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se sintió Cristo toromante sobre sus enemigos. ¡Te maldiga!
De la santa y eterna Madre de Dios, la Virgen de Guadalupe, a la que comaste
engaños como estandarte, ¡te maldiga!
De todos los ángeles, los principados y los arcángeles, las potestades y todos
los ejércitos celestiales, ¡te maldiga!
Y por todas las desgracias que le causaste al país,
Y por las muchas afrentas contra Dios, te expulsamos del seno de la iglesia.
Y como tus pensamientos malévolos promovieron herejías, removemos las
marcas que te protegían contra el pecado y te daban el derecho de administrar
los sacramentos.
Y ahora te entregamos a la justicia de los hombres.
Para que rindas cuentas de tus actos. Y para que se cobren los crímenes contra
el rey.
Y contra la patria.
¡Adabro!
¡Adabro!
¡Ascanio!
Más vale un susto que una cuchillada.
¿Cuántas veces te he dicho que no te pongas estas cosas?
Si de por sí tienes alma de negromanticulantero.
Para que te abrigas.
¿Lo conseguiste?
No una sola palabra de esto, mi padre.
¡Eh, las once!
¿No se le olvida algo?
Algún dependerá hacer este truco.
Chaaripa. Allá, Mascario.
Les recuerdo.
Diocletiano es el emperador que persigue y martiriza a los cristianos.
Muchos los retan para alcanzar el martirio.
Y otros se retiran al desierto.
Pero el tirano los mata por igual.
Vamos a ensayar la cuarta escena y vamos a intentarlo con mayor vigor.
Os lo suplico, más fuerza.
¿Va a llegar mi hijo?
¡Gervaldo! ¿Qué pregunta usted con tanto sigilo?
Justamente le preguntaba a Celestino si él como cristiano abrazaría el martirio
tal y como se ve en la obra.
Celestino, ¿le hicieron una pregunta?
Pues yo pienso que... Voy a ir así por defender la fe.
Va en contra de la razón, dígalo. Aquí no lo va a denunciar nadie.
Pero sí, a veces la fe y la razón no se llevan ni se juntan.
Celestino, pruébese este traje.
Santuro, observando. Con sus espadas, vamos a iniciar.
¡Hidalgo!
Señoridad, venga para acá.
Conviene que la noche nos cubra con su manto para sorprenderlo en oración
postrera. ¡Sois asesinos!
¡El par de Martínez, el emperador neoclesial! ¡Excelente! ¡Así que más de
ficción!
¡Hazme mía que matarles lo más conveniente, pues esos cristianos no
nuestras leyes! ¡Ficción, Servando!
¡Diga los versos! ¡Pero siéntalos!
¡Paladero!
¡Se los voy a ver conmigo, Hidalgo!
¡Levanten las espadas!
¡Bajamos de esto y salgamos rápido! ¡Aún no termina sus rezos!
Pues terminémoslo nosotros.
Señor Hidalgo.
¡Cuánto demonio!
Señor Hidalgo. ¡Hidalgo!
Aquí estoy.
Y contento voy al sacrificio. Señor Hidalgo. Se trata de una tragedia. Así
su pena cómica está fuera de lugar.
¿Y eso?
Querido padre Ricardo, es mío.
Sí, es mío.
De cualquier manera, maestro, quizá, el señor Hidalgo viene conmigo. No puede
ser que se esté escapando del colegio cada tercer día. Vamos.
Este castigo era para mí.
Yo te encargué ese libro.
No.
Yo todavía sigo siendo un alumno aquí.
Si te hubieran agarrado a ti, te hubieran echado y demás. Sí, pero quizá
sido lo más justo.
¿Sabes qué?
Yo la verdad no estoy seguro de quererme unir a la orden.
¿De verdad?
Sí. Yo no siento esa vocación que tú sientes.
La única razón por la que estoy aquí es porque...
Para mi padre, ser cura es el único camino.
Así que es la única manera de aprender algo y... de ganar dinero.
En fin.
Mi quinta cumplida.
Pues con eso nos pagues de otra vez muy tanto que digamos, ¿eh?
¿Listos? A entrar el público.
A saber, señores.
Díganos eso.
¡Pero siéntanos!
¡Para él o no!
¡Ese es el camino!
¡Vamos!
¡Momento! ¿Qué pasa?
Que nos libramos para siempre de la maldad de los jesuitas.
El rey nuestro señor ha ordenado que salgan. ¡Que se vayan para siempre del
reino!
¿Por qué se los llevan? ¿Qué hicieron?
No sé.
El rey solo nos manda a callar y ver esa explicación que nos da.
Como si fuéramos unos niños.
Hace muchos años leí que el mejor escudo contra la tiranía es la libertad.
Y que no se puede renunciar a ella.
Porque sería como renunciar a ser hombre.
Eso... Eso no es teología.
Aunque lo dude, lo es, señor Lima.
O díganos, señor Morelos, ¿usted qué opina?
Que la libertad es el bien más sagrado que tenemos.
Y que la conservamos aún presos o tiranizados. Bien dicho.
Muy bien dicho.
Y ahora los mulatos nos enseñan teología.
¿Nos pueden decir a todos de que se ríen?
Claro, señor.
Verá, yo creo que la libertad no puede generalizarse.
Yo opino lo contrario.
Como dice el señor Morelos, la libertad es un bien de todos.
¿De los indios también, señor?
De todos, señor Rodríguez.
Bueno, pues yo no pienso así.
Yo no creo que el señor Morelos, por ejemplo, sea igual a mí o tenga los
derechos que yo.
¿Y díganos por qué? Bueno, pues... ¿Se cree usted peninsular? ¿Por eso?
¿O exactamente qué es usted, señor Rodríguez?
Rodríguez es un cimarrón. Lo parió una mestiza y su papá es un negro.
¡No, no, no!
¡Ya, ya, ya!
¡Ya, ya, ya! ¡Ya, ya, ya!
¡No se pague!
¡No se pague, por favor!
