All language subtitles for Pepe Carvalho - El laberinto griego (1993)1h37Pol

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Original subtitles

Gracias.

La casa está rodeada.

Salgan despacio.

De uno en uno y con las manos sobre la cabeza.

Salgan de uno en uno y con las manos sobre la cabeza.

Es inútil que esperen más tiempo.

Abandonen la casa.

Les quedan 30 segundos.

30 segundos.

¡Quítense de aquí!

¡Alto el fuego!

Oye, García,

aquí hay una persona que quizá le pueda identificar.

Ven, tráemelo para acá. Venga.

¿Le conoce? ¿Sabe quién es?

No.

Se parece mucho mejor. ¿Está usted seguro de que no le conoce? No debe ser.

¿Completamente seguro? No, no le conozco.

Bien, despejen la zona inmediatamente.

Corten la calle aquí. No quiero ver a nadie en un minuto.

Vamos, rápido.

A ver esos coches que los muevan de ahí, que tienen que pasar la ambulancia.

Vamos, rápido, vamos.

No se preocupe. Sí, le encontraré otra persona.

Hay mujeres que duelen en el pecho al contemplar la contención exacta de sus

carnes. Y basta que te miren para que la patada de plomo te rompa el esternón.

Y una dulce asfixia te impida pensar en la existencia del aire.

Pero a veces les basta estar.

Aparecen sin que tengas tiempo de analizar las razones.

Es su presencia.

Su estar en el mundo, el que vacía el tiempo y el espacio, desparramando la

angustia esencial.

La primera angustia del primer hombre, cuando se sintió convocado por la

mujer.

Algo de eso, o todo eso, ocurrió.

¿Les lleva, no?

En efecto.

Nos gustaría contratar sus servicios.

¿Podemos pasar?

Desde luego.

Le presento a Mademoiselle Bernadette Elma.

Mi nombre es Jacques Lebon.

Director General, Tele 3.

4, Rimbardier, París.

Busco a un hombre.

¿Aquí, en Barcelona?

Aquí.

Es el hombre de mi vida.

Conocí a Lekos hace unos años.

Él acababa de llegar a París y visitó el museo en el que yo estaba haciendo

prácticas.

Era un inmigrante griego.

con pretensiones de pintor y una difícil supervivencia en París.

De hecho, me insinuó que le invitara a comer a los pocos minutos de haberle

conocido. Me pareció un caradura, pero un caradura guapísimo.

Tenía un maravilloso cuerpo de atleta griego.

Una semana después de nuestro encuentro, se vino a vivir a mi apartamento y lo

llenó de perfume griego.

Trajo consigo todo lo suyo. No me refiero a sus objetos materiales, que

pocos tenía.

Mi casa y yo misma.

Nos convertimos en una colonia griega en la que él desembarcaba como quería y

cuando quería.

Sustituí mis amigos por sus amigos.

Mis recuerdos por sus recuerdos. Mis gustos por sus gustos.

Incluso cambié mis comidas. Y durante mucho tiempo no probé otra cosa que

especialidades griegas.

Hola. Que si no me das dinero, me voy a Cáritas.

Si se quedan allí contigo, podría ser una buena solución.

Pero no caerá esa breva.

Cría padres y te sacarán los ojos.

Elisa, mi hija.

Nuevos clientes, ¿eh?

Ya era hora.

Encantado de la oficina.

Ella es muy guapa. Te gusta, ¿verdad?

Tened cuidado con el sabueso.

Mete en la cárcel a más gente de la que saca.

Y a ver si llamas a la tienda, que el frigorífico está vacío. A sus órdenes,

señorita.

Chao.

Adiós.

¿Tienen hijos?

No, no se preocupen, ya no volverá.

Tiene gasolina para un par de días.

Beban, beban.

Hay que beber para recordar.

Excelente vino.

Excelente.

Continúe, mademoiselle.

¿Dónde perdió a ese hombre tan fascinante?

Ningún hombre puede aceptar que otro hombre sea fascinante, a no ser que se

trate de un homosexual.

Pero aunque lo haya dicho en broma, es cierto, era fascinante.

Y no, no lo perdí.

Se marchó.

¿Y por qué?

La culpa fue mía.

Le acosé demasiado, le agobié, lo sé muy bien.

Íbamos camino de cumplir viviendo juntos los dos años.

Aunque los últimos meses, por mis dudas y mis sospechas sobre su doble vida,

habían sido para mí angustiosos.

Él ya se había hecho económicamente casi independiente.

Ganaba algún dinero posando como modelo.

Un día sin más, no volvió.

Y no me avergüenza decir...

Que sentí que lo perdía todo.

Y que caí en la más absoluta desesperación.

Incluso intenté suicidarme.

Y es ahí cuando entro yo en escena.

Mademoiselle Dermat era mi vecina.

Una noche fui avisado por la portera de la finca para que la ayudara a evitar

que Mademoiselle se muriese.

Más tarde pudimos comprobar que no había tomado las pastillas suficientes como

para matarse.

Quería llamar la atención del griego y solo consiguió despertar a su portera y

al vecino.

Desde ese momento, la tomé bajo mi protección.

Adivino lo que está pensando, pero créame, Messier.

Mis necesidades sexuales no son siempre acuciantes.

Por el contrario, siento una enorme curiosidad por el comportamiento de las

personas.

Y he de confesar.

Que Mademoiselle es tan pertinaz en sus desgracias.

Cuando ya parecía resignada, se encuentra con la noticia de que su

en España.

En Barcelona en concreto.

Y de repente le renace la obsesión de buscarle, de proponerle volver a

No hay que olvidar que es el hombre de su vida.

Que se vive solamente una vez.

Y hay que aprender a vivir y a querer.

¿Eso es un verso o un refrán? No, es un bolero que cantaba mi madre.

Ya, bueno, yo he venido en viaje de negocio relacionado con las alenciadas,

que no tenemos mucho tiempo, como máximo seis días.

Bien, ¿por dónde empezamos?

El griego es todo de ustedes, a mí es un problema que no me interesa.

Mademoiselle, ¿por dónde empezamos?

¿Qué más hay? ¿Qué otros datos tienen?

Nada ¿No saben qué sitios frecuenta? ¿No han preguntado en el consulado o en la

embajada de Madrid?

Sí, pero ha sido inútil Nadie sabe cómo ha entrado en España ni él se ha puesto

en contacto con ninguna autoridad griega o francesa Solo sabemos que está en

Barcelona por sus padres

¿Por sus padres?

