All language subtitles for Gabriel Iglesias Im Sorry for What I Said When I Was Hungry (2016).720p.WEB.x264.AAC-YTS.ES

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Original subtitles

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¡Fluffy! ¡Fluffy! ¡Fluffy!

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¡Denle un aplauso y háganle escándalo

al Sr. Gabriel Iglesias!

UN ESPECIAL DE COMEDIA DE NETFLIX

¡Chicago!

Ya tocaba hacer un especial aquí.

Antes de que diga algo más, denle un aplauso a mi amigo,

el hombre, el mito, la leyenda.

¡Denle un aplauso a Martín!

Los que están con él son dos viejos amigos.

Son mis amigos y trabajan para mí.

Son Iván y Tony. Denles mucho amor a Iván y Tony.

Además de eso... algo muy especial.

Damas y caballeros, el micrófono me lo entregó

el entrenador del año de la NFL...

...y ex miembro del mejor equipo de fútbol americano que ha...

...pisado una cancha:

los Osos de Chicago de 1985.

¡El entrenador Ron Rivera!

Gracias.

Gracias.

Lo haré una vez:

“Da Bears”.

Estoy superentusiasmado. Escuchen.

Hemos visitado Chicago durante 19 años. ¿Sí? 19 años.

En mi primera visita, conocí a algunas personas

que me preguntaron: “Gabriel, ¿habías venido a Chicago?”.

“No, nunca”.

“Queremos llevarte a comer, si te interesa”.

Dije: “Pues, claro.

Me interesa mucho”.

Me llevaron a un restaurante llamado Portillo’s.

¿Lo conocen?

Fuimos y estuvo muy bien.

Perros calientes.

Ensalada de pollo deliciosa.

Salsa de carne. Muy buena.

Cuando casi habíamos terminado de comer,

estos amigos nuevos dijeron:

“Queremos que pruebes algo que quizá no conozcas”.

Dije: “Eso es poco probable”.

Pregunté: “¿Qué quieren que pruebe?”.

“Aquí, en Portillo’s, venden algo llamado batido de pastel de chocolate”.

“Me convencieron con ‘chocolate’”.

Dijeron: “Ve a esa ventanilla y pídeselo a la señora”.

Dije: “Muy bien”.

Así que fui con la señora. Dijo: “¿Puedo ayudarlo?”.

Dije: “Sí. Mis amigos me recomendaron probar una cosa

llamada batido de pastel”.

“Bien. ¿De qué tamaño?”.

“¿Cuán bueno es?”.

“Pida el grande”.

“Deme el batido grande de pastel de chocolate”.

“No hay problema”.

Pagué. Ella se dio la vuelta

y fue a un refrigerador que estaba en el mostrador.

Lo abrió y sacó una porción de pastel de chocolate.

Pensé: “Debió entender mal lo que dije.

No pedí pastel de chocolate.

Pedí un batido de pastel”.

Debió oír mis pensamientos

porque al pasar dijo:

“Va a suceder”.

Fue hasta la licuadora, le quitó la tapa,

me miró e hizo así.

Dije: “¡No!”.

Y ella dijo: “Ay, sí”.

Lo vertió y me dio un batido de chocolate de 1.3 litros...

...que es mucho más de lo que cualquiera debería beber.

La pajilla era tan gruesa que casi le cabía un pulgar.

Así que tomé el batido y comencé a intentar beberlo.

Así que estaba...

Pude ver cómo subía el batido.

Me llegó a la boca y entonces...

FLUFFY NI GANA NI PIERDE

Ustedes tienen camiones de tacos.

Si tienen dudas sobre los camiones de tacos, les diré algo.

Es comida mexicana real y buena. No digan:

“No. Ese restaurante tiene ruedas”.

A veces no tenemos permiso.

Eso no significa que la comida no sea buena.

Para saber si disfrutaré el camión de tacos,

siempre investigo.

Veo a los encargados del camión.

Si quiero disfrutar la experiencia,

debo asegurarme de que todas sean mujeres.

No soy sexista. Es que si todas las encargadas son mujeres,

me hacen sentir bien.

Me siento especial.

Si llego a la 1:00 a.m. y estoy ligeramente tomado,

me hacen sentir bien.

“¿Hola?”.

Van a la ventanilla.

Me siento como niño. Digo: “¿Me dan un taco?”.

“Lo que quieras. Un taquito para ti”.

Si los encargados del camión son puros hombres mexicanos...

...es tarde. Están cansados. Están amargados.

El servicio al cliente no es nuestro fuerte a la 1:00 a.m.

Y deben lidiar con un borracho tonto como yo.

“¿Hola?”.

Viene a la ventanilla.

“¿Qué quieres?

¿Qué quieres?”.

“Hola, hermano. ¿Me das un taco?”.

“Sí. ¿Qué más?”.

“Nada más”.

¡Eso ni siquiera es una palabra!

Pero sabes exactamente qué te dijo.

Por alguna razón, los mexicanos, y solo los mexicanos,

tenemos un sonido que hacemos

con el que podemos desacreditar lo que nos pongan enfrente.

Sin importar qué sea, podemos acabarlo con ese sonido.

“Terminé la universidad en primer lugar”.

“Bueno. Trabajaré en Burger King”.

“Papi, él es mi novio. Me ama”.

“Bueno. Seré puta”.

Por cierto de putas, les diré dónde nos hospedamos.

Qué mala transición.

No. En este hotel no hay putas.

Gracias a los promotores

por este especial de comedia y por atendernos bien.

Nos hospedaron atravesando la calle.

Y sabes...

Sabes que estás en un hotel bueno

cuando te subes al ascensor

y habla.

Es uno de esos.

“Primer piso”.

“Segundo piso”.

“Tercer piso”.

Digo: “Amigo, suena sexi”.

“Cuarto piso”.

“Quinto piso”.

“Ay, sí”.

Martín me preguntó: “¿Hasta cuál piso?”. “Hasta el final”.

Debo saber cómo termina esto.

Por cierto, desde la última vez que estuve aquí

hubo algunos cambios en mi vida.

Pasaron cosas tan locas

que no podía creer que fueran posibles.

Lo primero que pasó fue

que tuve mi primera broma de muerte de un famoso.

O sea que alguien dijo en internet que yo había muerto y se volvió viral.

Alguien escribió un artículo asombroso

que leyeron más de 30 millones de personas.

Fue tan bien hecho, que incluso yo dije: “Dios mío. Qué bueno fui”.

Hablaron de eso en TMZ 30 minutos

hasta que mi publicista les confirmó que yo vivía.

El artículo decía que yo había muerto el 31 de octubre

por problemas causados por diabetes tipo 2.

Pensé:

“Qué día para matar a un diabético”.

¿Cierto? Es como matar a Santa en Nochebuena.

Treinta millones leyeron el artículo.

A nadie se le ocurrió llamarme.

Excepto a Martín.

Así es.

Martín fue el único que me llamó.

Creo que solo llamó para verificar si todavía tenía trabajo.

Recibí esa llamada.

“¿Hola?”.

Martín dijo: “Oye.

¿Estás muerto?”.

“No, amigo. Estoy bien”.

“Lo supuse. Me habrías avisado”.

Sí le habría avisado, porque soy así.

Le pregunté a mi hijo Frankie: “¿Supiste que morí?”.

“A eso se referían”.

“¿Cómo que ‘A eso se referían’?”.

“Mis amigos preguntaron si estabas bien”.

“¿Qué respondiste?”.

“No lo he visto”.

“Por lo visto, morí”.

“Bienvenido”.

Esa es otra cosa que cambió.

Mi hijo, Frankie, ahora tiene 18 años.

Se graduará en una semana.

Sí.

Ustedes aplauden, pero él no se va.

Le pregunté: “¿Qué quieres hacer con tu vida?

¿Pensaste en algo?”.

“Ahora”.

Le digo: “Frankie, solo necesitas que te admitan en la universidad.

Yo cuento muchos chistes.

Pagaré toda tu educación universitaria

sin importar a dónde quieras ir.

Siempre que te admitan. ¿Qué opinas de eso?”.

“Si quieres estudiar en California, pagaremos.

Si quieres estudiar en otro estado, también.

También pagaré uno de esos programas internacionales”.

Les das uno de tus hijos

y te dan uno de los suyos.

- ¿Cómo se llaman? - Intercambio.

Gracias. Perdón. Sí. “Intercambio”.

Unos dijeron: “Eso es trata de personas”.

