Afrikaans
Akan
Albanian
Amharic
Arabic
Armenian
Azerbaijani
Basque
Belarusian
Bemba
Bengali
Bihari
Bosnian
Breton
Bulgarian
Cambodian
Cebuano
Cherokee
Chichewa
Chinese (Simplified)
Chinese (Traditional)
Corsican
Croatian
Czech
Danish
Dutch
Esperanto
Estonian
Ewe
Faroese
Filipino
Finnish
Frisian
Ga
Galician
Georgian
German
Greek
Guarani
Gujarati
Haitian Creole
Hausa
Hawaiian
Hebrew
Hindi
Hmong
Hungarian
Icelandic
Igbo
Indonesian
Interlingua
Irish
Italian
Japanese
Javanese
Kannada
Kazakh
Kinyarwanda
Kirundi
Kongo
Korean
Krio (Sierra Leone)
Kurdish
Kurdish (Soranî)
Kyrgyz
Laothian
Latin
Latvian
Lingala
Lithuanian
Lozi
Luganda
Luo
Luxembourgish
Macedonian
Malagasy
Malay
Malayalam
Maltese
Maori
Marathi
Mauritian Creole
Moldavian
Mongolian
Myanmar (Burmese)
Montenegrin
Nepali
Nigerian Pidgin
Northern Sotho
Norwegian
Norwegian (Nynorsk)
Occitan
Oriya
Oromo
Pashto
Persian
Polish
Portuguese (Brazil)
Portuguese (Portugal)
Punjabi
Quechua
Romanian
Romansh
Runyakitara
Russian
Samoan
Scots Gaelic
Serbian
Serbo-Croatian
Sesotho
Setswana
Seychellois Creole
Shona
Sindhi
Sinhalese
Slovak
Slovenian
Somali
Spanish (Latin American)
Sundanese
Swahili
Swedish
Tajik
Tamil
Tatar
Telugu
Thai
Tigrinya
Tonga
Tshiluba
Tumbuka
Turkish
Turkmen
Twi
Uighur
Ukrainian
Urdu
Uzbek
Vietnamese
Welsh
Wolof
Xhosa
Yiddish
Yoruba
Zulu
La siguiente película es apta para todas las familias.
Acasio. Es Paulino. Seguro, Crescencio. Ahora le tocó a él.
No lo parece.
Está muy pálido. Más que un muerto. Como los otros.
Más que los muertos.
¿Y dónde fue?
Donde siempre.
En la Laguna de la Muerte.
¡Vámonos!
Ya lo ve, señor. Se lo dije. ¿Por qué no se queda su señoría esta noche en el
pueblo? La luna llena trae siempre desgracia en la hacienda de las ánimas.
son supersticiones. No, señor.
En cada luna llena muere un joven de este pueblo. No falla. Es pura
coincidencia. ¿Qué tiene que ver la luna llena con todo esto? Está andando a
suelta la ánima del señor conde que está en los infiernos. Qué ignorancia.
Pues será lo que dice su señoría. Pero mejor, ¿por qué no nos regresamos?
Si quieres, regrésate tú.
Yo tengo que llegar a la hacienda de las ánimas. Pues una mera verdad, sí.
Mañana me deja usted el guayín en casa del señor alcalde.
¡Te lo llevo esta misma noche!
Traigo una carta de presentación para el señor Marqués, don Gonzalo Guzmán de la
Selva. ¿A estas hojas?
No he podido llegar antes.
Llevo varios días de camino, vengo desde México.
Y este lugar parece que está en el fin del mundo.
Démela.
Gracias, señor Marqués.
Mi maestro no se equivocó al asegurarme la amable recepción de vuestra
excelencia.
Su maestro y yo, más que buenos amigos, fuimos como hermanos.
Y a pesar de los años que hace que no nos vemos, nos seguimos teniendo mucho
afecto.
Pero siéntese, doctor, haga el favor.
¿Y cómo está mi buen Alejandro? Más joven que nunca.
Parece que la vida se ha detenido en él.
Sí, siempre se jactó de tener el elixir de la juventud y de la vida. Nada es
imposible para quien ha hecho tantos descubrimientos maravillosos.
Precisamente mi viaje obedece a uno fantástico que revolucionará todo lo que
conoce sobre la materia.
Pues aquí es donde se podrán efectuar los experimentos que lo comprobarán.
¿Aquí? Sí, señor Marqués.
Mi maestro piensa que en esta región encontrará lo que necesita.
Entonces... ¿Va a venir el conde de Capiliostro?
No, señor Marqués. Le es imposible en estos momentos.
Por eso me ha enviado a mí, que soy su discípulo más aventajado en la
especialidad. No quiero pecar de indiscreto.
Pero se puede saber de qué se trata.
De los vampiros.
¿Y cómo ha sabido su maestro que aquí...? No sé.
Como sabe todas las cosas.
Como la sabía su ilustre antepasado José Bálsamo.
Parece que por arte de magia o porque tuviera un sentido más que el resto de
mortales. Algo así como mil ojos que todo lo penetran.
Bien. ¿Y en qué puedo servirle?
Desearía pasar una temporada en esta casa.
Perfectamente.
Puede usted quedarse todo el tiempo que desee.
No puede quedarse, de ninguna manera.
¿Quién dice que no? Yo.
Cualquiera que venga a esta casa en nombre del conde de Cagliostro, tendrá
siempre abiertas las puertas.
Pero vuestra excelencia sabe bien que es imposible. Basta ya, Raúl de Garda.
El doctor Albarrán se quedará.
Tenga cuidado, señor Marqués.
Es asunto peligroso.
Pero... Vale la pena arriesgarse, ¿no?
Siento que por mi culpa... Va, va, no se preocupe, no se preocupe.
Fraud y Delgarda es una mujer muy buena.
Fiel como un perro.
Pero a veces es necesario recordarle que no es más que la mayax.
¿Qué es?
El padre Víctor está sacando de los infiernos la alma del joven que su
vio esta tarde. ¿Qué?
El señor cura dice que esas defunciones son obras del diablo.
Y creo que con esos rezos todo se compone. A ver, a ver, ¿cómo estuvo eso?
Sí está claro, señor.
Pues yo no entiendo ni una palabra.
A ver, explíqueme.
¿Qué defunciones son esas de que hablas? ¿Y qué tiene que ver el diablo en todo
esto?
Pues la mera verdad, señor. Yo tampoco he agarrado el hilo de este asunto.
¿Por qué no se lo pregunta usted al señor Máximo?
