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Esta película está dedicada a la memoria de nuestro
recientemente desaparecido mago, el gran Miguel Quiroga.
Con su acto, él se recorrió en sucesiva giras todo el
mundo, pero su felicidad siempre se encontró mucho más
cerca de lo que él se imaginaba.
Ahí, no más, a unos metros.
Su famosos asuntos amorosos y los secretos que vivieron
torturando su deslocada vida interior han sido
minuciosamente investigados por un grupo de científicos,
atrólogos, adictos a las cosas raras y deportistas.
Así es que confeccionamos esta cinta que tratará de
ilustrarnos desde sus comienzos la
vida del ilusionista de San Cristóbal.
Para vos, Miguelito, es esta película que es tu vida y que
es también el acto en cuestión.
¡Buen día!
¿Qué me quiere decir? ¿Que no te saludé?
¡Qué dije! ¡Buen día!
¡Buen día, Susena! ¡Buen día!
¿De qué se trata el de hoy?
Un libro raro.
¡Oh, me olvidé de eso! ¡No me olvidé de eso! ¡No me olvidé de eso! ¡No me olvidé de eso! ¡No me olvidé de eso! ¡No me olvidé de eso! ¡No me olvidé de eso! ¡No me olvidé de eso! ¡Oh, me olvidé de eso!
¿Sabes que es lo primero?
¡Ojo! Otro cuarto que queda libre.
¡No habéis hecho eso!
Es que se dice que no conocemos
que ese seta muriendo, el infeliz.
Llamaron al doctor. Parece que esta tarde...
¿Cuál es el título?
El jardín de los boss.
¿Y lo qué?
Boss, ese seta.
¿Y cuál es el autor?
Edgar M. Boss.
¿Es autobiográfico?
No lo dicen, pero lo escuchan.
La elección del nombre se debe
simplemente al acto de asumir el lado oscuro
que ostenta el padre de
familia, sobre todo en el capítulo 22,
cuya escena trancurre en una misa
y prostíbulo con mesa de ruleta.
Te afanas cada boludez.
¿Por qué no mirás un poco lo que te llevas?
Ah, sí. Mirá que me voy a poner a mirar el libro.
Yo me puedo mirar el libro o no puedo mirar el cajero.
El cajero me mande en cara y sí me mande en cara.
¿A vos qué vas a hacer, Simi?
Mirá la basura que te trajiste ayer.
Bueno, a ver qué es.
Prisiones berberiscas.
¿Qué, no te gustó?
Esos cargueros liberianos con la selva de la Malasia.
Yo no me veo identificada ahí.
Bueno, está bien. ¿Qué crees que te traiga?
A ver, Carlos, mal.
No digo eso, pero no me veo reflejada.
¿Ah, sí? ¿Por qué? Porque son negros.
¿Qué? Porque son negros, al contrario.
Ya vos sabés que a mí me gustan los negros.
¿Qué negro te gusta?
¿Qué negro?
Vos me gusta.
Yo no soy negro hace un sena.
No, pero sos morochito.
A ver, contámelo. ¿Leíste todo?
Sí.
A ver, cuándo me lo que quieras.
A ver, ¿tienes este nebend?
Más de un charlatán.
Ese que lo vio la voz junior, pero
seis o siete páginas más adelante.
Fíjate.
¡Es duro pesadito que te avanas!
¿Vos estás seguro que no te fijas lo que te llevas?
Ya te expliqué que si yo me fijara no estaría acá.
¿Cuánto tiempo te llevo a leer esto?
Eso son...
320, 325 páginas.
120 la hora.
Y tres horas más o menos.
¿Vos estás seguro que disfrutás?
¿Tienes lo tan rápido?
Claro que sí.
¿Pregúntame lo que quieras?
¿Vos sabés lo que tenés que hacer, viejo?
¿Vos tenés que juntar esa cantidad de libros
que te venís a farando durante años?
¿Que tenés arrombados ahí llenos de tierra,
de cucaracha, los vendés?
¿Y te compras un pantalón de gente,
una camisa de gente,
una de gente decente,
un saco como la gente?
¿Pero qué tienes, te ropa?
Si está muy bien el pantalón está bien,
la camisa me la abaste vos.
¿Qué tienes?
Olor, etapicha, pipi, cucú.
¿Vos tenés una ventaja que no tiene nadie?
Yo laburo en gatichave, te hacen descuento,
conseguís bagateras,
la ropa baratita.
¿Vos crees que yo voy a la batitchave
con esta pinta para que me hagan un descuento
porque vos trabajas ahí?
Pero que soy un octario que vive de vos.
Mira, por favor, déjame tranquilo.
Nosotros nos queremos.
La pieza no me sube más.
Tú me voy por ahí, me tomo mi cafecito,
me chorío algún librito,
y si no, ¿dónde está la felicidad, Susena?
¿Sabes qué tenés razón?
Dice que la felicidad está en las cosas pequeñitas.
Claro.
Por eso yo nunca me afano un libro grande.
Miguel lo lumpe como todos nosotros.
Y consciente del abandono en que navegaba,
había desmantelado hacia tiempo sus sueños de viajes,
mármoles y cedas.
¿En qué habría fallado?
¿Cuándo dobló la esquina equivocada?
Con estas preguntas recorría
ahora apagado infinidad de cuadras
y doblaba innumerables esquinas.
Cuando su vida se volvía insoportable,
nunca tardaba en surgir algo para salvar.
Un golpe de suerte, una ideíta,
uno de esos aparecidos con plata.
Pero ahora la cosa se le hacía distinta.
Desesperado e invadido por toda la mierda del mundo,
se sorprendía a sí mismo,
hablando contra el reflejo de las vidrieras,
y allí, percibiéndole irremediable caída.
Era un hombre...
...estruido.
Como todos los vagabundos de su especie,
da basta la impresión de saber más
de lo que realmente sabía.
Atrás quedaron para su vergüenza
los sueños de escritor,
interpretador de masas,
vocero de las multitudes.
Héctor vicioso,
con una buena ducha y cambiándose las filchas,
podían grupir como nadie en todos esos círculos bacanes.
Y en aquellos días,
su vida buscaba en lo práctico
lo que nunca le habían dado los espejinos fantasiosos.
¡Me grito!
Famoso ladrón de libro,
lector empedarnido,
vicioso de la letra impresa.
Por veintitantos años venía
lloriando los más diversos títulos,
uno por día, sin importarle de qué se tratase.
Nunca nuevo, siempre de segunda mano.
Esa era una de las reglas de oro de su solitario natural.
La otra era tratarse de lo que se tratase
en su sovicho mano por páginas,
leerse lo sin interrupción de pé a pé y durante la noche.
Aunque fuera un ensayo sobre caries
de colmillos en elefantes, infantes,
vida sexual de las abejas,
aproximación a las matemáticas sinceros,
o hasta el manual técnico del sifonero moderno.
Con esta experiencia,
el tío había adquirido, entre otras habilidades,
la de determinar el año de impresión
de cualquier ejemplar con sólo olerlo,
o encontrar un mínimo de veintiocho sinónimos para cualquier adjetivo existente.
Miguel, a veces se preguntaba
cuándo escaparía de aquella rutina que se había puesto,
sin sospechar que hoy estaba a punto de concretar.
¿Qué tal el dedito, eh?
Bueno, me mire, ¿eh?
Voy a llamar a ver lo que te espera.
¿Qué tal el dedito, eh?
¿Bien?
Mira, te viene a buscar, ¿eh?
A vos también.
Sí, a vos te hablo.
Dentro de un rato te baño.
Qué bien está tu dueño, ¿eh? Te voy a buscar. Dentro de un rato te baño.
Qué bien está tu dueño, ¿eh?
¿Cómo te hace el coco?
Me gusta mirarla, ¿eh?
Ustedes eran muy chiquitos cuando nos los sacamos.
Veintia años, carajo.
¿Haya habría que irse de acá?
Sí.
Pero cómo.
¿Qué es eso?
¿Y a dónde?
Lejos.
Lejos.
Al campo habría que irse.
El campo.
En el campo.
En el campo todo más fácil.
¿Qué sabemos nosotros? ¿Qué sabemos nosotros del campo?
¿Susse?
No, si vos me dices que sabías dónde era el caballo.
Sí, pero eso que tiene que ver con el campo, por favor.
¿Vos sabes andar bien al caballo?
¿No?
Sí.
Sí, sí.
Ah.
Los chicos siempre, sí.
¿Qué?
El caballo para mí es como...
A ver, ¿cómo qué es?
Como una bicicleta, no tiene misterio.
¿Vos sabes que no anda?
Yo no te dije la gente anda todo el día en bicicleta
de la mañana a la noche.
Sí, pero yo prefiero toda la vida un buen caballo.
Pero no te gusta el campo.
¿Y eso qué tiene que ver?
¿Y dónde vas a andar?
¿En la ciudad vas a andar al caballo?
No, no, no, no, no. Yo no sé cómo es el campo, no yo.
Claro, pero vos te gusta andar al caballo
y sabes andar bien al caballo.
¿Pero para qué me están mezclando las cosas?
Para eso te estoy mezclando.
Si vos te gusta andar al caballo,
vas al el campo el caballo, ¿no?
Pero qué...
Pero en qué caballo te gusta andar al caballo?
¿Pero qué es?
¿Pero qué es?
Por favor, ¿qué estás hablando?
No, no, no, no.
No me grites, no me grites.
Por favor.
Para, para, para, siempre pasan lo mismo.
Para un problema.
No, no, no, no.
Siempre nos ponemos a dormir y pasan lo mismo.
¡Te dejáme por favor!
Y el campo!
¡Te dejáme por favor!
¿Cómo te estás inseriendo a mí?
¡Me estás sacando el aire!
¡Bu Gadis, 這個..
P'D26S!