Es otro programa.

Me encantaría intercambiar a mi hijo.

No me den uno normal.

Si participaré en un intercambio,

denme a un niño de un país extremamente tercermundista

para que aprecie las cosas básicas que los estadounidenses dan por sentado.

Por eso digo que me den al pequeño Tombutu.

Denme a Tombutu.

Yo amaría a Tombutu y Tombutu me amaría.

“Sr. Fluffy”.

“¿Sí, Tombutu?”.

“Me preguntaba a qué hora nos vamos a dormir”.

“Duérmete cuando quieras. Este dormitorio es tuyo.

El nuestro es el de junto”.

“¿Todo esto es para Tombutu?”.

“Sí, todo esto es para Tombutu”.

“En mi aldea, dos familias duermen en un área de este tamaño”.

“En los Estados Unidos, un niño mexicano enorme duerme aquí.

Disfrútalo”.

Lo llevaría a IHOP o a Denny’s para que pidiera lo que quisiera

y lo vería enloquecer.

“¡Es el Día de Acción de Gracias del que oí! ¡Gracias, Sr. Fluffy!

Si hay algo que Tombutu pueda hacer por usted, dígamelo. Lo que sea”.

“¿Me ayudas a sacar la basura?”.

“Por usted, me comeré la basura”.

Mi hijo estará del otro lado del mundo

sobre un elefante buscando wifi.

Quiero mucho a mi hijo.

Pero a veces no entiende la posición que tiene.

No se da cuenta.

Por eso me encanta cuando trae a sus amigos.

Los trae a la casa

y constantemente dicen lo mismo que yo.

Como padre, que les dices algo a tus hijos

es una cosa.

Que sus amigos digan lo mismo que tú, eso no tiene precio.

Le dicen: “Frankie, qué suerte tienes.

Tu papá quiere pagarte la universidad.

Mi papá quiere que trabaje.

Frankie, tu papá quiere darte un auto.

Mi papá ni siquiera me deja salir a caminar solo”.

Oigo eso y digo: “Amo a estos muchachos”.

Verán, mi hijo está cegado en lo que respecta a esta situación.

Está cegado en lo que respecta a ustedes y a “Fluffy”.

Él no ve a Fluffy. Él ve: “¡Papá! ¡Papá!”.

Yo le digo que ordene su cuarto

se duche y use desodorante,

lo cual hace muy bien ahora.

Ustedes vieron qué tuve que hacer para lograrlo.

Sus amigos todavía se entusiasman cuando me ven.

Enloquecen.

Entro en la sala y están ahí sentados.

Frankie me ve. “Hola, papá”.

Cuando sus amigos me ven, ven esto:

Con palomas.

¿Se imaginan que pasara eso al entrar en un cuarto?

“Ya llegó”.

Damas, imaginen si su pareja les hiciera sentir eso.

En su aniversario, celebración, momento mágico

o solo están echadas ahí borrachas.

Le dicen: “¿Qué vas a hacerme?

¿Qué vas a hacer?”.

Una paloma extra.

Por cierto, señores, si alguna vez logran que haya palomas,

déjenlo ahí.

No intenten superar las palomas. Es muy difícil.

No empiecen a hablar y a decir tonterías.

Ella está acostada ahí. No digan:

“No sabes qué pasará. No entiendes.

Vas a ver”. No hagan eso.

Porque ellas solo tienen que verlo y hacer:

Volveré con los amigos de mi hijo.

Mi hijo tiene dos amigos que lo visitan mucho.

Uno se llama Ken. Trabaja con computadoras.

El otro se llama Fabian. Quiere ser policía.

Ambos muchachos son muy buenos.

Les digo “chicos”, pero tienen 18 años.

Para mí son chicos. Tengo casi 40 años. ¿Entienden?

Algunas conversaciones que tenemos son de adultos.

Las otras me hacen pensar: “¿Qué hago con mi vida?”.

Por ejemplo, cuando estoy en la casa,

visto parecido, pero sin la camisa hawaiana.

Visto camisetas de La guerra de las galaxias o de Marvel Comics

o de Transformers.

O dibujos animados. Me gusta vestir así en la casa.

Un día traía puesta una camiseta de Los Vengadores.

Sí. Entro en la sala

y Fabian, el amigo de mi hijo, vio la camiseta.

Me señaló. Le pregunté: “¿Qué pasó?”.

Dijo: “Débil”.

“¿Disculpa?”.

“Débil”.

Dijo: “DC es mejor”.

“¿Qué dijiste?”.

“DC es mejor”.

“D.C. está bien. Obama vive ahí. Aprueban leyes.

Hay hoteles y museos históricos.

No es un estado real. ¿Por qué te afecta?”.

Dijo: “No, tonto. DC Comics”.

“Tengo casi 40 años. No me importa.

Es una camiseta genial. Me gusta. Me queda.

No importa”.

“Son mejores”. “Debes relajarte”.

“Son los mejores”. “Relájate”.

Pensé: “¿Por qué tengo esta conversación?

Tengo pendientes, como poner a mi hijo sobre un elefante”.

Pero no.

“¿Por qué son mejores?”.

Señaló la camiseta.

“Iron Man es nefasto. Batman es el número uno”.

Le dije: “¿Por qué?”.

“Porque sí”. “Eso no es un argumento.

Batman no es el mejor superhéroe.

Odio decírtelo, pero no lo es”.

Algunos van a abuchearme.

“Ay, no, Fluffy. No digas eso. No, Fluffy. No lo hagas”.

Sí, lo diré. Observen.

Batman no es el mejor.

Batman es el superhéroe más repulsivo.

Batman es el superhéroe más repulsivo que ha existido.

Incluso suena repulsivo.

“Soy Batman”.

“Soy Batman”.

¿Lo reconocen?

“¿Quieres dulces?”.

“Ayúdame a encontrar a mi cachorrito”.

Por favor. Solo sale de noche. Se cubre la cara.

Se esconde en los callejones. ¿Y con quién habla?

Con el Guasón, el Acertijo, y él se llama Batman.

Guasón, Acertijo, Batman.

Son nombres de pandilleros mexicanos.

¿Imaginan si esa fuera su identidad real?

Por la noche:

“Soy Batman”.

Durante el día:

“Soy Batman”.

Dije: “Muy bien, Fabian, don ‘Batman es el mejor’.

Mi camiseta es de Marvel Comics.

Veo a Thor, al Capitán América, a Iron Man.

¿Cuáles son algunos de los superhéroes de DC Comics

superiores a los de Marvel?

Dime”.

“Batman”. “Ya lo dijiste”.

“Supermán”. “Ese es bueno”.

“La Mujer Maravilla”. “Bien”.

“Linterna Verde”.

Le dije: “Conozco a los otros, pero ¿Linterna Verde?

¿Qué poder tiene?”.

“Tiene un anillo que le da poder”.

“Esa es una fantasía.

No conozco a ningún hombre con anillo que tenga poder”.

Si no están aplaudiendo, me dieron la razón.

No pueden aplaudir, ¿verdad? No pueden.

¿Saben por qué no?

Porque están junto a la kriptonita.

Él ni siquiera aplaude. Está: “No, no, no. No.

No. La Mujer Maravilla me pega. No, no”.

No voy a mentirles.

A veces... A veces me siento solo una pizca

como superhéroe,

porque puedo pararme frente a grupos grandes de gente

y cambiarles el humor, hacerlos sonreír,

hacerlos reír, hacer que se sientan mejor.

Sí.

Y como cualquier superhéroe, tengo mis debilidades.

Vengo y los hago felices.

Luego me voy a casa.

Y hago encabronar a una persona.

A ella no le interesa esto. Ustedes no le interesan.

No puedo ir a casa y presumir: “Nena, Chicago fue un éxito”.

“Qué bien. Saca la basura”.

“Me aplaudieron y gritaron mi nombre”.

“¿Eso va a ayudar? Bien.

¡Saca la basura! ¡Saca la basura!

¡Saca la basura! ¡Saca la...!”.

“¡Me dijeron que les encantaba!”.

¡Fluffy! ¡Fluffy! ¡Fluffy!

Ay, Dios mío.

¿Tienen idea

de cuán difícil será ir a casa y sacar la basura?

Gracias.

Ay, Dios mío. Esto es increíble.

También los oigo. ¿Está bien?

Es un gran cumplido.

Cuando oigo a la gente del público hacer así...

