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¿Cuántas?
-25, 30 brazas.
Espinosa. -Capitán.
-Usted, que es de buena vista,
las tierras de la orilla
están manchadas por la marea.
-Sí, creo que sí.
-¿Cuántos ríos ha navegado?
-No muchos. Soy cabra de monte.
-Pues créame,
ríos con 30 brazas de profundidad son pocos.
No son menos los que provocan mareas.
Y los ríos con agua de sal no existen.
Esto no es un río.
-Reúna a los oficiales.
Unos cuantos años antes de que Magallanes
hallase el modo de bordear las Américas,
ocurrió algo que, por insólito,
merece la pena escuchéis.
Un barco del que nadie recuerda el nombre se fue a pique
no muy lejos de la costa del Yucatán.
Solo se salvaron un soldado, un religioso,
un negro y tres damas.
Parece una broma, lo sé.
Los dos primeros días se mantuvieron las formas,
se hablaron con discreta corrección, compartieron el mendrugo de pan,
y no se permitió que remasen las damas.
Pero las formas duraron lo que el mendrugo de pan.
Pronto se vieron obligados a beber y compartir orines
y, siendo como es en estos casos,
más apetecible el de las unas que el de los otros,
el negro fue el primero en morir.
Cuando el orín dejó de alimentar, se tomaron medidas más drásticas.
Y también, en este caso, los muslos de las unas
resultaron más apetecibles que los de los otros.
Finalmente, de los vestidos de ellas
salió un toldo mucho mejor.
Cada vez que cuento esta historia
lo hago peor que la primera vez que la oí.
Bien o mal, aquellos dos hombres eran los primeros europeos
en pisar la tierra del Yucatán.
Gonzalo Guerrero,
el mismo que sirviera a las órdenes de Balboa y Pizarro,
y Jerónimo Aguilar, un religioso poco espabilado.
Reza todo lo que sepa, que de esta no salimos.
El capitán Fernando de Magallanes anunció con una misa
el hallazgo del paso que venía buscando.
Padre nuestro...
El camino al otro mar,
el que permite alcanzar las islas de las especias
atravesando América y rodear el mundo.
Rezábamos. Claro que rezábamos.
Cada vez con más devoción,
pues nunca habíamos necesitado tanto a Dios.
Un día más ese era el susurro de los marineros de Magallanes.
En aquel tiempo, cuando este continente
no llevaba ni 30 años de haber sido encontrado.
Era fácil pensar que el mundo tenía fin.
En alguna parte de esas aguas aparecería el despeñadero
por donde las naves se precipitarían al vacío.
A pesar de la evidencia de la redondez de los mares,
aún no habíamos borrado de nuestra alma
el recuerdo de que la tierra era plana.
Tomamos posesión de aquellas tierras
en nombre del emperador Carlos y de Castilla,
ya que Dios no quiso tomarlas para él,
pues no vive aquí ningún hombre ni árbol ni arbusto.
Solo el viento y las sombras.
Enterramos una mermita de metal con algo de papel
e instrucciones acerca de nuestra derrota y dirección,
por si alguna otra flota tan perdida como la nuestra
tenía a bien seguirnos.
Dudo que a alguien le embargue tanto la estupidez
como para volver a navegar aquellas aguas, pero, aun así,
lavamos la bandera de nuestro rey de forma
que pudiese ser avistada desde el mar.
Y si no la ha derribado el viento, allí seguirá,
muerta de frío, en aquella orilla poblada de piedras.
Antonio Pigafetta, el lombardo,
quiso llamarlo el Paso de los Patagones,
pero la eternidad le tenía reservado su propio nombre.
Dos meses empleamos allí, repostando los navíos de agua,
leña y pescando peces muy cubiertos de escamas.
No hallamos nada.
Ni guarida humana ni figuras de hombres.
Solo una monada de muertos con tres tumbas abandonadas.
En las noches, a lo lejos, se veían fuegos,
por lo que alguien llamó Tierra del Fuego
a aquel páramo perdido más allá de los mapas.