No te importa porque el libro nos vea juntos hoy no vos!
Todas malas caras!
¡Es el campo que miran esto!
¡Qué campo! ¡Qué mierda es esto!
Pero... ¿quién dejó este coctobrino acá?
¿Pero qué comen al falso, animales?
¡Venida!
¡Neta mirando! ¡Ya ven al museo!
¡Que no sea oro! ¡Pero qué
morfaré que aprendera con vivir acá!
¡Uta madre! ¡Esta miseria de mierda!
Miguel no tardó en descubrir que el
libro que se había afanado esa tarde
exponía en sus páginas un asunto bastante peculiar.
En su interior no figuraba fecha alguna de impresión,
pero su confección parecía excelente,
así como el aroma que despidió al abrirlo.
Poco a poco fue descubriendo que la
narración se refería reiteradamente a
el acto en cuestión.
Rompiendo esta vez la promesa
que se había impuesto por años,
decidió no leer esta vez el libro
de la primera a la última página.
Tras dudarlo, salió algunas de ellas buscando el final.
El último capítulo.
Este tenía estampadas algunas
figuras en forma de explicación
para realizar un truco de magia
consistente en la desaparición de objetos.
El tío, loco como es,
se pasó tres o cuatro horas
tratando de llevar a cabo las instituciones
y de hacer desaparecer un
telescopio que le habían prestado.
Cuando ella estaba por tirar la
mierda todas las botellas con agua
y la mezcla de sustancias que el libro indicaba
y que estén vueltas en una media,
él tenía que hacer o cidar con un peorín desde su boca.
Zácate, el aparato se fumo.
¡Es el aparicio!
¡Es el aparicio!
¡Misera Lilita!
Al invertir el procedimiento,
Miguel logró hacer reaparecer el objeto.
Al hacerlo una y otra vez,
se llenó de un frenético e infantil entusiasmo.
Pensó que esa era su chance.
Se tiró a descansar un par de horas.
Al despertar, se tomó un café con leche
y contempló con éxtasis los
elementos utilizados en el truco.
Trato de encontrar una explicación lógica a todo aquello.
Pero no la había.
Como nadie antes, le había comentado nada.
Y como él mismo lo había comentado,
y como él mismo nunca había visto a alguien hacer aquello.
Miguel sabía lo suficiente de física y de química
y de todas esas pavadas como para
creer en semejante cuento chino.
Estaba absurdo.
Yo, una primera excitación, había
pasado rápidamente a la estupesación.
¿Qué tendría que ver, por ejemplo, el agua caliente,
el orégano, la sal y todas esas pelotudes escaseras?
Con las moléculas de vidrio y de metal
y al que el telescopio que sabía desintegrado del aire
para luego regresar a su ordenada posición original.
Miguelito se afeitó.
Guardó todo lo concerniente al acto en cuestión
en un cofre de metal que se resistía a cerrar y se barcho.
Con fe y esperanza.
Y con todas esas cosas propias de la gente pobre.
Pero trabajadora.
Buen día.
¿Qué pasa, Quiroga? ¿Se muda?
No, una changuita.
En el patio, con día de aménla,
con el alma te quiero pulver al día,
un día detrás que servía.
¡Dolni, golni!
¡Acalo, tío!
Buen día.
Mire, si tú no estás muy ocupado,
mostrarle un asunto que traigo conmigo.
Un asunto?
Sí, un truco mágico.
Por ahí en una deza le interesa.
Usted pago.
No, no, no profesional.
No, a mí me interesa mucho la magia, pero no,
que voy a ser mago.
Si no eres mago, ¿qué me quiere mostrar?
Es una cosa que descubrí que nunca había antes.
Entonces me dije, bueno, por ahí en una dezas.
¿Qué se yo?
Yo pasé el otro día y vi el circo.
Por ahí no tiene nada que ver, pero si me deja mostrárselo,
aunque sea, me da su opinión.
Aunque sea.
Sí, digo, si no le gusta, me voy en listo.
¿Y lo qué quiero, usted?
Laburo.
Está bien, déle rápido.
¡Ah!
¡Va, va, va!
¡Me se apareció!
Con esto me vino a hacer perder el tiempo.
Me se apareció, ¿no?
Está bien, hombre, vaya a ser.
Escúcheme, ¿no está? ¿Dónde está? Mira, mago puede ser, pero aquí para allá eso no necesitamos. Tomátele, sí, me el favor. No, pero escúcheme, por favor, usted lo veo. No está acá el telescopio, no me quedó desaparecido.
Dale, querido, está dentro el cofrecito.
No me puedo hacerle pensar que yo soy un peló.
¿Qué recopio es el telescopio?
No, no, escúcheme, usted lo vio el telescopio.
Es un telescopio normal, común.
Sacátele el saco.
Sí, señor.
Dame la otra pata. Sí, busque, busque, que no hay problema. ¿Cómo te llamás?
Quiroga. Miguel Quiroga.
¿Qué llamaste? Quiroga. No me he hecho mis pistas. ¿Qué hay en su casa? No, no. No, no, no, no, no. No me he hecho mis pistas. No, no, no, no, no. No, no. No, no, no. No, no. No, no, no, no, no. Quiroga.
Y el acto ¿cómo se llama?
El acto en cuestión.
Pero no te voy a decir.
Mira, que generable, mira.
No te explico, yo no puedo pegarle.
¿Por qué es un tío? Quiero saber cómo...
Es un secreto.
Que retrantiga.
No, que es el mi truco.
Es mi truco.
Es mi truco, no tiene nada.
Agua.
Agua.
No, no, no.
No me convences.
No tiene nada.
Algún secreto tiene que tenerlo.
Ay, busque lo que quiera, pero...
No, no hay manera.
Te no lo vas a cobrir nunca el truco.
Yo creo que usted me va a dar metas.
Acá. No, yo le estoy haciendo.
Mira, mira.
Es un hombre de círculo, yo no
le estoy haciendo ninguna trampa.
Acá son todos para buscarme una búsqueda.
Búsqueda.
Pero permítame.
Ah, revíselo.
Revíselo.
Tire, tire.
Ahí.
Ahí, no.
No me haces.
No, no, no.
No, no, no.
Yo no lo veo, pero esto es un secreto.
De todos los que Tinian.
Leute de ell unas joined.
No, no tienen nada.
Y ahora pueda ir.
De la vuelta.
Ya voy.
Y ahoraまり y siempre bliré solta.
Y ahora o Floyd,
spaghetti. огumar.
¿Absolvo?
Hmmmm...
Pohem 등angack
Montbuson Town. Condem hairdale. ¿El Artista responde?
Encont áreas graves...ェ, Cath. Me zasual WOR might dieuze al Artista Sugar��'s If I could기에 To你 could cheddar ¡Ajá!
¡El libro!
¡El libro!
¡El libro!
¡El libro!
¡El libro!
¡El libro!
¡El libro!
¡Hola!
¡Hola, sí, ¿quién es?
¿Qué haces, Víben?
Te estuvimos operando toda la tarde.
¿Eh?
Sí, está acá el loco. Se vieron con la cámara.
Me está sacando las pelotas.
Me les está sacando fotos a las pibas.
¿Ché, ya está mamado aquel?
No, no, está bien.
No, se lo tomó en serio.
Está sacando lindas fotos.
Es maravilla, ¿eh?
¿Qué?
¿También cuánto te gustó?
No oportuna.
No, no sabes lo que puedes encontrar en los remates.
¿Ché, tengo un toncito para qué?
¿Y este colorito?
No lo toqué.
Perdónalo, Antonio.
Y me grita tocando los potomchí.
¿Está que sensible a los ruidos este mudo de mierda, eh?
Este desordo no tiene nada.
Me va a quemar una muñeca con el magnesio.
Le voy a cortar la pita.
¡Ché, pero qué bueno que está este trencito, ché!
Y bueno, cuando querés venís y le das.
Anda bien el boliche, ¿eh?
¿Para qué te puedas comprar esto?
Ah, no te pongas celoso.
Te voy a poner el Quiroga Espres.
¡Perditora!
¡Pájate, pájate!
Es la puta que se os parió a mudar mierda.
¡Perditora, pérdida!
¡Perdita!
¡Perdita!
¡Perdita!
¡Perdita!
Fuimos amigos.
¡Nuestro amigo el mudito!
Se nos fue por la drella.
Un tiro.
Un tiro en la cabeza.
No pudo más.
Nunca lo hablábamos, pero aquel tenía un buen ojo.
No podía hablar y por eso había
desarrollado de esa forma la mirada.
El problema era que nadie entendía
lo que quería hacer con sus fotos.
Antonio era un artista.
Y no es nada peor para un artista que
tenía que explicar su obra cuando la muestra.
Especialmente cuando es mudo, un garronazo.
Y así, después de gastarse la poca
guita que tenía en el alcohol y los viajes,
cuando juntó toda la colección y quiso exponerla,
se dio cuenta que no eran suficientes sus imágenes.
Todos lo empezaron a preguntar por qué en
su foto retrataba a las personas de espaldas.
Le trató de gemir para explicarles.
Hizo gestos.
Le escribió papeles a máquina
que pegó luego debajo de ellas.
Pero no fue suficiente.
Nunca lo entendimos.
Y él vivió culpándose por no poder hablar.
Tudó de su arte.
Reculó.
Se cayó.
Que habrá querido decir.
Como cualquiera que presentara por
primera vez un nuevo acto en aquel circo,
el tío Miguel tendría que estar a
prueba frente al público por una semana.
La cordialidad con que fue tratado durante los ensayos,
despertó en su mente serias sospechas.
Y, como se le dice, el tío Miguel se ha hecho un recorrido. Y, como se le dice, despertó en su mente serias sospechas.
Claro, qué gil que soy.