Eso me indica que los hago reír tanto

que su cuerpo rechaza la actividad en la que están participando.

Sus pulmones les dicen:

“Esto no es bueno para ti. Vete”.

Son necios: “¡No! ¡La entrada salió cara!”.

Eso dicen los hombres.

Con las mujeres es diferente.

Cuando las oigo reír tanto que comienzan a resoplar...

...eso me indica que las estoy haciendo reír tanto

que estoy causando que inhalen y exhalen al mismo tiempo,

y eso las obliga a hacer ese...

Si una mujer resopla más de dos veces,

eso me indica que la hice orinar un poquito.

Me encanta. Estuviste señalándola.

Y ella dice: “Imbécil”.

Gracias por apoyarme.

Otra cosa que considero un cumplido

es que, de vez en cuando,

hay gente que viene a un evento de comedia por primera vez

y no están acostumbrados a reír durante mucho tiempo.

Se entusiasman tanto y se involucran tanto en la función,

que se les olvida.

Se les olvida hacer una cosa muy básica:

¡respirar!

Les sorprendería cuántas veces he visto esto en primera fila:

Y se desmayan.

Lo malo es que soy el único que se da cuenta.

Normalmente me dicen: “Fluffy, haz algo”.

Y yo...

“¡Haz algo!”.

“¡Se despertó! ¡Gracias!”.

Una vez una señora...

...en la platea alta...

...rió hasta quedar inconsciente.

Se fue hacia delante

y se golpeó la cabeza en la barandilla del pasillo.

No lo vi porque estaba en el escenario

con focos en la cara.

Lo supe al final de la función.

Vi a Martín entre bambalinas, tomó el micrófono

y me dijo: “Hermano, una señora se lastimó en la platea alta.

Está en el vestíbulo con los paramédicos. Vamos a verla”.

Dije: “Vamos”.

Fuimos atrás del telón y los de Seguridad nos esperaban con el auto.

Subimos al auto...

Nos llevaron al frente del edificio.

En cuanto llegamos, vimos una ambulancia.

Entramos.

No quiero restarle importancia a ese momento serio

porque eso en realidad pasó.

Es un poquito chistoso porque...

...mi función acababa de terminar y la gente salía del edificio.

Me vieron en el escenario un minuto antes y ahora me veían entrar por adelante.

Véanlo a través de mis ojos.

“Es grandote, pero es rápido. No sé cómo lo hizo. Qué bárbaro”.

Entré e inmediatamente me dirigí

hacia la señora y los paramédicos que estaban sentados.

El vestíbulo se llenaba de gente.

Yo intentaba llegar hasta ellos sin que me detuvieran.

Empecé a hacer lo siguiente, y sé que parecerá raro, pero funcionó.

“¿Está bien? ¿Se encuentra bien?”.

La gente me vio y estaba intrigada.

Me miraron como acabas de mirarme.

Hacían así: “¿Qué diablos hace?”.

Todos retrocedieron e hicieron así.

Creó un espacio para que llegara a ellos.

Al ver a los paramédicos, supieron qué intentaba hacer.

Todo estaba bien hasta que me acerqué

y entonces me llamó un paramédico.

“¿Qué le hizo a la señora?”.

“Escuche, señor. Ella obviamente se lastimó la cabeza.

Le doy tiempo para que procese el hecho de que sí soy yo.

Así que despacito...

...me le acerco.

Sé que estoy en una posición increíble

donde no puedo acercármele a la gente por detrás en una función

y decir: ‘¡Hola!’”.

“¿Por qué?”. Porque...

“¡Despejado!

Fluffy mató a otro”.

Al fin volteó la mujer.

Tenía 55 o 60 años. Era una mujer asiática pequeña.

Me vio y dijo:

“Usted es demasiado chistoso.

¡Casi me mata!”.

“Lo lamento. ¿Se encuentra bien?

¿Cómo puedo hacer que se sienta mejor?”.

“Sí.

Sí, me sentiría mejor

si me diera dos camisetas”.

“Le daré dos camisetas”.

“Y dos DVD”.

“No se lastimó tanto. Venga”.

La levanté y uno de los paramédicos enseguida dijo:

“Fue la cabeza. Que no se pare”.

Dije: “Yo soy el artista que actuó aquí esta noche.

Me responsabilizo por ella.

Yo me encargo. Todo está bien”.

Y era pequeñita.

Íbamos a caminar tres metros hasta la mercancía.

“Ande. Yo la sostengo. Vamos”.

En cuanto empezamos a caminar, empezó a desahogarse.

“Sr. Fluffy, no tiene idea de cómo fue mi semana.

Mi hijo se casó con una muchacha.

Ella no cocina, no limpia.

Se mudó a mi casa.

Ahora debo cocinar y limpiar por dos.

Es una sandez”.

Pensé: “Ay, Dios mío. Eso va a pasarme”.

“Sr. Fluffy, debo disculparme con usted

porque no sabía quién era usted hasta hoy.

Una amiga me dio la entrada.

Dijo: ‘Susie, te estresas demasiado. Tienes que salir.

Mi esposo ganó una entrada en una rifa. Solo es una. Tómala’.

Así que vi la entrada. La entrada decía ‘El Fluffy’.

No sé qué es una función de comedia porque nunca había ido a una.

Vi ‘Fluffy’ y pensé que era un musical como Cats.

Dije: ‘Bueno. Iré a ver a los gatos acolchonados’.

Así que llegué temprano para comprar las palomitas y el refresco.

Me senté y esperé a los gatos acolchonados.

Acto seguido, su amigo Martín

salió al escenario con una gran melena y una barba de candado grande.

Dije: ‘Ah...

Esto no es Cats. Esto no es Cats.

Esto es El Rey León.

Ese es un Mufasa mexicano’.

Empezó a contar chistes. Y yo reí y reí. Reí.

Luego usted salió al escenario y no aguanté más.

No podía respirar. Me desmayé.

Cuando desperté, tenía una bolsa de hielo en la cabeza,

sangre en el ojo

y dos jóvenes paramédicos blancos

me tocaban justo aquí.

Dijeron: ‘¿Está bien?

¿Está bien? ¿Está bien?’”.

“¿Qué les dijo?”.

“Nunca había estado mejor”.

“Susie nunca había sido tocada aquí por dos hombres blancos al mismo tiempo.

Su función es muy especial, Sr. Fluffy. Muy especial.

Es como la fundación Make-A-Wish.

Si me queda cicatriz...”.

“¿Me demandará?”.

“No, no, no. ¡No!

No lo demandaré.

Si me queda una cicatriz y los amigos me preguntan:

‘¿Cómo te hiciste esa cicatriz?’

Ahora tengo una gran historia para contarles.

Les diré:

‘Dos hombres blancos al mismo tiempo.

Mientras un mexicano observaba’”.

La llevé con los paramédicos y dijeron:

“Es todo un personaje, ¿verdad?”.

Le dije: “Ay, sí. Está cachonda. Le gustas. Ten”.

En cuanto me di la vuelta,

vi el vestíbulo lleno de gente y un montón de celulares.

Hay video de lo que les conté.

Todos lo grabaron. Lo genial fue

que esperaron a que terminara de atender a la mujer.

Me doy la vuelta y...

...se me acercaron.

Algunos querían estrecharme la mano o chocarlas.

Uno solo quería abrazarme y no dijo nada.

Solo me abrazó. “¿Está bien?

¿Está seguro?

Muy bien”.

Dos niños me veían así.

Me parece muy lindo porque reconozco ese brillo en los ojos.

Yo he puesto esa cara.

Muchas veces me deslumbraron.

El año pasado conocí a uno de los héroes de mi infancia.

Conocí a Arnold Schwarzenegger.

Algunos aplauden y otros... “Espera, espera”.

Esta es la cuestión. No me encantó como político

y era demasiado joven para conocerlo como culturista.

Pero mi película favorita era Terminator

y él era el Terminator.

Así que... esta es la historia.

Fui a L.A. a un evento de alfombra roja de una película que aún no veo.

Estaba ahí con mi publicista.

Mi publicista

me explicaba cómo funciona la alfombra roja.

“Escucha, Gabriel, esto pasará.

Caminarás por la alfombra roja,

los paparazzi te tomarán fotos

y luego alguien te hará preguntas.

Es muy divertido. Entraremos y luego iremos a la fiesta.

Será grandioso”.

Mientras me decía esto,

yo miraba alrededor y noté...

