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¡Traed aquí esa leña!
Capitán,
tenemos visita.
¡Santo Dios! -Por los clavos de Cristo.
Apareció de la nada.
Lleva haciendo lo mismo desde que lo vimos.
Hagan ustedes lo mismo.
-¿Cómo dice?
Que baje al suelo y haga lo mismo que este hombre.
¡Vamos, al suelo!
-¿No habéis oído? ¡Al suelo! -¡Bajen las armas!
(HABLA EN OTRO IDIOMA)
¡Ah!
¿Qué hacemos con él? ¿Lo apresamos?
No.
A no ser que quiera enfrentarse a otros 100 como él
que vendrán a rescatarle.
Tan monstruosos eran los pies de aquel gigante,
que el capitán Magallanes decidió llamarlo Patagón.
De aquella tierra en la que nos vimos obligados
a pasar cinco meses tan largos como cinco inviernos,
la Patagonia,
la tierra de los gigantes.
Por Dios os juro
que no sabíamos que el viento pudiese llegar a matar.
Una docena de conejos.
Con esto tocamos a un conejo cada 20 personas.
(ACENTO ITALIANO) Seis playas al norte hemos visto...
muchas vacas grandes, mas sin piernas.
Pero "io" no me acerco, son "feroce".
Tienen colmillos de este tamaño, grande "così".
"E un altro" bicho, extraño.
Una mula, un camello.
Que "fa così."
Traed todo lo que se pueda echar a la cazuela.
¿"Per caso" vamos a pasar aquí todo "l'inverno"?
Eh, mi niño.
Cojeando y con la única idea de hacer pagar cara al rey Manuel
la mísera moneda de plata que le negó,
así dejó Magallanes su patria.
A hurtadillas.
Y con las botas roídas por el rencor
como hacen los traidores.
Todo a cambio de una capa nueva,
un título de capitán general
y 237 marineros con cara de perro
a los que no tendría más remedio que llamar tripulación.
Una tropa de españoles, negros y vascos,
todos ellos desesperados, hechos y derechos,
que venderían su alma al diablo por recibir sus arras,
pero que con menos gusto acatarían las órdenes
de un desertor portugués.
A regañadientes nos confesamos,
a regañadientes besamos su mano y le juramos lealtad,
a regañadientes acatamos la prohibición de embarcar mujeres
y a regañadientes llegamos hasta el Nuevo Mundo.
Cuarenta jornadas nos llevó cruzar el Gran Mar.
Más de lo necesario,
pues aquellas cinco carracas iban en exceso cargadas.
El 13 de diciembre del año de Gracia de 1519,
atracamos en un pequeño puerto al que los portugueses llaman...
Río de Enero.
Pasada la Navidad, alcanzamos el Río de la Plata
y Montevidi.
Nunca nadie navegó tan lejos.
Si la tan secreta misión de aquel portugués
era hallar el fin del mundo,
muchos empezábamos a sospechar que este no debía andar lejos.
¿Y si no hay primaveras?
¿Y si Dios creó aquí solo inviernos?
Uno detrás de otro.
Tú, pisaverdes.
¡Eh!
Eres más listo que todos nosotros.
¿Eres amigo del emperador Carlos?
¿No dices conocer al Papa?
Seguro que tú sabes qué mierda hacemos aquí.
En mitad de la nada.
Las aguas.
El mar está helando.
Hasta los pelos de las orejas se nos están helando.
Si continuamos la "nostra" ruta, puede ser mucho peor.
Contra más al sur vayamos, más frío encontraremos.
Las aguas podrían helarse.
El barco "non" navega sobre hielo, ¿no?
Acabaríamos en un lugar mucho peor que esto.
-Mejor estar "qui" en esta playa que no "fuori".
¿Y por qué demonios no damos media vuelta?
¿Acaso no sería más razonable invernar en el Brasil?
El almirante es como los perros,
"no sa andare" hacia atrás.
(LADRA)
(RÍEN)
¿Qué mierda estás remendando?
Una pala.
Un "pallone da calcio".
"Pallone da calcio."
Cóseme una manta como la del Papa.
