All language subtitles for Las cuatro verdades B&N(1962)1h40Drm

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Original subtitles

Y aquí, Satillon le Villeneuve, o Villeneuve le Satillon, que esto todavía

ha puesto en claro.

Principales curiosidades de la ciudad.

La iglesia del siglo XIII, el ayuntamiento del XIX, el monumento a los

que curioso detalle, representa a una mujer.

Y aquí, la fuente.

Satillon le Villeneuve, 4 .382 hombres, Y una mujer.

Esta rara avis es el amor del fiscal sustituto Messier Corbeau, el Cuervo, a

quien vemos en una de sus actitudes favoritas.

Corbeau está dándose cuenta de que es peligroso pasear un pájaro raro por las

calles y de que es mejor dejarlo encerrado en su jaula.

El género masculino de Satillon Le Villeneuve está en ebullición desde el

que Messier Corbeau apareció en el pueblo con este ave del paraíso, este

Esta paloma, en resumen, esta parisina.

A partir de tan memorable día, Monsieur Renard, el zorro, propietario del

garaje, no deja de soñar con... Sí, sí, esa es la idea.

Pero para llegar a la mujer, primero hay que llegar a su dueño. Y claro está,

para llegar a éste, hay que trabar conocimiento con él.

En su casa imposible, Corbeau no recibe más que a personas totalmente

honorables.

Monsieur Corbeau reside en una caja fuerte que tiene como clave o

desconfianza, celos y sospecha.

Desconfianza.

Las pequeñas desconfianzas provocan los grandes celos.

Celos. De celos en celos, se acaba por caer en la sospecha.

Sospecha.

Te has sonreído. ¿En quién pensabas? ¿En quién?

Renard no desiste. Está dispuesto a alcanzar su objetivo a toda costa.

¿Pero cómo?

¿Venderle un coche a Corbeau?

Sería sin duda matar dos pájaros de un tiro.

Pero Renard debe renunciar a tal idea.

El hombre comienza a desesperarse.

Mas sé aquí que las casualidades de la vida van a ponerle en presencia de

Corbeau. ¿Será esta la ocasión ansiada?

Al principio, justo es decirlo, la situación no se presenta muy favorable.

Como la sala puede constatar, este hombre es un defraudador. Y robar al

es robar a 48 millones de franceses, empezando por usted, señor presidente.

¿A dónde llegaríamos si todos defraudaran?

¿No habría hospitales, ni carreteras, ni cuarteles, ni cárceles?

En pocos años volveríamos a la edad de piedra, a las cavernas. Nos

convertiríamos en fieras.

Es estupendo.

Supongo que la defensa dirá que la deuda del acusado no representa más que una

gota de agua en el océano de la economía nacional.

Pero yo respondo, aún quedan biberones vacíos en las casas cuna de Francia.

Pido por tanto que se condene al tal Renan a 15 días de reclusión y 5 .000

nuevos francos de vuelta.

La defensa tiene la palabra.

Cuando usted quiera, M. Colinet.

Señor presidente.

Cero en cálculo.

Su buena fe sorprendida.

La tasa progresiva y más realista que el rey.

El gran poeta Teodor de Bambil.

Su pobre mamá.

Ser justo y clemente.

La absolución pura y simple.

Dos días nominales de arresto y dos mil nuevos francos de multa. Ha terminado la

vista.

¿Sí? Señor sustituto, esto tal vez no sea muy protocolario, pero es

imprescindible que le hable.

Permítame ante todo que me presente.

Renard Corbeau.

Señor. Esto es muy embarazoso, usted me debe odiar.

¿Odiarle yo?

Pero señor sustituto, si he venido a felicitarle.

Oh, ¿qué es?

¡Tilo, qué mordacidad! Al escucharle francamente yo me decía, si ese

escapa con cinco años, habrá tenido suerte. Me colma usted de confusión,

Yo le aseguro. Cierto que soy sensible a sus alabanzas. Los cumplidos del

adversario son los que nos halagan más.

Pero piense que la sala hubiera aceptado mis conclusiones. ¿Estaría preso?

¿Estaría preso? Claro, en la cárcel.

Y más después de la mediocre oratoria de Messie Collinet.

Es un buen hombre, Coliné, pero le falta... Ah, sí, le falta.

¿Se puede decir que no tiene nada? Bueno, la verdad es que su caso era una

perita en dulce.

¿De veras? Sí, la absolución estaba clarísima. Dos mil nuevos francos de

Creo que le han robado.

¿Quiere usted permitirme? Muy amable.

Me gustaría hacerle una pregunta indiscreta.

Hable, hable, amigo mío. ¿Por qué ha escogido este lado de la barra?

La verdad, con el talento que tiene, podía haber sido un abogado

Indudablemente era una gran tentación. ¿Y tanto?

En los periódicos solo se habla de los abogados. Messier Florio por aquí,

Messier Garzón por allá.

Ni una palabra de nosotros.

Pero a cambio, ¡qué honra!

Aquellos representan a los ladrones, a los asesinos.

Defienden los intereses del mal con M mayúscula.

Nosotros defendemos el bien con B mayúscula. Y créame, amigo mío, este

sagrado tiene una grata compensación.

Qué admirable lo que acaba de decir. Es la verdad y lo ha dicho usted tan

sencillamente. La sencillez es el lujo de los ricos.

Hay otra definición estupenda. Realmente asombroso, mi querido sustituto.

Por favor.

Es un verdadero placer hablar con usted.

¿Me permite?

Gracias.

Encantado de haberle conocido. Hasta la vista, Monsieur Renard.

Mi respeto, señor sustituto.

Hasta la vista, ¿eh?

Renard lo tiene en cuenta y todas las ocasiones le parecerán buenas para

encontrarse con este querido Monsieur Corbeau.

¡Gracias!

Pero bueno, ¿qué edad me echa usted? No sé decir, 26 o 28 años.

Por favor, cumpliré los 40 en junio.

Bromea usted. No, quinta del 43.

Calay, es extraordinario, francamente extraordinario.

Por favor, perdón, señor sustituto.

¿Le importaría darme la dirección de su sastre?

No ha caído en oreja de sordo.

Una línea perfecta.

¡Duralex! ¡Sedlex!

¡Magnífico!

¡Duralex! ¡Sedlex!

¡Magnífico!

¡Magnífico! Sí, sí, sí.

No, no me encontraba bien. Sí, sí, sí. He fallado dos efectos, pero debió haber

venido el martes pasado. Un asunto de fraude en los impuestos sobre la renta.

Impecable. ¿El martes pasado?

Pero si estaba... ¿Cómo usted? Pues claro. Naturalmente. Pero si era el

encalzado que era yo.

¿Conserva usted los textos de todas sus conclusiones?

Siempre no.

Suelo romperlas.

Si tengo guardadas dos docenas, será demasiado.

¿Dos docenas?

¿Le divertiría echarles un vistazo?

No. Divertir no es la palabra. Me apasionaría.

No. Puesto que insiste, le dejaré que lea dos o tres. Qué amable es usted.

Lo malo es que las tengo en casa.

Madame Brochet nos ha dicho que si robó fue para comer.

Entonces que nos diga por qué se apoderó de ocho despertadores. Y de paso nos

puede decir también cómo se los ha comido.

¿Cocidos o a la plancha?

En este momento todos se echaron a reír. Es chusco, ¿no?

No puede usted, por favor, se rompe el ritmo.

¿Cocidos o a la plancha? Pero ironía es aparte, el hambre no fue el móvil del

robo. No hay más que fijarse en Madame Brossier para convencerse.

Era gordísima, enorme.

Para convencerse.

Entre Justine Brossier, la ladrona.

Y Fabián Milar, padre de dos inocentes criaturas y excombatiente de dos

el Ministerio Público, por su parte, ha elegido.

¿Cuál es su opinión?

¿Prefiere usted este o el del otro día?

Es difícil decirlo.

El asunto del abuelo en el pozo me gustaba. Además encuentro...

Que imita usted muy bien su grito de angustia. Es verdad, ¿eh? Era un... Sí,

Sí,

sí, sí, sí, sí. Qué sé yo.

Esta conclusión tal vez sea más completa.

Contiene al mismo tiempo ironía y drama. Pues ya me salió libre con la causa

sobreseída. No me diga.

Óigame, en cuatro años no he conseguido en todo y por todo más que 197 días de

prisión. Y sumando los acusados y sacando la media, representa muy poco

media hora de cárcel por barba. Pero tengo un colega de SIE que no llega ni a

los siete minutos de media.

Hay motivos para estar neurasténico.

Mi pobre Albert.

Le cuento todo esto porque le considero un amigo. Pero créame, quitándole a

usted, nunca hablé de mis penas con nadie.

Ni con la que comparte mi vida.

¿No iba usted solo?

Es que no lo sabía.

Nunca me lo había dicho.

Pues ha sido un olvido.

Naturalmente.

Marcel, tuteame.

¿Cómo?

Tuteémonos.