Sí, de vez en cuando les escribe, aunque no pone remite.

Pero no olvide que sólo sabe posar y pintar.

Le servirá para empezar, ¿no?

No es mucho.

¿Han leído los periódicos de esta mañana?

¿Se refiere al griego muerto por la policía?

Una arredada, una triste noticia.

Pero ningún periódico dice que sea griego. ¿Cómo lo sabe?

Sorprendente, ¿verdad?

En una ciudad en la que apenas hay tres griegos, en un mismo día uno cae muerto

y a otro lo buscan ustedes.

Bien.

Haré cuanto esté en mi mano.

¿Dónde puedo encontrarles?

Nos hospedamos en el Hotel Gambia.

Muy bien.

Gracias, señor Bardón.

Encuéntrelo. Vivo.

body para esta mierda.

Mira las caritas de borrego que tenéis. A ver si os las miráis. ¡Venga! ¡Uno!

¡Dos! ¡Rodillas arriba!

¡Arriba la rodilla! Que tenéis que hacer la gimnasia con la cabeza y no con el

culo porque culo ya tenéis bastante, hijas. ¡Qué barbaridad!

¡Ay!

¿Y tú qué quieres?

Bueno, pues seguid vosotras solitas un ratito, ¿eh? Y no os mareéis monadas.

Pero bueno, ¿a ti qué se te ha perdido?

Las tratas peor que a mí. A ellas les gusta.

Son ricas y de vez en cuando les gusta que alguien las trate como a criadas.

Quita el cierre ahí.

Que se te ha perdido.

Nuestra hija me preocupa. Con tal de que te preocupa a ti ya es suficiente.

¿Qué iba a ganar con que me preocupase a mí también?

Se va a la cama con hombres de mi edad. Y tú te ibas a la cama con chicas de su

edad.

Pero claro, eso ya no es posible.

Eso es todo.

¿Y tu hijo no te preocupa?

Es un hombre de orden.

No tiene hasta mental como tú. Mira, lo mejor de haberme separado de ti es que

no tengo que aguantar tus frases brillantes.

¿Qué más quieres?

El teléfono de Artimbao.

¿Sigue lo vuestro?

¿Y a ti qué te importa? Porque tú eres un soplafollas, pero él es un

Si te lo doy, te vas.

¿Puedo telefonear desde aquí? Puedes, hijo, puedes. El servicio es completo.

3 -2 -4 -6 -8 -9 -8.

Hola, son soles. Qué bien te veo. ¿Qué tal, señor Bardón?

Vaya humor que gasta hoy luz.

Pues hoy aún tiene un buen día.

Tal vez por eso me deja telefonear.

¿Solo has venido a telefonear?

Quería hablarle de Elisa, pero no tiene ganas.

Luz siempre ha sido un mal padre.

Hombre, qué favorecida ha salido Luz en ese póster.

Hola, francés, ¿cómo estás?

Hombre, ¿qué tal? Bien. Perdone si te molesto.

Quería preguntarte una cosa.

¿Tú te crees que se puede encontrar un griego en cada esquina?

Hombre... Les tengo que preguntar a pintores jóvenes.

Como tú.

Los de Mida ya solo beben agua mineral y se ponen en la cola de las concesiones

de murales olímpicos.

Tú también, francés.

Yo también, Bardón, yo también.

Perdona que te parezca algo grosero, francés, pero ¿por qué no me consigues

y nos vemos a mediodía en Casa Leopoldo? ¿Eh? ¿Está bien?

Muy bien, nos vemos en Casa Leopoldo. Muy bien, hasta luego.

Ya no me llamas.

Luego, por tu bien, imagina qué luz se hubiera dado cuenta.

Pero si ya no es tu mujer.

Por favor, señorita.

Soy Juan Bardón. He llamado hace... ¿De qué empresa llama usted?

De la Chernobyl Langüesting House.

¿Cómo dice?

¿Puede repetirlo? Quiero saber cuándo tengo entrevista con el señor Bardón de

parte del bolchevique de su padre.

Ay, espere un momento, por favor.

¿El señor Bardón? Sí.

¿Su hija? me dice que no podrá recibirle hasta dentro de dos días.

Dígale que es muy urgente.

Y dígale también que he dejado de pagar el crédito para el que me avaló y que

los del banco van a por él.

Sí, sí.

Puede venir alguna.

Pero el señor, perdón, su hijo solo podrá atenderle unos minutos.

Le ruega sea puntual. Dígale a mi hijo que de acuerdo y que estoy orgulloso del

sentido que tiene del tiempo.

Adiós, señorita.

Son soles.

No pierdas el tiempo conmigo. Te mereces algo mejor.

Muchas gracias, señor Bardot.

Buenos días.

Buenos días.

Por favor, el señor Lebron está en su habitación. ¿Quién?

Monsieur Jacques Lebrun.

No, no está.

¿Seguro?

Seguro. ¿Y su esposa?

La señora Lebrun no se aloja en este establecimiento.

Entiendo.

Pero le juego a usted su empleo a que Mademoiselle Delmas ocupe la habitación

del lado.

No me apuesto nada porque lo perdería.

Está en un cierto.

Pero se lo juego a que se equivoque respecto a lo que supone de ellos.

¿Por qué está tan seguro?

Créame usted, no hay muchas cosas en este hotel que me pasen desapercibidas.

Muchas gracias.

¿Mademoiselle Delmat también ha salido? No, ella no.

¿Quiere mirar, por favor, si el señor Lebrun ha dejado un sobre para mí?

¿Es usted el señor Silky Bell?

No, mi nombre es Pascal.

No Pascual, Pascal.

Muchas gracias.

¿Tiene usted un sobre a mi nombre?

¿Cuál es su nombre, señor?

Esquivel, señor Esquivel.

Sí. Muchas gracias.

Dígame. Hola, Feli, soy Bardón otra vez.

¿Tienes un papel en la mano?

Sí, de nuevo.

Anota este nombre.

Ramón Esquivel.

Sí. ¿Estás muy ocupado esta mañana? Como siempre.

Averigua, por favor, todo lo que puedas de él. Llámame a eso de la...

Espera un momento, Félix.

¿Sigues ahí, Félix?

Sí. Oye, dime, ¿qué ha encontrado la policía del viejo ese muerto?

Sospechas.

¿Todavía nada especial?

Nada. Vale, llámame a las dos y media que salió el posto. Hasta luego.

Le advierto, Monsieur Dordogne, que la historia de Mademoiselle Dormat es una

historia muy romántica.

Ella es muy romántica.