Una que abrigue de verdad. -(CHISTA)
Elcano.
"Il" campo será esta playa.
"Due" escuadras.
¿Estáis en fila? -¡Estamos!
¡Sí!
"Siamo quattro portoghesi, tre italiani e un noruego."
"Vergue, qui."
¿Cuántos españoles sois?
Diez españoles y yo, que soy de Burgos.
La vejiga de una vaca "di mare" será la pala.
Las escuadras
lucharán entre ellas para hacer llegar la pala
y no al pie de la bandera contraria.
Y ahora, ¿qué?
Puede conducirse la pala como se desee.
-¡Corre! ¡Corre!
-Lanzándola a un compañero
o portándola uno mismo.
-¡Que no se escape!
-"Per detenere al rivale" puede usarse "le mani",
las rodillas, le...
¿Cómo "si chiama questo"?
Codo. -...el codo.
Vale "tutto".
¿Y quién gana?
"Il più forte."
El más despierto.
"Soprattutto."
El que golpea primero.
-¡Corre, Antonio!
Aquel fue un buen día.
Uno de los mejores.
El único de los últimos dos meses
en que nos vimos la sonrisa unos a otros.
A falta de mujeres,
qué mejor consuelo que liarnos a puñetazos entre nosotros.
Ahí estaba Juan de Cartagena,
el veedor de la corona y primo del mismísimo Fonseca,
que por fin podía dar rienda suelta
a su mal disimulado odio por todo lo que no fuera español.
Andaba por la playa persiguiendo portugueses a los que arrear.
Gaspar de Quesada, como buen noble,
no paró de dar instrucciones a su escudero
haciendo que fuera él quien recibiese los golpes.
Luis de Mendoza, el tesorero real,
se cansó rápido.
Hasta Sánchez de la Reina, el párroco,
se arremangó la sotana y se lió a mamporros.
A ese nadie quiso atizarle con fuerza,
no fuera a recibir represalias de mayor calado.
Gómez Espinosa golpeaba duro a pesar de su baja estatura.
Tenía un puño capaz de tumbar a una mula.
Aún así, mejor era encontrarse con Espinosa
que con el mono pintado, ese sí que no se andaba con chiquitas.
No recuerdo quién fue el vencedor.
Solo sé que aquella mañana
al sol le dio por brillar en nuestra playa.
(Risas)
(Risas)
(MUJER) Aquí tiene.
(Murmullos)
Juan Sebastián Elcano.
Contramaestre.
Nao Trinidad.
3000 maravedíes.
(MUJER) ¡Esas manos, cerdo! -Nueve meses.
Seis si todo va bien.
¿Quién comanda la expedición? -Un portugués.
¿Y dónde vamos?
-Eso tendrás que preguntárselo al portugués.
Solo él y el rey Carlos saben dónde diablos nos mandan.
(MUJER) ¡Que me dejes!
El salario no era del todo malo y, aunque lo fuera,
tampoco parecía haber mejores ofertas
para un viejo lobo de mar como Elcano.
No era él uno de esos hombres
a los que la suerte les susurra en la oreja
cada vez que lanza los dados.
Tres meses habíamos pasado
en aquella tierra olvidada de Dios.
Tres meses en los que a excepción del gigante,
no volvimos a toparnos con criatura alguna
que se asemejase a las personas.
Al sur las aguas se congelaban
y las playas se poblaban de una suerte de cangrejos
de los que nos vimos obligados a alimentarnos.
Vimos playas en las que pacían cientos de vacas de mar
y otras criaturas que, de contarlo, nadie creería.
La tierra de los gigantes.
El fin del mundo, la tierra sin final.
Intentamos 100 nombres para un mismo lugar.
Si esta había de ser nuestra tumba,
a buen seguro descansaríamos
en el más silencioso de todos los cementerios.
Fuese como fuese, aquel no parecía el mejor camino.
En poco se parecía aquella desoladora playa
a la isla de Jauja, a las Molucas o a la China.
(TOSE)
Puede que aquel capitán portugués hubiera convencido a su majestad
con buena y florida palabrería,
pero cada día eran más los malos rumores.