¿Usted y yo? ¿Tú?

¿Tú? Tú.

¿Tú? Tú.

Un momento, ya voy.

Así está mejor.

Es mi golpe preferido.

Oye, le das un efecto terrible a la pelota, ¿eh? Sí, la domino un poco, ¿has

visto? Sí, sí, sí.

Entonces, 40 a 0. 40 a 0, pelota de macho. ¿Ya?

Sí, vaya una derrota. He hecho el ridículo.

¿Ready?

No es culpa tuya. Te da el sol en los ojos.

40, 15, debo estar en un mal momento.

Sí, sí, me parece que te las ingenias para dejarme un tanto de vez en cuando.

¿Estás loco? No lo hago a propósito, es decir, siempre, ¿no? Por otro lado, no

juegas mal del todo, tienes un buen revés.

Ay, Albert, Albert, estás a punto de adularme.

¿Ready? ¡Listo!

¡Fuera! ¡Vamos!

6 -0, así aprenderé a no jugar con un campeón. Sí, sí, doy su justo valor a la

segunda serie.

Lo que pasa es que lo llevas en la sangre. ¡Qué brincos, qué saltos! Sé

componérmelas. Te envidio.

¿Tienes cerebro?

Sí, sí, tienes cerebro. Y músculos, además.

Pero, Choa, soy tan pobretón en el tenis como en la vida. No hables así.

¿Qué no?

Compara nuestras existencias.

Yo vendo automóviles, tú defiendes a la viuda y al huérfano.

Sí, sí, es decir, tú atacas a la viuda y al huérfano. Jamás en la vida, ¿qué

estás diciendo?

Bien, una de las dos cosas, o los defiendes o los atacas. Pero tienes un

noble. Pues sí, pero bueno, no todo el mundo puede ser sustituto.

Lo de los coches es bonito.

Lo dices para consolarme, pero piensa de otro modo. La prueba es que tú vas en

bicicleta. Escucha, mi pobre Marcel, yo no permito, ¿entiendes? No permito que

te sientas desgraciado. Los amigos son para algo.

Dime, ¿dónde vas a almorzar hoy?

Te pregunto, ¿que dónde vas a almorzar hoy?

Pensaba ir a comer un lenguado a la Universal, como todos los domingos. ¿Un

lenguado? ¿Tú solo y en un café?

No lo consiento.

¿Por qué? ¿Tienes algo contra los lenguados? Hoy almorzarás conmigo. No,

ni hablar de eso. ¿Se te hará un lenguado si tienes especial capricho?

casa.

Espera. Mira, yo tengo una norma, la de no molestar a un joven matrimonio.

Vamos.

Yo me conozco.

Pues te prohíbo que te conozcas. Anda bien.

Además, Albert, francamente, las mujeres me intimidan. Pero la mía no, muchacho,

la mía no.

Ale, ale. ¿Tú crees? Lo creo.

No.

Llegó el momento crucial.

Me siento atraído. Del olor atraído, así reza la fábula.

Es posible.

Entonces, ¿te gusta el queso?

Lo adoro.

No sé qué sería capaz de hacer por un buen queso.

¿Está celoso?

Sírvete, Marcel.

¿No le apetece, madame?

Madame, no gastes tantos cumplidos. Llámala por su nombre de pila, Paloma.

¿Paloma?

Pero yo la llamo Coco.

Coco.

¿Qué te parece?

Agradable y simpática.

Me refería al queso. Ah, sí, el queso. Espera, espera.

Está bueno.

Sí, está muy bien.

De cuerpo y de suavidad.

¿Qué es eso de ahí?

Una trompa de caza.

¿La toca usted?

¿Estás loco? Hacen falta unos pulmones tremendos. Tú los tienes.

Así que tú.

Tiene todos los dones este bárbaro. El tenis, la bici, la trompa de caza.

La elocuencia. La elocuencia.

Albert quisiera oírte tocar esa trompa.

Ni hablar de eso. Arma un ruido terrible.

¿Lo ves? Paloma ya está espantada.

Le ruego me disculpe, madame. Madame, madame.

¿Te intimida todavía?

Un poco.

Mucho más bien.

Pero hombre, qué tontería.

Se te pasará.

Sí, la verás a menudo.

Es la única forma de acabar con tu dichosa timidez.

Tienen miedo a las mujeres.

Sí, es verdad.

Oye, el domingo estás invitado a almorzar. No, no, no. Anótalo enseguida

agenda. Ponlo, domingo, alborzar con Albert.

Anoto.

Al ver.

¿Pero qué estás haciendo?

Remo. Si estamos parados.

Aprieta. Sí, hombre. En mi lugar quisiera verte.

Estoy revenado.

Déjame a mí. Te voy a enseñar cómo se rema.

Naturalmente. Tú eres fuerte como un toro. Entonces, según tú, para hacer

avanzar una barca es preciso ser un toro.

¿Qué haces? No te oigo.

Estoy admirando.

¿Admirando qué?

Admiro esos hombros tan flexibles.

Sí, ¿y qué más?

Ese torso.

No exageres. Si te doy la espalda, no puedes verlo. Ya, pero

me lo imagino.

Marcel, ¿tanto interés tienes?

Hombre, me lo prometiste.

Bien, de acuerdo, pero sé indulgente. Nada de falsa modestia, anda, que te

conozco.

Mira, allá en la ladera hay la distancia justa. Bien, está muy bien. Oye, no

tiras demasiado lejos.

Eso no es muy galante para Paloma, que se queda contigo.

Acabará por creer que no la quieres ni pizca.

Sí, claro, solo que no es el caso. Sí que lo es.

Yo quiero que quieras a Paloma tanto como yo.

¿Tanto como tú?

Tanto como yo sé que me quieres.

¡Ah, sí!

Sí, lo intentaré.

Os dejo.

Esto ya vale.

Señorita, sorredo al habla.

Gracias.

Míreme usted el aceite.

Madre mía.

¿Ha dicho el aceite?

Sí.

Sí, cariño, salgo en este instante. ¿Vas a venir a mi encuentro?

Un yifis helado.

¿Qué restaurante?

Muy bien, ya lo encontraré.

¿Qué tiempo hace?

Bien.

¿Y tú?

Voy a comprobarlo.

Adiós.

Perdone, usted es muy amiga del varón Serpieri, ¿no?

Yo soy su esposa.

Mucho gusto.

Sí.

Mi marido habrá tenido quizá ocasión de hablarle de mí, o quizá no.

No importa.

¿Qué es lo que toma?

Ya he bebido, gracias.

Ah, sí, lo he visto.

Preguntaba qué es.

Ginfis.

¿Cree que irá bien para la jaqueca?

No, ¿eh?

Oiga, por favor, ¿puede darme un vaso de agua?

¿Usted no sufre dolores de cabeza? No, señora. Con permiso.

¿Han revisado ya el aceite?

Todo a punto.

Treinta y dos litros, cuatro mil doscientas liras. ¡Qué bonito coche!

¿Se lo ha regalado a usted mi marido?

Ah, Leo siempre tuvo mucho gusto para los coches.

Oiga, señora.

Es precioso. Una maravilla. ¡Voy a Leo!

He de marcharme.

Si tiene algo que decirme, dígamelo y acabemos.

Ah, sí.

Efectivamente, tenía un favor que pedirle. Se dirige a Sorrento, ¿verdad?

Sorrento? No sé.

¿Por qué? Claro que va a Sorrento. También yo voy allí.

Bueno, puede que yo llegue antes que usted y en ese caso todo se arreglaría.

Pero si llegase primero, por favor, dígale a Leo que Lorenzaccio, nuestro

médico, me ha recomendado que tome unos baños de mar. Así que voy también a

Sorrento. Pero que él no se preocupe, por Dios. No tiene por qué inquietarse.

Que haga cuenta de que está solo, ¿sabe?

¿Ha comprendido? Gracias.

Oiga, señora.

Puede que mi respuesta le parezca a usted un poco fuera de las reglas,

así. Pero ya que me planteé el asunto de un modo tan simpático, muy simpático y

leal. Oiga, habida cuenta de que su marido debe comportarse como si

solo, ¿por qué no le deja a usted solo?

Italia es una península y como quien dice, el mar está en todas partes.

Ya lo había pensado, pero ¿qué iba a hacer? Todos nuestros amigos saben dónde

Leo y encontrarían natural que yo no estuviese con él si me fuese al campo.

si voy al mar y no voy donde va Leo, ¿podrían pensar que nos hemos separado?

Podemos hacerlo, no digo que no, pero nunca así, de un modo repentino.

Ya verá, verá cómo no nos molestaremos para nada. ¿Es usted tan simpática?

Acabaremos siendo buenas amigas.

Mire, podríamos incluso hacer el viaje juntas.

Pero la verdad, bien pensado, prefiero llevar mi cochecito conmigo.

Vaya. Siempre me ocurre lo mismo.

No me pongo las gafas y arranco mal.

¿Apostamos a quien llega primero?

