All language subtitles for Dracula B&N (1931)1h39DrmFtscTrr

af Afrikaans
ak Akan
sq Albanian
am Amharic
ar Arabic
hy Armenian
az Azerbaijani
eu Basque
be Belarusian
bem Bemba
bn Bengali
bh Bihari
bs Bosnian
br Breton
bg Bulgarian
km Cambodian
ca Catalan
ceb Cebuano
chr Cherokee
ny Chichewa
zh-CN Chinese (Simplified)
zh-TW Chinese (Traditional)
co Corsican
hr Croatian
cs Czech
da Danish
nl Dutch
en English Download
eo Esperanto
et Estonian
ee Ewe
fo Faroese
tl Filipino
fi Finnish
fr French
fy Frisian
gaa Ga
gl Galician
ka Georgian
de German
el Greek
gn Guarani
gu Gujarati
ht Haitian Creole
ha Hausa
haw Hawaiian
iw Hebrew
hi Hindi
hmn Hmong
hu Hungarian
is Icelandic
ig Igbo
id Indonesian
ia Interlingua
ga Irish
it Italian
ja Japanese
jw Javanese
kn Kannada
kk Kazakh
rw Kinyarwanda
rn Kirundi
kg Kongo
ko Korean
kri Krio (Sierra Leone)
ku Kurdish
ckb Kurdish (Soranî)
ky Kyrgyz
lo Laothian
la Latin
lv Latvian
ln Lingala
lt Lithuanian
loz Lozi
lg Luganda
ach Luo
lb Luxembourgish
mk Macedonian
mg Malagasy
ms Malay
ml Malayalam
mt Maltese
mi Maori
mr Marathi
mfe Mauritian Creole
mo Moldavian
mn Mongolian
my Myanmar (Burmese)
sr-ME Montenegrin
ne Nepali
pcm Nigerian Pidgin
nso Northern Sotho
no Norwegian
nn Norwegian (Nynorsk)
oc Occitan
or Oriya
om Oromo
ps Pashto
fa Persian
pl Polish
pt-BR Portuguese (Brazil)
pt Portuguese (Portugal)
pa Punjabi
qu Quechua
ro Romanian
rm Romansh
nyn Runyakitara
ru Russian
sm Samoan
gd Scots Gaelic
sr Serbian
sh Serbo-Croatian
st Sesotho
tn Setswana
crs Seychellois Creole
sn Shona
sd Sindhi
si Sinhalese
sk Slovak
sl Slovenian
so Somali
es Spanish Download
es-419 Spanish (Latin American)
su Sundanese
sw Swahili
sv Swedish
tg Tajik
ta Tamil
tt Tatar
te Telugu
th Thai
ti Tigrinya
to Tonga
lua Tshiluba
tum Tumbuka
tr Turkish
tk Turkmen
tw Twi
ug Uighur
uk Ukrainian
ur Urdu
uz Uzbek
vi Vietnamese
cy Welsh
wo Wolof
xh Xhosa
yi Yiddish
yo Yoruba
zu Zulu

Original subtitles

Permítame. Muchas gracias.

¿Dónde íbamos ahora?

Uno de los lugares más agresivos y menos conocidos de Europa.

Siga.

Entre los cumbres abruptas se encuentran ruidosos castillos.

Restos de una época rebota.

Cochero, a ver si va un poco más despacio.

No, no.

Hay que llegar a la posada antes de la noche.

¿Y por qué?

¡Oye, Falcúrgis, mirad!

¡Noche de mal agüero!

¡Nosferatu!

¡Los muertos salen de las tumbas y chupan la sangre de los vivos!

¡Dilipulete! ¡Usted no se burlar si vivir aquí!

¡Esta noche todas las puertas atrancadas!

¡Y nosotros retar a la Virgen!

¡Suscríbete al canal!

No, no baje mi equipaje.

Yo tengo que seguir hasta el desfiladero de Borgo.

Muy buen viaje hemos tenido. ¿Y ustedes, cómo han estado?

Debo advertirle que hoy es el día de Santa Hualpurga.

Que es de mal agüero por aquí.

Y el cochero, es un buen hombre.

Desea saber si le es a usted lo mismo continuar el viaje después del amanecer.

Lo siento mucho, pero a las doce me esperará un coche en el desfiladero de

Borgo.

¿Qué coche?

El del conde Drácula.

¿El castillo de Drácula?

Eso es.

Ahí es a donde voy.

