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Original subtitles

Todo lo que os voy a contar sucedió hace mucho tiempo.

En el año 156 a .C., Roma llegó hasta nuestras tierras prometiendo

la paz.

Pero mentían.

Miles de hispanos murieron a manos del ejército romano en una masacre de la que

sólo sobrevivieron algunos hombres.

Entre ellos, Viriato, un pastor que terminaría convirtiéndose en nuestro

rey.

Esta es su historia. Esta es la historia de los que luchamos a su lado. Esta es

la historia de nuestro pueblo.

Realiza una patrulla y llévalos al campamento.

El resto preparados para atacar al poblado.

¿Y tú no tienes hambre?

No, he comido unas moras en el bosque. Venga, termina que luego bajaremos al

pueblo.

¿Qué? ¿Has vuelto a discutir con mi hermana?

¿Qué debemos el honor?

Teodoro, que le han entrado las prisas y quiere que le baje las pieles hoy

mismo. Dile que esta tarde le llevaré las armas, como me pidió.

Llevo tres noches sin dormir para entregarlas a tiempo.

Hola, tío.

Hola, nana.

Los dejo aquí al tea mientras le llevo las pieles.

¿Quién llama?

Vengo a ver a Teodoro.

Me alegro de verte.

Elena.

Elena, entra en la casa.

Te he dicho que entres en la casa.

Persona, ¿qué me traes? Te pedí el doble.

Los lobos atacaron el rebaño. Han matado a siete cabras.

¿Y si fue así, dónde está la carne?

Se la comieron casi toda.

¿Y esos restos?

No veo que me los hayas traído.

No.

Lo poco que quedó sirvió para alimentar a mi hija.

De todas formas, la semana que viene le bajaré diez más que se están secando.

No.

Quiero que te vayas de mis tierras.

Mandaré a otro que se ocupe de las cabras a partir de ahora.

No quiero trabajando para mí a un ladrón.

Yo no soy un ladrón. Los lobos atacaron el rebaño. Sacarme era mía.

Los romanos han atacado nuestro pueblo.

Han arrasado todo, sin piedad.

Han matado hombres, mujeres, niños.

Todos los que se cruzaron en su paso.

Los pocos que han conseguido salvarse han sido capturados como esclavos.

El pueblo de Caura está a vuestra disposición.

Nuestras casas están abiertas para que durmáis en ellas. Nuestras armas son

vuestras armas.

Y lucharemos a vuestro lado siempre que sea necesario.

Pero no esta vez.

Si luchamos contra Roma ahora, moriremos también nosotros.

Las tropas del pretor Galba son más fuertes. Tienen más hombres, más armas,

animales que todos los pueblos de los alrededores juntos.

Ir a la guerra contra Roma sería un suicidio.

Y tú lo sabes muy bien. ¿Y qué vais a hacer?

¿Esperar a que los romanos vengan a llevarse a vuestras mujeres e hijos para

venderlos como esclavos?

Los romanos han invadido todos los pueblos de la Redonda.

El vuestro es el próximo.

¿Quién te ha dado permiso para dirigirte al consejo? He perdido a mis padres, a

mis hermanos y a mi prometida.

No necesito vuestro permiso ni el de nadie para hablar.

¡Silencio!

Me avergüenzo de vosotros.

No sois más que otros lacayos de Roma.

Esto es una completa falta de respeto hacia el consejo.

Ese joven tiene razón.

Podéis hacerlo callar, pero eso no cambiará la realidad.

Deja a los adultos que decida qué es lo mejor para Cabra. ¿Quién va a decidir

qué es lo mejor para nuestra gente?

¿Tú, Teodoro?

A ti lo único que te preocupan son tus negocios y tu tierra.

A ti no te importa que los romanos estén matando a mujeres y a niños. Tú solo

temes por tu fortuna.

No voy a consentir que nadie me ame así. ¡Ni siquiera tu hijo!

Lo que no consientes es la verdad.

Y la verdad es que tenemos a los romanos a nuestras puertas. Y tenemos que

decidir si queremos morir con honor o vivir arrodillados.

El Consejo se ha reunido y ha tomado una decisión.

No vamos a ir a la guerra.

¿No hay más?

No, señor.

El resto estaban muertos.

Creí que había dejado claro que queríamos a los clavos.

Tened más cuidado la próxima vez.

Avisa a Cornelio. Le interesará comprar algunos.

Sí, Cassio.

A los feridos matadlos y echadlos a los cerdos.

Pagarán menos por ellos de lo que vale alimentarnos.

Señor. ¡Marco!

