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No te gusto.

¿Por qué has venido conmigo, si no te gusto?

Si no consigo que me ames.

Me conformaba con sólo verte, con estar contigo.

El otro día olvidaste en mi coche una carta de tu padre.

- La leí. - ¿Qué carta?

Ésa donde te dice que vuelvas a Catania,

y que pienses en casarte.

Imposible, la letra de mi padre no la entiendo ni yo.

No busco casarme contigo.

Sólo quiero que estemos juntos, amándonos.

Quédate, Antonio.

No te vayas.

No te pediré nada.

Te lo aseguro, tranquilo. No te molestaré.

No soy como las otras.

Sí que eres como las otras.

¿A qué te refieres?

No sabes lo que dices.

Vine aquí dispuesta a todo, porque te amo.

Pero soy virgen, ¿entiendes?

Soy virgen.

Si el más bruto de tus paisanos se casara conmigo,

no tendría queja alguna.

Sé que las mujeres de tu isla pasan la noche de bodas llorando.

Pero yo no lloraría ni aunque me mataras.

Amor mío, ¿qué te pasa?

Ven conmigo, ven.

¿Por qué te humillas así? No puedo, no puedo.

¿Por qué no?

¿Por qué?

¿Por qué?

EL BELLO ANTONIO

¡Mamá!

¡Antonio!

- ¡Mi niño! - ¡Mamá!

¿Qué tal estás?

Bien.

Muy bien.

Ha muerto el hijo de Dipaola,

y la tía Santina tiene 30 pulsaciones por segundo.

Pero según el médico podrá llegar a los cien años.

No menciones la palabra "cornudo" delante del abogado Palermo.

- Tienes ese vicio, como tu padre. - ¿Por qué?

Cariño...

Su mujer se fugó el domingo pasado.

Ha muerto el hijo de Zuccarello, en dos días.

- Ni tiempo tuvo de persignarse. - ¿No tienes noticias más alegres?

Ven, Antonio.

Hablemos entre hombres.

Ven.

- Niño, ¿quieres bizcochos? - No, gracias.

- ¿Un café? - No, mamá.

- ¿Quieres un café? - No.

Te preparo un huevo con leche.

Ah, me olvidaba:

El profesor Callará lleva una semana sin comer.

Todo lo que prueba le sabe a carroña. Si sigue así, morirá.

Estás bien, Antonio.

Creo que sufro angina de pecho.

Válgame Dios, otra noticia alegre.

A lo mejor no.

Pero sí que tengo diabetes.

Me han encontrado más azúcar que a una fruta escarchada.

No pongas cara de funeral.

No van a enterrarme hoy.

Aún estoy en forma.

Sí, ya me ves.

Y si no fuese porque tu madre hace tragedia de todo,

aún soy todo un hombre.

No bajes los ojos como una niña.

No quiero que te avergüences de tu padre.

¿Te gustaría tener un padre chocho?

Seguro que no te gustaría tener un padre chocho.

Chocho como tu abuelo.

Dicen que pagaba dos reales por ver desnuda a una fulana,

y sin hacer nada más.

Pero tenía casi 80 años.

Te digo todo esto porque...

debes pensar en casarte.

- Papá... - ¡Papá!

Si no te casas con... ¿Cómo se llama?

Barbara Puglisi, ¿no?

Tú mismo te buscas la desgracia.

Pero si no la conozco siquiera.

Porque cuando una chica te gusta, la desdeñas como si te insultase.

Eres idiota.

Barbara Puglisi es muy guapa.

Además es honrada y rica.

¿Qué más quieres?

Preferiría esperar unos años aún.

Tienes casi 30 años.

Y ya no puedo mantenerte en Roma.

¿Por qué, ahora eres pobre?

Pobre no.

Dentro de 10 años tendremos un naranjal de 50 millones.

Pero hoy tu madre debe pedirle prestado al portero.

Vendí todo lo que tenía para comprar el naranjal.

Si vieses qué hermosura.

Mucho más hermoso que tú.

Y belleza te sobra.

Dime, ¿qué hiciste en Roma estos tres años?

¿No conseguiste nada de provecho?

Te limitaste a pulirte el dinero.

No tengo la culpa.

Otros tuvieron más suerte,

accedieron a la carrera diplomática sin oposición.

- Yo sólo conseguí promesas. - ¿Y tu amigo el ministro?

¿No hizo nada?

¿Ese inútil no quiso molestarse?

Se portó peor que ninguno.

No me extraña.

- Si le seduces a la mujer... - No es verdad.

No me interesa saber si es cierto o no.

Pero ese pobre iluso nunca se ha enterado de nada.

Tiene más cuernos que una cesta de caracoles.

Tuvo que llegar el seductor de mi hijo de Catania,

para ponerlo celoso.

No lo está, ni tampoco yo enamorado de su mujer.

- Te juro que no es verdad. - ¡Don Alf¡o!

¡Don Alfio!

Me han dicho que su hijo ha vuelto de la capital.

El abogado te cree amante de la mujer del subsecretario.

Si te pregunta si es verdad...

- No, no... - Que sí.

No lo niegues, o nunca volverá a creernos.

- Buenos días. - Buenos días.

- Aquí está, ha vuelto. - Buenos días.

Bienvenido.

Gracias, abogado, ¿cómo está? Hola, Elena.

¿Qué tal por esa cloaca que el Papa haría bien en quemar?

A los sicilianos siguen sin apreciarnos,

porque somos más listos que ellos y los que se creen mejores.

- ¡Señora! - ¿Qué?

- ¡Doña Rosaria! - Diga.

¿Ha visto qué pestañas tan largas tiene su hijo?

¿Cómo hace para tenerlas así?

Son como abanicos.

- Está como una cabra. - ¡Señora!

¿Qué?

- ¿Por qué no le da un beso? - ¿Para qué?

Un beso en los párpados.

Más abajo.

Béselo ahí, ahí. Más abajo, más.

A ver si le hace cosquillas.

Por favor, para, mamá.

Me voy a mi cuarto, estoy cansado. Disculpen.

Qué barba. Seguro que rasca como l¡ja.

¿Y tú quién eres?

Santuzza, la criada nueva.

"Un día te dejé por un loco espejismo,

y me fui lejos.

Recorrí tierras extrañas buscando amor.

Busqué el amor en verano y en invierno.

Y nunca dejé de buscar el amor.

Corrí en busca del amor, pero no lo encontré.

Y a casa volví, con el corazón enfermo.

Son todas muy guapas, ya verás.

Para no quitarles las manos de encima.

Una es de Milán.

Tiene un cuerpo, primo, como el de la Venus Calipigia.

Unas nalgas de padre y muy señor mío.

Me alegro de que vinieses, tenía ganas de divertirme.

¿Quién ha organizado la fiesta?

El abogado Spanó.

Muchos dicen que no es abogado.

Es de Benevento.

Dicen que el diputado Calderara lo hizo nombrar jefe de Cultura.

Así todas las actrices de revista que llegan a Catania

están a disposición de los amigos.