Nuestras relaciones sexuales se habían reducido.

Y su capacidad de fantasía tampoco era la misma.

Cumplía como si fuera un actor rutinario.

Como un actor que se sabe muy bien el papel, pero...

que lo interpreta sin dar otra cosa que su presencia.

No soy una mujer paciente, así que no pasó demasiado tiempo sin que se lo

en cara.

Caí en el tópico de preguntar quién era la otra, de dar por hecho que la había.

Y él, en vez de tranquilizarme o de hundirme del todo con la verdad, me dejó

gritar, dejó que me desesperara y se mantuvo en la ambigüedad.

Yo le seguí.

Le espié durante semanas.

Pero no descubrí nada.

Y eso me deprimió más porque saqué la conclusión de que era yo la única

del fracaso de nuestras relaciones.

El punto sin retorno llegó una noche cuando, después de faltar al trabajo,

había pasado todo el día en casa deprimida.

Mi conocimiento del griego era escaso, así que estuve hasta la madrugada

traduciendo la carta.

Poco a poco se me iba desvelando el contenido.

Sí, era una carta de amor.

Una carta de amor dirigida a una tal Mitya, que al parecer había llegado

poco de Samos.

La carta aludía también a los problemas de Mitya con la droga y al ofrecimiento

de Alecos para ayudarla a superarlo.

Por fin tenía en mis manos una prueba.

Aunque, con prueba o sin prueba, no podía soportar la idea, la simple

idea de Alecos en la cama con otro cuerpo.

Ni podía soportar el recuerdo de sus lágrimas por alguien que no era yo.

Yo solo pensaba en no perderle.

Y tanto quise demostrarle que le quería, que le hice la vida imposible.

Y un día se marchó.

No se fue a vivir con Mitya.

Él sabía que no les habría dejado tranquilos.

Es más, lo mantuvieron tan en secreto.

Y sus amigos griegos les protegieron de tal modo que nunca ha logrado ni conocer

a Mitya ni saber su paradero.

Y eso que, por intentarlo, abandoné tanto mi trabajo en el museo que estuve

punto de que me expulsasen.

¿Usted cree que ahora está aquí con ella?

¿Verdad?

Puede ser.

Jack Slebrun.

¿Sabes lo que me pides? ¿Sabes cuántos extranjeros están en estos momentos en

ciudad tratando de sacar tajada de las olimpiadas?

Mira, una olimpiada conlleva desde un alfiler hasta un elefante. Y yo tengo

colección entera de vendedores de alfileres y otra de vendedores de

Este mercadea con la cultura.

Está bien.

Apartado de cultura, Francia, programas de televisión. ¿Tú sabes cuántas ofertas

de televisión tenemos?

Conoces mis limitaciones, hijo.

Chan.

Búscame en el ordenador a Jax Lebrun, producción de series educativas

Ah, y llama al hotel a Zarco Barcula, seguramente ya ha vuelto.

Este es un yugoslavo que es un fenómeno. Le vende a los árabes lo que les eches.

Te veo muy bien. Un poco pálido, pero bien.

No vuelvas con tu sarcasmo, papá. No tengo demasiado tiempo para el sentido

humor.

Sí.

Está bien, pásamelo.

El desafío de la Olimpiada es terrible.

1992 es un año decisivo. Todos los ojos del mundo están pendientes de España.

No nos había vuelto a suceder desde la Guerra Civil. Me parece que fue entonces

cuando merecimos por última vez la portada del Time. La nostalgia es un

papá.

Santiago. Hola, ¿cómo estás?

Pues nada, hijo, hasta el cuello no doy abasto.

Encima quieren que me ocupe de un asunto de la Villa Olímpica.

No, no, no me ha dado tiempo.

Pero descuida, ya te dije que lo dejaras de mi cuenta.

¿En Los Ángeles?

No, no sé nada de eso.

Me extraña mucho.

Habla tú primero con Patiño y me cuenta.

No, lo siento, el jueves me voy a Cinegrado.

Llámame el miércoles.

No, no tengas cuidad de él. Hazme caso.

Bueno, un abrazo.

¿Para qué lo quieres? De esta oficina no puede salir información así como así.

Sí. El señor Barquiola no ha regresado al hotel.

Bien, vuelvo a insistir.

¿Puedo?

Se trata de un cliente mío. Aquí nos jugamos millones de pesetas cada minuto.

No, no tiene nada que ver con tu negocio multinacional. Se trata de un griego,

de un pobre griego que huye de una mujer.

¿Me lo juras? Te lo juro.

Sí.

¿Qué quiere ese idiota?

Hombre, hay un cuerno. Pásaselo a Fernando.

Que sí, pásaselo.

Tu ordenador es una porquería. ¿No tienes nada más?

Nada más.

¿Ni siquiera una ligera impresión personal de Monsieur Lebrun?

¿Impresiones personales? ¿Para qué quiero yo impresiones personales? Vamos

ver, yo realizo 40 contactos diarios. ¿Quién retiene 40 impresiones

Tal vez cené con él un día.

Sí.

Sí, ya acabó.

Bien.

Perdona, papá, pero tengo ahí fuera desde hace un rato a unos empresarios

japoneses y... Te invito a cenar un día de estos, en mi casa, si quieres.

¿Con tu hermana? Solo tomo ensaladas italianas y pescados azules a la

mi hermana me saca de quicio. ¿Por qué los azules?

Por el colesterol.

Bueno, yo no tengo colesterol todavía, pero más vale prevenir.

¿Va todo bien, papá?

Todo bien.

Te llamaré.

Bueno, llama primero a mi secretaria, ya sabes que viajo mucho.

Cuídate, papá.

No hablamos el mismo idioma, pero se te quiere.

Yo ya no hablo, miro.

¿Elisa bien, mamá?

Elisa mal, pero bien. Y tu madre, no sé, no contesta.

Adiós, papá.

La madre.

Adiós, papá.

Adiós, papá.

Adiós, señor Padrón.

Sayonara.

Yo no entiendo a los pintores jóvenes.

Toda mi vida he defendido que cualquier tipo de pintura es lícita.

Incluso en unos tiempos en los que había una feroz dictadura del abstracto. Y si

le caías mal a un par de críticos no te comías un rosco.

Pero es que ahora cualquier chalado pinta con la escobilla del váter un

al SIDA y al día siguiente tiene el cuadro colgado en el Museo Municipal.

Te estás haciendo viejo, Frances. Tienes todos los síntomas.

Hoy lo que cuenta no es tener una gran técnica, sino una buena imagen.

