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Jean Marais
- ¿Caballero de La Valette? - Soy yo.
Por orden de su Eminencia el cardenal Mazarino haced el favor de leer este mensaje.
Daos prisa, os lo ruego.
- ¿Malas noticias señor? - Huye, tienen orden de arrestarte.
"En el castillo de la isla de Santa Margarita, en la Provenza
desde hace tres años, el misterio rodea la presencia de un prisionero".
"Nadie puede ver su rostro bajo pena de muerte".
"En el otro extremo del reino, en las dunas del mar del norte,
el ejército francés se dispone a enfrentarse al ejército español
en una batalla decisiva, para el destino del país...
- Señor de Saint Pierre. - Señor de Turenne.
Aseguraos de que sus movimientos son conforme a lo que estaba previsto.
Solo veo arena.
¡Ah, sí! ya puedo ver algo.
Está huyendo.
¿Qué le ocurrirá al enemigo?
- Tengo un buen presentimiento.
¡El enemigo está detrás, nos ha rodeado!
- No, son los mosqueteros de D'Artagnan,
que toman posiciones en la retaguardia.
Señores, todo está dispuesto para la batalla.
El flanco de la izquierda está frente al flanco de la derecha.
Ya solo tienen que encontrarse.
- Señor de Turenne. - ¿Señor?
Pasad revista a las tropas con algunos dragones.
Señor de Montollair.
Señor de D'Artagnan.
Se quedarán aquí hasta que escuchen las trompetas.
Entonces, cargarán en dirección a la ciudad, que está al otro lado.
Si son sus mosqueteros, os felicito, señor de D'Artagnan.
Su arrogancia es digna del rey.
Son mis mosqueteros, señor.
Entonces, es a vos a quien doy la enhorabuena.
Y yo también.
Bravo, señor de Montollair.
Es maravilloso tener a un padre recaudador de impuestos
que ha comprado en cinco minutos un cargo de capitán
que a mí me ha costado 20 años. ¡Y un caballo!
Es muy hermoso
gastar mucho más dinero del que yo he ganado en vestir a la compañía.
¿Qué mosca os ha picado?
¿Me provocáis?
No, sois vos.
Bien, es posible.
Estoy de un humor de perros.
Tengo la impresión de que ese humor se debe
a la resistencia de una ciudadela que lleváis cercando un mes.
¿Qué queréis decir?
Sí, una encantadora ciudadela
- que se llama madame de Chaulmes. - Me irritáis.
Es verdad.
Esa malvada me tiene destrozado.
Estoy tan abatido que no puedo ni castigar vuestra indiscreción.
¿Una indiscreción?
¿No creéis que exageráis?
Sois la comidilla de toda la corte,
de la ciudad y de vuestros mosqueteros.
Vaya.
Miradme en qué estado me encuentro.
Cuarentón y con una compañía vestida con harapos
que va murmurando los desamores de su capitán.
Si me hubierais conocido hace 20 años...
Las mujeres venían persiguiéndome hasta los campos de batalla.
¡Si las hubierais visto de pie agitando el pañuelo!
¡El pañuelo!
No, debe ser un espejismo.
Si lo es, debe ser buenísimo, porque veo la librea del cochero
de madame de Chaulmes.
¡Dios mío!
Muy agradecido, señores españoles.
Pero yo estoy temblando.
¿Cómo vais a tener miedo de esos españoles?
Gracias, señores, gracias.
Pero yo solo he venido para...
Para recompensar mi ardor.
Madame, qué buena idea.
Preferir como acompañamiento el ruido de los cañonazos
al de una orquesta.
No, no, no, no.
D'Artagnan, os lo ruego.
Sed bueno.
El carro que viene detrás está cargado con cosas para sus soldados.
Hay botas, manoplas, sombreros.
Lo he dispuesto todo para que sus mosqueteros
puedan dar una lección de elegancia a esos señores españoles.
¡Señores mosqueteros!
¡A por ello, todo eso es para vosotros!
¡Gracias, señora, gracias!
Complacisteis a mis hombres,
no olvidéis a su Capitán, y su hambre por vos.
¡No, señor! Me marcho.
No temo a los enemigos,
sino al espectáculo ofrecido por los soldados del Rey de Francia.
¡Qué maravilla!
- Tome, Capitán este para Ud. - ¡Fantástico!
¡Qué estás haciendo!
¡Yo la vi primero!
No se te ocurra quitármelo.
Te he dicho, que lo vi primero.
¡Señores mosqueteros!
¡Todos a sus puestos!
¡Vamos a iniciar una batalla encarnizada!
Se acabó.
¿Creéis que la batalla ha terminado? Ah, sí.
Habrá sido una victoria o tal vez, una derrota.
Daría un tesoro por saberlo.
Bueno, lo de tesoro es un decir.
Pero daría algo por saberlo.
El futuro de Francia depende de esa batalla.
Yo ya he rezado tanto...
La plegaria de la reina de Francia tiene su valor,
pero los españoles tienen tanto interés en este asunto
que tampoco habrán descuidado sus oraciones.
Así que poneos en el lugar de Dios.
Implorado por un lado y por el otro, no sabrá dónde mirar
y dejará que las cosas ocurran.
Estamos en manos del señor de Turenne.
El rey confía en él.
Pero vuestro hijo solo tiene 20 años.
¿Acaso vos no confiáis? Pues sí, claro.
Nunca me gusta tener completa confianza antes.
Solo me gusta tener confianza después.
Madame, hacedme compañía
mientras esperamos al señor de Turenne.
Y espero que hayamos ganado,
y es que, no sé por qué, pero lo que más me gusta es ganar.
Majestad.
Eminencia.
- El señor de Turenne me ha hecho... - Sin preámbulos. ¿Qué ha pasado?
El ejército enemigo,
compuesto por valones e italianos, acompañando a los españoles,
era más fuerte que el nuestro.
Hablad más bajo, por favor.
Nuestras tropas, con el coraje que exige el difícil momento actual,
se han batido.
Al ver el ardor demostrado por el señor de Turenne,
uno se preguntaba si se dirigía hacia la victoria o hacia la muerte.
La derecha enemiga, cumpliendo con su deber,
comenzó a despedazar nuestra izquierda.
Más bajo, más bajo.
El fuego de los enemigos de la derecha
fue tan grande que los caballos se asustaron
y se desbocaron hacia la izquierda, cayendo al mar,
siendo arrastrados por la corriente.
Pude ver a Comet, sin un brazo, que iba a por nuestro estandarte.
El señor de Turenne recibió metralla del enemigo.
Empujó por la derecha y acometió de lleno a su flanco.
¡Oh, el señor de Turenne!
Iba sembrando el terror.
Y había que ver cómo huían
los que escapaban. Y alcanzamos la victoria.
Esperad, esperad.
Quedaba esa temible infantería del ejército español.
Su batallón iba tan apretado que parecía una torre
que arrojaba disparos en todas las direcciones.
Tres veces el señor de Turenne intentó aplastar a sus enemigos
y las tres veces fue rechazado.
Y fuimos derrotados.
Ah, eminencia.
¡Qué gran gallardía la de esas tropas y esos valientes oficiales
cuando tuvieron que ceder ante los disparos del señor de Turenne!
Empujados hacia el mar ya punto de ahogarse,
comprendieron que no había más remedio
que arrojarse a los brazos del vencedor.
Y eso es lo que hicieron.
Y así acabó esta jornada, con el triunfo del señor de Turenne.
Señor de D'Artagnan.
Por la alegría que acabáis de darme, me hubiera gustado
demostraros mi agradecimiento,
pero es demasiado tarde, me temo.
No sois lo bastante rico para rivalizar con madame de Chaulmes.
Pero, de todos modos, os daré un buen consejo.
Traedme siempre unas noticias tan buenas.
Y, además, considero que esta noticia es tan maravillosa
que sentiría placer en volverla a escuchar.
Contáis tan bien las batallas.
El ejército enemigo...
No, no, no tan pronto.
Voy a deciros algo. Venid.
¿Qué es lo que habéis pensado?
Pues veréis, majestad.
Ahí fuera se encuentra el señor Pimentel,
el enviado secreto de la corte española.
Escuchadme.
El señor de Turenne lucha con muchos caballos,
pero el pobre y pequeño Mazarino tiene que librar las batallas solo.
Adelante, podéis entrar.
Estoy solo.
Vamos a preparar una honrosa paz.
Mi rey así lo desea, desea la paz.
Pero me ha dado algunas consignas.
No quiero conocer vuestras instrucciones.
Quiero que actuemos como dos viejos amigos.
El amigo Mazarino y el amigo Pimentel.
Y esto es todo lo que Mazarino le pide a Pimentel.
