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Después de hacer entrega de su premio al cubanísimo trío avileño por tan
destacada labor en el año, es un gratísimo honor entregar el disco de oro
a la mejor intérprete del año, la reina joven de la canción mexicana, Matilde
Sánchez La Torcajita.
La canción ranchera ha tenido muchos y muy gustados intérpretes. Pero existe
una voz cuyas extraordinarias cualidades le han ganado un sitio aparte. Me
refiero al falsete de oro, Miguel Aceves Mejía.
462,311 discos de Tus Ojos Verde Mar se vendieron en el año.
Para alcanzar esta cifra sin precedente en la historia de nuestra música
grabada, se necesitaron dos factores excepcionales. Una bella melodía y una
voz exquisita, capaz de dar vida a la música y las palabras, hasta alcanzar lo
que después fue un éxito que apasionó a miles y miles de personas.
He mencionado a Elena Ramos.
Todos sentimos la ausencia de Roberto Mijares, inspirado autor de Tus Ojos
Verde Mar y esposo de Elena Ramos.
En manos de ella me honro en poner el premio otorgado a su esposo.
Y ojalá que donde quiera que ahora se encuentre, escuche este perdiente
aplauso.
¿El señor? No ha llegado, señora.
¿No telefoneó? No, señora.
Está bien, Amelia.
¿Llegó la señora?
Sí, señor.
¿Y de Roberto no se ha sabido nada?
Haga usted algo, don Gustavo. Busque al señor.
No permita que la señora... ...sería terrible.
Roberto.
Evidentemente, ya todo es inútil.
No nos queda más camino que este.
Adiós para siempre.
¿Creíste que era él? Sí.
No debiste hacerlo.
Perdóname.
Pensé que el recuerdo te haría entrar en razón.
Te persuadiría a... Ya nada me puede persuadir.
Estoy resuelta a irme.
A olvidar.
Elena, escúchame.
Reflexiona bien antes de cometer una imprudencia que puede ser irreparable.
Los errores se pagan.
Es lo que nos pasa a Roberto y a mí.
Pero en eso no hay error.
¿Ustedes han sido felices?
Antes.
¿Ustedes han querido mucho?
Antes.
¿De veras?
¿Crees que no hay otra solución?
Ninguna otra.
¿Y a dónde irás?
No sé.
Lejos de aquí.
Lejos de él y de todo.
Bien.
Veo que sería inútil insistir.
Te deseo todas las aventuras del mundo.
Y si algún día me necesitaras...
Gracias.
Voy a pedirte un favor.
Cuídalo.
No lo dejes hacer locuras.
Te lo prometo.
Buena suerte.
Magnífico. Exactamente lo que necesitaba. Gracias, maestro. Maestro
no. Roberto.
Discutiremos las condiciones mientras cenamos.
¿Está bien?
Encantada, Roberto.
Espéreme abajo.
Nada más despacho a esta gente y la alcanzo.
Señoritas, las pruebas se suspenden por hoy.
Lo siento mucho, pero tengo que ir.
Mañana continuaremos.
¿Oyó usted lo que dije?
Sí, maestro, pero el elevador se cerró y... Maestro, ya que todas se han
marchado, en cinco minutos... No puedo, de veras. Vuelva mañana.
Como guste, maestro.
¿Qué pasó?
Otra vez esta jaula vieja.
A cada rato falla.
Pero no se preocupe.
¡Ay! No es nada, no es nada.
Oprimí otro botón.
Maestro. No me llame maestro. Maestro son los carpinteros, los albañiles. Yo
soy músico.
Sí, maestro. Sí, señor.
¿Y no hay peligro? ¿Peligro de qué?
De que esto se caiga.
No, no hay peligro.
Es nada más un alambre flojo. Es muy sencillo. Enseguida lo arreglo.
El otro día vi cómo lo hacía el mecánico.
A ver, deténganme.
Así,
ya sale.
Deténganme.
El mecánico el otro día sacó unos alambres... No, no, no es nada.
¿Ve?
Aquí está.
Estos alambres rotos. No, eso es muy peligroso. No, ¿qué va a ser peligroso?
Miren, nada más los junto y... No se lo dije.
Porque no toca la alarma. La alarma, ¿no ve que no hay corriente?
¿Y entonces?
Si pudiéramos levantar esa tapa, entrará aire y luz y podemos gritar y nos
oirán.
Y ahorita comuníquese con el departamento, señor Mijares.
Ahí voy, ¿eh?
Sí. Sin miedo.
Ahí voy. Bueno.
Ya me paré. Cuando llegue arriba... Sí, le sirvo.
No. Apoye las manos en la tapa.
Haciendo presión hacia arriba. Ya está.
Juntos, ¿eh?
Yo la voy a ayudar.
A la una, a las dos y a las tres.
Ahora grite.
¿Qué digo?
Grite bueno.
¿Bueno? No, más fuerte.
¿Bueno?
Grite samare.
Ay, yo no digo eso.
Samare, así se llama en japonés, mi criado.
Samare,
samare.
¡Samare! ¡Samare!
Bueno, ya bájese, ¿no? Sí.
Póngase cómodo, por favor.
Sí.
Sí.
Chiquita, cómo pesa, ¿eh?
Pero señorita, le digo que salió de aquí hace más de cinco minutos.
Un momento, señorita, me están llamando.
No preguntes idioteces y ocúpate de que arreglen esto.
¡Avísen al conserje!
Enseguida, señor.
Bueno, el señor Mijares se ha quedado atrapado en el elevador.
Por favor, pásenle la bocina al señor conserje.
Ahora sí, un par de minutos y ya.
¿Se cree?
Es curioso. Me parece que vamos a estar juntos más tiempo del que usted me
hubiera concedido.
¿Sabe una cosa, señor Mijares?
