elemento es fría y yo no quiero

estar fría.

¿Ah, sí?

Sí.

Trini, qué rica estás.

Mientras se hace la paella, tenemos cinco minutos.

Vamos a ir detrás, vamos.

Sí, sí, sí.

Quítate el sostén, repárate.

En una increíble racha de acierto sube a la red otra vez.

Y atención, señores, atención.

De un potentísimo smash consigue un tanto memorable.

Y se adjudica el juego y el set.

Fabuloso, señores. ¡Qué golpe!

¡Una maravilla! ¡Un smash inenarrable, señores!

¿Qué quieres?

¿Cómo estás?

Me llamo Clotilde.

Ah, eso está muy bien, sí señor.

Pero tú puedes llamarme como quieras, me dejo. ¿Quieres este pueblo?

¿Con quién me tomas? Yo soy de Guadalajara.

Ah, ¿y qué haces aquí?

Quería conocerte. En Guadalajara eres una figura.

Bueno, pues ya me has conocido. No, si yo digo en la intimidad.

Anda, ven, todo está preparado. Ven, corre, date prisa.

No seas tonto, ya te he dicho que todo es...

¡Pero dónde vamos!

¡Pero no te das cuenta que mi novia se quedó en el baile!

¡Estás en tu casa!

¡Auricio!

Y aquello no había quien lo parara. Pero no, no podía ser.

Aquella situación había que cortarla, como fuese.

No llores, hija, no llores.

Lo siento yo más que ustedes, pero no puedo casarme por un sentido de

honradez. Mamá, dile algo.

Pero es que no lo entienden. Todo el pueblo lo sabe. No tengo fuerza

voluntad, no sé resistirme. Yo no quiero...

Marido, nos conformamos. Mamá, yo quiero casarme.

Es evidente que usted cuenta con un cierto atractivo para las mujeres de

este pueblo. Siempre me ha sucedido lo mismo, señora.

Pero hasta que no conoció a Lolita, no pensó en casarse.

Buscaba donde agarrarme. Yo pensé que con Lolita podía cambiar.

Ay, no le hagas caso, mamá. Si no se casa, le denunciamos a la policía por

seducir a muchachas indefensas. La farmacia podía ser suya. Sería usted el

único hombre de la familia. Es más... Mi difunto marido me dejó unas tierras.

Tenemos dos casas en el pueblo y un apartamento en Benidorm como si fuéramos

alemanes. Como verá mi hija, no la descalgo.

Está bien, señora. Ya veo que no lo entienden. Lo siento.

Pero mientras yo no tenga la completa seguridad de que voy a hacerle fila a su

hija, no puedo casarme con ella. Espero que lo comprenda. Buenas tardes, señora.

Parece increíble que haya un hombre así.

Siempre a punto.

En su puesto, como el buen soldado.

Esto no es un hombre, hija. Es un héroe. Pero mamá... Adelante.

Buenas noches, don Mauricio. Le traigo su vasito de leche. Lo siento, pero esta

noche no tengo ganas.

¿Se va usted?

Sí, mañana por la mañana.

No me digas.

Es que no tengo más remedio. ¿Pero por qué, Mauricio? Mi amor, ¿por qué nos

dejas? ¿Qué va a ser de este pueblo sin ti?

Hombre, no querrá que acabe mis días en tordesías de los infantes.

Mauricio.

Ya empezamos.

¡Mauricio!

Te voy a hacer un monumento. Y yo a ti.

Pase, pase. Perdone.

Buenos días, hermanas.

Hola, hijo.

Buenos días, luz de Dios.

¿Le molesta el humo?

No, no se preocupe.

Me he dormido un poco.

Yo nunca duermo en los trenes, tengo demasiado trabajo.

¿Qué?

¿Cómo van las telefónicas?

Subiendo. Lo que quiere decir que subir al teléfono.

¿Le interesa la bolsa?

Bah, no mucho.

Pues hace usted mal.

Debería apasionarse por ella.

Marcela era un ángel.

Suponiendo que los ángeles tuvieran las piernas de Marcela y entendiesen tanto

de bolsa.

Por si esto fuera poco, Marcela era rica y además viuda.

¿Que estas mujeres no se encuentran en los trenes?

Eso pensaba yo también.

Pero por desgracia ella estaba sentada enfrente de mí y con una sola idea fija

en la cabeza.

El dinero.

Bueno, ya está.

Hecho. Vendido. ¿Ya?

Una corazonada.

¿Usted no cree en las corazonadas?

Las azucareras bajan y cenosas repiten.

¿Seguro? Si usted lo dice.

Oiga, un poco más y pierdo el tren.

¿Va usted a Madrid?

No, a Madrid no hay quien lo aguante. Voy a Aranda de Lerma.

Allí tengo una de mis fincas y allí está enterrado mi marido. ¿Su marido? Sí.

Soy viuda, ¿sabe?

¿Y usted a qué se dedica?

Trabajo en un banco.

Ah, banquero.

Muy interesante.

¿Y no le gustaría explotar, abrir nuevos mercados para su banco en Aranda de

Lerma? Bueno, eso es lo mío, sondear mercados. Yo he abierto sucursales en

las plazas más importantes, como Tomelloso, La Felguera, Orense...

Entonces no lo piense más.

Venga usted a Aranda de Lerma.

Pero... ¿Aranda, usted cree que es una plaza rentable? Ya lo creo. Una renta

per cápita fabulosa. Además, cuenta usted con mi apoyo, que para ver una

sucursal no es mal comienzo.

¿Un cigarrillo? No, gracias. No quiero fumar.

Hace usted bien. ¿Y se quedó usted en Aranda de Lerna? ¿Y qué iba a hacer yo?

Me pareció que una mujer preocupada solo de la bolsa y del dinero no le daría

tanta importancia a la otra.

Una mujer con una máquina de calcular en vez de corazón podía ser la mujer de mi

vida, lo que yo necesitaba.

Uy, estamos llegando.

Vamos, para solo un minuto. Sí, sí.

No tiene alojamiento, ¿verdad?

Pues de momento iré al hotel.

¿Cómo hotel? De momento será mi invitado.

Mi casa es bastante grande y además me asusta la soledad. Como quiera.