- Señor abogado, pase. - Buenas noches.

¿Qué tal, Rosa? ¿Hay mucha gente?

Está hasta el diputado Calderara.

Ha venido de Roma para celebrar que a mi jefe lo eligieron diputado.

- ¿Quién este buen mozo? - Mi primo Antonio Magnano.

- ¿Cómo es que no lo conocía? - Llegó de Roma ayer.

Allí tiene muchos amigos.

- Y no necesita bailarinas como yo. - No me extraña,

se lo comerán todas con los ojos.

- Hola. - Hola, Antonio.

Muchacho, bienvenido.

Diputado.

- ¿Es verdad lo que dicen de ti? - ¿Qué dicen?

Que se te dan bien las mujeres.

¿Qué opinas tú?

¿Prefieres a uno como él o a uno como yo?

A ti nadie te confundiría con una mujer.

Que tu padre te diga qué hicimos en el 22 con estos brazos.

Abogado, haga un brindis.

Por el brillante futuro político del nuevo diputado,

a quien toda Catania mira con orgullo y esperanza.

Toma, haz los honores.

Desde mañana te sentarás en el parlamento de Palermo,

representando al partido más italiano que existe.

Pero cumple como un hombre, ya me entiendes.

Se la paso al abogado Spanó.

- A ver qué sucede. - Ánimo, abogado.

Abogadillo, aprovéchate, que mañana se va.

Tengo mis dudas.

Ven conmigo.

- Te haré disfrutar. - Esmérate, a ver qué haces.

Eso, que vaya con el abogado, así nos reímos un poco.

Ven.

Querido Antonio, me parece que el abogado no...

¿En serio?

Abogado, ¿es verdad que no?

- No, ni hablar. - ¿Sabe qué se dice de Ud?

Diga algo, defiéndase. No puedo creerlo.

No haga caso de los cotilleos de estos idiotas.

- Yo que Ud. Me suicidaría. - ¿Qué más se puede hacer?

- Sí, mejor morir. - Mil veces mejor.

¿Cómo que mil? Un millón.

- Vamos, dejadlo ya. - Si ahora viene lo mejor.

Ve con él y te hago un buen regalo.

- Después te digo qué regalo quiero. - Vale, pero ahora vete.

- Venga, abogado, adelante. - Vamos.

Un aplauso para animar al abogado.

- Se le ha caído la foto de su prima. - ¿Quién es?

¿Es que la rechazaste sin verla? Barbara Puglisi.

La que tus padres te buscaron como esposa.

Ven, guapo.

Pero si eres un ángel.

Eh, muchacho.

¿Quieres trabajar en Palermo de secretario de la federación?

Puedo conseguirte el puesto.

Las mujeres acabarán contigo.

Decídete hoy.

- Oye, ven conmigo. - No.

¿Por qué?

Hace tiempo que no hago ciertos trabajos.

- ¿Entonces ahora qué haces? - Soy artista.

- ¿No me digas? - Sí.

- ¿Qué haces aquí? - Nada.

- ¿Te caigo mal? - No. ¿Por qué?

¿Es cierto que en Roma conquistaste a muchas mujeres?

Y la mujer de un ministro está loca por ti.

No es verdad, son bobadas.

Lo dicen todos.

Que las mujeres te perseguían como gatas en celo.

No hagas caso. Anda, ven.

Ven.

El chico más guapo de Catania.

Qué vergüenza deberle respeto a uno como ese Calderara.

Y pensar que hace 10 años ni lo habríamos saludado.

Animal.

Y qué fuerza, qué corpulencia tiene.

Es como un quinto de permiso.

Yo también habría aprovechado.

Pero enseguida entendí una cosa

que ese animal no veía:

Menos a ti, todas las mujeres nos despreciaban.

¿En serio?

Nanda desdeñó al diputado con toda dignidad.

A mí me dijo que daría 10 años de vida por pasar una noche

con mi amigo el subsecretario.

No hay esperanza, ya me he resignado.

¿No me digas?

Pero te agradecería que me hicieses un favor.

Antonio, ¿me escuchas?

Perdona, ¿qué favor?

A Calderara le caes bien.

Dile que me busque un puesto.

Necesito trabajar, ya no soy un niño.

¿Qué me dices?

Si, intentaré ayudarte.

Buenas noches.

¡Mamá! ¡Papá!

¿Qué sucede?

¿Qué pasa?

- ¿Te sientes mal? - No.

- ¿Qué quieres a esta hora? - ¿Qué pasa?

- Como huele a hembra tu hijo. - Cállate.

Antonio, ¿qué pasa?

Quería deciros que...

me casaré con Barbara Puglisi.

¡Alabado sea Dios!

¡Rosaria!

Antonio, me das la vida.

Acércate a tu madre.

Dame un beso.

Recuérdale a tu hijo que desde ahora

debe olvidarse de las putas. Se acabaron.

Recuérdale que Barbara Puglisi tiene en casa un prelado.

Y que su suegro es de una de las familias más serias de Catania,

además de rica.

Gracias, Antonio.

Bravo, muy bien.

Verás qué mujer tan seria.

Una chica pura como el agua de un manantial.

¡Abogado Ardizzone!

¡Abogado Ardizzone!

¿Me llamaba, D. Alfio?

Sí, quiero darle una buena noticia.

Mi hijo va a casarse con Barbara Puglisi.

La hija del notario Puglisi. ¿Lo conoce?

Persona singular.

Excepcional.

- Me alegro, enhorabuena. - Gracias.

¡Lo ha hecho!

- ¡Lo ha hecho! - ¡Elena!

Así se hace en Catania.

Se casa con una que no conoce y no se acuerda de la vecina.

- ¡Elena! - ¡Es la verdad!

Cuando uno tiene una chica delante de las narices,

por lo menos debe mirarla,

antes de meter la pata en otro barrio.

- ¡Pero, Elena! - ¡Que mala suerte tengo!

Nací con mala suerte.

Mi padre, en vez de pensar en el Senado...

No sabes lo que dices.

Perdone, amigo, le reitero mi... mi...

Buenas noches.

Está chiflada.

- Pobre ilusa. - Papá...

- ¿Pero qué les das a las mujeres? - ¿Por qué ha de ser culpa de él?

Son ellas, que son como gatas en celo.

Entiéndeme bien, ya sabes que tampoco soy un monje,

y que las mujeres me gustan. - Sí.

¿Y no te da vergüenza decirlo?

También le gustaban a tu abuelo, al abuelo de tu abuelo...

Le gustaban todas. Era como un león.

- No se le escapaba ni una. - Papá, siempre con lo mismo.

¿Qué quieres?

Con nosotros, los Magnano,

las mujeres se derriten en cuanto las tocamos.

Si, sigue haciéndote cruces.

Pero desde mañana, olvídate de la condesa Cavallaro,

de la mujer del ministro,

de la hija del director del periódico,

y de las bailarinas. ¿Entendido?

- De acuerdo. - Muy bien.

¡Alfio!

No, hoy estoy muy contento.