Yo ya lo conocía a usted.
Hace tres años, en Monterrey.
Sí, estuve allí con mi orquesta. Tocamos en... En la Tepzícore.
Qué bien cantó esa noche.
¿Por qué ya no canta?
Usted sabe, hay que darle un descansito al público.
Además, un compositor necesita una intérprete. Por eso estoy buscando una.
¿Usted es profesional?
No, señor.
¿Ha estudiado canto?
Bueno, un poco, sí.
¿Y por qué no se ha dedicado de lleno?
Mi padre siempre se opuso.
Usted sabe cómo son las gentes de provincia.
¿Y ahora?
Él murió.
Y yo tengo que ganarme la vida.
Sí, claro.
¿Quiere usted cantar otra vez?
Sí, con mucho gusto.
Solo que si usted me marca el tiempo, saldrá mejor.
Así.
Ay, perdóneme, maestro. Estoy tan nerviosa.
No se preocupe. No se preocupe. ¿Quién me había de decir que iba a encontrar a
mi mejor intérprete en un elevador descompuesto?
Ay, gracias, maestro.
¿Ya se compuso?
¿Contratada en exclusiva?
Sí, maestro.
No me diga maestro.
¿Acepta? Sí, maestro.
Digo a Mijares. No, Roberto.
Don Roberto.
Sin el don, Roberto Azecas.
¿Y usted cómo se llama?
Elena. Elena, la espero mañana a las 11.
Le tendré listo el contrato. Sí, maestro.
¡Ah!
¡Con razón!
Síndicos, sinvergüenzas estos. Tenemos aquí tanto tiempo.
Ya no tengo la dulzura de sus besos, vago sola por el mundo sin
amor.
Otra boca más feliz era la dueña de esos besos que eran toda mi
patria. Hay momentos que no sé lo que me pasa, tengo
ganas de reír, de llorar.
Tengo celos, tengo miedo que no vuelva.
Yo lo quiero, no lo puedo remediar cantando yo.
Yo te pido de rodillas tu perdón. Yo lo quiero tanto y tanto que
me muero. Y me faltan las carillas de tu amor.
Cierran con broche de oro un año de excelentes actuaciones... ...en nombre
de estos grandiosos artistas. Y en el mío propio deseamos a todos ustedes...
...una muy feliz Navidad.
Un momento, muchachos. Los patrocinadores del programa nos han
traído estos regalitos.
Feliz Navidad, Robert.
¡Es Pascua, Selena!
Brindemos por nuestro primer año de trincual colaboración. La felicito por
haberme aguantado tanto tiempo.
No diga eso. Ha sido el año más feliz de mi vida. Y a propósito, es nuestra
primera Navidad juntos.
Y he preparado una fiestecita en casa.
Los muchachos van, ¿lo espero?
Por supuesto. ¿A qué hora?
Digamos, a las diez.
¡En punto! ¡Como reloj!
¡Salud!
¿Me llamaba la señora?
Feliz Navidad, Rosa.
Gracias, igualmente.
Mira, aquí tienes todo lo que necesitas para el niño que esperas.
Las chambritas, camisitas, zapatitos, pañales.
Pero no hay que llorar, mujer.
Anda, a ver si nos ayudas que estamos atrasadas.
Vamos, Helena.
Hay que animarse.
¿Usted no cree que le haya pasado algo malo?
Piense en eso. Él es así.
Ya vendrá.
Lo habrá detenido algún compromiso de última hora.
¿Lupita? ¡Claro, Lupita!
¡Lupita!
¡Lupita!
Oiga, aquí no hay ninguna Lupita. ¿A vos no?
Perdón, marqué mal el número.
¿Tiene algún consejo, Elena?
¿Un consejo de amigo?
Olvídalo.
Arránquelo de su corazón antes de que arraiguen a él.
¿Usted me dice eso?
Sí.
Porque a usted la quiero tanto como lo conozco a él.
Es demasiado loco para poder hacerla feliz.
Gracias.
Pero su consejo llega tarde.
Se ha hecho raíces en mi corazón.
¿Por qué no emprende un viaje?
A donde quiera, de todas partes la solicitan.
Está bien.
No he dicho nada.
Pero... ¿Qué va a hacer entonces?
Esperar.
¿Hasta cuándo?
Hasta siempre.
O hasta nunca.
Hasta que sus ojos se abran... o los míos se cierren.
Tenga, señorita.
¿Qué pasa?
Se las devuelvo. Ya no las necesito.
Te van a servir mucho cuando nazca tu hijo.
Yo no lo quiero.
No sabes lo que dices. Ya verás cuando lo tengas. No voy a tenerlo. No quiero
tenerlo. Eso no te lo voy a permitir, Rosa.
Escúchame. Todas las mujeres deseamos tener un hijo.
Y tú debes tenerlo para que Dios perdone tu falta.
Dices ahora que no lo quieres, pero ya verás cuando nazca.
Cuando lo alimentes con tu propia sangre. Y cuando se duerma en tus
brazos. Y cuando te sonría o sus manitas te acaricien.
Cuando... Ya.
Lo adorarás como la Virgen al niño Dios.
Y cuando por primera vez te diga mamá.
Si supieras, Rosa, que yo te envidio.
Tú ya nunca estarás solo.
Bueno, qué perdón, ni qué perdón. Es si más se merecía. Las diez en punto, como
un reloj.
¿Y qué?
¿Acaso los relojes no se atrasan?
Reconozco que llega un poquito tarde, ¿no? Pero aquí estoy. No podría dejar de
venir a desearle feliz año nuevo. Navidad.
Navidad.
¡Muchachos! ¡Háganle!
Aquí está su regalo. No se lo merece, pero aquí está.
Gracias, mi regalo de Navidad, ¿eh? Yo también le traigo uno, uno que no se ve,
pero que se oye. Ahora vea.