Como me puedo mentir de esta manera,
con los miles de ejemplares que
habrá vendido ese maldito libro,
alguno de los cretinos que trabaja
acá se lo debe haber alcanzado al viejo.
Mejor pongo cara de túpida.
Así, si alguien me enseñara con
el dedo, no cambio la expresión
y me arrajo con la misma estúpida sonricita.
¿Dó por favor?
Menor y un mayor
A vos que te parece única
¡Viva para tribu!
¡Suscubino, mi rey!
¡Trabaj y pa' brava dura!
¡Dampa prioridad!
¡Pampa para vida!
¡Pampa para tu entrada!
¡Pampa para tu entrada! ¡Pampa para vida! ¡Pampa para tu entrada! ¡Pampa para vida!
¡Pampa para la puerta!
¡Ahh!
¿Qué haces? ¿Así que sopa ya eso ahora?
¿Qué haces acá? ¡Torrangias!
Acá con el mudo venimos a pedir un autógrafo.
¿Qué haces? Mudo, chépe, ahora esperen un
cachito que estoy hablando con el droga.
¡Andá, andá, andá! La cara, andá.
¡Escúcheme, Quiroga! Presteme atención.
Lo suyo no sorprendió a nadie.
Su acto pasó totalmente desapercibiendo.
No logró un pido en toda la carta.
Pero a pesar de todo hoy, si cambiamos algunos detalles,
puede haber todavía una solución.
En primer término, no lídese esa
bruja. Usted no sabe nada del espectáculo.
Hay que se participar un poco más al
público para que no se duerma, ¿entiendes?
Usted le pedirá a ellos objetos para hacer lo desaparecer.
¿Está de acuerdo?
Por mí no hay problema.
¿Estás seguro que no hay problemas si yo le da las cosas?
Si usted quiere, yo le hago desaparecer una vaca.
Bueno, bueno, bueno, tampoco se me engrupa, ¿eh?
Primero quiero verlo bailar.
¿Silve?
No sé a que el duro, Quiroga.
No sé a que el duro que conmigo no funciona.
¿Cómo le iba diciendo?
Lo vamos a vestir de rojo y...
Le vamos a pedir a la banda que prepare
algunos pasitos para ayudar con el chupenso.
Además, y esto tal vez sea lo más importante.
Parte de sonreír un poco, Quiroga.
Igual des ese coraje para
cuando lo ven en medio de la pista.
Todo el tiempo se la pasó mirándose los zapatos.
Si se pone nervioso, dedíquese
a otra cosa, así no funciona.
Los trucitos pueden ser lo cualquiera,
pero ganarse el público en la gran joda.
Su mirada tiene que inmunotizar a los pibes.
Usted tiene que hacerles creer que
sonido a lo que viene de otro planeta,
que lleva consigo poderes ocultos.
¿Cómo lo hace?
¿Qué?
¿El truco?
No, hombre, cómo se miran los zapatos.
Sí, el truco, ¿qué va a hacer?
¿Qué sé yo?
¿Somos socios o no?
Sí, pero le has tornido.
Pero qué bien, no lo sabía tan misterioso.
Yo le preguntaba por preguntar.
Mañana mismo, si quiero, puedo saberlo.
Créame que droga que en este negocio no existe nada nuevo.
Si yo le dijera como lo hago,
¿ustedes seguiría contratando?
No sé.
Ah, bueno, me quedo mucho más tranquilo, entonces.
Si quieres estar tranquilo, empiezas a
preocuparse por hacer mejor las cosas.
Para eso le pago, para que me salga barato.
En cuanto así deseo jugar a
escondernos secretitos, no me anoto.
Guárdese lo, no me interesa.
Si a usted les ha sentido bien adelante.
Pero si jugamos a ponernos en
ridículo, le aseguro que usted gana,
porque usted tiene los mismos
podridos vicios que todos los principiantes.
Uno le da una mano y unos mangos
cuando vienen acá pidiendo, por favor,
y al rato se creen que son judínicos.
¿Qué pasaría si usted nunca descubría ese truco, Lluori?
Pero no sea arrogante, pero ¿qué me quiere enseñar?
¿Por qué no se calla y aprende?
¿Qué pasaría?
¿Usted quiere que yo le conteste?
Sí.
Pero déjese de pavadas.
¿Qué pasaría?
Está bien, Quiroga. Está bien.
Digamos que acá hay dos
posibilidades, dada la circunstancia.
O usted es un genio, o es un perfecto idiota.
¿Qué me quiere decir?
¿Qué piense, Quiroga? ¿Qué piense?
¿Piense qué?
Si su truco fue sinérito, si nadie
en el mundo supiese la respuesta,
usted, usted sería, sin ir más lejos, un genio.
Por otro lado, y en esto, a usted le
veo, con todo respeto, una gran chance.
Si su acto tiene una simple
explicación, usted es un idiota,
un hablador que me está haciendo perder el tiempo
con desafíos que lo dejarán en la calle.
Sigue sin contestarme, Lluori.
Si yo no pudiera descubrirle el truco,
al menos me tranquiliza saber que
nadie en el mundo podría hacerlo.
¿Y si no?
Bueno, ¿pero qué es lo que quiere escuchar?
¿Qué seríamos millonarios? ¿Está
bien así? ¿Le gusta escuchar eso?
¿Y a quién no?
Usted está totalmente loco, ¿sabe?
El otro día, cuando vino acá, se cagaba en las patas
mostrándome la porquería que trajo,
y ahora pretende comprarme el circo
amenazándome con hacerme desaparecer.
¿Sabes, Lluori? Es una buena idea, esa.
Pero cállese.
No se humille gratis. Mejor el acto.
Invierta la energía en eso.
Mañana quiero ver si lo logra.
Y si no vaya.
Vaya, no me haga perder el
tiempo que soy un hombre ocupado.
Un hombre ocupado.
Sin duda, Samilcar Lluori escondía un turbio pasado.
Méscara de proxeneta, estafador y traficante de alcaloides.
A la muerte de su dueño, el
compró por dos pesos el circo toño
usando su inmensa carpa como
guarida que le escondiera de la ley.
Nadie puede dejar un circo de
un día para el otro en la nada.
Hay fieras para alimentar.
Y todos son parte de una familia.
Lluori sabía eso.
Y contató de porvir a toda esa gente, a los que serían sus hijos.
Y a los hijos de sus hijos como
una segura fuente de provecho.
Pero a los cuarenta y pico, era difícil creer a Miguel
que su racha podía cambiar.
Desde Pevete, todo le venía mal barajado.
El incógnito habitante de la noche, descendió herido.
Y a los hijos de sus hijos, el compró por favor. Y a los hijos de sus hijos, el compró por favor. El incógnito habitante de la noche, descendió herido.
Infinita, baldosa.
Y en los suburbios, a la luz de los
faroles que hacían tipirar silentes
la ciudad fantasma, encontró en la
sombra el llamado de los recuerdos.
Vladimir Vinogradov le fue
presentado a Miguel cuando tenía seis años
como un ex bailarín del ballet imperial ruso.
La madre del entonces introvertido niño,
limpiaba el estudio de danza del anciano.
A Miguelito, más que el lago y que los signes,
le llamaba la atención el mural chino
que servía de fondo al padella
padécuar de las graciles ninfas.
A falta de revistas, de historietas,
su imaginación extraía de aquella gigante pintura,
segmentos que ordenaba en cuentitos.
Todos estos dibujitos, proveían al niño
la distracción que le hacía olvidar sus penas.
Un padre ausente, una madre que en secreto lloraba de noche
mientras él se hacía el dormido.
Cuartos malolientes, el chummerío de conventillos húmedos.
Su madre cargándolo por calles
en busca de algo que morfara.
Navidad sin juguetes,
ni media para la pelota de trampa.
Cuando la madre de Miguel comenzó a enfermar,
la familia para la que ésta trabajaba de sirvienta
decidió adoptar al pequeño.
Este nuevo mundo de sofisticados placeres
trataría de atraparlo en las artes clásicas.
Mientras su viejita presa de su labor
ya lo imaginaba el hombre que su tuberculosis
le privaría de conocer.
Un gran solista al pie de enorquesta
dedicándole el concierto en Noche Paqueta del Teatro Colón.
Aplaudido por los críticos de oído más agusado,
victoriado por la muchedumbre,
esculpebró el bronce y labrado en el mármol de la historia.
Ya su madre en el cielo,
Quiroguita comenzó a sentirse
humillado por sus venestactores,
quienes con calculado disimulo
no mostraban a sus amistades como a una joya más.
Él siempre permaneció implacablemente consciente
de que todo ese orópel no le pertenecía
y que si con aquellos ricachones e inglupidos
compartía la mesa, vestido con las mejores pilchas
y saboreando exquisitos manjares
era para que ellos se sintieran un poco más humanos.
En su adolescencia,
cuando tuvo la primera oportunidad,
se mandó a mudar de esa mansión
y volvió a la casa de donde venía,
a la que extrañaba.
De allí en más, la vida siguió dando vueltas y vueltas
y de aquellos años solo le quedó el recuerdo.
Al fin y al cabo Miguel,
vos sabés tan bien como yo,
que la infancia es esa cosa que no nos deja en paz
hasta que somos demasiado viejos.
Y nunca fuiste nada ni que era tu mano
ni que trabajabas en un circo
ni siquiera me metí, ni que irte por el puta
ni que le metí, ni que le plazas en colgadas
a mi purecota mía,
que me la tiran abajo,
la llanta que está en el barrio de San Juan,
y que se desbordaría el cuerpo de las chichones
a mi de la colgada,
en una versión fiesta,
que tanto se odieron
a la sangre de la puta,
a todo con una clave chica.
La fama de Miguel, con su acto en cuestión,
fue aumentando en vertiginosa manera,
a la par que sus temores por ser descubierto y humillado.
Nadie podía dar con el truco que sea posible el milagro.