Yo no soy una gran conductora, pero soy muy regular en la marcha. Y eso en un

trayecto largo tiene su importancia.

Fíjate en eso.

Pero te has dado cuenta.

¡Milleros!

¡Oiga, el surtidor del agua!

¡Señorita! Son una desdicha.

¿Dónde irá con tanta prisa?

Sí, el varón Serpieri. O si no, su amigo, el señor Bini.

¿Pero cuánto se tardará en esa reparación? Señorita, es el radiador,

media.

¿Cómo?

¿Eh? Ah, que está en el mar.

Sí, con la motora, ya comprendo.

Oiga, ¿me oye?

¿Cómo se llama ese restaurante que tiene una rampa hasta el mar?

No, no, no. Bueno, no importa, no importa. No se moleste usted, no

Me arreglaré sola.

Muy bien, muy bien. Así haces tú la guardia, ¿eh? Hombre, date cuenta. Son

tres horas.

Vete a dar un baño, anda. No quiero. Tengo sueño.

Incluso he soñado. Mira, he soñado que pasaba tu mujer en su coche toda vestida

de blanco como un fantasma. Qué horrible pesadilla.

Ahí está Mía. ¡Mía!

¡Mía! ¿Pero qué ha ocurrido?

Ay, Dios. Has tenido un accidente.

Ya decía yo. ¿Qué te ha sucedido, palomita?

Lo que me da más rabia de todo es haber descubierto que eres un embustero

asqueroso. Tú has sido testigo, ¿eh, Valerio?

Una vida de infierno por esa mujer tabú. Ese ser sensibilísimo a quien la mínima

impresión podría matar. ¿Digo bien?

No comprendo de qué estás hablando, Palomita. De tu mujer que se burla de

nosotros a conciencia.

Y hay quien niega la telepatía.

Mira, hace poco le decía a Leo que he soñado con su mujer que pasaba por la

carretera. No lo ha soñado, la has visto.

Era ella, viene a Sorrento. Y naturalmente a nuestro hotel. Pretendía

viniésemos juntas, figúrate.

Pero estás loca.

Va, no sabes ni lo que te dices.

Oye, oye, Leo, no tengo ganas de enfadarme porque después me salen

piel. He hablado con tu mujer. ¿Cómo quieres que te lo diga?

¿Ah, sí, eh?

Entonces, mira, nenita, oye un momento.

Valerio, tú ve con ella. Yo me voy en la motora, así llegaré antes. Luego

sabréis de mí, ¿eh?

Tu mujer está contentísima.

Podemos llevar una banda de música.

Mía, por favor.

¿Ha llegado la señora Valerio? No sé, no sé la llave.

219.

La baronesa ha subido ya. ¿A dónde? A la habitación 218 reservada para la

señorita Banshee. ¿Cómo? La señora ha dicho que compartirá la habitación con

señorita, que ya estaba de acuerdo con ella.

Hay un equívoco. También lo he pensado, pero la señora ha dicho que ha venido

aquí a reposar y no quiere de ningún modo que la enfermera que viene para

la despierte por la mañana.

¿Qué enfermera?

Ah, la señora se ha preocupado mucho cuando ha sabido que usted aún no ha

empezado su tanda de inyecciones.

Ha llamado inmediatamente a la enfermera para mañana...

A las siete y media.

Leo, mira quién ha llegado. Buenos días, ¿cómo está?

Perfectamente. No se preocupe, yo hablaré con mi mujer. No, señor varón,

perdone. La señora le ruega que no la moleste, a no ser que le llame ella. Le

dolía mucho la cabeza y deseaba descansar.

Es más, me ha encargado que dijera a la señorita que si tenía necesidad de

bañarse o de mudarse, podía utilizar las habitaciones del señor varón.

Usted ha entendido mal. Dele otra habitación a la señorita. No queda libre

siquiera el sótano, señor varón. Bueno, oye, vale. No, no, no. Ya sabes que yo

tengo una habitación.

Perfecto, yo voy contigo. La señorita se quedará en mis habitaciones conmigo. Yo

siempre tengo que pagar el pato.

¿Qué número tiene la varonesa?

218.

Hemos llegado a un punto en que tienes que mantener lo que siempre has dicho.

por aquí.

Aunque si no hubiera sido por un respeto hacia tu mujer, ya os habríais

separado. Y lo nuestro tendría un estado semioficial. ¿Y ahora? Ahora cojo mis

cosas y me voy contigo. Sí, claro, coge sus cosas y viene conmigo. No sé por

quién me ha tomado.

Bueno, ya que estás, cámbiate aquí.

Después de todo, ¿qué más da? No es cosa de ir de un lado para otro.

¿Qué tal son las camas aquí?

¡Oh, qué maravilla!

¿Sabes lo que te digo?

Ahora me quito toda esta ropa llena de polvo.

Me quedo en bikini y a dormir la siesta.

Cuando pienso en nuestro primer encuentro en mayo, ¿recuerdas qué sueño

Era una sonámbula.

Y al día siguiente, cuando volvimos a encontrarnos, no podías creer que

dormido 15 horas.

Duermes más que una marmota, decías.

Leo. Te estoy hablando, ¿me oyes?

Escucha, Leo.

Te estás comportando como si fueras tú el que está molesto conmigo, y es al

contrario. Mía.

Leo.

Si tendrás suerte. Una mujer culta, inteligente, que te ha ayudado como te

ayudado a ser lo que ahora eres, y cuando se presenta a la ocasión te deja

entre los brazos de esa otra preciosidad, contenta como si la cosa no

afectase, y sin echarte en cara ni la sombra de un reproche, suertoso.

¿Hablas de su esposa?

Naturalmente. Debo confesarlo, es una mujer de mucha clase, pero... Sí, eso

La clase sola no basta.

Ah, un momento, los Bagli, mi mujer quiero decir, es aristócrata,

esos chistes que sueles contar, ¿yo? Sí, hombre, tú.

Perdónenme, me he retrasado. Magdalena, te presento a Valerio Vini. Te he

hablado de él muchas veces.

Valerio está encantado de acompañarte esta noche. Mucho gusto, señora.

¿Tengo que flirtear con él?

¿Eh? Ah, no. Era solo un decir.

Para enterarme.

Habías dicho que el señor está aquí de veraneo. Y aquí en verano parece que

todo.

Bromea. Muy bien, saldré con él.

Ahora tengo que avisar a Carlitos que se ha quedado arriba esperando.

Qué chico tan bueno. Me había invitado a tomar un helado, figúrense.

Y claro, como podía haber un cambio de programa, le he dicho que esperase.

Vaya.

Ah, ahí está. ¿Quiere saludarle? No, ¿eh? Así acabamos antes.

Ah, oye.

Ven aquí un momento.

Sí, sí, luego te lo explicaré todo.

Adiós.

Bueno, ya está todo arreglado.

Está muy crecido ya ese Carlitos, me parece.

¿Creéis? En estatura quizá, pero la carita sigue tal cual.

Señores. Que os divirtáis.

Valerio, procura no venir muy tarde.

Magdalena ha viajado todo el día y estará cansada.

No te preocupes. Creo que nos entenderemos perfectamente. Y para

vamos a dar un buen paseo. ¿Le gusta a usted caminar? Sí, mucho.

Perdone. Necesito apoyarme. No llevo nunca tacones tan altos. Mía dice que me

sientan mejor.

¿Cómo me sientan?

Una cara.

Hello.

Hello.

¿Qué hacemos? ¿Cenamos en la habitación? No, cenaremos aquí.

Vamos, vamos.

Cuando pienso en la descripción que me has hecho siempre de tu mujer, que

sinvergüenza eres. Te juro que no la reconozco ni yo mismo.

Claro que desde que te tengo a ti, la veo poco entre tú y mis ocupaciones. Y

ella se ha arreglado su vida, tiene sus Carlitas. Ah, nada de eso, lo puedes

jurar. No, Carlitos es realmente el hijo de Artemisa, que en nuestra casa es una

institución. No, si no habría que echarle nada en cara, nosotros tenemos

vida, ella la suya.

Sin duda, pero Magdalena no es de esas.

Es más, eso es precisamente lo que me inquieta. Si un día supiese que también

ella se toma ciertas libertades, la verdad, no tendría remordimientos.

Lo sabrás, no lo dudes.

Sírvanos enseguida champán. Clico 49, helado.

¿Cansado?

¿Quiere que nos paremos? No, por favor.

Cuando yo estoy nerviosa, lo único que me sienta bien es caminar horas, horas y

horas. ¿Y esta noche está nerviosa?

Un poquito.

Un poquito.

Pero nos detendremos, ¿eh? Déjese de cumplidos. Yo me preocupo por usted, con

esos tacones.

¿Por mí? Ah, si es por eso.

¿Le importa llevarlos? No, en absoluto. Qué buena idea me ha dado. Mire, yo

andaría siempre descalza. Es tan cómodo.