Primero, carta blanca en la Lorena.
Va muy deprisa su eminencia.
Luego, carta blanca en Flandes y en Holanda.
Pero su alteza serenísima considera que Holanda...
Asimismo, la cesión por España del Rosellón
y algunas plazas fuertes, de las cuales os daré detalle.
- Es una locura. - Y finalmente,
la unión de su majestad, Luis XIV, con la infanta de España.
Esta debería aportar una dote de 500000 escudos.
Es una proposición generosa, señor Pimentel.
Habláis como un vencedor a un vencido.
Os anticipáis al resultado de la batalla que libran los ejércitos.
Oh, no, no me anticipo en nada, señor Pimentel.
Estoy seguro.
El ejército francés es el mejor del mundo.
No tengo duda de que habrá vencido esta tarde al ejército español.
Yo no necesito saber los resultados para conocerlos.
Eminencia, me envía el señor de Turenne.
Ah, muy bien, muy bien, contadnos.
Su ejército era más numeroso que el nuestro.
Pero al ver el valor que mostraba el señor de Turenne,
se preguntaron si se dirigía a la victoria o a la muerte.
La derecha cumplía con su deber
y el flanco izquierdo comenzaba a moverse.
No tiene importancia. Son peripecias del comienzo.
Continúe, señor D'Artagnan.
El fuego de la derecha había sido lo bastante fuerte
como para asustara los caballos, que caían al mar,
siendo arrastrados por la corriente.
Vi a Comet nadar con un brazo para recuperar su estandarte.
Después, el señor de Turenne, estando herido,
hizo avanzara su ala izquierda.
Pero la temible infantería española...
¿Lo veis?
¿Lo estáis viendo? Peripecias. Contadnos el final.
Empujados hacia el mar, los enemigos, a punto de ahogarse,
comprendieron que no había más salvación que arrojarse a los brazos
de los vencedores y así lo hicieron.
Y el día acabó en el triunfo de nuestro ejército.
Señor Pimentel.
Creo que con este relato, ha quedado bastante claro
que el ejército francés ha superado al de vuestro país.
¿Queréis dar a este mensajero 1000 monedas de mi parte
por su grata noticia?
Bien, vuestra berlina está lista para que emprendáis camino a Madrid.
Ya conocéis mis condiciones.
Transmitídselas al rey de España.
El matrimonio de la infanta y del rey de Francia está bien.
Suavizará lo que hay de áspero en este tratado.
Ese matrimonio es muy importante, pero...
¿Veis alguna dificultad?
La dificultad podría provenir del rey.
¿No es vuestra sobrina, Marie Mancini, la que veo en el jardín?
Sí, la pobre está tomando el Aire.
¿No estará esperando al rey? Dicen que está prendado de ella.
Habladurías, amigo mío, habladurías.
Sí, pues es el rey, pero...
Mi rey preferirá una guerra
a ver el espectáculo de una infanta de España ultrajada.
No conocéis el orgullo castellano. No, ni vos, la astucia italiana.
Cuando el tratado de paz se firme,
su infanta no tendrá un amante más fiel que su majestad.
Yo me ocuparé de esa aventurilla con mi sobrina.
Estaré siempre vigilándoles.
¿Busco al Capitán D'Artagnan?
- ¿Qué dice? - ¿Quién?
Ahí, al fondo.
¿El Capitán D'Artagnan?
Al vestir elegantemente a mis mosqueteros, me habéis dado
Una prueba de amor.
No, no, de simpatía.
La prueba de amor está por llegar,
- ahora. - Ahora no, no.
Mi falda, tengo escrúpulos.
En estos tiempos no hay que tener escrúpulos.
Capitulad, señora.
Hasta vuestra falda enseña la bandera blanca.
¡No estoy para nadie!
¿Tampoco para el cardenal Mazarino? Quiere veros urgentemente.
Querrá que le vuelva a contar la batalla.
Está bien, ya voy.
Esta vez, abreviaré la narración.
Vuelvo enseguida.
Vamos, a caballo.
¿Qué es lo que ocurre?
Una fiebre fulminante ha atacado a su majestad
cuando se encontraba completamente solo.
Señor D'Artagnan.
En un momento estoy con vos.
Es que, monseñor...
he estado combatiendo todo el día.
¿Queréis descansar?
No, Eminencia.
Yo quisiera continuar.
Me esperan en una berlina.
Rezo por mi hijo, señor.
Ya lo veo, madame.
Pero...
Hay momentos en los que me pregunto si creéis en Dios.
No soy un cardenal cualquiera.
Ni vos, una madre cualquiera.
Mi hijo se muere, soy solo una madre.
No podemos perder un instante.
- ¿Para salvarle? - No, para remplazarle.
Sin rey, no habrá boda ni habrá paz.
¿Yo qué puedo hacer?
- Daría mi vida por la de mi hijo. - No os estoy pidiendo eso.
La vida, a veces, exige sacrificios en nombre del estado.
Hace 20 años,
cuando alumbrasteis dos gemelos,
se creyó acertadamente,
que algún día, esa competencia
podría comprometer la unidad del Reino.
¿Acaso no lo creísteis así?
¿No pensáis que tal vez el cielo me está castigando ahora
- por lo que le hicimos a su hermano? - Nos lo va a recompensar.
Para realizar el matrimonio y firmar la paz,
necesito un rey vivo.
Si Dios se lleva a nuestro rey,
hágase su voluntad.
Pero el señor D'Artagnan nos va a conseguir otro.
Son como dos gotas de agua.
Eminencia...
Creo que teníais una cita.
¿No sería a orillas del Mediterráneo, en Santa Margarita?
- Oh, no. - Lo siento por vos,
ya que partiréis ahora mismo.
Se os entregará un prisionero
cuyo rostro no podréis ver bajo pena de muerte.
Os ordeno que me lo traigáis vivo.
Enmascarado y vivo.
Y quiero que le otorguéis los más grandes honores.
Los mismos que os dispensaría a vos
- si os llevara prisionero. - No, muchos más.
Pero ya leeréis las instrucciones por el camino.
La seguridad del estado depende de la velocidad de los caballos.
La situación es tan grave que voy a rezar por ellos.
¿Vais a seguir cantando?
¿No tengo una voz bonita?
Encantadora, pero...
querida Isabel,
esa canción me desespera, pues la cantáis para él.
Estáis loca.
Si os casaseis conmigo, nos iríamos de aquí.
Lejos de estos muros y barrotes.
Pero preferís, el amor de un condenado a perpetuidad
Barco a la vista, señor de Lourmes.
Hacedle respetar las leyes que rigen aquí.
Está prohibido cruzar las aguas de la ciudadela de Santa Margarita.
¡Vamos, vamos!
Capitán, pólvora.
Todo lleno de pólvora.
¡Miserable, esto podría hacernos volar por los aires!
¿Puedo verlo?
Marchaos es peligroso.
No, mi capitán. No tiene peligro.
- Se come. - ¿Está bueno?
Pruébelo, señorita.
Está delicioso. ¿Cómo se llama?
Chocolate.
- ¿Choco qué? - Chocolate.
Abridme, por favor.
Me padre me ha permitido darle al prisionero este producto de México.
Está muy bueno.
Un sabor particular.
Es exquisito.
Valiente amante estoy hecho.
Arriesgáis mucho vuestra vida viendo mi cara.
Ya sabéis que la prohibición es muy seria.
Será ejecutado, sin juicio,
todo aquel que vea al detenido sin la máscara.
Eso me hace vuestra cara aún más querida.
No tengo derecho
a haceros compartir la suerte de un prisionero
sin nombre y sin cara.
Olvidadme, Isabelle.
- Debéis hacerlo. - Tenéis que amarme.
- ¿Quién ha traído ese polvo? - Un barco.
- ¿Un barco? - Sí, el del comerciante.
¿Y cuándo se va?
Le han dado permiso para pasarla noche.
Una oportunidad.
- ¡Al fin! - ¡No quiero!
Es la oportunidad de nuestra vida, al fin.
No quiero quedarme sola aquí, no quiero.
He sido una loca al daros esa cuerda.
¿De verdad estáis decidido?
Iré a París a ver al rey para que se me haga justicia.
Y viviremos juntos para siempre.
Bueno.
Entonces, os ayudaré con todas mis fuerzas.
Solo debéis jurarme que esperaréis para saltar
a que yo haga una seña desde abajo.
Os lo juro.
El hombre pasará la noche aquí. Se marchará mañana.
-¿Quién dice ser ese individuo?
Dice que es comerciante.
¿Comerciante de qué?
De una especie de polvo que tiene un color muy raro.
- ¿Y se come? - Sí, aunque sabe un poco amargo.
- ¿Sí, amargo? - Sí.