El público y la prensa comenzaron a clamarlo.
Hasta cuándo duraría todo aquello.
Cuánto tardarían en descubrirle,
cuándo saldría alguien,
entre todos esos admiradores,
a mostrar un ejemplar de aquel maldito libro.
Por momentos, al peridentar
como una sensación viva e hiriente,
toda la sin transor de su circunstancia,
a Miguel se le confundía la realidad con la fantasía.
Él se advertía ajeno a su fama,
riqueza y al delite de esos placeres.
Sentía que nada le pertenecía
y, aún como ilusión, merecía algo de todo eso.
Creía que el destino cansado de escuchar
sus interesantes reproches
le había arrojado a ese luposo oposo,
secuntándolo con toda clase de frígula sensaciones.
Su sirviente natario lo acompañaba en su soledad,
pero hasta él llegaría a sospechar lo peor.
Enfermo por su secreto,
Quiroga advertía a su fama como un delito.
El libro, el libro,
lo secretado de un libro.
Cuando los tres conme van a destruir,
te van a apujar.
Pero ¿dónde está ahora?
¿Dónde está el maldito libro?
No lo encuentro, lo me soñado.
Durante estas caliraciones,
Miguel revolvía a sentir aras de bibliotecas,
millones de ejemplares,
sin encontrar aquel tículo que parecía haber desaparecido
de la paz de la tierra.
Esto lo confundía aún más,
y lo hacía pensar en el diablo,
en una horrenda conspiración
que extrañas fuerzas ha sido organizado
para aburrarse de tu alma.
¡Ah!
¡Ah!
¡Ay, papita!
¡Aquí está!
¡Viegita!
¡Viegita!
¿Dónde estás?
¡Me estoy volviendo loco!
¿Dónde están mis amigos?
¡Roquelio, Mudo!
¡Vengan!
¡Asuderme!
¡Está todo en un libro idiota!
¡Todo en un libro que me roben
en la independencia del 2000!
No, no, no, no lo puedo confesar.
No puedo descubriría.
Ahora tengo guica, guita.
Yo lo quiero ustedes,
muchacho, guiquita mía,
que estás en el cielo.
Yo te quiero, mamita.
Mamita, te quiero.
A ver, ¿dónde estás?
¡Está el loco totalmente en la cama!
En la cama.
Así quieres lo que daban tu apelido.
¡Ah!
Ahora vas a subirlo a un perro.
Mil resen te daban a intentar.
Que no estabas listo para esto.
Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Yo soy el destino.
No, no, no, no, no.
Yo me salido.
Ahora robo, te quiero.
¡Prize, aporta la pared!
Te lo supongo, te lo supo,
y lo hago, y sí, te lo he pasado.
¡Ah!
Me abandono.
Levanto de tu destino.
¡Ah!
Señorita.
¿Qué cara tenés?
¿Qué viene mi cara?
¿Es jodido, no?
No, no. ¡Pero no! ¿Es jodido, no? No. ¿Es jodido? No, no, no, no, no, no. ¿Qué es eso? No, no, no, no, no, no. ¡Pero no! ¿Qué es eso? No, no, no, no, no. ¿Es jodido, no?
¿Qué? ¿Qué es jodido?
No, nada.
Toda esta gente que te conoce, te sorrién.
Y bueno, qué se lo hacer. Me quieran, ¿no?
Pero quien te habite y quién te ve.
Señorita.
¿Sí, el milagro?
Sí.
Todos terminan.
Mira, mira cómo te mira aquel.
¡Salud, boludo!
¡Pero callate, túpido!
¡Sí, nos estamos llenando!
¿Y qué tiene que ver, raguita?
Señorita, señorita, señorita.
¿Pero qué tiene miedo?
De que no se puede comer tranquilo, no me siento bien.
No te entiendo, no me importa, mira.
¿Querés que nos vayamos?
¡Que miren!
¡Que miren los turros!
Yo no me voy que se vayan esos si quieren.
Te pensas que soy un cago.
¡Que miren, que se divierta!
¿No le voy a dar al gusto?
Mira que me voy a ir, yo.
¡Por la puta que te mira fijo, mira!
Vale, dale, dame manija, José.
¡Dame manija!
¡Para, para, pide!
Si vos estás rayado no te la agarres conmigo, ¿eh?
¿Qué te pasa, chupo?
Tanto van diciendo que gente pituca, café de intelectuales.
¿Intelectuales?
¿No?
¿Pero qué van a hacer?
Estos se hacen los intelectuales,
no se van a hacer palotes y andan con libros.
¿Pero por qué decís eso?
Pero no le ve la cara.
A ver, ¿qué entendés vos de intelectuales?
Están todos con un libro en la
mano, ¿cómo quiere que les llame?
¡Idiotas!
Son una manga de idiota, presumen.
¿Creen que van a encontrar algo en
los libros que les cambien la vida?
¡Masantes!
Señorita, señorita, este lado está porterido.
¿Señor?
Sí, Natario.
¿Segó otra de esas cartas para usted?
Sí, ya la vi. Gracias.
¿Necesita algo, señor?
Sí que por favor no me sienes la casa de prostitutas.
Te lo voy a agradecer.
Disculpe, ¿me? Pero esta es una mina que...
Una señorita.
Que es una buena persona, ¿lo quieres decir?
Trata de mantener por la vida. ¿Qué pasa? No, no. No, no. Una persona, ¿lo quieres decir?
Trata de mantener por favor el lenguaje dentro de mi casa.
Disculpe, ¿me? Usted sabe que
yo no soy tan leído como usted.
Para mí los libros muerden.
Yo le tengo miedo a los libros.
¿Miego?
Sí, miedo.
Se llama Rosa, ¿sabes?
¿Qué cosa?
La moza.
¿Mo cosa?
Mi moza.
Bueno, tal vez me...
Me apresuré a jugarla, Natario.
Pero de todas maneras, yo lo sigo viendo un poco preocupado
con este asunto de los libros.
¿Qué le pasa con los libros?
Qué tanto me interroga.
Qué interesante en mis libros.
Pero escúcheme, yo les pregunto
porque tengo amigos en la calle
que le pueden conseguir cosas muy extrañas, no sé no.
Sabes muy bien que para mí es
importante una primera edición.
Bueno, y es mucho más cómodo la fotografía.
Quisiera arme de polvo en cada una de las librerías
en las que tengo que andar.
Sí.
Pero usted está como trastornado.
¿Así?
Me equivaco.
Bueno, venga, tú me la lupa.
Dígame qué dice ahí donde yo tengo el dedo.
A ver.
Ahí.
¿Qué dice?
Sexo.
¿Cómo va a decir sexo?
Ya, bien, Natario.
El acto.
¿Cómo?
El acto.
El acto sexual.
Por el profesor Falopio.
De las trompas.
Por favor, Natario.
Bueno, bueno, bueno, para el paso, pase, pase.
Relájese, haga de cuenta que está en su propia casa.
Acá están los posters.
Reciclis de cabito de la empresa.
Cuidado, no se me manchen con la tía.
¿Qué?
¿Le gustan?
Sí, no, no están malo para nada, pero...
En realidad sé que me gustaría, Natario.
¿No?
Como los que vimos en Nueva York de Udini.
¿Mm-hmm?
De los diablitos.
¿De los diablitos?
Sí, de los diablitos.
Ah, los diablitos con los libritos.
¿Qué libritos?
Los libritos con los diablitos.
Ay, están duros, coger magos.
Usted cree que tengo pinta.
Pero claro, sin estas fotos salió más lindo que la mierda.
A veces me pregunto si las mujeres me quieren por mi dinero
o por lo que represento por mi gosismo, Natario.
Ah, viejito, ahí perdiste.
Eso sí que no vas a sabarlo nunca.
Y el amor es una de las cosas más fáciles de mentir.
El queo Miguel se atosigaba con estas clases de preguntas
mientras seguía rastreando el
libro en cada biblioteca, club,
vidriera, donde intudía que podía yarse.
Lo único que podía dejarlo de sus penubias
era entreverarse con alguna señorita
e intercambiar un par de carícias, bichitos y zapitos.
Las mujeres, con su maternal distinto,
producían un singular efecto en el egocéntrico Quiroga.
Ella le devolvían la perspectiva de las cosas,
lo hacía sentir más chiquitito, más bajito,
un soletito con verdón de presión.
Y él se dejaba, como un osito de peluche,
refregar contra ellas,
retornando a hacer aquel niño sin pretensiones.
Altajando este tipo de actividades,
por aquel tiempo Miguel empezó a
probar su acto con seres de carne y hueso.
Aunque vegetariano, nuestro mago realizó experimento
con vacas en invaller a Rumania, con el latino suceso.
Él nunca había hecho desaparecer seres humanos.
Hasta ahora, por temor a pifiarla, utilizaba muñecos.
Hacer desaparecer un ser humano no es joda.
Pero una vez que cruzó la soltera a Bulgaria,
alentado por la experiencia vacuna,
decidió intentar por primera vez
con un pequeño especímen de homo sapiens.
Y por eso arreglo entre las sombras.
El relumbó un compi, un patón,
la subtajó para.
Y desde el fondo del sol,
y viendo el lápido de amato,
el ecotera era sentado.
El pequeño inconveniente con que se encontró
fue que, tal vez, por un problema teológico,
el primate menor se resistió a volver
abortando el morfo mecanismo reculatorio.
En síntesis, el pendejo se borró y a Kiroga lo cagó.
La prensa del mundo filmaba el evento,
Kiroga frustrado sudaba en aumento,
llaman a la cana, llaman los bomberos,
el nene no vuelve, me muero de miedo.
¿Qué le dices?
¿Qué le dices?
¿Qué le dices?
¿Qué le dices?
¿Qué le dices?
Y ahora, si un día te cansas y te quieres confesar,
¿con qué te vas a defender?