Alándense, muchachos.
Pero, Roberto, son las tres de la mañana.
¿Y qué tiene que ver que sea a las tres de la mañana?
Para el arte, no hay hora.
Ay,
qué bonito es vivir.
Vivir con satisfacción
entre canciones y amores, entre
canciones y amores y gusto en el corazón.
Yo no nací para sufrir,
nací para ser feliz.
El mundo se hizo mamita, el mundo se hizo mamita para el que sabe vivir.
Viva la vida, la buena vida y mientras viva, vive el placer.
Viva la fiesta, viva y la sacanga, viva y las muchachas.
Fíjese qué naricita preciosa tiene, parece un botón.
Sí, desde luego.
Qué linda.
¿Verdad que es preciosa?
Divina, ya.
Pero no se olvide que pasado mañana salimos de gira y no tenemos puesto ni
la mitad del repertorio.
Además es muy fea.
¡Ay, fea!
¡Monstruo! Váyase de aquí.
Ahora no trabajo.
Bueno, bueno, es muy linda. Es la niña más linda del mundo. Pero ¿trabajamos o
no? Trabajamos.
Me marcho, señorita. Ya nada tengo que hacer aquí.
Muchas gracias, doña María.
¿Alguna indicación especial? Sus alimentos a tiempo y nada más.
A esta nada. Es un roble.
Adiós. Si alguna vez me necesita... Muchas gracias, doña María.
¿Empezamos? Empezamos.
Y yo te besara con besos de fuego.
Tu alma, la, la, la, la.
La, la, la, la.
Muy bonita letra.
Indiferente. Tu alma indiferente.
Diferente.
Toda se incendiará.
Como la luz.
Muy bien, muy bien. El sol incendia. Muy mal. No, muy mal.
Incendia el sol.
Eso es.
Nada, nadie, nadie te sabrá.
Nadie, nadie te sabrá besar.
pero no salió algo bueno, ¿verdad?
Ay, sí.
Oiga, ¿ya terminamos? Sí.
Ay, entonces quiero ir a comer, que no puedo más. ¿Vamos?
Buenas noches. ¿Ya de vuelta?
¿Qué hora es? La función terminó a las ocho y media, al decir ya.
Sí, sí. Qué tarde se nos hizo, qué barbaridad. Por favor, prepare pronto la
botella, la niña. Sí, señora.
Yo me voy, Elena.
Hasta mañana, Roberto.
¿Contenta? Mucho.
Entonces, ¿qué le parece si mañana le damos un último repaso y debutamos en la
gira con ella? ¿Se anima? ¿Por qué no?
Ni hablar.
Mire qué título.
Besos de fuego.
El incendio del año. La canción que le quemará el alma. La canción que
quemará... A ver si no queman el teatro.
Hasta mañana. Hasta mañana.
Señorita, señorita. No está, se llevó todas sus cosas.
No se lo dije, todas son iguales.
Eso le pasa a usted por ser buena y ayudar a gente que no lo merece.
¡Ay, mi Dios!
¿Quién me la deja? ¿Se da cuenta?
¿Me la deja a mí?
Tráiganme la canastilla, por favor.
¡Ay, mi muñeca, qué bonita!
¡Qué linda! ¡Ay, qué ojazo más grande!
¿No quiere usted dormir?
¿No quiere usted dormir?
¡Helena!
¡Helena!
La niña se ha dormido.
¿Qué es esto de los pajaritos y los niñitos que hacen rorón?
Se me ocurrió anoche mientras hacía dormir a la niña. ¡La niña, la niña! ¡La
niña, sí!
Al público no le gustan las canciones de cuna. Pero a los niños sí.
Si viera que bien se durmió anoche mientras se la cantaba.
Es usted imposible.
Ese... Roberto.
¿Quieres...? Roberto, ¿me quieres abrirte el testigo?
¿Testigo de qué?
Quiero adoptar legalmente a la niña antes de salir de gira.
Voy a adoptar a la niña legalmente antes de salir de gira.
¿Sabe una cosa, Elena?
Es usted una sentimental incorregible.
Pero acepto.
¿Listo? Los pasajes, el anticipo, el avión sale a las siete. Este también
puede servirnos. Por lo general se necesitan dos.
¿Dos qué? Dos testigos. Tú y yo daremos testimonio de que Elena Ramos es digna
de adoptar a la niña.
¿Es cierto eso?
Sí. He resuelto adoptar a Roberta. Efectivamente, ha resuelto adoptar a...
¿Quién es Roberta? La niña se va a llamar así.
¡Claro! ¿De qué otra manera podría llamarse? Es más, esta canción se
llamará...
¡Roberta!
Y tengo lo menos 20 discos de ustedes.
Cada vez que...
Dejemos esto.
De modo que quiere usted adoptar a esa niña.
Muy bien.
¿Cómo llegó a sus manos?
La madre me la dejó con esta carta.
Pero esta carta...
Esa carta no me autoriza a conceder a usted la patria potestad sobre la
criatura. La madre puede en cualquier momento reclamarla.
No la reclamará, señor juez, estoy segura. No la quiso, no quería que
naciera. ¿Y el padre?
No sabemos quién sea.
Bien.
En tal caso, puedo autorizar, puedo conceder la adopción, pero en forma
provisional.
No habrá quien la reclame, señor juez, estoy segura.
¿Me permite que vea sus documentos?
¿El acta de matrimonio?
Ese sí es un inconveniente de consideración.
¿Cómo? ¿Por qué?
Porque solo los matrimonios pueden tomar en adopción criaturas.
Así es que siento decirle a usted que he de enviar a esta niña a la casa de cuna.
No puede ser.
Pues no puede usted legalmente retenerla en su poder.
Pero es que ella necesita atenciones.
en la casa de cuna la atenderán debidamente.
