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Esto es la zona de cuarentena, anda. Sí, es ordinaria.
¿Qué hacen con esos palos?
Aparte que son hombres, no son vacas.
Nos llenan el hospicio de huérfanos sin darnos ni un mendrugo para alimentarlos.
Váyanse.
Pobrenos.
Terminarán comiéndonos por los pies, Isabel.
Pues de mí, como no saquen huesos para el caldo.
Venga, feliz.
Ya veréis qué casa más bonita.
Milagriños, dale algo a Joan, anda.
Uy, qué buena pinta, Maruxa.
¿Te gustan las naranjas?
Sí. ¿Y a ti?
Sí. ¿Mucho o poco? Mucho.
Lavar esos niños a fondo, anda.
Buenos días, hermano Xignan.
Buenos días, mi niño.
¿Qué sé?
Tengo una sorpresa.
¿Qué es verdad?
Dos hermanitos más.
A ver, vas a estar aquí 40 días, todos contigo.
Pero después es que vamos, ¿sabes? Ven, quiero un poquito de pan.
¿Está bien?
Sí, madre doctora. ¿Tiene un momento?
Por supuesto.
¿Sabes? Me reclaman de Santiago para otros menesteres con adultos.
El hospicio podría quedar en sus manos hasta que la orden nos envíe a otra
religiosa.
Usted ha hecho milagros con las cuentas.
Por un momento pensé que la orden quería prescindir de mis servicios.
¿Prescindir? Si lo que nos hace falta son muchas Isabeles de Zendala.
¿Qué es esto?
El seguro de las ciegas en los peines.
¿Cómo andas a pasar, cebolla?
Mamá te quería mucho.
Muchísimo.
Pero ya no puede ayudarte.
No, ya no.
Que estemos conmigo.
Sí.
¿Está infectado este crío? No, no. Gracias a Dios, no. Ni rastro de tiña ni
viruela.
Solamente... Por ratones.
Por los golpes.
Aunque tendrá que pasar la cuarentena igualmente, claro.
Isabela.
No quiero sumar más quebraderos a los que ya tenemos.
Pero solo nos quedan sopas de pa.
El lagriño sabe que te doy pan antes.
No riñe.
A ver, ¿tú cómo te llamas?
Yo me llamo Isabel.
¿Quieres dormir en una cama?
Calentito.
¿Y?
Si descansas bien, ¡tarán!
Niña, va, te enseño a jugar.
Señores miembros del Consejo, buenos días.
El continente europeo ya está siendo vacunado contra la viruela, gracias al
descubrimiento del doctor Eduard Jenner. Esto es algo que todos ustedes saben.
Esa vacuna es una soberana estupidez.
Algo que sale de la vaca, ¿cómo quieren que creamos que nos curará?
Señor Márquez, señor Márquez, quienes se vacunan quedan a salvo.
¿Acaso no ha vacunado usted a su familia?
¿Por qué lo ha hecho?
Gracias, ilustrísima.
Sin embargo, señores, está demostrado que, a pesar de los intentos que se han
hecho por llevarla a las Américas, la linfa de la viruela guardada en
no soporta las temperaturas de los mares de allí.
Les he convocado porque estoy seguro de haber descubierto la manera de llevar la
vacuna hasta nuestros territorios en ultramar.
Sin riesgo de que se deteriore.
Eso es imposible.
Proceda, doctor Ibáñez. Con su permiso.
El primer niño fue infectado con la viruela de la vaca.
Y como saben, es similar a la viruela humana, pero no llega a ser mortal.
Con la linfa de sus pústulas...
procedemos a infectar al segundo niño.
Que en siete días desarrollará la enfermedad. De tal manera... Un momento,
señores. Disculpen.
No desarrollará la enfermedad.
Sino unos residuos de ella.
Es importante que entiendan que el vacunado no enferma.
Pero sí crea defensas que lo protegen contra el virus de la viruela humana.
Caballeros.
Pienso llevar al continente a los niños necesarios para que la vacuna pase brazo
a brazo con todas sus facultades curativas.
¿Brazo a brazo?
¿Va usted a usar a un montón de niños como si fueran recipientes?
¿Y de qué manera piensa comercializarla, doctor Balmi?
Vendiendo niños con pústulas.
Gracias a esos niños podremos replicar la vacuna en aquellos territorios.
Y lo que es más importante, lo haremos sin coste alguno para los enfermos.
Los fondos saldrán de la hacienda pública.
¿Eso quiere decir, señor Godoy, que el dinero saldrá de nuestros impuestos y
posibilidad de recuperar un solo doblón?
Caballeros, ven mi mano.
Está posada sobre tierras colombinas, el territorio de ultramar, donde la
viruela se está ensañando con su garra mortal.
Por esto.
El virrey de Nueva Granada ha pedido ayuda a su majestad, Carlos IV, para
erradicar esta cruente epidemia.
Caballeros, las palabras de su majestad fueron que el dinero saliese de donde
fuese para acabar con tanta muerte.
Esa vacuna puede reportar grandes beneficios al país si se vende a los
virreinatos y a sus gobernadores.