El hijo predilecto de Marte ha vuelto de nuevo victorioso.

Señor, ¿son sus tropas las que han ganado para usted o las mías? La

siempre ha sido una buena virtud para un general, aunque no para un pretor.

De todas formas, tú no tendrás que preocuparte de eso.

Habremos abandonado estas tierras bárbaras antes del otoño. Si me nombran

cónsul, tú también obtendrás tus beneficios.

Señor, las órdenes de Roma son mantener la paz.

¿Y qué estamos haciendo más que eso?

Solo le recordamos a los hispanos quién manda para que no lo olviden.

Vamos a mantener aquí nuestro campamento base.

Desde este enclave anularemos los asentamientos hispanos y controlaremos

principales rutas comerciales. Sí, señor.

¿Cuántos hombres hemos perdido hoy? Ninguno, señor.

Ni siquiera estaban armados.

No nos esperaban.

Y así debe seguir siendo.

¿Lo ves?

Hispanos muertos, romanos dichosos.

Felicita a las tropas de mi parte.

Señor.

Ah, Marco.

Que no lo celebren en exceso. Hay mucho trabajo que hacer.

En dos días atacaremos Caura.

Lo que deberíamos hacer es ir y romperle la cabeza a todos esos romanos.

Según dicen, solo en Roma hay tantos hombres como en cinco Hispanias. ¿No

muchas cabezas para nosotros?

Yo solo sé contar hasta diez. No hay nada que no arregle una buena falcata.

¿Y qué crees, que ellos no tienen buenas espadas?

Nadie hace falcatas como las mías.

Mucho menos los romanos.

Hola, hermana.

¿Y qué es eso de que no querías venir a comer?

¿Tampoco te gusta la comida de tu hermana?

Estás más delgado que la última vez. Serán tus ojos que te engañan. No, más

creo que eres tú que me mientes.

Espero que tengáis hambre.

¿Y yo, que hayas preparado más comida que esa?

Si no te llegas, sales a por un cabrito y te lo haces.

¡Tipso!

Vamos.

¿Eh? ¿De dónde ha sacado esto?

De hecho, Tipso, fue al carpintero.

No está nada mal, ¿eh?

Tú también.

¿Ve?

Habla tú con él a ver si lo convence. ¡Que no!

En mi casa no va a haber un carpintero mientras yo viva. Y se acabó la

discusión.

¿Qué tal va por la montaña?

Bien, bueno, ya sabes. Va a dejar las tierras de Teodoro.

¿Qué?

¿Qué vais a hacer ahora?

Pues cazar, pescar.

Cualquier cosa menos trabajar para esa rata.

No va a ser fácil. Todo el comercio depende de él.

¿Sabe que ha vuelto su hija? La he visto esta mañana.

¿Él era?

Parece que ha vuelto para casarse.

¿Para casarse?

Sí, eso me han dicho.

Con un joven comerciante que viene del sur.

Uno con posibles.

¿Sí? Estoy buscando a Sandro, el herrero.

¿Y quién le he buscado? Mi nombre es Pablo. Me han dicho que él puede

conseguirme una espada.

¿Una falcata?

Cualquier espada me sirve.

Yo no hago espadas cualquiera, hago falcatas.

¿Puedes venderme una o no?

Puedo.

Siempre que me interese lo que me ofrezcas a cambio.

¿Puedo trabajar para ti?

Con esos brazos no serías capaz ni de sujetar una daga.

No tengo otra cosa que mis manos.

He perdido mi casa y mi familia. Te aseguro que lo que me sobran son fuerzas

para sujetar un arma.

Está bien.

Ven dentro de tres lunas y tendré una falcata para ti.

¿No puedo llevármela ahora?

Claro. ¿Tú crees que se hacen solas?

Llevan tres láminas de hierro soldadas a la calda.

¿Y esas?

Esas. Estás llamando a masquinados de plata en la empuñadura.

Cuestan el triple que una normal y además ya están vendidas.

Solo un encargo. ¿Y si te pago por una al doble de su precio?

Creí que no tenías nada para ofrecerme, salvo tus manos.

Y no lo tengo, pero lo conseguiré. ¿Cómo?

Ese no es tu problema.

¿Por qué tienes tanta prisa en conseguir un arma?

¿Y tú por qué haces tantas preguntas?

Lo siento.

Ven dentro de tres lunas y tendré una falcata para ti.

¡Eh! ¡Eh, tú!

No, señor Darío. Hoy has hablado suficiente.

¿Lo crees?

No pretendía contradecirle.

