Afrikaans
Akan
Albanian
Amharic
Arabic
Armenian
Azerbaijani
Basque
Belarusian
Bemba
Bengali
Bihari
Bosnian
Breton
Bulgarian
Cambodian
Catalan
Cebuano
Cherokee
Chichewa
Chinese (Simplified)
Chinese (Traditional)
Corsican
Czech
Danish
Dutch
English
Esperanto
Estonian
Ewe
Faroese
Filipino
Finnish
French
Frisian
Ga
Galician
Georgian
German
Greek
Guarani
Gujarati
Haitian Creole
Hausa
Hawaiian
Hebrew
Hindi
Hmong
Hungarian
Icelandic
Igbo
Indonesian
Interlingua
Irish
Italian
Japanese
Javanese
Kannada
Kazakh
Kinyarwanda
Kirundi
Kongo
Korean
Krio (Sierra Leone)
Kurdish
Kurdish (Soranî)
Kyrgyz
Laothian
Latin
Latvian
Lingala
Lithuanian
Lozi
Luganda
Luo
Luxembourgish
Macedonian
Malagasy
Malay
Malayalam
Maltese
Maori
Marathi
Mauritian Creole
Moldavian
Mongolian
Myanmar (Burmese)
Montenegrin
Nepali
Nigerian Pidgin
Northern Sotho
Norwegian
Norwegian (Nynorsk)
Occitan
Oriya
Oromo
Pashto
Persian
Polish
Portuguese (Brazil)
Portuguese (Portugal)
Punjabi
Quechua
Romanian
Romansh
Runyakitara
Russian
Samoan
Scots Gaelic
Serbian
Serbo-Croatian
Sesotho
Setswana
Seychellois Creole
Shona
Sindhi
Sinhalese
Slovak
Slovenian
Somali
Spanish
Sundanese
Swahili
Swedish
Tajik
Tamil
Tatar
Telugu
Thai
Tigrinya
Tonga
Tshiluba
Tumbuka
Turkish
Turkmen
Twi
Uighur
Ukrainian
Urdu
Uzbek
Vietnamese
Welsh
Wolof
Xhosa
Yiddish
Yoruba
Zulu
(Corneta)
(Música)
¡Tú!
El agua es para los caballos.
(Continúa la música)
¡Sigue!
(Continúa la música)
(Música suspense)
(Música)
(Disparos)
¡A los caballos!
-Es la última vez que os lo pido.
El señor Cobb llegará de un momento a otro.
Y creedme, es mucho mejor para vosotros
que me entreguéis los esclavos negros de vuestras plantaciones.
Y ahora, escuchadme bien todos, hijos de perra.
Aquí, en Santo Sacramento, las cosas han de volver a ser como antes.
No os forméis ideas equivocadas,
porque lo pagaréis todos muy caro.
Y si hay alguno entre vosotros a quien le arda la cabeza,
encontraremos la forma de apagársela. ¿Me he explicado bien?
(Música suspense)
¿Qué pasa en Santo Sacramento, señor Gómez?
Lamento mucho, señor Cobb, haberle hecho venir hasta aquí,
pero esta gente necesitaba una lección.
Bien.
No se preocupe, señor Gómez.
Estamos muy contentos de encontrarnos aquí,
pero disponemos de poco tiempo.
Puede continuar. ¡Atended!
¡Vais a decirme de una vez dónde los tenéis escondidos!
Que se coloquen todos a un lado.
-¡Vamos, aprisa! ¡Vamos, vamos!
-¡Todos delante de la iglesia! ¡Andando! ¡Vamos!
¿Has oído?
¡Os concedo un minuto!
¡Decidíos!
¡Entregadme a esos dos!
De lo contrario,
¡daré la orden de disparar!
(Música)
Con su permiso, señor. Acércate.
(Continúa la música)
-Por aquí.
Por aquí.
Muy cerquita. -Vamos, rápido.
-Muy cerquita de aquí. -Sigue.
(Continúa la música)
¡Levanta! -Venga.
¡Andando! Vamos...
¡Rápido!
¿Buscas algo?
Amigo, el señor Cobb quiere saber si tú pides algo.
-Nada, señor, nada.
(Disparo)
No quería nada.
-¡Vamos! ¡Andando!
Dadles los cinturones.
Recoged las armas.
¡Recogedlas!
(Gritos)
¡Llévense a esas carroñas!
Gómez.
No he venido a Santo Sacramento solamente por esos dos granujas.
Al contrario.
No olvides que los asuntos de esa clase
los debes resolver tú solo.
Y si no eres capaz de ello,
te vuelvo a mandar a la barbería a cortar el cabello. ¿Me explico?
Sí, señor Cobb.
Yo nunca olvido que todo se lo debo a usted,
pero no es fácil, ¿sabe? Hago lo que puedo.
En este maldito país... Bien.
Basta. Hablemos de Ted Barnett.
Señor Cobb,
¿no cree usted que...
puede haber pasado la frontera?