Lo vi. Vi a Arnold Schwarzenegger y enloquecí.

“¡Es Arnold Schwarzenegger!”.

“Relájate. Relájate. ¿No conoces a Arnie?”.

Dije: “No. No conozco a Arnie”.

“Yo trabajo con él frecuentemente. Es muy amable.

¿Quieres que te lo presente?”.

Y yo: “¡Sí!”.

Me tomó de la mano y me llevó directamente con Arnold.

Por tanto entusiasmo parecía un bebé enorme.

Llegamos al área de Arnold Schwarzenegger.

Es Arnold Schwarzenegger.

Tenía mucha gente esperándolo para tomarse una foto.

Así que esperé pacientemente.

Mientras lo observaba... Debo decirles algo.

No hay nadie en este planeta

que sea mejor para conocer gente que Arnold Schwarzenegger.

Es el más grandioso para presentaciones que he visto.

Les digo esto porque cuando se lo presentan, es cautivador.

Te toma la mano. Te acerca.

Te mira a los ojos y se enciende.

Cuando lo conoces,

recibes exactamente lo que crees que vas a recibir.

Observarlo es increíble.

“¿Cómo estás? Mucho gusto.

Qué fuerte. ¿Levantas pesas? ¡Mírate!

Esto es increíble, las luces y la alfombra roja.

Disculpa. ¿Cómo estás?

Qué fuerte. ¿Levantas pesas? Esto es increíble. ¡Mírate!”.

La gente se va mirando su mano.

Miran su mano, amigos.

Estuve diez minutos observándolo animar a la gente.

Y luego noté algo más.

Noté que Arnold tenía a un agente parado atrás de él.

El trabajo de ese sujeto

es reiniciar a Arnold para la siguiente persona que va a conocer.

Arnold Schwarzenegger nunca dejaría de hablar con un fan.

El sujeto detrás de él escucha la conversación,

decide cuando ya fue suficiente

y le avisa a Arnold que deje de hablar y avance.

Esta es la señal.

Presiona a Arnold por el brazo, justo aquí, dos veces. Uno, dos.

Así Arnold sabe que es hora de avanzar.

Siempre a la izquierda.

Verlo es asombroso.

“Esto es increíble, estas luces y los efectos especiales.

Disculpa.

¿Cómo estás? Mucho gusto. Qué fuerte eres”.

Y yo...

Le grité al agente: “¡Oye!”, y se dio la vuelta.

“¡Dale! ¡Quiero conocerlo! ¡Dale!”.

Y se ríe

porque sabe que noté cómo funciona el Terminator.

Así que me hizo así.

Acto seguido estaba acelerando a Arnold.

Lo presionó tanto, que Arnold apenas podía mantener el paso.

“Disculpa. ¿Cómo estás?

Disculpa. Con permiso. Chócalas.

Disculpa. Hola. ¿Cómo estás? Golpe, golpe.

Golpe, golpe”.

Se acercaba, se acercaba y yo esperaba.

Extendí la mano y él la tomó.

“¿Cómo estás? Mucho...

Te reconozco.

Sé quién eres.

Eres el que cuenta el chiste del indio que intenta robar un banco,

pero no puede robarlo porque se burlan de él”.

En mi mente dije: “¡Me conoce!”.

Por fuera estoy: “Sí, soy yo”.

“Eres chistosísimo. Dame tus datos.

Eres el más chistoso... Disculpa.

¿Cómo estás? Mucho gusto. Qué fuerte eres”.

“¡Oye!”.

Conocerlo es como una montaña rusa.

Quieres volver a formarte y saludarlo una vez más.

Fue genial porque lo observaba y la gente lo grababa.

Es una de esas cosas

donde me encuentro en una situación muy interesante

porque me gusta salir con mis amigos.

He estado borracho en Chicago muchas, muchas veces.

Me gusta divertirme.

Este es el problema.

Recientemente firmé un contrato con ABC Televisión

para producir una comedia de situaciones para la tele.

No es garantía, pero aprobaron el piloto.

El problema es

que Disney es el dueño de ABC.

Disney es una marca tan grande

que cuando alguien amenaza su reputación,

lidian con esa persona de una manera muy impropia de Disney.

La comedia de situaciones que produciré es sobre mí.

Haré mi papel. Haré el papel de Gabriel Iglesias.

Es sobre mi familia, mis amigos y yo.

Mi amigo Martín...

...no puede participar.

Yo no lo decidí. Hablen con el ratón.

Miran tus redes sociales y todo lo que tienes en línea.

Si hay algo de ti que no les gusta,

te van a...

Estoy paranoico porque Disney es enorme.

Son dueños de estaciones de tele y radio,

de Marvel Comics de La guerra de las galaxias.

No necesito esa llamada, ¿entienden?

“¿Hola?”.

“Las cosas jodiste”.

Me siento paranoico.

Ahora todos graban constantemente.

Si haces algo que parezca tonto,

podría terminar pareciendo que es peor.

Por ejemplo, me caigo del escenario hoy y alguien lo graba.

Si TMZ obtiene el video, podría ser viral.

Y si algo me pasa, podría salir en las noticias.

“Estamos frente a la Arena Allstate en Rosemont, Illinois,

donde las autoridades creen que Fluffy perdió el control.

El cómico de 39 años murió por segunda vez en dos años.

Nadie sabe exactamente qué pasó.

Las autoridades dicen...”.

Por eso debo tener cuidado,

porque todavía disfruto mis hábitos.

Me gusta beber.

Claro que algunos me preguntan:

“Gabriel, ¿por qué bebes?

Tienes muchas responsabilidades y muchos dependen de ti.

¿Por qué bebes?”.

“Porque tengo muchas responsabilidades y muchos dependen de mí”.

Algunos lo saben porque han ido a otras de mis funciones.

El veneno que me gusta es el tequila.

Hay ciertas cosas que ya no bebo.

Ya no bebo Jäger.

Primero, cualquier alcohol que te haga decir su nombre...

...no es seguro.

Es el único que te obliga a hacer eso.

Es el único por el que dicen:

“¡Jäger!”.

Nadie más. No oyes a los mexicanos:

No oyes a los negros decir: “Hennessy, jugador”.

No oyes a los japoneses decir: “¡Sake! ¡Sake!”.

Jäger es de temer por varias razones.

Una, tengo diabetes tipo 2. Ni siquiera debería beber.

Pero Jäger tiene el doble de azúcar.

Dos, la consistencia. Es muy pegajosa.

Como jarabe para la tos.

Si bebes demasiado, dura más que cualquier otra cosa.

Es asqueroso. Cuando lo bebes...

Es horrible.

Si bebes demasiado, permanece más que cualquier otra cosa.

Si bebes demasiadas cervezas, saben lo que pasa.

Sientes... Y se las devuelves al dueño.

Jäger te hace sentir que debes devolverlo, pero no puedes.

Te vuelve dramático durante 45 minutos hasta que te suelta.

Los han visto. “¿Estás bien?”.

“Estoy bien...”.

No pueden vomitar. Solo ejercitan los abdominales.

Te miran: “¿Te gusta hacer ejercicio?”.

“No, soy borracho”.

Jäger es de miedo.

Otro tipo de alcohol con el que ya no juego...

...es el vino.

Miren a esos.

“Somos de Schaumburg”.

Para los que no saben, Schaumburg es el Beverly Hills local, así que...

Seguro lo dedujeron.

Mi problema con el vino es muy sencillo.

No me gusta que el vino sea socialmente aceptado.

O sea, que si ves a alguien con una botella de vino...

Si lo ves atravesar la calle con una botella de vino,

inmediatamente lo juzgan, pero de manera positiva.

Porque asocian el vino con la clase alta,

lo positivo, progresivo,

un aniversario, fiesta o ascenso.

Así que intentas adivinar. “¿Qué crees que sea?

¿Graduación? ¿Ascenso? Debe ser algo bueno.

Me da gusto, amigo”.

Las mujeres ven a un hombre con vino y dos copas,

y de inmediato...

“Zorra afortunada”.

Es alcohol.

Va a emborracharte.

Y por lo que menos me gusta

es porque no puedes medir el vino con precisión.

Puedes medir el licor. Se llama un trago.

Después de beber varias veces

sabes cuánto puedes beber.

Porque los que beben mucho

presumen de su capacidad para beber.

Tienen un número de tragos. ¿Cierto?

Tienen un número de tragos.

Los oyes:

“Once tragos de Don Julio. ¡Sí!”.