Qué raro. ¿Dónde estará Simón?

Venga para acá.

Hola, Simón.

Señora, sea bienvenida. Recoja el equipaje del señor.

Venga, Mauricio.

Vaya con Marcela. Anda que vivía como una pobre. ¡Qué palacio!

Solo de pensar cuánto pagaba Hacienda como signo externo de riqueza, se me

lavan las carnes.

Lo cierto es que yo creía que era la oportunidad de mi vida.

El doctor Pereira era una persona encantadora.

Me enteré que además de ser el consejero de Marcela, era primo hermano de su

esposo, el difunto Nazario.

De manera que es usted banquero. Regular.

Este pueblo es rico.

Es una ciudad austera, honesta, con mucha historia.

Al revés que algunas mujeres, ¿verdad que sí?

¿Cómo?

Bueno, es una frase hecha, una broma. Quiero decir que una mujer con historia

raramente es honesta.

Depende, querido Mauricio.

Marcela es recatada y honesta, y sin embargo tiene historia.

Por favor, doctor, ¿qué va a pensar nuestro invitado?

¿Sabía usted que Marcela enviudó a los seis días después de casarse?

¿Ah, sí?

Lo siento. ¿Un accidente?

Hay hombres que engañan a simple vista.

Nazario era uno de ellos.

Le falló el corazón.

El infarto, el mal de moda.

Nazario solo contaba 30 años.

Pero estaría enfermo, supongo.

Jamás tuvo ni la gripe.

Era vasco, fuerte como una roca.

Me enamoré de él el día que le vi partir un tronco en menos de tres minutos.

En eso era invencible.

No se puede uno fiar. Los fuertes también caen.

Era como un toro.

Daba un grito y temblaba en las paredes. Ahí debí salir corriendo.

Desaparecer sin terminar mi copa de coñac. Pero no lo hice.

Marcela tenía algo que me atraía.

Invencible. Como es colar y no tenía rival.

Polvosomos. Eso es.

Polvosomos y en polvo terminaremos.

Retenga lo más posible saltos del sil y compre hiperduero. Toma nota.

¿Que han bajado los seis enteros? Es igual, no venda. Compre todo el papel

posible. No haga caso, se trata de una falsa alarma.

Retenga todo el papel. No es momento de vender.

Haga lo que le digo. ¿Pero dónde vamos con telefónicas? ¿Cree que estoy loco?

Dos millones como mínimo.

¡El doble!

¡Ofrezca el doble! Y llegó lo inevitable.

Me jugué todo el dinero.

El suyo, claro.

Y por supuesto lo perdió. Al contrario, ganamos una fortuna.

Y para celebrarlo me invito a cenar.

Estaba bellísima.

Descorchamos una botella de champán francés. De la viuda, naturalmente.

Chin chin, Marcela.

Chin chin, Mauricio.

Gracias a tu talento me has hecho ganar una fortuna. No tiene importancia. Me he

guiado por una de mis colazanadas. Pues tienes un corazón que no tendría precio

como corredor de cambio y bolsa. ¿Qué cosa sabes decir, Marcela?

He sido tan feliz ganando ese dinero.

Dime, Marcela.

¿Nunca has pensado en volver a casarte?

No.

No digas eso, por favor.

No puedo.

Marcela.

¿Qué tienes?

Déjame.

Eso ni en broma.

No lo comprendes.

Tendría que volver a hacer el amor. Y no, no quiero.

Lo siento, Mauricio.

Buenas noches.

¿No le gusta hacer el amor?

¿No le gusta?

Esta es la mujer de mi vida.

A mí Marcela me parece una mujer formidable.

Sí, pero un poco agafada. Hombre, la viudedad no es un gafe. A veces es una

tranquilidad. El problema de Marcela son los hombres.

Yo creo que debería casarse.

No sé qué decirle. Aún no recuerdo los gritos del pobre Nazario.

Gritaba. Nazario murió en su cama, cumpliendo con su deber.

Después de cantar aquello de... Puente colgante más... Es que el corazón gasta

unas bromas tremendas.

Marcela lo que necesita es un hombre fuerte, viril, que no falle. ¿Y dónde

está ese hombre?

¿Me permite?

Parece usted muy seguro de sí mismo.

A ver si te cuadra.

12.300.000 con 15.

Con 25.

Hay un error, debemos comenzar de nuevo.

Marcela, que llevamos toda la noche.

Debemos descansar un poco.

Sí, tienes razón. ¿Quieres un whisky? Bueno.

Marcela, he pensado mucho en lo que dijiste la otra noche.

No hablemos de ello, déjalo, ¿quieres?

Marcela, es que yo te amo.

No, no, Mauricio, estás loco. Sí, me vuelves loco.

Cuando te veo calcular con esas máquinas, con esa repajolera gracia que

Dios te ha dado.

Pero el amor no es esto solo, está también la cama. ¿Quién piensa en la

cama? ¿Quieres casarte conmigo? No, nunca.

¿No me amas?

Precisamente por eso.

Te amo demasiado.

Me enamoré de ti al verte dormir en el express.

Y no es solo eso.

Cuando levantas la ceja derecha, me corre una cosa por el cuerpo. Lo sabía,

lo sabía.

Casémonos, Marcela. Te juro que si tú no quieres no habrá cama.

Pero es que a mí me gusta la cama más que el comer.

Pues anda que a mí.

Hagamos una prueba si tú quieres. Lo que tú digas, mi vida.

Nazario murió porque soy demasiado mujer, ¿sabes? Que yo soy fuerte,

Marcela. Mira, ¿qué te parece?

¿Seis días de duro?

Bueno, mujer.

Si yo te contara... Si de verdad me amas, solo hay una solución. Tú dirás.

Hagamos el amor antes de casarnos.

Conozcámonos sexualmente para evitar sorpresas.

Tú no me conoces a mí.

Tengo nervio.

Me das pena.

¿Mañana por la noche te parece bien? No podría ser ahora.

Voy a pasar el día más largo de mi vida.

Coge fuerzas, Mauricio.

Hazme caso.

Mi vida. Mi vida, mi vida.

Mi vida.

Ya está.

No creas que tengo mucha confianza.