Pudiera ser.
Pero nosotros no debemos pensar que Ted Barnett
se ha escapado de la cárcel,
solo para cruzar la frontera y vivir en paz.
Hemos de prepararnos para recibirle. Seguro que aparecerá por aquí.
Por consiguiente, avisa al sheriff Douglas,
en Carl Town.
Siempre estoy en contacto con el sheriff,
no se preocupe, esté tranquilo.
(RÍE)
Escúcheme, señor Cobb.
Si Barnett piensa volver aquí, no tiene más que un camino.
El del desfiladero.
Y digo yo,
¿por qué no mandamos a alguien para darle la bienvenida?
¿Tienes tú a ese alguien?
Tengo a mis hombres, pero si usted quiere mandar a los suyos...
A los míos les necesito aquí.
Además, los tuyos conocen mejor esta región.
Sí, es verdad, eso es verdad, señor Cobb.
Anda, ve a llamarles. Sí.
¡Ramón, Manuel!
¡Jesús, Emiliano!
(Música)
(Disparo)
(Continúa la música)
(Disparo)
(Continúa la música)
(Disparo)
(Continúa la música)
(Disparo)
(Continúa la música)
(Música suave)
(Relincho)
Terminarás por romperle los tendones a ese animal.
Tenemos otros 15 en la cuadra.
¿Qué te ocurre? ¿Estás nervioso?
¿O es que te preocupa la fuga de Barnett?
Podrías intentar un acuerdo. No intentaré ningún acuerdo.
Y tú no te metas en esto.
¿Y Cobb?
A Cobb le parecerá bien.
Pienso solucionar esto de una vez para siempre.
Y a mi modo.
Entonces, Douglas, voy a darte un consejo.
Hazlo pronto.
Te daré otro consejo.
Olvida lo que ha sido para ti Barnett
porque no te salvarías ni de él ni de mí.
Hola, juez. Hola.
¿Sabe ya la noticia? Sí.
En este pueblo nunca se tarda en saber las malas noticias.
¿Cree que Barnett piensa venir por aquí?
No creo que haya pasado la frontera para vivir en México.
Hemos de prepararnos para recibirle.
Deme la autorización para que pueda reclutar nuevos ayudantes.
De acuerdo, pero no olvides que ha de hacerse respetando la ley.
(RÍE) No se preocupe, juez Kincaid, y esté alerta usted también.
Si lo desea, puedo dejarle un par de hombres de escolta.
Yo no necesito protección. ¿Qué quiere decir?
Que si Barnett vuelve a Carl Town,
no será para darle a usted gracias por los 30 años a que le condenó.
¡Jia! Adiós, señor juez.
(Música)
¿Me buscabas a mí?
Suelta las armas.
Y llévame a donde está tu jefe.
¿Puedo saber qué te está comunicando Gómez?
Dice que esperan el envío de costumbre.
Y que Cobb ha ido a Santo Sacramento.
¿Y de Ted Barnett, no hay noticias?
(Llaman a la puerta)
¿Quién es? -Ramón.
Quieto.
¿Qué tal, Gómez?
Sigue.
¡Ah! Te han puesto el telégrafo en casa.
La organización se ha perfeccionado.
Interrumpí, quizá, una charla entre amigos, ¿eh?
¿Me permites?
¿Buenas noticias? Ven.
Siéntate y sigue transmitiendo.
Como si yo no estuviera.
No, espera.
Conviene que adviertas a Douglas que he venido a visitarte.
Vamos, hazlo.
¿Qué ocurre, Douglas?
Ted Barnett está con Gómez.
(Música)
Barba y cabello, Gómez.
¡Barba y cabello!
¿No eras barbero antes de ser limpiabotas de Cobb y de Douglas?
Ya sabes que hace tres años que falto de aquí.
¿Cómo se lleva ahora el cabello, Gómez?
Siempre me gustaba ir a la última moda, ¿recuerdas?
Te hice una pregunta. ¿Por qué no contestas?
Como todos los barberos, antes eras muy charlatán.
¿Qué te ha ocurrido?
¿No quieres que tengamos un poco de conversación?
¡Eh, tú! No te apartes de mi vista.
Dime, Gómez,
cuando mataron al coronel Steiger, ¿tú estabas allí?
No, no te pares, Gómez, no te pares.
Contesta. No, no estaba.
¿Estás seguro?
Seguro.
Por favor, déjame el cuello bajo.
Bien, Gómez, muy bien.
De modo que tú no estabas.
¿Y quién lo mató entonces?
Ellos.
Fueron ellos. ¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?
Lo sabes muy bien. ¡Je!
Han pasado ya tantos años, Gómez...
Que no me acuerdo.
Además, me gustaría...
Me gustaría mucho
oírtelo decir.
Vamos, ¿quiénes fueron?
Fueron los hombres de Douglas y Cobb.
¿De veras? Qué curioso.