Ha recorrido usted muchos caminos, señor Morelos.
Demasiado, señor.
Y todo fue como riero.
Y yo aquí, en esta rectoría, desplomando a mis alumnos.
¿Y qué le vamos a hacer si me persiguen todas las copas?
¡Salud! Señor rector, usted se aprovecha de mis achaques. No, no, no, de ninguna
manera, de ninguna manera.
Señor Abad y Keipo, ¿usted perdonará el desorden un jerecito?
Creo que no le traigo buenas noticias.
Señor Hialo, el obispo piensa que usted es una mala influencia. Y hará
todo lo posible por que deje la rectoría.
Pues cree que su conducta es impropia.
Más impropio es el boato y la pompa y los convites que organiza el señor
Yo creo que usted no es quien para acusar así a un prelado. Un prelado que
ha pensado en el bien de los demás.
Solo en el suyo propio.
Esas son algunas de las cosas que inquietan a nuestro obispo.
Y lo hacen dudar de dejar en sus manos el alma de nuestros jóvenes. Mi cátedra
se sustenta en los libros autorizados.
No es su cátedra.
Es lo que dice el ex -catedral.
En realidad yo solo he venido a prevenirlo.
Pero si no quiere oír, tenga cuidado.
Que ya se sabe que sus lecturas son peligrosas.
¿Acaso me amenaza?
¿Son los mismos libros que lee usted?
No es a mí a quien se juzga.
Pero dígame, ¿usted qué piensa?
Usted que es amigo del obispo y que lo conoce tan bien y seguro heredará su
puesto por ser español de ultramar y su mano derecha. ¿Qué piensa?
Todos somos siervos del rey.
Incluso usted, señor Hidalgo.
El que se ha puesto en una posición delicada va a las tertulias, bebe,
No, pero no es cierto. También lo hace usted y el señor obispo. Usted tiene que
aprender a obedecer.
No soy yo. Se frecuentan hidromantes y magos.
Obedezco si da lugar.
Si no, no.
Ahora, si lo que el señor obispo quiere es escuchar salamerías, dígale que se
busque a otro.
Y délo por un hecho que lo hará, señor Hidalgo.
¡Lo hará!
Veo que va a tener que resolver un problema con la justicia.
¿Tendrá un apóstol?
¿Un arreglón?
¿Algo que me libere de esas cosas?
No, aquí no, pero si quiere... ¿Tanio?
¿Qué haces aquí?
Desde la muerte de su padre no hay trabajo, señor.
¿De dónde está tu oficio de negromante?
Solo le leo las cartas a quien me lo pide.
Por tu propio bien, Ascanio, deja de andar con adivinaciones.
Solo es la diversión de un indio viejo.
Gracias, Francisco.
Pero para muchos otros, esas son cosas del maligno.
Ahora, ¿qué haces ahí?
No es cosa mía, es cosa de los dioses. No debió derramar el pulque. Me obliga a
leerlo. No sé quién es.
Es cambio. Te tienes que ir ahora. ¿Qué? ¿Por qué? Escúchame, te tienes que ir
ahora. ¡Corre!
¡Señor Miguel!
¡Señor Miguel!
¡No dejes escapar!
¡Pasa!
¡Pasa!
¡Mascanio López!
¡Brujo! ¡Idólatra! ¡Eres reo del santo cultivo!
¿Lo conoce?
¿Lo conoce?
Señor Hidalgo, bienvenido.
Le presento a la Marquesa de Salazar.
Encantado. Y a la Dama de Villavicencio. Un placer.
Se queda con nosotros a tomar un chocolate.
Por favor.
¿En qué estábamos, señores?
Ah, sí, que usted malamente me presumía su vestido de París.
¿Qué tiene de malo?
Me dijeron que es copia de uno que lució la reina en un baile. Pues era uno de
los últimos.
Porque, ¿sabe usted qué le hicieron a su rey los franceses?
¿Pasteles? Yo muero por unos pasteles.
Lo decapitaron.
Lo sabía usted, señor Hidalgo.
¿No? ¿Y qué le parece?
De veras le interesa mi opinión.
En todo Valladolid pasa usted como un sabio.
Señor Hidalgo.
Me parece que todo pueblo tiene derecho a deshacerse de un tirano si está en
riesgo el bien común.
Qué rico el chocolate.
¿Y cómo están sus hijos?
¿Tiene hijos?
Dos.
¿Pero cómo?
Como todo el mundo.
Es lo más natural.
Los fluidos que se conservan pudren el cuerpo, como la simiente que no da
frutos. Lo que el señor Hidalgo quiso decir es que en ocasiones lo vencen las
pasiones.
A propósito, ¿ha pensado usted en el futuro de sus hijos?
Porque en ocasiones la Santa Madre Iglesia no acoge bien a los bastardos.
Además, debe usted ocho mil pesos al colegio cuando fue tesorero.
Y con ello, sus hijos podrían verlo en la cárcel.
Pero eso es una fortuna. Con su nuevo y mejor sueldo de párroco. Y si se
administra bien, los podrá ir pagando poco a poco.
¿Párroco? De San Felipe.
Una bonita y tranquila villa del Bajío.
Esperamos ilumine con sus conocimientos.
¿Pero y mis alumnos? Sus alumnos, señor.
Sus alumnos lo olvidarán.
Y olvidarán sus enseñanzas. Y usted tendrá todo el tiempo del mundo para
sobre sus pecados.
Buenas tardes.
Antes de partir, espero que nos acompañe esta noche en un auto de fe.
De un negromante, un tal Ascanio López.
¿Lo conoce?
Gracias a ti, Manuela.
Ayer les dije que no vinieran.
Esto es muy peligroso, ¿no lo entiende?
Tengo las miradas de todos encima.
Es que Agustín insistió en entregarle algo.
Váyase. ¿Entonces es verdad?
Aquí se termina todo.
Como las obras de teatro de casa de su tía.
No, no, no.
Venga para acá.
Ahora mismo no me pueden acompañar.