¿Cómo vas a llegar a ser un buen jefe algún día si ni siquiera sabes lo que es

el respeto?

No tengo derecho a expresar mi opinión.

Opiniones. Todos tienen opiniones.

Son las responsabilidades las que hace un jefe. La responsabilidad de que tu

pueblo siga vivo.

Aún a pesar de tus opiniones.

Incluso de tus creencias.

Entonces no vamos a luchar contra Roma. Es la voluntad del Consejo.

Y ya está. Sí, ya está.

Cuando yo sea jefe escucharé a mi pueblo. ¡Pero no lo eres!

Y al paso que vas, dudo que llegues a serlo.

Callaos que nos oigan.

Paulo.

¿Qué haces aquí?

No te ibas a librar de casarte conmigo tan fácilmente.

Si te encuentran aquí te matarán.

Tienes que irte. Nos iremos todos.

¿Quién tiene la llave?

Uno de los soldados que acaba de salir.

¡Cógela, coja!

¡Cógela!

Roma no puede permitirse otra guerra.

Lleva una vida luchando con Cartago. Esa guerra les ha debilitado.

Aníbal, ese sí que se lo montó bien.

Llegó hasta las puertas en la misma Roma. Estuvo a punto de arrasarla. ¿Tú

sabías de eso?

Lo único que sé es que hablas demasiado.

Y ahora pretenden expandirse por Occidente.

Si las tribus de Hispania nos uniéramos, les pondríamos una... ¿Dónde iba?

Me habías dicho que estaba en Norba. ¡Corre!

Así no se puede.

¿Criato?

¿Por qué no llevas ropa?

Pues no lo sé, hija. Y además no es asunto nuestro.

¿Te dolió nada?

Todavía no.

¿Cuántos van?

Treinta y ocho, señor.

Sigue.

Va a matarla. ¿Alguien te ha pedido opinión?

No, señor.

Sigue.

¿Has dicho algo?

¿No?

Sigue.

Échale agua.

No vuelvas a intentar escaparte.

Porque entonces no dejaré de golpearte hasta que mueras.

Métela en la jaula.

Gracias.

¿Este es todo el botín que ha conseguido tu gran ejército?

Me prometiste que nos haríamos ricos en Hispania. De momento solo veo baratijas

y pieles de cabra.

Un botín no depende del conquistador, sino del conquistado.

Y estos hispanos son pastores y comerciantes, Claudia, no patricios.

Entonces quizás deberías regalárselas a tus esclavas. Tendrás más cuando

lleguemos a Roma.

Todo lo que desees. Si tu padre y el resto del senado están contentos, quizás

lo regalen una villa en capo.

Es cierto que mi padre es un hombre muy generoso.

No olvides que cuando te conocí no eras más que un simple soldado.

Pero no seas tan ambicioso, querido.

Y demuestra que mereces lo que tienes.

Llévatelas, Sabina.

Sí, dame. Y ocúpate de lavarlas, no quiero ponerme joyas con sangre hispana.

Quiero irme de aquí.

Señor. ¿Quién te ha mandado a interrumpir?

¿Qué sucede? Un hombre ha intentado liberar a los prisioneros.

Señor es la espada de un hispano.

¿A dónde vas?

Es importante, Claudia. No hay nada más importante que yo. Soy tu esposa y

quiero irme de aquí.

Luego hablaremos de eso.

Localiza al propietario de este escudo y hazlo traer.

Señor.

He grabado su escudo en plata, tal y como me pidió.

¿Y la que falta?

Te encargué cinco espadas y aquí solo hay cuatro.

No la tengo.

Herrero, me diste tu palabra de que tendría cinco espadas hoy.

Y cumplí con ella.

Llevo tres noches sin dormir.

Fabriqué la espada, pero un joven me la ha robado.

No me importa que te haya pasado con ella. No quiero excusas.

Si tienes que volver a fabricarla, la fabricas.

La quiero en mi casa antes de dos horas.

Eso es imposible.

Eso no es mi problema.

¿Y las cabras?

Cabras vendrá otra persona a hacerse cargo de ellas.

No es la primera casa en la que vivimos, Altea. Encontraremos otra.

O haremos una. ¿Dónde te gustaría?

A mí me gusta vivir aquí.

Aquí no puede ser, Altea. ¿Por qué, mamá? Vivir aquí.

Pues porque ni la casa ni las cabras son nuestras.

¿Y por qué no las compramos?

Ojalá pudiéramos.

Pero no puede ser, hija.

Tenemos que irnos de aquí. Esta ya no es nuestra casa.

Teodoro, mi buen amigo.

Me alegro de verte.