Que sean ellos los que decidan si la entregan gratuitamente a sus súbditos o
Caballeros, caballeros, caballeros, la viruela llegó a ultramar en nuestros
barcos. Y en nuestros barcos ha de llegar la solución.
Doctor,
usted como director plenipotenciario de la expedición partirá de la coruña en
una corbeta de nombre María Pita.
Hágase con un equipo médico de su absoluta confianza y parta de inmediato.
comerciantes ven en la vacuna un gran negocio al que no piensan renunciar y
tenemos que adelantarnos.
Doctor, le quiero pedir mis disculpas por el error. No es un buen momento,
Ibañez. Su torpeza casi nos cuesta un disgusto.
No esperará a tener siempre a alguien como yo corrigiendo sus errores,
No, doctor.
Aunque sí quería pedirle su ayuda con respecto al proyecto del que le
Disculpe, ahora no tengo tiempo.
Recójalo todo, me tengo que ir.
Ese Balmis.
Si pudiésemos conseguir que el rey le retirase la confianza a Godoy, caería
también en la cabeza de Balmis.
¿No está usted harto de ser un segundón?
Salga ya de debajo de la capa de ese hombre, por Dios.
El doctor Balmis es mi mentor.
Además, tengo pensado pedirle que apadrine mi proyecto.
El Hospital de Enfermedades de Ultramar.
Montes el Hospital de Enfermedades Tropicales que tanto le interesa.
Que empiece a vacunar.
Tiene mi respaldo, querido Ibañez. Y el dinero de don Emiliano Márquez.
Con cuidado.
¿Y con qué voy a vacunar?
Con fe.
La vacuna que podría llevar allí sería imperfecta, inútil, probablemente al
de unas semanas.
No sería ético por mi parte proceder de esa forma.
Como ustedes saben, el calor de los trópicos estropearía las linfas y... La
voluntad de Dios le guiará.
¿Ya usted de allí sabrá cómo proceder?
Un hospital que llevará su nombre.
Sería ideal para la nueva España.
Yo mismo reparto buenos beneficios al virrey de esas tierras.
Estaría de nuestra suerte.
Balmis acabará admirando su audacia.
No lo dude.
¿Y utilizando los servicios de su hospital?
Me buscaba, caballero.
Soy la rectora regente del hospicio.
Ah, perdone, es que esperaba a una religiosa.
Hace un tiempo leí ese tratado del doctor Jenner.
Me parece imposible que se pueda prevenir la viruela de ese modo.
Lo crea usted o no, es una teoría más probada que el hecho de que ponerle
a los santos cure las enfermedades.
Por su casaca veo que es médico cirujano.
Isabel de Zendala.
Francisco Javier Valmís.
Soy el director de la Real Expedición de la Viruela Ultramar.
Estoy aquí porque necesito a 22 niños sanos de entre 8 y 10 años que no hayan
contraído la viruela y que no hayan sido vacunados contra ella.
¿22?
Así que del pezón de la vaca a las manos de las mujeres que las ordeñan.
¿Y le parece raro que la gente le tenga miedo a la vacuna?
No me diga que es usted de las que cree que la peste no la propagan las patas.
Tan ingenua es que aún piensa que una epidemia no pasa de animales a hombres.
No creo que tengamos 22 niños en este hospicio que cumplan con sus requisitos.
Venga.
Estoy seguro de que el hospicio necesita tanto este dinero como la expedición y
la salud pública a esos 22 niños.
Que son niños, por el amor de Dios.
¿Los quiere comprar?
Le prometo que serán bien tratados.
Cuando lleguen a la Nueva España los alojaremos en un hospicio de igual o
mejores características que este mismo.
Por favor, no me tome por inhumano.
Por primera vez el rey está dispuesto a correr con todos los gastos de la
vacuna. Es una ocasión que no podemos desaprovechar.
No podemos perder tiempo.
Así que, cuento como tú.
Ayuda, por favor.
Ha ocurrido un terrible accidente en la calle entre dos carruajes.
Necesitan un médico.
Gracias.
¿Dónde están los otros candidatos?
¿Por qué quiere usted ser mi ayudante?
Soy un gran admirador suyo desde la contienda de Gibraltar. Yo mismo he
como cirujano de guerra en Irlanda. Además, estoy al tanto de sus libros y
mí es un verdadero... Nos tendría una trampa.
Nos hizo salir para adelantarse él.
Caballeros, por favor, cálmense y esperen fuera.
Nacido en Barcelona hace 30 años. Licenciado desde hace 5 en el Real
Cirugía de Barcelona y cirujano del Real Sitio de Aranjuez desde hace menos de 4
meses.
Doctor José Salvain, siéntese.
Me sorprende su rápido ascenso, dadas sus maneras.
¿Siempre ha demostrado tan pocos escrúpulos?
Solo intento hacer lo necesario para conseguir mis objetivos, señor.
¿Jugando sucio? Yo no lo diría así, teniendo en cuenta que con este pequeño
jardín le he librado de cuatro médicos mediocres y a cambio le consigo una
excepcional ayudante.
Le voy a encomendar una misión.
¿Cómo te llamas?
Así que no quieres hablar.
¿Y usted quién es?
Mi nombre es José Salvañ, para servirle. El doctor Balmis me ha mandado para
ayudarle a reclutar a los 22 niños.