¿Quién es ese señor? El señor alcalde, el padre del difunto, el defundido de
esta defunción.
¿Puedo hablar con el señor alcalde?
Seguro, señor.
Señor alcalde.
Sígame su señoría.
El señor alcalde viene ahorita.
Con permiso.
¿Para qué soy bueno?
Perdone que lo haya interrumpido en su dolor, señor alcalde.
Solo quería presentarle mis condolencias por la muerte de su hijo.
Gracias.
Pero permítame que me presente.
Doctor Ulises Albarrán para servirle.
Nada quiero que venga de esa maldita hacienda de las ánimas.
Tal vez yo pueda serle más útil de lo que se imagina.
Bah, ¿para qué quiero yo sus servicios?
Mi hijo ha muerto.
Hay algo peor que la muerte.
No hay nada peor que no volver a ver al ser más querido. Sí, volverlo a ver
regresar de su tumba aparentemente vivo, pero en realidad muerto, para sembrar
la desolación más espantosa sobre la tierra.
Si quiere usted pisotear mi dolor, burlándose de un padre angustiado, yo le
a enseñar cómo trato a los charlatanes. Yo no soy ningún charlatán.
Yo le he dicho que soy doctor.
He venido aquí para efectuar algunos experimentos que según voy creyendo
relacionados con las muertes que enlutan tantos hogares en este pueblo.
Pero nada podría ser solo.
Necesito su ayuda y la de los demás.
Si tan solo supiera cómo empezó todo esto.
Una noche de luna llena en que el conde salió a pasear acompañado de su esposa.
Los caballos regresaron solos a la hacienda de las ánimas.
Y al día siguiente encontraron el cadáver de la señora condesa junto a la
de la muerte.
Del conde no se ha vuelto a saber nada.
Algo así como si se le hubiera tragado la tierra.
¿A qué conde se refiere, señor alcalde?
Al conde Frankenhausen.
Frankenhausen. La hacienda de las ánimas que había sido la bendición de todos
nosotros es desde entonces nuestra maldición.
Cada noche de luna llena regresa la ánima de la señora condesa y sale
de la hacienda hacia la laguna de la muerte donde desaparece bajo sus aguas.
Los jóvenes del pueblo pierden la razón.
Ni alguno logra escaparse para acecharla y seguirla.
Al día siguiente aparece muerte en el mismo lugar en que ella apareció con esa
misma muerte.
Con esa espantosa palidez que ni los otros muertos tienen.
Como ahora mi hijo.
En lo que acaba de contarme hay datos tan importantes que quizá no lleve a
en claro estas muertes misteriosas.
Para mí ya no tienen nada de misteriosas.
Antes me burlaba del padre Víctor cuando decía que eran obra del demonio.
Pero ahora que he visto de cerca esta muerte, le digo que es Satanás quien se
lleva las ánimas de esos jóvenes para sumirnos a los padres en la
y apartarnos del buen camino.
Las muertes son obra de Satanás. La muerte es obra de los propios difuntos.
Nada tiene que ver con esto del infierno.
El caballero va a creer que somos unos retrógrados en este pueblo.
Esto es asunto de mi incumbencia, don Efraín, ¿no le parece?
Y de la mía, don Máximo, de la mía. Soy médico de este burgo y no consiento que
alguien ponga en duda mi sapiencia.
Permítame que me presente, caballero.
Efraín López, médico o físico, como estúpidamente me llaman.
Los ignorantes de este lugar, el pozo del mundo donde la civilización
no llega todavía.
Ni llegará mientras sea el feudo de una familia.
Doctor Ulises Albarrán de México.
Ah, qué bueno.
¿Somos colegas? Me temo que no sea así, caballero.
Soy doctor en alquimia y ciencias ocultas. No soy médico.
Don Efraín tampoco.
Es solo un curandero. ¡Soy médico!
Y aunque no he cursado estudios, llevo muchos años de práctica que me dan más
conocimientos que a muchos científicos. ¿Soy de su opinión?
¡Ah, qué bueno!
Usted lo comprenderá cuando se lo explique. Ya, ya se lo explicará otro
Efraín. Déjelo que nos dé su opinión.
Yo ya la he oído cien veces.
Hasta llegó a convencerme una vez.
Con permiso.
El señor alcalde va a perder el juicio si se deja llevar por la
emoción.
Un traguito. No tomo alcohol.
Gracias. Pues no sabe usted de lo que se pierde.
Lo escucho, don Efraín.
Mire usted, doctor.
En este pueblo todos han perdido la razón.
Esa es la explicación de lo que pasa.
Ya ve usted que es más sencillo que la peregrina teoría de don Víctor el Parro.
Bien, acepto que así sea, pero ¿qué tiene que ver eso con las muertes que
parece ocurren cada luna llena?
Son múltiples síncopes cardíacos producidos desde la muerte del señor
Conde por un estado colectivo de excitación.
que se reconcentra en un solo individuo quien llega al paroxismo de
corporizar el fantasma de la señora Condesa y correr tras algo que no existe
hasta que la emoción y el esfuerzo realizado detienen el corazón?
Su opinión es muy personal.
Yo no estoy muy enterado de los acontecimientos y no puedo juzgar por
En otra ocasión tendré mucho gusto de platicar con usted.
Muy agradecido por sus explicaciones.
El agradecido soy yo, caballero, que me escuchó.
Siendo ya puede pasar.
El huésped duerme, le dio un narcótico en la cena.
Y certificamos que el señor Conde Siegfried von Frankenhausen se une en
matrimonio con la señorita Eugenia Guzmán de la Selva, heredera del
No, aquí no hay ningún dato de los que busco.
Mira, mira el registro del nacimiento de la niña Brunilda.
Nacida Brunilda por voluntad de su padre, el señor Conde Frankenhausen.
No, aquí tampoco.
Esta.
Esta es la lista de los fallecidos por la misteriosa enfermedad. Y llevo un
registro aparte. Y los cadáveres también están aparte de los otros muertos en el
cementerio. Una especie de depósito secularizado.
¿Pero es que no los han enterrado todavía?
Desde luego que no.
Los enterraremos cuando tengamos la seguridad de que Satanás nada tiene que
con estos fallecimientos.
Puede que se queden allí para in secula seculorum.
Son 23.
Incluyendo a la señora condesa que está a la primera.
Entonces, señor cura, usted no sabe nada de quién era o de dónde viene el conde
Frankenhausen. Ni yo, ni nadie. Y el señor marqués entregó su hija a un
del cual sólo sabía que él dijo que era conde Frankenhausen. Así es.