Tú no estabas ese día,
cuando mataron a Steiger los hombres de Cobb y de Douglas.
Pero, entonces, ¿cómo declaraste ante el juez Kincaid
que había sido yo el asesino? ¡Ay!
¿Qué diablos haces? ¿Has perdido el pulso, Gómez?
Estábamos diciendo...
Me obligaron. ¿Te obligaron?
¿Cuánto te dieron, Gómez?
(Música suspense)
Aféitame la barba.
¿No has oído? ¡Aféitame la barba!
¿Dónde nos habíamos quedado?
¡Ah, sí! Que cuánto te habían dado.
Bueno, quizás poco, entonces,
pero una vez eliminado mi padre, os hicisteis
los amos del ferrocarril
y empezaron los ingresos fuertes, ¿eh?
Ganáis mucho dinero.
Cuéntame, Gómez.
Tú empezaste como espía y testigo falso.
¿Qué puesto tienes ahora en la organización?
No serás solamente telegrafista.
¿Quién se ocupa del ferrocarril de mi padre?
No sé nada del ferrocarril.
Ahora tengo la piel muy delicada, Gómez.
Pero tú siempre tuviste excelentes navajas.
Eso es, así, muy bien.
Tienes que afilarla con mucho cariño.
Cuánto lo siento, Gómez, eras un buen barbero.
¿Sabes que en una gran ciudad del este hubieras hecho fortuna?
Nunca me gustó ser barbero.
Mal hecho, porque ahora podría serte de utilidad,
si supieras aprovecharte.
¿En qué estás pensando, Gómez?
Por qué no pruebas, ¿eh?
Basta con apretar un poco más.
Vamos, no lo pienses.
Es solo un instante.
Ahora o nunca más, Gómez.
¿Y a mi padre quién lo mató?
No lo sé.
(DISPARA)
(Música)
(Gritos)
Ya la he visto, es esta. -¡No, no, no es esa!
-¿Cómo que no es esa?
¡Quieto, hombre, no se mueva!
Ah... Ah...
(Gritos de dolor)
Esa es la tercera que le quitas. ¿Y la picada?
-¡Ha muerto!
-Nadie se ha muerto por sacarse una muela.
-Eres un carnicero. ¿Quién te ha enseñado este oficio?
-Yo soy el doctor Pajarito, especialista en odontología.
-No, tú no eres más que un matarife. -¿Se la has sacado tú, quizás?
¡Socorro, socorro!
¡Soy el doctor Pajarito de la universidad de Philadelphia!
-Las vas a pagar todas juntas.
-¡Ya vale, soltadle! Déjalo en paz.
¿Qué es lo que buscas, forastero? Un sacamuelas sano.
Yo te quitaré las muelas todas a la vez.
Oye, buen hombre, el sacamuelas se va,
yo me voy y así se termina todo. Este se queda.
¿No ves que está muy delgado? Déjale marchar.
Yo me voy. -No se va a ir así.
-¡Granujas!
(RÍE) -¡No!
(Música)
(RÍE)
Quítate de encima, pesas más que un búfalo.
Oye, ¿sabes que hace tiempo que echaba de menos
un colchón tan cómodo?
Pues si te quitas de aquí y vas a Black River,
encontrarás otros más cómodos.
Hay un sitio donde los alquilan a tanto por noche.
¿Vas tú también a Black River? Sí, pero yo ya tengo colchón.
(Música)
¿Qué camino lleva, doctor? El mío.
¿Y tú? ¿Viene conmigo, doctor?
¿Pero quién eres? ¿De dónde sale este?
Mala cosa la ingratitud.
Yo les he ayudado. Ahora pueden ayudarme a mí, ¿no?
¡Está bien, maldita sea! Dime entonces dónde vamos.
A Carl Town.
(Música)
Desde Mississippi hasta California
no existe un lugar tan hermoso como este.
Era de México antes de que llegaran ustedes, los yanquis.
Ahora es mío. Solo mío.
Y hasta donde alcanza la vista.
El estado soy yo.
A su antecesor, general, le gustaba mucho este juego.
Yo y Menéndez nunca estuvimos muy de acuerdo.
A veces él mismo tomaba parte.
Le parecía interesante el premio.
El general Menéndez estaba loco por ella.
Ven.
Anda, ven acá. Ve.
(SE CARCAJEA)
¡Vaya! Ahora que lo he liquidado,
tendré que reconocer que Menéndez sabía elegir.
Menéndez y yo éramos buenos amigos.
Menéndez era un puerco, no servía a la causa de la revolución.
Que el difunto general sirviera o no a la causa de la revolución,
es algo que me trae sin cuidado.
Nunca me creó problemas.
Siempre me pagó puntualmente y al contado.
Míster,
tú entrégame las armas y yo te daré el dinero.
Es fácil, ¿no?
(Música)
Un momento.
¿Qué pasa? Nada.
En Santo Sacramento nadie ha visto a Barnett.