Si vives por mis cuidados, la madre no quería que nacieras. Y cuando la propia
madre me la entrega, y la niña ilumina con su sonrisa mi soledad, aparece una
ley inhumana y fría que pretende arrebatármela. ¿Por qué, señor juez? No
me la quite.
Yo haré todo lo que usted me ordene, pero no me la quite, señor juez.
No es el hombre quien resuelve, sino el juez quien hace cumplir la ley.
Y le repito...
Que no siendo usted casada, no puede usted retener a esa niña en su poder.
Tiene que devolverla inmediatamente. Ya no me lo diga más. No es posible.
Espere un momento, señor juez.
Elena, ¿quieres casarte conmigo?
No es el momento de hacer bromas, Roberto.
Ya sé que ni el lugar ni el momento son los más propios para una petición de
mano.
Generalmente para estas cosas se requiere una luna, un jardín y una
música lejana.
Y aquí, pues, no hay más que expedientes, sellos y máquinas de
escribir. Pero las circunstancias reclaman que lo haga ahora y vuelvo a
preguntarte ya que no me has contestado.
¿Quieres casarte conmigo?
Y me lo pregunto.
Señor juez. Se ha despertado.
Cásenos, señor juez.
Realmente los artistas son una gente que vive en otro mundo.
Suponen que casarse es así como, no sé, como cantar una canción.
¿Y cuál es el problema?
No, no, problema, precisamente problema, no.
Pero se necesita llenar algunos requisitos.
Mañana salimos de gira.
Vaya, vaya, vaya. Es que ustedes quieren casarse hoy, a como dé lugar.
Sí, señor juez. Bueno, pero el caso es que aquí... aquí ya no hay tiempo, ¿no?
Les mandaré el juez a su casa.
¿A las ocho les parece?
No, tenemos audición de radio a las ocho.
No, no. ¿A las nueve?
Eso es.
Ah, perfecto. Hasta luego. No, no, no. Un momentito.
Vienen y firmen si quieren la solicitud.
Si ya tiene hambrecita, pobrecita.
Una cosa tanta que se lleva en el alma como un
rayo de luz.
en el nombre de Dios te quiero así,
así, así porque el amor es ciego cuando es amor,
amor, amor ardiente como el fuego
Por nuestra parte, encantados.
Será para nosotros una gran distinción. En México, Distrito Federal, a las 21
horas del día 18 de junio de 1955.
Ante mí, Antonio Alpica, juez del Estado Civil número 19 de esta jurisdicción,
comparecieron para celebrar matrimonio la señorita Elena Ramos y el señor
Roberto Mijares, católicos, de raza blanca y de nacionalidad mexicana, la
primera soltera artista nacida a las 11 horas del día 24 de agosto de 19...
El trato no está muy claro en la solicitud.
25.
Bueno.
No saben cómo les agradecemos tan grande honor.
Les deseamos que sean ustedes muy felices, que tengan un buen viaje y
mucho éxito. Muchas gracias. Esperamos que al regreso no se olviden de
nosotros. De ninguna manera, señora.
Buenas noches. Buenas noches. Adiós. Adiós.
No sabía que de pronto dijera, me tomé la libertad de traer mis pijamas para
hacerle compañía esta noche.
La verdad es que se portó como un ángel. Si no hubiera sido por él, no nos
casábamos hoy.
Elena, yo no puedo engañarte.
No te entiendo.
Estimo demasiado para mentirte.
¿Me estimas?
Te casaste conmigo.
A eso iba.
Te vi tan desesperada cuando te amenazaron con quitarte a la niña que...
De modo que nuestro matrimonio ha sido una limosna.
Un auxilio que recibí no de tu amor, sino de tu generosidad.
¿No pensaste que sentiría cuando conociera la verdad?
Confiaba en tu buen sentido y en tu amor por la niña.
Ya es tuya ahora.
Es lo que quería.
¿Cómo puede un hombre casarse con una mujer a quien no quiere?
Es que yo te quiero.
¿Sí?
Te quiero.
Ahora que lo pienso y me lo pregunto a mí mismo, esta es la respuesta que
encuentro. Te quiero.
¿De qué color son mis ojos, Roberto?
¿Cómo? ¿De qué color son mis ojos?
Pues... Son... ¿Cómo te diré?
Negros. No.
Más bien... Grises, pero... Vaya una ocurrencia.
¿Sabes tú cómo son los míos?
Azules.
Grandes. De pestañas cortas.
Cuando desean algo, dos arruguitas los bordean y una chispa se enciende a
iluminarlo. Cuando compones música, se cierran para mirar solo hacia adentro y
pestañean a prisas, nerviosos, cuando ven a una mujer bonita.
Así son tus ojos.
Ya no tengo ni el pudor de negarlo.
Tanto te quiero.
A pesar mío, a pesar tuyo, de tu conducta que me gritaba no me quieras y
no lo merezco.
Yo cerré mi alma a la razón para escuchar solo una voz pequeñita que me
ordenaba amarte contra todo y contra todos.
Pero tú no lo sentías.
No sentías que en cada temblor, en cada palabra, en cada lágrima mi amor cantaba
tus canciones.
Y en ella que te daba la alegría de amarte.
No, Roberto.
No tenías derecho a casarte conmigo sin amor.
Tienes razón.
Estaba ciego. Pero de hoy en adelante todo cambiará.
Todo ha cambiado ya.
Todo. Y para siempre.
Gracias por tu servicio.
Por tu generosidad.
Pero, Elena, nos queda al menos el lazo de nuestro trabajo juntos.
Ese lazo es demasiado débil para unirnos. Yo no podré permanecer junto a
un hombre que pudo serlo todo para mí.
¿Y para quién yo no seré nunca más que una cantante?
Mañana salimos de gira.