A mí me lo vas a decir.

¿Quieres mi postre? No tengo casi hambre.

Toma.

Vale.

Si tu griego posa, lo más normal es que lo hagan las escuelas de bellas artes.

Tanto en la oficial como en las menos oficiales.

Bueno, Eina, que está camino de tu casa. Pero por lo que me cuentas, lo más

probable es que lo encuentres haciendo retratos para turistas junto a la

catedral o la Sagrada Familia.

Pero antes vete a ver a mi amigo Dottras.

Es el más colgado de los pintores de mi promoción.

Aún se disfraza de joven.

Si ese griego existe, Dottras lo conoce. Y si fuera maricón, mucho más.

¿Ah, sí? No, no es que Dottras sea maricón.

Es a su mujer, a quien le encanta ser homosexuales por la vía materna.

Y... ¿Totras contempla?

Totras descansa.

Cuando la conozcas, lo comprenderás.

Hola, ¿qué hay?

¿Qué quiere? ¿Está a votar?

Preguntan por papá.

No está.

Ha salido. ¿Es tu madre?

Quiere hablar contigo, mamá.

No puedo.

¿A quién busca?

A un griego.

¿Tenemos un griego, mamá?

Dos.

Necesito hablar con usted.

¿Nos conocemos de algo?

Me han dicho que cuando hace buen tiempo saca de paseo a los maricas de la

ciudad. Tengo un buen sentido de la maternidad.

Los maricas, pueblo general, no suelen crecer del todo.

Usted por lo que se ve creció demasiado.

Busco a un griego con cuerpo de antinó y cabeza de pirata turco.

Hay muchos cortados por ese patrón.

Se llama Alecos.

Ejerce de pintor y es modelo.

Venga a nuestra fiesta esta noche.

A veces viene un griego y a veces un moicano.

Pero siempre es el último griego y el último moicano.

Se bebe vino de garrafón. Se fuma lo que se quiere.

Pero aquí nadie se pincha.

Ni tenemos problemas raciales.

¿Tiene usted sida?

No creo.

Me alegro.

Porque hasta casa no tiene nadie que tenga sida.

Nadie. ¿Hay que traer algo para la fiesta?

Amigos, todos los que usted quiera. Y alguna botella con la que pueda

sorprendernos.

¿Qué le parece un whisky nocando de 20 años?

Si trae usted eso, tendrá tratamiento de zar.

Me convertí en una colonia griega en la que él desembarcaba como quería y cuando

quería.

¿Diga? Hola.

Hola, papá. ¿Qué haces?

Nada, jugando.

¿Y tu amante?

Está en la calle.

¿Está sola?

Sí, es que se ha ido por una pizza.

Pero igual vuelve.

Tendríamos que hablar con más frecuencia.

Sí. Pero esta noche no, porque tengo trabajo hasta muy tarde. Otro día

mañana o pasado mañana, si te parece.

Ya. ¿Y qué?

¿Tu trabajo de esta noche es muy peligroso?

Tu trabajo de esta noche.

Pues no sé.

Yo sí que lo sé.

¿Has cogido tu pistola?

Sí.

La querrás impresionar, ¿no? ¿Qué dices?

Que si vas a disparar.

Pues claro que no.

Pórtate bien.

Y cepíllate los dientes. Sí.

Acuéstate pronto. Y nada de tele, ¿eh? No, nada de tele.

Nada. Hasta mañana.

Hasta mañana.

Juan,

soy yo, Félix, tu seguro servidor. Tengo algo sobre la Roque, el abogado de tu

francés. Últimamente está haciendo mucho dinero, ¿sabes? Al parecer su clientela

está relacionada...

Especulación inmobiliaria. También se habla de operaciones de blanqueo de

con ayuda de foráneos, italianos y franceses en particular.

¿Te dice algo?

Hasta otra.

Encantada de volverle a ver.

Son dos mil pesetas por persona.

Eso no estaba en el programa. Aquí hay a cambio.

Lo que busque a ver no lo verá en ninguna otra parte de la ciudad.

¿Mademoiselle Delmont?

Encantada. Monsieur Lebrun.

¡Va, di felicidad!

Señores, bienvenidos a esta casa.

Querido, te presento al señor. Bardón.

¿Perdón? Bardón.

Tiene mucho interés en conocerte, ¿no? ¿Qué tal? ¿Qué le parece la fiesta?

Interesante.

Aquí hemos conservado el ambiente de los últimos años 60, cuando aún todo era

posible. Islas así ya no quedan en la ciudad.

Cada generación tiene derecho a su nostalgia, ¿no cree usted?

Yo no creo en casi nada.

¿No pertenece a ninguna religión? Me da tanta pereza apuntarme a una lista como

borrarme de ella.

¡Adore al sol!

¡Es el dios de la vida!

Uno y otro me hacen daño en los ojos.

¿Arroz con curry, señor Baldón? Me hace daño al estómago.

Oh, esto sí.

Esto me gusta.

¿Y mi griego?

Ahí lo tienes.

No es él.

Pero un griego lleva a otro griego, querida. Es Axelopoulos, el más

pintor griego que conozco.

Vengan, vengan.

¿A cuántos jóvenes pintores griegos cree que conocerán?

No me he equivocado.

Alicos está aquí.

¿Dónde? Solo sale por la noche.

Dice que vive por un lugar que llaman Pueblo Nuevo y que de noche y a tarde

suele ir a una casa de comidas de una pequeña plaza.

Hable con él.

¿Usted sabrá de qué sitio se trata?

Sí, cierto. Se trata de un barrio obrero lleno de fábricas abandonadas.

Allí terminan ahora la Villa Olímpica.

Vamos.

¿Ahora?

Sí. Mañana puede ser demasiado tarde.

¿A dónde vamos?

¿Para México?

No. Un poco más lejos, a Icaria.

¿Ah? ¿A fin?

No es una broma.

Esa parte de la ciudad, hoy casi desaparecida por la piqueta olímpica, se

construyó en homenaje a Icaria.

Era un barrio obrero.

Y los obreros del siglo XIX también soñaron en llegar algún día a Icaria.

A la zona más industrial del Pueblo Nuevo se la llamó también la Manchester

catalana.

Es curioso como los patronos soñaban con Manchester y los obreros con Italia.

Ya estamos llegando.

¿Puedes esperar un segundo?

Yo quiero saber qué podemos encontrar aquí.

Solo yo tengo interés en encontrar a Lekos.

Estamos buscando a un pintor griego. Sí, es este.