Tienen un número. También las mujeres.

“Después de cuatro tragos de Cuervo, estoy muy bien.

Cuatro es el punto placentero”.

“¿Y si bebes cinco?”. “Despierto en un callejón”.

“¿Y si bebes seis?”. “Así conocí a Tyrone”.

Con el vino no puedes medir con precisión cuánto bebes

excepto por botella.

Pero si lo mides por botella, ese es otro problema.

Las copas siempre son de distinto tamaño.

A veces son copas grandes, a veces son pequeñas.

A veces dependes de que alguien te sirva el vino.

Quizá saben lo que hacen, quizá no.

A veces la llenan muy arriba, lo cual es demasiado.

Lo correcto es un poquito menos de la mitad de la copa.

O te toca el tacaño de Olive Garden.

Te dan una muestra. Lo pones contra el sol y haces así.

Lo bebes. “Qué rico. Tenía un cupón para eso. Ten”.

Nunca ves a los bebedores de vino con los bebedores reales en antros.

Los ves en reuniones sociales como esta o en fiestas de la empresa,

pero nunca en un tugurio.

Nunca verás... “¡Jäger!”.

Y entre ellos... “Merlot, por favor.

Este establecimiento es fantástico. Me encanta la decoración.

Es asombroso.

Es hermoso, en serio. ¿Quién les poda el pasto?

Es fantástico”.

Perdón. Esa voz me hace reír. Me gusta.

Me hace sonreír, ya saben, mientras estamos aquí,

en Estados Unidos.

Si hago mi función en Inglaterra,

esa voz significa algo diferente.

Oí un hurra. ¿Hay gente del Reino Unido?

Bueno. Les hablaré a los demás de ustedes.

Me encanta cuando la gente del Reino Unido viene a los Estados Unidos

porque, cuando los oímos hablar,

suenan increíbles, suenan asombrosos,

suenan educados,

suenan inspiradores.

Ese acento es muy apropiado.

No importa de qué hablen,

nos sentimos atraídos.

Pueden hablar de basura y suena increíble.

“¿Quién dejó esta bazofia aquí? Qué burla.

Miren toda esta destrucción en la acera.

Que alguien limpie. Esto es ridículo”.

La gente escucha.

“No sé qué pasó allá, pero se armó la gorda.

Ese sujeto de Inglaterra está enojado. No lo sé.

¿Qué diablos es ‘bazofia’?”.

Es diferente.

Cuando nosotros vamos allá,

es muy, muy diferente,

porque ellos no nos oyen así.

En realidad,

como estadounidenses tratamos de cierta manera el idioma inglés.

¿Entienden cómo les sonamos nosotros a ellos?

En serio, ¿saben cómo nos miran cuando nos oyen hablar?

Así les sonamos a ellos.

“Te diré algo, el otro día estaba con Phil.

Ese desgraciado vino a la casa y nos divertimos.

Solo Phil y yo”.

Y si ustedes hablan así, bromeo. Solo son chistes.

No se sientan que... Solo, ya saben...

“Lo esperaré afuera.

Veremos si ríe en el estacionamiento. Qué Fluffy ni qué nada”.

Creo que es chistoso

que, sin importar de qué hablen allá,

suenen igual.

Suena igual.

Mientras nosotros, los estadounidenses,

hablamos según nuestro ambiente.

Cambiamos. Nos transformamos. Nos adaptamos.

Tenemos nuestra...

Por ejemplo, tenemos nuestra voz de “intento conseguir un buen trabajo”.

Si vas a una entrevista, no hablas

igual que un sábado por la noche después de unas copas.

La cuidas. Practicas en el auto.

Y cuando entras, la usas.

“Por mis referencias

verá que estoy preparado para esto.

Llame a Frank Torres.

Frank le hablará del magnífico trabajo que le hice.

Estoy dispuesto a trabajar 365 días al año.

No hay trabajo demasiado grande ni tarea pequeña.

Cuente conmigo. Soy el indicado para esto.

Considéreme. Gracias por su tiempo”.

Y llegas al...

Llegas al estacionamiento y dices...

“Necesito trabajo, hombre”.

Tenemos una voz de día

que usamos con la familia, los amigos

y nuestros hijos.

Y tenemos la voz de noche, la voz de la fiesta.

“¡Jäger!”.

Y si tienes suerte, tienes la voz de muy, muy tarde por la noche.

“No sabes qué te va a pasar.

Mejor échate”.

Algunos me miran: “Ay, Dios mío, Fluffy es un friki”.

Solo es un ejemplo.

Los niños están: “Ay, esto es diferente”.

Perdón. Es que vi a esos niños y están...

El papá está: “Pinche Fluffy. No, no, no.

Fluffy malo y tonto. Fluffy malo”.

Pero allá

suenan igual sin importar lo que hagan.

Si solicitan trabajo:

“Por mis referencias

verá que estoy calificado para este puesto”.

En la fiesta:

“Si me sirve vino, lo beberé. Es delicioso, créame”.

Al hacer el amor:

“Separaré tus piernas como el Mar Rojo.

Te profanaré tan asombrosamente,

que lamentarás haberme conocido en ese bar.

Bajaré el puente levadizo ¡y te presentaré a la reina!

Sí, lo haré.

Cuando llegues al momento mágico, grita: ‘Victoria’”.

“¡Victoria!”.

“Misión cumplida”.

Lo único malo de ese chiste

es que es el único chiste que los niños recuerdan.

En dos semanas irán a su dormitorio.

“¿Por qué cerró la puerta?”, y oirán “¡Victoria!”.

Veo a un par de jóvenes. ¿Qué edades tienen?

- Trece. - Trece.

- ¿Y el de junto? - Diez.

Tienes diez.

Bien. Me disculpo por lo que dijo Martín.

Diez años. No me siento muy mal, ¿saben por qué?

Los de diez años son adultos jóvenes.

No te considero niño.

Un niño, primero, es alguien que no tiene acceso a internet.

¿Tú tienes tableta, celular o acceso a servicios en línea?

Servicios. “¿De qué diablos habla?”.

Elegí mal las palabras. ¿Me entendiste?

Probablemente has visto y oído cosas.

Y los padres: “Mi hijo no. Bloqueo su teléfono”.

Sí, pero no bloquean el del amigo.

Me siento mal cuando digo algo subido de tono

si hay un niño de cuatro, cinco o seis años.

Y, sí, pasa. Entonces me siento mal.

Los veo y les digo:

“Lamento que oyeran lo que dije”.

Y los padres dicen: “En la casa oyen cosas peores”.

No hay nada como ver a un niño de cuatro años confirmarlo. Hacen...

Por ejemplo, mi hijo.

Tiene 18 años, pero no dice groserías en la casa.

No controlo lo que hace en público.

En la casa sabe que no puede hacerlo.

Una vez...

Una vez en 13 años sorprendí a mi hijo diciendo groserías en la casa.

No pude enojarme.

Se cayó por las escaleras.

No quiero burlarme, pero

¿qué puedo hacerle que sea peor que lo que acaba de hacerse solo?

Y lo oí.

“¡Con un carajo!”.

Corrí. Ni siquiera vi si estaba bien.

“¿Qué dijiste?

Esa te la ganaste.

Si dirás algo peor, la próxima vez yo te empujo”.

Sí le dolió. “¿En serio?”. “No, levántate”.

Genial. Ojalá se diviertan.

Se pone nervioso. “¿Qué le dice a mi hijo?”.

No, nada. Todo tranquilo.

Gracias por confiar en mí y traer a sus hijos.

Sus adultos jóvenes. Perdón.

Gracias por confiar en mí y traer a sus adultos jóvenes.

Sé que señalo a los del frente.

Si están aquí hoy...

...con alguien con quien no deberían estar...

...y ven pasar una cámara, hagan: “Oye”.

“¡Victoria!”.

Son muy respetuosos y filmarán a otro.

No se preocupen.

Antes de que lo olvide, gracias a la Arena Allstate

por sus instalaciones asombrosas entre bambalinas.

Les diré que me encanta mi vestuario

porque tiene cosas básicas que me gustan mucho,

como interruptores.

Muchos lugares se vuelven ecológicos,

así que reemplazan los interruptores con sensores.

Los sensores son geniales si funcionan.

Si estás a tres metros, te detecta

y toda la habitación...

Pero cuando no funcionan,

debes entrar en un cuarto oscuro y demostrar tu presencia.