No habrá más giras para mí.
¿Cómo pasa el tiempo?
Dentro de poco tendremos que buscarle novio.
¿Recuerdas cuando nació?
Hace un año no tenías esta casa.
¿Hace un año?
Perdóname. No quise recordarte cosas tristes.
Puedes decir lo que quieras. ¿Qué ibas a mencionar a Roberto?
Ya no hay ningún peligro.
Yo misma lo menciono con frecuencia.
Canto sus canciones a pesar de que no sé nada de él.
Según su última carta, iba a salir de Nueva York para Los Ángeles.
Ah, qué bueno.
Eres admirable, Elena.
Francamente, dudé de que pudieras sobrellevarlo tan bien.
Con la misma franqueza te diré que me costó mucho sobreponerme.
Hubo momentos en que me sentí flaqueada.
Pero ahora ya estás curado.
Completamente.
Muchas gracias, niños.
Muy agradecidos.
Señora, acaban de traer esto.
Me acuerdo de ti y tengo alegría, me acuerdo de
ti. Y si miro otros ojos y beso otra boca
y aspiro un perfume, me acuerdo de ti.
y de día como melodía te llevo en el
alma me acuerdo de ti nunca pensé
que me formara
Estabas fuera del país.
Llegué hoy.
Necesitaba estar aquí en el cumpleaños de Roberta.
¿Te acordaste?
Me acuerdo de muchas cosas.
Es lo que... lo que llaman nostalgia.
Tu gira fue un éxito, lo hemos sabido.
He ganado mucho dinero, sí.
Más del que necesito.
Siempre fuiste muy aficionada.
Pero he entendido que eso no es todo en la vida.
Me falta algo.
Alguien.
Alguien a cuya puerta llamar a horas absurdas para que escuche mi última
canción.
Alguien que me cambie las letras por otras muy ingenuas, pero muy bonitas. No
siga por ese camino, Roberto.
Pero he comprendido que eso no es todo en la vida.
Me falta algo.
Alguien.
Alguien a cuya puerta llamar a horas absurdas para que escuche mi última
canción.
Alguien que me cambie las letras por otras muy ingenuas, pero muy bonitas.
No sigas por ese camino, Roberto.
Mira esta tranquilidad.
Esta quietud.
Siéntelo.
Es el premio de una batalla librada día con día, hora con hora, durante un año
largo para olvidarte, para arrancarte de mi corazón.
Para ganar esta paz que ahora tengo, no trates de destruirlo todo en un segundo.
Tus ojos son verdes, con el verde del mar.
Pequeñitos, melancólicos, como dos esmeraldas que se esconden celosas de su
valor.
Pero a veces ríen, y entonces se llenan de pequeñas lucecitas, como si los
enanitos de un cuento bailaran en ellos su alegría.
Cuando están serios, se mantienen fijos, serenos, como el espejo de aguas
tranquilas. Cuando cantas, son como un instrumento más que acompaña a tu voz.
Y cuando lloran... Déjame ver tus ojos cuando lloran.
Te debía esta luna, este jardín y esa música.
¿Quieres ser mi esposa ante Dios?
¿Se toman de la mano?
A ver, Elena.
A ver.
Ahora me lo voy a comer todo yo. No, todo la nena, ¿verdad? ¿Verdad que sí?
¿Cuál quieres? ¿Cuál quieres?
A ver, dilo. ¿Cuál?
¿Este? Bueno.
Pero un poquito de fruta primero, ¿sí?
La letra no va.
Ya me la sé de memoria. Canta esta.
La acabo de terminar.
Para ti, con todo mi amor.
Vienen, muchachos.
¡Suscríbete al canal!
¡Suscríbete al canal!
¡Cristia, llora!
Tapar las venas debajo de un reboso.
¿Qué me enviarás, Dios mío?
Para una mujer.
Buenos Aires, la reina del plaza.
¿Qué son?
¿Buenos Aires?
De aquí a Buenos Aires. ¿Sabes quién nos llama?
Rafael Mirco, el mejor empresario argentino. Escucha.
Ofrezco les tres meses actuación bailes. Punto. Condiciones inmejorables. Punto.
Espero los principios próximo mes. Punto.
Imposible aceptar. Punto. ¿Qué dices?
Que no podremos ir a Buenos Aires.
¿Por qué?
Porque Roberta está esperando un hermanito. ¿Pero qué tiene que ver el
hermano?
Elena.
¿Un hijo?
Mi vida.
Un hijo nuestro.
Despacito, despacito.
¿Estás segura, verdad?
Ahora,
la pobrecita de Roberta.
No, la querremos igual.
Roberta fue el lazo que nos unió.
Sí, tienes razón.
Roberta seguirá siendo la niña más maravillosa del mundo.
Y su hermanito será el niño más maravilloso del mundo.
Porque tiene que ser niño. En eso no me puedes fallar.
¿Y así cree el atorante ese que vamos a ir a Buenos Aires?
Pero che, qué esperanza.
Ya sabía yo que nos pondríamos de acuerdo.
Regresamos a México. Ni hablar, claro que sí.
Por favor, no alarmarse. Vamos a aterrizar. ¿Cómo vamos a aterrizar?
Calma. Calma, señores.
Se trata de un aterrizaje forzoso, pero no hay peligro. ¡Ay, cómo no!
Quédense bien los cinturones y permanezcan en los asientos.
Abróchate bien. No, no, no, déjamela a mí, déjamela a mí. Abróchate bien.
Amigo mío.
Oye, esto... El lamentable accidente sufrido por ambos... No, no es
esto. Ese, ese, el avión... Aquí está.
Por lo cual, Elena Ramos y Roberto Mijares... bien pueden ser llamados la
pareja de América.
¿Te das cuenta?
¡La pareja de América!
Y te digo una cosa. No vamos a tener ni un minuto de descanso.