Y bien cara pagó su ligereza.
Desde la desaparición del conde y la muerte de su hija, no ha vuelto a salir
de la hacienda.
Ni nadie lo ha visitado más en ella, ni aún yo mismo.
Bueno, salvo usted.
Bueno, ¿y la señorita Brunilde?
Nadie la ha vuelto a ver.
Dicen por ahí que se fue con su padre, a quien adoraba, hasta los mismísimos
infiernos, a donde se lo llevó Satanás.
Como lo había traído.
Supongo, señor cura, que usted no creerá nada de eso. ¿Por qué no?
Si el señor Márquez, que era un creyente, hoy reniega de Dios.
Del conde Frankenhausen, nada es extraño porque era un hereje.
¿Y usted alguna vez ha visto el escudo de armas del conde Frankenhausen?
Jamás. Ni cuando iba a la hacienda, cuando tenía el paso franco, ni sobre su
camisa, carruajes o donde todos los nobles lo llevan.
Bueno, esto...
Esto siempre me ha producido cierta extrañeza. Si se confirman mis
es extraño.
Es lo más natural en quien trata de ocultar su origen.
El escudo de armas de los Frankenhausen es notable.
Y aquel que lo ha visto una vez no lo olvida jamás.
En un fondo negro que representa la noche, un escudo alemán con una calavera
plata y una F gótica en la frente de color rojo, que representa la muerte de
todos los primogénitos de cada generación.
Una corona de conde.
Y sobre ella, con las alas desplegadas, negro tan bien como la noche.
Un vampiro.
Un vampiro.
No podía dormir.
Doctor, aquí está prohibido entrar.
Corresponde muy mal a la hospitalidad que le ha otorgado el señor Marqués,
quebrantando sus costumbres. No sabía.
Mañana le pediré disculpas a su señor.
Pero dígame, ¿dónde está la joven que yacía desmayada ahí hace un instante?
No sé de qué está hablando.
Aquí no hay ninguna joven. ¿Cómo que no? La acabo de ver con mis propios ojos.
Le repito que no hay ninguna joven.
¿Pero quiere burlarse de mí?
¡La acabo de ver ahí! ¡Ahí!
Desvaría, doctor.
Esta tierra no le sienta bien.
Sería mejor que regresara a México antes de que tenga que lamentar el haber
venido.
¿Quiere usted decir que estoy loco?
Yo no quiero decir nada. ¡Suélteme!
Ahora salga de aquí.
Y no vuelva a entrar jamás. Al señor Marqués no le agradan las personas que
mezclan sin pedírselo en sus asuntos.
Entera de este sacrilegio. ¿Es en bien de la humanidad entera que lo hacemos?
De todas formas que te les foro vigile.
Que no nos vayan a descubrir.
Es asombroso.
Jamás había contemplado un parecido semejante. ¿A quién?
A una joven que he visto en la hacienda de las ánimas.
Hasta viste igual.
Es la ánima de la señora condesa aquí presente.
Aunque parece un fantasma, no creo que sea la condesa.
Es parte del misterio que deseo descifrar.
Confirmación de todo.
El conde Frankenhausen es un vampiro.
¿Un vampiro? ¿Ha dicho su señoría? ¿Un vampiro?
Así es.
Un vampiro vivo.
Asesino.
Amo y señor de todos esos cadáveres de apariencia inofensiva, pero en realidad
tan peligrosos como él, porque también son vampiros. ¿Quiere decir, doctor, que
mi hijo está...? Sí, señor alcalde, es otro vampiro.
Yo le vi la marca. Pero es un vampiro muerto.
Su inmovilidad es momentánea.
Está como los demás bajo una especie de catalepsia. Y solo esperan la señal para
salir de sus ataúdes y convertirse en un peligro peor que la muerte.
¿Y su señoría sabe cuándo saldrán?
Con toda exactitud, en el mismo instante en que el conde Frankenhausen muera con
el corazón atravesado por una estaca.
Estamos en un tremendo peligro. ¿Y Telesforo?
Nada le pasará mientras tenga en la mano su antorcha encendida.
Los vampiros vivos huyen del fuego que es su peor enemigo.
Víctima del vampiro. Pero si no está la luna llena. No importa.
El furor se ha apoderado del conde Frankenhausen al ver que profanamos la
de su esposa.
Hay que acabar con esto de una vez. Dice bien.
Hay que acabar con él o él acabará con nosotros.
Porque ahora está rabioso.
Antes de que me toque a mí, mejor me voy del pueblo.
Aunque te escondas en el fin del mundo, te alcanzará algún día.
No es sólo sobre nosotros o sobre el pueblo que se cierra este terrible
Es sobre la humanidad entera si no acabamos con él.
Doctor, usted me dio a entender que es un especialista en esto.
Nos ponemos a sus órdenes y le preguntamos.
¿Qué se debe hacer?
Hay que quemar los cadáveres.
Tengo que dar el ejemplo.
Primero mi hijo.
¡Alto ahí!
En el nombre de Dios, deténgase.
Yo soy la autoridad de este pueblo.
Y nadie impedirá que tome las medidas necesarias para que no haya más
Lo impediré yo.
No se opondrá que salvemos a la humanidad de la peor de las plagas
Y el único medio seguro que hay es reducir a ceniza a las víctimas. Para
un solo cuerpo a la hoguera, tendrá que quemarme a mí primero.
Últimamente con mi hijo haré lo que se me antoje. Si no toca siquiera, lo
excomulgo.
No lo haga, señor alcalde.
Esto sería la guerra entre los vecinos del pueblo, añadiendo otra calamidad
Encontraré el medio para impedir la invasión de los vampiros. ¿Y cuándo será
eso, doctor? No podemos esperar.
Denme tiempo, lo haré. Te conviene hacerlo, doctor.
Porque tú eres el culpable de todo esto y te expones a que haga caer sobre ti el
anatema. El culpable es el señor cura.
Lo haré responsable ante su superior y ante la justicia de los hombres si hay
una víctima más.
Le doy de plazo hasta la próxima luna llena.
Como todos los Frankenhausen hemos cumplido y cumpliremos hasta el fin.
¿Quién es usted?
Un amigo que viene a salvarte. ¿A mí? ¿De qué?
Algún día lo sabrás.
Ahora regresa pronto al pueblo. Y si en algo estimas tu vida, corre sin mirar
atrás. Porque de lo contrario, el hechizo de esa mujer te uniría para
la más espantosa y horrible de las noches.
Vete. Vete, te digo.
Sabe, pero no puede.