¿Y por qué no vino él?
Como usted bien sabe, el barco zarpará del puerto de la Coruña en menos de una
semana. Estoy al tanto, gracias.
Pero solo contamos con 10 niños que cumplan con los requisitos que el doctor
puso. Pues en ese caso, señora, cuanto antes empecemos a buscar al resto, mejor
que mejor.
¿No cree?
Es lo que desea.
con su vida, ¿eh? Os lo juro que... Yo le prometo que tendrá un buen futuro.
Como que Miriam Isabel de Zendala.
Aunque sea lo último que haga.
Ven aquí, por favor.
Olvídese de su expedición si se financia con nuestro impuesto.
Esa falsa vacuna que lleva el doctor Ibañez, la que usted les va a vender,
cree que la recibirán en ultramar cuando vean que no tiene efecto?
para la coruña, doctor Valmis.
La orden real le llegará antes de que suba la corueta.
Tenga esto.
Es de la reina.
Si se encontrase en apuros, entrégueselo al virrey de Nueva Granada.
Él comprenderá.
Confío en su palabra, señor.
Buen viaje, doctor Valmis. Gracias.
Hola.
Este niño se llama Rufia.
Y lo que más le gusta es jugar a las tabas.
Este niño tan precioso es Joan.
Y vivía con su tío, ¿verdad que sí?
Caballero, ¿tendría usted bien permitir que tanto los niños como nosotros
pasáramos la noche en esa cuadra?
Bien está.
Pero no tengo nada para alimentarnos.
Más que la leche que pueda darle nuestra vaca.
A ver, a ver, a ver. Pepín, ven conmigo. A ver, venga Pepín.
¿Qué es lo que pasó?
Es que me quitó mi bola.
Solo quería jugar con él. ¿Y tú por qué no quieres jugar con Pepín? ¿Por qué no?
Es que me la dio mi padre.
Mi padre me dijo que no la perdiese.
¿Os cuento un cuento?
Sí. A ver, subimos aquí que estaremos más calentinhos.
Me hace mucho tiempo.
Unos niños se perdieron en el bosque y estaban muertiños de frío como vosotros
ahora.
Pero encontraron un castillo como este para resguardarse.
¿Y sabes que había en el castillo?
No.
Estaba llenito de lobos.
Pero los lobos se comen a los niños.
Pero uno de los niños tenía un amuleto mágico.
¿Qué es un amuleto?
Con el amuleto vencieron a los lobos.
Y se pudieron quedar en el castillo.
Este es vuestro amuleto.
Si lo compartís, venceréis a cualquier lobo y seréis mucho más fuertes.
¿Estamos? Pues ahora a dormir, que mañana hay que viajar.
Venga. Todo está para ti. Adiós.
Buenas noches.
Hágale llegar esta carta inmediatamente al doctor Balbís.
Sí, señor.
¿No se le da a usted nada mal?
Me cría entre vacas.
Ordeñando cada mañana y cada atardecer.
Por eso soy inmuna a la viruela.
No parecen las manos de una mujer de campo.
¿Y usted qué es?
Yo.
Soy cirujano militar, ya se lo dije.
No, no me lo dijo.
Lo supe yo.
Ruka Saka.
Falta uno.
Falta uno. No son todos huérfanos, ni mayores de ocho años. Y además, llegan
ustedes un día después de lo pactado.
No arreglamos nada con que se ponga así, doctor.
Nos pidió 22 niños y tenemos 21.
Pues busquemos una solución entre todos, ¿no? El número debe ser exacto para
cubrir todo el viaje.
Cada pareja de niños necesita siete días para superar la incubación de la
vacuna. Y la travesía durará seis semanas.
Mañana tendrá el niño que le falta.
Yo misma lo llevaré a puerto hoy.
Ahora, si me disculpa.
El María Pita saldrá al amanecer y aún espero la orden real que Godoy prometió.
Así que estoy contratado.
¿Cómo dice?
Que queremos si la orden no llega, señor.
Embarcar igualmente.
¿Se le ocurre algo mejor?
El señor Salvani dice que es un viaje muy largo y peligroso.
Me parece a mí que el señor Salvani habla demasiado.
¿Es verdad que no es matemáticas y vomita sin parar?
Si te caes en agua, ¿quién te salva? Siempre se come bacalao.
Rufián, ¿por qué no le enseñas a Benito nuestros secretos?
¡Hala! ¡Una bola!
Y los niños compartieron, compartieron el amuleto
y consiguieron entrar en el castillo.
¿Y sabéis qué descubrieron?
¡El lobo!
Que los lobos eran los habitantes del pueblo.
Que se habían convertido en humanos horribles y muy feos.
Y gracias a compartir el amuleto, se curaron y volvieron
con sus familias.
Entonces estaba con nosotros.
Nos dijo que éramos más fuertes juntos.
¿Sabéis a qué vais a las Américas? No.
Lleváis el amuleto.
La vacuna contra la viruela.
La cura para mucha gente enferma.
Así que sois héroes. Pequeños, pero héroes.
Y yo no voy a abandonaros.
Confiáis en mí.
Mi sobrino, el doctor Francisco Pastor, supervisará el material médico.