Si no te mueves cuatro segundos...

“¡Demonios!”.

Además, entre bambalinas, mi lavabo tiene llaves.

Controlo la temperatura y la presión.

Eso es muy importante en Chicago, en especial en el invierno.

El invierno aquí no es un chiste.

Necesitan agua tibia para lavarse.

Un sensor que da agua fría no sirve.

Si usan agua fría para las manos, se ponen crípticas.

Si salen, se burlan de ustedes.

“Miren. ‘Thriller’”.

Mi vestuario tiene un lavabo que tiene agua fría y caliente.

Puedo controlar el agua, la temperatura

y la presión.

Odio que nos quiten eso y lo reemplacen con un sensor.

Ahora, además de ser cómico, debo ser mago.

No soy mago, pero si me lavo las manos, eso parezco.

Nada. Y cuando te vas...

Creo que hay alguien bromeando atrás del espejo.

Algunos lugares se detienen ahí, otros no.

Me gusta usar mucho jabón cuando me lavo las manos.

Me gusta la bomba.

Odio que nos quiten eso

y lo reemplacen con un caño que ponen junto al grifo.

Pones la mano debajo y te da un moquito de jabón.

¿Saben de qué hablo? Un moco. Pones la mano ahí abajo...

Necesitas más. Vuelves a poner la mano,

pero el sensor: “No. Sigues siendo tú”.

Ahora tienes que engañarlo, ¿verdad?

Cuando tienes suficiente jabón, debes enjuagarte.

Pero ahora no puedes porque el temporizador terminó su ciclo.

Así que tienes que retroceder y hacer otra actuación.

Ahora corres para enjuagarte las manos.

Después de enjuagarte debes secarte las manos.

Algunos lugares tienen toallas de tela o de papel.

Algunos ponen las toallas de papel en una caja con otro sensor.

Y ahí estás.

Ocho centímetros de papel.

Ocho centímetros. No puedes hacer nada con ocho centímetros.

Pregúntenle a cualquier mujer.

U hombre. Igualdad de oportunidades.

Necesito controlar el papel. Necesito la palanca.

Algunos lugares paran ahí, otros, siguen.

¿Han entrado en un retrete...

...cerrado la puerta, dado la vuelta

y visto una luz roja parpadeante?

“¿En serio? ¿Aquí también?”.

Solo quieren papel higiénico para ponerlo en el asiento.

Dan un paso...

No hice nada.

Toman el papel.

¡Oye!

Dan la vuelta y se lo ponen como capa.

Dejan que baje por la espalda mientras calculan el momento para sentarse.

Y cuando están por sentarse, alguien entra en el baño y los distrae.

Pero las rodillas ya están dobladas.

Si no hacen CrossFit, no podrán enderezarse.

Su trasero toca directamente el asiento...

...y hacen...

Cuando creen que no puede ser peor...

El agua salpica y les moja el culo.

El agua se va al caño y un vórtice de aire

pasa entre sus piernas.

Tienen un tsunami atrás, un tornado al frente

y ¿quién es la víctima? Pikachu.

Se aferra para no morir.

Todavía no hacen magia

y ya los violó la plomería.

Ahora hacen lo que tienen que hacer.

Terminan.

Es hora de limpiarse.

Hora del mantenimiento.

Así que van a tomar el papel higiénico.

El problema con los baños de ahora

es que en la mayoría de los lugares, entre ellos este,

en vez de poner un rollo de papel higiénico tamaño humano

en un dispensador tamaño humano de papel higiénico...

...van a Costco o a Sam’s Club

o a un lugar donde compran al mayoreo

y compran el rollo de papel higiénico tamaño gorila.

Lo meten por la fuerza en el compartimiento pequeñito...

...y cierran la puerta.

Ahora la rueda gigante está encerrada.

No la puedes girar.

Ni siquiera encuentras dónde empieza porque pegan el papel.

Por desesperación, sacas tus llaves

y lo cortas

como una bolsa de cocaína en Narcos.

Sacas el papel.

Intentas limpiarte.

Chicago, predigo

que en un año a partir de ahora,

tomarán el control del baño al 100 %.

Estarán sentados ahí pensando en mí

porque lo verán.

Buscarán el papel higiénico

y habrá una luz roja parpadeante.

Dirán: “Ay, Dios mío, Fluffy lo predijo”.

¿Qué tendrán que hacer?

Una hoja.

Se frustrarán y se sentarán en él.

Perdón, hermano. Sé que te mostré demasiado culo.

Ella piensa: “Es como Magic Mike”.

Perdóname, hermano. Fue muchísimo.

“¡Maldición!”. Sí.

¿Saben? Lo entiendo.

Entiendo por qué hacen eso con los baños,

por qué ponen sensores.

Porque intentan ahorrar energía y agua.

Vivo en California.

Necesitamos agua. ¿Sí? La necesitamos.

Algunos lugares necesitan sensores y otros no.

Unos nos enseñan a conservar energía y agua.

Otros lugares son pésimos en eso. En el hotel donde estamos

hacen algo muy básico.

Tienen un letrerito de cartón

colgado en el toallero del baño.

Dice: “Por favor, ayúdenos a ahorrar agua al reutilizar su toalla”.

Atrás muestran los millones de litros de agua

que se ahorran al reutilizar la toalla.

Las reutilizo en mi casa. Puedo hacerlo en un hotel.

Es mi toalla.

Algunos no quieren reutilizarlas.

Dicen: “Esa toalla está sucia”.

Si está sucia, eres pésimo para ducharte.

En teoría, esa toalla blanca debería estar blanca

cada vez que la usas.

Pero no, les gusta enrollarla y usarla en modo experto.

Desperdicias agua intentando lavar eso.

Algunos lugares nos enseñan

cómo ahorrar energía y agua.

Algunos lugares son pésimos.

Hace poco visité una universidad cerca de aquí.

Esta universidad tiene mucho dinero.

Tienen tanto dinero, que tienen su propio departamento de policía en el campus.

Solo es para el campus. No impresiona.

Muchas universidades tienen policía en el campus.

La diferencia es que esta universidad, de una u otra manera,

terminó dándoles a los policías autos Prius para usar como patrullas.

Saben cuál universidad.

Escuchen, esto no es broma.

La cuestión es que si eres un agente de policía...

...debes luchar contra el crimen.

Lo primero que ve la gente al llegar a una escena

es tu medio de transporte.

Tu vehículo debe establecer dominio sobre la situación

antes de que pongas un pie afuera.

En California, más del 65 %

de los policías de carreteras manejan un todoterreno.

Si allá te detienen, se siente.

Te intimida.

La gente salta a la carretera: “¡No me maten!”.

Imaginen que los detiene un...

Que no me detenga un policía en un Prius...

...con mala actitud.

“¿Sabe por qué lo paré?”.

“¿Porque lo permití?”.

Imaginen cuando pararon al primer borracho.

El policía quizá no bajó del auto. Dijo por altavoz:

“Señor, baje de su vehículo”.

“Bueno. Bueno.

Está bien.

¿Es un Prius?

Debo estar borracho”.

“Camine recto”.

“Está bien, está bien.

¿Oficial?

Si debo ir a prisión, ¿pueden llevarme en una patrulla real?”.

“No sea sabelotodo. Camine”.

“Bueno. Oiga, una cosa.

Oiga, cargue mi teléfono”.

“Se acabó. Irá a prisión”.

No lo sé.

Muchas veces... ¿Sí, señor? ¿Qué pasó?

Yo también te quiero. Dame pastel.

Gracias. Casi me caigo ahí.

Dice: “Te atrapo”. Me atrapas tú

y tú y tú y tú.

Sería como SeaWorld sin agua.

Debo tener cuidado porque empiezo a darme cuenta

de que después de seis especiales

mucho de mi material, muchas de mis historias

regresan a atormentarme.

Algunas de manera positiva, otras, no tanto.

Por ejemplo, en 1997...

...dije una vez por televisión:

“Amo el pastel de chocolate”.

Una vez.

Diecinueve años después

la gente sigue trayéndome pasteles de chocolate.

Es una locura. Piénsenlo.

Diecinueve años y sigo recibiéndolos.

Lo dije solo una vez.

Luego dije que me gustaban los refrescos dietéticos.

Acto seguido, comenzaron a darme refrescos.

En otro especial

dije que mi hijo estaba creciendo

que tenía hormonas y necesitaba desodorante.