¿Y qué cara tiene ese individuo?
- Una cara... - ¿Simpática?
No, de comerciante griego. Ya sabéis de qué clase.
- Sí. - Dios me libre de los imbéciles.
A partir de este momento, de vas a llamar Chocolate.
Este será tu bautizo.
Tienes que comértelo. Venga, pruébalo.
Su eminencia comprendería...
- Para su eminencia, la caridad cristiana...
¡Dios mío! ¿Qué le ha pasado al perro?
Si es muy cariñoso.
Debe de estar rabioso para haberme mordido.
Seguro que está rabioso.
- Voy a matarlo. - Podría morir ahora mismo.
¿Preferís matarle en vez de atenderme?
¡Un médico, deprisa!
- Aquí no hay ninguno. - Es verdad, qué cabeza.
El otro día, leí en un libro de ciencia
cuáles son los remedios para prevenir la rabia.
- ¿Y cuáles son? - Dilo.
¡Cómo me duele! Esperad, me acuerdo de tres.
El primero,
hay que beber sangre de puercoespín.
- Puercoespines. - ¿Puercoespines?
- ¡Vamos! - ¡Ah, ya, puercoespines!
En la isla, hay tantos puercoespines como médicos.
¡Dios mío! ¿Cuál es el segundo remedio?
Quemar la herida con un hierro al rojo.
- Voy a por él. - ¡Esperad, esperad!
- Puede que el tercero sea menos cruel. - Un baño de mar de una hora.
Inmediatamente después de la mordedura.
Y completamente desnuda. Id a buscar el hierro.
- Isabelle,
no pierda un minuto. Báñese en el mar.
Por nada del mundo me bañaría desnuda con los soldados mirándome.
Me moriría de vergüenza.
Id a buscar el hierro.
¡Te bañarás en el mar por las buenas o por las malas!
A menos que se tomen todas las medidas necesarias
para proteger el pudor de vuestra hija.
Encerraréis a todos los hombres que no estén de guardia
en una sala sin ventanas al mar.
- ¿Y los que estén de guardia? - Están en sus puestos.
Pues no me bañaré.
Dad la orden de que todos se vuelvan de espaldas al mar.
Y que se tapen los ojos con las manos
- hasta que yo les avise. - De acuerdo.
Hasta que mi hija les avise.
¡Dad la orden!
¡Como alguno traicione mi confianza, lo mataré con mis propias manos!
No se preocupe.
¡Mi padre te matará si vuelves a mirarme!
Un espectáculo con esa carita de virgen y estos malditos bichos.
¿Lo has oído? - No quiero oír nada.
Si se oye, se ve.
Y si se ve, se mira.
Y si se mira, te fusilan.
¿Y para qué es todo este ejercicio?
- ¿Y yo qué sé? Es una novedad.
Les gusta fastidiar a los soldados de esta compañía.
¡Qué barbaridad! ¿Llegaremos algún día?
Hace un tiempo maravilloso, es como dar un paseo.
No he venido desde París reventando 10 caballos
para estropearlo en tu barca.
Estamos al servicio del rey.
Pero el viento no está al servicio del rey.
Si un barco se hunde, uno se hunde con él.
Mira aquel barco.
Va mucho más rápido que nosotros.
Lleva el viento de popa.
¿Tenías que estar más de una hora en el agua?
Quería estar segura.
Te habrás librado de la rabia, pero cogerás una pulmonía.
¿Qué pasa ahora?
¡Bueno, id a ver!
- ¿Qué es lo que pasa? - La máscara del prisionero.
- ¡Demonios! - ¿Has visto su cara?
- No. - ¿Y esto?
- ¿Y esto? - Lo encontré en el suelo.
- ¡Has visto su cara! - ¡No!
- ¿Y cómo...? - La celda estaba vacía.
¡Alarma!
¡Alarma!
¡Alarma!
- No está muy lejos. - Sí, ya le veo.
¡Huye en esa chalupa!
Mi capitán, me han robado mi barco.
- No está lejos, podemos detenerlo.
¡Lo quiero vivo!
¡Vivo y enmascarado!
¡Encantado de volver a veros, monseñor!
¡Oh, monseñor!
Tienen una educación exquisita en estas islas.
¡Rendíos y no os pasará nada!
Pero ¿qué dice?
¡Atención monseñor, vamos a abordaros!
¡Eso habrá que verlo!
¡Traedle al barco!
¡Vamos, imbéciles, traedle aquí!
¡Acabaré con todos!
¡Bastardos!
¡Vamos!
¿A quién le toca?
¡No le miréis a la cara!
-¡Rendíos!
¡No se te ocurra mirarle!
Si le traen sin su máscara y le ves,
me veré obligado a fusilarte.
¿Y no fusilarás también a los soldados?
Está muy oscuro y si no le ven, no les puedo fusilar.
Aquí está, señor, y vivo.
¿Lleva la máscara?
¡Sí, pero no por mucho tiempo!
¿Nadie ha visto su cara?
- No, la noche es oscura. - ¡Yo os enseñaré!
a tratar a un capitán de los mosqueteros del rey.
¿Vos no sois...?
¿Vais a quitarme esta máscara? Me ahoga.
Ahora mismo.
- Quitadle la máscara al capitán. - Sí, señor.
Creo que yo lo haría mejor.
Os doy las gracias, señorita.
- ¡D'Artagnan! - ¡Para serviros!
- Estoy a vuestras órdenes. - Nos batiremos en París.
Si os place.
Ahora, estoy al servicio del rey.
Son las instrucciones que me ha dado el cardenal Mazarino.
Debéis entregarme al prisionero.
Señor, el prisionero se ha evadido.
¡Pardiez!
Eh, posadero.
Ya no podemos más. ¿Podéis albergarnos a los dos?
No, muchacho.
En este momento, no tengo ni un solo sitio disponible.
Estoy tan maltrecho como mi caballo.
Intentad llegara la próxima ciudad, no está lejos.
Un amable caballero, a quién le tengo alquilada habitación
compartirá con vos su estancia.
¡Héctor, llévate el caballo!
¿A quién le debo este favor?
Pues ahora, no sé dónde está.
- ¿Quiere comer? - Gracias.
Partiré al alba y he de dormir.
- ¿Pero qué sucede? - No tengáis miedo.
Me habían dicho que un caballero...
Sobre todo no me llaméis señor.
Pero que tonto.
¿Cómo os llamáis?
Henry, ¿y tú?
Marlon
¿Por qué vas vestida de caballero?
Por la misma razón que voy a vestirme de fraile.
¿Cuál?
Mira por la ventana.
Van a descuartizar a alguien.
Exacto.
Y ahora, no te lo imaginas.
¿Quieres salvarle?
¿No he sido lo bastante buena para que me ayudes?
Odio las ejecuciones,
los carceleros, vigilantes, prebostes,
tenientes de policía y a todos los agentes
Soy tu hombre.
Decididamente, Capitán, tenéis mucha prisa por llegar a París.
Siento mucho tener que dejaros, señorita.
El cardenal espera las explicaciones que vuestro padre debe darle.
Además,
tengo una cita.
Esa no es razón para viajar día y noche.
¡Día y noche!
Haber vigilado al prisionero.
Así no estaríais aquí.
Date prisa, abad.
Nos estás haciendo perder el tiempo.
De todos modos irá al infierno.
Vamos abad, la gente se impacienta.
Verdugo, haz tu trabajo.
¡Vamos!
¡Se escapa!
¡Es una mujer!
¡Paso!
¡Paso!
¡Paso, tengo prisa!
Con tranquilidad. Se me ha escapado un prisionero.
A mí también.
Peor para usted, y si sigue así,
puedo arrestarle por obstaculizar a la justicia.
Y yo por detener la marcha del capitán D'Artagnan.
Alguacil. El condenado y el falso abad han huido.
Bueno, ahora dejadme pasar.
El cómplice sigue ahí arriba.
¡Pie a tierra!
Se escapará si llega al patio.
¿Qué vais a hacer?
Voy a echarles una mano.
Mucho mejor sería que le salvaseis.
- ¿Qué? - Si le salváis...
os diré dónde está a máscara de hierro.
- ¿Vos lo sabéis? - Sí.
- ¿Juráis decírmelo? - Os lo juro.
Solo si le salváis.
¡Diablos!
Por favor, venid a probadla.
Empieza a oxidarse.
Señores, que perfume.
¡Deteneos!
¡Deteneos!
Señores, como apestan.
Estáis desarmado, rendíos.
¡Vamos!
Ya estáis mejor.
Ese es.
Allí.
Regresad al carruaje. Ahora vuelvo.
¡La puerta, salid!
¡Entrad!
¡Abridnos!
¡Ahí está! Una escalera.