Sería un infierno para ustedes.
Sé que tranquila.
Yo voy a ver por ustedes.
No les va a faltar nada de lo próximo.
Lo vamos a extrañar.
Veinte años, señor Morelos.
Y lo único que me llevo son mis muebles de la rectoría, mis libros y una
deuda inventada.
¿Por qué no en lugar de curas mejor fuimos comidín?
Comediante, señor Morelos.
Comediante.
No de nunca nada por sentado, muchacho.
Cuestiónalo todo.
Debatan. Siempre.
Don Miguel.
¿Me debe usted una revancha?
Cuando aprenda a jugar, señor Morelos, cómo no.
Yo aprendo.
Y aquí lo espero.
¡Dios!
Que le vaya bien.
Muy bien.
Esa amadita, nuestra iluminada, está empeñada en seguir los pasos de
Santa Teresa.
Se está a punto de lograrlo.
Usted debe ser el padre de Hidalgo.
Diego de Bea, bienvenido.
Está en las afueras del pueblo, en la casa de los Monterde y Antillón.
Otra familia que lo ha perdido todo.
En uno o dos días le haré entrega de la parroquia. Gracias, padre Bea.
Pero entre, hombre, que no hay murciélagos.
Es una casa un poco grande para una sola persona, pero no.
Adiós, Padre.
El cuarto de izquierda, primero.
Mucho cuidado.
Por favor.
Su cura.
¿Le gusta el teatro?
Fue una pasión, sí.
Conviene que la noche nos cubra con su manto para sorprenderlo en la oración
postrera. A fe mía que matarle será lo más conveniente, pues esos cristianos no
temen a nuestras leyes.
Así que usted también padeció al padre Urquiza. Sí, sí, sí, por supuesto.
Pero siéntalos.
¡Paladénlos!
No, no, no, al final, al final. No, eso no.
José Quintana, minero y comerciante. A sus órdenes.
Bienvenido a San Felipe.
Todos los papeles y libros de los... ¿Le gustan las lecturas peligrosas, señor
párroco?
¿Usted quién es?
Soy mil de ciervo.
Pero también un guardián de Dios.
Francisco Ramírez Coat Cotor de la parroquia de San Felipe Apóstol. Sus
Entonces supongo que no necesito presentarme. No, su fama lo ha
Aunque de la fama uno nunca puede fiarse.
Lo veré mañana en la parroquia. Buenas tardes.
Señor cura, un momento.
Soy Isabel Berenguer.
Ya me dijo el padre Ramírez que fue usted rector en Valladolid. Qué honor
tenerlo entre nosotros.
Yo, si usted me lo permite, quisiera organizarle una merienda con mis amigas.
Son muy simpáticas.
Hemos estado preparándole una sorpresa para este día. Gracias, gracias.
¿Usted baila?
¿Cómo que sí bailo? Es que tiene un cuerpo de ser extraordinaria bailadora
jarabe. Perdón, voy a repasar.
¡Bienvenido!
¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa?
Nada, que estos niños, estos niños no entienden que no pueden estar aquí, que
para eso tienen su iglesia allá arriba.
Por eso le pega. Lo entienden de otra manera.
Este niño es mi invitado.
¿Entonces?
¿Entonces qué?
Entonces pasa a la casa de Dios, hijo.
estas llaves y este libro, que contiene la vida de tu rebaño, al que deberás
conducir siguiendo los principios de nuestra Santa Iglesia.
Claro que sí, padre.
no será mejor órgano. Pero si cantan precioso.
No es de mantenidos.
Parecemos garrapatas, hermano, nomás chupándote la sangre.
No, no, no, no me digan eso. Ustedes son mis invitados y aquí hay espacio para
todos.
Para usted, pariente.
Ya sabe que ya me acomodo en cualquier rincón.
¿Lleve su habitación, hermano? Sí, mira.
Pero somos muchos, Miguelón.
Dios proveerá.
No me digas, Miguelón.
Ya, con la espalda, con la espalda, por favor.
No, ya.
Todo.
Su carta sonaba muy desesperado.
Y como en este pueblo dice que no hay músicos, trajimos unos cuantos. Solo
casa y comida.
Hermano, Dios proveerá.
No bajes, David. Aléjate del pueblo.
¿Qué pasó?
El patrón nos quemó los jacales. ¿Por qué? Quiere pagarnos menos y que
trabajemos más.
¿Ya viene aquí?
¿Cómo que no lo sabía?
Carlos IV el año pasado se cayó de su caballo. Se pegó en los testículos.
Por eso ya no le funciona.
¿El padre Hidalgo?
No, a mi hermano sí le funciona.
Ese que está ahí muy entretenido, ese es mi marido.
¿Quién dice que todavía...? No, él ya no baila.
Él se encarga de todo siempre.
¿Y cuál es tu sobrino? El de la chupa azul.
¡Ay, qué guapo!
Entonces ustedes le dan la forma que quieran.
Ahí va a estar toda la noche.
Aburrida. No bailar con nosotros.
No, no, yo no bailo, señor cura. ¿Qué van a pensar de mí?
No van a pensar nada.
No, no, señor, yo no bailo.
Con este cuerpecito.
¿Está segura?
No se lo pierde.
¡José!
¡José! ¡Un jarabe, por favor!
Ese es un baile prohibido. No, no, no, aquí lo único prohibido es aburrirse.
Vamos a intentarlo juntos.
Calamidad es una tentación para las almas, fíjate.
En esta casa no se respeta el pudor ni la castidad.
Es como cosa de franquicia.
¡Eneja!
De todas formas, no bailaba tan bien.
Buenas noches. Hasta luego, buenas noches.
Yo
propongo
un brindis por estar reunidos nuevamente y por este convivio, familia.
¡Salud! ¡Salud!
Oiga, oiga, oiga, huele rico este vino tequila, ¿eh? Ah, ¿no? Lo mercamos con
unos arrieros que nos encontramos en el camino. Venían de Jalisco.