Estaba loco o era imbécil.
O su única misión era acabar con todos nosotros
y congraciarse así con su verdadera patria,
Portugal.
Cada vez éramos más
los que escondíamos el rostro de un desertor bajo las barbas.
Esa misma noche,
doce españoles aprovechando su turno de guardia,
hicieron buen acopio de provisiones,
cargaron uno de los bergantines
y poco les faltó para lograr desertar.
La Trinidad.
Valiente empresa.
Abandonar a los suyos a su suerte.
Sin víveres.
Condenarnos a todos a una muerte segura.
¡No quiero un solo desertor entre mis hombres!
¡Quien quiera irse es libre de hacerlo!
Que dé un paso al frente
y yo mismo le ayudaré a cargar una de las naves.
A Santiago, la pequeña.
¿Usted se queda con nosotros, Elcano?
Dé garrote a estos dos.
¡Piedad, capitán! -¡Por favor!
Siete años habían pasado desde que Vasco Núñez de Balboa
se diese de bruces contra un nuevo océano.
Desde entonces,
la necesidad de hallar una ruta marítima a las especias
se había vuelto una obsesión para España.
El paso a las Molucas seguía sin aparecer
y cada vez que un barco regresaba de América,
cuantos más países se descubrían más aumentaba la confusión.
Se declaraba Cuba como continente,
al Brasil como provincia de la China,
y a Florida como una isla.
Nadie puede aún determinar sin riesgo a equivocarse,
si aquella América es un continente o dos, o tres,
o solo un puñado de islas flotando como pan en la sopa.
Capitán, unas palabras.
Capitán, unas palabras.
-Espinosa,
¿ha repartido las guardias?
-Así es, capitán.
-Procure mantener la pólvora seca.
¿Ha racionado pan y vino?
A media ración, como usted ordenó.
Incluso a los oficiales.
Se lo ruego, capitán, disculpe.
¿Cuánto tiempo piensa seguir ignorándonos?
-Capitán, los hombres no están contentos.
Llevan nueve meses alejados de sus familias.
Desconocen cuál es la misión que les ha traído hasta aquí.
Las restricciones de alimentos y lo ocurrido esta mañana.
Capitán, no se trata tan solo de su vida,
también es la de estos 200 buenos marineros.
Ha alcanzado regiones jamás exploradas hasta ahora.
De regresar,
su gloria siempre quedará a buen recaudo.
-Escuche al señor Mendoza, capitán.
Es el tesorero real de esta armada.
Merece el debido respeto.
Esta escuadra pertenece a la corona de España.
De correr algún peligro,
es nuestro deber por mandato del emperador Carlos protegerla.
-Quizá podamos ayudarle... -Hace cuatro meses
que fondeamos en esta playa perdida de la mano de Dios.
Hoy ha ajusticiado usted a dos hombres inocentes.
Aquí, en un páramo donde no hay ni árboles para colgarles.
¿De verdad pasa por aquí el camino a las Molucas, capitán?
Mire a su alrededor.
Tiene usted la misma idea de dónde nos dirigimos
que el día que salimos de Cádiz.
Ninguna. No sabe dónde va.
Los hombres no acatarán más las órdenes de un portugués.
En nombre del emperador Carlos,
no permitiré que siembre esta playa de tumbas españolas.
Al emperador Carlos...
habla usted como si en verdad lo conociera.
Usted no sirve al emperador Carlos, señor Cartagena.
Usted sirve a su primo, el obispo Fonseca.
Al cual está defraudando gravemente,
demostrando con cada uno de sus actos,
que la inteligencia no es un bien que se contagia entre familiares.
Cumplo órdenes precisas... -Sus órdenes
son aguardar a que yo desvele mis planes.
Y ese día,
por los poderes que su primo le ha confiado,
arrebatarme la gloria
con el beneplácito del tesorero real
y de la iglesia
aquí presente.
Yo no he ajusticiado a esos hombres.
Han sido ustedes
y su falta de paciencia,
quienes les han empujado a cometer un estúpido y grave...
acto de traición.
Niéguelo y por Dios que le arranco la cabeza de cuajo.