Las fincas de Paternó, las casas de la avenida,

y cuando fallezca, el viñedo de Viagrande de mi cuñado Rosario.

Naturalmente.

Regalos de nuestros parientes por valor de 10 millones.

- Naturalmente. - Y Ud. Donará a su hijo

el huerto de la Piana. - Ni hablar.

- Naturalmente. - No, no.

- Naturalmente. - Pero...

Bueno, naturalmente.

Pero, como ya sabe, el alcalde se ha empeñado

en municipalizar nuestra agua del Pomiciaro,

haciéndonos perder varios millones.

Pero si el agua es de nuestra familia desde hace siglos.

He ido a Roma, he recurrido a todas mis amistades.

El único que puede ayudarnos es el ministro Corollaro.

Por eso le pido que su hijo...

- Será hijo suyo desde mañana. - Naturalmente.

Que su hijo le escriba a su amigo el ministro.

Porque son amigos, ¿no?

Estupendo.

- Llamaré a mi hija y a mi mujer. - Naturalmente. Será un placer.

- ¿Puede llamarlas, padre? - Naturalmente.

Después subiremos a ver a mi suegro, el barón.

El anciano está muy mal.

Barbara, ven.

- Buenas tardes. - Buenas tardes, Barbara.

¿Puedo besar a su hija en la frente?

Sí.

Siendo tan guapos los dos, tendréis unos hijos preciosos.

¿No cree, padre?

- Buenas tardes, D. Alfio, ¿qué tal? - Muy bien.

- Hoy es un día maravilloso. - ¿Subimos ya?

Papá...

- Papá... - ¿Qué?

Está aquí el Sr. Alfio Magnano. ¿Lo recuerdas?

Alfio Magnano.

- ¿Alfio Magnano? - Sí.

Eras asesor cuando el ayuntamiento me plantó los árboles

delante de casa... - ¡Papá!

Delante de mi casa, para quitarme la vista.

A mí, el barón Francesco.

- ¡Papá! - Y ni siquiera los plantasteis bien.

Y cuando se secaron, me acusasteis de envenenarlos.

Ladrones sinvergüenzas.

¡Papá!

¡Papá!

No es nada, ven. No te preocupes.

Vamos, hija. Se ha desvanecido, enseguida se recupera.

Vamos.

Está muerto.

Es mejor no decir nada hasta mañana.

No es nada, se pondrá bien.

Pobre barón. ¿Recuerdas cuando envenenó los árboles?

Claro que sí.

¿Cómo hará para tener esas pestañas?

- Qué chico tan guapo. - Guapísimo.

- ¿Quién ha muerto? - Nadie. Un viejo de 90 años.

Creo que el alcalde te ha sonreído. Respóndele.

Mira el hijo de Alfio con su prometida.

No mires a los balcones, ahora estás prometido.

El alcalde tiene mala conciencia, si no se ha atrevido a venir.

- Escríbele hoy al ministro. - Sí, claro, pero no sé si...

¡Antonio!

Tu hijo es tonto.

Si no es por mí, iba a decir que no era amigo del ministro.

Sabes que Antonio es muy modesto.

No, es un cretino.

Alfio, ¿qué haces? Nos miran todos.

- Ahí va Barbara Puglisi. - Una buena familia.

Estupenda.

Ésa de cuernos nada.

Perdone, abogado, se me ha escapado.

No se apure, llevaba 30 años queriendo librarme de mi mujer.

¿Qué?

¿Qué te pasa, Antonio?

¿Qué te pasa?

Estoy contento. Muy contento de casarme con Barbara.

Siento lo de este incidente.

- Pero algún bien traerá. - Sí.

Vamos.

Vamos, venga.

Vamos.

Con permiso.

¿Antonio?

Perdona por molestarte ahora, pero tu carta al subsecretario

hizo efecto inmediato.

Ah, ¿lo sabías?

Recuerda lo que te pedí.

No te olvides.

Me alegro de marcharme a Roma. Debes darme alguna dirección.

Tendréis que fundar un orfanato para los hijos de las mecanógrafas.

No dejará escapar ni una.

No le hagas caso. Está loco.

- ¿Estás solo? - Sí.

¿Sabes con quién estamos? Adivina.

Vas a oír una voz.

Antonio...

¿No te acuerdas de mí?

Antonio...

¿Por qué no vienes?

Diles a mis amigos que me dejen en paz. No puedo, no.

Adiós.

Perdonad.

¿Quién era?

Mi padre. Quería saber si tenía llave del portal.

Un día de estos tenemos que ir a tu naranjal.

- ¿Ya habéis excavado el pozo? - Me parece que sí.

¿Cómo que te parece? Es tuyo, es importante tener agua propia.

Sí, tienes razón.

Después me ocuparé de todo.

- ¿Cuántos naranjos hay? - Pues no sé...

Sí lo sé: 20.000.

- Una finca estupenda. - Sí.

Excelencia.

- ¿Necesita algo más? - No, María, puede irse.

Buenas noches.

Póngame una jarra de agua en la habitación.

También me retiro.

Se queda vuestro padre con vosotros.

Tino, voy a acostarme. Buenas noches.

Buenas noches.

Estoy muy contento.

A saber cuántas mujeres conociste en Roma. Tienes mala fama.

No, en Roma, no sabes, no sabes...

Un lazo indisoluble,

que ninguna fuerza humana ni terrena podrá deshacer.

Pero, recordad:

No existen relación entre esposa y esposo,

entre madre e hijo, entre hermanos,

entre amigos, en la que Cristo no esté presente.

En el Cielo se escriben ahora mismo, uno al lado del otro,

vuestros nombres.

Nadie podrá borrarlos jamás.

La mujer se someterá al marido igual que al Señor,

ya que el hombre es amo de la mujer,

como Cristo lo es de la Iglesia.

El hombre abandonará a sus padres,

y se unirá a su mujer,

y ambos serán una sola carne.

Pero no olvidéis que nada se puede esconder...

¿Estás contento?

Mucho.

¿Y tú?

Sí.

Podéis iros ya, esposos, con la bendición de Dios.

- ¿Dónde van a vivir? - En el campo.

En la casa del padre de él. Es preciosa y muy soleada.

Gracias.

Gracias.

Dispensad.

Vamos.

Anda, Elena, vamos.

¡Vivan los novios!

Barbara Puglisi, hazlo feliz. No abundan los hombres así.

Ha llegado el coche.

Bienvenida, señorita.

- Bienvenido, D. Antonio. - Gracias.

- Dale las flores... - ¿Cómo está, Nunzio?

- Felicidades. - Tu madre está más joven.

- No se le echan 70 años. - Tiene 90. Mejor dicho, 93.

Vamos.

- Le llevo el maletín. - Gracias.

- Esta es la doncella nueva. - Para servirla, señora.

- ¿Cómo se llama? - Francesca.

- Soy viuda y tuve 7 hijos. - ¿Siete?

Todos muertos, con dos meses, con tres, con cuatro..., pero tuve 7.

¿Cuántos quiere tener Ud?