Está fuerte, pero rico, rico, rico.
Oye, don José.
¿Cuándo nos va a enseñar esa música que trajo de Valladolid y no se atrevió a
tocar en la fiesta?
Bueno, en realidad es un canto de negros.
De ahí, por el sotavento del puerto de la Veracruz.
Pero, como la prohibieron, se ha vuelto muy popular y ahora todo el mundo la
canta. ¿Por qué?
¿Por qué quieren que la canten?
¿Qué dicen? ¿Qué dicen? ¡No, qué dicen!
¡Arminio! ¡Rete las maracas y los demás instrumentos, por favor!
Bueno, pues, con el permiso de las damas. ¡Por favor!
¡Sus nombres te han de soplar!
¡En la esquina
empuñalada! ¡Ay Dios, qué será de mí!
¡Que aquellos hombres se matan por esto que tengo aquí!
¡Que se vaya bien, que se vaya mal! ¡Que se vaya bien,
que se vaya mal!
porque se ofendió.
Ya está cansada, pero qué bueno que sí fue porque así pruebo y te vino tequila
que dicen que está tan bueno.
Nomás que no te dé por ponerse a llorar.
Qué alegría tenernos aquí, hermanitos.
Usted también, pariente.
Ah, don Miguel, ya sabe.
Tiene como un perro.
Señores, buenas noches. Buenas noches.
Muchas gracias.
Gracias. Que descansen. Gracias, gracias. Hasta mañana.
Buenas noches.
Gracias.
que no tengo buenas noticias.
¿Por qué?
¿Por qué? ¿Qué sabe?
Que David Kepo, que es el nuevo obispo, convenció a la señora... ¿El obispo?
Cabrón, o sea, ¿qué opina? Siempre heredándose el pueblo.
Bueno, sí.
Pero convenció a la señora Manuela de que tome los hábitos.
¿Qué?
¿De los niños a mis hijos?
Se quedarán con la tia Agustina.
Así es, queridos hermanos.
En los proverbios bíblicos, la voz de los sabios nos previene
contra esos labios dulces que son como plata con escoria.
El diezmo, señor.
Es el diez por ciento de mis ganancias como
minero y comerciante para la Santa Iglesia.
Con esto y con los préstamos forzados que tenemos que otorgarle a la corona
que financie sus guerras contra los ingleses.
Nos están arruinando.
Así es.
Por eso las colonias inglesas se rebelaron. Y tal vez nosotros lo más
que hiciéramos lo mismo. La independencia.
Siéntese, tenga la bondad.
Gracias.
Agüita.
Don Miguel, ¿no le
gustaría hacer de nuevo teatro?
¿Aquí?
Yo corro con los gastos.
No sabe cuánto deseo estar de nuevo en un escenario.
Bueno, viéndolo así, podría ser.
Pero, ¿qué obra podríamos montar?
Creo que ya sé cuál.
¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
¡Maldita sea!
¡Maldita sea!
¡Maldita sea!
Amadita se murió.
Amadita, venga para acá.
Es una santa.
Puso sus ojitos en blanco y se murió.
Como un pajarito. Amadita, huela, huela.
Eso.
Venga para acá.
No,
no, no, qué milagro. Esto no es un milagro.
Mira, Amadita.
Santa Teresa veía visiones porque no comía.
Vaya a su casa, coma y duerma bien.
No puede estar toda la vida de rodillas.
¡Ayúdeme! Sí, yo me quiero entregar al martirio. Así pues, vayas al desierto
de estos días. Ahorita se va a descansar. Venga, por favor.
¿Alguien la puede llevar a su casa, por favor? Yo la llevo, señor Barro.
Gracias.
Y piensa en lo que le dije.
A ver, amadita.
Parece un caldito de pollo, verduritas, arroz.
Hizo muy bien, señor cura.
Esa mujer solo nos causa problemas.
Y mira cómo tiene su casa.
¿Cómo?
¿También a ella le espía?
Yo no espío.
Vigilo a mi rebaño.
Siguiendo al pie de la letra los mandamientos y las prohibiciones de la
Madre Iglesia.
Entonces debe ser usted una persona muy infeliz.
Además de hipócrita. Yo solo sigo los dictados de Dios.
Y sus leyes.
No como usted y su familia, señor Hidalgo.
Lo que mi familia y yo hagamos en mi propia casa, a usted le importa un
Ya veo que es de los que anda por ahí buscando la paja en el ojo ajeno sin ver
la viga en el propio.
Como buen cristiano, acepto humildemente que se me calumne por defender la obra
de la iglesia.
No hace fiestas escandalosas. Baila música prohibida. Su casa es una Francia
chiquita. No conoce el recato ni el pudor.
Un jinete del apocalipsis.
Atentó contra mi castidad.
Es falso.
Es falso, mentiroso. Es una bestia lujuriosa.
Es un monstruo concupiscente.
Un herode.
Hermano, ¿es cierto lo que dice esta carta?
Uno con mil demonios, ¿todo el mundo se va a estar espiando o qué?
Perdón, no sé por qué la... Perdón, perdón.
Ya.
Es una deuda que me mandaron en Valladolid.
Pero yo no la reconozco, así que no pienso pagarla.
La otra vez se escondió al Santísimo en la iglesia.
Le vendó los ojos a sus amigos e hizo que lo buscaran.
Escriba.
Ponga eso también.
Los valientes.
No tenemos por qué ser esclavos de esos fingidos mentirosos, ya que abundan
tanto los falsos devotos como los falsos valientes.
Pasa enseñándole a los indios a hacer cosas.
Eso póngalo también.
Como si ellos pudieran entenderlo.
Creo que con esto es suficiente, señoras.
Y yo, con humildad, acepto avalar todas sus acusaciones
en esta causa. Y con humildad, también acepto que se me
calme. Por
ello,
como fieles guardianes de la comunidad de San Felipe Torres Mochas, le pedimos
la remoción del párroco Miguel Hidalgo, confiando en su infinita bondad.