Asegúrese usted de que toda la tripulación esté vacunada, que no suba
enfermo a bordo. Así será.
Lienzas para transportar el fluido, dos mil pares de vidrios, termómetros,
barómetros, lancetas, jeringas... ¿Dónde estará esa mujer?
Me garantizó que traería a los niños.
No podemos zarpar sin ellos, sin los 22.
Vendrá, doctor.
Estoy seguro. Eso espero.
Buenos días.
Buenos días.
¡Buenos días!
Le prometí a sus 22 niños y aquí los tiene.
Muy bien.
Señora, señores, ¿podemos ir haciendo embarcar a los niños, por favor?
Lo siento mucho, pero eso no es posible.
No va a ningún sitio sin mi persona.
Los dejaron a mi cargo y a mi cargo van a seguir.
De ninguna de las maneras.
No se puede mantener la seguridad en el barco con una mujer.
¿No conoce usted la vieja tradición marina?
Para lograr una buena travesía no deben entrar en el barco ni sombrillas, ni
sotanas, ni mujeres.
¿Y las familias completas que emigraron a ultramar?
¿Quién se va a ocupar de mantener a estos niños en orden y de procurarles
bienestar? Sin duda, señor, podría resultarnos de gran ayuda.
Va a ser un viaje muy difícil para esos pequeños.
Bien. En ese caso no se mezclará con la tripulación, se moverá por las
dependencias del barco acompañada por un oficial. ¿Y quién será ese oficial?
Yo mismo, señor.
Está bien.
Ustedes ganan.
Disculpen.
Y seguimos sin tener noticias de la orden real.
Lo siento, doctor, pero no puedo retrasar más el embarque. Esperen.
Esperen.
Gracias.
Capitán, mi nombre es Jonás.
Viajo a Puerto Rico a velar por los intereses de la iglesia en aquellas
para un convento.
Soy letrado, doviado.
Esta corbeta es la María Pita, ¿verdad?
Sí, soy el doctor Balmis.
¿Usted es Balmis?
¿Le han dado algo para mí?
Sí, naturalmente.
Presumo que no es lo que esperaba.
Muy bien.
Señores, embarcamos.
¡Todo el mundo a bordo!
¿De acuerdo?
Sin molestar a la tripulación y con el culiño bien pegado a los peldaños, así.
¿De acuerdo?
Sí, señora.
Muy bien.
Despacito y sin empujarse.
¿Puedo ayudarles usted a los niños a bajar, por favor?
Escucha.
Cocinero, perdone.
Moisés, para usted.
¿Qué se le antoja a su divina alteza con cuerpo de mujer?
Quería pedirle, por favor, si me da un cubo que le sobre en la cocina. Es para,
bueno, para mi aseo personal y otro para los niños.
Vengo de ver las letrinas y no me parece... ¿Qué es lo que hay?
Quiero que lo consulte con el doctor Bernas.
Seguro que podemos prestarle, doña Isabel, un par de cubos para la correcta
higiene de los niños.
¿Ok?
Dos cubos prestados que no regalados.
A partir de ahora tratará Doña Isabel con el respeto que merece.
Si no quieren que se los trague el mar.
Perdone, hombre.
Pero entienda que son niños, tienen que jugar y correr.
A ver, los de arriba.
Señora.
Atienda a sus menesteres, haga el favor.
Vamos.
¿Qué pasa? ¿Qué molestan?
Capitán, si puedo hablarle con franqueza, he de confesarle que me
actitud del doctor Balmis.
A menudo las gentes que pecan de soberbia tienen el juicio nublado, como
recuerdan las sagradas escrituras.
Y ese nublado puede ser más peligroso para esta expedición que un tornado para
una corbeta firme como esta.
Letrado, mejor sería que se ocupase de sus propios asuntos.
Solo me quedan doce.
¿Os queréis?
¿Os queréis?
¿Os lo excedo?
Si no se lo decís a nadie.
¿De acuerdo?
Me guardáis el secreto.
¿Sí?
por entrar, venga. No.
para recibir esa tormenta como se merece.
Manuel, pega el rumbo a 23 grados.
Seguimos evitando el incidente, no nos iremos a pique.
Que Dios sea fiel de nosotros.
Vamos a necesitar algo más que la ayuda de Dios.
Pastor, vamos a llevarlo a la enfermería.
¡Métanlo! ¡Métanlo!
¡No! ¡No!
Se agarra la cuerda y ya es así.
¡Mucho!
Supongo que tendrán alguna explicación para justificar esta conducta.
Sí, es que el doctor... Isabel, llévese al siguiente niño para vacunar.
Lléveselos a todos.
Y usted, Salvain, es usted un irresponsable. Doctor Balmis, los niños
miedo. Decidimos quedarnos con ellos y... No sé, supongo que... que debimos
quedarnos dormidos.
Está en disciplina. Necesito un castigo, doctor.
No, capitán.
Deje que sea yo el que decida el castigo más adecuado para mis subordinados.
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¿Lista para la cena?
¿Qué pasa?
¿Qué ocurre?
¿Y esas dos?
¿Por qué nadie me ha dicho nada?
Pues porque acabo de saber.
Vi que tenía fiebre y quería bajársela.