¿Quién te va a querer que todo eso lo leíste?
¿Cómo lo vas a demostrar?
¿Dónde están ahora todas esas páginas?
¿Eh?
Te encerraste y fundiste la llave.
Te miras y extrañaras la misma cosa.
El libro que se llevó y a la
vez te podía dar toda tu libertad.
De más está decir que en mi
carácter de representante y amigo
creo en la total y absoluta
inocencia del señor Miguel Kiroga.
No debemos olvidarnos la conducta en que la artista
se ha manejado durante todos estos años.
No solo en el campo profesional, sino también en la
actividad social y deportiva,
donde ha donado largas sumas de dinero
en obras de calidad que son
reconocidas en todo el mundo, señores.
Como argentino y compatriota del acusado,
yo defiendo su dignidad de la que él ha
dado pruebas en innumerables ocasiones.
Pero sí es inocente, ¿por qué se esconde?
Sí, porque se me ha dado...
...apropiada la acusación que usted me ha formulado, señor.
En vez de hostigarlo, tendrían
que comprenderlo en este percanse,
en esta falla técnica o como a
ustedes se les antoje llamarle a esto.
¡Oparición copida!
No se puede hablar así, señor.
Ustedes lo único que buscan es el sensacionalismo.
Aquí tengo los documentos que
certifican que el señor Miguel Kiroga,
libreta de enrolamiento número 2.125.000 menos 5 anotesos,
de nacionalidad argentina y mago
de profesión soltero y sin hijo,
ya ha probado previamente con 6
bajas 6, 3 solteras y 4 casadas.
Pero le sobra una, señor.
Kiroga, será de culo.
3 gatos 3, 1 diudo y 2 separado.
Enumerables animales, más
chiquititos como esos cuices y las artijas,
etcétera, etcétera de sexo indefinido.
Así que si esto salió mal, señores,
puede ser un problema ajeno a
nuestro conocimiento científico, señores.
¡Pero eso transuse animales!
¡Pero no se les contarte como ellos, señores!
Estoy convencido que ante la desdicha Kiroga,
se ha probado el acto consigo mismo,
se ha hecho desaparecer y no ha podido regresar.
En esa clandestinidad, refugiado de la ley,
Kiroga conoció a uno de sus amores,
la escritora de una nueva y dulce criatura
que le dio una renovada cura para su paranoia.
Tanto le había temido Miguel a los libros
que en un agarde de coraje
decidió confrontarlos cara a cara.
Y así es que ha parado en su lindito y amor,
comenzó a dictar sus obras con el pseudónimo de Jack Lacan.
Aquí lo vemos en plena confección de la primera,
intitulada, llámeme Raul Fiorito.
¿De escuchemos?
Con el abuso.
Esa imagen, la que él esperaba en los espejos,
era la que los demás veían en él.
De vereda a vereda, la gente le señalaba y saludaba.
Algunos llegaban a morderse los labios
y sacudir la cabeza como no dando crédito a sus ojos
por cumplir el sueño de tener tan cerca a su hielo.
En esta circunstancia, el gran
Raul Fiorito se sentía muy extraño
y no sabía en ocasiones cómo contener el impulso
de agredir físicamente a tales personajes.
Ni siquiera tenía fuerza
suficiente para mantenerles la mirada
un solo instante.
Todo esto sucedía hasta que su mecanismo de autodefensa
se precipitaba actuar socorriéndolo en esta presión
que le hacía imaginar a sus admiradores
como enviado del mismo diablo o
encarnaciones de sus propios miedos.
Allí era cuando él dejaba que se abriese
esa puerta en que se apoyaba con toda su fuerza,
permitiendo ahora que lo
inundasen todos esos halagos y lisonjas,
dejándose tocar y acariciar por ellas,
queriendo creer que todo era verdad,
transformándolos hasta ese momento morbosos rostros
en inteligentes y angelicales, dulces y espontáneas,
irguiendo a su semblante hacia ellos,
ofreciéndoles una sonrisa a los
ahora poseedores de tan buen gusto,
parciéndolos autógrafos su firma
con amor, con amor hacia sí mismo,
saliendo al fin de entre todos esos seres
nuevamente en busca de un
impracable espejo que les hiciera llorar.
Pero ahora encontraba una segunda forma de sobrellevar
toda esa realidad que se había impuesto,
levantarse todas las minas que le pidieran autógrafos
con macho o sin macho.
En un parque conoció a su primera mujer,
única representante femenina de López Náy
y ferviente católica coleccionista de Sirios.
Este intercambio de ideas y fluidos
con señorita de las más diversas longitudes,
volúmenes y credos, lo ayudó a olvidar sus temores.
Jerdas se llamaba esta musa.
Y él le decía cariñosamente, mi gaviota.
Ella le transmitió su sagrada vocación a Fiorito,
que solito empezó a ir a la iglesia.
¿Paga en nuestro que te hace la iglesia?
No, no, en la iglesia no.
Sí, pa, pa, pa.
Parece que si bien para Quiroga crea de recordar,
hay cosas que prefiero olvidarse,
como por ejemplo sus visitas a la iglesia.
Quiroga tropezó en su Fiorito story
con detalles demasiado íntimos
que su machismo no le permitiría confesar.
Este aquí, que se produce en la carrera del novel escritor,
un cambio estilístico
y deja el auto biográfico para
abordar el género fantástico.
Insuido por los millones de libros que le echó,
Nígel sin darse cuenta comenzó a dictar textualmente
obras tan conocidas como el Martín Fierro,
Sueño de una noche de verano, Crimen y castigo,
y hasta las mil 100 páginas de la Guerra y la Paz de Torz.
Después de este último libro,
finalmente Quiroga tuvo que admitir
que su trabajo era una porquería
y que aunque él contara con una increíble,
casi fotográfica memoria para
el choreo de la letra ingresa,
de seguir así, su carrera literaria terminaría
en una seccional de policía.
Volviendo a la iglesia,
la fe de su primera mujer, la gariota,
lo ayudó a Quiroga en aquellos años
a formular una coartada que
los acase de su pena existencia.
Querido Dios, te escribo estas líneas
para excusarme por la poca sabia conducta
con la que me he manejado todos estos años.
Desde que pueda hacer desaparecer lo que se me antoja,
me he perseguido con fantasías abominables
y ahora entiendo como producto de mi engrupida imaginación.
Pensé que todo lo que sé, que todo el secreto de mi acto,
lo había sacado de un libro que un día alguien me regaló.
El dinero, los placeres, la popularidad
me impidieron ver que fuiste tú
quien me susurró a la oreja la fórmula secreta
para que ella tardes de gris en la pensión y al madre.
Libros, mentiras, patrañas,
lo único es tu palabra, tu consejo divino,
el producto de haberme elegido como profeta
de tu mensaje antimaterialista.
Yo, con humildad acepto la tarea
y te juro por vos
que mi alma jamás volverá a confundir
chimentos impresos con tu sagrada palabra.
Si algo aún me carcome con la duda es
¿por qué todo puede desaparecer tan fácilmente?
Por más que yo regrese las cosas,
¿dónde se van cuando nos dejan?
¿La guardamos?
Ahora, con los años,
la sin entiendo cuando me dijiste
¡vive!
Esto de desaparecer no es nada.
La gran joda es el olvido.
Con vencido de su fracaso literario,
Quiroga sale de su refugio,
te enfrenta a la ley, retorna a Bulgaria
y logra ser reaparecer sano y salvo
al niño que por dos años y cuatro meses
vivía suspendido en el éter.
De allí en más provó con mujeres, hombres,
ancianos y equipos de fútbol.
Enamberes bateó el récord de hacer desaparecer
a 114 presidiarios en solo seis minutos de trabajo.
Un nuevo tipo de actos con multitudes de carne y hueso
le dieron a Miguel y su fama un nuevo impulso
y reconocimiento popular en todo el planeta.
Está aquí finalmente con nosotros
el famoso mago que vive de tierra se le gana
para ilusionarnos en su vacágen de trucos
que hoy por primera vez defienden en este suelo espacial.
Como la Quiroga, bienvenido a la madre patria
y me queda por preguntarle cómo es tu excesión.
¿He construido esto?
Sí, sí, sí, está siempre, ¿no?
¿He construido, dijo?
Sí, pero sí.
Ya lo sabía, ya lo sabía,
ya lo sabía, ya lo sabía, ya lo sabía.
Y cuéntanos, Quiroga,
es verdad que últimamente usted ha transaccionado
un poco y puede hacerle sapameza al médico.
Efectivamente, sin importar el sexo,
la raza, el color de todo sirvió la religión.
Y interarte de confesarnos su secreto.
¿Cómo usted decidiría a gran terrato
la mecánica de su vacágen?
Bueno, yo no los llamaría un acto,
pero bien, es un proceso, ¿fíjese?
¿Un proceso?
Sí, un proceso terreconductivo, ¿de amigo?
¿Y usted es el único en el mundo
que puede realizar tan maravilloso el sexo?
Bueno, mi querido periodista, el mundo es grande,
y yo he viajado relativamente poco hasta hoy,
pero le puedo asegurar que en la Argentina,
mi país, efectivamente, son el único.
¿El único que puede hacer de separar gente?
El único, sí, señor.
Por ahora.
En alemania comenzó a ser tratado
con la característica hospitalidad de la raza área,
pero esto no tardó en crearles sospechas a Quiroga,
sobre todo cuando Hitler trató de nombrar
doministos de propaganda,
y pese a que el mago mucho de publicidad no sabía.
La oculta razón de la asociación propuesta por el Führer
era la de organizar un espectáculo
a beneficio de los niños pobres de Bavaria,
en donde él tendría que hacer desaparecer
a seis millones de voluntarios,
mientras la sinfónica de Berlín
ejecutaría una dulce selección de erudita música clásica.
