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(Truenos)
(Murmullos)
Señores.
No se levanten.
Hoy no se sirve cena.
Ni vino.
Mañana no habrá almuerzo.
Y así...
contaremos los días sin probar bocado
hasta que aparezca engrilletado el hijo puta que ha dibujado eso.
Buenas noches.
(Truenos)
Así me ve la tripulación.
Daré con el responsable.
Recibirá castigo.
Cuando esa bruma levante, veremos La Florida.
Hagan todo lo que esté en sus manos
para que podamos desembarcar cuanto antes.
Alguacil,
si da con el cobarde que ha ensuciado mi barco,
córtele su asquerosa nariz.
Teníais que haberle visto la cara.
La madre que os parió.
No me digáis quién ha sido.
Será mejor que no lo sepa.
-Vamos, alguacil.
Vos ha navegado más guerras que la mayoría de nosotros.
-Eso.
Es el gobernador, Maldonado.
Mide tus palabras.
-No me joda, alguacil.
No me joda.
Solo hay 500 millas de Cuba a La Florida
y llevamos tres meses aquí dentro.
No nos está acompañando la suerte.
Al menos podías haberle dibujado un poco más agraciado.
Cincuenta latigazos si lo pinto gordo y tuerto,
y veinte si lo pinto apuesto como un galán.
Van a ser más de cincuenta, Maldonado.
No te he dicho que no quería saber quién era.
Era un día 13 y seguramente martes.
Un mal día para casarse y aún peor para embarcar.
Eso debieron pensar los 127 marineros que desertaron
antes de que la expedición de Pánfilo de Narváez
llegara a zarpar.
E hicieron bien.
A los pocos días,
un huracán mandó una de las naves
y a los 60 marineros que la tripulaban al fondo del mar.
A pastar con las sirenas.
A las cuatro naos restantes las lanzó contra un banco de arena
y allí quedaron, embarrancadas en mitad del Caribe.
Más de un mes tuvieron que esperar a que una crecida de las aguas
les permitiera volver a navegar.
Habían agotado todas sus provisiones
y más de 50 caballos perecieron ahogados.
Todo barco lleva un gafe a bordo.
Cuando se da con él,
se le ahorca o se le deja caer al mar por accidente.
Pero esta vez era diferente,
nadie se atrevería a colgar al gobernador.
Lo que mal empieza, mal acaba.
Y esto, no había hecho más que empezar.
Dos meses, solo dos meses después de su muerte,
la expedición de Fernando de Magallanes,
o que quedaba de ella,
alcanzábamos por fin las islas de las especias.
De los cinco buques
que alegremente partieron de Sanlúcar de Barrameda,
solo uno conservaba la virtud de navegar.
Y de los 265 marineros que los tripulaban,
no quedábamos ni 100.
Dos años, tres meses y dos días habíamos tardado en cumplir
la promesa que el almirante portugués hiciese a la corona,
alcanzar las verdaderas Indias.
Y ahora, desde el otro lado del mundo,
tocaba regresar.
El camino se antojaba igual de largo,
hacia un lado que hacia el otro.
Exactamente igual.
Así que dejamos que nuestro destino
lo decidieran las conchas.
A 51 nos tocó la blanca, la Victoria,
la que sí navegaba,
la que al mando de Juan Sebastián Elcano intentaría volver a España
por el oeste.
Y a los otros 47 la negra, la Trinidad, la que hacía aguas,
la que si lograban reparar con Espinosa de capitán,
lo intentarían por el este,
rehaciendo el mismo camino que nos trajo hasta aquí.
Como entenderéis, en aquella saca no había concha buena.
Los de Elcano hacia el oeste,
rezando por no encontrarnos un barco portugués
que de atraparnos nos llevase directos a un patíbulo.
Y los de Espinosa hacia el este,
atravesando las mismas pestes y el mismo mar
que se las hizo padecer.
Todas esas cajas.
(Murmullos)
Diez alas españolas por cuatro quintales y medio clavo.