Tómate estas cápsulas, tres después de cada comida.

Está bien.

No bebas licor en todo el día.

Leche, mucha leche y carne.

Y sobre todo, procura tomar toda clase de estimulantes.

Pero doctor, si usted supiese cómo soy yo, a mí hay que frenarme.

No, si de reflejos estás bien.

Mucha suerte, Mauricio. Y no te entregues demasiado.

Qué cosas.

Tener que recurrir yo a esto.

¡Pobrecita!

¿Se puede?

¿Quién es? ¡Soy yo, Mauricio!

No te quedes ahí, adelante.

Marcela.

De ti se puede decir todo menos que eres un cobarde. ¿Tú crees?

Sabes que te sienta muy bien la bata del pobre Nazario.

Muchas gracias, Marcela.

Bien, tú lo has querido.

¿Eh?

Marcela.

Amor mío. Mauricio, mi vida, qué fuerte eres. No lo sabes tú bien.

Marcela.

Marcela.

Marcela.

Marcela.

Bueno,

esto acá, por si le hace falta.

La botella de oxígeno también.

Parecía tan simpático.

Y ahora, a esperar.

¡Qué horror!

Es una noche perfecta, mi amor.

¿Te encuentras bien?

¿Cómo bien?

Estoy como si nada.

Ya te dije que yo soy como un roble, un loco, una fiera.

Pues entonces deja de beber y vamos.

¿Ya?

Claro, mi vida, y tú y yo nos entendemos divinamente.

Anda, ven, mi amor.

Bueno, bueno.

Ahí va tu niño.

Marcela.

¿Y Nazario aguantó seis días?

Con sus seis noches, ¿por qué?

Por nada, por nada.

Marcela.

Yo tengo ganas de llorar.

Eso es que estás enamorado, mi vida.

Me siento muy mal.

Se me va la cabeza.

El amor te ha cogido de golpe, como la gripe.

¿Sabes una cosa, querido? ¿Qué?

Lo nuestro va muy bien.

¿Para ti?

Pero yo no sé.

Aquí siento un poco de humedad.

Anda, ven acá.

Ven. Ya voy.

Ya voy.

Ya voy.

Joquetilla.

Aquí va tu niño.

La alegría de la casa.

La fiera.

Tú tranquila, ¿eh?

Tranquila.

Aquí voy.

¡Marcelina! Ay, mi León. Sí, sí.

Marcelina.

Siete días.

Así estuve siete días y siete noches.

Cálmese, hombre.

Cálmese. ¿Y ella?

Igual que al principio. No, mejor. Cada vez más animada.

Decía que yo era el hombre de su vida, que el vasco era un físico a mi lado.

Venga, beba.

Beba despacio. Sí, sí, gracias.

¿Y qué pasó?

¿Qué qué pasó?

Enhorabuena, Marcela. A mí si este te dura más. Gracias.

Gracias.

¿Qué tal?

Gracias.

¿Feliz, Marcela?

Del todo, doctor, muy feliz.

Y Mauricio.

Hay que apretar mucho los dedos porque si no se escapa el globo.

Hay que apretar mucho los dedos. Ahí va, cuánta gente.

Hay que apretar mucho los dedos porque si no se escapa el globo.

Vamos, ¿quién se casa?

¿Quién se casa? ¿Quién se casa?

Ahí va, cuánto coche.

Oiga, señor.

Dígame. ¿Quiere sostener el globo? Sí, señor.

Aplique bien con los dedos porque si no, vuela. ¡Vuela!

¡Oiga!

¿Qué pasa?

Doctor, ¿pero no dijo usted que estaba idiota? Sí, pero no como para casarse.

Oiga, ¿qué vale ese coño?

300 pesetas. ¿Me lo rebaja? No, yo soy un artista, no rebajo nada.

Anda ya, artista.

¿Y a qué se debió ese cambio en su vida?

Pues la verdad, doctor, yo qué quiere que le diga.

No sé, fue una idea descabellada. Pero yo pensé que en ese mundo, haciéndome

pasar por raro, las mujeres me dejarían en paz.

Tenía que elegir.

O yo dejaba a las mujeres y ellas a mí, o mis días estaban contados.

¿Y no dio resultado?

Todo iba bien.

Yo estaba tranquilo, las mujeres me dejaban en paz.

Hasta que apareció Susan.

¿Francesa? No, danesa.

Pero qué mujer.

Mire que yo soy español por los cuatro costados, ¿eh? Y me gusta la fabada y el

bacalao al pipí. Pero qué cosas lanza Dinamarca, mi madre.

Nunca olvidaré la primera vez que vi a Susan.

Oiga, ¿usted vende esos collares?

Sí, claro, para eso están.

¿Y...? ¿Qué vale todo?

¿Todo? Sí, yo pagaré en dólares.

Si usted no tiene inconveniente.

Tome, tome.

Tome.

Para usted.

Muchas gracias. Buenos días.

Buenos días.

Bye, bye.

Qué suerte tienes, macho. Has vendido hasta el trapo. ¿Qué quieres? Las

burguesas son así.

Hasta luego, Lucas.

¿Eh? ¿Qué pasa?

¿Usted se acuerda de mí? Sí, claro, ¿cómo no me voy a acordar si acabamos de

vernos? Quiero más collares. ¿Tiene en su casa?

Sí, alguno debe haber.

Suba.

Bueno.

¿Sabes que tienes un bonito rincón?

Me gusta mucho.

Me llevaré todos estos.

Y estos también.

¿Todos? Todos.

Eso es.

¿Sabes que eres el hombre que ando buscando?

Vaya, eso está bien. ¿Y puedo saber para qué?

¿Quieres ganarte 10.000 pesetas diarias?

¿Diarias? Hombre, eso ni se pregunta. Quítate la ropa. Quieto, no seas

impaciente. Vamos.

¿A dónde?

Sorpresa, ¿de acuerdo?

¿Y para qué tenemos que ir a otro lado con lo bien que estamos aquí?

A donde vamos estarás mucho mejor.

Bien, tú mandas.

¿Vives aquí?

No hagas preguntas.

Sígueme.

Cuidado, no topieses.

Bueno, ¿y ahora qué?