¡Rápido!
Yo os saludo, señores.
¿Dónde está?
¡Allí! ¡Vamos!
¡Vamos, rápido!
¡Vamos, por Dios!
Bien, amigos míos, os espero.
¡Otro!
¡Otro más!
Entonces, ¿lo ha encontrado?
No señor, ha debido saltar por la ventana.
¡Que va, señor!, lo ha simulado, está arriba.
La campesina le esconde.
Está dentro de un arcón.
Gracias. Si es así, ya le tengo.
¡Que no se le escape!
Jamás podré pasar.
Mira, un jorobado.
Trae buena suerte.
¡En marcha!
Señorita de Saint-Mars,
¿no tenía Ud. algo que decirme?
En la próxima parada.
¡Alto!
- ¿Y bien? - ¿De veras está a salvo?
Le vi subirse a un carro que le esperaba.
Señor D'Artagnan, habéis estado maravilloso.
Si me hubieseis visto hace 20 años.
Pues 20 años después os encuentro fantástico.
Sus cumplidos me llegan al corazón.
Pero, ¿no teníais algo que decirme?
- ¿Deciros qué? - Me habíais jurado que...
¡Ah, cierto!, la máscara de hierro.
¿Y bien?
No sufra, me llevo a su hija un momento,
al claro, para escuchar algo que me tiene que comunicar.
¡Vaya una idea!
- ¿Es conveniente? - Razón de Estado.
Entonces...
Y ahora,
os escucho.
Sois tan maravilloso como me imaginaba, Sr. D'Artagnan.
Por tanto, me decepcionáis.
¡Diablos! ¿Y por qué?
Os imaginaba con un gran acento gascón.
El acento lo perdí en París con mis ilusiones.
- Si me hubierais oído entonces. - Oled.
¿Dónde está la máscara de hierro?
¿No os gustan las flores?
No cambie de tema.
¿Dónde está la máscara de hierro?
¿La máscara de hierro?
-¿ Qué donde está? - Sí.
No lo sé.
Pero, ¿cómo? Me habíais jurado que...
Lo sabía en el momento, en que os lo juraba.
- ¿Y dónde estaba? - En el tejado, tratando de escapar.
¡Diablos!
Esto es una vergüenza.
Señorita de Saint-Mars...
Lo tiene bien merecido.
Creo que la razón de estado,
tiene un significado diferente al que tenía en mi juventud.
Ya no vendrá.
Ahí está.
- Soy el marqués de Vaudreuil. - Yo, Van Den Ende.
¿Nadie os ha visto nadie fuera?
Nadie.
¿Dónde estamos? Hay una escuela al lado.
Instalándome como maestro de escuela en este barrio de París,
era menos sospechoso.
Ni siquiera saben que soy holandés.
Pero podrían extrañarse de que diera clases por la noche.
Veamos.
Las razones que nos mueven a actuar...
Lo sé, lo sé.
Representáis al gobierno holandés,
que no desea que el rey de Francia firme un tratado con España.
- Que nos pondría a merced de Francia. - Cierto.
¡Quiero la piel del cardenal! ¡Ser el capitán de la guardia!
Para mi desgracia, el rey
me ha privado del gobierno de Poiteau.
Una cosa es segura.
Hay que eliminar al rey.
¿Por quién lo sustituimos?
El Señor puede que esté ayudando a nuestros deseos
gracias a una fiebre púrpura.
No, el embajador de Holanda acaba de decirme
que el rey estaba mejorando día a día.
Ya se han trasladado a París.
En una palabra, solo podemos contar con nosotros mismos.
Puesto que es fácil raptarle, raptémosle.
- Ya, pero ¿por quién le remplazamos?
Habrá que encontrar a alguien que sea aceptado por la corte.
- Por el parlamento. - Por el clero.
- Por el ejército. - Por el estado llano.
Y por el pueblo.
¿Y una república no sería suficiente?
Una república en Francia. Jamás lo aceptaría el pueblo.
Los franceses necesitan a alguien a quien amar o detestar.
Entonces, ¿quién?
¿Quién, quién?
¿Qué estás haciendo?
Se acabó, hemos llegado a París.
Te vas por tu lado y yo, por el mío.
- Nos veremos más tarde. - ¿Y qué hago con él?
Es un gran señor. Nos ha hecho un favor.
Y nos puede hacer algunos más.
No contéis conmigo.
No tengo un céntimo y he salido de prisión.
- Qué agradable. - ¿Y qué vas a hacer?
Nada.
Yo estoy libre y las prisiones, llenas.
Puede que las llenen con inocentes.
Voy a vender el caballo y el coche para comprarme trajes bonitos.
¿Y Para qué?
Para hacer teatro.
Me has hecho interpretar un cura en Provenza,
la historia caritativa en Cannes,
los clérigos en Avignon, la joven burguesa en Rouen,
pastelera en Toulouse, policía en Carcassone.
Para hacer comedia, lo normal sería un teatro.
Excelente razonamiento.
Cuando tenga vestidos bonitos, intentaré que me contrate Moliere.
Bueno, ahora, marchaos.
Qué forma más fría de despacharme.
A ti, sin remordimientos.
A él, con un poco de pena.
Pero con tu ayuda, espero volverle a ver.
Espabila, amigo.
- Sí, ya voy. - Vamos.
- ¿Dónde estamos? - En París.
Vamos, tendremos que ir a pie.
Marlon vuelve a su casa con el coche.
Bueno, yo voy a la Pomme de pin.
No quiero andar por las calles, no vayan a reconocemos.
¿Quieres acompañarme?
No, tengo que hacer una visita urgentemente.
Bien, si quieres verme, estaré en la Pomme con la grandeza.
De acuerdo.
Y muchas gracias por lo que has hecho por mí.
- Adiós. - Adiós.
¿Os han liberado?
No, me he escapado para pedirle justicia al rey.
- Necesito que me acojáis. - No, no, no puedo.
Vete, vamos, desgraciado.
¿Qué crimen he cometido?
Si se enteran de que te he visto sin la máscara, me matarán.
- ¿Por qué? - Por culpa de tu cara.
Llevas la condenación en tu rostro.
Henri, escóndete bien si quieres quedarte en la ciudad.
No, no, adiós, vete.
Vete deprisa y no vuelvas por aquí.
Te lo suplico.
¡La bolsa o la vida!
¿Qué estás haciendo?
Acabo de perder una ocasión de hacer fortuna.
Anda, vamos.
¿Qué le pasa a mi cara?
Pues a mí me parece que tienes una cara muy simpática.
Y Marlon piensa lo mismo.
Es gracioso.
Me recuerdas a alguien.
Pero ¿a quién? Vete tú a saber.
Los dos estamos en la misma situación.
Solo saldremos de noche y se acabó. Iremos a la Pomme de Pin.
Esa ceremonia me ha matado.
Es cierto que el obispo no acababa nunca.
Y que lo digáis.
De todos modos, ha sido agradable para todos
esa misa para agradecer a Dios haber devuelto la salud al rey.
Y si nuestro Señor quisiera también meter
un poco de sensatez en el cerebro de su majestad...
- Solo sueña con Marie Mancini. - Se escriben cartas todos los días.
- Hay que terminar con eso. - Sí, pero ¿cómo?
Lo intento.
Lo intento.
El capitán D'Artagnan.
La curación del rey me había hecho olvidar...
Dejadme a mí esa clase de preocupaciones.
Estoy más acostumbrado.
- Pero ¿qué vais a hacer con él? - Haré lo mejor para él.
Habéis sido rápido. Estupendo.
Ahora, llevaréis a vuestro prisionero a la Bastilla.
Imposible, eminencia.
¿A que es debido?
Me gustaría saber por qué.
Ahora lo sabréis, eminencia.
¿Quién es esta gente, dónde está el prisionero?
- Eminencia, ha huido. - Antes de mi llegada, eminencia.
Yo no tengo la culpa.
Y tampoco es culpa mía.
Yo tenía la rabia.
- Fue el maldito barco.
- El maldito vendedor de "cocholate". - ¿De qué?
De chocolate, eminencia. Está muy rico.
Lo traen de Méjico.
Dejaré que los principales responsables
os aclaren este tenebroso asunto, eminencia.
Tal vez lo hayáis olvidado, pero tengo una cita...
Me gustaría saber...
Es muy simple, eminencia.
No quiso comerlo y me mordió y entonces, contraje la rabia.
No entiendo nada.
Pero vais a comprender
lo que cuesta dejar escapar a un prisionero de estado.
Comenzaré por enviaros a la Bastilla, ¡a los tres!
¡El rey!
¿La ceremonia no le ha cansado demasiado a su majestad?
¿Sois su padre?
¿Cómo os llamáis?
