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La muerte es un proceso más, o sea, es el camino,
el final del camino en esta tierra, en este plan.
Y ya no le tengo el miedo, o sea, el día que llegue la muerte,
creo que igual la voy a abrazar como hoy abrazo la vida.
Es desprenderse de un caparazón que ya no nos funciona porque el
alma, el espíritu ha crecido tanto que ya no cabe dentro de él y necesita
deshacerse de ese cuerpo para poder seguir a la siguiente etapa de la vida,
que es una vida más plena, más sabia.
Es tan duro, ahorita yo siento que la muerte se llevó lo más preciado
que yo tenía y sigo sin entender el por qué.
No entiendo la muerte, no entiendo el por qué.
A ratos se siente uno mal de saber de qué nací y cómo voy a morir.
Mi isla.
Tu desierto.
Mi Caribe.
Tu Atacama.
Siempre preferí mi isla.
Pensaba que tu desierto no había vida.
No parecía haberla debajo de la sal que cubre tu arena.
Las nieves, como le decía Mateo.
Esos gigantes inertes cargan historia de una vida pasada, pero yo solo reconocía
el recuerdo milenario de un mundo marino y prehistórico que algún día los cubrió.
Hasta que vos me enseñaste la vida en el desierto.
Me mostraste su oasis y conocí el agua que aprovecharon los incas en tu tierra,
los mismos que visitaron la mía algún día.
Tú haces mi mar.
¿Qué pensaban los incas de la muerte?
Antes de que desembarcara la cruz española, ¿a dónde se iban los que se
nos adelantaban?
¿Creerían los incas como creían los mayas?
Para los mayas al que se va emprende un viaje subterráneo hacia la casa fría.
Un viaje oscuro que podemos iluminar los que quedamos atrás con la ofrenda de un
fuego.
¿Habrá encontrado Mateo su camino?
Nuestro fuego podría guiarlo.
Nos queda fuego, Laura.
Mi isla, tu desierto.
Mi calor, el tuyo.
Para ello tenemos aquí nuestras ciudades.
El
500
al amor, de los 500.
Gracias. Dale, sos tan bonita.
¿Este es para cuantos que me alcanzan los míos?
Como tres.
¿Qué? ¿Crees como alguna forma especial?
No, no. Vos no te expectas.
Bueno, Marqués.
¿Sí?
Ya esto, soñé que estaba embarazada.
¿Sí? Sí.
Y era así, como que yo tenía una panzota gigante y como que ya iba, así, ya
estaba listo para tenerlo, pero decidí que no, que yo quería tenerlo en el
agua.
Entonces agarré un taxi y me iba para Puerto Viejo.
Y claro, el viaje era así como largo, pero no sé, pero también como corto, no
sé, como raro en realidad. Bueno, la cosa es que...
Llegaba así a la playa y me metía al agua y podía ver así como desde lejos a
Laura.
Y entonces me aguantaba así como para no dar a luz porque yo quería que estuviera
Laura a la par.
Pero en eso me acordaba que sí, yo no puedo tener hijos.
Entonces me volví a ver la panza así y ya no la tenía. Lo que tenía era así
como un almohadón gigante así.
Pero como súper pesado, así, por el agua.
Y entonces así me ponía súper triste y lloraba y lloraba.
Así, no sé, como lágrimas saladas, así, no sé, lloraba mucho.
¿No puedes tener hijos?
No, no.
Pero, bueno, al final como que Laura nunca me volvía a ver, no se daba cuenta
que yo estaba ahí.
Entonces yo...
Y como que empecé a nadar así de vuelta para Che, nadando
aquí.
Y no, y obviamente, sí, nadaba y nadaba y me cansaba un montón y
sentía como que me iba a ahogar.
Pero entonces me acostaba así, como boca arriba y flotaba.
Y esa parte era como bonita, digamos, era como una sensación.
Y sí, bueno, si no se me acuerde, por el
almohadón.
¿Sí? Con ella.
Así.
Ya está en la caseta.
Y siga por la calle a la izquierda y es la primera casa mano derecha.
Sí, ya te salgo a abrir.
Ok.
¿Aló?
Hola, Laura.
¿Cómo estás?
Ay, qué bonito.
Sí, aquí está saliendo.
Pero bueno, ayer hubo mucho y mucho calor.
Ajá.