Cuéntese, ¿quiere irse esta noche al destiladero de Borgo?

Yo le suplico permanezca aquí esta noche.

Pero si todo eso no pasa de ser superstición.

Quiero decir que en una región montañosa como esta, no comprendo cómo... Después

de todo, lo que yo trato de decir es que yo no tengo miedo.

Ya le he dicho que se trata de negocio.

Tengo que ir allí.

De veras.

Espere, ¿ya que quiere irse?

Póngase esto.

Póngaselo por lo que más quiera. Le servirá de protección.

Gracias. No se merecen.

Buenas noches. Buenas noches y le deseo buen viaje.

Buenas noches. Buenas noches.

¿Y andan por ahí en busca de sangre?

Yo he visto las víctimas.

Vamos, para.

¿El coche del conde Drácula?

Soy Drácula.

No podía usted ser más oportuno.

No sé lo que pasaría con el cochero y con mi equipaje.

Con todas esas cosas creí que me había equivocado de casa.

Los muros de mi castillo están cuarteados.

Abundan en él las sombras.

Pero suba.

Está usted en su casa.

Escúchelos, son los hijos de la noche.

¡Qué hermosa música componen!

La eterna lucha por la vida.

Todo ser viviente ha menester sangre para seguir viviendo.

La araña teje la tela para coger la mosca incauta.

La sangre es la vida, señor Rencio.

Supongo que le parecerá más atractiva esta parte del castillo.

Ya lo creé.

Pensé que podría usted traer apetito. Es usted muy amable, conde Drácula.

Siéntese. Gracias.

Confío en que nadie se habrá enterado de esta visita.

Absolutamente nadie, como usted me lo recomendó.

Y habrá quemado usted toda nuestra correspondencia. He seguido todas sus

instrucciones al pie de la aleta.

Magnífico, señor Renfrio.

Magnífico.

No ha sido nada. Un ligero rasguño.

¿Usted no bebe?

Yo nunca bebo... vino.

Y ahora, si se encuentra usted bien, quisiera que hablásemos del

de la abadía de Carfax.

Pero la documentación está toda en mi cartapacio.

Me tomé la libertad de mandar subir su equipaje.

Todo está arreglado.

Solo falta que usted firme.

Espero que alcancen estas etiquetas para todos sus bultos.

No voy a llevar más que tres cajones.

Partiremos mañana en la noche.

Estará todo listo.

Ojalá la encuentre usted cómoda. Gracias.

Tiene espectro atrayente.

Ahora... Le voy a dejar.

Tal vez me entretenga por ahí mañana durante el día.

En tal caso, volveremos a vernos aquí al anochecer.

Buenas noches, señor Renfield.

Los dedos agarrotados en la rueda, como si estuviesen congelados. Moriría de

favor. ¡Qué tragedia tan terrible!

Lo que es de las velas, no queda ni un girón.

Ha de haber sido terrible la tormenta.

¿Y los marineros? ¿Qué ha nacido de ellos?

¡Maestro! ¡Maestro!

¡Ya estamos aquí!

¡No me oyes, maestro!

¡Maestro!

¿Qué será eso?

Parece que sale de aquella escotilla.

Le dirás al doctor Seward que está en el palco inmediato y le llaman al

teléfono.

Una vez que le des mi recado, no volverás a recordar nada.

Doctor Swart, le llaman al teléfono.

Con permiso.

Disprese usted.

Decirte. Sin querer, oye el nombre de usted.

¿No es usted el doctor Swart que tiene un sanatorio en Whitby?

Eso es.

Pues yo soy el conde Drácula.

Acabo de arrendar la abadía de Carpa.

Entiendo que linda con los jardines de su sanatorio.

En efecto, tienda con mis terrenos.

Tengo mucho gusto en conocer a usted, conde.

¿Quiere usted acompañarnos?

Conde, permítame usted que le presente a mi hija Eva.

La señorita West.

Señor Hart, el conde Drácula acaba de rendar

la abadía de Carpas.

Será un consuelo ver alumbradas otra vez aquellas ventanas tan nubes.

Conde, va usted a tener que perdonarme. Me llaman al teléfono.

Entretanto, tenga usted la bondad de sentarse.

Con mucho gusto.

Esta ruina de Carvac se podría hacer una bonita casa, pero todo a fuerza de

dinero.

Apenas las voy a tocar.

Me recuerdan las ruinosas murallas de mi propio castillo en Transilvania.

A mí, lo que me recuerdan es aquel viejo brindis.