A Gómez y al otro les encontraron muertos dentro de su casa.
¿Y los otros tres?
Desaparecidos.
¿Has visto el sheriff Douglas? Sí.
¿Y qué? He ido a Carl Town
y me ha dicho que tiene preparado el cargamento.
¿Cuándo lo envía? Espera órdenes de usted.
(CANTURREA)
(Aplausos)
Ciudadanos de Carl Town,
nos hemos detenido en esta hermosa ciudad
porque un conspicuo conciudadano vuestro
nos ha invitado cortésmente a no seguir.
Dallas, Dodge City y todas las ciudades del oeste
esperan nuestra obra benéfica.
Pero nosotros, doctor Pajarito,
graduado en la universidad de Philadelphia,
y Dulcie la salvaje, hija de una india
y de un noble hidalgo español,
hemos querido rendir homenaje a Carl Town City.
Y dado que nuestra estancia será breve, empezaremos enseguida.
Veamos, muchos de ustedes necesitan de nuestra ciencia.
Tenemos remedios y bálsamos
para todos los males que afligen a la humanidad.
Callos y durezas, caspa y calvicie.
Tú, por ejemplo, amigo. El tuyo es un caso desesperado.
Lo único que puedes hacer, guapo, es rezar a Dios,
pero quizás lo has hecho
y el Señor, que es grande y omnipotente,
te ha complacido mandándome a mí Carl Town.
Esto es lo que tú necesitas.
El único inconveniente es que es muy caro.
Es jugo de semillas de cabellos chinos.
-¿Y cuánto cuesta? -¿Cuánto cuesta esto?
Con todas las riquezas del rey Salomón no se podría pagar,
pero yo no soy un mercader,
yo trabajo por el bienestar de la humanidad. ¡Lo regalo!
-Oye, doctor, ¿no habrás estado, por casualidad,
hace dos años en Fresno City?
-¿Fresno City? Jamás he estado en Fresno City.
Sembrar y regar dos veces al día.
Y... Y no pagas más que el transporte, 10 $.
10 miserables dólares por un remedio extraño, precioso.
Ánimo, no vaciles.
-Tú, baja de ahí. -¿Quiere un frasquito también?
-Baja de ahí y lárgate. Hay una orden del sheriff Douglas.
En Carl Town no queremos ni perros ni vagabundos, ni charlatanes.
-Si le parece, iré yo mismo a hablar con el sheriff.
-Déjalo. Te digo no puedes quedarte.
-Tengo permiso de la universidad de Philadelphia.
-¿Y esta quién es? -Mi sobrina Dulcie.
-¿Qué hace aquí? -Anda, está conmigo.
-¿Y tú qué haces? -Yo soy doctor.
-No te he preguntado lo que eres.
Se ve a la legua que eres un charlatán.
Y aquí no nos gusta la gente como tú, así que lárgate
o, de lo contrario, te haremos correr nosotros.
-¿Pero qué te crees?
¿Que porque lleves esa estrella puedes abusar?
Mi tío es un caballero que está honrando la ciencia.
-¿Qué hay aquí dentro? -Mi gabinete.
-¿Gabinete? -Sí, mi laboratorio.
Lleno de cosas muy interesantes. Venga, se las enseñaré.
-No te molestes, no nos interesa tu laboratorio.
Procura largarte cuanto antes y, mientras estés aquí,
ten cuidado de no engañar a nadie.
-¡Jamás me habían ofendido así en toda mi vida de doctor!
¡Tengo un título por la universidad de Philadelphia!
¡Soy un hombre de ciencia!
Con estos abusos impiden
que llegue el progreso de la ciudad de Carl Town.
-¡Sí! Mejor sería que se dedicaran a dar caza
a ese criminal de los carteles,
en vez de molestar a las personas decentes.
-¡Déjalo ya, basta! Baja ese cañón, maldito.
Bastantes problemas tengo
para que se me añada un asesino que nos acompaña.
Si es eso lo que piensa, me voy ahora mismo.
Siéntate ahí, asqueroso.
Si sales ahora con el pueblo entero mirando,
acabaremos todos en la horca.
-¿No has oído a los de la estrella?
Me echan de aquí y tengo que irme con el carro.
No se intranquilice. Enseguida nos vamos.
¿Nos vamos? Nos vamos nosotros, tú puedes irte a donde te parezca.
(Silbato tren)
¿Has recibido más noticias? No.
Pero yo digo que si hace dos días que Barnett estuvo con Gómez,
no puede estar muy lejos.
¿Crees que vendrá a Carl Town en tren?
No, no lo creo,
pero no hay duda de que, tarde o temprano, aparecerá.
¡15 horas de retraso! ¡Esto no es un ferrocarril!
¡Es un camino de tortugas! ¡Todos mandan, todos deciden!
¿Soy quizá un jefe de estación? ¡Calla de una vez, Mike!
Y cumple con tu trabajo.
Hola, Sheriff. ¿Ha ido todo bien, Moisés?