Parece que el zorro ha vuelto al gallinero.
En esta obra se critica a todos esos santurrones que se persiguen y lloran
cuando hablan del sufrimiento de Cristo, pero que son incapaces de condolerse de
su prójimo.
¿Quiere probar los de piñón?
Le van a encantar. Bueno, se lo pierdo.
No los voy a engañar.
Esta es una obra de teatro prohibida.
Pero porque habla de una profunda verdad.
Les gustaría participar.
Don Miguel, a mí me parece muy bien.
El distinguido comerciante, don José Quintana, va a ser nuestro patrocinador.
Y yo voy a hacer los vestuarios.
¿Y cómo se va a llamar la obra?
Tartufo. ¿Qué dijo?
Martufo, tía. Martufo, que es el nombre de nuestro protagonista. Que es como un
hongo que pudre las raíces de los árboles.
Como le pasa a algunos de nuestros políticos. Ya, por favor.
Sienta. Estate quieta.
Siéntate.
El autor era un francés al que le llamaban Molière.
Y que escribió extraordinarias comedias.
En donde criticaba la hipocresía y la ambición.
Uy, pues aquí de ese pie cogean mucho.
¿Qué te dije?
Es un afrancesado.
Le gusta todo lo de abajo.
Ya que se fueron, es hipócrita.
¿Podría yo ser la dama joven?
Silencio, silencio, silencio.
Hay siete personajes principales.
Sigan, sigan.
Yo voy, yo voy.
Ve, ve, ve, ve.
Don José, usted va a ser orgón.
Es el padre y jefe de la casa.
A quien Tartufo intenta engañar para poder hacer de sus bienes. Él es su
Que lo va a hacer María Guadalupe.
No.
No, ni muerta, Miguel. No, no, no.
Está bien, está bien. Don José.
No, no, no.
A mí ni me miren.
Que lo miren la música.
¿Y entonces?
Si son siete, pues aquí nomás dos, uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Hacen falta dos.
Uno.
Y es que el señor cura tiene un papel para...
Hija.
¿Le dije que el cura Hidalgo y yo estudiamos en el mismo colegio? Sí, ya,
contó tres veces.
Y que también se gastó todo el dinero de sus colegiaturas en el juego y que por
eso no pudo acabar sus estudios de doctorado.
Mira, hija, qué bonito el paisaje.
Padre, sabe que odio el campo.
Mira que son hermosos, ¿verdad?
Ellos pueden ser terribles también.
Y muy peligrosos, don Miguel.
Muy peligrosos.
Que catorce cornadas me lo han enseñado.
¿Y le gusta matarlos?
Es mi vida, señor.
Cuando uno se repara para tocar al animal hay que hacerle frente.
Espero que ataque.
Que se entregue.
Se lanza.
Y le hundo mi acero en el murrío.
El momento de la muerte es para mí el momento más hermoso de la lidia.
¡Don José!
¡Bienvenido! ¡Don Miguel!
Cuidado, cuidado, por favor. ¿Cómo le va?
¿Buen camino?
No vengo solo.
Permítame presentarle a mi hija Josefa, que viene llegando de México.
Esta quintana es un placer.
El diestro marroquín, nuestro anfitrión.
Así que también le gustan los toros.
¿Y a usted no?
No a todos.
Solo a los bravos.
¡A comer!
Hay los paseos en la Alameda.
Hay tantos galvanes caminando por sus fuentes que solo tienes que estirar la
mano, escoger al que más te guste y comértelo a veces.
Ay, Guadalupe, por favor, tú no prenderías a ninguno ni aunque trajeras
Tú tampoco, babosa.
¿Tú qué haces aquí? Ven a esa muchachita descarada.
Qué bien se ve que te trajo las costumbres de la capital.
Pero es muy simpática. Ven conmigo.
¿Y a dónde me llevas?
Ven acá.
¿Y las fiestas de la mi reina? Ay, Dios, te arreglamos.
¿A dónde vas? A veces es mejor mezclar a los gallos de la misma familia, aunque
no siempre salen bravos.
¡Como los borbones!
Amadita, qué buen apetito, qué gusto me da.
Hermano, hemos decidido que usted será nuestra primera víctima.
No, no, no.
Se lo preguntaré.
Muy bien, no nos distraemos, por favor, continuamos.
Si supieran cómo conocí al señor Tartufo.
Fue... Ay, ¿en dónde fue? En la iglesia.
Fue en la iglesia.
Exhalaba suspiros.
Y tenía los brazos así, miren, en cruz. Y estaba echado sobre la tierra.
Como lavando a Dios, nuestro señor.
¡Pero tan suavido es el sorbón! ¿Cómo puedes creer esas patarañas? ¿Cierto?
Tus palabras huelen a libertinaje.
Ahora resulta que a ver bien es ser libertino.
Ya, ya, ya, señora Cabala. Ahora sí, entre.
¿Es verdad que piensas casar a nuestra hija Mariana con ese santurrón hipócrita
de Tartufo? ¡Así es! ¡No puede ser!
Yo te lo diré, ganar un yerno que además de hipócrita es un pordiosero.
Cállate, mira, que su miseria es una miseria honrada.
Dinero que le doy al señor Tartufo, dinero que les dan los pobres.
Sigan, sigan, van muy bien, van muy bien.
Señor Hidalgo, ¿no se supone que aquí debería entrar Mariana?
Amadita, ¿está bien?
Si quiere ir a la... ¿Qué puedo hacer?
No, no es necesario. No puede usted hacer nada más, Marita. Siente, si anda.
Don José nos prometió que iba a hablar con su hija Josefa para ofrecerle el
papel. Yo, yo lo hago, si quiere. No, no, no. Don José pudo hablar con su
Sí, ya, ya se lo pregunté, pero me contestó que no.
Que no le interesa hacer teatro.
A ver, ¿por qué están allí indios atrevidos? ¡Paren esa música
¿Qué es lo que está pasando?
Paganos del demonio, ¿cómo se atreven?