Elevadas vigas sobre muros desiertos, laten con el eco de nuestra risotada.

Tal que si por ellas murmuraste los muertos.

Qué simpático.

Espira, espira. Que todavía es Antalgo. Más simpático aún.

Por los ya difuntos las copas vaciemos. Y un día y balancemos por el que primero

tenga que morir.

Pero además puedes callártelo, Lucía.

Morir de verdad.

Está realmente muerto.

Debe ser sublime.

¿Pero dónde?

Algo peor que la muerte.

Acecha a los mortales.

lo que quieras. A mí me pareció fascinador.

Lucía, la romántica.

¿Me lo explico?

Aquello de las ruinosas murallas.

Va. A mí.

Que me den un nombre más formal.

¿Como Juan?

Sí, rica. Sí.

Como Juan.

Bueno, condesa, tengo mucho sueño.

Te dejo con tu conde y su ruinosa abadía.

Y que todos tus sueños sean de color de rosa.

Buenas noches. Buenas noches.

Parece que la niebla vuelve a aumentar.

Una muerte más.

¿Cuándo se le hizo la última transfusión a la señorita Weston?

Unas cuatro horas antes de que falleciera.

Los mismos síntomas en cada uno de los casos.

Una inexplicable pérdida de sangre que hemos sido incapaces de impedir.

Deme la lupa.

Y estas dos mismas huellas fueron halladas en el cuello de cada una de las

víctimas.

Caballeros.

Tenemos que habernoslas con los vampiros. El vampiro. El vampiro. Sí,

el vampiro de Transilvania. Eso es. No serás tú. El vampiro.

El vampiro ataca por la garganta y deja dos diminutas lesiones blancas

con un punto rojo en el centro.

Pero, profesor Panelsin, esa teoría es imposible.

En estos tiempos la ciencia médica no admite la existencia de semejante ser.

Eso no es más que un mito, una superstición.

El paciente del Dr. Seward, Renzi, cuya sangre acabo de

analizar, tiene la obsesión de que debe devorar otros seres vivos para alimentar

su propia vida.

Me voy a Inglaterra con el Dr. Seward.

para estudiar el caso de Renfield.

Y tal vez pueda darle pruebas de que la superstición de antaño puede llegar a

ser verdad científica de nuestros días.

Miren.

No le da vergüenza.

Ahora le da por las arañas.

Por las arañas.

Ya no se conforma con moscas.

Moscas. Moscas. Un sable.

Un guiñuta.

¿Quién va a conformarse con moscas?

Usted, que está loco de remate.

¿Haga falta de hermosas y rollizas arañas todavía?

Bueno, que sea como usted quiera.

Pero ahora venga conmigo, que el profesor quiere hablar con usted otra

Vamos.

Es un caso muy raro. Sin embargo, hasta ahora lo único que ha apetecido Redfield

son pequeños bichos.

No seres humanos.

Eso es lo que creemos, doctor.

Pero dice usted que suele escaparse de su cuarto.

Que se pasa horas fuera.

¿Dónde se meterá?

Adelante.

Ahora tiene mejor cara que a mi llegada hoy por la mañana.

Gracias, profesor.

Me siento mucho mejor.

Martín.

Entiendo que se educó usted en la Universidad de Oxford.

Pues sí.

Allí me gradué en leyes en 1927.

En el colegio de abogados.

Ingresé en 1928.

Después...

Con

permiso.

Un organismo inferior.

Indigno de mi atención.

¿Qué habría hecho usted con esa mosca?

De no estar nosotros aquí.

¡Echársela al coleto!

Dígame, señor Renfield, ¿qué es lo que le induce a comerse las moscas?

Las alas de las moscas, caballero, representan la potencia aérea de las

facultades psíquicas.

¿Verdad que se las trae, doctor?

A nadie deja sin respuesta.

Pero yo nunca te he visto así, Eva.

¿Qué es lo que te pasa?

¿Tienes alguna preocupación?

¿Te he hecho yo algo?

No es que tú me hayas hecho nada, Juan.

Ni debes preocuparte.

Pero algo te pasa. Dímelo.

No sé lo que podría ser.

Últimamente... estaba sintiendo miedo.

Cuando la noche se aproxima... me viene la sensación... de que algo...

se estrecha alrededor de mí.

Oh, Juan.

¿Dónde tengo que ir con esos malos caras?

Vamos, vamos.

Preciso que me saque usted de aquí.