Quiroga se negó y tuvo que rajarse a los pegos
de aquel país tan alianzado.
Por cogerme una mina y estrecha de cadera,
me ha quedado lea por honga como flover regadera.
Por cogerme una mina.
Hoy, en el latáneo, el germinor de mis ideas...
Cuidado por el escalón.
Ha venido a salvarme de estos
carayas que pretenden infectarme
con sus imablezas.
El creador ha sido un ex-pontigo.
Pero tú eres fiel con él como no eres conmigo.
¿Por qué no se os hace desaparecer lo que lo dijo?
¿Sabes que es un ser despreciado, el latáneo?
Sí, sí, sí, ya lo sé.
Y no relime sirviendo el más fuerte.
¿Y el más fuerte?
Soy yo.
No, el latáneo es el más fuerte.
Sí, entiendo.
¿Por qué no me cuenta cómo hace ese truquito?
No, el latáneo sabe que no puedes volar.
Nunca vas a poder volar, ¿lo sabes?
No, nunca podrás, mi querido latáneo.
Ay, Dios se equivocó.
¿Para qué hizo a Kiehfler?
Yo soy más grande que Kiehfler.
¿Por qué no soy más grande que él?
Soy el gran Kiehfler.
La guerra terminó y Natalio,
frustrado por no poder sacarle el secreto a Kiehfler,
a la Argentina.
Con sus ahorros fundó una academia de buenos modales,
con la que Adalaga, según sus propias palabras,
le iría para el año.
¡Alegría, alegría, al que robó el
ladrón tiene 100 años de perdón!
Viste considerando que no te dignás a mandarme unas líneas
y que después de haberme dejado colgada acá,
me tengo que enterar a través de los diarios
de todas las cosas que andas haciendo por ahí,
me decidí escribirte.
Roberto...
Ah, no lo conoces, Roberto.
Trabaja en el mundo,
me dio tres direcciones y a
las tres te mando la misma carta.
Así que no te asustes si estás en carbónico.
Sé que andás muy ocupado.
Si las fotos son de verdad,
estás estrechando la mano de gente muy famosa.
Acá publicaron una con Hitler, en la que se te ve canoso,
sonriente pero preocupado.
Me prometiste no meterte nunca en política
y no entiendo por qué ahora que tenés tanta plata
me salís con este martes 13.
¿Vos tenés amigos?
¿Alguien que te cuide?
Mujeres, seguro, no te deben faltar.
En la foto de un cocktail,
estabas con una gringa rubia que te llevaba una cabeza.
Y yo debo ser medio estúpida,
pero me digo a veces, ¿cómo sabe Miguel,
si aquellas no lo quieren nada más que por la plata?
No obstante, pienso que todo lo que te está pasando
te va a servir de experiencia,
como por ejemplo haber visto la nieve.
Después que me dejaste,
un año viví en un gran enojo
que me calentaba todo adentro
y me encontraba sola haciendo ruidos como un perro.
Después pasé otro año o dos,
en total indiferencia.
En este tiempo me dediqué 100% al trabajo.
Con las chicas conseguimos los cinco minutos
de derecho de silla en Gatichabes.
Meses más tarde me ascendieron a su perrisora.
Después de este periodo
te me empezaste a meter en la cabeza de vuelta
y acá te tengo que confesar algo
que me da un poco de vergüenza.
Me empecé a preguntar si yo realmente te habré entendido
en esas tardes aburridas
que nos encerraban en esta pensión.
Nunca dude que eras bueno
y si lo hubiera hecho,
no me hubieras visto nunca más el pelo.
Nunca dude tampoco de tu inteligencia
y en cierta forma siempre supe
que ibas a llegar muy lejos.
Pero había algo, Miguelito,
algo en todos esos libros
que te afanabas obsesivamente.
Un día me dio borracho, no creo que te acuerdes,
me contaste que los libros eran lo único
que te acercaban a tu viejo,
a tu difunto viejo,
que él te dijo cuando vos eras un nene
que allí ibas a encontrar todo lo que necesitabas saber.
Lo encontraste.
Fue de alguno de ellos
que sacaste el secreto de tu éxito.
Acá en la pensión en estos años
pasaron miles de cosas,
gente que vino, gente que se fue,
algunos que se murieron.
Los maleducados siguen sin saber convivir
y los cocodrilos me siguen mirando
a la hora de ir al baño.
Los que te conocieron y aún están acá
se me la pasan preguntando si sé algo de vos.
Qué estúpido, ¿no?
No sé, nosotros te hubiéramos algo que ver todavía.
Como si yo te siguiera queriendo.
Oh, qué ocurrencia.
Yo les aclaro que entre nosotros
no hay nada más, pero ellos me siguen preguntando.
Ah, vos qué te parece.
Vos pensabas en mí, a veces.
En todo caso, ahora ya sabes
que no me mudé y que me podés encontrar
en la misma dirección, ¿eh?
Volví a leer el Jardín de los Vos dos o tres veces.
Y la verdad es que tenías razón.
Es muy bueno.
Casi tan bueno como prisiones verberiscas.
Un beso.
Aunque seguro que no te importa recibirlo.
¿Pero solo pensás en vos?
¿Y en quién quedé qué piensas?
En tus compromisos.
Con los frases se no se juegan.
No me atrevas.
Para Miguel, que esa marchita ya la conozco, ¿eh?
Siempre te agarran esos reviros.
Te agarran la nostalgia, extrañas a su cena.
No puedo.
Pero qué es lo que tanto te preocupa, Miguel?
¿Cuál es el misterio de tu temor?
Lo que vos logrado en solo 10 años, nadie lo ha hecho.
El público te ama.
La presta te respeta. Estamos haciendo millones.
Y ahora cuando se nos presenta
el más grande de los desafíos,
cuando allí está la torre infer,
y unos boludos pagando fortuna.
Algún día cuando todo esto pase, lo vas a entender.
A la larga, esto va a ser desaparecer.
Te vuelve loco.
Cuando pase, ¿qué, Miguel?
Mira, hazelo por mí.
Vamos a París. Hacemos el acto.
Y después, si vos querés, te prometo que nos separamos
y te hará hacer lo que se te ocurra.
Argentina.
Ahí está, ahí está. Dale, nos volvemos allá.
Donde sos un misterio, un prócer, pero donde hace ministro?
Me da miedo. Dale, todo va a salir bien.
Chiquilín.
Mi fuma en chude, barracas.
¿Te parece que me seguirá esperando?
Pero claro.
¿Vo las seguir queriendo, no?
Sí, pero la carta es de una ficha de azunaño y bueno,
nuestros caminos van por países diferentes.
Me extraño nuestros desayunos, nuestras peleitas.
Me gustaba cuando eran pobres y se
arribaron un libro todos los días.
Un libro.
Vamos a París.
Vamos a reventar todo.
Yo lo sabía.
Sus senas se habían casado con ese tal
Roberto que le pasara las direcciones.
Miguel jamás volvería a verla.
Y en París se enamoraría de esta muchacha.
Mi amor.
En la mitad de la soludé
La mitad partida siempre
Solo quedan las alturas
Solo quedan las alturas
Qué pena los techos ya llegan la aurora
Qué pena los techos ya llegan la aurora
A la hora
Andaré por el corán
Donde no hay cautivusión
Pagarán por mi montaña
Pagarán por mi montaña
Comeré lo que comé
Dormiré y me afitaré
La montaña es la montaña
La montaña es la montaña
Qué pena los techos ya llegan la aurora
Qué pena los techos ya llegan la aurora
Y me afitaré
Hola.
Hola.
Verí, verí.
Mirá el espectáculo que me haces en mi tubo.
¿Y tu función? ¿Qué pasa con ella?
No, hoy me quiero quedarte todo el día aquí.
¿Y la gente que va a decir? ¿Tú eres presentante?
No, no necesito. Bien puedo
prescindir de ella hasta el punto.
Pero la gente ha pagado para verte. ¿Qué les van a contar?
Que van a inventar algo, eso es un trabajo.
¿Y tú mañana cuando irás? ¿Qué le dirás?
Nada, que no tenía ganas de hacer la función.
No puedes hacerlo, vas a tener muchos problemas.
Pero sí, te lo estoy explicando.
Mira, tienes que decir que se murió un
amigo tuyo, que tienes que ir al entiero.
No te rías.
Una vez que no estaba en mi
trabajo, falté porque no tenía ganas.
Al día siguiente me preguntaron y les dije eso.
Y casi me echaron.
Me lo pasé muy mal después.
Pero para la próxima vez no les dije eso.
Les dije que se había muerto
una tía con un primo en mi coche.
Que tenía una herencia y ahí estaba muy contentos.
Y me dejaron incluso un día libre para
que pueda ir a arreglar todos los trámites.
Sí, pero el caso tuyo es diferente.
Si a mí se mantoja no hacer una función,
no tengo que darle explicaciones a nadie.
Sí, pero el que quiere mentiras hay que darle mentiras.
¿Qué decís?
Cuando decís la verdad te odian.
Pero el que quiere mentiras hay que darle mentiras.
Al que quiere mentiras hay que darle mentiras.
Allí es donde Miguel asume por primera vez.
Eso alto en cuestión, no es más que su destino.
Que todas las habladorías de este mundo,
no es más que un pequeño murmullo,
en un sordo e inquietante universo,
en mi que no vale la pena, Jesús homo al alto.
Y lo que otro pueda decir, o casi.
¿Pero qué dices?
¿La qué?
La torre.
¿Qué? No ve que no está.
Pero mira está allí.
Pero eso sí, la bomba, ayuda.
Pero qué, si siente un debo.
Pero la torre está allí.
No ve que desapareció.
Esa sería de la torre, lo
único que sé es que pasó algo raro.
Ni Silví ni Miguel nunca me lo contaron.