¿Por qué? ¿Ocurre algo?
Ted Barnett anda libre. ¿Barnett?
Mal asunto.
Mal asunto para él.
Decidle a Cobb que, hasta que no tengamos a Barnett,
este será el último cargamento.
En cuanto a los enlaces, puesto que ha muerto Gómez,
que se encargue él de buscar la forma.
De acuerdo, sheriff, se lo diremos.
¡Ah! Otra cosa.
Vosotros sois ayudantes del señor Cobb
y, desde ahora, respondéis de la carga.
¿Entendido?
Los ojos bien abiertos.
(Música)
(Silbido del tren)
¿Qué ocurre? ¿Por qué te levantas tan temprano?
¿No has oído ese pitido? Sí, aún lo oigo.
El tren salió anoche. ¿Cómo puede estar aquí ahora?
¿Y por qué pita tanto?
¿Crees que Barnett tenga que ver en eso?
Tú vuelve a dormirte y no pienses en ello.
Ten cuidado, Barnett te busca a ti, ya lo sabes.
¿Y si te buscase a ti?
Tranquilízate, en el pueblo hay más hombres armados que moscas.
No podrá hacer nada.
(Música)
(Silbido del tren)
¿Habéis avisado al sheriff? El tren vuelve hacia atrás.
-Sí, ya lo estoy viendo, ¿pero por qué?
-Y me lo preguntas a mí. Eso tiene gracia.
¿Y qué sé yo? ¿Soy un verdadero jefe de estación?
Los trenes van y vienen por aquí
sin que yo sepa nada ni entienda nada. No entiendo nada.
Esto no es una estación.
¡No hay nadie en la locomotora!
¡El tren viene solo hacia atrás!
¡No lo conduce nadie!
¡Paradlo! ¡Vuelve solo!
¡Paradlo! ¡Vuelve solo!
(Música)
(Agua)
¿Te he despertado?
¡Ted!
Hace un tiempo precioso esta mañana, aunque la noche ha sido algo fresca.
¿Qué tal has dormido?
¿Y mi navaja de afeitar? Ted...
¿Qué?
Yo creí que nunca volvería a verte.
Cómo puedo explicártelo todo en tan poco tiempo.
¿Por qué tenemos poco tiempo?
Es que Douglas puede regresar de un momento a otro.
Ojalá.
Así le preguntaré dónde está mi navaja de afeitar.
Ted...
Estoy contenta de tenerte aquí.
De verdad.
¡Ah! Todavía están aquí.
Menos mal que Douglas y yo tenemos tallas distintas.
Así que me ha dejado la ropa intacta.
(Música suave)
Igual que entonces.
Como si no hubieran pasado estos tres años.
¿Y qué son tres años?
Van bien tres años de reposo. ¿Cómo has estado, Ted?
Bien, cariño, bien.
No te creo, ha sido difícil.
También para mí.
Al principio, yo te defendí.
Te defendí contra todos.
¿Pero qué iba a hacer?
Las pruebas eran tan contundentes... ¿Por qué dices eran?
¿Es que ahora ya no lo son?
Aunque no lo hubieran sido, ya no puedes demostrarlo.
¿Tú crees? Sí podré.
Con la ayuda de una persona.
¿Quién? Tú.
Yo no sé nada.
Claro... (RÍE)
Tú no sabes nada de nada. Y para ti
Douglas es el honorable sheriff de Carl Town.
Y de la muerte de mi padre, ¿qué dices?
Te lo repito, Ted, yo no sé nada. Ni de lo de tu padre.
Lo que tú desconoces es que Douglas me ayudó mucho entonces.
Me había quedado sola.
Y decidí casarme con él, pero me gustaría estar de tu lado.
Parece demasiado pronto para que te pongas de mi parte,
¿no crees?
Tú sueles elegir el caballo ganador después de cruzar la meta.
Soy sincera, puedes creerlo.
Si quieres ponerte de mi parte, tendrás que hacer muchas cosas.
Dime qué cosas. Quiero encontrarme con Douglas.
Los dos a solas. De acuerdo.
Y las armas no se encuentran. Por ningún lado.
¿Cómo habrá podido descargar las cajas él solo?
Habrá obligado a los hombres de Cobb a descargarlas antes de matarles.
Prepara todos los hombres disponibles.
Hay que organizar una batida.
¿Y con Cobb qué pasará ahora?
Mañana tenía que entregar el cargamento.
Habrá que decírselo.
¿Puedo mandar algún hombre? No me pierdas la cabeza, John.
Esos hombres no me sirven.
Solo tú podrías hacerlo.
Pero a ti te necesito aquí. ¿Entonces?
Entonces, al haber perdido a Gómez y quedarnos sin enlace,
Cobb comprenderá que no puedo avisarle.
Solo tenemos una solución.
Acabar con Barnett.
(Música)
(LLAMA)
(Continúa la música)
¿Dónde está Douglas? Abajo solo.