- Carmela... - ¿Les gusta?

Vamos, que el señorito querrá... Sé cómo son los Magnano.

Ángel mío,

tu recuerdo me hace morir.

Vivo sin paz por amarte,

hermosa mía...

Ángel mío.

Ángel mío, al pensar que te había perdido sufrí...

¡Barbara!

Amor mío.

Basta.

¿Cuántos besos quieres darme? No paras de besarme.

Me habrás dado un millón de besos en estos tres meses.

Espérame.

Voy a por naranjas.

¡Francesca!

Señora, ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?

No, estoy bien.

Ya han pasado tres meses, y así empieza la cosa.

¿Qué cosa?

A nacer un hijo.

- No, decidimos no tener hijos. - ¿No van a tenerlos?

Eso es pecado.

No pueden hacerlo, es pecado.

Dios quiere que los esposos tengan hijos.

- ¿Cómo se hacen los niños? - ¿Qué?

¿Con ese marido que tiene me pregunta eso?

¿A mí?

¡Madre de Dios, lo que hay que oír!

¿Qué hace por la noche con su marido?

Contéstame.

¿Cómo hacen los animales?

Los gallos con las gallinas.

¿No ha visto nunca a los gallos con las gallinas?

¡Antonio!

¿Qué te pasa?

- ¿Qué sucede? - Amor mío.

Tenemos que echar a Francesca de inmediato.

No quiero verla más.

- ¿Qué te ha hecho? - Despídela de inmediato.

Me ha dicho cosas horribles, no quiero volver a verla.

Sí, tranquila.

Por supuesto.

¡Don Antonio!

¡Don Antonio!

Ha llegado, está en la verja.

¡Santuzza! Ven.

- Bienvenida. - Gracias.

¿Cómo están mis padres?

- ¿Están bien? - Sí.

¿Protestaron cuando les pedí que vinieses?

Un poco.

Con permiso.

Aquí estarás bien, te gustará esto.

También hay menos que hacer.

Este es tu cuarto.

- Amor mío, buenos días. - Buenos días, mi niño.

Qué bonita eres, cada día más.

No eres de este mundo, eres un ángel.

Me lo has dicho tantas veces, que casi me lo creo.

¿Me amas, Barbara?

Eres mi marido, ¿cómo no voy a amarte?

Pero, ¿me sigues amando?

¿Después de lo que te dijo Francesca?

Ahora que sabes...

Contéstame.

Te amo aún más.

¿De verdad, no me engañas?

No sabes cuánto te amo.

- ¿De verdad que no me engañas? - No.

¿Me amarás dentro de un año, siempre?

Pese a todo, ¿me amarás?

Siempre. ¿Por qué iba a cambiar?

Siempre serás mi esposo.

¿Cómo ha dicho?

Pero si siempre están juntos. ¿Por qué no van a llevarse bien?

De acuerdo, Sr. Notario.

Sí, venga.

Viene para aquí el Sr. Puglisi, quiere hablar conmigo.

¿Lo has oído, Rosaria?

Deja de torturar a esos pobres santos.

Hice bien madrugando hoy.

El Sr. Puglisi me ha llamado y me ha dicho

que Antonio no se porta bien y que su matrimonio no va bien.

Si supieses con qué tono me ha hablado.

Dios mío, ayúdanos. ¿Qué le has dicho?

Que lo espero aquí.

Y que, de paso, me traiga dos puros, porque mi mujer se olvidó.

Qué cosas se te ocurren.

¿Acaso quieres que me ponga de luto

porque mi hijo es como un gallo con su mujer?

Verás como él se divierte y a mí me caen las quejas.

Mi hijo se ha casado con una mujer que le gusta,

y hace bien amándola si le apetece.

Es algo normal, ¿no?

Si su hija le gusta a mi hijo, él no debe entrometerse.

¿Acaso los casaron con agua del grifo?

Padre, Hijo y Espíritu Santo, qué cosas dices.

¿Qué querrá éste ahora?

Sabía que mi hijo era un hombre muy viril.

¿No?

Ve a abrir.

Virgen santa, ayúdanos.

¿De qué tienes miedo?

No lo sé, pero estas cosas no me gustan.

Rosaria, no seas boba, anda vete.

Que pase, ¿a qué esperas? No lo dejes ahí fuera.

- Por favor, pase. - Buenos días.

Pase, está en su casa.

- Mi marido le espera. - Gracias.

¡Rosa!

Coloca el cuadro de Sta. Ágata.

Eso, pon a Sta. Ágata donde debe.

Le encantan los santos.

¿Me ha traído los cigarros?

¿Qué ocurre entonces?

Que las cosas no van bien entre nuestros hijos.

Querido Sr. Notario, también pensaba llamarle hoy por eso.

- ¿Ah, sí? - Sí.

Ya sabe que en Catania

nadie se ocupa de los cuernos que tiene encima.

Quería comentarle que Barbara está disgustada.

No es posible.

Hágame caso, no exagere.

En mi opinión

los padres no deben meterse en las cosas de los hijos.

Hasta cierto punto.

Sí, claro.

Si la cosa fuese excesiva,

si la salud de ella se resintiese, una palabra Ud., otra yo,

y Antonio entendería que... Ya sabe...

Las palabras en este caso no sirven de nada.

Mire, no somos animales, sino cristianos bautizados.

Si Barbara sufre, Antonio será el primero en preocuparse.

Barbara sólo sufre moralmente.

No entiendo por qué.

No me parece ofensa para una mujer que el marido

sea demasiado afectuoso con ella.

No se trata de eso.

- ¿Cómo que no? - No es eso.

¿Ah, no?

¿Entonces de qué?

Creía que sospecharía algo.

Así que me será más difícil explicarme y muy doloroso.

Notario...

cuéntemelo todo. Todo.

¿Está enfermo mi hijo?

No sé si puede ser eso. Pero su estado...

¿Su estado?

¿Pero qué le pasa?

Dígame, ¿qué le pasa?

Cálmese, por favor. Su salud no corre peligro.

Antonio está bien, pero...

¿Pero qué?

Notario, por favor...

hable claro y sin rodeos.

¿Qué ha sucedido?

Que mi hija, después de 12 meses de matrimonio,

está igual que cuando salió de casa: Intacta.

Intacta...

- ¿lntacta? - Sí.

Así es.

¡lmposible!

¡lmposible!

Ni viéndolo con mis ojos lo creería.

¿Sabe por qué me hicieron federal de Catania?

Porque estuve con 9 mujeres en una noche.

¿Cómo puede ser tan idiota de creer esa tontería?

- ¿Quién se lo ha dicho? - Mi hija no.

Su hijo se ha comportado con poca seriedad.

Cuidado con lo que dice.

Sé cómo es Antonio.

Lo conozco bien.

Siempre ha sido un donjuán.

¿Por qué iba a ser distinto con su mujer?

- ¿Por qué? ¿Por qué? - No lo sé.

En cualquier caso, cuidado, que esto quede entre nosotros,

que nadie se entere.

¿Y después?

Ya veremos cómo está el asunto.