¿Es que no tiene lengua?
Exactamente, doctor.
La perdió por hablar demasiado.
Brunilda. Mi pequeña Brunilda.
Al fin sé su nombre.
¿Qué le ha pasado a mi nieta, doctor? Le contaré todo, señor Marqués. Pero antes
hay que examinarla, pues me temo que su vida esté en peligro. Venga por acá.
también pierde la vida quien sabe demasiado.
No sé qué diagnosticar.
Todo esto es tan extraño.
Oh, Dios mío.
No me la quites a ella también.
¿Qué es lo único que me queda?
Vamos, señor Marqués, cálmese.
Nuestra excelencia sabe que no soy médico.
Por eso me alarmé demasiado con los primeros síntomas que vi en ella.
Ojos vidriosos, palidez cadavérica, pupilas dilatadas y sobre todo ausencia
pulso. Me hicieron pensar en algo cardíaco, algo grave.
Pero ahora ya no hay nada.
¿Ahora qué, doctor?
Dígame la verdad.
Para mí la quisiera, señor Marqués.
Es el eslabón que me falta para unir la cadena.
No lo comprendo.
Confíenme, señor Marqués.
Es cuanto puedo decirle por ahora.
Pero tranquilícese, vuestra excelencia.
Que si los síntomas que le he descrito fueran de origen cardíaco, vuestra nieta
no viviría a estas horas.
Y mírela.
Parece que duerme.
Exactamente, duerme.
Pero su sueño no es normal.
Más bien parece un sueño hipnótico.
¿Quiere usted decir que está hipnotizada?
Eso no lo sabremos hasta que despierte.
Si no recuerda nada de lo ocurrido, no habrá la menor duda.
Es la principal característica en estos estados psíquicos... ...en que el sujeto
obra por su gestión del hipnotizador... ...obedeciéndole en todo y sin saber lo
que hace.
En este terreno sí sé moverme, es el mío. Así que tranquilícese, vuestra
excelencia. ¿Pero quién habrá sido el malvado?
Señor Marquez.
Es usted la persona más inoportuna que conozco. Gracias.
Es hora de que tome su poción.
Es un calmante.
Mis nervios ya no resisten más.
Bueno, yo me retiro a mi habitación.
En caso de que despierte la señorita, avíseme enseguida. De lo contrario,
regresaré después que descanse un rato.
Alguien debe de quedarse a su lado.
Me quedaré yo.
Afortunadamente he llegado a tiempo.
Como vuelvas a meterte sin que yo te lo ordene, te daré un buen escarmiento. Lo
haré cuantas veces crea necesario.
Vuestra excelencia es una imprudente. Y tú una irrespetuosa.
No me importa nada de lo que me diga. He de ayudar a mi señor por encima de
todo. Lo salvaré aunque tenga que sacrificar a medio mundo.
Primero es mi nieta.
Si hasta hoy he callado... Ha sido por salvarla en el terrible destino que la
espera.
Pero mi paciencia se está agotando.
La mía es infinita y pronto se verá recompensada.
Aquí está mi recompensa.
Habla claro o acabo contigo. ¿Qué tienes ahí?
Solo a mi señor lo entregaré.
Tu señor soy yo. Trae.
Mi señor es el conde Frankenhausen.
Perdone, doctor.
Temía que se hubiera ahí acostado. ¿Es que ha despertado la señorita? No, solo
se trata de una copa de vino que le ruega el señor Marqués.
Que acepte para reponerse del cansancio. Muchas gracias. Démela. No, no,
permítame.
¿Pero qué ha pasado?
No, no es nada, no es nada.
Estaba buscando algo y como no lo encuentro, pues... Ya ve.
Voy a llamar para que le ayuden a recoger la ropa. No, la recogeré yo, no
preocupe. Muchas gracias. Hasta mañana.
Que descanse.
Ah, se me olvidaba.
Puede dormir tranquilo. La señorita Brunilda no despertará en toda la noche.
¿Cómo lo sabe?
Oh, esto le pasa con bastante frecuencia.
Es sonámbula.
¿Sonámbula? El doctor ya la vio durante uno de sus ataques.
¿Recuerda en la biblioteca?
Solo que el señor Marqués se avergüenza de ello.
Lo que es tonto, ¿no le parece?
Sí, desde luego.
¿Qué culpa tiene él?
Eso mismo digo yo.
Pero el señor Marqués no quiere que se sepa. Y por eso no deja salir de aquí a
la señorita Brunilda.
Y hasta llega a negar su existencia.
Como lo hubiera hecho con su señoría si le hubiera preguntado por ella aquella
noche.
Sonámbula. Le ruego que no le diga una sola palabra de esto al señor Marqués.
¿Recuerda que le dije que me faltaba un eslabón para unir la cadena?
Sí.
Pues ya lo tengo.
Y me lo ha dado Frau Hildegard.
¿Cómo? No comprendo.
Cuando salí de aquí hace unas horas, fue a mi recámara para convencerme que los
ataques que sufre la señorita son de sonambulismo. Eso le dijo.
Y me dijo que nada contara a vuestra excelencia.
Porque se avergüenza de ello.
¡Miserable! Ahora verás. Ese no es el camino a seguir, señor Marqués.
Hay que combatirla con sus propias armas.
El secreto.
Si se entera que sabemos lo que ella, estamos perdidos.
Yo solo sé que el conde Frankenhausen padece una enfermedad hereditaria
espantosa. Y que mi nieta solo se salvará de seguir el mismo camino el día
su padre se cure.
Y no hay más medicina que la sangre humana. ¿Quién le ha contado esa
monstruosidad? Hildegarda.
Fue ella quien me reveló el espantoso secreto.
El conde Frankenhausen es un vampiro. Y Brunilda terminará siéndolo.
Solo por eso he consentido en ser cómplice de tanto crimen.
¿Vuestra excelencia? Sí.
Por salvar a mi nieta.
Daré hasta mi propia vida.
¿Pero vuestra excelencia no sabe que la sangre humana es el alimento de los
vampiros? ¿Y que cada víctima a su vez se convierte en una amenaza?
Por ese camino ni la señorita, ni vuestra excelencia, ni nadie tendrá
Entonces, me han engañado.
Eso no puede ser.
Desgraciadamente, así es.
Estoy horrorizado.
Pero ya no puedo retroceder. No, no puede usted retroceder, pero sí remediar
algo el mal que ha hecho.
Y quizás salvar a la señorita Brunilda si usted me ayuda.
Si la salva.
Le daré todo lo que quiera, doctor.