Ah, qué bueno.
Qué vacilón, qué divertido.
Me dan ganas de conocerlos.
¿Y vos cómo te has sentido?
Sí,
yo sé.
Bien, por aquí tranquila.
Ya vinieron los de la casa médica.
No, no he empezado con eso. Hoy empiezo.
Bueno, estuve con Carolina.
Sí, me pidió unos almohadones.
Y bueno, también estoy como pendiente de aquella vitrina que te conté, ¿te
acordás?
Sí, ayuda a estar haciendo algo, es cierto.
Bueno, estás ahí con tu familia y así.
Ajá.
Bueno, pero ya sabes que no me puedo ir todavía, ¿verdad?
Ajá.
Ey, ¿vieras que estoy haciendo un mural?
Sí.
Unas flores, con unos pájaros. No, ahí en la pared del estudio.
Ay, bueno, pero si se alquila se pinta de blanco y ya está.
O lo dejamos así, al rato sí les gusta.
Bueno, en realidad todavía es nuestra casa, ¿verdad?
Bueno.
Ey, yo me tengo que ir.
Sí, es que tengo esa reunión.
Bueno.
Besos y saludos.
No, no, todo bien. Ya vamos con un batido hablando.
Chao, Laura.
Un beso.
La primera vez que fui a la playa me costó mucho.
Lloré desde que iba de camino y el tiempo que estuve ahí durante mucho
rato.
Ahora más bien me hace sentir más cerca de él y me trae todos los
recuerdos que tengo de él en esos lugares.
Entonces me gusta, me gusta ver la playa, me gusta ver las estrellas.
El sol, la luna, todo lo que a él le gustaba, porque siento que eso me acerca
a él.
Y recibir un rayo de sol, la brisa, ver las nubes,
es increíble porque mucha gente no soporta ir al cementerio. Pero para mí
sí es un momento de mucha paz, de mucho silencio.
Ahí aprendí a estar sola, pasé muchísimas horas leyendo, bordando.
escribiendo y cuidando el jardín.
Y me da mucha tranquilidad.
En el ballet también, ¿verdad? O sea, al principio pues sí dolió mucho, pero
luego ya como que uno va aprendiendo.
Y bueno, lo que hago yo es que me la imagino bailando. O sea, cuando mi otra
hija está bailando, yo me imagino que ella también y que están haciendo ahí un
paredo de mujeres.
¿Por qué quieres evitar los trenes, Laura?
No se puede vivir en San José sin oírlos.
Sería como evitar el bambú camino a casa o el puente peatonal por donde corría
Mateo haciendo avioncito.
Yo no quiero evitar el puente peatonal.
A mí me hace bien caminar por donde caminábamos juntos, por donde caminé con
vos, por donde caminé con él.
¿Y el tren de Valparaíso no te hace pensar en él?
Acá lo siento en todos lados y todo me hace pensar en él.
La casa, las telas, el perro que le daba miedo, la vecina que le agarraba
los cachetes, el puente peatonal, el tren.
Me cuesta mucho, Laura.
No puedo nada más armar una maleta y darle la espalda.
Ojalá te guste. ¿Seguro que sí?
¿Te encantó?
Sí, me encantó.
Ay,
qué lindo.
¿Te gusta?
Sí, me encanta. Ay, qué bueno. Es que no estaba muy segura así como por la forma.
Ah, bueno, y esto es diferente.
Ah, bueno.
Qué chido.
No, están buenísimas, pero a lo mejor te pago de una vez.
Ay, ¿no te querés tomar como un cafecito? Ay, te crees que ando como un
poco apurada, pero ¿qué planes tienes para la noche?
Es que pensábamos en hacer una visita ahí donde Marco.
Sí, me suena la verdad.
Bueno, ahí si te dan ganas te apuntas y llegas, porque yo creo que va a estar
bonito, digamos.
¿Cuál es lo de la ballena? ¿Qué vimos en Marina Ballena? ¿Lo de la ballena? Sí.
Bueno, ¿qué cree que vimos una ballena cuando vimos a Marina Ballena? ¿Qué es
lo que queríamos ver? Vimos una ballena. No, no la vimos.
Era como las cinco de la tarde, estaba como medio oscuro, claro, no habíamos
visto nada, nunca vimos nada.
Y en un momento solo le gritaba, ballena, ballena, todo el mundo corre.