Les abrocharé la camisa, por favor.
Sí.
Este niño está muy enfermo.
Si se muere, dará el traste con toda la expedición.
Podría ser un poco más sensible, por favor.
No me hable de sensibilidad.
Señores, por favor, ayúdenme. Desalojo en esta mesa.
Rápido.
Salvain, vaya a buscar mi maletín. Está allí, al lado de la cama.
Tiene el vientre muy abultado. Esto no puede ser una complicación de la
Doctor. Este niño ha sido envenenado.
¿Pero cómo que envenenado?
¿Hay algún otro niño con calentura, vientre abultado o tos?
No.
Deberíamos averiguar si realmente ha sido intencionado o resultado de un
despiste.
¿Quién más accede a la cocina aparte de Moisés?
Cualquiera. La cocina permanece abierta todo el tiempo.
Desgraciadamente no podemos estar seguros de que no haya sido un alimento
estado. Pero les sugiero que extremen las precauciones y estén atentos. Solo
puedo fiarme de ustedes.
Salvain, vaya a inspeccionar la cocina.
Pastor, ayúdeme.
Tenemos que hacerlo imposible porque este niño sobreviva.
Doctor, sálvelo, por favor.
Sigue, sigue. Rápido.
¿A dónde vas?
¿Qué pasa?
Te ofrecemos, Dios Santo, este pequeño cuerpo para que lo acojas en tu
seno.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Doctor, este niño debe permanecer siempre vigilado.
La expedición depende de él y, por supuesto, de los que nos quedan.
Isabel, procure que la tripulación permanezca siempre alejada de los niños.
Es la tripulación la que no se acerca a los niños, doctor.
Está haciendo un gran trabajo, Isabel.
Lo vamos a conseguir.
Doctor, doña Isabel.
Creo que deberían acompañarme.
Lo siga vacunando.
Mamá, te lo regalo para que te pongas bueno.
Bueno, papi.
¿Estás listo?
¿Te gusta?
Llevo días observándole, Moisés.
Y aunque no puedo demostrar que fue usted quien envenenó a ese chiquillo...
líderes de la despensa han menguado desproporcionadamente.
¿Es usted deliberadamente saboteando nuestras provisiones?
¿Qué atropello es este, Moisés?
¿Es cierto que falta comida?
No me atrevía a decírselo, capitán. La cocina es mi responsabilidad.
Pero sí, la comida mengua más ligera que mis cálculos. Y han de ser los malditos
ladronzueros esos.
La negligencia puede costarnos morir de hambre en las próximas semanas.
La negligencia de doña Isabel, que no sabe mantener a rayos oscuros. ¡Se
¡A otras por su culpa!
¡Jaballeros!
¿Qué hiciste con el caramelo secreto que te dio?
¿Lo comiste?
¿Te lo comiste?
Sí, señor. Está muy rico.
Tiene un tirosillo.
Tú sabes que es pecado mentir.
¿Existe alguien que venga a ser cubierta?
No.
No tenemos más remedio que comenzar a racionar los víveres que queremos llegar
Puerto. Para toda la tripulación y para el equipo médico.
Los niños incluidos.
Sean.
Pepe.
¡A cubierta a comer!
¡Dice latigazos, Moisés!
¿Viste ya los delfines?
¿No?
¿Quieres ver delfines?
¿A ver?
No se mueva.
Qué manía con raza de las olas.
Galeona, bendita, líbranos de los demonios que acechan este barco.
¡Ay!
Moisés, si no se está quieto no puedo limpiar la herida.
No corre ni la más mínima risa.
¿Cómo se encuentra Isabel?
Bien, bien.
¿Cuánto hace que no prueba bocado?
Eso no tiene importancia.
¿Cómo no va a tener importancia?
¿Y los niños?
Estama base de agua y gachas de harina.
Al fin y al cabo son los que más lo necesitan.
Según el capitán, deberíamos divisar tierra en tres o cuatro días.
Doctor, si tardamos más, ¿qué es lo que Dios nos necesita?
¿Podríamos racionar aún más la comida?
En tres días no habrá nada que racionar.
A ver, neninos.
¿Quién quiere gachas por aquí?
Recién hechas.
Bien.
Abre la boca.
Vas a crecer muchísimo.
Benito.
Ya nos preparamos para atracar.
¡Tierra! ¡Tierra!
Gracias a Dios.
Bienvenido a bordo, Silvestre Sierra.
Doctor Balmis.
Por orden del gobernador Ramón Castro, la corbeta María Pita y todos los
y niños que en ella se hallaren a bordo...
Tendrán que abandonar nuestras aguas jurisdiccionales.
La población, yo incluido, fuimos vacunados por nuestro médico militar.
Ha fincado aquí en San Juan desde hace años.
Eso es imposible. Con las temperaturas y la humedad de estas islas, la vacuna no
se mantiene activa entre cristales.
Es probable que su médico militar no esté debidamente informado, pero yo sí.
Dudo que esa vacuna a la que usted se refiere sea efectiva.
Tenemos la orden de vacunar dictada por el mismísimo rey Carlos IV en persona.
Muéstremela, si no tiene inconveniente.
Y yo hablaré con el gobernador para que autorice su arribo a puerto.