¿Quieres besarme?

Claro que sí.

Quítate la ropa. Ahora mismo.

¿Te ha gustado el beso, eh? Diez mil besedas cada tarde, ¿de acuerdo?

Bueno, si te empeñas.

Espera.

Camina, vete hacia allí ahí, vuélvete.

Viciosilla, te gusta contemplarme, ¿eh? Vamos, camina.

¿Qué?

¡Mi madre, la policía! Tranquilo, tranquilo, no pasa nada, nada.

Es lo mejor que ha encontrado, ¿qué os parece?

No está nada mal, ¿no?

No, señor.

Perdonen, pero yo no sé de qué se trata. Pero bueno.

¿No le has explicado nada a Susan?

Tenía miedo que se asustara.

Verá, somos una productora de cine danesa-austro-húngara, pero trabajamos

aquí porque la mano de obra resulta más barata. Usted me comprende. ¿Pero en qué

trabajan? Porno.

Cine porno. Bueno, porno. ¿Y yo qué pinto en todo eso? ¿Pero cómo que te

pinta? ¿Rodamos una película?

¿Una película?

Las señoritas rodarán con usted. Y usted rodará con las señoritas.

Cine verite.

Nada de fingir.

Bueno, venga, ahora vamos a la desnudece. Y vosotros también.

Empezamos enseguida. Sí, igual.

Vamos.

Cine verite.

Funcionará.

Besa como un latino.

¿Está usted dispuesto?

¿Cómo no voy a estarlo si esto es lo mío? Vamos, venga conmigo.

Métase usted en la jaula. Hombre, ¿para qué me voy a meter en la jaula estando

estas dos chavalas en la cama? Métase usted y calle. El juego es titante de

estas dos bellas señoritas.

Mejor dicho, estas dos magníficas criaturas deben provocar en usted los

instintos más primitivos.

Es algo lo que se dice fuerte.

Usted las ve, las desea y entonces grita. Grita así.

Un poco tonto, ¿no?

No haga comentarios.

Vamos a empezar.

Ah, y no lo olvide.

Cine verité. Sí, sí, sí.

¡Se rueda! Ánimo, chicas.

¡Ánimo, chicas!

¡No se ponga nervioso!

¡Si usted estuviese aquí en la jaula!

¡Mauricio, en el lío que te estás metiendo!

¡Más entusiasmo! ¡A la carga!

¡Qué barba de Oscar!

Te he preparado un batido. Tienes seis yemas.

¡Estoy fatal, fatal!

¡Claro! Se lo toma usted con demasiada profesionalidad. Y como repetimos

mucho... ¿Se va usted a desgastar? Hombre, usted me dijo, ¿cinema verité?

Pues yo verité, desnudé. De acuerdo, pero debe controlarse. Ya le digo que

repetimos mucho.

Andy, tómese el batido y vamos a rodar. Bueno.

Ánimo, hombre, que lo haces muy bien. Claro.

¿Dispuesto? Sí, señor, sí, señor. ¡Al tajo!

¡Tome!

¡Chicas! ¡Rodamos, que hoy hay mucho que hacer!

Mauricio, échale valor.

1 de enero, 2 de febrero, 3 de marzo... ¡No corres tanto!

¡Eh, oiga!

¡Que hemos llegado!

¡Despierte! ¿Se rueda Cineberite? No.

Por hoy hemos terminado. Ahora a descansar.

Y cuídese.

Hasta ahora.

Lo está usted haciendo muy bien. Sí, señor, sí.

Le pasarán a recoger mañana a las ocho. Lo que usted diga.

Chao.

Chao. Y gracias por la almohada. Sí, Guara.

Y no se me vaya de pendoneo.

Tu padre, si lo has conocido.

¿Eh? Hola.

¿Qué hace esto aquí?

He venido para ensayar la escena de mañana.

Queda los planos más difíciles.

Y quiero que hagas buen papel.

¡Qué barbaridad! ¡Qué complicado es esto del cine!

En fin, quítate la ropa.

No

tengo el traje de

gorila. ¿Para qué lo quieres?

Anda, ven.

Cada vez entiendo menos.

Ahí voy.

Eres un hombre perfecto. La estampa del macho siempre dispuesto.

Bueno, se exagera un poco.

Si tú quisieras, yo podría llevarte a mi país.

A trabajar en esto, ¿no?

Qué malo. Cada uno trabaja en lo que sirve. Y tú eres un ejemplar único.

Ya, el Paul Newman del destape, ¿no? Gracias.

Podríamos casarnos.

Con tu temperamento, lo que me faltaba.

¿Y para qué quieres ahorrar toda la fuerza que te sobra? ¿Ahorrar? Pero mira

mis pupilas. Si estoy anémico perdido.

Entre el rodaja lo vivo, tú, la negra, y luego los ensayos me estoy quedando en

nada. Y tú llamas a eso ahorrar. No, si cuando yo digo que las cosas... ¡Eh,

vamos! ¿Estáis preparados? ¡Todo listo para rodar!

Vaya calvario, Mauricio.

Te lo he explicado mil veces, mujer. Pareces tonta.

¿Qué tal, amigo? ¿Cómo va eso, eh?

Fatal. Hay que repetir otra vez. Pero no por usted, amigo, no por usted. Es el

contraluz. Quiero dar más verosimilitud a las secuencias.

¿Y sabe si hoy tenemos para mucho?

Naturalmente. Le encuentro a usted muy inspirado y quiero aprovecharlo. Si es

que no puedo más, si es que me voy a morir. Claro que puede.

Usted mire a las chicas, mire a las chicas. Ya, ya, ya. Esto para usted es

pan comido. Sí.

Arriba el ánimo.

Ay, madre, que yo me conozco que pago. Mira qué cara.

Tómate el calcio y recréate mucho en el plano.

¿Cinema verité?

Sí, cinema verité.

Pero si no puedo, hombre.

Yo voy a palmar aquí. No puedo.

No puedo rodar más. Se acabó. Esto se acabó. Me voy.

Primero yo.

Ahí os quedáis. Iros a hacer puñetas, acabáis con cualquier...