Sus amigos le llevaron desodorante

y la gente traía desodorante para mi hijo a mis funciones.

En ese especial, Aloha Fluffy...

...conté una historia que se volvió viral,

llamada “Historia de la canasta de regalos racista”.

La historia dura como 15 minutos.

Les contaré la versión de tres minutos de esa historia

para que entiendan lo que pasa.

Martín y yo fuimos a hacer una función en Sacramento.

Manejamos de Los Ángeles a Sacramento.

Pasamos por una ciudad pequeña llamada Fresno.

Al atravesar Fresno,

llamamos al promotor local.

Somos amigos.

Queríamos almorzar.

Estaba ocupado, pero G Reilly estaba en la ciudad.

“Nuestro amigo G Reilly está en la ciudad”.

“Está en el hotel”.

Sabíamos dónde estaba.

Le dije: “Martín, ¿qué tal si visitamos a G?”.

Martín: “Vamos”.

Primero fuimos a comprar bebidas para sorprenderlo.

Fuimos al mercado y en la entrada vimos un montón de canastas de regalos.

Martín dice: “Llevémosle una canasta de regalos”.

“Martín, a G Reilly no le gustan esas canastas.

No le gusta el vino ni el queso elegante, ni las salchichas.

Y odia las galletas saladas”.

No saben por qué eso es chistoso. Bueno...

...le dije: ¿Qué tal...?

No nos espera. Vamos a divertirnos.

“¿Qué tal si le hacemoso una canasta de regalos racista?”.

“¿Qué es eso?”.

“Una canasta de regalos racista

es una canasta de regalos diseñada para burlarte de cierta raza”.

G es negro.

Fue fácil.

Digo “fácil” no por ser imbécil.

Digo “fácil” porque se les achacan muchos estereotipos a los afroamericanos.

Teníamos una canasta vacía.

¿Qué le ponemos?

Pollo frito, sandía, Kool-Aid, refresco de uva,

papas fritas dulces, semillas de girasol,

la revista Ebony,

un DVD de Chris Rock que se llama Bigger & Blacker,

condones Magnum, cigarrillos Newport,

costillas y una receta de pan de maíz.

Pusimos todo excepto una chica blanca de culo grande.

La envolvimos, le pusimos un moño y la llevamos al hotel.

La chica de la recepción se la entregó.

Martín y yo esperamos en el pasillo donde no nos ve.

Tocó en su puerta.

G Reilly abrió, ella le dio la canasta.

“Gracias” y cerró la puerta.

Corrimos a la puerta

y lo escuchamos abrir la canasta de regalos.

La abrió y se entusiasmó.

Estaba disfrutando cada cosa que sacaba de la canasta.

Le encantó la canasta hasta que se dio cuenta de que era una broma,

y enloqueció al leer la tarjeta.

La tarjeta lo alteró

porque pensó que la canasta se la había enviado el KKK.

“¿Por qué pensó eso?” se preguntan.

Porque eso escribimos.

Si harán una broma, háganla en grande o no la hagan.

Se asustó y salió corriendo de la habitación.

Salió al pasillo, nos vio riendo a Martín y a mí,

y supo lo que pasaba.

Entonces nos insultó.

Nos perdonó, nos abrazó y entramos en su cuarto de hotel.

Y entonces me comí su pollo.

Lo que pasó es que esa historia fue criticada en Comedy Central.

Los presionaron y la quitaron.

A continuación la subí a YouTube.

La vieron diez millones de veces.

La marcaron como inapropiada porque decía “racista”.

La quitaron. Volví a subirla.

La vieron otros diez millones y la compartieron.

En total, ese video lo han visto unas cien millones de veces.

Y pasó esto...

...igual que...

...los pasteles...

...el refresco...

...y el desodorante...

...poco después la gente empezó a regalarme a mí...

...canastas de regalos mexicanas racistas.

La primera vez que eso pasó, no mentiré,

me pareció lindo, porque eran otros mexicanos

los que me daban estas canastas de regalos racistas.

Fue en L.A. después de una función.

Se me acercó con una canasta y dijo:

“Hola, compa. Te traje una canasta de regalos racista”.

“Eres de mi raza”.

“Da igual”. “Bueno, da igual”.

La llevé atrás

y todos los artículos de la canasta llegaron a mi casa.

Había una manta con un tigre,

botellas de Fanta, botellas de sangría,

CD de Vicente Fernández, dulces,

pan dulce y mazapanes.

Todo llegó a mi casa.

Ahora bien...

...mientras más nos acercábamos a la costa este

y mientras más al sur nos presentábamos...

...más...

...creativas...

...se volvían las canastas de regalos.

Me voy a adelantar hasta Mobile, Alabama.

Se pone bueno.

Hoy, antes de empezar este especial,

mi amigo Martín hizo un par de anuncios.

Una de las cosas que dijo fue:

“Si trajeron un regalo, guárdenlo hasta el final de la función.

No lo traigan.

Podría interrumpir la función”.

La única razón por la que hace este anuncio

cada noche

es por una función en Mobile.

Esto pasó...

Conté la historia entera de la canasta de regalos racista. 16 minutos.

Cuando terminé, un sujeto que estaba atrás en el teatro

corrió hasta el escenario.

Aquí, esta área está llena.

En Mobile, el pasillo estaba en el centro.

Así que vino directamente hacia mí.

Corrió como si estuviera en The Price Is Right.

Igual que hoy, teníamos guardias de seguridad.

Vieron al sujeto con la canasta, pero a nadie se le ocurrió detenerlo.

Solo dijeron: “Qué lindo”.

“Qué bien, qué lindo”.

Llegó hasta el frente con la canasta

y la puso en el escenario.

Me interrumpió desde donde tú estás.

Yo estaba aquí parado y él gritaba: “¡Fluffy!”.

“¿Qué pasó?”.

“Te traje esto”.

“Gracias”.

“Ábrelo”.

“Estamos en medio de la función.

Gracias por el regalo. Qué amable.

¿Qué tal si lo abro al final?”.

“Anda, Fluffy. Quiero ver tu cara”.

“¿Qué tal

si lleva la canasta al lado donde están los de Seguridad?

Ellos lo llevarán atrás del telón

y la abriré frente a usted entre bambalinas. ¿Sí?”.

No aceptó no por respuesta.

El problema es que oyeron la historia de la canasta de regalos racista

y enseguida vieron a alguien con una canasta.

No sabían que no conocía al maldito Duck Dynasty que estaba ahí parado.

Intenté terminar con esa situación antes de perder el control,

pero no aceptó no por respuesta.

Acto seguido hizo algo que nunca nadie había hecho

en mis más de 19 años de cómico.

Me robó al público, le dio la vuelta y lo usó en mi contra...

...en cinco segundos.

Fue lo más asombroso y espantoso que he presenciado.

Hizo esto:

“¡Anda, Fluffy!

¡Queremos ver tu cara!

¡Queremos ver tu cara! ¡Queremos ver tu...!”.

Logró que gritaran las 2000 personas detrás de él.

¡Queremos ver tu cara!

¡Queremos ver tu cara!

Fue evidente que no era la primera vez que dirigía un mitin.

Gritaban tan fuerte

que dejé de oír mi voz en el monitor.

Pensé: “Perdí”. Me arrodillé.

Dejé el micrófono, tomé la canasta

y empecé a abrirla.

Metí la mano.

Olvídense de los refrescos, los dulces o las mantas mexicanas.

Este hombre era un profesional.

Empecé a sacar utensilios de jardinería.

Saqué un rastrillo, una pala y un soplador de hojas de juguete.

“¡Saca más cosas, Fluffy!”.

Un balón de fútbol. Le digo: “Dice ‘Puerto Rico’”.

“Se les terminaron los de ‘México’”.

Saqué un ladrillo. “¿Para qué es el ladrillo?”.

“Para el muro”.

Saqué una solicitud de ciudadanía estadounidense.

Dije: “No puede ponerse peor”.

“¡Saca más!”.

Me equivoqué.

Saqué una caja tradicional de crayones Crayola.

La de 64 piezas que tiene sacapuntas atrás.

Bien.

Tienen una ventana al frente

para ver todos los colores que hay en la caja.

Todos los crayones eran marrones

excepto un crayón blanco en el centro.

Le dije: “¿Qué diablos significa esto?”.

Me miró y dijo: “Bienvenido a mi mundo”.

El público reía tan fuerte,

que supe que no podía contar chistes después de eso.

Hice que pareciera el final de la función.