Yo también, Petor.

Dime, ¿cómo van las cosas por el poblado?

Bien.

Bueno, hay un poco de... Hay nerviosismo.

Después del último ataque de sus tropas.

¿A qué ataque te refieres?

Al de esta mañana.

En Ébora.

Ah, ¿te refieres a eso? No fue un ataque.

Mis hombres fueron a buscar algo que era mío y no quisieron dárselo, así que

tuvieron que cogerlo. Si algo detesta al pueblo de Roma es la guerra.

Aunque si alguien nos amenaza, sabemos luchar.

¿Crees que tu pueblo nos quiere amenazar?

No. Claro que no.

Me estás mintiendo, Teodoro.

¿Qué habría de hacerlo?

No lo sé.

Pero supongo que entonces podrás explicarme por qué esta espada lleva tu

grabado.

Esta espada no es mía.

¿Sabes?

Dicen que un hombre tarda hasta cinco días en morir en la cruz.

Le juro que no había visto esta espada jamás.

Le encargué unas facatas al herrero de caura para las bodas de mi hija. Al

parecer un chico le robó una de ellas.

Pero eso no quita que uno de tus paisanos haya usado retarme al entrar en

campamento para robarme lo que es mío.

Mi pueblo no quiere enemistarse con Roma.

Quieren paz.

Y habrá paz por mi parte.

Siempre que esto desaparezca de mi vista. Si tu pueblo quiere la paz, que

demuestre. Que entregue todas las armas y yo les daré la paz.

Y harás extensiva la invitación a todas las poblaciones de la zona.

Especialmente Norba y a Eminium.

Transmitiré el mensaje.

Pero no creo... No es una sugerencia, querido amigo.

Si no aceptan mis términos,

Terminarán igual que sus vecinos Débora.

Hablaré con el consejo.

Explícales las ventajas del acuerdo.

A partir de ahora estaréis bajo mi protección. Seréis prácticamente

romanos. Y eso tiene sus beneficios.

Todos los hombres que entreguen sus armas recibirán tierras a cambio.

¿Tierras?

¿Y de dónde saldrán?

Es cosa mía.

¡Viriato! ¿Qué?

El empresario ha mandado un mensaje al consejo. A partir de ahora no atacarán

caura ni ninguno de los pueblos vecinos. ¡Hijita!

Pero entonces haremos territorio romano. No, seremos declarados amigos de Roma.

Habrá paz, será lo que queríamos, ¿no? ¿Pero qué quieren a cambio?

Aparte de la producción de las minas de plata hay un acto público de entrega de

armas.

¿Y el consejo aceptado?

Sí, a cambio el pretor ha prometido dar tierras a todos los hombres que acudan

al acto público de entrega de armas.

Podrás tener ganado.

Podremos tener tierras. Podrás tener tus propias cabras, Altea.

¿Quién te ha dicho que he terminado?

¡Qué gritos son esos!

¡Sabina!

¿Dónde está?

¿Cuántas veces tengo que explicarte que esta esclava es mía? Sí.

Pero ya que tú no satisfaces mis necesidades... Vuelve a la tienda.

Prepara los baúles.

Volvemos a Roma.

Sí, Sabina.

Olvídalo, querida.

No te vas a marchar de aquí hasta que yo lo diga.

Tú no eres quien para darme órdenes.

Por desgracia para ambos, sí soy quien.

Puede que no nos acostemos juntos, pero sigo siendo tu marido. Y eso, además de

demasiados deberes, me da algunos privilegios.

Te hundiré.

Cuando mi padre se entere de lo que estás haciendo aquí.

¿Qué estoy haciendo, querida?

Desobedecer las órdenes del Senado.

¿A qué órdenes te refieres?

Mantener la paz con los hispanos.

¿Y no es eso lo que estoy haciendo?

Después de hoy te aseguro que ningún hispano se atreverá a enfrentarse a

Señor, las tropas están preparadas para partir al campo de batalla.

Gracias, Marco.

Seguro que por su pretor estarán dispuestos a eso y a mucho más.

Hola.

Siento molestarte.

¿Tu padre está aquí?

No, se ha ido a ver unas tierras.

He venido a traerle las últimas pieles antes de irme de la casa.

Si quieres puedo hablar con él.

No, no.

Los romanos van a dar tierras a los hombres que entreguen las armas.

Ahora más que nunca es un buen momento para empezar de nuevo.

¿Quieres algo de cerveza?

O vino, tengo vino.

Creía que esa era la bebida que tomaban los pretores y las patricias.

No.

Bueno, sí.