- Tengo que hablar con mi hijo. - Me parece bien.

Es su deber.

Debe defender los intereses de su hijo,

y yo los de mi hija.

Pero los intereses de mi hijo y los de su hija... son los mismos.

Lo serían, si fuesen marido y mujer de verdad, pero así...

¿Cómo?

¿No se casaron con todas las de la ley?

Un matrimonio así es como si no existiese.

- Es nulo. - ¿Nulo?

¿Qué es nulo?

Eso lo dice Ud., porque le conviene.

No lo digo yo, sino la Iglesia.

¿Qué Iglesia? ¿La de quién?

¿Cuándo ha dicho tal cosa?

Aún no lo ha dicho, pero lo hará.

Me da asco.

Tiene el alma sucia.

El corazón como una piedra.

Vomita tinta negra como los calamares.

Si se pone así, me marcho.

¡Pues váyase!

¡Váyase!

Y no creo ni una palabra de lo que ha dicho.

Hablaré con Antonio y ya veremos.

Sí, hable con su hijo.

Buenos días.

- Saludos a su esposa. - Le importan un bledo, guárdeselos.

¿Lo has oído?

¡Mentiroso!

¡Calumniador!

Imagínate, nuestro Antonio.

No, no.

No. Que se lo cuente a sus clientes.

A esos cuatro bobos que le ríen todas las gracias.

Pero a mí no.

Voy a volverme loco.

Estamos aquí quejándonos, en vez de hacer lo que debemos.

¿El qué?

Hablar con Antonio.

Sí.

Tienes razón, es verdad.

Hablaré con él.

Ven.

¿Cuál era su número?

Lo sabes: 17420.

No, no lo sé.

Ni querría saberlo.

Un número que empieza por 17.

- Dame las gafas. - Las tienes puestas.

Pues no veo nada. Marca tú.

Espero que no conteste el notario.

Porque le hago morder la lengua.

Oiga...

- Diga, ¿eres tú, papá? - ¡Antonio!

- Sí, soy yo. - Antonio...

¿Qué te sucede, papá?

Pregunta que qué pasa. Antonio...

No sabe nada.

Sabía que era todo mentira.

Verás.

Va todo bien, ¿no hay novedad?

No, que yo sepa.

¿Ninguna en absoluto?

Ninguna.

Te he llamado para decirte que tu suegro es un canalla.

¿Por qué lo dices?

Ha venido hoy y me ha disgustado,

con algo que me ha dicho.

¿Hay alguien contigo ahí?

Sí, pero habla.

Está loco, de atar.

Es un canalla.

Cada palabra que dice...

Me da asco sólo de pensarlo.

¿Sabes qué se ha atrevido a decirme?

Que Barbara...

¡Qué bárbara! ¡Aún está como cuando salió de casa.

¡lntacta!

Antonio...

Don Antonio...

- ¿Qué le pasa? - Nada.

¿No se encuentra bien?

No es nada, vete, vete.

¿Por qué ha ido a ver a mi padre?

No podía hacer otra cosa.

Ha ocurrido una desgracia, ¿qué podía hacer?

¿Por qué ha ido a ver a mi padre?

Dígame, ¿qué sabe?

Sé todo lo que necesito.

- ¿Todo? - Sí, todo.

¿Por qué no habló conmigo en vez de con él?

- Se podía... - ¿Qué se podía?

Sé bien cómo son estas cosas.

No hay más remedio que convencer a Barbara.

- ¿De qué? - De que asuma lo que es.

Una señorita que nunca se ha casado.

Quién debe juzgar eso no somos ni Ud. Ni yo, sino Barbara.

Es mujer cabal y sabrá juzgar bien.

¿Sabes que tu padre ha ido a ver al mío hoy?

- Lo sé. - ¿Desde cuándo?

Me enteré después.

¿Como pudo decidir algo así sin consultarte?

Dime la verdad: ¿apruebas lo que ha hecho?

- ¿Te parece bien? - Sí.

Juramos seguir queriéndonos igual o más.

¿Cuántas veces me has dicho que Dios bendecía nuestra casa?

Pero ahora he sabido que la Iglesia no nos bendice.

- ¿Por qué? ¿A quién hacemos mal? - A nadie.

Pero nuestro matrimonio no existe ante Dios.

¿Desde cuándo lo sabes?

Desde que me lo explicó el arzobispo.

- ¿Hablaste de esto con él? - Sí, hace siete días.

¿Por qué? ¿Por qué se lo contaste a tu padre?

Fue Francesca. Cuando la echamos el verano pasado.

Y tuve que confirmárselo.

¿Por qué se interesó por nuestra relación hace sólo 7 días,

si hacía meses que lo sabía?

- Seguro que tiene planes para ti. - No lo sé.

¿Dónde está el amor que me tenías?

Contéstame.

¿Dónde está el amor que me tenías?

Te querré siempre,

pero no como una esposa a su marido.

¿Por qué no?

Porque no somos marido y mujer.

¿Desde cuándo?

Nunca lo hemos sido.

No lo sabía. Pero ahora lo sé.

¿No ves que desde que me lo explicaron,

no puedo estar contigo sin ruborizarme?

No, Barbara.

Debemos confesarle a la Iglesia nuestro error, y que lo subsane.

¿Cómo?

- Anulando el matrimonio. - ¡No!

- Porque lo contrajimos mintiendo. - No.

Sí, mintiendo.

- Has hecho mal escuchando. - ¡Barbara!

No deberías haberlo hecho.

Antonio...

Esto no puede seguir así.

No te pongas así, no te desesperes.

Antonio...

Estoy dispuesto a arrodillarme ante Barbara, ante su padre,

si los ofendí sin querer. - No es culpa tuya.

No te debes arrodillar ante nadie.

Mi querido Antonio, hermoso como el sol.

Antonio, Antonio.

Déjalo, ¿no ves que quiere estar solo?

Voy a enloquecer.

¿Cómo es posible? ¿A qué se debe?

¿Qué ha ocurrido?

¿Qué ha pasado, Antonio?

¿Por qué?

¿Ha hablado contigo?

Deberías hablar conmigo.

Soy tu padre.

Es conmigo con quien debes hablar.

Dime una cosa:

¿Barbara es como las demás mujeres?

Claro que sí.

Las mujeres estamos hechas todas igual.

Cálmate, quizás...

quizás aún se pueda hacer algo.

Cállate, anda.

Lo hiciste a propósito, no te apetecía, ¿verdad?

- Contéstame. - No le contestes.

No importa, cariño.

Déjalo en paz.

Si tiene ganas de hablar, ya lo hará.

Antonio, por favor.

Dime que lo hiciste a propósito.

Sí, papá, así fue.

Gracias, Dios mío.

No quiero saber más.

Sé bien qué debe hacerse.

También yo lo sé.

Oiga.

¿Es Ud., Sr notario?

Soy Alfio Magnano.

Le propongo una cosa:

Venga hoy conmigo e con mi hijo a junto de una mujer.

Una mujer, sí.