Bien, vamos, no perdamos tiempo.
(Música)
¿Qué estás escribiendo, Douglas? ¿Tus memorias?
Sí.
Y he llegado al episodio más importante.
La noche en que Ted Barnett
cayó en la cazuela como un pollo.
Has tenido buena cocinera.
Barnett,
levanta las manos.
Bravo. Y ahora...
Yo te cuento una cosa a ti y tú me cuentas otra a mí.
¿De acuerdo?
Muy bien.
¿Quién empieza? Yo.
Empiezo yo a preguntar.
¿Dónde has llevado las armas? A Pico Wild.
Las he dejado en Pico Wild, Douglas.
Cobb y los mexicanos podrán ir
a recogerlas allí, pero...
Cuando yo quiera.
¿Te basta? Sí.
Me basta. Entonces...
Puedo preguntar yo, ¿no?
¡Je! Pero rápido porque tengo poco tiempo ahora.
Es verdad, Douglas.
Tienes poquísimo tiempo.
Tienes los minutos contados.
Tu vida depende de un hilo
y no lo sabes.
¿Quién mató a mi padre?
Yo.
Yo personalmente.
Porque era un trabajo
demasiado delicado.
Y ahora, sheriff,
¿cómo acabarás tus memorias?
¡Ted, te lo juro!
¡Te juro que no sabía que era él quien había matado a tu padre!
(CARGA LA PISTOLA) ¡No! ¡No, Ted, no lo mates!
¡Entrégaselo al juez Kincaid!
Declararé que ha confesado que mató a tu padre.
(RESPIRA CON DIFICULTAD)
(DISPARA)
(Música)
Hiciste lo que te había pedido.
Nunca más te pediré otra cosa.
(Continúa la música)
Bienvenido, Barnett.
¿Quién eres? Soy Widmark,
¿no te acuerdas de mí?
La sombra de Douglas. Tienes buena memoria.
¡Vamos, sal de ahí con las manos en alto!
¡Creo que esto podemos discutirlo, Widmark!
Pero, dime, ¿qué es lo que buscas?
¿A mí o la recompensa? Viene a ser lo mismo.
Para ti,
pero no para mí.
Puede darse el caso de que no te mate.
Yo quiero dos cosas.
Cobrar la recompensa y demostrar a Douglas que no eres tan listo.
Yo sabía que volverías aquí y él no ha querido escucharme.
"Yo tengo otro plan", decía él.
¡Barnett!
¡Tengo la garganta seca de tanto hablar!
Pero si quieres... (DISPARA)
(Música)
¿Pero qué ocurre? El tren no afloja la marcha.
-Preparados, muchachos.
Es raro. ¿Qué hacen?
¡Han matado al maquinista!
¡Morgan, sube y páralo!
¡El vagón está vacío, aquí no hay nada!
¡Las cajas han desaparecido!
¡Jefe, es el sheriff Douglas!
¡Barnett!
No entiendo.
¿Quieren explicarme lo que significa todo esto?
¡No me gusta que nadie se burle de mí, míster Cobb!
Alguien se ha llevado las armas, y creo saber quién es.
¡Tonterías!
A mí todo eso no me importa nada.
¡Yo he pagado por esas armas y las quiero!
En los negocios solo tengo una palabra.
Deme solamente 12 horas de tiempo
y le garantizo que tendrá esas armas.
O el anticipo. No se muevan de aquí.
Le demostraré que no tiene motivos para dudar.
Vamos, seguidme.
(Música)
¡Salud, amigos!
¿Quién es el mandón?
Aquí no hay ningún mandón, es un general.
Aquel.
Y hay que hablarle con respeto.
-¿Qué es lo que buscas?
Vengo a hablarte de Cobb. Habla, te escucho.
Es que...
Verás, ahora no puedo porque...
Porque este me atemoriza. ¡Ah! Paquito.
¿Paquito te atemoriza? (RÍE)
¿Lo habéis oído, muchachos? Pobrecito.
Paquito le atemoriza. ¿Puedo decirle que se vaya?
Sí, claro, díselo, díselo.
Ya se lo he dicho.
Cuidado, gringo, no sabes dónde te estás metiendo.
Hablemos de Cobb, amigo.
No ha cumplido su palabra, según parece.
Te ha engañado.
(RÍE)
Tú, seguramente, le habrás dado un anticipo
y él no te ha entregado nada.
Sé que llevas mucho dinero en esos carros y que quieres gastarlo.
Yo vendo...
armas, y podemos llegar a un acuerdo.
¿Dónde están?
Guardadas, amigo. Puede ir por ellas, si quieres.
¿Cuánto valen?
La mitad de lo que dabas a Cobb.
Trato hecho. (RÍE)
Ningún dinero a Cobb. (RÍE)
Y ningún dinero a ti. (RÍEN)
Levanta las manos, imbécil.
Si no hay dinero, no hay armas.
Eso ya lo veremos, estúpido.