Soy el barón de Saint-Mars.
Gobernador de Santa Margarita.
- ¿Y vuestra hija? - ¿Mi hija?
- ¡Cómo se llama ella! - Ah, sí.
Isabelle, Sire.
Por Dios, que ese nombre le va muy bien.
Opino igual que vos, Sire.
Parece un sol radiante.
Mucho más aún.
Os invito a vos ya vuestra hija
al próximo baile de la corte.
Sire, eso será imposible.
¿Os atrevéis a negaros?
Su eminencia me ha comunicado que me envía a la Bastilla.
Pero... No, no me habéis comprendido, señor de Saint-Mars.
Os he dicho que os enviaba a la Bastilla, pero como gobernador.
Y en cuanto a la señorita, vuestra hija,
iba a comunicaros ahora mismo mi intención
de hacerla dama de honor de su majestad, la reina.
Un elección que apruebo.
- Vuestra majestad quería hablarme... - De alguien, sí.
De Marie Mancini.
Pero ahora que lo pienso,
no es tan urgente como yo creía.
Id a descansar de la fatiga de tan largo viaje, amigos míos.
Quiero que la joven Isabelle esté radiante de belleza en el baile,
ya que tengo grandes esperanzas
puestas en vos, hija mía.
No, vos no.
Necesito un culpable.
Vos entraréis en la Bastilla por otra puerta.
Entre dos guardias.
Creo que os serviría mejor si estuviera libre, eminencia.
¿Para qué me podríais servir?
Para encontrar a la Máscara de Hierro, si me lo ordenáis.
- ¿Podríais? - Sí, eminencia.
Entonces, traédmelo. Muerto o vivo.
Pero...
mejor muerto que vivo.
LAS PRECIOSAS AFECTADAS
Creo que habéis tenido un debut muy prometedor con el señor Moliere.
Una pequeña oportunidad.
Un pequeño papel, como en todo debut.
- Me habéis gustado mucho. - Sois generoso.
Yo podría ayudaros en vuestra carrera.
- ¿De verdad? - Habéis dicho una réplica,
pero lo habéis hecho con tanta veracidad...
Me encantaría ocuparme de vuestro talento.
- ¿Dónde? - En mi casa.
Estaríamos más tranquilos.
¿Y vos seríais el único público?
Y no es por alabarme, qué público.
Mi coche está ahí.
- Es que estoy esperando el mío.
¿Y para qué esperar?
No dejé de pensar un segundo en vos.
Atravesé dos veces Francia de lado a lado
No me creo nada.
He estado a punto de ahogarme por mi prisionero.
He luchado contra los soldados, por los tejados de una villa.
Y siempre pensando en vos.
Incluso en el Louvre hice resonar las galerías
con la misma pregunta, ¿dónde está Madame de Chaulmes?
Prefiero la comedia del Sr. Moliere a la vuestra.
¡Ah! ¿Vos me tratáis de comediante?
Entonces, Madame, mi sinceridad...
El prisionero que habéis estado buscando
es una hermosura.
Tiene unos rizos negros maravillosos y grandes ojos.
que incluso han conquistado el corazón del rey.
Pero yo os juro que...
entre Isabelle y yo...
Eso es, Isabelle, Isabelle
¡Basile, a casa!
¿Como estáis?, me habían asegurado que os encontraría esta noche en Pettit Bourbon.
Sí. ¡Buenas noches, buenas noches!
¡Deteneos!
¡Me importunáis!
Os creía en la Bastilla.
Permitidme que os explique las razones por las que os he abordado.
El cardenal me ha ordenado capturar a la máscara de hierro.
Si lo conseguimos la recompensa será considerable.
No, no, ¿qué me interesa a mi?
He venido a proponerle una sociedad.
Yo soy soldado, no me interesan las cosas de la policía.
¡Largaos, antes de que os arreste!
¡Basile, a casa!
Escúcheme, señor.
¡Me lo pagareis!
Además, tenemos un duelo pendiente.
Ya terminé mi misión, soy vuestro hombre.
Lo siento Sr., pero la mía acaba de comenzar, al servicio del cardenal.
Es la mejor hora.
La noche es para los ladrones de bolsas.
Yo nunca he robado.
Confía en mí.
Como no tenemos ni un céntimo, no hay más remedio que confiar.
¡Socorro!
- Atrévete a volver a pedir socorro. - No, señor, ya me callo.
Son unas buenas personas que no quieren quitarme la vida.
Solo mi bolsa. - Eso es ser inteligente.
Ya que me lo pide con tanta gentileza, se la doy de corazón.
- Ya está, ha sido sencillo. - ¡Quietos!
¿Es que no hay moralidad?
Y no lo digo por ti, burgués.
Has entregado la bolsa, eres un buen hombre.
- Anda, márchate. - Gracias, señor.
No puedo decir lo mismo de vosotros.
¿Con qué derecho asaltáis, quitándonos a mi compañero ya mí
el privilegio de trabajar?
De trabajar.
Podría costeros caro.
Muy caro.
Muy caro.
¡Sargento, me han robado la bolsa!
¡Están aquí al lado, armados hasta los dientes!
- ¡Son peligrosos, están allí! - Alto.
Por allí.
- ¿Ha dicho usted allí? - Sí, señor sargento, allí.
Media vuelta.
¡De frente!
¡Aquí, amigo!
- ¡Señor, tenga cuidado! - ¡Diablos!
Ese no es mi estilo.
Hay unos ladrones tan peligrosos que hasta los soldados han huido.
¡Por fin voy a poder descargar mi mal humor sobre alguien!
Esto es un mosquetero.
¡Dos contra diez, me gusta!
¡Esto me gusta! Ya somos tres.
¡No huyáis!
Creíamos que erais unos pardillos.
Guardad la bolsa y no hablemos más.
Y la mía también.
No me deis las gracias.
Me conformo con haberlo pasado tan bien con vosotros.
Un perfecto mosquetero.
Tipos como este harían que me cayera bien hasta el ejército.
Venga, vámonos.
¡Ah, son unos auténticos caballeros!
¿Quieren que les leamos la mano?
Venga, deme la mano.
Por un escudo, te adivino el futuro.
Lo que me interesa es mi pasado.
Yo sé que acabaré en la cárcel. No pagaré para que me lo digas.
¿Seguro que no?
-¡Fuera, largaos de aquí!
La bolsa.
¡Me han robado la bolsa!
Principiante.
La bolsa, me han robado la bolsa del mosquetero.
No está mal para ser el maestro.
No, no merece la pena. Tengo una idea.
Todavía nos queda tu tutor.
Voy a explicártelo. Verás.
Es un asunto de vital importancia para el cardenal.
Y aunque seáis un caballero, podrían colgaros.
Si vos no me creéis, caballero, registrad la casa.
Y si le encontráis, podréis entonces colgarme.
Puede que no os atreváis a tenerle aquí, pero le ayudáis.
¡Eso es mentira, me negué, le eché de aquí!
Admitís haberle visto.
Sabréis dónde está.
Os juro que no es así.
Con tortura, se os desatará la lengua.
Silencio u os disparo.
Entrad, rápido.
Adelante.
He venido para hablar con el señor de La Valette.
No está en casa, caballero.
Entonces, si no está, me voy.
Yo soy su hijo. Si puedo hacer algo por vos...
Pues sí, caballero, claro que podéis hacerlo.
Se trata de dinero. Vengo de parte de su ahijado.
¿De mi querido Henri? Entre, por favor.
¿Qué tal le va?
- Bastante mal en cuanto a...
Tened mi bolsa.
Aquí está.
Señor mío.
¿Y bien?
El viejo no estaba, pero su hijo se ha portado bien.
No tiene hijos.
Hemos caído en una trampa.
Mira ese.
Habéis caído en la trampa, señor.
¡Lourmes!
- Estoy perdido. - Lárgate, yo me ocupo de él.
¡Al ladrón, al ladrón!
Alto.
- Sargento. - ¿Estáis solo?
- Desgraciadamente. - Detenedle.
¿Os habéis vuelto loco?
¡Soltadme, soltadme!
Cuando te encontré en la Pomme du Pin, te perseguía la policía.
Exacto.
- Llevabas un día sin comer. - Eso es verdad.
De día, duermes vestido en un colchón asqueroso.
Y por la noche, sales para robar a la gente.
No me queda más remedio.
Yo, que soy una buena chica.
Os he dado cobijo a Lastreaumont y a ti, pero vivís como parásitos.
- Es la palabra más adecuada. - Y ya no os ocupáis de mí.
Absolutamente.
Lastreaumont se va a beber con el dinero que le doy y tú...
no te preocupes de mí.
Sabes bien a quién amo,
por quién me desespero pensando dónde estará.