Podrá mirar,

y verá que mi hijo no es impotente. ¿Entendido?

¿Quiere hablar con Barbara? Se lo digo enseguida.

Pero tiene el corazón muy severo.

¿Qué quiere decir?

Un corazón que Dios creó para desconcertar a los sacerdotes.

Sus sentimientos son normales.

Sólo podemos aprobarla y admirarla.

Pero si hiciese caso a mi corazón y no a la razón,

a esa chica no la dejaría entrar en la Iglesia ni muerta.

Padre, déjeme hablar con ella.

Está en la sacristía, la verá enseguida, pero será inútil.

Las narices ya han olido el dinero.

¿Qué quiere decir?

Sí, han olido el dinero.

El duque de Bronte, que se casará con Barbara tras la anulación,

es multimillonario.

Entiendo.

A veces lamento que Dios me hiciese caso,

cuando le rogaba que calmase a mi hijo, que era un donjuán.

¿Lo quieres tranquilo? Contestó el Señor,

pues ahí lo tienes, frío como un témpano.

¿Puede ser, padre,

que Dios me quisiera castigar con esta vergüenza?

No es una vergüenza.

Su hijo no ha matado ni robado, ni ha poseído a la mujer ajena.

Sí que es una vergüenza.

Y la Iglesia les da la razón.

No se la da a nadie, sólo anula el matrimonio.

¿Le parece poco? Lo anula.

Es lo que quiere Barbara, el notario y el duque.

También el arzobispo ha olvidado los favores que le hizo mi marido.

Nadie quiere ayudarme.

- Ni Ud., padre Raffaele. - Lo que dice es injusto.

Le besaría los pies a su hijo, porque soy un gran pecador.

Es Barbara quien debería besárselos, no Ud.

Qué confundida está. Adelante, señora.

Antonio debe pedirme perdón por ofenderme.

¿Qué dices?

¿Pero qué estás diciendo? ¿Por qué te ha ofendido?

Lo quería con toda el alma,

y creía que él también me quería. - ¿Entonces?

- ¿No era verdad acaso? - No, ya no soy una niña.

- Ahora lo sé todo. - ¿Qué sabes?

- Lo que una mujer casada debe. - Explícate.

Antonio nunca me ha querido.

Me trató como a un trozo de madera.

Si te traía en palmitas.

- Le brillaban los ojos al mirarte. - Me despreciaba.

Si no me explicas por qué, creeré que es una excusa.

¿Entonces por qué me trató así?

Vamos, Barbara...

Somos dos mujeres casadas, ya no eres una niña.

A tu edad ya tenía un hijo de 12 años.

No es culpa mía que no tenga hijos.

Cuidado, niña.

No me faltes al respeto.

Soy buena y amable, pero ese tono con el veneno de los Puglisi

no te las consiento.

- Adiós. - ¡Espera!

No me impresionas.

Puedes estar de pie, sentada, acostada,

cabeza abajo o con los pies en alto,

pero de aquí no salimos hasta que se sepa la verdad.

- La sabe. - Calla. Hablo yo primero.

Lo del desprecio de Antonio no me lo creo,

sabes que no te desprecia, te ama con locura.

- Sí, pero... - Pero nada.

Le ha ocurrido una desgracia.

Puede pasarle a cualquiera.

¿Sabes cuándo ocurre?

Cuando se quiere demasiado.

Cuando el corazón late demasiado.

Cuando la persona que se ama se cree algo celestial.

No soy una criatura celestial.

Espera que acabe de hablar.

No te habría pasado nada por esperar un poco.

No te estabas muriendo.

Esperaba que me consolara, sabiendo lo que he sufrido.

¿Qué has sufrido?

¿A mí me vienes con esas historias?

Mi marido se fue a la guerra a los 20 días de casados,

y lo esperé tranquila dos años,

sin desasosiego.

¿Qué importaba lo otro?

Se acabó.

No pienso tolerar que me ofenda.

Entiendo.

Hiciste mal hablando con ella.

No debiste darle esa satisfacción.

Ahora sé como hay que hablar con los Puglisi,

esos asquerosos.

Con mala uva, como ellos.

Me he aprendido algunas palabras hirientes,

y cuando me encuentre a alguno...

- Ve a casa sola. - No podrás con esos zorros.

Vete a casa y déjame solo.

¡Padre!

¡Padre Rosario!

Buenos días, padre.

Discúlpeme.

Explíqueme una cosa, Ud. Que sabe de esto:

¿cómo es que la Iglesia anula un matrimonio

por un motivo tan vulgar?

No sé nada de eso.

No quiero meterme en los asuntos de los jóvenes.

Ellos se lo guisan y se lo comen. No me meto.

Sólo quiero saber sobre el asunto en general,

no con respecto a mi hijo.

Hablemos como buenos cristianos y parientes.

Comprendo su dolor e indignación, pero...

Por favor, entremos en ese portal.

Así podremos hablar mejor.

Explíquemelo ahora.

¿Por qué anula la Iglesia un matrimonio

basándose sólo en que los cónyuges no cumplen?

¿Qué quiere la Iglesia? ¿Que noche y día?

El matrimonio es un sacramento.

Pues por eso.

Algo sagrado no puede romperse de la noche a la mañana,

sólo porque el marido no quiera... - No blasfeme.

Entonces el matrimonio sólo es eso.

No. De eso nada.

Le repito que es un sacramento.

¿Y sabe quiénes son los oficiantes?

Los esposos.

El sacerdote lo consagra, no lo oficia.

Muy bien. ¿Pero dónde dice que si el marido no quiere...

queda anulado el sacramento?

No diga esas cosas, por favor.

El matrimonio consta de dos elementos:

Uno espiritual y uno material.

De acuerdo.

Y si una persona lo considera sólo una unión espiritual,

¿qué tiene que decir la Iglesia?

En el matrimonio, el acto material es tan sagrado como el espiritual.

Caro una sanguis unus.

- Hable en cristiano y explíquese. - Una sola carne y una sola sangre.

¿Ahora aprovechan ese subterfugio?

Tras echarle el ojo a las tierras de los Bronte.

Y cuando mi hijo en Roma y yo en otros sitios practicábamos

el "caro una sanguis unus", con otras mujeres,

¿por qué los confesores se enfadaban tanto?

No quiere razonar.

Practicaban el "caro una sanguis unus"

con mujeres que no eran la suya.

No eran las nuestras, pero disfrutaban siéndolo.

¡Le ruego que no diga esas cosas!

- Hablo como quiero y cuando quiero. - Entonces, me voy.

Pues lo persigo y lo avergüenzo por la calle.

No puede decir nada que me avergüence.

Diré que la carne de los Puglisi se vende al mejor postor.

- Se equivoca. - De eso nada.

- Sí. - No.

- Sí. - No.

Buenas tardes.

¿Está mi primo Antonio?

Tiene el sarampión.

No se le puede acercar nadie.

Ni su mujer.

Porque la Srta. Barbara no lo tuvo de pequeña.

- Y si no se tiene de pequeño... - Vale, vale.