Estamos celebrando la fiesta del señor Sancaralampio. ¡Le molesta!
¡Señor Hidalgo! ¡Señor Hidalgo!
¿Qué ocurrente es usted, señor Hidalgo? No, no, no. Lo que pasa es que pensamos
que ellos tienen su lugar y su iglesia allá en el Cerro del Boquete.
Sí, sí, sí. Y para allá vamos.
¿Por qué no nos acompañan?
¡Vistan a la señora! ¡A la señora!
¡No me toquen! ¡No me toquen!
Veo que por fin se ha quitado la máscara.
¡Vámonos, muchachos!
Con esa liviandad de su parte, lo único que hace es encabar los principios del
reino.
¡Eca, pera!
¡Más, pero!
¡No! ¡Y si lo hiciera! ¡Y si lo hiciera! ¡Tendría sobradas razones!
Lo que hace es inocente, pero no se da cuenta lo peligroso que es pensar.
Recuerde todo aquel que piensa.
¡Buda! ¡Deje de ladrar!
¡El ministro de Satanás!
¡Esta muchacha enloquecida!
¡El loco es él! ¡El loco es él!
Galip, Zangismei, Misterium Filii.
Joquiwa, Riñuña.
Hermano, la semana pasada vendimos tres vajillas.
Y ya nos encargaron dos más de Valladolid.
Hanuna, Shangwim, Hintomiwim.
Demapa, Yayahina.
Señor Rubí, ¿sabe qué quiere hacer ahora?
Montar a Molière.
A Molière, ese francés revoltoso. Y ya convenció a un puñado de vecinos de la
villa para que lo digan en su herejía.
¿Tanto peligro encierra una obra? No lo creo.
Hidalgo puede ser un rebelde, un soberbio,
un validoso.
Pero por una obrita de teatro no creo que pase nada.
Lo que sí me preocupa es que no ha pagado ni un real de su deuda. ¿Cómo?
¿El parroco Hidalgo tiene una deuda?
Ocho mil pesos.
Fue muy dispendioso con los gastos del colegio.
Les dio a los internos dos cobijas durante el invierno.
¿Ocho mil pesos?
Y con los réditos debe ser mucho más.
¿Qué hacemos, señor rector?
¡Obligarlo a pagar!
¿Alguna buena señora?
Mi padre está muy entusiasmado con Moliere. Ah, ¿sí? Qué bien.
Hay dos cosas que le encantan. Una es el teatro y la otra es verme casada.
Pronto. Con un buen partido y... el amor molesta.
Por eso me llevo a México para ponerme en una vitrina.
Es muy difícil ser lo que uno quiere ser.
Pero todavía es más difícil que los otros.
Lo entiendan.
Yo nunca pensé terminar de párroco, pero... era la única forma de conservar
que yo más quiero.
Mis libros.
Mi libertad.
Dichoso usted que ha podido hacerlo.
Yo te absuelvo. Esos pecadillos no tienen penitencia.
¿De verdad no le gustaría participar en nuestra obra?
Pues nadie me lo ha propuesto, pero yo creo que sí.
Su padre nos dijo que no le gustaba el teatro. Ay, mi padre, cree que
de los peligros voy a estar a salvo.
¿Y a usted le parezco peligroso?
Y tampoco soberbio.
Entonces contamos con usted. La esperamos hoy en la tarde.
En la pequeña Francia.
Muy bien, pero esta mesa no va aquí, va al sillón.
A ver, esa línea otra vez, por favor.
No puedo ir contra la voluntad de mi padre.
Pero... Pero... Pero... Pero no seré de otro más que de ti, Valerio. Pero no
seré de otro más que de ti, Valerio.
¿Por qué estos enamorados nunca se besan?
¿Quiere que lo bese?
Claro, en la boca. ¡No! En la boca no.
No, en la boca no.
¡Pues será más tarde!
¡Porque aquí llega la señora Elmira!
¡Rápido! ¡Cubre esa mesa con el mantel! ¡Y métete debajo! ¿Pero por qué abajo de
la mesa?
Porque voy a hacer que ese santurrón hipócrita de tu queridísimo tartufo se
quite la máscara. ¡Anda! ¡Apúrate! ¡Ahí viene!
Estaba en el jardín cuando... me
dijeron que quería verme aquí.
En su alcoba. Bueno, nadie va a abrir.
Señor Hidalgo, perdone que lo moleste, pero me he enterado, dicen que por sus
malos manejos, cosa que yo no creo, que tiene usted una deuda con el colegio de
San Nicolás.
Ocho mil pesos.
¿Qué quiere?
Yo quisiera ayudarlo, pero desafortunadamente me ha nombrado
deuda. Y me veo obligado a exigirle el pago de lo que debe.
Todo sea por una buena causa.
Vamos a continuar.
Abajo de su mesa, por favor, don José.
Anuncia tanto.
Adelante, señor Tancudo.
Estaba orando en el jardín cuando me dijeron que quería verme aquí.
Yo no sé por qué usted se burla de mí de esa manera.
Hace un momento... Es que usted no va a ir... Sí, ya lo sé, yo le dije, pero no
estoy... Hace un momento usted me hablaba de una forma un tanto... ¡Tuba!
¡Señor Hidalgo!
¡Señor Hidalgo!
¡Señor Hidalgo!
¿Se encuentra bien?
No, no, no, no, no, no.
El cretino de señor Ramírez me echó a perder el día.
Ay, Josefa, son nuestros fantasmas de Valladolid que de nuevo se hacen
¿Qué fantasmas?
Los poderosos que me persiguen, que me acechan de la sombra, que nos acechan a
todos.
Y yo no creo en ellos ni en sus mentiras, por eso no me dejan en paz.
Pero... A mis alumnos en Valladolid les enseña a pensar por ellos mismos y eso
no les gusta.
Por eso me salen con esto.
Perdón, perdón.
Les debo dinero.
Eso dicen ellos.
Mucho.
¿Y mi padre no puede ayudarlo? Es que no importa si les pago o no les pago.