Buenas tardes. Buenas

tardes, padre. ¿Qué puedo servirle? Busco una clínica. Es muy urgente. ¿Para

usted? Sí, señor.

¿Qué le pasa?

Un problema sexual.

Si usted supiera lo que me pasa a mí... Vamos, padre, por mal ya. Seamos serios.

Bueno, bueno.

Vamos, vamos, vamos.

La guía de teléfono. Allí enfrente, por favor. Gracias.

Clínica.

Clínica.

Sexual.

Clínica sexual.

Señor, señor, ¿en qué plan se han puesto?

El resto ya lo conoce usted.

Me he quedado sin tabaco.

¿Tiene usted un cigarrillo?

En la mesa.

Gracias.

Estoy fatal, ¿no?

Bueno, no nos engañemos. Su caso es grave, pero no desesperado.

¿Me puedo salvar?

Tendrá que internarse como mínimo un mes en esta clínica. Lo que haga falta.

Se lo advierto.

Voy a aplicarle un tratamiento duro. De usted depende que lo resista o no.

¿Y usted cree que en un mes...? Lo suyo es un típico caso de agnofalitis aguda.

Hablando claro, es como la impotencia, solo que al revés. Usted sexualmente es

un superhombre. Cuando usted lo dice, ¿algo habrá?

Compadézcase mejor.

La superabundancia es mucho peor que la falta.

Tanto se peca por exceso como por defecto.

Veremos si podemos cogerle a tiempo. Yo utilizo una terapéutica aprendida en

Copenhague. A veces ha dado resultado.

No sabe cómo me alegro.

Todo es una cuestión psíquica. Hay que hacer trabajar al subconsciente para que

lo entienda. Hay unas células vivas en su cerebro que se han pasado.

¿Comprende? No, yo no entiendo nada. Yo lo que quiero es ver una mujer y

quedarme normal.

Que no se me suba la sangre a la cabeza y empiece a hacer locuras. Empezaremos

el tratamiento ahora mismo. Sí.

Está muy alterado. ¿Por qué?

Es que tiene usted unos ojos, doctor.

Y la boca.

¿Qué me dice usted de la boca?

Conténgase.

Sí, sí, doctor, sí.

Desde este momento queda a mi cuidado.

Le advierto que el tratamiento será duro.

Haga usted lo que quiera. No tenga piedad de mí.

Necesitará mucha resistencia.

Resistencia yo.

Aguanto lo que sea. Usted no me conoce. Yo lo que quiero es ver a ese par de

preciosidades que tiene usted de enfermeras y como si viera una pareja de

bomberos. Cuando quieran.

¿Quiere acompañarnos?

Naturalmente que sí, vaya par de maravillas. Publica usted fotografías de

estas dos y tiene más enfermos que en la seguridad social.

¡Qué maravilla!

Ha llegado la alegría al sanatorio. ¿A dónde me lleváis?

Dígame. Al paciente recién ingresado le aplicaremos el tratamiento 8A, dos horas

al máximo.

¡Qué frío, mi madre!

¡Estoy sucia! ¡Aquí solo falta luso!

¡Ay, ay, ay! ¡Pero bueno! ¡Se quema de aquí!

¡Que me voy a quedar igual que un chicharrón! ¡Voy a parecer una gata

cocida! ¡Pero qué haces!

¿Qué? ¿Se encuentra más relajado? Me encuentro muy mal.

Fatal. ¿Por qué esta barbaridad? No pregunte. Dentro de un mes se verá

convertido en un ser normal. Sí, pero estas duchas son un suplicio. Ahora solo

tendrá ganas de dormir.

Seguro que esta noche, aunque viniera la mujer más excitante del mundo... ¡Señor!

Haga el favor de quitar inmediatamente la mano de... ¿Qué carnes tienes, mi

vida? ¡Hierro!

¡Puro hierro! Tú y yo vamos a dar mucho que hablar aquí. ¡Ya lo verás!

¿Con qué duchas a mí, eh? ¿Fría, caliente, caliente, fría? Pues para que

lo sepas, las duchas me excitan, ¡me excitan!

Y hemos tenido que sedarlo. Si no falla el pen total, dormirá toda la noche de

un tirón.

Solo teléfonos de mujeres.

Y estos nombres anotados en cada día deben ser las seducidas.

El 7 de julio, 5.

San Fermín, ya se sabe.

El 18 de julio, fueron 6.

La extraordinaria.

Fíjese, en Navidad, 9.

Ese es el turrón.

Tenga, abra un expediente.

Mañana mismo empezaremos un tratamiento de excepción. Sí, doctor.

¿Está muy mal?

Muy mal. Hay que salvarle, doctor.

Haremos cuanto podamos.

Claro que curarle, lo que se dice curarle del todo, sería una pena.

Está tan bien.

Señorita, la ciencia no sabe de estética.

Sería un caso parecido en el año 57 en Rusia.

Aplicaremos el mismo tratamiento del doctor Wolfgang.

Claro que ellos lo hicieron con Humón. No hay mucha diferencia.

Atención. Mire usted a su izquierda.

Raquel Welch.

¿Qué le parece?

Observe su talla y la largura de sus piernas.

Representa a la mujer liberada.

No está mal, no señor.

No es mi tipo, pero hay que reconocer que está como un tren.

A mí, desde luego, no me importaría...

Laura Antonelli. Su fuerza está en lo que sugiere. Ha vuelto a poner de moda

el liguero con la media negra. ¡Una fiera, sí, señor!

¡Esta sí que me va! ¡Viva la vuelta del liguero! ¡Viva la madre!

¡Basta, retiro lo del liguero!

Pero hay que reconocer que con liguero... ¡Mi madre! ¡Qué cosa más

rica!

¡Basta! ¡Esto no son métodos!

María Schneider.

La estampa de la chica rebelde.

Llamada el animalito salvaje. Gusta mucho a los intelectuales. ¿Cómo que a

los intelectuales? Y a los analfabetos, y a los militares sin graduación, y a

los tontos. ¡Qué bestia! ¿Cómo está?

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

¡Ay! ¡Ay!

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

¡Ay!

¡Ay!

La respiración.

Ese pecho.

Esas piernas.

Vamos, levante las rodillas. Anda ya, señora.