Entiendo.
Este año, obispo, su lustrísima.
Le pido, le pido, le suplico que haga, aunque solo sea por los niños.
Por favor, permita a la tripulación que habituaya el barco para el viaje.
Es usted la que debiera haber mirado piadosamente por esos niños, no
que se embarcaran.
Mis hombres les traerán el habituallamiento necesario.
Y después saldrán de estas aguas.
Disculpe el letrado, pero usted deberá proseguir hasta la Nueva España.
Su Ilustrísima, mis órdenes eran ocuparme de unas tierras para la iglesia
en San Juan. Yo mismo lo he arreglado.
Es en la Nueva España donde la iglesia debe extenderse.
Allí le esperan.
El avituallamiento está a bordo. Al amanecer partiremos de regreso a España.
¿Para qué hemos hecho todo este viaje entonces?
Los niños han sufrido embalde. Por favor, permítanos continuar.
No tenemos una orden real que obligue a ninguna autoridad a dejarle vacunar.
Esta expedición, sin una orden, carece absolutamente de sentido.
Permiso, capitán.
Disculpe, doctor.
Ha llegado algo a mis oídos que creo que tienen que saberlo. Les han sacado una
información a la guardia que traía los sacos del arroz.
Al parecer perdió una hija de viruela días después de haber sido vacunada.
¿Qué le dice ahora, capitán? Vayamos a tierra.
Es que no podemos amparar a esa gente.
¿Cree usted que el virrey le va a permitir vacunar allí sin una orden
Al amanecer partiremos rumbo a España.
Pero, vamos a ver, capitán, ¿a cuánto estamos de España?
¿A cinco semanas?
¿A seis? Es que le digo que no aguantamos.
¿Y a Cartagena de Indias?
Letrado, ¿a usted no le esperan en la nueva España?
Eso parece.
Pero en este barco no soy más que un peón a las órdenes del capitán. Si él
decide volver a España, buscaré otra embarcación.
Esto es lo que nos abrirá las puertas ante el virrey en Cartagena de Indias.
un mensaje de su majestad la reina de España para el virrey.
Ella misma me lo hizo llegar a través del ministro Godoy como prueba de que
es la auténtica expedición real.
No se lo enseñé a Arismendi porque no hubiera servido para nada.
Doña Isabel tiene razón, capitán. Si emprendemos el regreso, moriremos todos
la travesía.
Contramaestre. Señor.
Ponga rumbo a Cartagena de Indias.
¿Permiso?
José, hombre al agua, capitán.
Es el letrado.
Al mar vino a hacer daño y al mar se lo trago.
Bajaré a tierra con pastor para pedir audiencia ante el virrey. Mientras
el capitán reportará las bajas que ha habido durante la travesía.
¿Y la de Jonás?
Sí, claro, incluida la del letrado.
Ojalá se empudran el fondo del mar.
No quiero que ningún pez frene, hijo.
Suerte.
Vámonos.
Ah, mi buen amigo Godoy.
A la bola audacia con la que se mueve en la corte.
Señor, quisiera agradecerle la confianza que ha depositado en mi persona por el
simple hecho de haberle mostrado una joya de la reina.
Siendo su excelencia don Antonio José Amari Borbón, mi rey de la Nueva
bien podría haberme hecho apresar por ladrón.
Y sin embargo ha tenido la deferencia de alojarnos en sus aposentos.
Doctor Balmis, ¿carecerá usted de orden real?
Pero hizo bien don Manuel Godoy en mandarle con esta muestra que da buena
su persona.
Y la expedición de salud que le ocupa.
Mira, querida.
Efectivamente. Este broche es el regalo de boda que le hice a su majestad la
reina. Excelencia.
Te toca, querida.
Doctor, macune la virreina.
Excelencia, tengo especial interés en saber si un doctor español conocido como
Ibañez ha pisado ya estas tierras. Fue enviado por el obispo de la corte
española.
Este doctor es afín al obispo de la corte. Estará en la nueva España.
Qué desgracia.
¿Qué ocurre? Nuestro médico, Lorenzo Vergés, murió anoche de viruela.
Esa enfermedad se ha ensañado con nuestra capital.
Mi querido amigo Balmir, tengo que solicitar de usted la mayor de las
y de la intención de llevar la expedición hasta la Nueva España.
Le necesito en Santa Fe de Bogotá.
¿Me está pidiendo entonces que no vaya a la Nueva España?
Le estoy advirtiendo que aquí hace falta y que viaja usted sin una orden real.
Ocaso tiene más interés en alcanzar a ese médico Ibañez que curar a la
población.
Descuide, Excelencia.
La expedición se dividirá mañana mismo descendiendo por el río Magdalena hasta
Santa Fe de Bogotá y de allí hasta Quito.
Comience cuanto antes vacunando a la población.
Gracias por el vestido y por las joyas.
Le quedan a usted muy bien.
Doña Isabel.
Me ha dicho que es usted la primera mujer que ejerce oficialmente de
Gracias por sus palabras, pero creo que ese título debe otorgármelo el doctor
Valmir. ¿No le parece?
Ay, no se pongan ustedes tan serios. Fueron unos días muy largos y muy
dificultosos.
¿Bailamos?