Pero en la isla lo toma todo el mundo.

¿Y por eso has traído tanto?

No es para mí.

Es para tu boda.

Sí.

Me alegro mucho por ti.

Me enteré de lo de tu mujer. Lo siento mucho.

Gracias.

Sal de mi casa ahora mismo.

He venido a traerle las últimas pieles, las que faltaban. Pues ya lo has hecho,

fuera. Padre.

Prepara la comida.

Este cabrero es un ladrón.

Y un buscavidas.

Te lo dije entonces y te lo repito ahora.

No quiero volver a verte hablando con él.

Levantad la cabeza y mirad a vuestro alrededor.

Todo hasta donde alcanza vuestra vista será nuestro.

Será territorio romano. El pueblo, el Senado, os lo agradecerán.

Seréis héroes.

Y sobre todo seréis recompensados. ¡Por Roma!

Mostraremos a esos bárbaros el poder de Roma.

Vamos a diezmar a sus mejores hombres.

Haremos de este lugar...

¿Qué haces aquí?

Te dije que no te movieses de casa de tu tía.

Quería venir contigo. No, al poblado.

Voy a llevarla conmigo. No hay tiempo, Viriato. ¿Y qué quieres? ¿No voy a dejar

que se quede?

Solo le darán tierras a los hombres que entreguen sus armas.

Está bien. No te sueltes de mi mano.

¿Cuántos crees que hay?

Más de diez, seguro.

No pienses en una rendición ante Roma.

Piensa en una victoria.

Vamos a salvar a nuestro pueblo.

Es la hora.

¿A dónde van?

A hablar con el jefe de los romanos.

A firmar la paz.

Hispanos.

Hermanos. El general Marco al mando de la cuarta legión. Y yo, Servio Surpicio

Galva.

Os saludamos.

Egneo, jefe de Norba.

Octatus, jefe de Aminium.

Y Césaro, jefe de Caura.

Roma os saluda.

¿Quién hablará en vuestro nombre?

Señor, todos me conocéis.

Y sabéis que soy hombre de palabra.

Sé que hablo en nombre de todos nuestros pueblos y digo que hoy es un gran día.

El día en que firmaremos la paz con Roma.

Un día que permanecerá por siempre en la memoria de nuestros descendientes.

De eso estoy completamente seguro.

Vamos a entregar las armas.

Cuando hayan entregado las armas, terminad con ellos.

¡Fuego! ¡Fuego!

¡Vamos, te sientes una tropa!

No voy a dejar que te pase nada.

Ven conmigo.

Nos salgas de casa hasta que yo regrese. ¿A dónde va?

No sé, Adriana.

Nos salgas de casa.

¡Me está gozando!

¡Misias!

Hombre, Teodoro.

Te estaba esperando.

¿Podéis iros?

No creo que nuestro buen amigo venga armado.

¿Me equivoco?

Dijiste que querías la paz.

No, dije que no quería la guerra.

Y si de algo podemos estar seguros ahora es de que no habrá guerra.

¿Verdad? ¿O crees que saldrán las viudas y los heridos a luchar?

No, yo tampoco lo creo.

Piénsalo bien, Teodoro.

Tienes una hija que tengo entendido que va a casarse.

Estoy seguro de que vivirá muchos años.

Y te dará buenos nietos.

Dile que es un regalo de bodas. Roma sabe recompensar a sus amigos.

Hasta ahora pensaba que eras uno de ellos.

Para que no haya malentendidos, si coges esas monedas no habrá vuelta atrás.

Yo te diré lo que debes decir, lo que debes hacer y lo que debes pensar.

Y tú me informarás de cuánto suceda en caura.

A cambio tu vida y la de los tuyos estará garantizada.

Esta vez en casa.

No, no, no, no te levantes.

No te levantes.

¿Qué es esto?

Agua.

¿Dónde está mi hija?

No pude hacer nada.

Eran demasiados y nosotros estábamos desarmados.

No, mi hija, no.

Mi hija, no.

¡Mierda, no!

¡Criato!

¡No lo hagas! ¡No lo hagas!

¡Aquí no queda nada!

¡Aquí no queda nada!

¡Andea!

¡Padre! Estaba asustada. ¿Dónde ha ido?

¿Dónde has estado tú? Hay demasiada gente herida, padre. No hay mucha gente

sepa cómo curarlo. Me has desobedecido.

Solo quería ayudar, padre.

¿Quieres que te pase lo mismo que a ellos?

Contesta.

Entonces no vuelvas a desafiarme nunca.

¿Me has oído?