Le daré todo lo que poseo. He dicho que quizá pueda salvarla, pero no tengo la
certeza.
Los experimentos que vengo a realizar, objeto de mi viaje, se deben a la
aplicación de un producto llamado ácido górico, del cual la asegura mi maestro,
es lo único que puede terminar con la terrible enfermedad del vampirismo. Si
ha dicho mi buen amigo Alejandro, así será.
¿Pero qué espera para seguir?
Ahí tiene mi nieta.
No perdamos más tiempo.
Vamos, señor Marqués, cálmese.
Tenga calma.
Es más complicado de lo que supone. Y ahora más.
Acaban de robarme las instrucciones que me dio mi maestro para la obtención del
ácido górico.
¿Que le han robado aquí, en mi casa?
¿Quién? No sé.
Me parece que Frau Wildegard.
¿Frau?
Ah, sí.
Ella debe ser.
Ahora recuerdo que me dijo algo sobre una recompensa. Pero no importa.
Creo que podré reproducir de memoria el proceso de obtención.
Regresaré a México.
Pues necesito utilizar un laboratorio. No, no, no. No vuelva usted a México.
El conde Frankenhausen era un verdadero alquimista.
Y aquí en esta casa hay instalado un laboratorio tan bueno como el mejor.
Ya vuelve.
No levante la voz.
Déjela que vuelva sola.
Antes que despierte, una última recomendación.
Diga lo que sea.
Tenga confianza en mí, señor Marqués.
Calle cuanto hemos hablado.
Y obedezca ciegamente mis indicaciones.
Haré cuanto usted me pida.
Ah, y que no se entere que no soy médico.
No temas, hijita. No temas.
El joven es un muy buen amigo mío.
Te presento al doctor Ulises Albarrán.
Doctor, ¿qué pasa?
Está usted muy grave, pero ya está fuera de peligro.
¿Estaba enferma? Sí, hijita.
No recuerda nada.
¿Yo de qué?
De su enfermedad.
¿No recuerda algo, algún detalle?
Haz memoria, Brunilda.
El doctor solo desea curarte.
¿Pero de qué?
¿Qué es lo que tengo?
Es lo que estoy tratando de averiguar, señorita. De su respuesta depende mi
diagnóstico. Dígame, ¿qué es lo último que recuerda?
Ten confianza.
Responde.
No recuerdo nada normal.
Solo que me dormí y ahora despierto.
¿Está usted segura?
Absolutamente segura.
No tengo por qué mentir.
¿El doctor solo quiere investigar?
Es suficiente por ahora, señor Marqués.
Ya veo vuestra excelencia que todo se va aclarando.
Sí, doctor.
Tenía usted razón.
¿Qué sugiere?
Que la señorita haga una vida normal.
Y sobre todo que salga de la casa a pasear a caballo, a pie o lo que ella
apetezca. Eso, doctor... Eso es una orden, señor Marqués.
Y ahora que descanse porque ya está amaneciendo.
Conseguido los escritos, señor conde.
Proceso de obtención del ácido górico por el conde de Cagliostro.
Aquí está la solución.
Pero no te saldrás con la tuya, conde de Cagliostro. ¿No desea curarse, vuestra
excelencia? Claro que no, Hildegarda.
¿Sabes lo que significa para mí la terrible enfermedad que dice aquí
Que llegará un día en que si no se la detiene con esto, la humanidad entera
estará compuesta por vampiros.
¡Qué horror, señor conde!
No digas estupideces, Hildegarda.
Ese será el día de triunfo para los Frankenhausen.
Todo el mundo bajo el poder de nuestra familia.
Que los vampiros muertos son esclavos para siempre del vampiro vivo que los
mata. Y ese vampiro soy yo.
Cualquier descendiente primogénito mío.
Nadie evitará que los Frankenhausen dominen el mundo.
Tenemos que intentar este último recurso para ganar tiempo hasta que logre
obtener en el laboratorio de la Hacienda de las Ánimas el ácido górico.
¿Y eso qué es? Es un producto con el que se llenan las venas de los vampiros sin
necesidad de quemarlos y acaba para siempre con estos chupadores de sangre,
sean vivos o muertos, y con todo el mal que acarrean.
Solo que necesitaré tiempo para obtenerlo y más aún para almacenar la
suficiente para tantos vampiros, pues solo existe en las mandrágoras. ¿En las
mandrágoras? Sí, pero no en las mandrágoras comunes.
sino en unas muy raras de obtener, y que en lugar de tener las flores blancas
como todas, las tiene negras.
Junto a la Laguna de la Muerte hay mandrágoras con flores negras. Sí, ya lo
sabí. ¿Cómo lo sabe si acaba de llegar su señoría?
Bueno, estaba seguro porque las mandrágoras solo brotan en tierra de
en esta región debe haberlas desde que llegó el conde Frankenhaus.
Seguro, doctor.
Por entonces aparecieron las primeras.
Yo he venido en busca de esas plantas y tengo la fórmula para obtener de sus
raíces, que son negras también, el ácido górico.
Así que, ustedes dicen si están dispuestos a ayudar.
Ni lo dude, doctor.
Conmigo no cuenten.
Pero, Cristiancio, ¿tú no puedes abandonarnos ahora que te necesitamos?
no quiero saber nada de cadáveres muertos, ánimas y vampiros. Para otra
pueden mandarme lo que gusten sus señorías.
Pero para este sacrilegio, como diría el señor cura, no cuenten conmigo sus
señorías. Eso es una deserción.
Pues será eso que usted dice.
Pero como dijo Nicodemus, ahí nos vemos. ¡Quieto ahí, tabú!
¿Es que prefieres verte convertido en uno de esos pajarracos? ¡No!
¡Eso sí que no!
¡Niño de Zapopan, quítales el hambre! ¡Que nunca un vampiro me chupe la
Siéntate ahí y obedece al doctor.
Tú lo único que tienes que hacer es cortar y afilar las estacas.
Entiéndelo bien.
Nadie debe sospechar nada.
Pues otra vez don Víctor nos echaría a robar las cosas.
¿Entonces yo no tengo que ir al camposanto con tu señoría? Sí, porque
solos no podremos. No, no, y mil veces no. Pero qué menso eres. ¿Qué no has
entendido lo que nos ha dicho el doctor?
Pero cómo no voy a entender.
Que a un vampiro cuando se le atraviesa el corazón con una estaca, ya no sale de
su tumba. No siempre.
Algunas veces da resultado lo de las estacas, pero otras no sirve para nada.
Ah, ¿no?
¿Entonces más que peor?