A usted no hay quien la aguante, hombre. Anda ya.

Vamos, siga, siga.

Ahora mariposa.

Mariposa, qué negrera.

Vamos, haga el favor.

Ahora inmersión. Ya.

He dicho inmersión. Ya.

Está bien, está bien.

Gracias.

¡Ven acá!

¡No te ha vuelto!

¡Diolento!

¿Qué pasa contigo, Matías?

Rápidamente, no piense.

Conteste lo primero que le sugiera la palabra.

Sí, claro, claro.

Mujer. Madre, madre, no hay más que una.

Pantorrilla. Pirri, pirri, chuta y gol.

Beso. La española cuando besa... Hacer el amor.

La guerra, siempre la guerra.

Muslo. De pollo.

Sujetador.

Defensa central, gallego.

Puede levantarse.

Sí, señora.

Atención, pasamos ahora al experimento vivo.

Electroplasma número 1.

Gracias.

Apenas tenemos reacción. La operación antisexo va dando resultado.

Muy bien.

¿Cómo se siente?

Con sueño.

Esto es aburridísimo.

Las pulsaciones ante el estripti son casi como las de un sueco.

Vamos por buen camino. Se cogen seis puntos y luego se mengua.

Y luego vuelta a empezar.

Uy, qué lío.

Uno, dos...

Tres, cuatro... Hola.

Permítame. Le voy a hacer unos calcetines que va a estar deseando que

no acabe el invierno.

Y también llevo liguero. Uy, qué liguero ni qué liguero.

Calcetines y ya puede venir frío.

Se cogen seis puntos y luego se mengua.

Y luego, pues, vuelta a empezar.

Y me contestó que con calcetines ya podía venir el frío. No hay duda,

estamos en el camino.

Por esa puerta entró un ser monstruoso.

Una bestia insatisfecha y estamos a punto de recuperarlo para la sociedad.

Permítame, doctor.

¿No nos pasaremos en el tratamiento? Según creo, aquel mono terminó

afeminado. ¿Sería peor el remedio que la enfermedad? Es un peligro,

evidentemente. Esta noche suprimiremos el tratamiento.

¿Bastará con eso?

Quizá haya que hacer algo más.

¿Voluntarias?

Solo una.

Irás tú, que eres la más decidida. A la lima y al limón te vas a quedar soltera.

A la lima y al limón ya no tienes quien te quiera.

Pase.

Hace un descanso en el tratamiento, guapo. ¡Oh!

¿Pero qué haces aquí? ¡Fuera!

¡Vete! ¡Mete desnuda a estas horas!

¡Debería darte vergüenza! ¡Me quejaré a la doctora! Sí, señora.

No sé dónde vamos a ir a parar.

Ya no hay moral ni nada.

¡Largo!

Mujeres.

¿Qué? Oh, pesadísimo.

¿Todo esto no le sugiere nada?

Una monotonía espantosa.

¿Pero sentirá usted alguna sensación? Todo esto pertenece al cuerpo femenino.

Sí, eso ya lo sé, pero ¿qué quiere? Yo estaba pensando en los pájaros. ¿En qué

pájaros? Los del jardín vienen todos los días a mi ventana y yo les he hecho

miguitas de pan.

O sea, que yo le muestro todo esto y usted piensa en los pájaros.

Sí, no es malo, ¿verdad?

No sé qué decirle.

El tratamiento tenía una medida.

Oh.

Usted borda, ¿no? Sí, y hago punto y me sale divino, divino.

Ya verá usted dónde llego yo en este país.

Ya, ya.

¿Y las mujeres?

Nada.

Nada.

Una lata, lo que se dice una lata.

¿Cuándo podré marcharme?

Depende. ¿Qué piensa hacer cuando salga de aquí?

Peluquero. Es lo que me va.

Me voy a hacer peluquero de señoras. Me teñiré de rubio platino y voy a cambiar

el nombre de Mauricio porque es una horterada por el de Má. Que es mucho más

cortito y más chic.

Má. ¿Qué le parece?

Un desastre.

Vaya una chapuza.

Uy.

Chapuza. No veo por qué, qué tontería.

Y además no te pide dinero, ni te dice nada, llegues a la hora que llegues. Oh,

ideal. Lo que se dice una esposa perfecta. Yo hasta que no autoricen el

divorcio no me caso con ella. Uy, haces bien.

Además hoy en día se hacen maravillas. Hay un modelo que han inventado los

japoneses que es una preciosita.

Canta canciones de la Marcial, ríe, llora. Y si la pones delante del

televisor, a los diez minutos dice palabrotas. ¿Qué japoneses? ¿Cómo tienen

los ojos así las cosas que inventan?

Vamos, peina, peina, no te distraigas. ¿Distraerme yo en mi oficio? Sí, sí.

Lolita Susan Marcel.

¿Doctora Anglada?

Sí, usted es Lolita, ¿verdad?

Para servirle.

Pase. Haga el favor.

Hablando claramente. Ha perdido agresividad.

Qué pena.

Vaya jugada.

Creanme, he hecho todo lo posible por convertirlo en un hombre sexualmente

normal. ¿Y eso por qué? ¿Para qué lo queremos normal?

Eso digo yo. Lo cierto es que no lo he conseguido. Cosas de la terapéutica

comprenden. El tratamiento no prevé hasta dónde se puede llegar. Y temo que

me he pasado. Claro.

Por fiarse del ruso. Eso.

¿Y le ha quitado mucha carga erótica?

Pobre, con el porvenir que tenía en el cine. Era la cripta carpo del cine

porno. Ustedes son mi única esperanza. Tenemos la obligación de recuperar a

Mauricio para la sociedad.

Pero tan mal está.

Quiere ser peluquero.

Bueno, eso no es malo. Canta la lima y el limón y todo el repertorio de la

piquer. Tampoco veo que eso tenga ninguna importancia. Es que es así como

se empieza, señorita. Ah, ahora caigo. Pues como lo vean en mi pueblo, le tiran

piedras. No me importa, yo me lo quedo tal y como está.

Mauricio es un artista y los artistas evolucionan. Mauricio no debe salir de

aquí hasta que hayamos agotado todos los recursos.