Además, estoy enamorada de mis pies. Quiero decir que a mí no me parece que

están del todo mal.

Me encuentra usted muy fea. ¿Yo? Por Dios, señora, ¿qué cosa dice usted?

Entiéndole, soy antipática. Antipática. Sea sincero, por favor. Pero señora,

¿cómo puede decir una cosa semejante? Entonces, ¿por qué ha ayudado a Leo a

relacionarse con esa?

Yo, yo no he hecho absolutamente nada. Es más, ¿podría explicarme? No, no, no,

no me explique nada. Se lo ruego.

Bueno, pues dígame qué puedo hacer por usted.

Yo creía que no le importaba nada de él.

Me importa muchísimo.

El Leo que ustedes conocen es bastante idiota. El que yo conozco es del todo

diferente.

Sin embargo, comprendo por qué Leo le tiene tanto afecto. No es fácil

una persona con la cual se puede hablar libremente como si estuviésemos solos.

Me siento mejor.

Aunque por dentro estoy medio muerta.

Quiere hacerme un gran favor. Todo, todo lo que usted quiera, mándeme.

Yo no sé si regresaré a aquel hotel.

Vaya a mi habitación y coja las medicinas que hay en la mesilla al lado

cama. Es que estoy un poco delicada.

Qué bien si encontrásemos algún sitio tranquilo donde poder dormir.

Ah, dormir.

Poder dormir.

Si no le molesta, claro.

No, nada de eso.

Y de paso, llévese también esos zapatos. Es que no me gusta dejarlas solas. No

se apure.

Estoy tan acostumbrada a estar sola.

Muy bien, obedezco.

Habíamos pedido una botella de champán. Clicó a 49 en la habitación. Deprisa,

¿eh? Inmediatamente.

Deme, por favor. Baronesa Serpieri 218.

Sí, sí, nos han dicho la nave.

No llegamos.

¿Me estará cómoda con esto?

No lo sé. ¿Dónde está Magdalena? No te preocupes. Piensa en divertirte. ¿Qué

sucede? ¿Qué te pasa? Sucede que me das asco. Esa pobrecita llora de un modo que

parte el corazón y tú te estás aquí sin el menor remordimiento con esa

descocada. Te has vuelto loco. ¿Dónde está Magdalena? Eso a ti no te importa.

Además, haré lo imposible por conquistarla. Y yo te voy a romper la

Estás hablando de mi mujer. Si sucede algo, recuerda que la responsabilidad

es tuya. ¿Pero qué tiene que suceder? ¿Por qué la has dejado sola?

¿Qué te decía? Magdalena está desesperada. Es una mujer muy sensible,

sensible. Yo lo sabía, lo sabía.

Magdalena.

Doña Magdalena.

Se ha marchado.

¿A dónde?

¿Y me preguntas a mí?

¿Y ahora qué hacemos?

Hay que encontrarla.

Caramba, hace falta estar loca de remate.

¿Qué miras ahí abajo?

Dormir, poder dormir, eso decía.

Y lloraba de un modo...

¿Pero qué estás pensando?

¿Crees que ha cometido un disparate?

la suicida. En camisón.

Y según vosotros, idiotas, yo tendría que haberme pasado la noche mesándome

cabellos y pidiendo un milagro a San Genaro. ¿Cómo me divierto? No digas

tonterías, Valeria. Valerio, que el marido soy yo.

Además, no cabe duda de que le ha ocurrido algo.

De otro modo, no se presentaría así. Sí, sí, no me digas.

Magdalena. Buenos días.

¿Cómo estás?

¿Estás bien?

Cuánto me alegro. Yo tengo una jaqueca.

Ahora me tomo una aspirina, me acuesto y me quedo en cama todo el día. Y harás

bien.

Es decir, te agradeceré que no te dejes ver hasta que me marche. Después haces

lo que quieras.

¿Marcharte? ¡Oh, no! Oye, no puedes marcharte sin haber conocido el sitio

extraordinario de la Tierra. He estado allí esta noche. Un mar.

¡Qué mar!

Me he tirado vestida al agua.

Luego hemos encendido una gran hoguera en la playa. Un lugar maravilloso. Se

llama... Espera, voy a preguntárselo a Mateo.

¡Mateo! Bueno, ya me acordaré.

Tienes que llevar a mí. Le gustará mucho. Buenos días.

Bienvenida. Qué elegante, ¿eh? Pero vamos a ver. ¿Puedes explicarme por qué

por ahí vestida de ese modo?

Tengo razón, ¿no? ¿Te parece decente?

Ay, Dios.

Tienes razón.

Estoy indecorosa.

Qué ricura.

Pero los vestidos estaban tan mojados. Te inquietas por eso. Te he hecho quedar

en ridículo.

Ridículo. Hemos ido hasta la comisaría.

¿Y por qué?

No la encontrábamos y como la dejé en aquel estado... Oh, cielo santo.

Pero no iréis a marcharos por culpa mía. No, no, ya estaba en el programa.

Qué pena, estábamos también todos reunidos. Es una lástima que hayamos

por vernos tan poco. Pero, decidme, ¿no podríamos cenar juntos esta noche?

Pues claro, ¿verdad, Leo?

Saldremos luego con la fresca.

También Valerio, ¿también se va usted? No, no. Oh, no, claro, entonces

magnífico. Y ahora nos daremos un buen baño. Como quieras.

No demasiado largo, Leo, piensa en tu reumatismo.

Aquí tiene las llaves del coche, señor varón. El equipaje ya está colocado.

¿Quiere decir a mi mujer y a la señorita Bansi que las estamos esperando?

La señora varonesa se ha marchado.

¿Marchado? No quisiera equivocarme, pero mandé bajar el equipaje.

Muy bien, muy bien. Perdón.

¿Pero qué muy bien? No se confunde con mía. El equipaje de mía. Siéntate.

Pero dime, ¿qué vas a hacer aquí solo en Sorrento? Bañarme, con tu permiso. Hace

diez años que paso aquí el verano.

Oye, voy a ver si... Estate quieto.

Buenas noches. Hola, por fin.

Dispensad, culpa del peluquero.

Le está bien, ¿verdad? Me lo hicieron a mí también, pero me quedaba muy mal. Así

que... ¿Para el champán puedo poner en hielo el acostumbrado clico? No, la

señora bebe Don Periñón.

Estás esplendorosa esta noche, mía. ¿Crees? La pura verdad.

¿Qué habéis pedido?

Perdonad un momento y pedid para mí lo que toméis vosotros.

¿Entonces? Cóctel de gambas, carne asada y ensalada mixta. Perdón.

Muy bien, igual para mí. ¿Y usted? También para mí, gracias.

Y para la señora.

Muy bien.

¿Está todo?

Todo. Cóctel de gambas, carne asada y ensalada mixta.

Maravilloso. ¿Cómo te va, Leo?

Perfectamente. No es verdad.

Estás de muy mal humor porque tienes que marcharte de aquí. Y tienes que

marcharte de aquí porque mi presencia te pone de muy mal humor. De ninguna

manera, al contrario.

Sí, cariño, es así.

Pero no tiene importancia.

Incluso lo encuentro simpático. Pásame el agua, por favor.

Pero eres un embustero. Sí, sí, no es cierto en absoluto que tuvierais pensado

marcharos. Así que para no interrumpir vuestras vacaciones me marcho yo.

Después de todo me parece que el aire del mar no me sienta muy bien. No, no,

¿qué va?

Todo lo contrario.

¿No podríamos hablar de esto en otro momento?

Ya hemos hablado bastante, se acabó. Me voy en paz. Y como sé que no estás

tranquilo si conduzco por la noche, he encontrado una persona amabilísima que

acompaña.

Qué rico.

Pruébalo, Leo.

Y después, cuando estemos en Roma, regularizaremos nuestra situación.

Exquisito. Llegaremos a ser legalmente amigos y ya verás cuánto nos divertimos

lo bien que lo vamos a pasar.

¿De acuerdo?

Magdalena, no comprendo nada de lo que hablas.

Pues de nuestra separación, querido.

Sabrosísimo. La verdad es que bailar puede ser ilusionante.

¿Usted baila bien, mía?

Me defiendo.

¿Ha conseguido enseñar a Leo? ¿Leo baila bien?

No, no me lo habías dicho.

¿Y sabes bailar esas cosas tan complicadas?

Ayer por la noche, después del chapuzón, junto al fuego, ese amigo mío, Mateo,

me dio unas lecciones de twist.

Es estupendo. Además tiene una línea así, de perfil, y baila.

Se lo he explicado todo a mí, ¿eh? Las curas que tienes que hacer, baños de

en primavera, y ahora solo queda por decidir lo de las joyas.

No sé, ¿qué suele hacerse? Oye, Magdalena, me parece muy inoportuno.

¿Quieres que las deje aquí? No las llevo todas encima, pero... No lo tomen mal.

¿Puedo quedarme con las imitaciones? ¿El qué?