Era octubre.
Y las noches solo alcanzaban a tres horas.
El sol se mueve allí a su libre albedrío
y no lo rigen las leyes del todopoderoso.
Los inviernos se dan durante el estío y no tienen noche.
Al menos, muy poca.
Del mismo modo que no debe haber día durante el invierno.
Yendo y viniendo de acá para allá
y explorando las entradas de agua y la tierra,
terminamos por perder una nave.
Dos días después,
la San Antonio se alejó de nuestra vista.
No aparece.
-Esperaremos.
Habrán confundido la ruta.
-No vendrán, señor.
Han desertado.
"Gonzalo, recuerda que eres un soldado castellano."
¿"Dove" está?
¿Qué has hecho con él?
-¿Qué diablos haces?
¿Qué mosca te ha picado?
-Voy a desparramar tus sesos por el barco.
¡Dámelo! ¿Qué has hecho con él?
-¿Qué he hecho con qué?
He cogido tu diario.
Cualquiera con un poco de sesera lo habrá tirado por la borda.
-Italiano, suelta eso.
-Pasas los días escribiendo mierda en ese cuaderno.
Todas nuestras miserias aparecen en él.
-Suéltalo o hago que te lo tragues.
-¿Quién va a leer todo eso cuando regresemos a España? ¿Quién?
¿El emperador Carlos?
¿El obispo Fonseca?
Nos colgarán a todos por culpa de esas hojas.
-Dime "dove" está.
No voy a volver a preguntártelo más.
-La San Antonio ha desertado.
La San Antonio ha desertado.
Hace tres días que dio media vuelta y se fugó hasta los bordes
cargada de provisiones y armas.
No nos queda ni mierda en las tripas.
¿Cuánto crees que tardará el portugués
en dar la orden de regreso? ¿Eh? ¿Cuánto?
Hemos encontrado el paso al otro mar.
¿No era eso lo que vinimos buscando?
¿No es así, almirante?
-Entréguemelo.
"28 de noviembre del año del Señor de 1500.
El almirante tenía razón:
este estrecho conduce a otro mar,
uno del que no hacen mención las Sagradas Escrituras y que,
de no ser el mismo
que Vasco Núñez de Balboa descubriera, nadie antes navegó.
Lo hemos llamado Pacífico, por la paz de sus aguas.
El almirante nos ha reunido a algunos de los del barco
y a sus oficiales. Nos ha ordenado que hablemos a todos
de las maravillas que nos encontraremos
en las Islas de las Especias, pues es su intención
que navegaremos hasta tomar posesión de ellas
en favor de España.
Asegura que, por los mapas que él estudió,
no tardaremos más de tres semanas en cruzar este mar.
A Dios que no esté errado,
pues las provisiones no alcanzarán para más.
Nadie puede saber el tamaño de este mar Pacífico.
Los tres barcos están muy dañados y, de confundir la ruta,
pereceremos todos del modo más miserable.
Que Dios nos asista."
¿Cuántas vidas tendré que salvarle, Elcano?
Van tres.
Aún le quedarían cuatro, si fuera usted un gato.
"Siempre era igual:
un par de horas al sol aguardando el regreso
de los exploradores indios. Esas no te las quitaba nadie."
¡Aguantad!
"Si vuelven a galope y con la lengua torcida,
ten por cierto que se arma la marimorena.
De bien poco vale la bombarda.
Pesa como una burra muerta y no da ni para espantar urracas.
A los guerreros mexicas no les infunde mucho temor.
Esos atizan duro de verdad.
Raro es el día que no se llevan a seis u ocho de los nuestros.
¿Que avanzamos? Pues avancemos.
Y no te pares ni a sacudirte la arena de las cejas que,
si pestañeas, a buen seguro te llevas un palo.
No. No conocía a Cortés, ni falta que me hizo y,
si os dijese que sí, tampoco me creeríais."
Señores, ¿cristianos sois?
¿Vasallos de qué rey? -Del de Castilla.