¿Me has oído? Sí, padre.

en sus casas tras el atardecer o desobedezca los mandatos del serbio

galva, pagará la desobediencia con su vida en la cruz.

Cualquier hombre en posición de un arma...

¿Qué es esto?

Te he pedido carne.

Lo siento, Domina.

He sido yo.

¿Te gustará?

Es salsa de garo.

Creí que te recordaría Roma.

¿No ha sido fácil de encontrar aquí?

Si estuviéramos en Roma sería mucho más fácil conseguirla.

Creí que estaría bien que repusieses fuerzas para el viaje.

Es un trayecto largo.

Hispania está en paz.

Puedes irte a Roma hoy mismo si quieres.

Lo hemos cumplido con las peticiones de tu padre.

Y seguiremos haciéndolo. Mi padre estará orgulloso.

Y si es cierto que la campaña es corta, te recompensará como te mereces.

¿Marco? ¿Marco?

¿Por qué no comes con nosotros? Estamos celebrando mi regreso a Roma.

¿Qué sucede?

Encaura, señor.

El mensajero que hemos enviado.

Un hispano lo ha asesinado.

¿Quién se ha atrevido a desafiarme?

¿Quién es ese bastardo?

No lo sabemos, señor. En el pueblo nadie ha visto nada.

Están ciegos.

Hemos conquistado un territorio de salvajes ciegos.

Encuéntralo y tráemelo aquí.

¿Me oyes?

Va a tener el honor de morir a manos de un pretor.

El tío Viriato mató a ese hombre.

¡No vuelvas a decir eso!

¡Nunca en tu vida vuelvas a decir eso! ¿Me oyes?

Sí, madre.

Ese hombre era un romano.

Si encuentran a tu tío, le matarán.

No van a encontrarle, hijo.

Conoce el monte mejor que nadie.

Está herido y desarmado.

¿Por qué me sigues?

No.

Te has equivocado de hombre, muchacho.

Solo no podrás acabar con Roma.

Yo puedo ayudarte.

¿Tú cuántos años tienes?

Hazme caso.

Vete lejos de aquí.

Construye una casa, búscate una mujer.

Trabaja y olvídate de Roma.

Es lo mejor que puedes hacer.

Es que no me has oído.

¡Que te vayas!

¿A dónde?

Han arrasado mi hogar, han capturado a mi prometida.

No voy a irme sin ella.

Pues deberías.

Porque probablemente a estas alturas eso.

Que quizá algún inocente pague por mi odio.

¿Es así como rendís tributo a Roma?

¿Matando a su mensajero?

Salvajes malnacidos.

Escuchadme bien.

Yo, el general Marco V Cornelio, tendré piedad de aquel que me diga quién ha

osado desafiar así el poder de Roma.

¿Nadie? Entendedlo bien.

A partir de ahora sois propiedad de Roma.

Vuestras casas son nuestras.

Vuestras mujeres son nuestras.

Vuestras vidas.

Pertenecerá el pretor Servio Surpicio Galva.

Si alguien sabe algo del asesinato cometido contra Roma y Calla, pagará su

silencio con su vida.

¿Qué hacemos aquí?

¿Vives aquí?

De niño siempre me escondía en esta cueva cuando tenía problemas.

Casi nadie la conoce.

¡Quieto!

Primero me robas y ahora quieres matarme, malnacido. ¡Ven aquí!

Lo siento, creí que eras un romano.

Suéltalo, suéltalo. Usted es el desgraciado que me robó la falcata.

Es un ladrón y ahora lo va a pagar.

No soy un ladrón, pero no podía esperar. Tú lo hubieras hecho por tu mujer.

¡Esta esclava se la llevaron los romanos en medio de la boda! ¡Suéltalo!

¡Suéltalo!

¿Qué haces aquí?

Venía a traerte esto.

Convencerte de que abandones esta locura. No puedes enfrentarte a los

Sandro, primero perdí a mi esposa y después he perdido a mi hija.

Y tú, en cambio, tienes a tu mujer y a tu hijo. Así que no te atrevas a decirme

lo que debo o no debo hacer, ¿estamos?

Lo siento.

Y yo.

No tenía que haber confiado nunca en ti.

¡Nunca! ¿Por qué confiamos en Roma? ¿Por qué?

Un hispano nunca traicionaría su palabra.

¿Y de qué sirve tener palabras si no tienes a nadie a quien prometerle nada?

¡Dime! ¿De qué sirve? Para diferenciarnos de ellos.

Sí.

Pues aquí, hoy, sobre esta tierra bajo la que descansa mi sangre, te juro que

acabaré con ellos. Que los voy a hacer sufrir. Que llorarán por sus familias y

por sus amigos.