De las joyas de mucho valor, las señoras hacen siempre una imitación montada en

oro o en platino, pero con las piedras falsas para cuando van de viaje es más

prudente. ¿Y ese anillo es de verdad o es la imitación?

Bueno, es la imitación, ¿no?

No.

Leo, vamos a ver cómo bailas el twist. Sí, sí, ya hemos hablado bastante de

cosas desagradables.

Estamos aquí para divertirnos, ¿no? Señora, podemos salir en cuanto quieras.

Sí, sí, enseguida nos iremos.

Gracias. Y ahora nosotros.

Pero si yo no bailo. No lo imaginaba, tampoco yo sé bailar. Pero ya saldremos

adelante. Oye, Magdalena. No, Leo, por favor, hay que divertirnos. Sí, a

divertirnos.

¿Me enseña? Sí, sí, enséñeme.

¡Qué bien baila, mía!

¡Leo!

¡Leo!

¡Giovanni!

¡Mateo! Venid a bailar un twist con la señorita. Con mucho gusto.

¡Estupendo!

Magdalena, tenemos que hablar.

¿Quieres que probemos nosotros?

Vámonos.

¿Está bien así?

¿Qué tal?

¿Ah, sí?

Dime si me equivoco.

No, está muy bien.

Después de todo, no me desagrada despedirte así, durante una lección de

En las novelas es como suele empezar una historia de amor.

Somos más originales y la acabamos.

Mira, si no bailas, yo también lo dejo.

Además, nuestra historia de amor nunca ha existido.

Magdalena, no digas tonterías. Hemos sido siempre demasiado amigos.

El amor es algo distinto.

Y te doy las gracias por habermelo descubierto.

Magdalena, no digas tonterías.

El amor es un juego de los sentidos.

Lo he comprendido, ¿sabes?

Ya te contaré uno de estos días.

Y entonces tú también me contarás.

Magdalena, no digas tonterías.

Porque Mía es muy guapa, guapa muchacha.

Precioso.

Gracias.

¿Dónde está Leo?

¿Eh?

Ahora me explicarás quiénes son todos esos jovencitos.

¿Cómo los has conocido?

¿Dónde has ido con ellos?

Querido, no creo que quieras tú contarme lo que has hecho con Mía.

Aunque no deseo saberlo, porque Mía es una amiga y no quiero que se hable mal

ella.

Estoy contenta de que se haya quedado con mi anillo. ¿Le has dado el anillo de

mi madre?

No, querido.

La imitación.

Ah, me debes 45 .000 liras. Dámelas antes de que se te olvide.

No pretenderás que pierda encima de haberme cansado tanto.

Será siempre tan trabajoso hacerse desear de ti.

Te voy yo.

Adiós, doña Esperanza.

Ah.

¿Qué hay?

¿Qué tal?

Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estamos?

Bien, gracias.

¿Qué? ¿Le pide usted a todo el orden? ¿Todo listo? Sí. Aquí trae los papeles.

No hay nada, no hay nada. Firme estas letras y el coche es suyo. Después de

pagarlas, claro.

Gracias por ver el video.

Lárgate, venga. Te he dicho el otro día que las mesas no se pueden pedir, que

los clientes son los clientes y no se les molesta, hombre.

Guardia, guardia, por favor.

Guardia, guardia.

Guardia, por favor, lléveselo, hombre.

Lléveselo hasta el inicio. Vamos, chicos.

Pasa para allá.

Vamos, anda ya. No he hecho nada.

Con que nada, ¿eh?

Documentación. Ah, los papeles.

Como no tenemos quien nos defienda, no le valía meterse con los de los discos.

¿Tus documentos? Yo no tengo. Pero oiga, si es un chaval.

Ah, menor y sin permiso paterno. No, no, aquí está. Mire, este chico, este chico

es mi socio, ¿sabe? Yo no le hago daño a nadie. Tenga el carnet de identidad, el

certificado de buena conducta del párroco, la revista militar y un aval

tengo de cuando... Bueno, bueno, bueno. A mí nunca me ha tenido nadie que llamar

la atención, ¿sabe? ¡Qué bueno!

Nadie me ha llamado la atención.

Tenga para usted.

Muy buenos días.

Anda, vete a las mesas. Sí.

Pero se va a poner usted chulo encima, hombre.

Oiga, pero ¿por qué me quita la manivela?

¡Fuera, chico! ¿Por qué?

Queda decomisada por desacato y por hacer ruidos molestos.

¿Y esto es un ruido molesto? Sí, molesta al vecindario. Venga, ¿qué pasa aquí?

Le estaba poniendo una multa. Bueno, pero no interrumpa la situación. No me

la gana irme.

Venga. Bueno, no, no avasalle.

Sí, también. El compañero ha tenido la culpa. Disculpe.

Vamos, tire.

No se preocupe, confía en mí.

Vamos a ver. Feliz Apolo. Soy yo.

Mucho cuidado con las formas de los lobos. Ya sabe que no quiero escenidades

la calle.

Qué gracia, hombre.

Bueno, Samuel Gutiérrez. Servidor.

Traiga, traiga. Habrá que revisar esa barquillera.

Ah, usted es el del organillo.

Ya he venido varios días y ayer me dijo usted que viniera otra vez.

Sí, sí, ya me acuerdo, pero no vi usted que estamos con el desfile encima.

Espere.

¡Cosme!

¡Cosme!

¡Esa puerta!

A ver si está allá en el almacén de requisas un manubrio de organillo.

¿Cómo dice?

Una manivela.

Yo he pasado festejos. Pero ya a mí que me cuenta, usted lo hace y se ha

terminado. Eso que lo haga Julián, que es el encargado de ello.

¡Julian! ¿Por qué lo voy a hacer yo? No te digo.

Estos tíos en cuanto les ponen el uniforme...

Sostenga.

Aquí vienen a recoger una manivela requisada.

Antes hay que cumplir las formalidades.

No sé por qué nos vienen a nosotros con estas tonterías. Luego el contribuyente

se queja.

Sígame.

Gracias.

Vamos a ver documentación.

Oiga, ¿cuándo va a comprobar la barquillera?

Estoy despachando.

Hipólito Muñiz.

¿Su padre era español?

No sé.

Certificado del párroco, la revista militar y una bala.

Bueno, como ciudadano parece que está usted en regla. Vamos a ver cómo

industrial.

Como industrial es usted un completo indocumentado. Además, un peligro para

sociedad. Diecisiete multas sin pagar.

Pero esas habían caducado ya. Pero ¿cómo caducado, caducado? Aquí no caduca

nada.

Traiga, traiga.

Mire, si usted quiere recuperar la manivela, tiene que primero matricular

carruaje. Segundo, un certificado de no peligrosidad sanitaria del semoviente.

Del burro, quiero decir.

Tercero, autorización de la comisión de festejos para tocar en el casco urbano.

Usted me trae todos estos documentos debidamente reintegrados y la manivela

suya. Ah, y además paga usted la sanción. ¿A cuánto sube?

Vamos a ver.

Vamos a ver.

Vamos a ver. Circular sin matrícula.

Tocar delante de un ministerio, 150.

Carencia de luces, 50.

Tocar en Viernes Santo, 250.

Pero esto es un lío.

Para conseguir la manivela tengo que pagarle dinero. Pero sin la manivela no

puedo ganarlo.

Un momento, un momento, un momento. ¿Pero usted qué pretende?

¿Vivir sin leyes? ¿Vivir sin ordenanzas? ¿Sin una tutela?

Vamos a ver, dígame, ¿qué haría usted sin una tutela? Yo, lo de siempre,

el organillo. ¡Ah, qué país!

Bueno, déjelo.

No hay nada que hacer.

Quédese con el manubrio.

Adiós.

Ay, señor.

Venga, chalao, que está vacía. Lárgate ya.

Ven, ven.

Ahora veo fenómeno por el derecho. Y por el izquierdo también. Todo es cuestión

de su gestión. No, el otro me hace chirivitas.

Bueno, el caso es acertar.

¿Cuánta dioptría tiene usted? No sé.

¿Cuánto es?

Cuatrocientas pesetas, señor.

¿Cuatrocientas por una manivela?

Es completa.

No se vende en piezas sueltas.

Póngase esta. Son para vista cansada, señor.

Pero, oiga, ¿cuál es el último precio? Lo que le he dicho antes, 400 pesetas.

Estas son un modelo mítico.

Pero me están muy largas de patillas.

Se me van a caer.

Y además me mareo. Que sí, que me mareo. Va, es hasta que se acostumbre. Ya

verá. Vamos a ver al gasto.

Esto lo pone un niño, el aparato, con este potente timbre.

Al menor escape de gas, avisa a la familia.

Oye, gasto, ponte ahí, espera.

Escuchen.

No debe quedar gas.

Verán ustedes como no hay gas. Ya verán.

Ya está. El último residuo.

Ya está resuelto.

15 minutos de descanso como en los cines.

Siempre me tiene que pasar algo. Debe estar estropeado.