Por aquí pasa mucha gente.

¿Todos griegos?

No le pedimos el carnet a nadie.

Jefe.

¿Qué ocurre?

Debe ser de la policía. Tú no sabes nada. Voy a ver ahora.

Me han dicho que están buscando a Lecos.

Madame busca a su marido.

Últimamente viene menos por aquí.

Pero vive bastante cerca.

En un almacén abandonado que él llama... Escala.

Ha puesto un rótulo con ese nombre en la puerta. Pero nunca hemos pasado dentro.

Le conocemos de verle aquí.

A veces hemos hecho el mismo recorrido juntos.

Nosotros trabajamos en una antigua fábrica de batas convertida en estudio.

Pero luego él sigue más allá.

Cuando acabemos de cenar tenemos que volver al estudio.

Si quieren pueden venir con nosotros y les señalaremos el camino.

Gracias. Hasta luego.

Es Alecos, no hay duda.

¿Qué significa Escala?

Es el pequeño puerto de Padmos, la patria de Alecos.

Estuvimos allí hace dos veranos.

Dimos una vuelta por la isla en barca.

Tricou, Tiacofti, Ora.

La gruta donde dicen que San Juan escribió el Apocalipsis.

Fue un viaje inolvidable.

Y me llevó el espíritu al desierto y vi a una mujer vestida de púrpura y

escarlata, adornada con rubíes y perlas y con un cáliz de oro en la mano,

lleno de abominaciones y de la suciedad de la carne.

Apocalipsis, capítulo 17, tercer versículo.

Sabe, M. Bardón, que...

¿Patmos no queda lejos de la isla de Icavia?

¿Conoce también Patmos?

Estuvo con Alecos un año después que yo.

Alecos es tu problema, querida.

¿Y el tuyo no?

¿Vienen?

Vale, muchas gracias.

Seguid de frente y luego torcéis por la calle que se ve al fondo a la derecha.

Un poco más adelante hay una fábrica abandonada con un letrero de cerámica

roto.

Allí encontraréis a Lecos.

Cerrada y bien cerrada.

¿Desde dentro? Creo que sí.

Quizá haya algún tuco o alguna otra entrada.

Nuestros amigos modelos deben saberlo.

Sonaba por allí.

A no ser que el viento nos engañe, me sé.

Tendremos que probar.

Realmente fascinante.

de este doloroso mundo está cerca.

No penséis en ir a buscar vuestro dinero escondido. No penséis en ir a encontrar

a vuestro amante.

Ni en recuperar el tiempo perdido. Ni en cambiar aquello de lo que ya estáis

arrepentidos. Ya no hay tiempo, amigos míos. Ya no hay planes, ni proyectos, ni

destinos. No existe el futuro.

Nada queda de allá del pasado.

Sean bienvenidos.

Estoy preparando mi discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes.

¿Esto es un alcachofa? No, señor.

Es una bellota columpiante.

¿Y dónde la piensa sembrar? Eso depende del ayuntamiento. Supongo que en algún

parque.

¿Esto es un encargo?

Sí, señor. Un monumento a la verdad relativa.

¿Una bellota? Una bellota.

¿De qué tribu sois vosotros? ¿Cómo es que habéis aterrizado por aquí?

Buscamos a un griego, que también es pintor.

Tú tienes pinta de ser de La Pazma.

¿Lo eres?

No, soy el primo al salvo. Un amigo de la familia.

Hay un griego que anda por ahí, pero no sé dónde está. ¿Se llama Lekos?

Sí, creo que sí. ¿Y viene por aquí?

No, ya no.

¿Tú qué eres de ese griego?

Su mujer.

¿Qué ha llamado él?

Hemos estado en la fábrica que ocupa, pero está cerrada.

¿Usted cree que estará dentro?

No lo sé.

A veces se junta con otros griegos. Es posible que esté por ahí dentro.

¿Por matentar en esa fábrica por otro lado?

No serás de la pasma, pero preguntas como si lo fueras. ¡No lo sé!

Gracias. ¡De nada!

Creo que nos llevará a los modelos.

¡Uno, dos, tres y cuatro!

¿Pero qué pasa?

¿Creéis que estáis en las ramblas dando un paseo?

¡Un, dos, tres, arriba!

¡Un, dos, tres, vuelta!

¡Un, dos, tres, caderas!

¡Vamos, vamos, no veo esas caderas!

¡Arriba! ¡Un, dos, tres y vuelta!

¡Un, dos, tres, mano y caderas!

Minutos de descanso, solamente tres minutos.

Nada de fotografías, nada de fotografías, ¿eh? Esto está muy verde

No venimos a hacer fotografías, buscamos a un grupo de modelos. Un grupo de

modelos, y luego hacen fotos cuando quieren.

¡Pepe, apaga la luz!

No hacemos fotos, buscamos a un griego. Ahora resulta que los modelos se han

convertido en un griego.

¿No conoce a un pintor griego que utiliza una de estas fábricas

aquí cerca?

No salgo de estas cuatro paredes. ¿Tampoco sabe nada de los morenos? Andan

ahí al fondo.

Muchas gracias, señora.

¿Conocéis a un griego que se llama Alecos?

Es pintor.

¿No sabéis cómo se entra en su estudio?

Se llama Alecos.

Alecos Faranduris.

Vive por aquí cerca.

¿No sabéis dónde está?

Es pintor.

Se llama Alecos.

No le conocía.

¡Y fotógrafos y delincuentes fuera de mi lista!

En busca del santo grial, muchas son las peripecias que el caballero Perseval

tuvo que pasar.

Destapas una bruma y las encuentras llenas de locos y magos.

Habría que secarlas y poner entradas a la venta.

¿Conocía usted esto, mi siervo?

No es que estamos todos alucinando, son todos.

Puede ser él.

¿Qué dice?

Que puede ser Alejos.

A estas alturas ya debe saber que le estamos buscando.

¿Alejos?

¿Quiénos todos?

Vosotros. No os mováis o me cargo a esta tía.

Venga, tira el bolso.

Y las carteras.

Que no os mováis, he dicho.

o la dejo seca. Me cago en mi puta madre.

Háganle caso, tiene un arma.

¿Y tú, muchacho?

Tranquilo, tranquilo, que aquí nadie quiere ningún tiro.

Ya estáis oyendo, ¿no?

Vamos, dele todo el dinero que lleva en el bolso.

Tira el bolso.

¿Qué estás esperando?

Tira el bolso.

Venga, coño.

Vamos, venga.

Tíralo ya.