Según los diarios, todo fue un suceso.
Pero algo raro pasó.
Algo que Silví vio y nadie pudo ver.
Algo que solamente ella.
Al ser la persona que más lo amaba. Y no se lo sabía.
Algo que solamente ella.
Al ser la persona que más lo amaba pudo descubrir.
Ay, qué guiña, qué mola, lindo.
Veo feliz.
¿Y sabe por qué?
Porque tú vienes de esta ciudad,
que me dio lo más lindo que tengo.
Mola.
Nada.
París.
La ciudad que todo argentino quiso triunfar alguna vez.
Yo lo logré.
Grecia, una hermosura.
A Roma vamos a ir, ¿eh?
Oh, la, la, la, tu jefe.
Mira vos.
Cuántos años habrán tardado en construirla
y yo se le hice desaparecer de un suspiro.
Desaparecer?
Bueno, estabas ahí, me lo viste, ¿no?
¿Tú has visto la torre desaparecer?
Claro. Bueno, verla.
Yo lo vi en la espalda, pero veo la cara de la gente,
la boca abierta por el asombro
y después esa explosión de júbilo de la garabía,
como no he visto tribuar.
Mira, yo viajé por Bolivia, estoy allí,
actué en Nueva Zelanda, en
Australia, en Bulgaria, en Rumania.
Nunca vi una cosa así.
Pero la torre, mi amor, no se movió.
Ay, cómo se va a mover, ni que tuviera ruedizcas.
Son miles de toneladas, de toercas, hierros,
tornillos, sarandelas.
Yo lo que hago es desmoleculizarla.
¿Qué te pasa?
¿Qué estás celosa de mi arco?
¿Te apabullo con mi seguridad?
No.
¿Eh? ¿Te sentís minuida ante mi pama, mi brillo?
No, solo me asusta de ver
que tanta gente pueda creer en algo que nunca sucedió.
Yo sé que eres bueno, que lo
haces solamente para entretener,
pero imagínate todo ese poder
en manos de alguien que quisiera aprovecharse de ellos.
Pero qué es una cosa que no encaja?
¿Por qué mierda?
No me dejas un poco de felicidad.
¿Por qué me amargas la vida?
No te quiero amargar.
¿Por qué no soportas que soy un triunfador?
Un ganador estás acostumbrado a perder
y no dejas vivir a nadie.
Por favor, te estuve observando.
No miraste, no aplaudiste.
¿En qué estabas? ¿A quién mirabas?
No vi nada de ella para este.
¿Cómo que no desapareció?
¿Que eso ciega?
Daría mirando a un tipo, algún mocoso.
¿Eh? Algún muchachito.
No sé, esto se hace mucho.
Pero un libro así, chico.
Esta parlanca se va a embajar un tiempo.
Si la había criticado, pasó por pasto,
la había criticado el agua.
Y nada se ha caído en el suelo.
No se me dejo a las cosas que tenía en el caballero.
Decidió retirarse del negocio,
danzado y masturbado que nunca.
El sarpado de Miguel sarpó en el Mauritania
una noche de una yena.
De regreso a la Argentina.
Una vez en el país que lo vio nacer,
Miguel concretaría uno de sus más grandes sueños.
Comprar la mansión en la que, cuando niño,
su madre fuera sirviente.
Así, por años, vivió aislado del mundanal ruido.
Solo él y su mujer, ni sirvientes ni mucamas.
Temeroso de que sirvi confesar a alguien
lo que solo ella advirtió en París,
encadenaría celoso de su posesión a su amada,
privándola de la libertad.
Te crees que yo me creo la del tonito?
No te vayas, Miguel, ni Miguelito, ni Majito.
Te vas a ver.
A mí no, eh.
Hay tres clases de mujeres.
La que te cagó, la que te va a cagar,
y la que está como un pute pute cagar todavía.
Vas a ser por no, no, no.
Te vas a ver mal.
Te crees que estás en París, acá.
Acá no somos liberales, eh.
Estamos en la Argentina.
No nos apropia la tradición ni la familia.
El cadenar te es poco, Agus.
Ahora va a estar.
Aja!
Así te quería agarrar.
Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Aja. Y pues, a ver.
Te quería agarrar.
Me estás llorando, eh.
Pero es que te echaba de menos.
Me echaba de menos.
No, mentira.
Voy a llorar porque estás encadenada.
Y yo te ato por tu bien.
No, yo estaba muy bien, así.
¿Qué es lo que querés?
Te echaba de menos.
¿Qué te vas a echar de menos?
Eres todo.
Te dejó comida.
¡Pues no, señor! ¡Pues por qué tuve que conocerte!
¡Por qué! ¡Cámenpá! ¡Por favor!
¡Cámenpá! ¡Cámenpá! ¡Por favor! ¡Andá! ¡Andá! ¡Cámenpá!
¡Por Dios! ¡Qué castigo! ¡Qué castigo!
¿En qué estás pensando?
Nada. ¿Yo qué sé?
¿Cómo nada? ¿Qué estás pensando?
No sé. La cena de ayer.
Ah, por favor. Mira si vas a
estar pensando en la cena de ayer.
Sí, creo que sí.
Ah, creo, creo que sí. Sí.
¿Vos crees? Pero en realidad
estabas pensando en otras cosas.
¿Qué pasa? No, no, no. ¿Qué pasa? No, no, no. ¿Qué pasa? No, no, no. ¿Qué pasa? No, no, no. ¿Qué pasa? No, no, no. ¿Qué pasa?
No, no, no, no, no. ¿Qué pasa?
Bueno, bueno, bueno. ¿Qué pasa?
Está pensando en otras cosas.
¿Verdad, mi amor?
¿Eh?
¿Por qué?
¿Qué te pasa?
¿Este molesta que te pregúnten?
Es que siempre me preguntas la misma cosa.
¿Yo qué sé lo que estaba pensando?
¿Ah?
¿Qué?
¿Tú qué estabas pensando?
Yo estaba pensando, lo mismo que
estaba pensando vos, exactamente eso.
¿Sí?
¡Ah, sí, seguro, seguro!
porque no decir lo que pasa, eh.
O saber muy bien, muy bien lo que estamos pensando los dos.
No sé nada.
Ah, le digo, no saber, no sé quién, querés que sepa.
Tú, tú estabas pensando lo mismo, ¿no?
No te hagas inteligente conmigo, francesa estúpida, ¿eh?
Pero no entiendes por qué te preocupas tanto.
A mí, a mí me preocupes yo que tengo que ver otro,
si me hagas pensarle ahora de esto.
No, no dije eso.
Ah, está, eso es lo que vos
estuviste pensando todo el día de hoy.
Eso es lo que tuviste pensando, ¿no?
Es que eso es un animal que te
tenga un cadenado de una pata
como si fueras una fiera en que te uso, ¿eh?
En eso, en que te ploto, ¿no?
Es que tuviste pensando todo el tiempo.
Miguel, es Samus, ¿bien?
¿Por qué te pones eso?
¿Y cómo querés que me ponga?
¿Cómo mierda querés que me ponga?
Por favor, si no tengo palabra
para decir lo que vos estás haciendo conmigo.
Pero ¿qué te pasa?
¿Qué me pasa?
Te doy todo, mirad, la casa, ropa, vestidos, alajas, ¿eh?
Y vos ¿quién te crees que esto me lo regalaron?
¿Vos terés que yo lo hice cagando todo esto?
¿Vos terés que es una herencia que recibí?
Sé muy bien que no fue así.
Ah, sabés muy bien, pero sabés qué pasa, que te olvidás.
Porque eso es una francesa mal creada.
Y a cambio de todo lo que hizo te doy.
¿Vos qué mierda me das a mí?
¿Qué me das?
Yo te quiero.
Ah, me querés, claro.
Y con eso me tapaste la boca.
Está bien, te lo hablo más.
¿Qué querés que te des?
Estamos bien todo el fin de semana y ahora...
¿Y ahora qué?
¿Y ahora qué pusiste a leer?
¿Eh?
¿Qué pusiste a leer?
Así no te das pelotudas, la inocente, ¿no?
Mirando por la ventana.
Sabés muy bien cuál es el problema, ¿eh?
Sabés lo que me pasa con los líbricas.
Pero tú y la Israeles mirás por la ventana
pensando que yo no me voy a dar cuenta, ¿no?
¿Qué es lo que está leyendo?
¿Qué es lo que lees?
Es una novelista.
Sí, una novelista, vamos a ver.
Es una cosa romántica.
Ah, una cosa romántica, una novelista de amor.
Pero vos qué te crees, que yo soy boludo.
Yo sé muy bien lo que vos andas buscando con eso el libro.
Lo sé muy bien, ¿eh?
Sí.
Sé muy bien lo que buscas.
Yo estaba leyendo y me imaginaba a ti.
Estaba pensando en ti.
Eso es lo que es.
Estaba pensando en ti.
Estabas pensando en mí.
Seguro.
Seguro que pensabas en mí.
Miguel.
Miguel.
Por favor.
Ya me tengo a vos que pido, mirad.
Miguel.
¿Qué es lo que es?
No te quiero.
Las carnas te quiero para el madre.
Dame el patelo, pido.
¿Qué es lo que es?
Por favor, nada.
¡Los de mierda!
¡Revistada con tu madre!
¡Llegó a puta de mierda!
Ay, mi grancita estaba pensando.
Mi grancita estaba pensando.
Mi hermano sabía, perdóname.
¡Miguelito!
¡Maguito mío, por favor!
Ven.
Los huevo por nosotros pecadores ahora
y en la hora de nuestro amor.
Yo sé muy bien, que están nerviosos.
¿Quién está nervioso de esta casa, eh?
¿Quién?
Tú estás un poco nervioso, Miguel,
pero ya sé que usted estaba ajunada más.
¿Qué estás diciendo?