Es de una heladora, pero hay que comprarla entera, Castro.

Vamos que también.

Castro. ¿Qué?

Tú.

Que no, Rubio.

Que si empiezo otra vez le tomo el gusto y siempre me trincan.

Además, llévatela tú.

Pero si has tirado.

Mira. Llevas algo en la mano. La chaqueta. Un periódico.

La muleta que decimos nosotros.

Tú con el ojo fijo en el tío del puesto. El tío que mira para otra parte y tú

zas a la buchaca.

Y te va silbando. Si yo no sé ni silbar. Fíjate, está ahí.

Delante del puesto de camas.

Mira. Si quieres te doy lo que tengo.

Toma. Cinco, siete, diecisiete, veintitrés pesetas.

Esto es una buena acción. Lo hago porque somos amigos.

Ahora que estaba regenerado resulta que vienes tú con la tentación y tengo que

trabajar para otro.

Anda, vete al puesto y practica.

Toma.

A ver si me compensas.

El peligro del gas no tiene límite. ¿Qué lee usted en el periódico? Burgos,

matrimonio intoxicado por el gas en la mañana. Castellón de la plana, muerte de

una sirvia.

¿Esto?

Para que duerman ustedes tranquilas. Lleva un timbre por si los escapes. Se

vende mucho y a 35 pesetas resulta regalado.

Verá, nosotras pertenecemos a la congregación del santo amor

Realizamos una gran obra. Nuestro asilo, más de 60 ancianitos.

Salude usted, Laureano.

Gracias a la generosidad... Podemos darles una vejez tranquila, descansada.

a ver si le ves.

Si usted contribuyese a nuestros piadosos fines...

Aunque solo fuera con las 35 pesetas del aparato. Es una obra de caridad. Sí,

pero es que no es mío. Es de un amigo.

¿Viene? No veo nada.

Ahora lo veo.

Allí, junto al puesto de las gafas.

Yo puedo hacer la caridad de ir a tocar el organillo al asilo los domingos.

Pero ellos están todo el día con la televisión.

Comprenderá que un organillo... Sí, es verdad, pero es lo único que tengo.

Ahora, el timbre del butano es otra cosa, eso sí.

Es una obra de realidad, Dios se lo pagará.

Háganos ese favor. Bueno, pues se lo voy a dar gratis. Tome, aquí tiene. Y le

voy a dar este otro por si acaso se le estropea el primero, ¿eh? Y los

prospectos, mire, los prospectos lo reparten entre todos los ancianitos del

asilo, ¿eh? Lo reparten entre todos.

Oiga, buen hombre.

Oiga.

Que Dios se lo pague.

Laureano, dele una estampita. De nuestro santo protector.

Tiene 50 días de indulgencia. Gracias, guárdemelo usted.

Ah, que me tiene que dar las señas para cuando vaya el domingo al asilo a tocar

el organillo. Es una música muy alegre. Es verdad.

Otro día... En cuanto nos autorice la superiora.

¿Qué hay de eso? Fenómeno, mira.

Bueno, pero ¿y la manivela? ¿La manivela? La manivela está aquí. Los

están aquí. ¿Tú qué coges? Pero sin la manivela soy hombre muerto.

Vete por ella. ¿Pero te has vuelto loco?

Toma, va más de lo que me has dado. Guárdame el negocio.

Solo nos queda lo del coche de bomberos.

Venga, se acabó la juerga. Otra, la última.

Ni hablar, son ya las tres y media.

Vaya una trompa más estúpida que tiene. En lugar de irse a dormirla, por ahí se

viene... Además, esto es para los niños.

¡Hala, largo!

¡Uy, mala sangre! ¡Te voy a rear! ¡Pero qué te has creído! ¡No, hombre, no le

pegues! ¡Que hay extranjeros! ¡Y luego dicen que somos unos salvajes! ¡Bueno!

a mí qué?

¡Canalla! ¡Trae aquí eso que me ha robado!

Sí, sí.

Pero este tío está chalado. Para divertirme.

Será desgraciado. Pues no se me lleva el chisme de la sirena.

Oye, oye, ¿no será este fulano ese que va por ahí pinchándole a las gachis? No

me extrañaría nada con la cara que tiene este tío. ¡Ey, ey!

¡Oye, que me ha robado! ¡Que me ha robado!

¡Que me ha robado!

¡Mi manivela!

¡Trae! ¡Vamos a llamar a los juicios! ¡No, no, no!

¡Quietos! ¡Esperarse! ¡Que se me ha ocurrido otra cosa mejor!

¿No querías verbena, eh? ¡Pues vas a tener verbena! ¡Vamos, señores!

¡Tiren al bárbaro y al negro!

¡El que hace blanco con la pelota también lo puede hacer con la cebolla en

narices de la suegra!

¡Tiren al bárbaro y al negro! ¡Tiren, señores! ¡Pero esto qué es!

¡Vamos, parecéis chiquillos! ¡Quitadme a este hombre de aquí! ¡Para un día que

tengo buena clientela!

Oiga, míster, ¿por qué no le tiras su pa? Es la guerra.

Venid a pringarse por tan poca. ¿Por qué no me la vende? ¿Qué te decía yo? Tú

con la que sale ahora, ¿no te fastidia?

Arreando, pajareta.

¿Qué te pasa?

Nada.

Anda, bebe.

Está fresco.

Ten cuidado, no vayas a romper algo.

¿Quieres queso?

¿Cómo has hecho esto?

Ah, inteligencia.

¿Por qué no seré yo capaz de hacer lo mismo?

Eres una chica estupenda, Juliana.

Siempre lo he dicho.

Eres toda una mujer.

Mira, a mí me gustaría mucho que...

Que cuando vuelvas esta noche a tu casa...

Me llevaras contigo.

Esas cosas no se dicen.

Juliana.

A la tierra, que ya es hora. ¿Has vendido todo?

Dos horas llevo sin vender una tira, pero déjalo. Mira, este es el rubio.

Mucho gusto.

Oye, cómo se nota que le has pegado al tinto, ¿eh?

Hombre, cenando.

Primero nos marcamos un chotis, ¿eh? Es mejor que nos lo marquemos en casa

porque ya sabes que yo... Rubio, dale a la manivela, venga.

Venga.

No se puede hacer deporte.

No, lo siento, no tenemos bolsillo.

No, así no va a aprender nunca a nadar.

Le voy a decir yo cómo lo tiene que hacer, verá.

Primero, junta las manos así, le da, luego fuerte.

Y luego, otra vez.

¿Qué, Pepe?

Ahora te toca a ti, yo me baño.

A la agua.

Usted venga aquí, venga aquí. ¿Quiere ayudarme, por favor? ¿Qué quería usted?

Esto es una piscina, no puede usted bañarse de esta manera.

Oiga, más respeto que soy campeón de pesca. No me importa nada.

Salga usted, venga.

Además, el fusil es peligroso.

¿Peligroso a qué? No me toques, soy el bañero. Pues si es el bañero, vamos a

arreglarlo. Tiene que juntar las manos así, una vez fuerte, ¿eh? Y luego otra

vez. Esto es lo que tiene que prohibir. ¿Y yo qué tengo que ver?

Uy, cuidado, si hace usted una heridita y el tétanos.

Una piscina llena de criaturas. Hay que llamar a los guardias. Hay que llamar a

los guardias. No, hombre, esto es antisocial. Una piscina es más para la

persona. Vamos.

Vamos a ver, ¿qué pasa con el burro? Pasa que hay que sacarlo de aquí. ¿El

tétano se entera? Sí, este burro está sanísimo.

Además ha pagado la entrada. ¿Y usted quién es?

Soy el bañero. Una autoridad.

Yo estoy aquí para tocar la música. ¿Pero qué música? Una pequeña heridita y

viene la infección, el tétano.

Cuidado, que se está meando.

Vaya hombre, lo que he faltado.

¿Pero qué porquería? ¿Pero ha visto lo que ha hecho el burro? Esto es una

cochilada. Mire cómo ha puesto la tortilla.

Usted saque el burro de aquí inmediatamente. ¿Por qué? Si todavía se

Venga, fuera de aquí.

¿Qué quieres? ¡Ven con tus hombres a llevarte este burro! No puedo, hombre.

que mañana es el campeonato? ¡Esto es una cuestión higiénica! Bueno, venid

cuatro.

¡No me toque el burro!

Para sacrificar al burro.

Ahí dentro.

Gracias.

Tú quédate ahí.

Esto es todo.

Vamos a ver. Pero, don Hilario, ¿cuántas veces la quiere examinar?

Carne sana, sanísima, como manzana.

Deje, deje, que lo conozco a usted. No estaba enfermo, se lo juro. Le rompieron

una pata, ¿verdad? Sí, hombre, sí.

Bueno, vamos a terminar la cuestión, ¿eh? Aquí tiene 730 pesetas.

¿Cómo? Nada más. Lo que ha pesado. Venga, cójalo, si estaba ya muerto. Es

tengo que comprar otro. Deme 900, si puede. ¿900?