-¿A cambio de...? -¿A cambio de qué?
Por tanto, a cambio...
-¿Cuántas hay? -Ocho.
Ocho hachas de abordaje, ¿lo tienes?
¿Tienen más?
-¡Mucho más!
¡Pues si ellos tienen más...!
Nosotros aún tenemos sitio donde guardarlo.
Eh, monos.
Mirad esto.
¿Qué os parece?
Os gusta, ¿eh?
Pues todo.
Todo esto.
Y estas dos también.
¡Otros 16 quintales de clavo a cambio de un arcabuz!
¿A cuánto están? -¡Aún en el horizonte!
¡Seis velas!
¡Son portugueses!
Eh, miradme.
Quiero más de esto, más.
Mucho más, todo lo que tengáis.
Todo. ¡Eh!
Miradme a los ojos, ¡todo!
¡Todo! ¿Entendéis?
¡Vamos, todo!
Chaleco, camisa, todo, todo fuera.
¡Eh, Camarón, no te escaquees!
No sé que fue de los que les tocó la concha negra,
pero sí sé lo que ocurrió con los de Elcano.
En menos de una semana,
el muy cabrón ya tenía la panza de la Victoria
a reventar de especias.
¡Vamos!
¡Hijos de puta!
¡Daos prisa!
¡Largad la mayor!
Setecientos quintales de clavo.
Suficiente como para condimentar
todas las cenas de todas la realeza cristiana,
de sus hijos y de sus nietos.
Suficiente al precio que se pagaba en Europa
para que los nietos de nuestros nietos
no volvieran a pasar hambre jamás.
De esa ya habíamos tenido bastante.
Con eso y un velero apolillado
con el que nadie se habría atrevido a salir a pescar,
nos disponíamos a cruzar todo el océano Índico,
doblar por el Cabo de Buena Esperanza
y recorrer toda la costa de África hasta llegar a España.
Sin tocar tierra ni una vez, ni una sola vez.
Era el 13 de enero de 1522
y aquello no era un atrevimiento, aquello era imposible.
Gobernador.
(ACENTO EXTRANJERO) Gobernador.
Canela.
(HABLA EN OTRO IDIOMA)
Apalache.
Apalache.
Apalache.
Gobernador, unas palabras.
Adelante.
No es buena idea.
¿Qué no es buena idea?
Adentrarse en esa selva.
No sabemos qué diablos ni qué gente la habita.
Vamos mudos, sin lengua.
Mal nos entenderemos con esos indios.
Y ante todo, gobernador,
no queda más que una libra de bizcocho
y una de tocino por persona.
¿Y qué alternativa propone, alguacil?
Enviemos batidas de exploradores,
hagámonos con provisiones,
y tratemos de mejorar el diálogo con esos indios
antes de meternos en faena.
Treinta hombres quedarán aquí vigilando las naves.
Si lo que tiene es miedo, alguacil,
o su misión es estorbar,
no veré mal que se quede aquí esperando nuestro regreso.
Su honra no quedará en disputa.
¿Qué es lo que buscamos, gobernador?
Pánfilo.
Pánfilo.
¿Cree usted en todo esto?
¿Que si creo en qué, señor?
-El emperador se muestra preocupado.
No querría encomendar esta misión
a alguien que no posea la firme convicción de encontrarlas.
Las fuentes de la eterna juventud existen, majestad.
Y si estas se hayan en algún rincón del Nuevo Mundo,
daré con ellas.
Os dirigiréis al norte,
a las tierras aún no exploradas.
Se os otorgará el título de gobernador.
Capitán Narváez,
¿se hace cargo de la mucha importancia
que tendría este descubrimiento para el emperador
y para el conjunto de la cristiandad?
¿Entenderá
que esta misión deberá llevarse a cabo
con la más absoluta discreción?
Nadie que no se encuentre hoy y ahora en esta sala
conocerá jamás el fin último de esta expedición.
Cuenta con la admiración y el respeto de su majestad.
No lo defraude.