En cuanto te mejores, Gustavo nos tiene preparadas una serie de actuaciones como
para asustarse.
¿Qué dijo el médico?
Que estás muy bien, que en un par de días más podrás levantarte.
Y figúrate, hasta del cine nos llaman. Es decir, te llaman a ti. Pero yo, yo
haré la música.
Roberto, ¿qué dijo el médico?
¿Cuáles fueron esas 24 horas que pasaste sin atención, Milly?
De lo contrario, hubiera sido un simple accidente.
Serio, desde luego, porque siempre es una desgracia perder un hijo.
Aunque en tu caso, pues...
¿Nunca
más?
No, mi vida.
Debemos ser fuertes.
Estamos vivos y estamos juntas. Y tenemos a Roberta.
Ahora la queremos más que nunca.
Aquello... Fue un sueño que no llegó
a realizarse.
Éramos tres.
Y seguiremos siendo tres.
Dios me ha querido.
Dime eso, mi amor.
Papá, papá. Dime cómo lo hago.
Papá, papá.
Ay, Roberto, la niña no dice nada.
¿Qué quieres que diga si no habla?
Eso es lo que me preocupa. Al año y medio ya tendría que empezar a hablar.
¿Estará pensando?
Serás el primer caso de una mujer que piense mucho y hable poco.
No hagas bromas.
Ya es hora de que veamos un especialista.
¿Lo oyó usted, señorita?
Hoy mismo nos ponemos en manos de un especialista. A ver, ¿por qué no habla?
A ver, ¿por qué no dice papá?
Papá.
Pues solo hay tres razones que explican la tardanza de los niños en hablar.
En primer lugar, la sordera.
Descartada.
Segunda, indolencia.
Fomentada por el celo excesivo de los padres. Que se apresuran a satisfacer
los deseos infantiles sin darles tiempo a formularlos.
Por ejemplo, la niña mira este dulce. Lo apetece. Si usted se apresura a
nadárselo, ¿para qué ha de molestarse en pedirlo?
Ah, pues no se lo doy hasta que me lo pida.
Y en tercer lugar, la herencia.
Esto es algún mal transmitido en evolución por los padres.
Oiga usted, doctor.
Nosotros somos muy sanos. Los padres, Roberto, lo...
Ah, sí, sí, claro.
Pero es que ustedes no son... Es nuestra hija adoptiva, doctor.
Pero conocemos a la madre, es una muchacha sana y robusta. ¿Y el padre?
Lo ignoramos. Sabemos quién es, pero no lo conocemos personalmente.
Ah, pues sería necesario examinar a ese caballero.
Ya lo has visto.
A mí me parece completamente normal.
Hasta atlético.
Vámonos ya.
De todos modos, creo que convendría hablar con él. O con el padre que debe
ser ese señor.
No, me da miedo.
Y si al saber que nosotros tenemos la niña, quiere quitarlo, ¿no?
Sí, tienes razón.
Vámonos.
Querida, papá, papá.
Creo que tengo la solución. Me han dicho un método que es infalible. Dicen que
todos los niños se aprenden cualquier cosa con música.
¿Te acuerdas de aquello de... La marcha de las letras. ¡Eso!
Dejen toditos los libros abiertos. Ha sido la orden que dio
el general.
Todos los niños estén muy atentos. Las cinco vocales
van a decir.
Primero verás que pasa la...
Ahí viene la E, saltando los pies.
El palo del medio es más chico como ves. Aquí está la I, la sigue la O.
Una es flaca y otra gorda porque ya comió y luego hasta atrás.
Llegó la U,
como la cuerda con que siempre salta tú.
Primero verás.
¡Suscríbete!
Ay, mira, sin querer hemos grabado. Pues vamos a oírlo.
Ahí va.
Que dejen toditos los libros abiertos.
Muy linda. Era indolencia, era indolencia. A ver, di otra vez, di mamá,
mamá.
¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!
¡Mamá!
Por Dios, señora, ni siquiera se ha acostado.
¿Llegó eso a hacer? No, señora.
Pide mi tarta. Pero es una locura.
Piénselo. Pide mi tarta.
Sé que me querés y yo sé que me adorás. Y si no me lo decís es porque no te
animás. Puede ser que me equivoque, puede ser que no sea así.
Que vaya algo que te vende y no lo querés decir. Porque tenés que sufrir,
porque tenés que penar. Si con una palabrita todo se puede arreglar.
No dejes para mañana, no te quedes sin hablar.
El amor es una cosa que no se puede ocultar.
Dímelo al oído, tan solo a mí, y que nadie se entere lo que me querés decir.
Dímelo al oído, tan solo a mí, te guardaré el secreto, lo juro por ti.
Y yo sé que me querés, y yo sé que me adorás, y si no me lo decides, ¿por
qué no te animás? Porque siempre que te miro, con los ojos vos me hablás. Y
crees que con suspiros todo se puede arreglar. Una vez me enamoré y por tener
cortedad me cedí con mi cariño para otra oportunidad.
Es mejor que te decidas, no esperes ni un rato más, que los cortos en la vida
siempre se quedan atrás.
Dímelo al oído, tan solo a mí, que nadie se entere lo que me quieres decir.
Dímelo al oído, tan solo a mí.
de guardar el secreto, lo juro por ti.
Buenas noches, muy buenas noches a usted.
Hoy tenemos una noticia triste.
Esta tarde ocurrió un lamentable accidente al desbarrancarse el automóvil
último modelo tipo Sport europeo que tripulaba el joven Ricardo Del Llano.
Fíjate. Ricardo del Llano.
El conocido deportista falleció horas después en el sanatorio del Buen Pastor.
Fueron inútiles todos los esfuerzos de la ciencia médica para salvarle la vida.