Caballeros, debo anunciarle que la viruela está causando estragos en Santa
Bogotá y el virrey solicita que con urgencia nos dirijamos hacia allí.
Creo que debería ir usted, Salvain, mientras Isabel, Francisco y yo
hacia la Nueva España.
Pero doctor, después de todo lo que han pasado esos niños, otro trayecto así
es... Lo siento, pero no creo que puedan soportarlo.
Solicito que doña Isabel nos acompañe para hacerse cargo de ellos.
Tranquilo, no va a viajar con ningún niño. Llegará en menos de una semana.
Así que portará en cristales la linfa del último vacunado. Y una vez allí
proseguirá a la cadena con otros niños.
Aún así no creo que deba ir solo. Por si le ocurre cualquier cosa o... El doctor
Salvain ya ha sobrevivido a contiendas más difíciles.
Nosotros tenemos la obligación de entregar a los niños al hospicio de la
España.
¿O prefiere usted dejarlos solos y viajar a Santa Fe con el doctor Salvain?
Doctor Salvain.
La expedición debe llegar hasta Sandaje para detener tanta muerte.
Haré lo posible, señor.
Isabel, ¿no le gusta a usted bailar?
No, ya me sé, mucho.
Perdone doctor, ¿está usted bien?
Espero que tenga un buen viaje.
Isabel, está usted.
Discúlpeme.
Discúlpeme, la imaginaba despierta y trabajando.
No sabía que... Perdóneme.
El Virrey nos ha ofrecido toda la ayuda que necesitamos para continuar la
expedición hacia la Nueva España.
Es una gran noticia y quería compartirla con usted.
Dándome la espalda.
Me parece una bonita forma de compartir.
Soy un hombre de principios.
No me lo tenga en cuenta.
Pues podría decirse que este hospital ha sido mi casa durante casi diez años.
Doctor Aguirre Llanes.
¡Qué alegría!
Doctor.
Doctor Costío.
Doctor Echevarría. ¿Cuánto tiempo?
Doctor Galeano.
¿Cómo está usted?
Mi ayudante, doña Isabel de Zendala, y yo mismo les agradecemos su acogida.
Quietos ahí.
¿Es usted doña Isabel de Sendala?
Sí, soy yo.
Vengo a llevarme a los niños al rey al hospicio.
Tiene que ser precisamente hoy.
Recibimos la orden desde el obispado.
A ver, algo así.
Nuestra llegada es muy reciente y los niños están exhaustos. Y habiendo
alojamiento en el hospital podrían quedarse unos días más aquí. Es que le
mucho pedir. El delegado del virrey me ordenó también llevarlos al doctor
y a usted.
Hasta Puebla, porque se van a encontrar ahí.
Pero me voy a llevar a todos estos niños ahora mismo.
Un momento.
Este papel de aquí da fe de que ese niño de ahí, llamado Benito Vélez, fue
adoptado por Isabel de Zendala, es decir, yo, el pasado 3 de noviembre de
en La Coruña.
Padre.
¿Usted lo considera?
Pues, te hace así nomás. ¿Quién es ese niño?
Niños.
A ver.
Os tenéis que ir a otra casa.
Muy bonita y más grande.
¿Cómo? Como si fuera vuestro nuevo castillo.
¿De acuerdo?
Así que no os preocupéis.
Volveré a por vosotros.
Toma.
¿Me dais un abracino, pastor?
Vamos, niño.
Vamos.
Bienvenidos. Bienvenidos a Puebla. Bienvenidos.
¿Su reverencia?
Señora mía, su nombre es reconocido en todos lados, fruto de su valentía.
Muy amable, gracias.
Tengo dispuesto que extiendan en la Plaza Carpas para vacunar debidamente a
la población.
Muy bien, pues mañana mismo empezaremos sin falta.
Sean bienvenidos.
Gracias.
Disculpe mi atrevimiento, pero hace tiempo que quiero decirle algo que no me
atrevo a verbalizar. Doctor, los niños no están bien.
¿Cómo? Antes de emprender el viaje hasta aquí, su sobrino Francisco y yo fuimos
al hospicio en el que se aloja en Ciudad de México.
¿Y lo han hecho sin mi consentimiento?
Les prometí un hospicio igual o mejor que el de la coruña. No cumplo con mis
palabras. Por el amor de Dios, no es culpa suya si el hospicio de aquí no es
como esperaba. No se mortifique.
Intentaremos arreglarlo.
Isabel.
Nunca antes me había encontrado con una mujer como usted.
Y como soy yo.
Secretos que me gustaría que alguna vez quisiera compartir conmigo.
Pero, doctor, usted nos embarca en breve en viaje hacia Asia.
Así es.
¿Con usted?
Sí.
Quisiera hacerme el honor de acompañarte.
Creo que ha llegado un conocido suyo.
El doctor Ibáñez.
Doctor Balmis.
Por fin llegó.
¿Por fin?
Ibáñez, ha puesto usted en peligro la expedición y todos nuestros años de
trabajo. ¿Me creerías le dijera que no tenía escapatoria? Me tomó por idiota.
Me ofrecieron montar un hospital de enfermedades tropicales.
A cambio de llegar antes que la expedición y dejar que el virrey
vacuna.