¿Dónde están las armas?
(DOLORIDO) En Pico Wild.
Vamos, muchachos.
¡Dolly!
¡Dolly!
¡Dolly!
¡En el tren no había armas, han desaparecido!
Sí, lo sé, Cobb.
Están escondidas en Pico Wild.
Barnett estuvo aquí, entró en la casa y mató a Douglas.
¿Se llevó algo?
¿Dónde guardaba Douglas sus papeles? No insistas, jamás te lo diré.
¡Vámonos!
Señor Cobb, ¿se ha enterado de lo que ha hecho Barnett?
Ha matado a cinco hombres y se ha llevado el tren.
Ya lo sé, mis hombres y yo vamos a la caza.
Espero que también encuentren al sheriff Douglas,
que ha desaparecido. Desde anoche no le hemos visto.
Quizá está persiguiendo a ese delincuente.
Ha muerto, le ha matado él.
¿Qué ha muerto Douglas? ¿Y cómo lo sabe?
No tengo tiempo para explicárselo.
Primero he de encontrar a Barnett. Perdone.
¿Qué haría en la oficina de Douglas, si sabía que había muerto?
-No lo sé, juez. Vi que rebuscaba entre los papeles del armario.
-¿Se ha llevado algo? -Me parece que no.
-Que nadie toque nada. Le nombro sheriff como sustituto de Douglas.
-Haré cuanto pueda, juez Kincaid.
Buenos días, juez.
(Música)
Le esperaba.
Tengo que hablarle.
¡Quieto! Barnett queda bajo mi protección, se ha entregado.
Vamos, dale el revólver.
De acuerdo. Entonces, yo iré a Pico Wild.
Tú, Patt, llévale a la cárcel.
Y tú recuerda que solamente la ley tiene derecho a hacer justicia.
Eso creía yo también, juez, y quiero seguir creyéndolo.
Aunque a veces sea mejor actuar uno mismo.
Espero encontrar las pruebas de tu inocencia.
De lo contrario, haré que te ahorquen, Ted.
Procure darse prisa, juez.
(Música)
Las armas ya no están en Pico Wild. He visto a los mexicanos
que se las están llevando hacia la frontera.
Se nos adelantaron.
Acortaremos camino.
Les esperaremos en el desfiladero de Rabitt Pass.
(Música)
(DISPARA)
Hola, general.
Veo que ha tenido más suerte que yo. Ha conseguido lo que quería.
¿Quién le ha dicho que las armas estaban en Pico Wild?
Un ángel.
Un ángel que quería pasarse de listo,
pero que el pobre era solo un imbécil.
No perdamos el tiempo.
Deme el resto del dinero y quédese con las armas.
¡Oh! Claro, claro, míster Cobb. (RÍE)
¿Por qué no viene usted aquí a recogerlo?
(Disparos)
¡Señor juez, mire eso!
(Continúan los disparos)
Parece una batalla entre dos bandas.
Vamos a ver.
(Continúan los disparos)
Los que están en la garganta son una banda de mexicanos.
(Música)
¿Qué hace usted aquí, juez?
Me dirigía a Pico Wild y pensaba encontrarle usted allí,
pero que esperaba ver era muy distinto.
¿Qué quiere decir?
Me habían asegurado que se encontraría usted con los mexicanos
para entregarles una partida de armas.
¿Quién le dio esa información? Ted Barnett.
Ted Barnett...
¿Desde cuándo escucha usted a los asesinos, juez?
Barnett ha venido a entregarse voluntariamente.
¿Está Barnett en su poder? Sí.
Entonces, ahórquelo.
Quizá lo haga, pero antes quisiera saber
de quién son las armas que hay en esos carros.
No lo sé, no sé nada de esas armas, señor juez.
Yo iba buscando a Barnett cuando tropecé con esos mexicanos.
Empezaron a disparar primero
y, naturalmente, mis hombres contestaron al fuego.
Es todo lo que sé.
En cuanto a esas cajas, es la primera vez que las veo.
Hasta la vista, juez. Adiós.
-¿Qué ha ocurrido? -Barnett me ha engañado.
¿Qué otra cosa podía esperar?
Que preparen la horca. Mañana pagará por todos sus delitos.
-Así lo haré.
¡Perra asquerosa!
¿Se puede saber de parte de quién estás?
Las armas estaban en Pico Wild,
pero, por lo visto, iba a haber una fiesta de beneficencia
a favor del juez Kincaid.
¿No sabías tú que el juez también iba a venir
a disfrutar del espectáculo?
Yo no sabía nada.
¿Dónde están los papeles de Douglas? ¡Eso sí lo sabrás!
En su despacho.
Eso no es verdad. ¡No es verdad! ¿De parte de quién estás?
¡De la mía!
Y ahora, escúchame con atención.
Barnett será ahorcado mañana.
Así todo volverá a ser como antes.
¡Y ya no tendrás a tu lado a ese infeliz de Douglas
para actuar como protector!