Te juro que cada noche habrá un romano menos en esta tierra.

Y te juro que después de acabar con ellos,

Los pocos que queden con vida creerán que en vez de haber estado en Hispania

estado en el infierno.

¿Cómo piensas hacerlo?

Si tú mismo dijiste que solo en Roma hay tantos hombres dispuestos a luchar como

en cinco Hispanias.

Uno a uno.

No todo el tiempo del mundo.

Vete si quieres.

Solo conseguirás que te maten.

¿Y quién te ha dicho que me importé?

No éramos niños.

Eras mejor que yo en todo.

Peleabas mejor, pescabas mejor, partías la leña mejor.

Mi madre siempre te ponía de ejemplo.

No te imaginas cuánto te odiaba.

Después te casaste con Irene.

La chica de la que yo estaba enamorado desde niño.

Yo en cambio me casé con tu hermana.

Que tiene muchas cosas buenas, pero... La mano más larga que ancha.

Y luego, viste a Altea.

Niña más bonita de cauda.

Yo tuve a ese mendrugo que tengo por hijo y que quiere ser carpintero.

Sí.

Y después lo perdí todo.

Sí.

Dame entonces solo una razón por la que debería importarme morir.

No sé si debe importarte morir o no.

Lo que sé es que si después de todo eso no te mate yo, no voy a dejar. que lo

haga un romano.

Si vas a luchar, me tendrás a tu lado.

¡Padre!

¿Qué ocurre, padre? ¿Qué hacen?

¿Qué hacen?

¡Cargalo en ese caballo!

Ese caballo es mío. Ya no.

Ahora es un caballo de ropa. ¡Suéltalo, marido!

¡Suéltalo!

¡No! ¡Os lo suplico! ¡Por todos los dioses! ¡Es mi único hijo!

¡Llevaos el caballo! ¡Os daré todo lo que tenemos! ¡Pero no le hagáis nada!

¡No, padre!

Tendrás que hacerme una oferta mejor.

Ya me he llevado todo lo que tienes.

Está bien, hazlo.

Arrodíllate y súplica. ¡No!

¡No! Pésame los pies y perdonaré la vida. ¡No!

¡Padre, no!

¿Ahora te gustaría tener una espada?

Señor,

el

pretor pide que vuelva al campamento.

Su esposa ya está lista para partir hacia Roma.

¡Vámonos! ¡En marcha!

He salvado la vida de mi hijo.

Estaba dispuesto a morir.

¿Por qué?

¿Por un caballo? Por mi pueblo.

No.

Por orgullo.

Creí que me había educado para eso.

Para defender a mi pueblo, no para arrodillarme ante nuestros enemigos.

Yo no voy a volver a hacerlo.

Manda un mensajero.

Lo haré.

Señor, la escolta está preparada.

Estaré esperando vuestro regreso a Roma.

Claro, querida.

Pronto.

Buen viaje, señora.

¿Se notará su falta?

Sí.

Todos viviremos más tranquilos.

¡En marcha!

Señor, sé tus dios de la verdad.

Yo te doy mi vida, mi sangre, mi juventud.

Renuncio a mis posesiones y privilegios para servirte.

Pero ayúdame.

Ayúdame a derrotar a los hombres impíos.

Permíteme al menos una muerte honrosa.

¿Ya crees que vamos a conseguir acabar con todos los romanos?

Pues con todos no lo sé.

Pero espero que terminemos con los suficientes para hacer que se marchen.

cuánto tiempo nos va a llevar eso?

El que haga falta.

Mi prometida no tiene tanto tiempo.

Si no la han matado aún, no creo que lo hagan.

Seguramente estarán esperando para venderla.

¿Y si cambian de idea?

Oye, dejemos una cosa clara.

Si no estás a gusto, ya sabes lo que tienes que hacer.

No eres distinto de los miembros del consejo.

¿Eso piensas?

Pues vete.

Mientras el perro ladrón no puede morder.

Pero antes y después sí.

Siempre que le queden dientes en la boca.

¿Habéis escuchado eso?

¿El qué?

Yo no he oído nada.

Por eso mismo.

En el bosque solo se hace el silencio cuando entra algún extraño.

¡Alto al regimiento, alto!

¿Por qué os detenéis?

¿Por qué no deja el cuchillo donde pueda verlo?

¿Quién eres?

No, aquí las preguntas las hago yo. ¿Quién eres tú?

Soy la mujer del preto romano que gobierna estas tierras y que te matará

cuanto se entere de esto.