Sabemos que ha perdido el interés por la mujer en general.

Ahora debemos averiguar si le ha ocurrido lo mismo con la mujer en

particular. Ustedes son las únicas por las que él ha sentido algo especial.

Es decir, en sus relaciones con ustedes no solo puso el deseo, sino el corazón.

Un corazón así de grande.

No le cabía en el pecho. Era inteligente.

Amaba el dinero.

En mi país hubiera llegado a primer ministro.

Deben darle ocasión a que se decida por una de las tres. ¿Y para eso qué debemos

hacer?

Mi plan es el siguiente.

Gracias.

Mauricio.

Mauricio.

Mi amor.

¡Despierta, Jolines!

¡Ay, Lolita, qué susto! Pensé que estaba despierto. Vaya pesadilla.

¿Será posible esto?

¿Pero esto qué es, por favor?

Mauricio. ¡Lolita!

Pues no era una pesadilla. ¿Qué haces aquí?

Tranquilo, no pasa nada.

Tienes que tener tranquilidad, reposo, relax.

Sí, eso es verdad. Me alegra que seas comprensiva. ¿Lo ves? Nadie te reprocha

que te hayas hecho este tratamiento.

La gente se hace chequeos y están sanos. Sí, pero es que yo no estaba sano.

¿Y tú qué sabes?

Anda, déjame, hazme un sitio. Bueno, pero no me toques la redecilla que luego

me despeino.

Mauricio.

Lolita, por favor, déjame descansar, que si no mañana voy a tener unas ojeras

terribles. Mauricio, tú no eres normal.

¿Y por qué no soy normal?

Bésame. Lolita, por favor, que me he puesto crema. Tú no eres el mismo que

han hecho contigo. Tú que eras el número uno del pueblo. Eran otros tiempos.

Entonces, ¿no me quieres?

Sí, como a una amiga.

Y este camisón que llevo no te dice nada. ¡Ay, qué tontería me va a decir a

mí ese camisón teniendo un pijama tan bonito!

Mauricio, tú me deseas... ¡Quieta!

¡Pulpo, que eres como un pulpo!

¡Mauricio! ¡Mauricio, amor mío!

Soy la viuda, lo que me faltaba a mí. Me largo.

Mauricio, espera.

Sí, ahora te voy a esperar. Espera, por favor.

Qué horror, cuánta mujer. Mauricio, no te vayas. ¿Qué vas a hacer?

No te vayas, Mauricio. Un paso más y me tiro por la ventana. Por favor.

Mauricio. La extranjera. Mauricio, quiera millas.

Señora, la cola.

Ha llegado la última.

Además, este hombre es nuestro. Lo siento, Mauricio, pero esta vez ya no te

escapas. Tienes que cumplir, caiga quien caiga. Eso, eso. Un solo paso y me lanzo

al vacío. No seas tonto, es mucho mejor lo que te ofrecemos. Ni hablar.

Prefiero la muerte.

¡Será cínico si no hay más que un metro!

¡Sinvergüenza! ¡Vamos a buscarle! ¡Qué excitante!

Hola.

Perdón, señora.

No tiene por qué disculparse. Quería usted... Verá, no sé cómo entré en su

cuarto. No importa, me encanta.

Es usted estupendo.

Muchas gracias.

Venga, siéntese.

¿Le importaría que cerrase la ventana? Cierrela.

Hace mucho que está usted aquí.

Llegué esta mañana.

Mi marido tiene mucha fe en la doctora. ¿Cree que me va a curar?

¿Le pasa algo?

Nada de particular.

Que me gustan demasiado los hombres.

Soy un poco ninfómana, ¿sabe usted?

¿Ninfómana? Lo que me faltaba me... ¿A dónde va? Ahora vengo, ahora vengo,

ahora vengo. No se vaya. Sí, sí. No me abandone.

Venga. Ande, tapes el pecho.

Anda ya.

¡Huya esta gafina! ¡Corre!

¡Corre! ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!

¡Corre! ¡Corre!

¿Dónde se habrá metido?

¡Ay,

otra mujer!

¡Qué susto, qué susto, don Braulio!

¡Qué bonito vestido lleva!

Ya sabe, no lo puedo remediar. En cuanto tenga un rato libre me visto de

lagarterana. Las muy zorras me lo habían escondido ahí, ¿sabe usted?

Le voy a confesar una cosa. A mí lo que más me gusta es vestirme de lagarterana.

No me diga, como yo. Por fin hay alguien que me comprende. Pero mi problema es

que yo no encuentro un vestido como el suyo. Sí, por eso se lo presto. Ah, no,

don Braulio. Hoy me voy a vestir de Haiti.

Sí, sí, sí.

Sí.

Decidido.

¡Oiga, enfermera!

Dígame. ¿Ha visto usted a don Mauricio Fernández? Sí, está vestido de la

carterana. ¿Dónde? Ahí, en el cuarto de enfermeras. ¡Vamos, que las escape!

¡Déjenos! Yo hablaré primero.

¡Dejadme!

¡Dejadme, zorra! ¡Dejadme! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no!

¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no!

¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No, no, no! ¡No,

no, no! ¡No, no, no!

¡No, no, no!

¡No, no, no!

¡No A la derecha, la primera puerta a la izquierda.

Señorita. ¿Quién es?

Una servidora. ¿Qué quiere? Le traigo la leche.

Pase, estoy en el baño.

¿Permiso? Pase.

Su leche.

¿Algo más?

Las pastillas de dormir.

¿Qué pastillas?

Vamos, tráigamelas.

Sí, señora, sí.

¿Dónde están?

Al lado del televisor.

No las encuentra.

Es que como hay tantas, no sé.

Por Dios, es usted tonta.

¡Ay, sí! ¿Vis vaporus? ¿Puede ser esto?

Las de dormir, la cajita roja.

Uy, ya estamos con la política.

Es que si no me dice el nombre... Somatrachs, demonio. ¿Pero qué clase de

enfermera es usted?

Ah, sí, aquí está qué tonta soy.

Somatrachs. Usted dispense. Es que me pongo nerviosa, como soy primeriza.

¡Ay, qué susto! ¿Qué pasa?

Nada, nada. ¿Cómo está usted así?