¿Por qué tiene tanto interés en ello?

Porque en la noche el grito pudiera molestar a la señorita Eva y hasta

ocasionarla pesadillas.

¿Pesadillas?

Sí, doctor.

¡Sí!

es el aullido de un lobo. Sí, en efecto.

Pero me resisto a creer que haya lobos tan cerca de Londres. Este cree que los

hay. Y yo ya oí esos aullidos por las noches.

Este dice que le hablan a él y les contesta desgañitándose.

Está guillado.

Debiera haberse me ocurrido.

Usted sabe bien por qué los lobos hablan, ¿no es verdad, señor Renfín?

Y usted sabe también cómo se les puede hacer callar.

Usted sabe demasiado para seguir viviendo.

Ya no le sacaremos una palabra más por el momento.

Puede llevárselo, Martín.

¡Hala, papamoscas!

Se lo vuelvo a advertir, doctor.

Si no me saca de aquí, usted será responsable de lo que le ocurra a su

¿Qué hierba es esa que tanto les citó?

Es acónito.

Los campesinos de Europa Central lo usan para ahuyentar a los vampiros.

Pues Renfield respondió bien pronto al olerlo.

Sí.

Hay que vigilarle bien día y noche.

Especialmente de noche.

Sí.

Decías que te habías retirado.

Sí.

Estaba leyendo y me quedé dormida.

Soñé... Un perro ladró... Y me pareció que todo el cuarto se llenó

de niebla.

Era tan espesa... Que apenas podía utilizar la luz que estaba junto a la

Parecía una chispa diminuta perdida en la niebla.

Vi los ojos encarnados que me miraron y una cara pálida y amolatada entre la

niebla.

Se acercó más y más.

Sentí su alianza en mi cara y sus labios.

Pero, Eva, no fue más que un sueño.

A la mañana siguiente, me sentí tan débil... como si hubiese perdido la

vitalidad. ¿Cuándo tuvo usted ese sueño, señorita Eva?

La noche... en que papá salió para Suiza.

Es decir, la noche...

Siguiente al entierro de Lucía.

A ver, reflexione un momento.

¿Recuerda usted algo que haya podido ocasionar esa pesadilla?

Nada.

Hay algo que está preocupando a Eva, doctor.

Algo que ella no nos quiere decir.

Y aquella cara que vio usted en su sueño, dice usted que se acercaba...

y más?

¿Que los labios la tocaron?

¿Dónde?

Eva.

No, no, papá. Por favor.

¿Qué tienes en el cuello?

Por Dios, papá.

¿Desde cuándo tiene estas huellas en el cuello?

¿Huellas?

Desde el día después de aquel sueño.

El conde Drácula.

Mucho gusto en verle de vuelta, doctor.

Ya sabía yo que acababa usted de llegar.

¿Señorita Seward?

Perdón, conde Drácula.

El profesor Van Helsing.

Van Helsing.

El distinguido hombre de ciencia cuyo nombre conocemos hasta en las montañas

Transilvania.

Doctor, me va usted a dispensar. Pero creo muy conveniente que su hija se vaya

inmediatamente a su alcoba.

¿Está usted indispuesta?

Espero que su mal no sea de cuidado.

Tuve un terrible sueño una de estas noches y aún no he podido apartarlo de

imaginación.

¿No habrá usted tomado mis cuentos demasiado en serio?

¿Cuentos?

¿Procurando modestamente distraer a su prometida?

He estado contándole algunas leyendas, un tanto lúgubres, de mi lejana patria.

Hija, estoy seguro de que el conde Drácula te dispensará.

Es preciso que te vayas a tu cuarto, como te aconseja el profesor Van

Pero papá, te advierto que ahora me estoy sintiendo muy bien.

Vale más que siga la indicación de su padre.

Muy bien.

Buenas noches, hija.

Buenas noches. Buenas noches, Juan.

Vendré más tarde para averiguar cómo sigue usted.

Gracias.

Buenas noches, señorita Stewart.

Buenas noches.

Siento mucho que mi visita fuese tan inoportuna.

De ningún modo. Al contrario, podría resultar de suma trascendencia. Es más,

antes de que se vaya, podría ofrecernos muy útil.

En cuanto me sea posible, tendré mucho gusto.

Hace un momento descubrí...

Un fenómeno asombroso.

Algo tan inverosímil que hasta de mis propios ojos desconfío.

Y quiero que usted me ayude a comprobarlo.

Mire.