Tomé mi canasta de regalos. Dije: “¡Gracias, Mobile!”.

Y lo miré con cara de enojo: “¡Hijo de puta!”.

Fui tras el telón. Martín me esperaba ahí.

Martín dijo: “Hermano...

...los mataste de la risa”.

“Martín, no se reían de mis chistes”.

“¿De qué se reían?”. Le mostré la solicitud.

Hizo así:

Le dije: “No eres mi amigo. No lo eres”.

Caminé hasta mi vestuario enojadísimo.

Entré. Cerré la puerta.

Bajé la canasta. Me rasqué la cabeza.

Pensé: “¿Qué pude haber hecho

para evitar que pasara eso?

¿Debí tomar la canasta y ponerla a un lado?

¿Pedir que se lo llevaran a él y a su canasta?”.

Cada idea que se me ocurría, terminaba peor.

Finalmente lo acepté.

Me duché.

Salí, me vestí y llegó el de Seguridad.

“¿Sr. Iglesias?”.

“¿Sí?”. “¿Listo?”.

“Sí. Deme un momento”. Tomé mi mochila. Me la puse.

Caminé a la puerta, la abrí. “Vámonos”.

Vio la canasta sobre la silla

e intentó ser amable:

“Yo la cargo, señor”.

“Sí, tráigala.

Nunca sabes cuándo necesitarás una solicitud”.

Me escoltó por la puerta trasera del teatro al estacionamiento vacío

hacia el autobús de la gira que estaba en el fondo.

Caminamos como cuatro minutos.

De repente oí:

“¡Fluffy!

¡Fluffy!

¡Flu-Flu-Flu-Fluffy! ¡Fluffy!”.

Dije: “¿Me llama como a los cerdos?”.

“Eso parece, señor”.

Es el que me dio la canasta de regalos

y está junto al autobús de la gira.

Así que no hay manera de evitarlo.

Dije: “¡Demonios!” y nos detuvimos.

El de Seguridad: “¿Pido refuerzos?”.

“No es necesario. No va a lastimarme.

Solo va a ser raro”.

Le envié a Martín un mensaje por teléfono.

“Anda, Martín. Ven”. No me contestó.

El sujeto se cansó de esperar junto al autobús.

Así que caminó hacia mí,

pero de manera muy extraña.

Caminó hacia mí como si yo fuera un animal peligroso.

¿Sí? Caminó así. “Fluffy.

Fluffy”.

“¡No le haré nada!”.

Se acercó y despotricaba.

“Mira, Fluffster.

En primera, déjame decirte algo.

He visto tu comedia como siete años

y mi chiste favorito

es cuando le das la canasta a tu amigo de color G.

La primera vez que oí ese chiste

quería reír fuerte, pero no pude.

Estaba en un bar junto a dos negros.

No puedes reír de ellos frente a ellos

porque hablan de derechos civiles,

Rosa Parks y cosas así.

Voté por Obama, pero no debía reír.

¿Entiendes?

Pero bueno, me fui a casa y entré en internet,

busqué ‘canasta racista’, te encontré,

y reí mucho. Siempre digo: ‘Me encanta el sentido del humor de Fluffy.

Se pasa de la raya con amigos

sin dejar que interfiera lo políticamente correcto.

A fin de cuentas, siguen siendo amigos,

se quieren y se respetan’.

Dije: ‘Si el Fluffster se presenta en Mobile,

seré el primero en comprar entradas’.

¡Y viniste! Les dije a mis amigos:

‘¡Vamos a ver al Fluffster!

Pero primero, les apuesto a que le gustaría

que le dieran una canasta como la que le dio a G’.

Excepto que te dimos la canasta UPS”.

“¿Canasta UPS?”.

“Sí, ‘¿Qué puede hacer el marrón por ti?’ Así que...

El problema es que no reíste.

Te ofendiste. No quería que te ofendieras, Fluffster.

Quería que rieras.

El problema es que no quiero que pienses

que Mobile es muy mala con gente muy mala.

Solo queríamos divertirnos como tú con tu amigo G.

Trabajamos duro, yo más de 40 horas semanales.

Invertimos tiempo y dinero en esa canasta

solo porque te queremos.

¿Tienes idea de cuánto tiempo pasé en la maldita internet

buscando una solicitud de ciudadanía...

...en inglés? ¿Lo puedes creer?

Todo es en español.

Voté por Obama. No tengo tiempo para eso.

La cosa es que lamento haber interferido con tu función.

Nunca volverá a suceder.

Solo quería decir que lo lamento

y ojalá me permitas que me tome una foto contigo.

Lo lamento”.

Pensé: “Ay, Dios mío, soy un imbécil”.

Le dije: “No tiene que disculparse.

Yo debería disculparme. Manejé mal la situación.

Pero póngase en mi lugar.

Nunca nadie me había robado al público”.

“Estuvo muy bien, ¿no?”. “Escúcheme.

Sí, estuvo muy bien.

Lamento haberme alterado. Es la primera vez que pasa.

No se repetirá. No tiene que disculparse.

Con gusto me tomaré una foto con usted”.

“¿Ves? ¿Ves?

A eso me refiero.

¡De eso es de lo que hablo!

Me dijeron: ‘Al diablo con el espalda mojada’.

Les dije: ‘No. No.

Ese espalda mojada es buena persona’”.

Entonces sacó su cámara.

Intentó darle una cámara desechable FunSaver

al de Seguridad de 19 años

que no conoce ese nivel de tecnología.

Bajó la canasta, recibió la cámara.

Buscó una aplicación, buscó la pantalla.

Mientras tanto, el sujeto quiere posar con su brazo sobre mis hombros.

Es más bajo que yo, así que tengo que hacer así.

Me abrazó del cuello y comenzó a hablar.

“Mira, Fluffster. Voy a decirte algo.

Agradezco lo que haces.

Rezaré por ti, tu familia, tus amigos y tu éxito,

porque eres una bendición.

En serio.

En estos tiempos nos haces sonreír y reír.

Necesitamos más de eso en la vida.

Créeme que no intento adularte.

No tengo hijos, pero si tuviera uno,

ojalá tuviera tu humor.

Muchísimas gracias”.

“Escucha. Gracias.

Muchas gracias.

Si hay algo que pueda hacer por ti...”.

“Oye.

No hagas eso.

No lo hagas.

No digas algo que no es sincero.

Tomémonos la foto.

No digas algo que no sea sincero”.

“Si hay algo que pueda hacer por ti, por favor, dímelo”.

“Sostén la solicitud”.

Chicago, los quiero. Gracias.

Que pasen buenas noches. Muchas gracias.

¡Gracias, gracias, gracias!

Dedicado a mis fanes de todo el mundo.

Esto es posible gracias a ustedes.

Oigan, es Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de saludar

Este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de que sepan

Que este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Eres Fluffy, automático

Analízalo, sistemático

Sano, musculoso, Fluffy

¡Maldición!

Fan de la comida rápida

Señoritas, miren su figura

Voluptuoso y apasionante

Es más candente que el bronceado de un fan de Jersey Shore

- Mira, Nacho Libre - Fluffy

Es don Fabuloso de gira

- Fluffy - Es la palmera de tus palillos

- ¡Diablos, no! - Trenza, hace reír

Hace sonreír hasta el sur de Decatur

Instiga ataques y risitas nerviosas

El Fluffalicious lo mejora

Es hora de saludar

Este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de que sepan

Que este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Oye, Fluffy, ¿cuál es la situación?

¿Quién es el más malo?

Oye, hazlos reír Con tus acrobacias cómicas

¡Martín!

Siente la fuerza, muchacho Deja de parlotear

Me pondré más acolchonado

Ojalá el pastel de chocolate engorde

Pastel de chocolate

- Fluffy - Mundialmente a Cali-fresco, sí

¿Tu camisa hawaiana está planchada?

Ay, Dios mío, sí

Es puro sentimiento Y es rudo como King Kong

Todos levántense, acolchónenlo

- Canten esta canción - Anden

Es hora de saludar

Este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de que sepan

Que este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de que sepan

Cómo hacer el flujo de Fluffy

Es hora de saludar

Este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de que sepan

Que este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de saludar

Este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Es hora de que sepan

Que este es el espectáculo de Fluffy

Fluffy

Es hora de saludar

Este es el espectáculo de Fluffy

Oigan, es Fluffy

Ay, Dios mío, sí

Subtítulos: Hans Santos

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