Es curioso. Debería estar triste y sin embargo... Te comprendo perfectamente.
Yo siento lo mismo.
Cómo es egoísta el ser humano.
Otros llorarán esa muerte, en cambio nosotros... Ya nadie podrá quitarnos a
Roberta.
Estoy mirando mucho. Entonces yo regalé mi muñeca y ella me regaló esta. Y las
dos quedaron muy contentas. Muy bien hecho, licenciado. Este señor los espera
en el despacho.
¿Quién es?
No sé. Un licenciado. ¿Lo conoces? No.
Buenos días.
Buenos días.
Licenciado Nomecio Robles Alcántara, servidor de ustedes.
Encantado. Usted dirá, licenciado.
No crean que me resulta fácil exponer el motivo de mi visita. Es algo tan
delicado.
Desde luego estarán ustedes enterados del trágico fin del joven Ricardo del
Llano. Sí, por cierto que lo hemos sentido mucho.
Pero, ¿qué tiene que ver con nosotros?
Señor Mijares, lo saben ustedes tan bien como yo.
¿Qué es lo que usted sabe?
Todo.
Soy viejo amigo de la familia del Llano.
Estuve con Ricardo en sus últimos momentos.
Me contó lo de Rosa y sus consecuencias.
Una pequeña investigación de mi parte fue suficiente para orientarme aquí.
Licenciado, ¿a dónde quiere ir a parar?
Ricardo era hijo único.
Al morir él, su padre, don Julio...
Ha quedado en la más amarga soledad.
Hasta hace unas semanas... ...estaba lleno de vida.
Ahora es una ruina.
Se le ve consumirse momento a momento.
De una vez por todas, licenciado, díganos qué quiere.
Salvar.
Prolongar la vida de un anciano que se siente solo... ...dándole la alegría de
tener consigo a su nieta.
Ah, no.
Sentimos mucho la desgracia de este señor.
Nos duele que haya quedado solo, pero nuestra hija es nuestra y nadie podrá
arrebatárnosla.
Lamento recordarles que no es hija de ustedes.
La justicia nos la dio en adopción.
Provisionalmente, señor Mijares.
Yo conozco las leyes.
Provisionalmente, hasta en tanto no aparezca quien con derecho la reclame.
Ya ha aparecido.
Pero de todos modos...
¿Qué importan los tecnicismos legales ante el dolor de un padre, de un abuelo?
¿Y ante el dolor de una madre a quien pretenden arrebatar a su hija?
De una madre, sí. No me mire usted de ese modo.
Por sobre la ley, yo soy la madre de esa niña. Me he ganado ese título a fuerza
de ternura y sacrificio. Y en cambio ese hombre, ¿qué?
Ni siquiera la conoce.
Sus argumentos son legítimos, señora.
Pero el derecho de don Julio es indudable.
Esa criatura es hija de su hijo, sangre de su sangre, y le pertenece.
Pues pierde el tiempo, porque no se la entregaremos.
Bien, veo que es inútil discutir.
Quiero decirle que de todas maneras, admiro y respeto a Actimus.
¿Qué va a pasar, Roberto?
No lo sé.
Pero esa gente no se quedará sin los brazos cruzados.
Ni nosotros tampoco.
No nos dejaremos vencer.
No permitiremos que se lleven a la niña. ¿Verdad que no, Roberto?
Cálmate, mi vida.
Ahora mismo voy a ver al licenciado Garmendia. Haremos todo lo posible.
Bellano tiene un ejército de abogados.
Y lo peor es que...
La ley está de su parte.
No puede ser, licenciado.
El juez entenderá mis razones. Yo lo convenceré.
Ojalá, pero no confío mucho en conmover a los jueces.
Más vale prevenirse.
Está bien, licenciado. Pararé con mi esposo.
Adiós. Adiós, señora.
Un besito a la madre. Un besito.
A ver las manitas.
A ver.
Hay que lavarla, ¿sí? Y se prepara para comer.
Roberto.
Tenemos que irnos. ¿A dónde?
No sé. A cualquier parte. Lejos. A Europa.
Garmendia teme que perdamos el pleito. Y como no estoy dispuesta a entregar a
Roberta en ningún caso, lo mejor es que huyamos. Que nos la llevemos. Calma, mi
vida. Los pleitos son largos.
Pueden prolongarse por años.
Y además no hemos de perderlo. Si es preciso, cambiaremos de abogado.
Sí, pero yo creo que lo mejor sería... Vamos, vamos.
Deja que sea yo quien maneje todo esto, ¿quién?
Date prisa, niña, que vas a llegar tarde a la escuela.
El doctor dice que hace daño comer a prisa. Lo está oyendo, Amelia.
El doctor manda y la doctora obedece. A ver, ¿cómo fue que cantó mamita en la
televisión? Muy bonito.
Enseñándole a la niña a burlarse de su mamá, ¿no? No le hagas caso. ¿Cómo era?
Bueno, vámonos que se hace tarde.
¿Me dejas entonces de paso en el centro para mis compras? Desde luego.
No, no se me olvidó.
¿Cómo?
Entonces, ¿dónde está?
Gustavo.
Ha ocurrido algo terrible.
¿Puedes venir para acá?
Sí.
Nos han quitado a Roberta.
Llama a la niña. Mira lo que le compré. Dile que aquí la busca un amiguito.
Mira, Roberto.
Mira. Qué precioso es.
¿Qué esperas, Amelia?
Llama a la niña.
¿Qué le pasa?
¿Qué pasa, Roberto?
¿Qué ha pasado?
¿Dónde está Roberto?
¡Hija! Se la llevaron.
Se la llevaron.
No, Roberto.
Es mentira. Dime que es mentira.
Daría mi vida porque fuese mentira.
Me han robado a mi hija.
Me han robado a mi hija.