-Yo fui Jerónimo Aguilar.
Años ha que llegué aquí, mi señor.
¿No es hoy 9 de marzo de 1519?
-12.
Hoy es 12 de marzo.
Te han faltado solo tres días.
-He sido esclavo de indios, pero nunca he faltado
a mis obligaciones hacia nuestro Dios.
-¿Dejaste mujer en España?
-Hice votos en mi juventud. Soy religioso.
-Dime.
¿Hay algún cristiano más abandonado por aquí?
-Sí los hay.
Un escopetero de los de Balboa.
(LLORA)
-Está bien.
Nada cambió en tres semanas, nada.
Ni un lugar donde fondear,
ni una tormenta que nos mandase a todos al infierno. Nada.
Solo los tiburones nos rondaban.
La galleta que comíamos no era ya pan,
sino un polvo mezclado con gusanos que habían devorado
toda la sustancia y que tenía un hedor insoportable
por estar empapado en orines de rata.
El agua que nos vimos obligados a beber
era igualmente pútrida y hedionda.
Hasta las ratas, tan repugnantes al hombre,
se convirtieron en un manjar tan caro,
que empezó a pagarse a medio ducado cada una.
El primero en morir fue El Gigante
y ninguno de sus demonios apareció para llevárselo.
(Golpe)
Señor, te enviamos el alma y el cuerpo de este hombre.
Perdónanos que te lo mandemos así sin bautizar,
pero no hubo manera de hacerle besar tu santa cruz.
Nosotros le hubiéramos llamado Pablo,
pero tú puedes llamarlo como quieras.
Seguro su madre le puso nombre.
Se marcha de este mundo libre de fiebres, diarreas
y cientos de males
que a bien seguro habría contraído en las tripas de este barco,
o tratando con mujerzuelas.
Dios y el emperador
estarán siempre agradecidos a su fiel servicio.
Amén.
Vamos.
Se equivocaban todos los sabios a los que consultó Magallanes.
Aquel mar era infinito. No se podía cruzar.
Colón, el almirante viejo, empleó 33 días
en lo que aún era recordada como la mayor hazaña de los hombres.
Hacía ya dos meses que habíamos superado tal gesta.
Hacía ya dos meses que habíamos dejado de pelear entre nosotros
por hincarle el diente a una rata.
No quedaba ni una.
Después del gigante, murieron cuatro.
Antonio de Huelva y Sacristán de Navarra.
Juan de Vigo murió por la mañana y Juan de Guetaria por la tarde.
El resto, para no morir de hambre,
llegamos al terrible trance de comer pedazos del cuero
con el que se recubría el palo mayor para impedir
que la madera rozase las cuerdas.
Estaba tan duro que había que remojarlo en el mar
durante cuatro o cinco días
para que ablandase un poco antes de cocerlo.
Muchos días fueron los que pasamos con serrín de madera
como única comida.
Más no fue esto lo peor.
La mayor de nuestras desdichas
fue la de vernos atacados por cierta enfermedad
que corre por aquellas aguas.
Un aire muy frío que traspasa a los hombres flacos
y que trae consigo una pestilencia
que hace que se recrudezca la locura y la tristeza.
Las piernas quedan embarazadas, moradas y en gangrena
dejando así a los hombres tullidos.
Tranquila.
Los dolores trepan por las espaldas
hasta convertirse en gritos tan crueles,
que muchos tuvieron por muy buena suerte morirse que padecerlos.
Las envías se hinchan hasta el punto de sobrepasar los dientes.
(Quejidos)
Los dientes quedan tan descarnados y sin arrimo,
que meneando la cabeza se meneaban ellos.
Y hubo algunos que, por escupir saliva,
escupieron los dientes de dos en dos.
Faltándoles la virtud natural,
a muchos les aplicamos los sacramentos de la penitencia
y la extremaunción mientras, vivos, se quedaban muertos
hablando y conversando cosas sin sentido.
Como cura, les aplicábamos empastes de mostaza
que no hacían sino empeorar la situación.