Espinosa. -Capitán.
-Tiene que ocuparse de las batidas de caza, ¿no es así?
Así es.
Antes, aprese al señor Cartagena.
¡No se atreverá! -¡Engrillételo!
Y si es necesario, póngale una mordaza para no escucharlo.
Capitán, con el debido respeto, no veo conveniente...
-Señor Mendoza, el señor Cartagena permanecerá bajo su custodia,
confinado en la nao Vitoria.
Jure por Dios que cumplirá esa orden.
Lo juro.
Lo juro por el rey Carlos.
Deje en paz al rey Carlos.
Júrelo por su honor.
Que así sea.
Don Antonio Pigafetta, de la Lombardía, "passeggero".
Pasajero.
Pasajero.
No tiene mala pinta el italiano.
¿Qué sabéis hacer?
"Scrivere"... escribo.
"Bailare."
¿Y eso que lleváis ahí colgado? ¿Qué lo lleváis, de adorno?
Preferiría "non" usarla. Me gusta "come decorazione".
"Ma..."
si lo desean,
"porto una carta di raccomandazione".
-Su puta madre.
El sello de la cancillería.
Y esto es la firma del rey.
Apunta. Antonio de Lombardía.
Él sabrá lo que hace.
(HABLAN EN OTRO IDIOMA)
(HABLA EN OTRO IDIOMA)
Cada cierto tiempo el gigante nos hacía una visita.
En una ocasión,
trajo como presente unas pieles de aquellos bichos
que sabía que éramos aficionados a cazar
y algo de alimento para los bateles.
Creía, por no haber visto nunca naos y en su ignorancia,
que por ser más chicas estas barcas
debían ser hijas de los bergantines grandes.
Todo lo nuestro llamaba su atención.
(TOSEN)
¿Cuánto lleva así?
-Tres semanas.
Pronto mejorarás.
"Una vez que se despidió de la multitud,
entró en la casa..."
No, no mejoró.
Se murió.
Primero de frío y más tarde desangrado.
No sé qué fue antes.
Celebramos misa.
Una misa corta a la que casi nadie prestó atención.
Y no es que el muerto no cayera en gracia,
solo que escogió un mal día para celebrar su funeral.
Estábamos cansados.
A falta de pan, las tripas se nos encabritaban con más rabia.
Teníamos frío,
frío y miedo.
Y cada vez éramos más los que deseábamos
que fuera el almirante quien yaciera bajo aquella mortaja.
El que tenga oídos, que oiga.
(TODOS) Amén.
Era domingo de Ramos y olía a motín.
¿Quién anda ahí?
¿Y qué les trae aquí en mitad de la noche?
¡Elcano!
Usted está de parte de los españoles.
Lealtad al rey.
Abra bodegas y doble raciones de pan y vino a estos marineros.
Se lo han ganado.
¡Almirante! ¡El mensajero de la Victoria!
Por orden del tesorero de su majestad, don Luis de Mendoza,
y dado el maltrato de la autoridad del capitán Magallanes
nos hemos y habemos de padecer,
la nao San Antonio ha sido embargada.
La habéis tomado al asalto, habéis derramado sangre.
En cumplimiento con las provisiones de su majestad...
¡Ya basta!
Suba aquí, Francisco.
¿A quién han puesto al mando de la Victoria?
Tienen tres naves en su poder.
Nos han ganado por la mano.
Suficiente ventaja para hacer rendirla, capitán.
¿No es así?
Créeme, hijo,
para dar orden de cargar estos cañones
solo hace falta un traje de capitán,
pero para ordenar dispararlos hacen falta muchas agallas.
Y yo tengo esta nave repleta de agallas.
Don Luis de Mendoza,
Gaspar de Quesada
y el capitán Cartagena,
mantienen presa la tripulación.
Los tienen atados de pies y manos.
No confían en que se pongan todos de su parte.
¿Han cargado cañones? -Sí.
¿Qué va a hacer, almirante?
A estas alturas, mi mujer y mi hija ya mendigan
a la puerta de alguna iglesia.
No tengo mucho que perder.