Teníamos clavo y pimienta, mucha pimienta,
pero nada de sal.
Y sin sal, la carne solo tardó tres semanas en pudrirse.
En esas andábamos los de Elcano,
mucha pimienta y nada que condimentar con ella.
Pasadas unas semanas, pasamos a alimentarnos de arroz.
Arroz y agua.
Agua y arroz.
Arroz y agua, y cada vez menos arroz.
Y cada vez menos agua.
En las profundidades de aquel barco,
surgió un fantasma, un viejo conocido de piel pálida,
al que apodábamos "hambre".
El mismo que a tantos de los nuestros se había llevado.
¿Qué hacemos?
No lo sé.
-¿Qué hacemos? -Que no lo sé.
Está muerto.
Y si no lo está, peor para él.
Tiradlo.
Tiradlo por la borda.
Echadlo al mar
antes de que algún degenerado
piense en echarlo a la cazuela.
A principios de mayo, a la altura de la que llaman Mozambique,
empezaron a susurrar las primeras voces
partidarias de entregar la nave a los portugueses.
Los días buenos nos deshacíamos de un cadáver,
los malos hasta de tres.
Los más devotos caían de cara,
los que se olvidaban de rezar caían al revés.
Era tal la hilera de cadáveres que dejábamos a nuestro paso
que para dar con nosotros,
a los portugueses les bastaría con seguir ese rastro.
Y si en este mar hay sirenas,
quizá ellas puedan contaros más.
En círculo. -¡En círculo!
-¡En círculo! -¡Bastimentos al centro!
Hay selvas que odian a los españoles.
Odian nuestro olor y nuestros torpes modales.
¡En círculo!
¡Cuidado!
Allí las aves no cantan,
chillan hasta hacerte sangrar los oídos.
(Gritos)
Los mosquitos no pican,
te revientan las venas a dentelladas.
Sus pantanos no refrescan
sino que esconden hileras de colmillos.
Los bosques se cierran, los charcos se desbordan,
los días se convierten en noches, y es entonces
cuando el Jardín del Edén
se convierte en el barrizal
en el que el demonio saca a pastar a sus bestias.
(Gritos)
¡Hombre a la derecha! -¡Vamos!
Hay selvas que se alimentan de sangre.
Oboka, Creek, Hays, Apalache,
hasta 20 naciones indias fueron testigo
del primer contacto entre el norte de América,
más allá de La Florida, y un capitán español.
Pánfilo de Narváez,
el primer europeo en adentrarse en aquellos bosques,
estaba destrozado.
Su búsqueda de las fuentes de la eterna juventud,
le había hecho envejecer 20 años.
Mañana regresaremos a los barcos.
Den sepultura a los hombres.
Solo a los españoles.
"Questo" Cabo Verde, capitán.
Propiedad de los portugueses.
Al menos cuando zarpamos era "così".
Si nos pescan...
Ya lo sé.
-Que aproveche.
Es... es mi primera misión.
Mi primera misión como capitán.
Su primera misión como capitán.
A América.
Ajá, así es.
A América.
A América.
América.
Y los españolitos
acabaron perdidos
en África.
Nos pilló una... una tormenta.
Oh.
-Una de las buenas.
(Risas)
¿Eh? -Brea.
Brea.
Brea para calafetear barcos.
Y la tuvimos que tirar al mar.
Por la tormenta.
Pesaba demasiado.
-¡Uh!
¡Uh!
¡Uh!
¡Uh!
¡Uh!
(Palmas)
(CANTA EN PORTUGUÉS)
(CANTAN TODOS EN PORTUGUÉS)
Muy buena.
Muy buena canción. Sí, señor.
Uh.
¿La conoce?
No, pero es realmente bonita.
Hum, no es gran cosa lo que tenemos.
Dios sabe que no miento.
¿Mil maravedíes?
Mil quinientos.
Dos mil quinientos.
Capitán,
su camaradería no tiene parangón.
Nunca olvidaré este gesto.
Es usted una gran persona.
Capitán, con el mío respeto.