Pero si no te pido que me ames, solo te pido ternura.
Te olvidas de tu protector, la fuente de nuestras alegrías,
nuestra fuente de abundancia.
El marqués de Vaudreuil.
Me dijiste que estaba celoso.
Sí, pero nunca está aquí.
¡Me lo vais a pagar!
¡Esto es demasiado!
¡Oh, Sire!
Vuestra majestad sabrá perdonar
un momento de nerviosismo.
Os pido disculpas por haber montado una escena así.
Si la señorita me hubiese advertido
de que su majestad le había hecho el honor...
Tenéis derecho a enfadaros, pero no a burlaros de mí.
¿Burlarme de su majestad?
¡O dejáis de burlaros de mí u os parto la cara!
Evidentemente, su majestad nunca se expresaría así.
¿Por qué pensáis que es el rey? Es un viejo amigo mío.
- ¿Estáis segura? - Claro que sí.
Entonces,
esto es una suerte, para vos y para mí.
Monseñor, el cardenal Mazarino. Buenos días.
No es que se le parezca mucho, pero...
Ya hubiese sido demasiado. ¿Qué queréis vos?
Pues yo pasaba...
Yo pasaba y...
Inclínense, caballeros.
Van a ver entrara un rey.
Según sus deseos.
¡Estamos perdidos!
- ¡El marqués nos ha traicionado! - Guarden sus espadas. Cálmense.
¿Cómo os llamáis?
No lo sé.
Este joven busca un nombre.
- Luis XIV. - El rey.
¡El parecido es increíble!
El rey, sustituido por él mismo, como les había prometido.
Perdonad, no lo entiendo.
Es muy sencillo.
Gracias a vuestro asombroso parecido con el rey,
os sustituiremos por él en el trono.
No sé nada de la conspiración que preparan contra su majestad,
- pero no pienso participar en ella. - Estáis loco.
Señor marqués, sois un idiota.
Sr. Van Den Ende.
Si no fueseis un cretino, os llevaría al campo de honor.
¡Dejen de discutir!
¡Este hombre conoce nuestros planes, nos delatará!
¡Matémosle! ¡Traición!
No puede irse, encerrémosle.
Tenemos que examinar la situación.
Mientras tanto...
Vamos, entre allí.
¿Qué haces aquí?
¿A ti también te han castigado?
Si habla, estamos perdidos.
- Escucha. - Hay que eliminarle enseguida.
Muerte de inmediato.
Nosotros estamos jugando a los conspiradores.
Los partisanos esperan mi señal.
El Sr. Van Den Ende, nuestro profesor, cree que lo sabe todo.
Nos dijo cuántos chinos había en China,
pero no sabe que aquí hay una trampilla que da a la calle
- Márchate, prefiero quedarme a cenar. - Gracias.
Sígueme, te enseñaré el camino.
¿Y no aceptaste?
No, no lo hice.
Es una lástima, nos habríamos aprovechado.
Y todo lo has hecho por respeto a Luis XIV.
Como si él te respetara a ti.
¿Sabes acaso lo que hace él? Te pone los cuernos.
¿Qué?
Sí, con la famosa Isabelle.
El marqués me lo contó, pero no te lo dije porque soy buena chica.
Lo sabe toda la corte.
Es la nueva dama de honor de la reina.
No puede ser.
Y eso no es todo.
El rey le ha puesto una casa monísima cerca de París
y va a verla todas las noches.
¿Sabes dónde está esa casa?
Sí, el marqués me la enseñó.
- Si el rey ha hecho eso, me vengaré. - No te pases.
No, no, no.
Ayúdame.
No puedo creer las cosas que me obligas a hacer.
Soy un ladrón, no un saltimbanqui.
Cuidado, cuidado.
Vengo tan solo para anunciaros la visita de su majestad.
Bien.
¿Han encontrado a la Máscara de Hierro?
Todavía no.
Entonces, seguiré esperando.
Tendré que ser paciente.
¿Le amáis tan desesperadamente?
Su majestad, el rey.
¡Vamos, adelante!
Es cierto, Sire.
Sentí un mareo y me desmayé la primera vez que os vi.
Pero...
Pero fue solo porque el rey de Francia os impresionó.
Yo que pensé que era por amor.
Es amor, sí.
No comprendo vuestra actitud.
¿Por qué me rechazáis?
Era amor hacia vuestro rostro.
Y vuestro rostro...
¿Y bien?
Es el rostro de otro.
¡Alto, alto!
¡Hemos perdido al rey!
¡El rey no está! ¡Tanta charla y la carroza está vacía!
¿Qué hacemos?
¡Demos media vuelta! ¡Demonios!¡Vamos!
¡Adelante!
Estoy harto de vuestras impertinencias.
Mañana partiré a Fontainebleau.
Vos vendréis.
Es mi voluntad.
Su majestad, el rey.
Casi tengo que esperar.
¡Adelante!
¡Acepta!
¡Lo conseguimos, magnífico!
Creo haber sido algo cruel, pero es una grosería no saludarme.
¿Qué busca, amigo mío?
A vos.
Es a vos a quién busco.
Pero si estoy aquí delante.
Estoy sufriendo alucinaciones. Mirad a ese lacayo.
Yo veo dos.
También yo.
- ¿Estáis segura? - Totalmente.
Como de haber sido muy injusta con vos.
Soy yo la responsable de vuestro estado.
Quiero curaros.
Solo hay una forma de curarme.
Lo arreglaremos.
- Esta noche. - ¡Esta noche!
Esta noche capitán D'Artagnan, escoltará al rey a Fontainebleau.
¡Gracias!
¡Fointainebleau!
Yo estaré allí.
¿Esta noche?
Mi travieso capitán.
En Fontainebleau, estará el marqués de Vaudreuil.
Él se ocupará de todo.
Cuidado, ya están aquí.
¿Qué es lo que estáis haciendo?
¿Queréis salir del agua?
¡Venga, coged los caballos!
¡Daos prisa!
¡Vamos a alcanzar la carroza, salid de ahí!
- Recordad, todo depende de vos. - Confiad en mí.
¡Adelante!
¡Vamos, caballos!
Parece que está despistado.
Sí, pero el protocolo es el protocolo.
El rey tiene la costumbre de saludar a las damas.
No tanto, no tanto.
Moved un poco el sombrero.
O mucho me equivoco o tenemos ya una nueva favorita.
Podríais haberme avisado, madame, de que la cita de esta noche no era conmigo.
Pero si soy yo la primera sorprendida.
¿Os defendéis?
No os comportáis como otras veces.
¿Cómo me he comportado, majestad?
Con cariño, con amabilidad, con pasión.
- ¿Os burláis? - En absoluto.
Desde el primer día, fuisteis mía.
Pero si nunca cedí ante vos. No cederé jamás.
Ya sé que la corte piensa lo contrario, pero...
- Y vos decís que eso no es cierto. - Así es, Sire.
¿Por qué insistís?
Decidme.
¿Eso es verdad, nunca habéis cedido?
Es verdad.
Lo veo en tus ojos.
Es maravilloso.
No entiendo a qué jugáis.
Tengo miedo.
No tengáis miedo, Isabelle.
Solo me estoy divirtiendo.
¿Es que no me creéis?
¿Y si me gustase que me dijerais que nunca me habéis amado?
Me cuesta mucho rechazar a vuestra majestad.
¿Decís que os cuesta rechazarme?
Entonces, os habéis resistido para haceros la interesante.
Y solo tendría que insistir un poco más para conseguirlo.
Nunca me tendréis, pero sufriré.
Vuestro único sueño es ser la amante del rey.
Mi sueño,
es acariciar vuestro rostro.
Pero me contenga porque es el del rey.
Amo vuestros ojos y vuestra boca
porque son los de un pobre chico condenado a cadena perpetua
por tener la mala suerte de parecerse a vos.
¿Estáis hablando de la Máscara de Hierro?
Por fin lo reconocéis.
En París, fingíais no entender nada de lo que yo decía.
Vos conocéis la verdad.
Preferiría que no hubierais intervenido en ese crimen.
¿Qué crimen?
Así que
estáis enamorada de ese pobre prisionero
que se me parece como un hermano.
Porque es vuestro hermano gemelo, ahora estoy segura.
Según vos, yo sería el gemelo del rey.
Quiero decir, que la máscara de Hierro sería mi hermano
y que, para evitar problemas, le encerraron en Santa Margarita.
Me bastó veros a los dos para convencerme.
Pero decidme, ¿cómo pudisteis ver su cara?
Sabía que mi muerte era segura si me descubrían.
Pero yo le veía todos los días.
¿Y ese joven era tan imprudente como vos?
Estaba tan enamorado como yo.