Y cuando ya los veíamos soltar sangre negruzca por la boca,
los dábamos por perdidos.
Así vimos morir a 19.
¿No se confiesa usted, Elcano?
-No será muy necesario, almirante.
Ya le caigo lo suficiente en gracia a Dios
y a la mayoría de sus santos.
-He volteado indias.
Tanto si se dejaban como si pataleaban.
He jugado
y he hecho trampas.
En cierta ocasión,
un cristiano desenfundó su espada
y lo maté.
Y he deseado a la mujer del prójimo. No una vez, créame, unas cuantas.
Y aquí sigo.
Si Dios hubiera querido castigarme,
usted mismo me habría decapitado tres veces.
-Agarre el timón.
¡Empujad!
¡Empujad!
Fue el 6 de marzo del año del Señor de 1521
el día en que las tres naves de Fernando de Magallanes
completaron la mayor gesta de los hombres.
10.000 millas y más de dos años de navegación hicieron falta
para cumplir al fin el sueño de Cristóbal Colón:
alcanzar el este navegando hasta el oeste.
Desde España hasta las verdaderas Indias.
La Tierra era redonda.
Aún teníamos a 25 de los nuestros comidos por la peste del barco.
Uno de ellos se acercó a Magallanes antes de desembarcar
y le rogó que, de encontrar indios en aquellas tierras,
diese caza a alguno y le robase sus intestinos,
pues estaba convencido de que le serviría
para curarse en poco tiempo.
Hay cosas que es mejor no sepáis.
Y otras que la vergüenza me impide contaros.
Gonzalo, ya están aquí.
Mira.
Hable con su capitán.
Pagará nuestro rescate.
-Chaquiras,
espejitos y baratijas.
¿Y qué pensarán esos hermanos cuando me vean así,
de esta guisa, con toda la cara labrada?
¿Qué dirán cuando me vean?
Aquí soy casado.
Mira mis hijos qué bonicos son.
Y vos con Dios, Jerónimo.
Que ya veis que yo ya estoy en casa.
-Gonzalo, eres cristiano, por todo el amor de Dios.
¿Ya lo has olvidado?
¿Vas a perder el alma por una india?
-Deja aquí esas cuentas.
Y diré a mis hijos que me las envían mis hermanos desde mi pueblo.
Les gustará.
Espinosa, hágame el favor.
Demuéstrele al rajá lo que es capaz de hacer el acero español.
Hágale saber al rajá que no tiene que temer.
(HABLA EN SU LENGUA)
Nada puede herir a un hombre así armado.
Un hombre así
puede luchar contra cientos.
(HABLA EN SU LENGUA)
Quítele el casco a Bermúdez, Espinosa.
Entréguemelo.
Hacía un mes de nuestra llegada a las Indias verdaderas.
Ya casi no teníamos enfermos de los que tomar cuidado.
El vino de aquellas frutas del cocotero
parecieron ser el mejor alivio contra aquella enfermedad
que poblaba nuestras embarcaciones.
Los indios de aquellas islas son grandes y bien hechos.
Su tez es de color oliva, pero decían que nacen blancos
y luego cambian con la edad.
Se pintan los dientes de rojo,
lo que para ellos pasa por belleza.
Las mujeres son hermosas, de buen talle.
Y aunque no lo fueran, nos lo habrían parecido
después del largo y amargo tiempo que llevábamos sin ver una.
El almirante dio expresa orden de no parecer codiciosos,
pues si en un futuro hiciésemos negocios con ellos,
no viesen nuestro interés desmedido
por las especias y el oro que tenían.
Allí, delante de nuestras narices,
había suficiente clavo, canela y pimienta
como para pagar todos los sueldos de todos los aún andaban con vida
y para cubrir el disgusto de las viudas de los que no.
Algunos hombres llevan el prepucio de sus santas partes
cerrado con un pequeño cilindro de oro que lo atraviesa de alto a abajo
y guarecido por los extremos de cabezas como las de los clavos,
y algunos con forma de estrella.