He dicho que le dé el bolso.

Vaya al bar a llamar a una ambulancia.

Es grave.

Si se lo llevan pronto, espero que no.

¿De verdad quieres ir ahora?

¿Cuándo si no?

Mañana temprano.

Esto me parece especialmente tenebroso.

Me da igual.

Necesito acabar con esta historia. No lo comprendes.

Es que ya no quieres terminarla también tú.

Tranquila, Bernadette.

No vas a cumplir lo convenido.

¿Tú estás decidida a llegar hasta el final?

Sí.

Y yo también.

Siempre estaré a tu lado.

Ya lo sabes.

¿Qué tal?

Bien. Ahora les toca a ustedes.

Han subido por aquí.

¡Alecor!

¡Para acá no!

Soy yo.

Discúlpela, está muy emocionada. Y realmente todo lo que usted podía hacer

ha hecho. Y muy bien.

Asombrosamente rápido.

Ha sido relativamente sencillo. No queremos molestarle, pero usted ya ha

terminado su trabajo.

Ahora es cosa nuestra.

Completo.

Le acompañaré hasta la salida.

Puedo encontrarlos.

Le acompañaré, de todos modos.

Venga la linterna.

La necesitarán cuando salgan de aquí. Le mandaré un cheque. Bien.

Es probable que no volvamos a vernos.

Pero no creía.

Quizás sea necesario.

No tendrá queja del cheque.

Adiós, Monsieur.

Necesito urgentemente un hospital. Dígaselo a Mademoiselle Velma. Es

ella no se dé cuenta.

Mi héroe al fin ha vuelto.

Hola.

Qué sorpresa encontrarte sola.

Es la primera noche que duermes sola en los últimos meses.

¿O me equivoco?

Te equivocas.

A veces te hago creer que estoy con alguien cuando en realidad estoy sola.

Como esta noche.

Te vuelves a equivocar.

Está durmiendo en el cuarto de invitados.

Le he echado por pesado.

Papá. Como tú, ninguno.

Te lo digo de verdad.

¿Nos acompaña a la comisaría, señor Bardón?

Lo imaginaba, fraguas, ¿verdad?

Estoy detenido.

Ya se verá.

¿Tengo tiempo para vestirme? No nos llevamos a nadie desnudo, Bardón.

Así que ahora se dedica a buscar mierda por los basureros. ¡Adelante! ¡No se

pare!

Estoy deseando poner la linda a este pastel.

Según tengo entendido, se ha dedicado recientemente a buscar a un griego. Y a

pobre yonque que se mete por medio a lo frío a tiros. Aunque ni siquiera es

capaz de acertarle de lleno. Con lo que por una vez en su vida habría hecho algo

útil a la sociedad.

Eso queda para ustedes.

¿De qué conocía usted a Alecos Faranduris?

Nunca llegué a conocerlo.

Hay más de una docena de personas que juran que usted ha estado buscando a

Alecos Faranduris Como si en ello le fuera la vida.

No iba solo.

Es cierto.

Poco después, Alecos Farandubis aparece muerto por una sobredosis de heroína.

Una sobredosis que podía haber matado a un caballo.

¿Quiere que me chupe el dedo?

¿Por qué buscaba con tanto enco a ese fiambre?

Piense usted en qué interés puedo tener yo en encontrar a un griego moribundo.

Usted es un mercenario, desde luego, y eso voy.

¿Quién estaba interesado en encontrar a ese griego?

Sus parientes me localizaron desde Francia.

Estaban intranquilos por su desaparición y me pusieron en su pista. Les constaba

que se movía por Barcelona y recurrieron a mí porque mi fama ha traspasado las

fronteras.

Enhorabuena. A usted puedo decirle que fue relativamente fácil dar con él.

Aunque a mis clientes les diré que fue extremadamente difícil para justificar

minuta. Sí, lo comprendo, lo comprendo.

Hoy por usted, mañana por mí.

Exactamente. Y eso es todo.

Vi a Faranduris en un almacén abandonado de Pueblo Nuevo, a donde me llevaron

las referencias de quienes lo habían conocido.

Estaba muy mal.

¿Piensas decir con quién iba?

No.

Ni creo que pueda añadir nada a lo que usted ya sabe o le interesa saber.

Forma parte de mi secreto profesional.

Pero respondo de lo que le he dicho.

Si Faranduris no estaba muerto, poco le faltaba.

Parecía muy enfermo.

En efecto, lo estaba.

¿Siga?

Siga.

Buen diagnóstico. Tiene usted un ojo clínico. Tenía cara de enfermo de moda.

Desde que llegó a Barcelona hace seis meses, seis meses, perdón, ha estado

hospitalizado en tres ocasiones y en la última se marchó sin decirle buenas.

Estaba desanciado y desapareció.

Y ahora reaparece muerto. Pero no precisamente en el interior de un

señor Bardón, sino en la playa.

Tenía la jeringuilla puesta, ¿verdad?

Desde luego.

Muy bien, entonces, caso cerrado.

No es el primer vagabundo extranjero enfermo que se mete una sobredosis para

terminar de una vez por todas. No, no es el primero.

Pero este ha sido muy buscado.

Además, usted es la única persona que puede llevarnos a sus parientes.

Porque supongo que querrán recuperar el cadáver para darle cristiana sepultura.

Trataré de ponerme en contacto con mis clientes. Le hemos encontrado un

pasaporte en el que consta la dirección de un hotel de París.

No un domicilio familiar.

Un pasaporte bastante reciente. Y lo curioso es que en ese hotel apenas

el tiempo suficiente como para poder tramitarlo.

Como si quisiera borrar huellas.

Como si quisiera evitar que alguien le encontrase.

¿Me sigue?

Desde luego.

Señor comisario, ¿hay algún informe policial?

Todavía no, pero parece limpio. De ser sucio ya habría llegado.

Agradezco mucho su confianza, comisario, pero tengo asuntos muy urgentes que

me... ¡Yo también!

Hay otra cosa, perdón. ¿Qué sabe del otro griego, el que murió el martes en

relada? ¿Es que también quiere cargarme ese muerto, comisario?

Los compinches han declarado que el fallecido se vio el día antes con su

cliente. Que le compró heroína y que le dio más dinero a cuenta de algún otro

servicio.

Incluso el mismo día del óbito parece que iban a reunirse de nuevo. Mis

le vieron por allí.

¿Tiene alguna respuesta interesante para esto?

Yo creo que mi cliente buscaba información.

Quizá. Si la policía no se carga a ese griego, yo no hubiese tenido trabajo.