¿Qué encuentra de malo en ello?
Los que han pagado por ella son gente sobrada de riquezas.
Es usted un traidor.
Francamente, creí que se alegraría. Me alegraría.
Si pudiera, lo mataría a ti mismo con mis propias manos.
Isabel, le presento al doctor Vitoriano Ibáñez.
Su Excelencia el Virrey de la Nueva España, José Joaquín Vicente de
y Arostegui.
Aquí está la famosa expedición de la vacuna. ¿Al fin?
Menos mal que Su Majestad Carlos IV tuvo a bien enviar al doctor Ibáñez como
avanzadilla de la tal expedición.
Esta política de intendencias, idea de mi buen amigo Godoy, está generando más
problemas que ayudas.
Excelencia, discúlpeme si no entiendo la relación que ve usted entre la política
de intendencias y la expedición de la vacuna.
Tenía usted razón, doctor Ibáñez. Este médico es un gran hombre.
Estará entonces de acuerdo conmigo, doctor... Balmis. Balmis, en que la
organización política... Es la que depende del gobernante al que se le han
otorgado los poderes y que carece de sentido que se nombre a otra persona
gobernar al gobernante.
¿A dónde quiero llegar, mi querido doctor?
Es a que si nos dejaran gobernarnos, otro gallo cantaría.
Por eso lavo la idea de que la expedición delegue en el gobierno de
territorio cómo ha de administrarse la vacuna.
Excelencia, tengo especial curiosidad por saber cómo se ha llevado a cabo esa
administración.
Ven, ven lo que les decía.
Desde España se mira con paternalismo todo lo que hacemos aquí. Aunque sea un
español quien lo haga.
Caballeros, disculpen mis palabras si les ofenden, pero ostento el cargo de
director de la expedición y creo que tengo derecho a ser informado.
El doctor Ibañez.
Ha conseguido frenar la viruela en las casas noble.
¿Quiere usted vacunar a los indígenas? Ahí los tiene.
En la puerta de la catedral.
Vacune, doctor.
Vacune.
Doña Isabel de Zendala y yo mismo ya hemos empezado a hacerlo en la Ciudad de
México. Con la vacuna verdadera.
Quiero advertir a todos los presentes que han sido inoculados con una vacuna
no tiene ningún efecto.
Una vacuna que se estropea.
Es un engaño. Deje de calumniarme.
No voy a tolerar más insultos. Perdonen mi intromisión, caballeros.
Me gustaría hacerle una pregunta al doctor Ibañez, si puede ser.
¿Cómo es posible que la gente inoculada por la vacuna que se guarda en cristales
vuelva a contraer la enfermedad?
Me permite.
¡Tiene la viruela!
Ibañez, ha ido usted por ahí vendiendo la falsa vacuna. Es usted un estafador.
No, no, yo no he vendido nada.
Ha sido el virrey quien ha decidido dónde, cómo y a quién es vender la
Bueno, ya está bien.
¿Pretende usted seguir ejerciendo una profesión a la que ha faltado en lo más
sagrado de su código ético?
Guardias, apresen a este hombre. No puedo hacer eso. Yo solo he cumplido su
voluntad.
Doctor Valdés, doctor Valdés, sueltenme. Doctor, por favor, ayúdenme.
Llévense al doctor Ibañez.
¡Doctor, por favor!
¡Por favor!
¡Doctor!
¡Por favor, ayúdame!
¡Doctor!
Exijo una explicación.
Excelencia, yo exigiría que toda la población, sin distinción de clase
fuera vacunada de nuevo. Y gratuitamente, si no quieren verse como
Está bien.
Mañana mismo la población empezará a ser vacunada.
Y los gastos correrán a cargo del Estado.
Las órdenes de su majestad Carlos IV son llegar a Asia. Y ha de ser este
virreinato el que sufrague la continuidad de la expedición, señor.
¡Qué órdenes!
¿Quién me está dando a mí esa orden?
¿Usted?
¿Un cirujano?
Ya han traído con ustedes la que llaman vacuna verdadera. ¿No es así?
Estupendo. Al amanecer regresarán a España.
Su Excelencia, ¿qué ocurre ahora?
Vengo desde Cartagena de Indias.
Emprendí viaje en cuanto se recibió este correo.
Por la presente orden real, firmada de puña y letra por su católica majestad el
rey Carlos IV, y en su nombre...
Exhorto su excelencia el virrey de la nueva España a sufragar la real
de la vacuna hacia los territorios de la corona española en Asia.
Te dije que volvería por ti.
Costará lo que costara.
Doctor, espero que la campaña de Asia ofrezca menos complicaciones.
Allí las complicaciones eran otras.
Muchas gracias por todo, Salvador.
Que Dios le bendiga, doctor.
es usted un hombre ejemplar.
Y... Y espero que sepa entender mi decisión.
Cuídese mucho, Isabel.
Ha sido un inmenso honor haberla conocido.
Cochero, adelante.
Isabel.
Y se quedará con nosotros.
Isabel, yo debo partir a Cepito.
Hay que continuar con la expedición por aquellas tierras y nos llevará meses,
años quizá.
Pero esperaba que tú vinieras conmigo.
¡Gracias!
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