Cuando llegué al colegio, ya estaban allí los abogados y la policía.
Sorpresivamente dictaron el fallo esta mañana.
¿Ya no la tengo?
¿Ya no la ves más?
Es como si se hubiera muerto.
Vamos a buscarla, Roberto.
Vamos a hablar con ese hombre. Le diremos que es una impaña.
Vamos. Ya lo intenté.
Fui a verlo dispuesto a todo.
A obligarlo, a suplicarle.
Pero, no sé, al verlo... ¿Qué?
Si tú lo hubieras visto, no discutía.
Lloraba. Él, un hombre lleno de poder y de millones, suplicaba con la humildad y
con la desesperación de un pordiosero.
Era un hombre al borde de la tumba.
Bastaba cortar un hilo para hacerlo caer.
¿Tendrías tu valor para cortar ese hilo? ¿Qué me importa, Miguel?
Por mi hija sería capaz de todo, de todo.
Me engañaste.
Te pusiste de acuerdo con ellos para engañarme.
Escúchame. Debimos huir como yo quería.
Si tú no tardarías, yo sola me hubiera llevado a Roberta. Eso es lo que yo no
podía permitir.
No somos delincuentes. Sufro tanto como tú. Trata de comprender mi vida.
¿Dónde está Elena?
¿Qué les dije? ¿Tenía yo
razón o no?
Primer premio entre los compositores, Roberto Mijares.
Gran premio de honor entre las cantantes... María Gu... No. Elena
Ramos. ¿No te alegra?
Sí, desde luego.
Esta noche entregan los discos de oro.
Lo que podemos hacer es... Vamos a las ocho al programa de radio... Y de ahí a
la fiesta.
¿Qué les parece?
De acuerdo.
Últimamente siempre es así. No hay manera de hacerla reaccionar.
No se restringe. No.
Es natural.
Tienes que ser tolerante. Hago lo que puedo, pero es inútil.
En fin.
A las ocho vengo por ustedes.
Antes no te importaba. Antes era diferente.
Esto tiene que tener alguna solución. Búscala tú. Lo que tú quieres no es una
solución, es destruirlo todo.
Tú lo destruiste hace dos meses con tu cobardía.
Elena. Fuiste un cobarde, sí. Me hiciste creer que querías a Roberta como una
hija. Y cuando llegó el momento no tuviste valor para defenderla.
Tú sabes que fue imposible. No era imposible tomar un avión y llevarse a la
niña al fin del mundo.
Dos veces te lo supliqué, pero fue inútil. Te importó más un viejo
desconocido que tu propia mujer.
Pero no me extraña. Nunca la quisiste a ella ni me quieres a mí.
Bien sabes que eso es mentira.
Eres tú quien no me quiere. Para ti la felicidad no existe fuera de Roberta. Yo
no cuento en tu vida. Nunca he contado en ella.
Nos vemos en la fiesta.
¡Bien!
Y si ya no puedo verte, ¿por qué Dios me hizo quererte para hacerme sufrir más?
Siempre fuiste la razón de mi existir.
Adorarte para mí fue religión. Y en tus besos yo encontraba el
amor que me brindaba el valor de tu pasión.
Es la historia. La historia de un amor como no habrá otro igual, que me hizo
comprender todo el bien, todo el mal, que le dio luz a mi vida
apagándola después.
Ay, qué noche tan oscura, todo se me ha de
volver.
Para hacerme sufrir más
Es
la
historia de un amor como no habrá otro igual Que me hizo comprender
Y si ya no puedo verte, ¿por qué Dios me hizo quererte?
Llévenme a Monteverde 36.
¿No que íbamos al aeropuerto?
Sí, pero antes a Monteverde, por favor.
Quiero ver al señor Lesllana. ¿Y tú qué?
Perdón, señor, pero el señor Lesllana no recibe estas horas.
A mí sí.
Dígale que está aquí la señora Elena Ramos. Que no me voy sin verle. Señora,
yo le suplico a usted que no me obligue a... Javier.
Las puertas de esta casa siempre están abiertas para la señora.
¿Quiere tener la bondad?
No me sorprende su visita.
La esperaba.
¿Quiere usted hacerme el favor de venir conmigo?
Todo está como la última vez.
He querido conservar en este cuarto la presencia de mi hijo.
Salió a las tres de la tarde y a las siete.
No se me olvidará nunca.
Me lo trajeron agonizante.
Al saber que no lo había perdido del todo, Que podía verlo día tras día.
Porque Roberta... Usted lo admitirá, señora.
Es su misma cara.
Encontré la única razón para seguir viviendo.
Quiero darle a mi nieta todo cuanto tengo.
Eso es todo lo que puede darle usted. Un dinero.
Señor Del Llano.
Necesito a Roberta.
Estoy segura de que ella me necesita.
Le he dicho que quiero ver al señor Del Llano. El señor Del Llano no puede
recibirlo. Tiene visita.
Le digo a usted que no trate de detenerme porque no respondo de mí.
¿Dónde está mi hija?
He venido a llevarme a mi hija y no me iré sin ella.
Ya me conmovió usted una vez.
Y tuve la debilidad de dejarme llevar por la compasión.
Pero ahora soy yo quien necesita esa compasión. Sí, yo. Que no solamente he
perdido a mi hija, sino también a mi mujer, que es lo que más quiero en el
mundo. Y Roberta es lo único que la hará volver, ¿comprende? Lo único que la hará
volver. Roberto.
Elena.
Elena.
Elena.
Perdóname. No, Elena. Eres tú quien tiene que perdonarme.
Sabes, yo... No digas nada.
Ahora te quiero más que nunca.
Hijita.
Hijita.
Llévenla al colegio.
Ya es hora.
Seremos... ...tres a quererla.
Vamos, Roberta. A la escuela, ya es tarde.
Vamos, hija.
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