¿Y si nos agarra un cadáver cuando le estemos dando chicharrón? No se moverá
ninguno, eso te lo garantizo yo. ¿Y si se salen con todo y está acá?
Entonces, será una catástrofe que pueda acabar con todos nosotros, con toda la
humanidad.
Será la invasión de los vampiros.
¡Precado! ¡Vamos, vamos, levántate!
¡Va de retro, va de retro!
¡Calla, hombre, calla!
Has pecado, es cierto, pero más que por maldad, ha sido por ignorancia.
¿Tú te piensas que un muerto va a resucitar así nomás y que porque le
estaca ya no va a resucitar el día del juicio final?
Es que el doctor dice... ¡Sí, sí, ya sé, ya sé lo que dice el tal doctorcito!
Pero tú no debes repetirlo porque entonces sí te condenarás. ¡Dios lo
de retro!
¡Eh, mira, esas son supersticiones!
Son supersticiones y tú, tú no debes de prestarte a hacerle más el juego a ese
doctorcito. No lo haré más, señor cura. No lo haré más. He pasado un supiditaco
que todavía me dura el temblor en el cuerpo.
Mire.
De los muertos no hay por qué tener miedo, Crescencio.
Guárdate de los vivos y tiembla de ellos porque muchos...
Son malos e ignorantes. Sí, padre, sí.
Veré cómo le hago. Pero todavía se me enchina el cuerpo al recordar la
de estacas. Pues procura olvidar lo que has visto si no quieres que se te
enchine mucho más.
Míralo. Los vivos de este pueblo son mucho más brutos que los del resto del
mundo. Muchas gracias, padre. No, de nada. Y si se enteran de que los muertos
puedan resucitar así tan fácilmente, se armará una tremolina que... que Dios
sabe dónde pueda parar.
Así que... que te ordeno pongas punto en boca.
Si usted lo dice...
pico de cera cuando llegue el momento ya me encargaré yo de sacar del pueblo a
ese sacrílego doctorcito
¿Qué le parece?
Maravilloso.
Jamás pensé que la Laguna de la Muerte fuese un lugar tan maravilloso.
Entonces, ¿valió la pena el viaje? Desde luego.
Lo único que lamento es no haberlo hecho antes.
¿Y la prohibición de su papá?
No me lo explico.
Pero ahora que contemplo este paisaje me lo explico aún menos.
¿Por qué habrá sido?
Exceso de amor paterno.
Tendría miedo de perderla en algún accidente.
¿Como a mamá?
Sí, quizás fuera eso.
Pobre mamá y pobre papá.
¿Qué habrá sido de esto? Vamos, quítese esos tristes pensamientos.
Sí.
¿Qué pasa?
Escuche.
No oigo nada, ¿qué?
Mi nombre.
Alguien ha pronunciado mi nombre.
La posada de ellos.
De las aguas de la laguna.
Está todavía muy débil.
Y tiene lo que podríamos llamar alucinaciones auditivas.
No, no es alucinación, se lo aseguro.
Es extraño todo lo que me pasa desde que he llegado aquí.
Pero las aguas de la laguna me atraen irresistiblemente.
¡Lunilda!
¡Deténgase! ¿Dónde va? Me está llamando.
Y ahora estoy segura de que es la voz de mamá. ¡Su mamá está muerta!
¡Es ella!
¡Escuche! ¡Su mamá no puede llamarla porque está muerta!
¡Es ella! ¡Es ella!
¡Vuelvanse, Lunilda! ¡Vuelvanse!
¡Su mamá está enterrada en el cementerio!
¡Yo la he visto!
¿Qué la ha visto?
¿Muerta? Bueno, he visto su tumba.
A ella no la he visto personalmente.
Yo tampoco.
Yo no la he visto muerta.
No me dejaron.
No me dejaron.
Todo eso ya pasó.
En la vida no hay que volver la cara hacia atrás.
Hay que mirar adelante y seguir viviendo.
Para que nuestros hijos puedan vivir a su vez.
Brunilda, no llore más.
Se lo suplico, no llore.
Sus lágrimas me hacen mucho daño.
No sé si hago bien en decirle lo que voy a decir, pero tengo que hacerlo.
No tiene por qué estarme agradecida en lo más mínimo por lo que hago para
curarla, porque no lo hago desinteresadamente.
No le comprendo.
Es todo lo que puedo decir.
Quizás algún día pueda explicárselo y entonces me comprenda.
Entretanto... Le pido que tenga confianza en mí y que acepte como
este momento un pequeño obsequio.
Un crucifijo.
Era de mi madre.
No puedo aceptarlo. Me suplico que lo acepte, Brunilda.
Llevándolo siempre puesto nos ayudará mucho en su curación.
Pero ¿y si lo pierdo?
¿Será la voluntad de Dios?
En ese caso puede ponérmelo.
Bueno, ahora vamos a lo que he venido.
¿No ha venido a conocer la laguna? No, he venido a buscar mandrágoras.
Se está burlando de mí. Nada de eso. Estoy hablando en serio.
Para los experimentos que voy a realizar necesito ciertas raíces de mandrágoras
y me han asegurado que aquí las hay.
De haberlo sabido yo le hubiera mostrado un campo cerca de la casa donde hay
muchísimas. Es que las que necesito solo las hay aquí.
Son de una especie muy rara.
Tienen las raíces negras en lugar de blancas. Y las flores también son de ese
color.
Nunca pude imaginar que hubiese mandrágoras de este color y tan cerca de
casa.
Ahora necesito que vuestra excelencia me autorice para salir y entrar de aquí
cuando yo lo considere conveniente.
El laboratorio es suyo.
Aquí tiene la llave. Guárdela.
Es la única que existe.
La otra se perdió con el conde Frankenhaus.
Confiemos que la memoria me sea fiel y recuerde completo el proceso de
del ácido agórico.
De todas maneras, le estoy muy agradecido, señor Marqués.
El que tiene que agradecer soy yo.
Es fácil tenerlo cuando hay de por medio una criatura tan linda como la nieta de
vuestra excelencia.
Perdóneme que insista en recordarle lo que le dije antes sobre ella.
No sabe nada de la existencia que lleva su padre, ni del terrible destino que la
espera si usted no tiene éxito. Yo repito a vuestra excelencia que por mí
ha de saber.
Esté tranquilo.
Hoy le regalé algo que en cierto modo la protegerá.
Un crucifijo.
Buenos días.
Buenos días.
¿Qué te trae por aquí tan temprano?