Salvadle.
No os disputará el trono.
Huiremos muy lejos los dos.
Os lo suplico.
Hacednos felices.
¿Y quién me lo hará a mí?
Madame de Chaulmes.
Toda la corte comenta que es vuestra favorita.
¿Me empujáis a los brazos de otra?
Ah, creo que no me amáis.
Podría amaros si no existiera Henri.
Si le salvase,
si me sacrificase,
¿no merecería una recompensa?
¿Acaso dudáis?
¿A pesar de estar en juego su amor y su libertad?
¿Incluso su vida?
¿Por qué no sois razonable?
¿De verdad no queréis recompensarme?
Sí.
Entonces, cederíais porque yo le salvase.
¡Es la prueba de que no le amáis!
Si le amaseis, sabríais que preferiría la prisión,
incluso la muerte antes que vuestra traición.
No lo sé, me avergonzáis.
Puede que tengáis razón, no sé qué hacer.
No tengáis miedo.
No debéis.
Estoy aquí.
Y para no molestaros más, querida,
me marcho ahora mismo
a visitar a madame de Chaulmes.
¡Perra!
Anoche os esperé en vano, ¿por qué?
Me pareció ver a su majestad el rey,
entrar tranquilamente en vuestra cámara.
Habéis visto bien.
No habéis soñado.
Vino el rey.
Pero no seáis bruto.
Si os hubieseis quedado en la puerta un minuto...
Habríais visto salir al rey.
¿Después de un minuto?
No le hacía falta más tiempo, para decirme lo que dijo.
¿Qué le dijo?
Me dijo...
Me ordenó que os amase tanto,
como él ama a Isabelle de Saint-Mars.
¡Bobadas! El ha roto con Isabelle.
A quien, por cierto, no puede soportar.
¡Escuchadme!
Ahora, escuchad, Isabelle.
Escuchad bien
y recordad.
¡Henri!
Ya veis que os dije toda la verdad.
Ah, no, es demasiado sencillo.
Bajáis la persiana, pero sigue el escándalo.
Mi querido Pimentel.
El acuerdo que planeamos no podrá ser posible.
Entonces, voy a pedirle a alguien mucho más importante que yo
- que lo haga realidad. - ¡Diablos! ¿A quién?
Al mismísimo rey.
Luis, te pido que escuches atentamente
lo que el cardenal Mazarino va a decirte.
¿Me lo prometes?
¿Por qué no contestas?
Porque solo escucho el sonido de vuestra voz, madame.
No me gustan ese tipo de respuestas.
- Agradece dónde te ha colocado Dios. - Dios y otros.
Otros que han hecho todo lo posible
para que nadie pudiera disputarme la corona.
Haces alusión a un horrible asunto que creía que desconocías.
Olvídalo, igual que he hecho yo.
Te lo exige tu deber.
Actúa como un rey.
Igual que tú actuaste como una reina.
Dejadnos, señora, si os parece bien. Hablaremos entre hombres.
Adiós, señora.
Os lo suplico, sed razonable y escuchad al cardenal.
Estoy intranquila.
Sire, yo no soy un buen orador.
Vuestra...
Vuestra aventura con la Srta. Saint-Mars
impide que pueda organizar vuestra boda
con la infanta serenísima.
Lo siento por la serenidad de la infanta.
Si esa boda...
- Esa boda no se celebrará y en paz. - La boda es necesaria.
para la firma del tratado con España.
Entonces, no habrá tratado con España.
Ese tratado es indispensable para Francia.
El pueblo, que hasta ahora vivía con miedo y, a veces, con miseria,
porque el miedo engendra la miseria,
podrá, al fin, vivir en paz, en orden y feliz.
Mi decisión es inamovible, querido cardenal.
No me casaré con la infanta de España.
Soy el rey
y hago lo que me place.
Sois el rey y, por lo tanto, os sacrificaréis.
No os comportaréis como un vulgar amante.
Quizás sea un "vulgar amante".
¡No, Sire!, os conozco.
La gloria de Francia os importa más que vuestros amoríos.
Si sacrificase la felicidad de mi pueblo por la mía,
según vos, monseñor, yo sería un...
No me atrevo a decirlo, Sire.
Pero lo que es seguro
es que seríais indigno, en cualquier caso,
de gobernaren un país tan glorioso como Francia,
con miles de años de historia, que es lo único
que está por encima de la corona y de vos.
Lo hecho, hecho está, amigo mío.
Os he perdonado esas injustas suposiciones.
Os comprendo, pero me gustaría...
que me perdonaseis mejor.
Podríais perdonarme en el bosque.
¿En el bosque?
¡Capitán D'Artagnan!
¡Señor D'Artagnan!
¡Vuelta a empezar!
¡Órdenes del rey!
¡Órdenes del rey!
Enseguida vuelvo.
Capitán.
Sí, majestad.
Cuidad de la Srta. de Saint-Mars.
¿Su majestad está bien?
Ya queda poco para acabar con esto.
Entonces, nada nuevo. Volveré a mi vida de asaltante.
Coge tu caballo y desaparece.
Avisa al marqués de Vaudreuil. y a Van Den Ende.
- ¿Entendido? - Sí.
Esto se va a poner muy feo.
- Ya nos veremos un día de estos. - Hasta pronto.
Sire, el capitán me está reprochando
haber olvidado mi amor por la Máscara de Hierro
- y haber caído en brazos del rey. - Bravo, D'Artagnan, y gracias.
Querido capitán, en esa casa, hay un cautivo al que quiero visitar.
Y algunos espadachines le vigilan.
Esos espadachines están de más.
Comprendido, Sire.
Vamos.
No, ve a esconderte.
¡En nombre del rey, abrid!
Mirad.
¡Tenéis suerte de no haberme conocido hace 20 años!
No quería arrugarme la ropa porque era una visita oficial.
Pero ahora, temo por D'Artagnan.
¡Indeseables!
¡Yo os enseñaré quién es el capitán D'Artagnan!
Lastreaumont, ¿estás ahí?
No, D'Artagnan, para serviros.
La espada está de más.
Tenéis unas armas a las que nadie puede resistirse.
Por cierto, esperadme aquí.
Vuelvo enseguida.
Perdón por haber sido tan lento, Sire.
Pero eran 11.
Os equivocáis, eran 12.
13, señor, he hecho un prisionero. Digo, una prisionera.
No sabía que era amigo tuyo.
Liberadla e id a acompañar a la Srta. de Saint-Mars.
Vuelvo dentro de cinco minutos.
¿Qué ha sido todo este revuelo, venís a asesinarme?
No sería un asesinato.
Sería una desaparición de la que nadie se daría cuenta.
Miradme.
¡Miradme!
Desconozco cuál de nosotros dos,
por algunos minutos o algunos segundos,
- es el mayor. - ¿Sois de verdad mi hermano?
¡Y me persiguen desde la infancia para que reinéis sin problemas!
Yo lo ignoraba.
Pues ahora, lo sabéis.
- Y lo apruebo. - Evidentemente.
Motivos de estado exigirían medidas tan crueles.
Tan crueles para mí como agradables para vos.
Sí, pero ahora, los papeles han cambiado.
Y sigo aprobándolo.
Es inútil que insistáis.
Acepto el destino que me aguarda.
¿Cuál?
Me imagino que estando vos en mi lugar en el trono,
lo que queréis es que me quede en vuestro lugar en alguna prisión.
Por eso, llevo esta máscara.
- ¿Y vos aceptaríais? - Sí.
Si os encerrase en la Bastilla, ¿no diríais la verdad al gobernador?
Un escándalo, un revuelo.
Eso sería ir en contra de los intereses del estado.
Desde que me raptaron, solo pienso en el estado.
Me reprocho el no haber pensado mucho más en él.
Tendréis toda la vida para pensar en ello.
Oh, esta máscara no os pega.
Solo he venido para devolveros el trono.
¿Qué decís?
Los conspiradores que me hicieron rey tenían intereses contrarios a Francia.
Sin duda, podría haber actuado por mi cuenta
y firmar con España.
¿Entonces?
Entonces,
prefiero mi libertad.
La infanta puede que sea encantadora,
pero yo tengo a otra en el corazón.
- Vos os casaréis con ella, ¿verdad? - Es mi deber.
Así debe ser.
No me he comportado con demasiada educación.
Hubiera sido un mal rey.
Si su majestad desea salir ya de esta casa,
encontrará a D'Artagnan,
que le llevará hasta palacio.
¿Y vos?
Yo pienso irme muy lejos con la mujer que amo.
No.
¿Porqué?
No, hermano.
Si me hubieseis usurpado, habría ido a la Bastilla.
Haced vos igual.
¿Creéis que voy a aceptar algo así?