Era una ballena. Era una ballena. No, no, era el reflejo, era una onda. No,
no, el bicho subía así, volvía a bajar, arrechaba, espuma por aquí abajo. Usted
llegó a decir que era un bote.
¿Vio algo ahí?
Pudo haber sido cualquier cosa, pero no... La ballena no vimos.
Bueno, vamos. No me dejen más con las muchachas. Hagamos una vara. Para
ustedes un bote y para mí una ballena. ¿Qué?
Yo me conozco.
¿Qué?
Bueno.
Qué chiva sombrero.
¿De verdad?
De Laura.
Ay, Laurinches.
Qué falta que hace, ¿verdad?
¿Y qué? ¿Cómo le está yendo?
Bien. Bueno, andaba con su prima en Chiloé. Y ahora va de vuelta para
Valparaíso.
Ay, qué lindo.
¿Y qué? ¿Cuál es el plan? ¿Te vas vos para allá?
Sí. Es el plan.
Qué lindo Chile, ¿verdad? A mí me encantó. Yo fui cuando estaba en la U, a
un congreso, a Santiago.
Pero me fui un día para Valparaíso. Y qué ciudad más bella. Me encantó.
¿Verdad? Que es como... Como de cuento, pero... Como, no sé, a la misma vez como
la gente súper real. No sé, no sé. Yo creo que yo me iría feliz.
Bueno, muchachas.
Llegó el vino.
Todas toman, ¿verdad? Sí.
Marco. Ajá. Más bien, ¿sabes hasta qué hora se está abierta la pulpa?
Hasta las diez. ¿Por qué? ¿Qué necesitas?
No sé, como que se me antojó más una cerveza, tal vez.
Ok.
Sí, creo que voy a ir a comprar.
¿Quieres que te acompañe?
No, no nos falta.
Todo el mundo lo miraba como si un mono tuerto colgara de él.
Lo irónico es que ellos son los monos tuertos que no pueden ver.
Sumergiéndose en lo azul sentado en su hipocampo a todo vapor.
Se libraba de la peste humana que camina a su alrededor
Las luces del norte, las
más bellas que hay Son invisibles para aquellos
que te miran por encima del hombro
Gracias.
Sí, todo bien.
¿Aló? Bien.
Un poco de goma.
¿Sí?
Ahí donde marco.
Así lo miro.
No sé, no la vi.
Que no sé, Laura, no la vi.
Gracias.
No creo en el borrón y cuenta nueva, pero tampoco creo que me esté aferrando
al pasado.
Me aferro a un recuerdo, sí, pero mientras vivo mi presente.
Porque ese recuerdo lo mantiene en mi presente.
Ojalá fuera tu presente también, como fue nuestro el pasado.
Aunque lo metamos en cajas, aunque fijamos no verlo, aunque llamos de él,
siempre será nuestro pasado.
Si yo logro evocar las cosas lindas, que fueron muchísimas, aquellas cosas
características de ella que nada más había entre ella y yo, lo hace a uno
sentirse bien de una forma sana, es reconfortante.
Tal vez al principio sí es un poco difícil y produce mucho sufrimiento el
recuerdo, pero más bien lejos de pensar que...
que superar el dolor es olvidar, recordar más bien es lo que nos hace
seguir adelante y saber que esa persona sigue viva entre nosotros y a veces
hasta se siente como si todavía estuviera, de verdad, físicamente.
Ellos siguen en uno como si estuvieran ahí, porque uno lo
sigue recordando y sigue viendo y lo sigue adorando tanto.
Cuidado si no más.
Yo tuve una experiencia que a mí se me murió un hermano cuando tenía 13 años
más aproximadamente.
Y en mi casa no se habló, no se habló de nada, no se volvió a hablar de él.
Y cuando mi hijo murió yo me propuse mantener su memoria viva.
Definitivamente la forma de mantenerlos vivos es hablando de ellos, recordando
los momentos y obviamente no hay día en mi vida en que ella no esté, que ella
no sea parte de mis recuerdos, de mi día a día.
En todo momento.
Priscila tiene ya dos años y cinco meses.
Y Priscila está desde que yo abro los ojos hasta que lo cierro con gusto.
Di este vuelta a mi mundo, Laura.