Le pido mil perdones.

No pude evitarlo.

Considerando que usted no ha vivido aún, ni siquiera toda una vida, sabe usted

mucho, profesor.

¿Hicieron ustedes la expresión de aquella cara?

Lo mismo que una bestia enfurecida.

Drácula es nuestro vampiro.

¿Vampiro? Por Dios, profesor.

Los vampiros no se reflejan en los cristales. Por eso Drácula hizo pedazos

espejo. Oye usted, profesor. Eso no tiene ni pies ni cabeza.

¿Drácula es el monstruo?

que mató a Lucía Weston, el que dejó esas huellas en el cuello de la señorita

Emma.

¿Él?

Bueno, pues, créanme que no quiero ofenderle, pero esas palabras me parecen

propias de algunos de los enfermos que hay aquí.

Sí, y eso mismo creerán los médicos de este país y la policía.

Lo que da más fuerza al vampiro es que la gente se niegue a creer en él.

Pero profesor, según su propia teoría, el vampiro debe regresar a su sepultura

antes del amanecer. Debe volver a su tierra natal, que es donde fue

Ahora bien, la tierra natal del conde Drácula es Transilvania.

Entonces habrá traído la tierra con él, tal vez en cajones bastante grandes,

para servirle de leche.

Renfield, ¿qué está haciendo ahí?

Ven conmigo.

¿Renfield? ¿Oyó lo que decíamos?

Quédense por lo que les dije.

Es la única salvación que les queda.

Y a ella... lo mismo.

Sálveme.

Sálveme, Álvaro.

Sálveme.

Sálveme.

Yo soy débil. Usted es fuerte.

Yo estoy loco.

¿Usted está de acuerdo?

Yo le salvaré.

Pero tiene usted que decirnos cuanto sepa.

Todo.

¡Tonto! ¿Y yo qué creí que era usted un sabio?

¿Qué voy yo ganando con decírselo todo?

Ese médico me tiene aquí encerrado todo el día.

Y cuando me porto bien, me da un poquito de azúcar para que coja bosca.

Mientras que si sirvo al maestro.

Un loco inteligente prefiere servir a aquel que puede darle vida.

¿Él?

¿Y a quién alude usted?

¿Para qué mencionar nombres entre amigos, profesor?

¿Qué ligas tiene usted con Drácula?

¿Drácula?

Ni siquiera había oído ese nombre hasta ahora. Miente usted.

Los locos, profesor, carecen de facultades para distinguir la

verdad de la mentira.

Por eso, no me doy por ofendido.

Le supliqué a usted que me sacara de aquí.

Pero usted no quiso.

Ahora ya es tarde.

Ya ocurrió.

¿Qué ocurrió?

No me atrevo a decirlo.

No me atrevo.

Moriría atormentado si lo tratase.

¿Y morirá atormentado si deja que la sangre inocente caiga sobre su alma?

Dios no condenará el alma de un pobre demente.

Él sabe muy bien que el poder del mal es demasiado grande para

que se libre de él, los pobres de espíritu.

Entonces, Renfield, tenga confianza en mí.

Confíeseme lo que deseo saber.

¿Qué desea usted saber?

El nombre del ser que le ha trastornado la cabeza.

Ese a quien usted llama maestro.

No me pregunte eso.

No me pregunte eso.

No, no me pregunte eso.

Debe usted decirnoslo.

Debe usted decirnoslo.

Fuera de aquí.

Fuera de aquí.

Renfield, díganoslo.

Antes que sea demasiado tarde.

Antes que su alma quede condenada para siempre.

Se lo voy a decir.

Se lo voy a decir.

Maestro.

Maestro.

No les iba a decir nada.

No les he dicho nada.

Gracias a Dios, vive aún.

Vive, pero corre un gran peligro.

Está bajo la influencia de él.

Sería terrible.

No puedo creerlo.

Y sin embargo, es la verdad.

Tenemos que ponerle coto.

Tenemos... que hacerle frente.

¿No anda por ahí el doctor Sewell?

No, ¿qué se le ofrece?

Que el papamoscas ese se me volvió a alargar y es capaz de hacer cualquier

murrada. El doctor Sewell y su famoso sario Andan allá por la abadía a la caza

de vampiros.

Vampiros, papaboscas.

Mire usted, señor Harker, si hay algún valiente que quiera mi puesto, que se

quede con él.

Yo voy a buscar otra casa donde haya locos simpáticos y razonables, que se

Napoleón, reyes, algo que valga la pena.