Es lo que menos les importa.
Lo que quieren es ver rodar mi cabeza.
Qué bonito está aquí, ¿verdad?
Yo la vi, yo la vi corriendo de un lado para otro.
También es el nervio de todos, pero la deberíamos de tocar. Y además con los
puñuelos que comió en la mañana.
Son las alas del cura y la almohada de milagro.
¿Qué pasó?
¿Todo bien, don Miguel?
Sí, don José.
¿Qué pasó?
La señora Zavala se quedó afónica.
¿Y se mareó?
¿No estará preñada?
Pues no sé.
Tendría que preguntarle a mi señor tío.
Pues
parece que
no podremos seguir ensayando esta escena.
Si quiere yo hago el mira. No es un personaje apropiado para ti. Además el
Hidalgo nunca puede ensayar por estar al pendiente de todo.
Pero no te lo sabes.
Dame el papel.
Papi.
Gracias, José.
Yo me duelen las rodillas.
Es un momento más.
Tenga la bondad. Gracias.
Pase, señor Tartufo.
Estaba en el jardín, orando, cuando me dijeron que deseaba verme aquí.
Sé que es un hombre santo, pero no resisto más.
Aquí a solas.
Si me lo permite, quisiera abrirle mi corazón.
Señora, ¿se burla usted de mí?
Qué poco conoce el corazón de las mujeres.
Si me he portado así es... ¿Cómo quisiera hacerle comprender el interés
que obtengo?
Señora, qué dulces suenan esas palabras en su boca.
Palpa la tela de su vestido.
Es tan suave.
Ay, por favor, no haga eso.
Que me hace cosquillas.
No puedo evitarlo.
Es el deseo que me tiene atenasado.
¡Quítale la mano!
¡Quítale la mano! ¡Ese es mi recuerdo de tartufo el que se está tocando!
Señora, entienda.
Al verla, mi alma se inflama de admiración ante Dios, autor de semejante
celestial.
Luché, querida señora, contra este amor, creyéndolo una tentación del maligno.
Pero comprendí finalmente que... no soy culpable.
Porque soy un hombre también, sujeto a las pasiones de su tiempo y, sobre todo,
querida señora, a su alma, que me ha embelesado y me ha convertido en su
súbdito.
Ilustra a don Miguel Hidalgo.
Le brindo con gusto mi modesto árbol.
¡Vaya suerte!
José, ¿con usted?
Padre, no tiene por qué preocuparse. No, no.
Están por venir.
Seguramente se están poniendo sus mejores galas para venir.
Ya son casi las doce.
¿No ha llegado?
¿Qué pasa?
¿Qué está pasando aquí?
Envívalo.
¿No está de acuerdo que resulta muy difícil el rechazo cuando estamos aquí?
Lo digo por el ensayo del otro día.
Amadita, querida.
La reconocí, ma.
Santa como usted vestida así. ¿Santa?
Actriz, padre.
Actriz. Estamos montando una obra francesa, ¿no sabía? Hay un personaje
santurrón tan parecido a usted. Ay, el cura irá algo lo imita igualito.
Bueno, disculpe, pero ya me tengo que ir a la corrida.
¿Hay corrida?
Sí. ¿No el diestro marroquí, notario del beneficio del Señor y de algo que por
una deuda o algo así? ¿No quieren venir?
¡Una corrida!
¡Vengan! ¡Va a estar buenísima!
¡Una corrida hoy!
¡Hoy que cumplo 10 años en esta parroquia velando por sus almas!
¡Una corrida!
Nos vamos No permita que se burlen así de usted
Señor, permíteme acabar con ese libertino que ha alejado a mi rebaño de
Déjame ser el instrumento de tu implacable venganza.
Yo sé que usted admira mucho a Marroquín, pero hay algo en ese hombre
gusta nada.
Esto se lo doy a Israel.
No hay razón para que lo deba.
¡A vos, a vos!
Señor Hidalgo, soy Ángel Abella y te voy a interrogarlo.
Supongo que usted ya sabe por qué se encuentra preso.
Supongo bien.
Por querer conseguir la independencia del reino.
Es decir, quería deshacerse del rey. ¿Cuál rey?
Nosotros no queríamos que también entregaran este país a los franceses.
No reina en su España el borracho de botella, el hermanito de Napoleón, que
reina hábito.
Usted aprovechó el momento para rebelarse y nombrarse Alteza Serenísima.
Que acabé de insurrecto y yo lo que realmente quería era ser comediante.
Y acabó en asesino. No, no asesino.
¿Y la matanza de Oblatos?
¿A cuántos españoles mataron en el cerro de Molcajete?
Te acompañamos.
¿A cuántos mataron? ¿Eh?
La revolución no es un juego de niños.
Es imposible evitar derramar sangre.
Lo mismo pasó en Francia y aquí.
Las tropas de Calleja mataban cinco americanos por cada europeo.
Arrasaban con todos los pueblos.
No respetaban ni mujeres ni niños.
Pero Calleja era el representante del rey, del gobierno de Dios.
¿Cuál rey?
¿A quién va el gobierno?
El reino está sumergido en la miseria y en la injusticia.
¡Llevamos siglos viendo cómo se lleva toda la riqueza de aquí!
¡Y sólo nos dejan migajas!
¿Sabe una cosa, Hidalgo?
Sus ideas apestan más que el culo de Satanás.
No puedo dormir.
Estoy muy nerviosa por el estreno de mañana.
Yo también estoy muy nervioso.
Todavía hay un telón a medio pintar.
Hace frío.
Sí, claro, claro.
No se pase.
No se va a ligar.
¿Qué pasa?
¿Qué pasa?
Josefa está aquí.
¡Está aquí!
José, permítame, por favor.
Padre, vine a coser mi vestido.
Es una vergüenza.
No hagas esto.
¡Mi hija, es tu padre!
¡Ya me enseñó a ser por mí misma!
¡Vete de la casa! ¡Lárgate de aquí!