¿No querrá usted una comisión, señor comisario?

¡Dame la referencia de sus clientes!

Comprenderá usted que primero he de hablar con ellos, pero le aseguro que

sabrá noticias mías. ¡Sabré noticias de usted mucho antes que usted la sepa!

¡Como me toquen los cojones haciéndose el chulo de mierda!

¡Ándese con ojo, huele baraguetas!

Le puedo sacar mucha punta al asunto.

Quítalo de vista.

Muy bien.

Lo siento, señor.

Monsieur Lebrun se fue esta mañana.

Así es, a primera hora de la mañana.

Efectivamente, Manuel, es el del mar también.

De nada.

Adiós.

Sube a esto, señores.

No pensaba yo que aún quedasen reductos de generosidad en este mundo.

Desengáñese, Bardón. Le estarán pidiendo algo a cambio.

Sí, ¿verdad?

Seguro. Ya me parecía a mí.

Por lo pronto pide conformidad. Luego pensaré si lo devuelvo.

Pedro, préstame el teléfono un momento. Tengo el mío pinchado. No me diga que se

ha pasado a la política.

No, aún no.

Todavía me defiendo solo.

Pedro, pásame el periscopio, por favor.

Perdón, señorita. Buenos días, soy Juan Bardón. Póngame con mi hijo. Es muy

urgente, ¿sabe?

¿Cómo lo ve?

Pequeñito. A ese me lo quito de encima, ahora en el mercado. Sí, diga, señorita.

¿Cómo que está reunido?

Yo también estoy reunido en estos momentos.

Ya, muy importante, lo entiendo.

Pero mientras no esté sordo... O se le haya caído el brazo, podrá coger el

teléfono, ¿verdad?

Al alcalde le quedan todavía dos años de mandato, señorita. En cambio, mi asunto

es de vida o muerte.

¿De qué

va ahora, papá?

Ah, hola, hijo. ¿Cómo estás?

Necesito saber si el francés ese del que te hablé, el de la televisión, Jacques

Lebrun, sigue en Barcelona o ya ha terminado el asunto que os ocupaba. ¿Eso

todo?

Es bastante, te lo juro.

Justifica que me hayas levantado nada menos que de una reunión con el señor

alcalde. Con Pascual hablas todos los días, mientras que yo soy tu padre.

No me lo recuerdes. Es un asunto de vida o muerte, es una cosa seria.

En efecto, Jacques Lebrun no ha salido de Barcelona porque me han confirmado

reunión con él para mañana por la mañana. No ha dejado dirección.

No, tengo una cita a las diez y media, eso es todo.

La madre.

Mario.

Sin problemas.

Dinero contante y sonante.

¿Cómo está mi cuenta, Pedro?

129 .530.

Número rojos.

Todavía. Eso suena peor que una palabrota. ¿Sabes lo que te digo? Que

tener fe en la buena intención de las personas.

Mételo en mi cuenta.

Adiós, señor Bardón. Adiós.

¿Y el señor Lebrun y Mademoiselle se marcharon juntos?

Juntos y con todas las maletas.

Fue una decisión precipitada, porque en un principio... Por favor, madame.

Porque en un principio habían reservado las habitaciones durante diez días.

¿Y se marcharon en el mismo taxi? No puedo saberlo.

Pregúntele al portero.

Muy bien, muchas gracias.

Sí, sí, el taxi era el mismo. ¿Oyó la dirección que dijeron? No lo oí, pero

seguro que iban al aeropuerto.

¿Por qué lo cree?

Yo distingo cuando se van al aeropuerto de cuando se van a otro sitio. No sé por

qué ni cómo. Es una manera de mirar al equipaje, de sentarse en el taxi.

¿Es un taxista habitual del hotel? No, no tenemos taxistas habituales, pero le

conozco. Ronda a menudo por aquí o se pone en la parada del cruce de Gran Vía

con Rambla de Cataluña.

Se llama Germán, aunque a veces lleva el taxi su sobrino.

También se dedica al reparto de prensa con una furgoneta. ¿Qué prensa?

Ah, oui.

Su taxi. Gracias.

Ha hecho bien en volver. Ha pasado Germán.

Y hablé de su asunto y algo me ha dicho.

Les llevó al aeropuerto, como le dicen. ¿A los dos?

Sí, a los dos.

Salida internacional. Fue el primer servicio casi de madrugada.

Parecía muy cansado y ella estaba muy pocha y muy deprimida. Y no hablaron una

palabra en todo el viaje. ¿Seguro que los dejó en el aeropuerto? Seguro, a las

siete menos cuarto. Eso dice Germán. Gracias. A usted, señor.

Y una cosa más, señorita.

Además de las listas de embarque, ¿tiene las de llegar a destino?

Espera un momentito, por favor. Gracias.

Trabajar ya no lo puede hacer.

Podría ser mi hijo.

Son soles marchando que es gerundio. Anda, vamos, guapa.

Es que no te entiendo.

Te pasas un montón de años sin enseñar la facha. Y yo tranquila. De pronto te

encuentro hasta la sopa.

Mira, este es mi trabajo.

Mi negocio. Y los moscones molestan sobre todo en un gimnasio de señoras.

¿Gimnasio de señoras? A mí me parece Dachau.

Tu opinión sobre mí hace años que la conozco. Y tú sabes perfectamente lo que

pienso sobre ti.

A ver, ¿de qué se trata?

¿Necesitas dinero?

Necesito un cómplice. ¿Y a quién vas a matar?

Mi hija.

Nuestra hija. Me asusta.

Está quemando su vida tontamente con esos amantes cada vez más viejos.

Mi hijo.

Nuestro hijo.

Me asusta. Es un yuppie. Un ejecutivo de acero inoxidable.

La chica ha salido a ti.

Es una perdedora, pero sarna con gusto no pica.

El chico ha salido a mí. Ya era hora de que a alguien le fueran bien las cosas

en esta familia.

Es un triunfador y te revienta.

A veces les veo como dos monstruos lejanos que necesitan ayuda.

Pero no sé cómo dárselas.

Los monstruos necesitan siempre ayuda.

Y tú lo sabes por propia experiencia, claro.

Estás deprimido, ¿verdad?

El problema no está en los chicos, sino en ti.

Probablemente.

¿Quién es ella?

No hagas preguntas de serie.

Mira, tú solo te deprimes cuando no consigues el juguete. Y las mujeres

han sido tus juguetes.

Menos yo.

Menos tú.