Ni que fuera el caballo de Búfalo Bill.

¡Ande, hombre, ande!

Se acabó, me cuelgo.

Me cuelgo.

¡Oh, otro húngaro! ¿Qué pasa, amigo?

Se me ha caído el organillo. Ahora le ayudamos, hombre.

Que la niña tiene que llegar a la radio a cantar. Es un momento, nada más.

Tú cantarás, no te preocupes, cantarás.

Está ahí abajo, en el barranco.

Vamos, Felipe, échame una mano.

Ya voy, hombre, ya voy.

Dame la cuerda, deprisa.

¿Ya está?

Sí. ¡En marcha, vamos!

¡Ya, ya!

¡Corre, caballo!

¡Eh, aguanta el trote!

Hasta ahora sí.

¿Y ese señor por qué no toca? Me duda estar al chisme después del golpe.

¡Oye tú, dale vueltas a eso! ¡Que Mirín es artista! ¡Y la llevo al concurso ese

del jabón!

No es lo que os figuráis. Me habían invitado a pasar los dos días de Pascua

Doville. Yo había respondido, quizá... Yo tenía mi idea.

Hacer dos días de camping a la orilla de un río, solito.

Luego, el sábado, decidí aceptar la invitación y tomar el tren para Doville.

No hablar con nadie durante dos días. Nada más que eso.

Ya sabéis lo que es la víspera de Pascua. La locura de la salida, los

llenos hasta arriba.

Las maletas, los niños, los perros. Una agitación de mil demonios. Todo el mundo

se marcha. Durante dos días no queda ni un alma en París.

Yo había cerrado el taller y estaba dispuesto. El saco de dormir, los

de pesca y sobre todo las provisiones. El jamón, los huevos duros, el vino

blanco y el pintorro.

Naturalmente me retrasaba. Yo me retraso siempre cuando se trata de hacer las

maletas. A última hora hay alguna cosa que se me olvida.

Pero pensaba que con un poco de suerte aún podría alcanzar el tren.

Lo que no había previsto es que la cerradura estaba estropeada. No había

abrir la puerta.

No me faltaba más que arrancar el coche.

Ya es un poco viejo y siempre me da la lata.

¿Diga?

Sí, soy yo.

Sí, ya voy, pero tengo un pequeño percance.

No, no, sí estoy, pero no puedo abrir la puerta.

¿Y a quién quiere que llame?

Espere.

Señor. Señor.

Oiga, señor.

Dispénseme, ¿eh? ¿Podría usted hacerme un favor?

Estoy sola en casa y... Le molestaría mucho subir hasta aquí.

Ah, no es por despreciar, pero me voy al campo.

Si me hubiera avisado usted antes.

No ejerce de bromas.

Estoy aquí encerrada y tengo que coger el tren.

Hágame el favor, señor.

No tiene más que entrar por esa puerta.

La escalera está enfrente.

Es cuestión de un momento.

Suba hasta el tercero. Es la última planta.

¿Es aquí?

Sí. ¿Quiere ver si puede dar la vuelta al pomo? Lo intentaré.

Estoy salvada. Hay un señor muy amable que ha subido.

Si funciona muy bien su cerradura. ¿Y aseguró que hace un instante? No hay

motivo alguno.

¿Cuándo la puerta está cerrada? Cerrará también, fíjese.

Sí que es raro.

¿Y ahora qué vamos a hacer?

Me gustaría saberlo.

Pues para llegar a esto no me hacía usted falta. Espere, espere un poco que

piense. ¿Y mi tren? Ese no espera.

No.

La puerta se ha vuelto a cerrar.

¿El señor?

Ahora está encerrado aquí conmigo.

¿Qué?

¡No! ¿Qué va a ser una broma?

Señor, háblele. A mí no me cree.

Oiga. ¿Quién es usted?

¿Que quién soy?

¿Eso qué tiene que ver? Claro que tiene que ver. A mí me ha llamado su mujer.

¿Qué mujer? ¿Será la señorita? ¿Eh?

Ah, que no es su mujer.

Estamos salvados. Hay un señor que pasa.

Parece que estamos salvados.

Hay un señor que pasa.

Pero bueno, ¿qué lío se traen ustedes ahí?

Oiga, ¿le molestaría mucho subir hasta aquí?

Estoy encerrada en casa.

Estamos encerrados en su casa.

¿Y qué quieren que le haga?

Pues subir a abrirnos. Tengo que tomar el tren.

Tiene que tomar el tren.

También yo tengo que tomar el tren.

Gracias, señor.

Da gusto tropezar con gente complaciente. ¡Ande ya, tío hueso!

Ha colgado.

Llámele, dígale que venga. Se ha ido a dobir.

¿Conoce algún cerrajero? Pues no.

Yo conozco a uno. ¿Tiene la guía? Ahí.

¡Eh, señor, óigame!

¡Oiga, el de la motocicleta!

Que venga enseguida.

No podemos abrir la puerta.

Sí, el número trece, eso es.

El piso tercero.

¿Ha tomado usted bien las señas?

En cuanto su marido llegue, mándelo para acá.

Dígale que es cosa mía.

Le esperamos.

Bien, esperarle.

¿Y nos pusimos a esperar al cerrajero?

Una hora, dos horas, tres horas... Y se hizo de noche.

Ella me miraba furiosa como si yo fuese el responsable.

Él me ponía mala cara como si fuese culpa mía.

¡Oh!

¡Oh!

Nadie nos oye.

Llamaré a los bomberos. ¿Los bomberos? Tienen una escalera larga. Es para los

incendios. Pues les diré que hay un incendio. Ah, no. Molestar a los

para nada. Menudo lío.

Mire, hago lo que me da la gana. Pues a mí no me da la gana.

No se ve que esté roto. No habría faltado más que eso.

No faltaba más que esto.

Un buen consejo.

No abráis nunca un teléfono. A primera vista parece muy sencillo, pero cuando

uno no es del oficio... Si hubiéramos tenido herramientas, un destornillador,

unos alicates, una lima... Pero nada.

Limas de las uñas y unas pinzas de depilar. Yo estaba un poco intranquila.

¿Los hombres a solas con una mujer?

Ya sabe una lo que piensa.

Y yo pensaba que a aquellas horas hubiera podido estar en mi tienda, a la

de un río, bien tranquilo y solo.

Bien, ya está.

¿Se ha abierto?

No.

He roto el pomo de la puerta.

Pero la cerradura ni moverse.

Indudablemente él no tenía ninguna gana de quedarse allí.

Eso me tranquilizaba.

Y para salir no le faltaba ingenio, pero hay que reconocer que carecía de útiles

apropiados.

Entonces intentó la violencia.

Sin embargo la puerta era fuerte, de roble viejo, más fuerte que él.

Lo comprendió así y después ya no intentó nada.

Mejor dicho, intentó dormir.

Era lo único que se podía hacer.

Yo también.

Ni siquiera me dio las buenas noches.

Cuando me desperté, ¿qué fue lo que vi?

Nada. A nadie.

Había desaparecido.

Quería llamarle, pero me di cuenta de que no sabía su nombre.

¡Señor!

¡Señor!

Me preguntaba por dónde habría podido pasar cuando encima de mí...

No había nada que hacer.

Cuatro paredes lisas, el vacío alrededor y ningún socorro a la vista.

Cuando regresé de mi expedición, ¿qué fue lo que encontré?

Aquella loca que tenía una brillante idea.

Enseguida comprendí lo que se proponía.

Se imaginaba que podríamos salir por la ventana.

Un truco que va bien para las novelas, ¿sí? Pero que en la vida, y desde un

tercero, hacía falta comprobarlo. Sí, señor, resistía.

Resistía perfectamente hasta el momento que no resistió.

¿Qué sucede?

Estamos salvados.

¡Señor!

¿Querría usted hacerme un gran favor?

¿Le sería de mucha molestia subir hasta el tercero? Estoy encerrada aquí, no

puedo salir.

Todos los vecinos se han marchado.

Se lo suplico. ¿Pero qué está usted haciendo?

Habrá sinvergüenza.

¡Al ladrón! ¡A ese!

¡A ese!

¡Al ladrón!

¡Al ladrón!

¡Cállese!

¡Señor! ¡Señor!

Pero no ha podido callarse. Todo se hubiera arreglado. Era un ladrón. Es que

lo ha visto. ¿Y qué? Un ladrón sabe abrir una puerta. No como usted.

Poneos a discutir con una muchacha.

Ella se echó a llorar.

Eso es lo que hacen siempre. Cuando no saben qué decir.

Entonces se acercó a mí como para consolarme.

Me miró fijamente a los ojos. ¿Y sabéis lo que me dijo?

Tengo hambre.

Le di lo que tenía. No era gran cosa.

Mi régimen, unos bizcochos y leche.

Leche. No la había tomado hacía 30 años. Valiente desayuno.

Y yo pensaba en mi jamón y en mis vinos que acababan de esfumarse.