¿Qué día es hoy?
Jueves.
# Vou-me embora, vou partir.
# Esperança. #
(Risas)
¡Paren!
No sé de dónde procede la expresión,
si ya la usábamos en aquel primero de agosto 1528
o si comenzamos a usarla a partir de entonces,
pero esa es sin duda
la cara que se le quedó a Pánfilo al llegar a la playa
y comprobar que sus barcos ya no estaban.
Puede que cansados de esperar los pocos hombres
que los custodiaban decidieran regresar a Cuba,
que los indios hubieran encontrado un modo de hundirlos o simplemente
las aguas se los hubieran tragado.
Sea como sea, los barcos no estaban.
Y no había otro modo de salir de allí.
Con madera y piel de ciervo armaron una fragua.
En ella fundieron todo lo que aún conservaban de metal,
los estribos de los caballos, las corazas,
las piezas metálicas de las ballestas,
las espadas y hasta las hebillas de los cintos.
Con el metal crearon clavos,
las herramientas para talar árboles
y todo lo necesario para improvisar dos balsas
con las que echarse a la mar.
Hasta las camisas, unas cosidas a otras,
hicieron las veces de velas.
Intentaron que los vientos les llevaran hasta Cuba o México,
hasta cualquier otro lugar que no fuera aquel.
Pero los vientos, la mar y sus corrientes,
les trataron del mismo modo que la selva.
La suerte no se enroló jamás
en la expedición de Pánfilo de Narváez.
Y de haberles acompañado,
debió ser de las primeras en desertar.
Recorrieron la gran costa
que se extendía hacia el oeste de La Florida.
Fueron los primeros en hacerlo.
Por pura casualidad, y lo creáis o no,
alimentándose durante seis meses
del maíz crudo que robaban de las orillas.
Nada.
¿Nada?
"Non è possibile."
En "terra" es jueves.
He comprobado las dos bitácoras, la de la Santiago y esta,
es miércoles.
No, no hemos podido perder un día, los días no se pierden.
Dámelo.
(Gritos)
En el día 12 de abril de 1528
de Nuestro Señor y Hacedor de todas las cosas,
y seguramente un martes, cuando los restos
de la desastrosa expedición del adelantado de la corona
Pánfilo de Narváez, a lomos de dos balsas de palos,
llegaron hasta la desembocadura de un gran río.
Ellos quisieron bautizarlo como "Río del Espíritu Santo",
pero el nombre con el que siempre será conocido
será el que le dieron los indios que habitan sus orillas.
¡Aguantad!
Misisipi, el río de la muerte.
Aquel día que apareció una pequeña tormenta de verano,
se retorció hasta volverse tempestad.
(Gritos)
¡Gobernador!
¡Por lo que más queráis!
¡Gobernador!
¡Gobernador!
¡La soga!
¡Amarrad la soga!
-¡No, alguacil! ¡No se moleste!
¡Ya no hay mando!
¡No es hora de que un hombre obedezca a otro hombre!
¡Tan solo de sobrevivir!
¡Sobrevivir!
El 6 de septiembre de 1522,
un cascarón semihundido
se acercaba a Sanlúcar de Barrameda.
Nadie recordaba ya que tres años antes
un capitán portugués partió de ese mismo lugar
en busca del paso occidental hacia las Indias.
Nadie contaba ya con el regreso de uno de los barcos
de Fernando de Magallanes.
Los más viejos os dirán que nada más desembarcar
aquellos 28 hombres se postraron ante la imagen
de la virgen del puerto.
Alguno incluso dirá que nos vio llorar.
Una botella de manzanilla.
La mejor que tenga.
Que sean dos.
-Tres.
Ponga cuatro o cinco.
Shh.
Créame, tengo con qué pagarlas.
(RÍEN)
Que si tenía con qué pagarlo.
Veinticinco toneladas de especias que habían viajado milagrosamente
intactas desde las Molucas en el otro extremo de la tierra
hasta España.
Más de 15 millones de maravedíes.