Mira, pues por eso. Porque no soy tu juguete. Adiós muy buenas.

Oye, dile a tu hija que tenga mucho cuidado con el SIDA. Y yo recomendaría a

hijo que haga gimnasia. Y así habremos cumplido los dos como padres.

Chao.

Paren ese de ahí.

A ver si hemos suerte esta vez que está aquí.

Vaya sitios que frecuenta, bardo.

He venido por si no encontraba pareja.

Se supone que me han de seguir disimulando.

No siempre. Me he cansado de seguirle.

Lamento que se haya aburrido.

Hoy no le voy a dar más lata. Estoy cansado.

Me parece bien. Cada mochuelo a su libro y yo a mi casa.

Lo de mochuelo es para mí.

Venga, suba. Le llevo a casa.

¿Qué? ¿A mi casa?

Ahora me dirá que gire a la derecha, ¿no, jefe?

Gire a la derecha.

Encantado.

Ahora por esta a la izquierda.

Todavía no me ha dicho dónde vamos.

No lo sé.

¿Dónde me sugiere usted?

Yo le recomendaría no salir de los límites de la Comunidad Europea, pero...

el que paga.

¡Lárguese!

Perdón.

¿Me buscaba?

¿O ha sido un encuentro casual?

No soy un habitual de estos funerales. De hecho, es la segunda vez que vengo.

Me gustaba más allá.

Las segundas partes nunca fueron buenas. No.

Nunca hay que forzar las circunstancias.

Lebron.

Usted cree controlarlo todo.

Pero no es así.

La policía me ha hecho preguntas que debo contestar cuanto antes.

¿Por ejemplo?

¿Quién reclamará el cadáver?

Solucionado.

Bernadette ya se ha puesto en contacto, esta tarde, desde París, con el

consulado francés.

Una vez ratificada la identidad de Alecos, yo me ocuparé de todo.

Tengo que estar todavía unos días en la ciudad.

Ya.

Y todavía tiene que pagar a cierto esquivel, cierto transporte a la playa.

Y también mañana tiene una cita en la oficina olímpica.

Y que haga deseo.

No solo soy un guía de Barcelona a la noche, también soy un investigador

privado. Que se olvida que su trabajo ha terminado.

No menosprecia al comisario Fraguas que se ocupa del caso.

Tiene reacciones imprevisibles y un adijón como un escorpión.

Sabe bien que yo iba acompañado.

Puede dar mi nombre si quiere.

Sabe que nos acompañaba una mujer.

Tengo a esa mujer.

Es una mercenaria francesa que sabe de memoria todo lo que hicimos anoche.

Hay mucha gente que reconocería a Bernadette.

Ella y la mujer son como dos gotas de agua.

Parece que está muy seguro de sí.

Sé que lo que le preocupa es Bernadette, pero créame, ella está a salvo.

Y a mí lo que me preocupa es mi tía.

Solo por él podía todo derrumbarse.

Lo hubiera puesto en la frontera, pero está tan deprimido que me da miedo

dejarle solo.

Desde que huyó con Alecos todo ha sido demasiado duro para él.

Pero bueno, basta con reclamar el cadáver para pasar la página.

Mírelo.

En París lo tenía todo.

Incluso llegué a matricularle en un liceo privado para que siguiera sus

estudios.

Pero sentía por Alecos una fascinación morbosa que se acentuó cuando supo lo de

su enfermedad.

Y le siguió fuese donde fuese, acabase como acabase.

Dígame, Lebrón.

¿Mi tía era la pareja de Alecos o la suya?

Pero porque tiene que ser necesariamente nuestra relación.

Un poco de capacidad, de matiz. Perdón, por favor.

Era nuestra obra.

Alecos lo veía a su manera y yo a la mía.

Y Bernadette.

Bernadette. Pobre Bernadette.

Al final se ha comportado como la típica hembra histérica.

Querían quitarle a su Alecos y eso no podía tolerarlo.

Yo tenía bastante relación con ellos.

Como pareja.

Lo que Bernadette no sabía es que cada día frecuentaba más a Alecos por

separado.

De ahí mi encuentro con Mitya.

Bernadette conocía la enfermedad de Alecos.

Lo sabía.

Los dos sabíamos que Alecos estaba herido de muerte cuando huyó de París

Mitya.

Alguien le dio la sobredosis.

¿Alguien tuvo la piedad o la soberbia de rematarle?

¿La piedad o la soberbia?

¿Cómo está mal visto?

Ya está bien, hijos de puta.

El espectáculo se ha terminado.

Esta es mi casa.

Os lo coméis todo.

Estos coméis mi inteligencia.

No vale lo que pagáis.

¡A la ala! ¡A vuestras casas!

Papayito, no te enfades. ¿Qué pasa?

Mira, mira cómo lo han puesto todos estos cabrones.

Pero estate tranquilo, no te enfades.

¡Venga!

¡Fuera de aquí, fuera!

¡La fiesta ha terminado, fuera!

¡Que no haya pagado, que deje el dinero en la entrada!

¿Usted quiere que le diga quién lo hizo, verdad?

¿Si fue ella o... o si fui yo?

Ale, que se haga suyo, ¿no lo entiende?

Ni siquiera la muerte podía llevárselo sin contar con ella.

Desde que llegamos a Barcelona tenía preparada la inyección en el bolso.

¿No la recuerda?

¿No la recuerda con los brazos cruzados sobre el bolso?

¿Y él?

Yo no sé de qué hablaba.

Pero usted pudo comprobar que desde que le vio se apoderó de él. Los demás

hablábamos.

Lo cierto es que Aleko se dejó poner la inyección sin protestar.

Yo diría que con un cierto alivio.

Supongo que habrá recibido mi cheque.

Le ofrezco mi agradecimiento y mi contento.

Ha sido un placer.

Mitya, acércate.

Despídete del señor.

Adiós, Valdón.

¿Qué hace esto aquí?

¿Cómo que qué hago yo aquí?

Llevamos Rupert y yo buscando de toda la noche.

¿Buscando a quién?

A un hombre fantástico.

Es verdad.

Qué suerte tengo.

¿Querrá usted venir esta noche a mi casa, señorita?

No sé.

¿Ah, no? ¿Por qué no?

Porque estás hecha una pena.

Y así no se puede conquistar a una mujer.

Anda, que te llevo yo a casa.

Te prepararé un buen baño y te meterás en la camita enseguida.

¿Vale?

Vale.

Haré todo lo que tú quieras.

Y tú no te preocupes, papá. Que yo cuidaré de ti.

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