¿Que yo estoy nervioso?
¿Eh?
¿Que tengo miedo?
No, no dije que tenía miedo.
No dije nada de eso. Hagamos el amor, Miguel.
Tuvimos arriba.
No es lo único en que pensar.
Por favor, señor.
Señor, perdonala.
Me casé con una visiosa, señor.
Pero si te gusta a ti también.
No sé si es muy bien.
¡Venga! ¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¿Ah?...
¡Ah!
¡Ah...!
Perdón, no, para, para, para.
Para que sudse acá».
No, es el reverse.
Es al revés, mi amor.
No, no es al revés.
No, no es así.
No, ve que levanta la pierna, mi amor.
La otra, la otra, por si me arredas.
No, no, espera, espera.
No, no, porque están regadas ahí.
No, esperan, para hacer lastimar.
Mire, las sacas.
¿En qué?
Esto.
Es a dos mil cumpleaños.
No puedo estar así en la fiesta.
¿Qué va a pensar los imitados?
Bueno...
Vamos a someter a consideración.
Por favor.
Bueno, bueno, bueno, bueno.
No se apesa.
¿Qué tal, Pa' Juan? ¿Cómo está usted?
Muy bien. Gracias.
A que andamos tirando, ¿no?
Gracias, lo necesito para más tarde.
¿Qué es lo que quieres hacer apareciendo así en público?
¿Qué quieres hacer?
Hola, mi cara.
Se nos acabó de llegar.
¿Cómo estás?
Bien, bien.
Señora, feliz cumpleaños.
Esto es para usted.
Gracias, señor Mical.
Y esto es para vos, Miguel.
Bueno, no te hubiera molestado.
¿Sí, quién?
No, pregunto.
¿Qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que quieres hacer? Hola, mi cara. No, prefiero que no lo abras.
Es una sorpresa y quiero discutirla en tu escritorio.
Señora.
Ahora sí puedes abrirlo, Quiroga.
¡Cara hermano, querido!
Esto es la alegría más grande que me puede dar un amigo,
¿pero cómo lo conseguiste?
Parece que no estás entendiendo.
No es como no voy a entender,
pero mirad la tapa, es una hermosura.
Sí, pero este es nuevo.
¿Sí?
La semana que viene hay 50.000 ejemplares en la calle.
50.000 ejemplares.
¡Uf!
¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! ¡La guita que vamos a hacer!
¡La guita que voy a hacer!
Con esto nuestro negocio se termina.
Pero acá hay una cosita.
Patripesto.
¿Quién es?
El autor de este libro.
Ah, no me jodas, el autor del libro soy yo.
Es un chiste tuyo.
¿Qué chiste?
Es una estrategia.
¿Qué estrategia?
Una estrategia para vender más.
Vos de esto entendés, pero...
Mira, a mí, la verdad, Patripesto no me gusta.
Está bien que vos sos tano, Lee Wobbry,
pero cambiame la salsa, viejo.
¿Por qué no me pones Juan Tucco?
Esto no es una joda, Miguel.
¿Sabes lo que me costó sacar de circulación el libro
durante todos estos años?
¿O vos te crees que las cosas desaparecen,
crees que las cosas desaparecen,
crees que las cosas desaparecen?
Después de esa noche trágica,
Miguel nunca más volvió a ver a Sirvi.
El gran amor de su vida.
La única persona en el mundo que pudo llegar a entenderlo.
Compadrecer.
¿Qué es usted?
¿Qué hace aquí?
Lo gelio.
¿Qué hizo? Suésele, Vídeo. La fiesta de la noche. ¿Qué hace aquí? Lo gelio.
¿Qué hizo?
Suésele, Vídeo.
La fiesta de la noche. ¿Qué hizo? Suésele, Vídeo. Suésele a Sirvi, la que se va a casar contigo.
¿Cómo?
Me escase.
¿De dónde?
De Miguel.
Me escase.
No te acordás.
¿Cómo no me voy a acordar?
Es lo más bonito de este libro.
¿Te gusta?
Estás mojada.
¿Cómo está Miguel?
¡Loco!
Totalmente loco.
Tienes que ayudarme, Rogelio.
Él te quiere.
Siempre habla de ti.
Pero nunca se atreve a venir aquí.
Pasamos muchas veces con el coche.
Y te miré a través la ventana.
Y desde entonces siempre quise escaparme.
Estar con ellas.
Todas esas caritas.
Que quiero ayudarte, trabajar.
Quiero hacer todo lo que quieras.
Eso es lo único que me gustaría ahora.
Y si me lo das, te prometo que sonbeiré siempre.
Que seré la mujer más feliz del mundo.
¿Y cómo sabes que vas a ser feliz conmigo?
Feliz, un carajo.
No voy a ser feliz.
Tú también como él vas a encontrar la forma de encerrarme.
¿Y entonces?
Eso es lo que pensaba en esa noche.
No, ahora.
Pues lo que quieras. Pero esto no lo tenías.
Este Miguel, este Miguel.
Vos tampoco lo tenías, ¿sí?
Siempre se olvida de mí.
Siempre se olvida de los amigos.
No es verdad, no se olvidó.
Sólo piensa que ya nos puede tocar.
Que no existís.
Él tiene vergüenza de haber llegado donde ha llegado.
Pero ahora le da más miedo aún de cambiar.
De empezar de nuevo, Álvaro.
¿Y qué carajo?
Sí, carajo.
¿Qué nos pasó?
Lo vas a arruinar todo.
¡Vos fuiste la que lo arruinaste!
Quizá pierda todo en la vida, Mílcar.
Pero no me acto.
Yo soy el único que lo pueda hacer.
Yo lo escribí, yo soy el creador.
Lo único que te queda por perder es todo tu dinero.
Yo no lo puedo hacer. Yo no lo puedo hacer. Yo no lo puedo hacer. Yo no lo puedo hacer. Yo no lo puedo hacer. Yo no lo puedo hacer. Yo no lo puedo hacer.
No puedo perder todo tu dinero.
Yo tengo los derechos, Quiroga.
Si tan seguro te sentís,
¿por qué no me lo peleas en un juicio?
¿Vos estás loco?
Yo no me puedo hacer eso, un amigo.
¿Hacerme qué?
Dejarte en la ruina, en la calle,
por una cosa que obviamente es de mi propiedad.
De ninguna manera.
Señores del jurado, de ninguna manera.
De ninguna manera.
Sí, sí, sí.
Señor del jurado.
Sí, sí, señor del jurado.
La adrón, la adrón, la adrón.
Yo soy el autor del jurado.
Aquí tenemos los papeles que certifican
la compra de los derechos del libro titulado
Magia y Uncultivo
a los nietos del desaparecido patripesto
de Naciónalida Suéltame
por la suma de 800 mil pesos
de la próxima moneda.
De claro, a Miguel Quiroga,
es probable de haber plagiado y usurpado
los derechos del libro en cuestión.
Antes de que todos se retiren,
me gustaría dirigirles la palabra.
Acepto la decisión del jurado
con tristeza.
La acepto y aprendo algo.
Cuán confundidos
nosotros estamos
a propósito de la realidad.
Yo he llevado este truco
mágico por los cinco continentes,
incluyendo la Antártida.
Y yo he llevado este truco mágico incluyendo la Antártida.
Miles de millones de personas
han visto desaparecer
los más variados objetos con mi péndulo
y mis tubos.
Por lo tanto,
yo he creado lo que esta noche aquí
se ha discutido.
Pero ahora todos tratan de negarlo.
Ustedes, abogados,
¿acaso no han sacado
todo lo que saben de libros
y ahora los usan contra mí
como si ustedes mismos fueran sus autores?
Libros de justicia,
libros románticos,
libros de cocina,
libros sobre libros.
Las cosas, amigos,
no pertenecen
al que simplemente la senuncia.
Las cosas pertenecen
al que las lleva a cabo.
Nada somos.
Todos lo repetimos.
Todos lo escuchamos
o lo leímos.
Ese que nos ha hecho lo que somos.
Ese querido amigos
es el verdadero acto en cuestión.
El querer creer
desesperadamente
que somos algo por nosotros mismos.
Buen día.
Buen tarde.
Perdónate, pero tranquilo.
No te haré constar.
No puedes ir al tren.
Tranquilo, qué bien.
Ya, gran puta.
No te metas, ¿verdad?
Ya, pero yo que no.
Lo que yo te digo es que no.
No, no.
No lo sé, porque vení.
No, no.
No, no. ¿Los ojos que pedí?
No, no, no.
No, no.
Pero son chicos.
No, no.
No, no.
Le pones uno más grandecito
y le agrandas el ojo.
No tenes miedo que se le ponga un tarjeto.
Con una lima bien de pastito no se roja.
Está bien, pero lo vas con tu responsabilidad.
Ahora lo pinto así
o le ponemos la otra.
Sí, se lo puede combinar con el verde.
Yo estoy contando a las chicas.
La historia.
¿No siento chica?
¿Me conté la historia?
Sí, sí, me encontré el tío Miguel.
¿Le gustó?
¿Le gustó mucho?
Sí, no gustó mucho, mucho.
Decino Miguel,
¿Cómo lo haces?
Porque ahora el libro...
¿El libro?
No podemos leer todo, pero...
Pero vos sos el único que lo hacía.
¿Qué cosa?
Hacer desaparecer cosas, Miguel.
¡Dale, tío!
¡Tío Contado!
Logelio, ¿realmente querés saberlo?
Sí, sí, Miguel.
A todos...
me gustaría hacer desaparecer.
¡Ah, no, tío!
¿Me gustaría desaparecer?
Contado, Miguel.
Contado, Miguel.
¡Dale, tío!
¡Que cuente, que cuente!
¡Que cuente, tío Miguel!
Un buen mago nunca revela su secreto.
¿A ver?
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