Algo muy desagradable. Me ha desaparecido el crucifijo que me
¿Cómo así?
De la misma forma misteriosa que me desaparecieron otros crucifijos.
Anoche me acosté con él y hoy al despertar ya no estaba.
¿Alguien te lo quitó mientras dormías?
Imposible. Tuve buen cuidado de cerrar la puerta con llave.
Es curioso.
Muy curioso. ¿El qué?
Que a mí también me han desaparecido de aquí las raíces de mandrágoras.
Y estaba bien cerrada la puerta con llave. Sí, yo mismo la cerré y no hay
llave que esta.
Pues alguien más debe tener una llave igual.
El que te quitó el crucifijo y se llevó las mandrágoras tiene que ser la misma
persona. Y estoy seguro que tratará por todos los medios de impedir que yo
prosiga mis experimentos.
Es de vida o muerte averiguar quién es.
¿Tienes completa confianza en mí?
Desde luego.
Entonces te pido que me ayudes.
Cuenta conmigo. ¿Qué debo hacer?
¿Por qué no sabes dónde hemos estado el doctor y yo esta tarde?
No, no soy adivino.
En la Laguna de la Muerte.
¿Otra vez?
¿No sabes que me disgusta que andes por allí?
¿Por qué, señor Marqués?
¿Qué mal hay en ella?
Mal ninguno. Es más bien superstición.
Me preocupa mucho que Brunilda ande por esos parajes tan feos.
¿Veos, abuelito? Es el lugar más bonito que conozco.
Conoces muy poco.
Perdón, señor Marqués.
Yo he sido el culpable.
Oh, no tiene importancia.
Pero prefiero que no vuelva a suceder.
Descuide vuestra excelencia.
No volveré a invitarla a que me ayude a cosechar mandrágoras negras.
Si vieras, abuelito, hemos recogido una cantidad muy grande.
He dibujado un pequeño plano para no olvidar el lugar donde las hemos
¿Quiere guardarlo, señorita Brunel?
Con mucho gusto, doctor.
Un plano para guardar raíces.
Sí, abuelito. Como los que hacían los piratas para esconder sus tesoros.
Le parecerá infantil todo esto, señor Marqués.
Pero para mí ese plan no es más importante que el tesoro para los
Ya me sospechaba quién era la ladrona de las mandrágoras y el crucifijo.
La que narcotiza a las presuntas víctimas de sus maquinaciones valiéndose
pasajes secretos del asiento. Lo estoy viendo y no lo creo.
Frau Hildegarda, la fidelidad en persona atentando contra la vida de la hija de
su amo, el conde Frankenhausen. Y lo seguiré haciendo.
¿Pero por qué?
Por lo que acabas de decir.
Por fidelidad hacia mi amo.
No te comprendo. Que te lo explique tu amigo el doctor.
Sabe más de lo que te imaginas. No le hagas caso. Esta mujer está
loca. Puede que esté loca.
Pero aunque se oponga al mundo entero, seguiré ayudando a mi señor, el conde
Frankenhausen. ¿Qué dices?
¿Que estás ayudando a papá?
Eso mismo.
Entonces sabes dónde está.
No le hagas caso. Te digo que está completamente loca.
Pero digo la verdad. La diré toda.
Cállese. No soy capaz de... No me importan sus amenazas.
Hablaré. Unida sabrá de una vez todo lo que su padre...
¿Por qué has hecho eso? Era necesario.
No puedo explicártelo ahora. No puedes explicármelo ahora. Siempre sales con lo
mismo. ¿Qué crees, que soy una niña? No, no lo eres. Pero no estoy autorizado
para hablar ni para permitir que nadie hable de eso.
Pero yo tengo derecho a saber de mi padre. ¿Quién puede prohibir eso? El
Marqués.
¡Unida! ¡Unida!
¡Habla, hija!
¡Hable!
Ay, abuelito.
¿Qué ha pasado aquí?
Quiso contarle a la señorita Brunita algo sobre su papá y tuve que hacerla
callar. No comprendo muy bien, pero si es como usted dice, ha hecho
perfectamente. Pero yo tengo derecho a saber, quiero saber.
No sabrás, hijita, no sabrás.
Hildegarda se ha puesto demasiado impertinente y es necesario frenarla.
pronto, la encerraremos en un lugar seguro.
Tú, ayuda al doctor a llevarla.
Trae, trae, dame. Yo guiaré.
Y tú, hijita, quédate aquí y descansa tranquila. Ya mañana hablaremos.
¡Gracias!
Pero, ¿cómo lo va a tronar si usted se trae un trueno que yo guarde en obra? Va
a tronar.
Vámonos, don Efraín.
¡Ahí vienen!
¡Ahí vienen!
¡Han salido de las tumbas! ¡Han salido de las tumbas! ¿Pero quién ha salido de
las tumbas? ¡Los vampiros!
¿Has tomado de más?
¡No! ¡Vienen hacia el pueblo! ¡Hay que avisar al señor cura! ¡Yo voy a hacerlo!
¡Porque van a matarnos!
¡Los vampiros!
¡Los vampiros! ¡Ahí vienen!
¡Pábalo, don Efraín!
¿Qué grita ese estúpido?
¡No yo sé! ¡Los vampiros!
¡Vampiros! ¡Se acaban de salir del cementerio!
¿Qué vampiros? Ni qué ojo de gato. Pronto, porque si nos alcanzan, nos
como mango y yo me voy a ver un enfeo de mango chupado.
Eres un ignorante, un retrógrado. ¡Vámonos! ¡Yo sé lo que le digo!
¡Fuera, vampiros! ¡Ya están llegando al pueblo!
Ignorante eso de los vampiros. Es puro cuento. Pues no será. Pero yo, por las
dudas, le voy a avisar al señor alcalde. ¡Los vampiros!
¡Los vampiros!
¡Ignorante!
Sí, sí, algo grave debe estar ocurriendo para que a estas horas usted...
¡Abuelito!
¡Abuelito, qué pasa!
No sé, hijita, no sé.
Se están tocando arrebato en el pueblo. Sí, sí, lo estoy oyendo, pero es que no
tengo la menor idea de... ¿Habrá algún fuego?
Posiblemente sea eso.
Con la tormenta debe haber caído una centella y habrá provocado un fuego muy
grande. Pero tú no tengas miedo.
Vuelve tu leche y descansa.
Que yo mandaré a alguien al pueblo para que se informe.
Nadie debe salir de aquí.
Nada, nada, no es nada.
¿Por qué nadie debe salir?
Porque yo sé lo que pasa en el pueblo.