"¡Primus circumdedisti me!
¡Primus circumdedisti me!
¡Primus circumdedisti me!"
Acabábamos de completar
una de las mayores hazañas de la historia.
Habíamos dado la vuelta al mundo.
Habíamos recorrido 14.400 leguas,
confirmando que todos los océanos son uno solo,
que navegando hacia occidente, efectivamente,
se podía alcanzar el oriente y que la Tierra,
y nosotros éramos la prueba definitiva de ello,
era redonda, nadie volvería a dudarlo.
Sí, el librito de Pigafetta terminó en manos del Papa.
Claro que terminó en manos del Papa.
Pero poco importa los libros que hayáis leído,
si es que sabéis leer,
pues los sabios no saben más que estos ojos míos,
y yo vi al viejo almirante llegar primero a la América de Vespucio.
Y vi cómo la ponzoña de la envidia pudría el alma de Ojeda
más aún que la ponzoña de las flechas indias.
Vi a pordioseros convertidos en dioses
y a duques suplicando como mendigos.
Si algo sé es que la gloria se pega a la sangre
tal y como las moscas lo hacen a una herida abierta.
Vi a Balboa agigantar todos los mares,
y también su cabeza clavada en una pica.
Vais a tener que convidar a otra ronda
si queréis que os cuente qué fue de Cortés
y de aquel Francisco Pizarro.
Al almanaque de Pigafetta le seguía faltando un miércoles.
De modo inexplicable al navegar siempre hacia occidente
debió de escaparse un día.
Y este extraño fenómeno,
hizo que todo el mundo culto de la cristiandad
se rompiera los sesos hasta dar con él.
El hecho de que el que rodea la Tierra
pueda arrebatarle a la eternidad una hora o un día completo,
agitó a todos los humanistas de Europa.
Y pagó con ello muchos de los viajes posteriores
de aquel joven lombardo.
Uno de esos viajes le llevó a Portugal,
a la misma corte.
Fue hasta allí con una carta del emperador Carlos
y no para encontrar el famoso miércoles perdido.
Magallanes había muerto
a tan solo 200 millas del punto que le habría convertido
en el primer hombre en circunnavegar la Tierra.
El honor recayó en su esclavo.
Y la gloria en Elcano.
El tercero en lograrlo,
el tercer hombre que dio la vuelta al mundo,
fue aquel al que la historia siempre concede una concha negra
para no tener que mencionarlo.
¡Espinosa!
(LLORA)
Valor, mucho valor.
Cobardía, envidia, crueldad, desidia,
estupidez y escozor de huevos.
Eso es lo que cargábamos en nuestros barcos.
En esta conquista, lo que de verdad duele,
lo que mata, es que la cuenten otros.
Oiréis decir que en aquellos días
el sol no llegaba a ponerse bajo los dominios de España,
pero también habréis oído
que a los perros les encantan los huesos.
Y tampoco es verdad.
Es solo que nadie les echa la carne.
(Truenos)
Lo primero que un indio karankawa vio de nosotros
no fueron las velas blancas de tres imponentes calaveras
asomando por el horizonte,
ni un ejército desembarcando en una playa paradisíaca
con banderas y estandartes,
ni armas que escupían rayos y fuego, no.
La primera vez que un grupo de españoles
vio a un indio karankawa,
fue a tres espléndidos guerreros cubiertos con piel de marta.
Eran tantas las calamidades que habían sufrido
el alguacil, Cabeza de Vaca y aquellos pocos hombres,
que cuando los indios se acercaron ni siquiera intentaron protegerse.
Solo desearon que acabaran con su sufrimiento
de una vez por todas,
y a ser posible de un solo golpe.
Y tampoco fue así.
Tampoco ocurrió eso.
Los karankawa arrastraron ramas secas
para alimentar el miserable fuego de aquellos hombres blancos.
Se sentaron con ellos,
les observaron en silencio,
compartieron su dolor.
Y tal y como dictan las costumbres de su pueblo,
juntos lloraron.
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