¿Cómo? Pues así, es la primera vez que veo a un médico desnudo.

Se queme la espalda, haga el favor. Sí.

Tiene usted una espalda divina.

No le he pedido su opinión.

Sé que con más cuidado parece usted un hombre.

¿Un hombre?

¡Ay! Vamos, qué cosas se le ocurren.

Así. Mucho mejor.

Qué hombre ese Mauricio Fernández, ¿verdad?

Vaya, ¿a usted también le gusta?

Simpático, ¿no?

No sé qué demonios les ocurre a las mujeres con ese tipo.

Va, que nos cae en gracia.

Lo que pasa es que hay mucha imbécil suelta.

Sí, en eso tiene razón.

Ahí va.

Qué tía más fea.

Pero si parezco la novia de esta laurel. ¿Viene o no?

Sí, ya voy.

Vamos. ¿Qué es lo que le pasa? ¿No conoce sus obligaciones?

Es que como soy nueva... Espero que sepa dar masaje mejor que me ha secado la

espalda.

¿Y usted cree que ese hombre está curado?

Se curará del todo cuando esas insatisfechas dejen de perseguirle.

Mauricio es un hombre vulgar. No responde en modo algún al prototipo del

hombre seductor.

Es hortera y petulante. ¿Hombre hortera?

Usted dispense.

Pues yo, la verdad, no lo encuentro tan mal.

Además, algo tendrá el agua cuando la bendicen, digo yo.

Conmigo. Conmigo tenía que haber dado ese tipo. A lo mejor es que a usted no

le gusta.

Estaría bueno.

Yo soy un cerebro.

Soy algo que además de tener piernas, piensa y actúa como un ser racional. ¿Y

usted cree que ya está curado? El antifaz. ¿Eh? Me molesta la luz. Sí. Me

he pasado toda la noche estudiando. Sí, sí, sí.

¿Pero qué hace? Le pongo el antifaz y está usted mucho más mona.

Todavía no me ha contestado.

Si está usted contenta con su trabajo.

Ha sido un fracaso. Está mucho peor que cuando entró.

¿Y no tiene solución?

Si fuese capaz de ilusionarse, de enamorarse.

Pienso que tal vez podría volver a la pasión. No sé, es un caso tan

contradictorio.

¿Fue idea suya lo de traer a esas locas?

Naturalmente. Quería provocar en él una reacción.

Ese monstruo ha debido enamorarse alguna vez.

Si se decidiera por alguna de las tres, habríamos ganado.

Pero lo dudo. O tal vez nunca se haya enamorado. Es increíble.

¿Un hombre todo el día en eso?

¿Y de amor nada? Bueno, se han dado casos, ya sabe. En casa del herrero,

cuchillo de palo.

Oiga, ¿qué hace? Pero esto qué es, usted no es una enfermera, ¿verdad? Caliente,

caliente.

Mauricio, esta mujer es el doctor Fleming con faldas. Es la que me va.

Madre mía, es la que me va. Mi remedio se llama Verónica.

Me han violado.

Me han violado. Pero, ¿quién?

¿Quién?

¿Quién?

Dígame.

Oye, ven para acá. No puedo, tengo mucha prisa. Me llama la doctora.

Ven acá.

Mi madre.

Me gustarán las mujeres.

A mí, que me ocurra esto a mí.

Pero será posible.

¿A dónde hemos llegado?

¿Quién es?

Pasa, ven para acá.

Sí, sí.

Dame un masaje en la espalda. ¿A estas horas? Sí, vamos, un masaje.

A mí no me gustan las mujeres.

Lo juro, lo juro.

No, tú no has ido.

Pero entonces, ¿quién?

¿Por qué lloras, insensata?

Me pasan unas cosas muy raras.

Una enfermera me ha besado en el pasillo.

Y no es eso lo malo, sino que me ha gustado.

¿Cómo no te iba a gustar?

Si no era una enfermera, era un hombre.

Un hombre fuerte, viril, con manos de artista.

Me parece que Mauricio está curado.

Mejor dicho, yo le he curado.

Todo sacrificio es bueno para la ciencia.

Y además de verdad.

Oh. Buenas noches. Mauricio.

¿Muñeca?

Adiós, doctor.

Pasa maciza.

Se acordará de lo que me ha hecho. No lo sabes tú bien.

No tiene usted vergüenza.

Ninguna. Y encima se burla. Vete preparando el traje de novia porque me

voy a casar contigo.

¿Conmigo? ¿Está usted loco?

De remate. Y desde que he probado tu receta no hay quien me aguante. Por

favor, yo me debo la ciencia. Bueno, y yo no soy un caso clínico.

Mauricio. Mi querida doctora.

No sé, deben ser estas ropas.

Pero el caso es que tengo vergüenza.

Pues yo estoy deseando quitarme todo esto.

Sería menos violento si fueras a tomar una copa. Champán.

Voy a por una botella y dos copas. No tardes, cariño. Sabes cómo he esperado

este momento.

Eres mi marido.

Tú cierra los ojos que cuando los abras ya estoy aquí.

¿Estás loca? ¿No ves que mi mujer me está esperando? Pues que esperes.

¿Pero qué vas a hacer, insensata?

Mira lo que hay ahí.

¿Sabes lo que es? Sí, una cama.

Pero sin violencia.

¡La ninfómana!

Pase, Mauricio.

¡Sí, sí! ¡Tu padre va a pasar!

¿Eh? Mi vida, qué buen tro tienes.

¿Susan también aquí?

Donde sea.

Verónica, mi vida.

Ya estoy aquí. Por fin has vuelto. ¿Cómo has tardado tanto? Nada, que bajé en una

estación a por tabaco. ¿Pero cómo vuelves así?

Pues que discutí con un tipo de política, ¿sabes?

¿Te gusta el camisón que me he puesto?

Sí, muy bonito, Verónica, pero yo no puedo.

No, no, no.

No puedo, Verónica. Tengo un sueño que me muero.

Déjame, Verónica.

¡Que no cuente el pánico!

¿Pero qué hacen ustedes?

Compréndalo, es nuestra noche de bodas. Y usted no conoce mi poder erótico.

¡Paro hasta los trenes!

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