¿No puedo hablar con él a través de la puerta?

Han dicho que no entre nadie.

Qué bonita eres.

Pequeña, pero bonita.

Me encantan las mujeres pequeñas.

¿Adónde vas?

Ven aquí.

Espera.

¿Tienes miedo?

Levanta la cabeza. Déjame que te vea.

Váyase, D. Antonio no quiere hablar con nadie.

Pues déjame hablar con su padre.

No puede entrar, no quiere ver a nadie. ¿Qué puedo hacer?

Santuzza, ¿quién está ahí?

Hola, tía.

Ah, Edoardo, eres tú.

¿Cómo estás?

- ¿Has vuelto? - Sí.

Llegas como agua de mayo.

- ¿Te has enterado? - Sí.

Edoardo...

Puedes ayudarnos,

Antonio tiene confianza contigo.

No nos atrevemos a hablar con él.

Me harías un gran favor,

si consigues que te diga la verdad.

Lo intentaré. No os preocupéis.

¿Quién es?

Yo, Antonio.

¿Qué tal estás?

Pasa, Edoardo.

¿Has vuelto?

¿Cómo estás?

No me digas que también me ves cambiado.

Me lo dicen todos los que me encuentro.

¿En qué has cambiado?

Estoy harto. Harto de todo.

He dimitido del cargo que conseguí con tu recomendación.

Ahora sé cómo son mis paisanos y los hombres en general.

Créeme...

la gente es muy mala.

Y me da miedo.

Ahora entiendo por qué regresaste de Roma.

¿Sabes que mi mujer se casa con el duque de Bronte?

Sí, lo sé.

¿Por qué crees que lo harán ella y su familia?

Porque los Bronte son muy ricos.

Hoy es lo único que cuenta, ya lo sabes.

¿Sigues teniendo el 600?

No, me cansé y lo cambié.

Me compré otro mayor.

No sé ni por qué.

Llevo más de un mes encerrado, sólo veo a Santuzza.

Ya no sé cómo es el mundo.

Sácame de aquí, llévame a dar una vuelta.

- ¿No quieres que hablemos? - ¿De qué?

De tu mujer.

De lo que te ha ocurrido, de ti.

No hay nada que decir. Nada.

Cuando me fui de Catania, lo perdí todo.

Ya no me queda nada.

Me refiero a capital moral.

Las rentas de la hacienda materna las conservo aún.

Y por eso, sin importarme lo demás, iré con cautela.

Lo que menos cuesta conservar es la miseria de Catania.

Aquí por lo menos nos conocemos,

sabemos que raza de lobos somos.

Todo lo antiguo por lo menos es noble.

Te quejas.

Has descubierto que los hombres son ruines y malvados,

corrompen y se dejan corromper.

Me traen sin cuidado sus ideas políticas.

Han gozado de lo que yo nunca pude.

- ¿Nunca? - Nunca, me has oído bien.

¿Pero cómo es posible?

Nunca con quien me gustaría,

con una mujer a la que amase de verdad.

Entonces con alguna no, pero con las demás sí.

¿Con todas las demás?

Confieso que también yo.

Si, a veces también...

No siempre, ni muy a menudo, pero...

Pero a veces...

¿Qué quieres? Quien monta a caballo a veces se cae.

Hasta los 18 años hice el amor en sueños.

Después, un día lo hice a media en una casa de Via Matteo,

y por la noche vomité.

Desde ese momento no volví a conseguirlo.

Ni en sueños ni a medias.

Cada vez que me metía en aquel callejón,

sentía ganas de vomitar, como si estuviese mareado.

Al mismo tiempo, me enamoraba,

pero de todas las mujeres, como un tonto.

¿Pero cómo es posible? No lo entiendo.

Si todas las mujeres estaban locas por ti.

Eso lo decíais vosotros, pero yo veía las cosas de otro modo.

En Roma, el año que llegué, me ocurrió algo nuevo.

La noche que llegué fui a cierta casa,

y antes de sentir temor o náuseas, conseguí ser un hombre.

Bien, ¿y después?

Me pareció tan increíble que salí gritando de felicidad.

Besé todas las puertas y paredes que encontré

entre el lugar de la victoria y mi casa.

Fue la época más bonita de mi vida.

Era joven, las mujeres me querían,

y de vez en cuando conseguía hacer feliz a alguna.

Criadas, fulanas, estudiantes...

- Pero un día conocí a una mujer. - Sigue...

Era muy hermosa, un ángel.

- No parecía de este mundo. - Exagerado.

Se llamaba Paola.

La conocí en casa de unos amigos de Roma.

Empecé a salir con ella.

Fue mi primer amor.

¿No intentaste nada con ella?

Pasaba la mañana entera con una mujer,

en casa de una fulana. Pero con Paola...

¿Pero os acostasteis juntos o no?

Una noche que volvíamos en coche la besé con pasión.

Y aunque había pasado la mañana con una fulana,

sentí otra vez...

Sentí aquella fuerza que...

¡Qué rodeos das, Antonio!

Llegamos al portal de su casa, y antes de subir la escalera...

Deja los detalles.

Cuéntame el resto en orden.

¿A qué cuarto te llevó?

- A su dormitorio. - ¿Directamente?

- Sí. - ¿Y después? ¿Qué hicisteis?

Cuéntame, ¿qué pasó?

Apagué la luz y nos abrazamos.

De repente sentí un temor horrible, que me paralizó.

Ella se quedó sentada en la cama, me deslicé hasta su lado,

con la boca tapada con las mantas,

los labios me temblaban.

Desde entonces no he podido, ni con ella ni con las demás.

Ni con ninguna mujer de la que me he enamorado,

y han sido muchas.

Pero a ninguna la amé como a Barbara.

A ninguna.

Con Barbara estaba...

Estaba seguro de conseguirlo.

Estaba seguro, ¿sabes?

Por eso me casé con ella.

Qué guapa es. ¿Por qué no lleva velo blanco?

- Es su segunda boda. - ¿Es viuda?

No, el primer marido aún vive, pero dicen que no sirve para nada.

Edoardo, tú lo sabes,

dime la verdad.

No la sé. Antonio está un poco mal.

No me lo creo, lo hizo a propósito.

No fue así.

¿Cómo iba a hacer tal bobada durante tantos meses?

Tiene que hacer algo, debe hacerlo por su bien,

Si no, le rompo la cara.

Debe buscar una amante, dos, tres, o cuatro.

Búscale cien, si quieres, pero no te lo aconsejo.

¿Entonces qué hacemos?

¿No cruzamos de brazos?

¿Aguantamos las burlas de todos los que pasen?

No se debe tensar demasiado la cuerda,

sobre todo si no es muy resistente.

Entonces ya no tengo un hijo varón.

Mi hijo ha muerto.

Lo tenía y ha muerto, ¿entiendes?

Antonio está muerto.

¡Ladrones! Ladrones de nuestra sangre.

¡Bandidos impíos!

Sí, habéis comprado a las personas y la justicia,

con vuestro dinero asqueroso.