Estoy seguro.
Es la voluntad de un pueblo que necesita un rey.
A un solo rey.
No puedo dejar al estado a la merced de un futuro incierto
si queréis reivindicar el trono.
Es nuestro destino.
Cada uno tendremos nuestra prisión.
La mía, en el Louvre.
Y la vuestra, en la Bastilla.
Coged mi capa.
Así, el parecido será más perfecto.
Conducid al caballero a la Bastilla con los honores dignos de un rey.
No perdéis con el cambio, mi querido señor.
Aquí, en la Bastilla, la cocina es suculenta.
Estaremos mejor que en Santa Margarita.
¿Queréis alguna cosa especial para cenar?
Sí, tengo un deseo especial.
Hablar un momento a solas con el capitán D'Artagnan.
Creo que hoy he conocido un terrible secreto, mi señor.
Y puesto que ese misterio no me concierne,
me imaginaré que he vuelto a ver una alucinación.
¿Puedo hacer algo por vos, mi señor?
Sí que podéis.
¿Qué debo hacer, mi señor?
Proteger a la Srta. Isabelle de Saint-Mars.
Protegiéndola de todos los que la rodean.
Del rey, del señor Lourmes,
y, naturalmente,
de la desesperación que sufrirá.
Os lo prometo, señor.
Nuestra querida señorita ha creado algún revuelo en la corte.
Ahora, os entrego al señor de Lourmes,
quien os llevará hasta la isla de Santa Margarita,
de la que acabo de nombrarle gobernador.
Aquí tenéis el título.
Me gustaría que os casaseis con el señor de Lourmes.
¡Eso, nunca!
Deseo que vos os caséis con el señor de Lourmes.
Si lo hacéis, estaréis cerca de él, aunque como prisionera.
Vuestro coche os espera, señor gobernador.
Hacedla subir por las buenas o por las malas.
Como novia o como prisionera, como os plazca.
¿Os divierte a vos esta comedia, majestad?
No es una comedia, señorita.
Acepte, igual que hago yo.
Es una decisión dura, pero necesaria.
- ¿Les dejaréis hacerlo? - Es necesario.
Ya no me amáis.
Debo retirarme.
Salgo mañana hacia Hendaya
para encontrarme con la infanta de España,
la futura reina de Francia.
Llevaos a la Srta.
Muy bien, eminencia.
Con sumo placer.
- Con violencia, si hiciese falta. - No la hará.
Si ya no me ama, nada me importa.
¡Monstruo!
He estado todo el día esperando en el bosque.
Ahora, por fin soy vuestro.
Todo el día.
Sólo un segundo para darle un mensaje a la Srta. de Saint-Mars.
Otra vez ella.
No seáis injustamente celosa.
Es un mensaje doloroso y desesperado
de un desafortunado prisionero.
Demasiado tarde.
El Sr. de Lourmes marchó con ella a la isla de Santa Margarita.
Sra., vuelvo enseguida.
Un minuto.
Mi señor, este queso es delicioso.
Está preparado con una salsa de trufas al coñac,
- especialidad del cocinero. - No tengo hambre.
Ni tengo sed.
A lo mejor deseáis una tierna compañía femenina.
Mi corazón está destrozado.
¿Acaso el criado que me han enviado para serviros os desagrada?
¿Qué más da este u otro?
Desgraciadamente, Isabelle era la única capaz de consolaros.
Pero, por orden de su eminencia,
partió hacia Santa Margarita con el señor de Lourmes.
¿Qué estáis diciendo?
Que acaba de irse a Santa Margarita.
Para distraeros, ya no me resta más...
Hacedme el favor de retiraros.
Oh, bien.
¡Y vete tú también!
¡Henri!
¡Lastreaumont!
No menciones mi nombre.
Me he cruzado con el guardia que me detuvo en Limoges.
Y nada más llegar, el juez que me condenó a galeras en Toulouse.
¿Sabes para qué he venido?
Para matarte.
El marqués y el resto de los conspiradores
me han contratado para servirte
y para matarte.
Por eso, es lo del pañuelo.
Para que no me reconozcan.
Para la ejecución.
Me pagaron por adelantado.
No te pongas así.
Es algo normal.
Ahora que sé que Isabelle está en sus garras,
soy capaz de cualquier cosa para reunirme con ella.
¡Atravesaría esos barrotes!
Te matarían los centinelas.
¿Por qué no me ayudas a retorcerle el cuello?
O mejor, bebe un poco de ese vino, es un Chamberlain.
No, gracias.
Pues yo estoy viviendo como...
en un sueño en este palacio.
Como un señor.
Y si puedo conseguir que nadie me reconozca,
viviré, me relajaré
y pensaré
que si tú te vas, tendré que volver a mi perra vida
para terminar en cualquier sucio agujero.
¿Sabes que te ayudaría?,
mi máscara, eludirías a la justicia.
Cuenta, cuenta.
¿Si?
¿Crees que eso sería posible?
Creo que es muy posible.
¿Y tú lo harías por mí?
Me pondré tu ropa,
tu pañuelo y tú, la máscara.
¡Oh, amigo mío!
¡Por fin voy a poder vivir en paz!
¿La señora necesita algo?
No, no, toma. ¡En marcha!
¡Vamos!
Eh, amigo, ¿has visto una calesa
con un hombre espantoso y una joven guapísima?
- Sí, parecía muy triste. Por allí. - Gracias.
¡Arre, arre!
Busco a...
¿A un capitán de mosqueteros?
No, una calesa con una joven bellísima.
- No sois el único. - Gracias.
Caballerizo.
Caballerizo.
Ya sé, ya sé.
Vais a preguntarme por una hermosa joven que va en una calesa
con un hombre espantoso.
- Sí, señora. - No, no, no.
A quien yo busco es...
Ya sé, un hombre herido en la cabeza.
No, un hombre guapo, es capitán.
¡Ah, el mosquetero!
Siga a los demás, señora.
Gracias. Basile, en marcha.
Siga a la gente.
Más rápido, por Dios, más rápido.
No sé qué hará el cochero, pero esto está lleno de bandidos.
¿Tenéis miedo de morir?
¡Reventad los caballos, yo los pagaré!
Yo sueño con la muerte.
Y espero que ella, también conmigo.
¡D'Artagnan!
¿Con qué derecho detenéis mi calesa?
- Órdenes. - ¿órdenes del rey?
Órdenes mías.
- Le traigo un recado de parte... - ¿Del rey?
No, de un prisionero de la Bastilla
que lleva una máscara de hierro y que os ama.
¡Es maravilloso!
Entonces, él no era él y me ama todavía.
- Todo esto es una locura. - ¿Podéis librarme de él?
¡Demonios, caballero!
¿Y nuestro duelo?
Este paraje es perfecto para que vos y yo midamos nuestras espadas.
- Adelante, caballero. - Usted primero, señor.
Adelante,
señor de Lourmes.
¡Bravo, señor de Lourmes!
¡Cochero, al fin del mundo!
¿No había una calesa en el camino?
No conseguirá despistarme con ese truco.
En todo caso, la calesa ha desaparecido.
Ahí está, batiéndose otra vez, naturalmente.
Son inútiles vuestras muecas, no me daré la vuelta.
Os juro que esta vez,
no lo entiendo.
Hay un coche nuevo,
y la mujer que está,
no es la misma
¡No, miserable! ¡No soy la misma!
Y pensar que os iba a pedir que os casaseis conmigo.
Y os encuentro peleando,
por otra.
Os equivocáis.
Me bato porque se lo prometí a él, en primer lugar.
Me bato porque una joven necesitaba recuperar la libertad
para recuperar al hombre que amaba.
Que no era yo.
Me bato porque se acerca la aurora,
y temo al reuma.
Me bato por costumbre,
porque un soldado tiene que hacerlo.
Porque nunca he soportado la vida,
sin riesgo.
Me bato contra cualquier cosa.
Por la justicia, claro.
Por capricho, por supuesto.
Me bato para mantenerme joven, y merecer vuestro amor.
Me bato por el estilo,
y el estilo, señor, no ganaría
si hiciese esperar más tiempo a madame Chaulmes
sin venceros.
Podéis quedaros mi caballo, señor.
Esta dama me lleva cautivo.
¡Qué maravilla, mi señor!
Ya no sois el mismo.
Algún día se sabrá quién soy.
Por la presente,
yo os uno en matrimonio.
Cecile Adenais de la Roche-Fontaine,
viuda de Henri de Bois-Lambert, conde de Chaulmes y Charles de Baatz.
Sr. D'Artagnan,
capitán de los mosqueteros del rey.
Firmen aquí.
Rápido, rápido, capitán. El rey os reclama en Hendaya.
Vuelvo enseguida.
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