Nunca me había acompañado ni me imaginé con una familia, pero cuando entraste a
mi vida, bueno, cuando me dejaste entrar en la de ustedes, imaginé de pronto la
posibilidad de un futuro y me sentí de cabeza.
Nunca viví más allá del presente, pero la idea de un pequeñito creciendo a
nuestro lado nos obligaba a mirar más allá de fin de mes.
Y fue bonito soñar juntas.
Fue lindo imaginarnos de viejitas, de abuelas.
Guardar las cosas de Mateo ha sido duro, pero me sorprende mi capacidad de
racionalizarlo.
Si es lo que querés, lo hago.
Lo hago por vos.
Lo hago también porque me dolería verte sufriendo sobre eso.
Pero ahora que terminé, ¿por qué no regresas?
¿Por qué necesitás empezar en otro lado si ya aquí tenemos ventaja?
Tu desierto.
Fue lindo conocerte allá.
Fue lindo caminar por esa arena y ese lugar tan marciano.
Diste vuelta a mi mundo, Laura.
Tu desierto.
Mi isla.
Y casualmente ese día, a la hora del desayuno, cuando...
Había mucha gente en la mesa, no había campo, y nos fuimos a desayunar.
Entonces ella se pasó a desayunar al sofá y estaba sola.
Y yo agarré mi plato y me fui a desayunar con ella porque le digo yo,
¿cómo mi amor va a estar desayunando sola?
Y entonces ella me agarró a besos y me decía, papá, es que te amo, por eso te
amo tanto.
Y ella sabía lo que yo le amaba.
Es uno de miles de recuerdos, pero ese fue el último día de vida de ella.
Entonces, muy bonito.
Era un muchacho muy fornido, hacía pesas.
Entonces, él acostumbraba a levantar al papá.
El papá es pequeño y delgado, y lo tiraba hacia arriba, y casi lo tiraba
hasta el techo de la casa.
A mí me quería alzar a veces y yo le decía, no papi, a mí no, porque yo peso
mucho. Entonces, lo que hacía era cuando íbamos a la piscina, él me llevaba en
los hombros y decía, montaña rosa.
Entonces, se tiraba hacia abajo, nos hundíamos y teníamos que, bueno, yo
gritaba, que era lo que le gustaba y era una forma en la que nos compartíamos.
Mateo, precioso, me haces falta.
Qué difícil la ausencia, la pérdida y el dolor.
Qué espacio tan grande podía cubrir un cuerpo tan pequeño.
Ese mar no es nada,
ese desierto no es nada.
Qué abismo tan grande queda entre tu mamá y yo.
Laura, preciosa, me haces falta.
Qué difícil la ausencia, la pérdida y el dolor.
El tiempo que pasas con la gente que amas creo que tiene otro valor.
Y aprovechas porque ya no sabes si vas a tener mañana otra oportunidad de
abrazar. Y de querer. Ya no salir de la casa tirando puertas y enojado porque no
sabes si vas a volver a verlo.
Pero sí, muchas otras cosas se vuelven más difíciles. La convivencia se vuelve
más difícil.
Sí, no se siente de la misma manera nunca.
Y entonces, si había problemas antes, ahora los había más después de la
muerte.
Hay reproches, hay enojo, hay ira.
Entonces es de verdad muy complicado.
Siempre se dice que lo que había antes se agrava.
Pero luego, si uno logra comprender que a pesar de que la pareja de uno tiene el
mismo dolor, simplemente lo está viviendo diferente y que no hay forma
buena o mala, ¿verdad? Porque hay que atravesarlo. Bueno, la mejor forma
es enfrentar ese dolor.
Pero el camino es diferente para cada uno. Entonces, cuando uno comprende eso,
la relación de pareja se hace bastante más estable, todo se hace más
llevadero, inclusive nos podemos apoyar mutuamente.
Qué linda historia hicimos y qué bonitos recuerdos nos quedan.
Gracias por dejarme una puerta abierta.
Gracias por mostrarme tu oasis.
Toqué el agua escondida del desierto y conocí la vida que brotaba de su arena.
Y fui feliz.
Soy feliz.
No me puedo ir, Laura.
El cariño es enorme y siempre habrá un espacio para otra en la casa, pero no me
quiero ir.
No me quiero ir, Laura.
Tu desierto.
Mi isla.
Tu duelo.
el mío mi isla
mi isla
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