¿Qué te trae por aquí, Espinosa?
Una carta de amor.
Unos versos que os ha escrito el almirante.
Lee.
Viene sellada.
Dejad que suba.
Hijo, aparta eso.
Bájalo o subo y te lo meto por el culo.
Viene a nombre de don Luis de Mendoza.
Es a él a quien habéis nombrado almirante, ¿no?
El almirante Mendoza
está en su camarote.
Ya sabes el camino.
No me vais a pillar.
Ah, ¿no?
Trae.
¿Qué coño está pasando ahí dentro?
¡Fuego!
(Disparos)
(Gritos)
¿Qué cojones ocurre? -Es el almirante.
Nos están abordando. -Hijo de puta.
Están bajando. ¡Aguantad!
¡Ah!
¡Disparad!
Cárgala.
(Gritos de dolor)
(Disparo)
(Disparo)
Vamos a la bodega de proa.
(Disparo)
(Gritos de dolor)
¡Están en la bodega! -¡Asesino! ¡Ah!
¡Ven aquí!
¿Cuántos quedan?
Toma, dame otro.
¡Otra, vamos!
Ahí tienes tu San Martín.
¡No se mueva, hágase un favor!
Hágase un favor.
Ah.
¿Y tú?
Elcano.
¿Con quién estás? -Lealtad al rey.
El juicio duró poco,
lo que tardamos en llegar a la playa.
Si por él fuera y con las leyes del mar en la mano,
habría colgado sin llegar a pestañear
a 40 hombres esa misma mañana.
Pero el portugués era terco como una mula
y no iba a permitir que su empresa acabase bañada en sangre.
Podía prescindir de 50 rebeldes,
pero no de 100 brazos.
Ordenó que se descuartizase
lo poco que quedaba de don Luis de Mendoza
y que con sus despojos clavados en picas,
se marcasen los límites de aquella desgraciada playa.
Una de esas funestas tradiciones inglesas
que tanto nos empeñamos en imitar.
A Gaspar de Quesada, como noble de buena familia,
se le dio a elegir.
O la pordiosera horca
o un noble tocón y la espada de su propio escudero.
No preguntó.
No abrió la boca.
Sabía que sus restos acabarían no muy lejos de los de Mendoza.
Mucha más dureza mostró con Juan de Cartagena,
cabecilla del motín,
y con su cómplice, el clérigo Sánchez de la Reina.
A estos los condenó a morir despacio.
Por destierro.
Abandonados en aquella tierra de nadie
para que fuera el Altísimo y no él
quien decidiera sobre su vida o su muerte.
Perdonó a 39, y el muy hijo puta seguía sin pestañear.
Llevábamos un año lejos de casa
cuando a aquel puerto de desdichas llegó la primavera.
Patagón.
Patagón.
Patagón. -Déjalo tranquilo.
Vomita todo lo que engulle, el condenado.
Es un desperdicio.
Sigue escribiendo.
Sigue escribiendo, bebecharcos.
Cuéntale a su santidad el Papa
de cómo llené hoy el buche.
-Lo haré.
-¿En verdad ese librito lo leerán el rey y su santidad el Papa?
(ASIENTE)
¿Y de qué les hablas?
"Di tutto."
Del "nostro" viaje.
Del almirante.
De cómo capturamos al gigante.
Para poder mostrarlo al "imperatore",
al "nostro" regreso.
¿Quién si no se acordará de nosotros
cuando pasen 100 años?
No sé leer.
"Non" importa, hago lo posible "per" no mencionarte.
Ríos con 30 brazas de profundidad son pocos.
Y los ríos con agua de sal no existen.
Esto no es un río.
No vendrán, señor. Han desertado.
¡Empujad!
La San Antonio ha desertado.
Si Dios hubiese querido castigarme,
usted mismo ya me habría decapitado tres veces.
Voy a desparramar tus sesos por el barco.
Espinosa, demuéstrale al rajá lo que es capaz de hacer
el acero español.
Si quiere paz, tendrá paz.
Y si quiere guerra, se la daremos.
(HABLAN EN OTRO IDIOMA)
Reza todo lo que sepas, cura.
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