De modo que ten mucho cuidado con lo que haces.
(LLORA)
Canalla...
Canalla...
-Te ha salido mal, Barnett.
¿Qué esperabas que encontrase en Pico Wild?
La verdad.
La verdad inventada por ti. Llegué a creer en tus palabras.
Te lo había avisado. Ahora lo vas a pagar.
La horca te espera y te aseguro que irás a ella bien pronto.
Juez Kincaid...
Escúcheme, juez.
Lo que ha pasado no lo sé.
Pero ahora me doy cuenta de que Cobb se ha burlado de usted
por segunda vez. Tú eras quien quería burlarse de mí.
Mataste al sheriff Douglas solo para vengarte.
Douglas era un hombre de Cobb, lo mismo que Gómez.
Desde hace años venden armas a los mexicanos.
Compran y venden esclavos en todos los estados del sur
ante sus propias narices.
Hace tres años me condenó por homicidio
basándose en las pruebas falsas que ellos le entregaron.
Es usted un estúpido, juez Kincaid.
No malgastes fuerzas hablando.
Mañana te van a hacer falta.
Escucha, Barnett, como te vamos a ahorcar,
queremos satisfacer tu último deseo. ¿Tienes alguno?
A las ceremonias suelo ir siempre bien arreglado.
La de mañana es importante para mí.
Necesitaré un traje.
(Pasos)
Hola, Dolly. ¿Qué pasa?
-Déjeme entrar, por favor. Traigo algo que debe conocer.
(Música)
Ya.
(Continúa la música)
¿Quieres un último trago?
Gracias, no bebo nunca por la mañana.
(LLORA)
¿Puedo actuar ya, señor sheriff? -No, un momento.
¡Vamos, sheriff!
¿Qué ocurre? ¿Te decides de una vez?
¿A qué diablos estamos esperando?
¡Acabemos de una vez para siempre!
Tú, verdugo, tira de esa maldita cuerda.
Sí. -¡Quieto!
Soy yo quien da las órdenes, señor Cobb.
La ley hay que respetarla. ¡Para eso estamos aquí!
La ley dice que ha de ser ahorcado, ¿no?
¡Pues entonces, ahorquémosle!
Tenemos que esperar.
Sin el juez Kincaid no podemos hacerlo.
¡Pues búsquenle!
La ley no puede esperar la comodidad de nadie.
¡Ahí viene!
-Ted Barnett.
En nombre de la ley, te declaro...
Inocente.
Ciudadanos de Carl Town,
yo mismo hace tres años condené a Ted Barnett a 30 años de presidio.
Pero ahora sé que las pruebas presentadas contra él eran falsas.
He recibido unos documentos cuya existencia ignoraba.
Y de ellos se deduce claramente
la culpabilidad de otras personas
que, por sed de dinero y de dominio,
querían desembarazarse de la familia Barnett.
Señor Cobb, como juez territorial y en uso de mis atribuciones,
desde este momento, le declaro culpable.
Sepa que los documentos del sheriff Douglas están en mi poder.
No le queda más remedio que entregarse.
-¡Vamos, tío, hay que quitarse de en medio!
(Disparos)
¡Atrás, atrás!
No me sigas, muñeca, ahora no tengo tiempo para ti.
¡Sheriff, venimos a echarte una mano! -¡Colocaos ahí!
Ayudadme, le meteremos dentro.
¿No te dije que no vinieras detrás de mí?
Eres tú quien se cruza en mi camino. Insistes, ¿eh?
No me ayudes, que a lo mejor sudas.
Ahora que tenemos colchón, no tenemos tiempo...
para dormir.
¡Granuja!
Vete, te echaré de aquí. Soy yo la que se va, imbécil.
(RÍE)
Vamos, sal.
(Música)
¡Cógela!
Vamos, ven acá. -¡Dejadme!
-Quieta. -Vamos, muñeca.
-¡Asquerosos! ¡Soltadme!
-¡Quieta, cógela de una vez!
Doctor. ¿Eh?
¿Qué diablos hace? Esto no es como sacar muelas, ¿eh?
Maldita sea...
Maldita sea lo digo yo, asesino. (RÍE)
No veo a la niña. ¿Dónde está? Cualquiera sabe.
Siempre me mete en líos.
Ya estoy harto de verme en ellos por culpa tuya o de ella.
¡Maldita sea!
(Música tensión)
¡Sal fuera, Barnett!
¡Vamos, asómate!
¡Sal y da la cara!
¡Sacadle vosotros!
(Disparos)
(RÍE)
¡Atacad por la espalda!
(Música)
(Disparo)
(Continúa la música)
(Música)
Ted Barnett, eres un granuja.
Mala suerte.
No me sale nada bien.
Ahora que me gustaría reposar, me toca a mí hacer de colchón.
(RÍE)
(Música)
Can't find what you're looking for?
Get subtitles in any language from opensubtitles.com, and translate them here.