Os habéis unido a otros ladrones, más ladrones que vosotros.

Santurrones asquerosos y miserables.

Que os apoderáis de esta tierra maravillosa.

Os habéis puesto de acuerdo y habéis hecho el negocio

a vuestro gusto, ¿no?

Y ahora os repartís el pastel.

Pero volverán los días en que os podremos escupir.

- Los tiempos de los hombres con... - Vamos.

- Vamos. - ¡Ladrones! ¡Hipócritas!

¡Asquerosos!

¡Abajo el Gobierno!

¡Abajo el Gobierno!

- ¿Quieres divertirte? - Déjame en paz, zorra vieja.

Lo hizo a propósito. A propósito.

Dame fuego.

- Toma. - Gracias.

Abuelo, vete a dormir.

A su edad puede darle algo.

Ojalá me diese algo y me cayese muerto.

Quiero que todos sepan que Alfio Magnano

a los 60 años aún iba con mujeres.

Ábreme, María.

Buenas noches, D. Alfio. ¿Qué se le ofrece?

¿Qué dirá la gente, si le ven entrar?

¿Que D. Alfio pasa la noche en este barrio?

Eso quiero. Que todos sepan que estoy aquí.

Quiero que toda Catania sepa

que Alfio Magnanno, a los 60, aún va con mujeres.

- ¿Y si se queda? - ¿Qué quieres decir?

Si le da un ataque.

A su edad no sería raro.

¿A mí? Soy un león.

Antaño, cuando entraba en un sitio,

los maridos hacían salir a sus mujeres.

Ha llovido desde eso.

Pues por si quieres saberlo,

hace unos años tuve un hijo.

¿No me diga? ¿Con quién?

Con una cajera.

- ¿Dónde está? - Muerto.

¿Qué te crees?

¿Que sólo tuve a Antonio, a ese imbécil?

Muchos cornudos han criado a los hijos de Alfio Magnano.

¿Quiénes son los otros hijos?

- El juez Rosino. - ¿No me diga?

- Sí. ¿Lo conoces? - Claro, muy buena persona.

Pero tacaño.

De niña me pagaba con un huevo duro.

También el subdirector del instituto.

¿El de la cara fúnebre?

El mismo.

Tengo otro oficial de Marina que está embarcado.

¿No me diga?

Y si me da un ataque, todos dirán

que Alfio Magnano murió cumpliendo con su deber.

Como quiera.

Allá usted.

Alfio, amor mío.

Señora, está listo.

Señora...

¿Cómo voy a comer, a dormir...

cuando mi amor está muerto en aquella cama?

Santuzza...

Santuzza, ¿qué te pasa?

Por el amor de Dios, Santuzza.

¡Santuzza!

¡Santuzza!

Santuzza... Espabílate, ¿qué te pasa?

¡Antonio!

Antonio, Santuzza está mal.

Santuzza, vamos...

¿Qué te pasa?

¿Que te sucede?

Me da vergüenza.

¿Vergüenza?

¿Por qué? ¿De qué?

- Me da vergüenza. - ¿Qué has hecho?

¿Estás embarazada?

Sí.

¿Por qué no me dijiste nada?

¿Por qué?

¿No he sido siempre como una madre para ti?

Ahora es inútil llorar y avergonzarse.

Lo hecho, hecho está.

¿Quién fue?

Dime, ¿quién fue?

¿Quién pudo ser el ladrón, el sinvergüenza?

Si no te perdí de vista desde que llegaste.

¿Fue en el campo?

- Dime, ¿fue en el campo? - Sí.

- ¿Fue el cerdo de Nunzio? - No.

- ¿Su hijo Turidu? - No.

- ¿Un vagabundo, un jornalero? - No, no.

¿Entonces quién?

Por Sta. Genoveva, ¿quién?

Si he nombrado a todos los hombres que había allí.

¡Antonio!

¡Mi niño!

La has dejado encinta tú.

- Anfio, mira. Ha sido él. - Santuzza...

Perdone, señor.

Deben saberlo todos.

Así lo querría él.

Ven.

¡Abogado Ardizzone!

¡Abogado Ardizzone!

¡Senador!

- ¿Qué pasa, doña Rosaria? - ¿Sabe la noticia?

- Diga, diga. - Santuzza está encinta.

¿Sabe de quién?

- ¡De Antonio! - ¿De Antonio?

Qué va, era virgen.

Tenía náuseas.

No había visto nunca un hombre, ni en sueños.

¡lntacta!

- Sí. Sí, claro. - ¡Antonio!

- ¿Y Antonio? - Está allí.

¡Bravo!

¡Bravo, Antonio!

Lo sabía.

Fui la única que lo dije.

Lo dije siempre.

Bravo, amor mío.

Amor mío, eras demasiado guapo.

- Demasiado guapo. - Elena, me ahogas.

- Gracias, muchas gracias. - Enhorabuena, muchacho.

- Enhorabuena y felicidades. - Gracias.

¿Se puede?

- Adelante, tía Giuseppina, pasa. - ¡Antonio!

- ¿Es verdad? - Sí, ha sido Antonio. Es de él.

- ¿Dónde está ella? - Allí.

¡Es verdad! ¡Es verdad!

- ¿Te casarás con ella? - Sí, claro.

- ¿Cómo le pondréis al bebé? - Alfio. Eso ni se pregunta.

¡Alfio, Alfio, Alfio!

Ahora sólo debes ocuparte de una cosa.

Y hay que celebrar este acontecimiento,

aunque estemos de luto.

Venid. Ven, ven. Ven, tía Giuseppina.

Siéntate aquí.

¡Santuzza!

Santuzza, trae vasos, cielo.

¿Dónde vivirán los esposos? ¿Aquí contigo?

Sí, aquí. Claro.

Ojalá él estuviese aquí.

- Pero nos ve. - Qué contento estaría.

Sí, es verdad.

Muchas gracias.

Esto me lo regaló Alfio cuando nos casamos. Bonito, ¿no?

Salud.

- Antonio, ¿eres tú? - Sí.

Soy Edoardo.

Me he enterado de la noticia.

Me alegro por ti.

¿Por qué? ¿Por qué estás contento?

¡Pero, Antonio!

Toda Catania lo sabe.

¿Y Barbara?

¿No te das cuenta de que puedo pensar en Barbara?

- Que la añoro. - ¡Siempre con Barbara!

¿No sabes pensar en otra cosa?

Hay cosas más importantes que un amor perdido.

Ahora tienes por delante toda una vida,

plena, rica.

Tendrás una familia como todos,

la casa, el naranjal...

y un hijo, Antonio.

Tu hijo.

Y quiero ser el padrino de Alfio.

No te olvides.

Y cuando vayamos a bautizarlo, quiero alzarlo bien alto,

para que lo vean todas las malas lenguas de la ciudad.

Que se mueran de rabia.

Antonio, ¿me escuchas?

Al fin podrás ser lo que de verdad eres:

Un hombre.

Sin esa maldita obsesión que te atormenta.

Puedes ser como todos.

Antonio...

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