Aseguraban que no se quitaban jamás tal adorno,
ni cuando cubrían a las hembras;
pero tened por muy cierto que, a pesar de tan extraño aparato,
todas preferían antes a los extranjeros que a sus maridos.
Y no me pidáis que hable más.
(HABLA EN SU LENGUA)
Dice el rajá que aquí, en estos mares,
viven unos pájaros negros
que, cuando las ballenas aparecen sobre el agua,
esperan a que abran la boca para lanzarse dentro
e inmediatamente arrancarles el corazón.
A ese pájaro le llamamos "lagán".
Es un pájaro con dientes.
-¿Y qué pruebas tienen de la existencia de esas aves?
(HABLAN EN SU LENGUA)
Siempre que aparece una ballena en la playa,
la encontramos muerta y sin corazón.
(HABLA EN SU LENGUA)
El día que llegaste, prendiste fuego a un pueblo.
Mataste a los suyos. Eran pescadores.
(HABLA EN SU LENGUA)
Su rajá es el más poderoso.
Hay que pagarles tributos.
-No pagaremos tributo alguno a ese rajá.
Si quiere paz, tendrá paz;
y si quiere guerra, se la daremos.
(Gritos)
Empezaba a clarear el día,
cuando los capitanes dieron orden de saltar de las barcas.
Los arcabuceros dispararon a matar.
Ellos eran muchos, cientos;
los nuestros, 49.
La pólvora y las primeras sangres
pusieron más atrevidos y furiosos a los indios.
Era Viernes Santo.
¡A las barcas!
-¡Vamos, vamos!
¡Vamos, vamos, vamos!
(GRITA)
Una lanza le atravesó el muslo,
otra le rompió el brazo.
Y allí lo dejamos, mientras lo molían a palos.
No fui yo de los primeros en huir hacia los bateles.
Tampoco fui de los últimos,
pues vi cómo hasta tres veces se volvió hacia sus hombres
para ver si habíamos podido salvarnos.
Así fue cómo pereció Magallanes.
Enrique,
di al rajá...
Dile que pronto nos iremos,
que los capitanes
solo quieren comerciar con todo lo que encuentren,
llenar los barcos de estas especias y largarse cuanto antes.
(TRADUCE A SU LENGUA)
Ya no os molestaremos más.
¿Se lo has dicho?
Estas cajas
sin valor,
llenas de baratijas,
son para su excelencia, el rajá.
Así agradecemos su infinita hospitalidad.
(RÍE)
(RÍE)
Enrique...
Enrique,
¿En cuál de estas islas naciste? "Lo sai?".
Deberías saberlo, amigo mío.
El almirante Magallanes no completó la vuelta al mundo.
Le faltaron 200 millas.
"Ma" tú sí.
Tú sí.
El mono pintado.
Así te llamamos.
El primer hombre en circunnavegar la "Terra
e non conosciamo il tuo vero nome". (RÍE)
El almirante Magallanes,
dejó escrito en su testamento
que se te concedería la libertad el mismo día "della sua morte".
"Io"...
"Io" lo he leído.
"Sei libero".
Libre,
te llames como te llames.
Los capitanes no te dejarán marchar.
"Tu sei l'unico" que hablas nuestra lengua y la vuestra.
No te dejarán marchar.
Yo, de ti, no volvería a los barcos.
"Buona notte".
Solo hay 500 millas de Cuba a La Florida
y llevamos tres meses aquí dentro.
¿A Cuántos gafes ha tirado por la borda?
Os dirigiréis al norte, a las tierras aún no exploradas.
-Las fuentes de la eterna juventud existen, majestad.
Apalaches.
(GRITA)
(GRITA)
América.
Es mi primera misión como capitán.
(HABLA EN PORTUGUÉS)
¡Largad la mayor!
(Truenos)
(Gritos)
¿Qué día es hoy? -Jueves.
-No hemos podido perder un día. Los días no se pierden.
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