¡Permítame explicarle! ¡En cuanto a usted!
¡Ay!
¡Si yo hubiera hecho la dama joven, no estaríamos en este predicamento!
Ay, señor Hidalgo, a ver si con este ojo no se nos quede el escenario, ¿eh? Ay,
hermano. ¿Quién lo manda a salir a oscuras de su cuarto?
Ay, ¿no les habrá pasado algo horrible?
Ay, por favor, no van a llegar y punto.
Cálmate. Vicente, ayúdame.
Don José, termine de vestirse de horror.
Pero es que yo no soy actor.
Y esta ropa no me queda.
Y parece que quieren pelear.
Ay, hermano, su ojo cada vez está peor. Ahora lo maquillo.
¿De otro?
¿De los otros?
¿Todos de las manos?
¿Respiramos? Bien.
Tranquila. ¿De acuerdo?
Concentrados. Cualquier cosa, si algo sale mal, vamos a estar ahí para apoyar.
Vamos a recasar la línea.
Mi padre me quiere casar con Patufo, pero no seré de nadie más que de ti. No,
otro. Pero no seré de otro más que de ti, Valer.
Tranquila.
Ánimo, ánimo, alegría y entusiasmo.
¡Sigue así, camina rapidísimo!
¡Eres una criada bastante insolente!
Estoy hablando para Mimi.
Qué raro, ¿no?
Cuando el tartufo llegó a esta casa no tenía ni zapatos. Y ahora se comporta
como si fuera el amo. Y Barido dice que estaríamos mucho mejor si todos
siguiéramos su piadoso ejemplo.
No.
Solo que tus zapatos me aprietan un poco.
Es tradición en el teatro dejarle buena suerte al efector antes de empezar la
función.
Se le cayó esto.
Gracias.
Creo que te recomiendo de una...
Bonita amistad.
Yo
misma
vi con mis propios ojos como este engendro me espiaba. ¿Por qué no me
¡Cállate, peste maldita!
¡Es cierto, señor Quintana!
¡Arturo!
Es cierto lo que dice su esposa, señor Orgón.
¿Sabe usted realmente lo que soy?
No
se
deje llevar por las apariencias.
Yo sé que ustedes me toman como un hombre de bien, pero la verdad es que...
Ay, por... ¡Hable, querida señora!
¡Hable! ¡Tráteme de traidor! ¡De homicida! ¡No la voy a contradecir
más merezco! ¡Y de rodillas!
Quiero recibir esta afrenta como pago por todos los crímenes de mi existencia.
¡Eres una ingrata, Elmira!
¡Pero qué fue eso! ¡Ingrata!
¡Silencio!
Ahora sé por qué lo injurian todos.
Porque lo odian.
Y se han puesto de acuerdo para sacar a este hombre devoto de mi casa.
Señor Tartufo. ¡Lento, que hay una silla!
¡Vamos, hijo, rápido!
Por favor, siéntese. ¿Se encuentra mejor?
Mucho mejor.
Pero ¿sabes una cosa, Elmira, esposa mía?
Voy a apresurar los esponsales del señor Tartufo con mi hija Mariana.
¡Mío a todos!
Y algo más, amigo Tartufo. En agradecimiento a su nobleza y santidad,
decidido donarle todos mis bienes, incluida esta casa.
¡No!
¡No!
¡No!
¡No! ¡No! ¡No!
¡No! ¡No!
¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
¡
Sé que he traicionado su confianza, don José.
Mentirosa.
Sin duda jamás nuestro corazón ha sentido verdadero transporte por mí.
No puedo seguir así.
Me he convertido en lo mismo que el tartufo.
Un impostor.
Un hipócrita.
Mariana.
Me voy a quitar.
Voy a dejar todo esto, don José.
El curato.
Porque ya sé lo que quiero.
Quiero estar al lado de su hija.
Y quiero que usted...
Tanto para nada.
Espero que algún día me perdone el puñetazo que le di.
No.
No.
Me lo gané, don José.
Me lo merecía.
¿Y esto?
¿Nos lo merecíamos?
¿Y lo que pasa cuando...
Se destruye todo cuando nos reprimen todo.
¿Y por qué se fue de San Felipe?
Me fui a criar reses bravas a una hacienda para poder pagar mis deudas.
Lo que se juntó aquella vez en la corrida se lo regalé a los indios para
plantaran viñedos.
Dígame una cosa.
¿Por qué volvió a ser párroco si ya vivía mancebado con esa mujerzuela?
¿Por qué, Hidalgo?
No sé.
Solo sé que... Aquel cura dicharachero y alegre...
Fue desprendiéndose poco a poco de mi piel.
No habría ahora ninguna esperanza de perdón, ¿verdad?
Que Dios juzgue a cada quien por sus actos.
¿No se arrepiente de nada de lo que ha hecho?
De haber derramado sangre inocente.
¿Por qué dejó que se derramara?
¿Por qué no contuvo a los asesinos? ¿Por qué no controló a su ejército?
Porque no pudo.
¿Hermano Mariano?
Pariente. ¿Mariano?
¿Mariente? No.
No.
Pariente. Pariente.
Perdón por habernos atastado esta noche.
Hay que perdonarlo, señor Hidalgo. Pues sí, pariente. Pero quiero quitarlo
bailado.
Hermano. ¡Eh! ¡Eh!
Ya se acabó tu teatrillo, criollo desagradecido.
¿También va para Dolores?
No, a San Miguel.
Mi patria chica.
Allá está acantonado mi regimiento.
El nombre es Miguel Hidalgo. Mucho gusto.
Estoy con el gran genio del que todos hablan.
Ojalá y cuando usted esté en Dolores nos haga el honor de acompañarnos a alguna
de nuestras tertulias en Querétaro.
Yo soy el capitán Ignacio Allende.
Mucho gusto, capitán.
Claro que sí, encantado.
Oiga, señora Allende, ¿a usted le gusta el teatro?
¿El teatro?
Sí, sí, sí.
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