Esa campana no llama para que acudan los vecinos a apagar un fuego.
Llama para que se preparen a defenderse. ¿A defenderse? Sí, y aquí tenemos que
hacer lo mismo.
Por eso nadie debe salir de aquí.
Todos los brazos serán pocos.
No nos queda mucho tiempo.
Venga, doctor.
Es que usted supone que... No supongo, señor Marquez.
Estoy seguro.
Pero usted dijo antes que solamente a la muerte de... Ha muerto.
¿Cómo es posible?
Me atacó y tuve que matarlo en la lucha para no morir yo.
Está en el laboratorio. ¿Pero de qué hablan?
Por el amor de Dios, explíquenme lo que pasa.
¿Por qué tenemos que defendernos? ¿De quién tenemos que defendernos? Sí,
Brunilda. El señor Marquez y yo vamos a explicar.
Ha llegado el momento y tienes que saberlo.
No habrá, pueden ser ellos.
Yo iré a ver.
¡Abran! ¡Abran!
¡Somos nosotros!
¡Ya vienen!
¡Ya vienen!
¡Se han salido de sus tumbas!
¿Qué le ha pasado, doctor?
Nada, nada, ya le explicaré después.
El pueblo entero se ha refugiado en la iglesia.
Menos don Efraín que se ha quedado en la calle insultándonos a todos.
Dice que somos unos ignorantes... Y retrocalgados. Hemos venido corriendo a
avisarles que vienen hacia la hacienda.
Hay que largarse.
Vámonos. El que tenga precio a su vida no debe de moverse de aquí.
Pero si nos agarran y nos dan chicharrón.
No nos agarrarán.
La campana nos avisó. Cuando ustedes llegaron estábamos preparándonos para
defendernos. ¿Pero ustedes sabían? El doctor tiene motivos para saber lo que
ocurre. ¿Y cómo nos vamos a defender?
Colgando en cada ventana y en cada puerta raíces de mandrágora negra. Es lo
único que los detiene.
Pero ya es muy tarde para ir hasta la Laguna de la Muerte. Antes llegarán
No, yo tengo aquí guardadas muchas raíces negras. Aunque después me
les suplico que me digan de lo que se trata.
¿Quiénes van a salir de sus tumbas? ¿Quiénes vienen hacia acá?
¡Los vampiros!
Los mandrágoras están colocados. No nos queda más que esperar.
¿Le contó?
Todo.
Todo menos que usted mató al conde Frankenhausen. Está muy impresionado.
Nunca.
¿No quiere creerlo?
Yo completaré la información en el momento oportuno.
Ten calma.
Es horrible, horrible.
Nada se gana con llorar.
Ahora comprenderás muchas cosas.
Y como siempre te digo, ten confianza en mí.
Yo te salvaré.
Es mi mamá. No debes verla.
Hijita. Es mi mamá. Quiero verla. No, no debes verla.
Paulina.
Hijo mío.
Su hijo está muerto.
Mi hijo está aquí. Quiero verlo. Morirá usted también. No me importa. Quiero
abrazarlo.
Morirá todo el que salga de aquí y quedará convertido en vampiro para
Pero es mi hijo. ¡Es mi hijo! No hay que ceder al llamado de esas voces
queridas. Es una trampa que nos ponen.
Tengan valor.
Regresarán todas las noches.
Piensen en el terrible sufrimiento de esos cuerpos, condenados a salir todas
noches de sus tumbas sin tener descanso.
Tenemos que salvarlos.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo está Martirio? Hasta que pueda obtener el ácido górico.
Les prometo trabajar sin descanso.
de Frankenhausen está aquí.
¿Aquí? ¿En la hacienda?
Sí. ¿Dónde quiero verlo? No, ahora no es posible. ¿Por qué?
Porque está muerto.
Muerto. Y algo mucho peor, convertido en un vampiro. ¡No!
No es posible.
Desgraciadamente así es.
Está en el laboratorio. Quiero verlo. Pero hijita, no comprendes que es un
espectáculo horripilante. Sea como sea, es mi padre.
Lo suplico, déjame verlo. No, ahora no.
Debes esperar a que obtenga el producto que devolverá el conde Frankenhausen a
su estado natural.
Después podrás verlo. Podrás ver su cadáver.
Porque él ahora ya no es más que un vampiro muerto.
Frankenhausen será el amo del mundo cuando nos convierte en antiguos a
Él será el amo de todos. No puede morir.
Talla, Kildegarda. No digas más estupideces.
El conde ha muerto.
No. Remarques miente, es un mentiroso. Él también miente. El conde no ha
El conde Frankenhausen ha muerto.
Yo lo maté.
Tuve que hacerlo para salvar mi vida.
Para protegerla de todos.
Desgraciadamente comprendo que no se dan cuenta de la magnitud del peligro que
estamos corriendo si no lo ven con sus propios ojos.
Quise evitarles este horrendo espectáculo, pero veo que es inútil.
Os lo mostraré.
¿Alcohólico? ¡El señor alcalde!
¡Don Efe!
Está muerto.
No podía ser de otra manera con la guarapeta que se cargaba anoche.
No ha muerto a causa del alcohol.
Ha muerto asesinado por un vampiro.
Por ser un descreído.
Prefirió la calle a refugiarse en la casa de Dios.
Que él tenga piedad de su alma.
Señor cura, venimos a solicitar su ayuda.
¿En qué puedo servirles? Conozco un medio para protegerse de los vampiros.
Y le rogamos a usted que reúna cuanto antes a la gente del pueblo para
explicarles.
Perdona, perdona, hijo, que tome mis precauciones, ya que siempre me propones
medidas sacrílegas.
Pero, en fin, ¿de qué se trata?
Señor cura, ya vio usted lo que le pasó a don Efraín por descreído.
Está bien.
Los llamaré.
Yo soy el Señor.
El conde Frankenhausen ya no es un vampiro.
Es un inofensivo cadáver como otro cualquiera.
Como lo serán los demás vampiros cuando llene sus venas con ese líquido.
¿Y mi nieta?
¿Se curará también?
Desde luego, señor Marqués.
A Brunilda, con el tratamiento del ácido górico, le desaparecerá para siempre el
maleficio que pesa sobre los Frankenhausen.
Adiós, conde Frankenhausen. Saluden a don Efraín.
Aquí yacen los condes Frankenhausen y Brauchild de Garda.
Su piel sirvienta que no los abandonó, ni en el viaje a Massa.
Can't find what you're looking for?
Get subtitles in any language from opensubtitles.com, and translate them here.