¿Eres la mujer de Galba?

Sí.

¿Qué quieres?

¿Dinero? ¿Joyas?

Está todo ahí, cógelo.

Puedo darte lo que quieras.

¿Qué pasa?

No es suficiente.

Eso servirá para que la gente a la que tu marido ha dejado sin padre o sin

hermano puedan vivir al menos un día más. Pero no, no es suficiente pago por

asesinar a mi pueblo.

¡No me toques, sucio salvaje!

Este vestido vale más que todo tu pueblo junto.

Exijo una muerte rápida y honorable.

Quítate la ropa.

Ya no soy una de tus bárbaras. Aquí lo único bárbaro tiene sangre romana.

¡Quítate la ropa!

¿Te gusta?

Disfruta, porque voy a ser la última mujer que veas en tu vida.

Cúbrete.

Y sube al caballo.

Dile a Galba que mi pueblo no va a rendirse.

Y dile que acabaremos con él igual que le hizo con nosotros.

Sin piedad.

Ah.

Y dile que lo mataré.

Solo es una cuestión de tiempo.

¡Ah!

Que las patrullas se turnen en Caura, Norba y a Eminium. No quiero que esos

hispanos dejen de notar nuestra presencia en ningún momento.

Ante cualquier indicio de rebelión o alzamiento, quiero una respuesta rápida

contundente. Pero sin aspavientos. No quiero llamar la atención más de lo

necesario.

Pronto tomaremos Cartago y las tropas de la República se dirigirán hacia aquí.

No me gustaría tener ningún problema.

Y si yo no quiero problemas, vosotros tampoco.

Señor.

Marco.

Un centinela solicita su presencia.

¿Para?

Creo... Creo que es mejor que lo vea usted mismo, señor.

¿Qué estáis mirando?

¡Bajadme de aquí!

Dijo que te mataría.

Que se vengaría por todo lo que le has hecho a su pueblo. Y que solo era

cuestión de tiempo. Ya, ya.

¿Cuántos hombres eran?

Eso es lo único que te importa, ¿verdad?

Solo.

Tres o cuatro hombres. Quizás alguno más. Fue todo muy rápido.

¿Cómo se puede explicar que un grupo tan reducido de hispanos terminen con la

escolta de mi esposa?

No lo sé, señor.

No lo sabes.

Señor, ha enviado seis turmas de nuestra... Después de la lección que les

está claro que no han comprendido el mensaje.

Túnicas de esclavos. ¿Esto es lo único que has podido encontrar?

Lo siento, domina.

Enviaré a alguien al poblado para que te traiga ropas adecuadas. Déjalo.

Quiero volver a Roma cuanto antes.

Prepararé una nueva escolta de inmediato.

Al atardecer podrá emprender camino, señora. No.

¿Cómo?

Tú eres la única persona que puede reconocer a ese hispano.

Te quedarás aquí hasta quedarnos con él.

Ni lo sueñes.

Cada día en esta pocila es como un siglo en el infierno.

En eso estamos de acuerdo, querida.

Forma los prisioneros.

Quiero hablar con ellos.

Enseguida, señor.

Marco.

Y detén a los centinelas que vieron a mi esposa desnuda.

Arráncales los ojos.

Sí, señor.

No entiendo por qué no la has matado.

Porque no había razón para hacerlo.

Me gustaría ver la cara del pretor cuando la vea regresar.

¿Qué creéis que van a hacer los romanos ahora?

Supongo que mandar la legión a por nosotros.

Primero tendrán que encontrarnos.

Nos encontrarán.

Y cuando lo hagan les estaremos esperando.

¿Quién entre los hombres de Caura se atrevería a atacar a Roma?

¿Quién se atrevería a robarnos y a matar a nuestros hombres?

Esos romanos vinieron aquí y asesinaron a mi hija y a cientos de hispanos sin

una razón.

¡Romanos! ¡Miren a los romanos!

Están buscando armas. Dicen que a quien encuentren una le darán muerte.

¿Tenéis armas en una herrería? No estamos tan locos como para quebrantar

prohibición. Es como una daga también puede matar.

Si le matas a sangre fría, ¿qué habrá que te diferencie de los romanos? Soy

feliz de presentarte a Alejo, el hombre al que habré de entregarte en

matrimonio. Ya tendremos tiempo y seguro para esto.

Podemos escaparnos juntas. Olvida eso, no puedes escaparte aquí.

En el mercado valdrás tu peso de nada.

Galba es un buen amante, Gerber.

¡No! ¡Hombre legionario!

¡Tu nombre!

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