Pero a la noche, cena de gala.

Había olvidado completamente que en la nevera me quedaba... Un huevo.

Ni siquiera sabía freír un huevo. Os lo digo yo.

Luego también sacó algún bebestible.

No era como mi tintorro.

No parecía que le gustase mucho.

Pero era educado y se resignó.

Una chica muy fina.

Hacía como que no tenía hambre.

Menos cuento, le dije. Vamos a partirlo como buenos hermanos. ¿Cómo hermanos?

No valía la pena verme vestido.

No se daba cuenta de nada.

¿Qué es lo que no iba bien?

¿Mi peinado?

Estaba divinamente peinada. ¿Y qué traje tan bonito?

La verdad, me gustaba.

Yo había vuelto a maquillarme, no tenía mal aspecto y merecía un pequeño

cumplido. En frente de ella me encontraba cortado. Tenía barba de dos

Ni siquiera me miró.

Bueno está ser discreto, pero hasta ese punto... En fin, yo no tenía ningún

motivo de preocupación ni de turbación. Y cuando le dije, no se vuelva usted,

estaba bien segura de que no se volvería. Pero se volvió.

¡Ah! Entonces le fulminé con la mirada.

Poco tardó en comprender.

No tenía motivo para tenerme miedo. No soy ningún salvaje. Y sabía que ella

podía encontrar a alguien mejor que yo.

Me imaginaba que él insistiría, pero nada.

Se quedó quieto como una estatua. La verdad, hasta me dio pena aquel imbécil.

Entonces le dije... Buenas noches.

Buenas noches.

Buenas noches, Annie.

¿Annie?

¿Qué es eso de Annie?

Annie soy yo. ¿Y usted?

Charles.

Buenas noches, Charles.

Buenas noches.

No es que me gustara rabiar, pero a mí, cuando un hombre no me mira, me da la

impresión de que soy fea.

Al otro día, lunes de Pascua, aún seguíamos en una isla desierta. Pero ni

isla desierta tiene una que descuidar su físico. Una mujer siempre será mujer,

aunque nadie se interese por ella.

¿Es usted?

¿Y esta también?

La encuentro mejor al natural.

Y al sol, ¿no?

Ha sido una suerte tener sol.

Para el último día.

Mañana, fin de las vacaciones.

No es que hayamos ido muy lejos.

Como dijo el otro, amantes, felices amantes que queréis viajar, de la orilla

os debéis alejar.

¿Y eso qué significa?

Que cuando son dos, los viajes más bonitos se hacen sin viajar.

Amantes. ¿Por qué habla de amantes?

No soy yo el que habla. Es la Fontaine.

Los dos pichones.

¿Es usted maestro?

No. En marcador. Lo he leído en un grabado.

Dos pichones se amaban con ternura.

Ah, sí.

Es el comienzo. Ah, es el comienzo. Sí.

Y al final... No me interesa conocer el final.

No le interesaba conocer el final.

Para mí que no le gustan las poesías. Hay gentes que son así. Pero bueno, en

puesto no habríais intentado charlar un poco. Pues claro, naturalmente.

Todos son parecidos. O ni siquiera te miran, o pretenden mirarte muy de cerca.

para remate, se puso a llover.

Y estuvo lloviendo todo el día.

Él ya no se ocupaba de mí y francamente me encontraba un poco sola.

Hubiera querido romper el silencio, pero ¿cómo?

Iba a decirle, cuénteme el final de los dos pichones, pero no sé por qué le

grité.

¿Lo ha terminado todavía?

Lo siento, con una lima de uñas no se pueden hacer milagros. No, pero se hace

ruido. Bueno, ya queda muy poco tiempo.

Muy poco tiempo.

Pasaron dos horas largas.

Yo trataba de dormir, pero cada vez que cerraba los ojos el ruido me despertaba.

Ese ruido de hierro que no acababa nunca.

No lo hacía mal el pobre muchacho.

Se veía que tenía verdaderas ganas de marcharse.

Sin duda yo le había ofendido. Era culpa mía.

Estaba a punto de levantarme e ir hacia él cuando interrumpió su trabajo y se

volvió hacia la puerta.

Una vez más manipuló en la cerradura.

Pero ahora...

¿Sería posible?

Yo no daba crédito a mis ojos. Lo había conseguido. Estábamos libres.

Él iba a marcharse. Se marchaba.

Me tocaba a mí mostrarme ofendida.

Pero se paró en el dintel de la puerta.

Pensé que no quería dejarme sin decirme adiós. Era lo menos que podía hacer.

Y fingí que estaba dormida nuevamente para divertirme poniéndole en un

No se movió.

¿Qué estaría esperando?

Oí que la puerta volvía a cerrarse con suavidad y comprendí que no se había

marchado, que aún seguía allí.

Porque había vuelto a cerrar la puerta.

Esto empezaba a intrigarme.

Entonces hice como si no hubiera visto nada. Como si saliera de un profundo

sueño y le dice que ese gran trabajo va a estar pronto terminado.

No, abandono.

No se me da bien la cerrajería. Qué mal saben mentir los hombres.

No se atrevía ni a mirarme a la cara.

Tenía una extraña sonrisa.

¿Sería que me había visto?

Era el momento de enfadarme.

De indicarle la puerta y de decirle... ¡Salga!

Pero no estaba enfadada. Era el momento de decirle... Annie, no he querido

marcharme porque... Pero claro, ¿por qué? Me volvió la espalda.

Debía estar muy descontento de sí mismo.

Y al fin me pareció que hablaba. Sí, había hablado. Pero tan bajo que yo no

había podido entenderlo.

Entonces me gritó... ¿Dovil?

¿Siente mucho no haber podido ir?

Pues yo también echo de menos mi río.

En aquel momento tenía tal aspecto de infeliz que me dieron ganas de besarle.

Ella sonreía sin responder.

¿Se estaría burlando de mí?

Yo me preguntaba en qué pensaría.

Pero vete a saber lo que pasa por la cabeza de una mujer.

¿Besarle?

No era yo quien debía tomar la iniciativa.

Las chicas no me dan miedo, pero aquella... ¿Qué estaría esperando?

¿Un pequeño gesto de invitación?

La cosa no era muy complicada. Yo no tenía más que dar un paso, pero... Me

parecía que si me cogía la mano, esta vez yo... Y sin ni siquiera darme

cuenta... Me tomó la mano. ¿Y qué más?

¿Adivinadlo? Está bien claro.

Sí, pues dilo. Lo estoy viendo.

Te tomó en sus brazos, tú te abandonaste y etcétera, etcétera.

No, estás equivocada. Yo lo sé. No perdiste la cabeza.

Él intentó besarte y tú le sacudiste.

Pues no, no lo has entendido. Yo lo adivino. Te sujetó la mano entre las

te dijo, ¿quiere usted casarse conmigo? No, no lo acertaréis jamás. En el

momento en que me tomó la mano, yo me decía, ha valido la pena haber pasado

días como buenos hermanos para llegar a esto.

Cuando de repente... ¿Ha oído usted?

¿Quién es?

El cerrajero.

Sí, señor, era el cerrajero. ¡Oh, qué maravilla!

El cerrajero que habíamos llamado dos días antes.

Llegaba un poco tarde.

La culpa era de su mujer.

Parece que la mujer del cerrajero no tiene buena memoria.

Entonces él, para quedar bien, se empeñó en desmontar la cerradura y en poner

otra en su lugar. Se quedó allí más de dos horas y repetía... Cuando pienso que

estaban ustedes expuestos a pasar aquí otra noche...

Estaba tan apurado que no tuve más remedio que consolarle y hasta darle las

gracias encima.

Gracias, amigo, gracias.

Nada, nada, lo he hecho con mucho gusto.

Ya lo tendré en cuenta, muchas gracias. No lo merece, a mandar.

Buenas noches, Charles.

Buenas noches, Annie.

Tengo sueño.

Yo no.

Bueno, ¿marchas usted a casa?

No.

Es tarde, demasiado tarde.

No.

Márchese galantemente.

No.

¿Pero no oye lo que le digo? No, cuando se burlan de mí no oigo nada. Yo no me

burlo de usted, tengo sueño.

Está bien, duerma.

Charles.

¿No irá a enfadarse usted tan correcto?

Sí, demasiado.

¿Qué habría hecho yo sin usted durante dos días?

Eso me pregunto.

Quedemos buenos amigos.

Eso es, buenos amigos.

Como hermanos. Ah, no.

Ya veis.

Si el maldito cerrajero no hubiera venido. Las mujeres no saben lo que

Yo creo que sí lo saben. Un coche lujoso y dobil.

Pues para ellas.

Yo, el domingo que viene, de camping a la orilla de un río.

Bien tranquilo y solo.

Pues sí que se la has hecho buena al señor de Doville.

Le consolarás el domingo que viene. Oh, creo que no. El domingo iré a hacer

camping a la orilla de un río. ¿Tú sola?

No.

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