La misteriosa dama vestida de blanco, el implacable azote de la infancia,

volvió a hacer de las suyas anoche, poco después de oscurecer.

Las declaraciones de dos niñas

ambas

confirman que se trata de una hermosa dama vestida de blanco, cuyo

invariable Consiste en ofrecer bombones a su víctima, tras

lo cual la atrae hacia algún rincón retirado donde la muerde suavemente el

cuello.

¿Qué sabe ella de la dama vestida de blanco?

¿Cómo había de saber nada?

Y hasta además que ella lo leyera. Por Dios, señor Harker.

¿Y cuándo volvió usted a ver a Lucía después de que la enterraron?

Una vez que estaba yo en la terraza.

Salió dentro de las sombras.

Vino hacia mí.

Se detuvo mirándome.

Comencé a decirle algo.

Y entonces... me acordé...

que se había muerto.

Su cara... afectó... una expresión horrible.

Algo así como una fiera hambrienta.

Dio media vuelta... ...y se fue a perder... ...de nuevo entre la niebla.

De modo que la dama... ...vestida de blanco, era...

Lucía.

Señorita.

Le prometo que de hoy en adelante, Lucía descansará en paz.

Su alma quedará libertada para siempre de ese apetito tan feroz.

Puesto que usted puede salvar el alma de Lucía después de la muerte, promítame

que salvará la mía también.

Pero si tú no te vas a morir, vida mía, tú seguirás viviendo.

No, no, Juan.

No debes tocarme.

Ni debes besarme.

Nunca, jamás.

¿Pero qué estás diciendo?

Profesor, explíqueselo usted.

Dígaselo. Yo no puedo.

Eben.

Todo ha acabado entre nosotros.

Nuestro amor, nuestros proyectos de matrimonio.

Por favor, Juan. No me mires así.

Te quiero.

Te quiero más que mi propia vida.

Pero esta cosa tan terrible.

Él quiere que sea así.

Y yo... Tengo que obedecer.

¿Saben ustedes lo que están haciendo?

La están volviendo loca.

Señor Harker, aquello es lo que debiera preocupar a usted.

Los últimos rayos del sol se han ocultado ya.

La noche se cierne otra vez sobre nosotros.

Tanto en esta habitación como en la de usted, hemos puesto ya a Corito para

librar a usted de Drácula, caso que él vuelva.

Va a estar muy libre de él, porque o se vuelve a Londres conmigo inmediatamente,

o yo llamo a la policía.

Amigos, aquí mando yo, o resultará inútil cuanto hago.

La señorita Eva debe conservar consigo esta rama de acónito al acostarse.

Tenga usted mucho cuidado de que no la vaya a dejar durante el sueño.

Y bajo ningún pretexto, deberán abrirse esas ventanas durante la noche.

Ya me doy cuenta, profesor.

Vamos, hijita.

Vamos.

Sí, maestro.

Has vuelto a verme, maestro.

¿No estás enojado conmigo?

¡Por favor!

¡A ella no!

¡Nunca más!

¡No! ¡No, maestro!

¡No! ¡A ella no!

¡No!

¡No!

¡No! ¡No!

¡No! ¡No!

¡No! ¡No!

¡Por favor!

¡No! No, maestro. No, por favor.

Señor Harker, he dedicado toda mi vida al estudio de las cosas más extrañas,

de hechos poco conocidos que acaso sea mejor que ignore el mundo, más dado

aceptar mansamente las cosas vulgares.

El nombre de Drácula Está ligado a una leyenda que aún se conserva entre los

conterráneos del mismo Drácula.

Leyenda que se refiere a una antigua familia extinguida hace unos cinco

que se suponía compuesta de vampiros.

Como yo descubrí accidentalmente que Drácula no se reflejaba en el espejo y

además que se le habían remitido tres grandes cajones a la abadía de Carfax.

Como yo sabía que un vampiro tiene que dormir en el día en su tierra natal,

comprendí enseguida que Drácula debía ser la persona a quien Renfield llama

maestro. Un ser no muerto que ha logrado prolongar su vida más allá de los

límites naturales alimentándose con sangre de otros seres vivos.

Ahora bien, la única forma en que podemos salvar a Eva consiste...

En encontrar el lugar donde reposa el cadáver viviente del vampiro y

el corazón con una estaca.

¡Qué conversación tan extraña para hombres que no están locos!

En fin, me vas a obligar a ponerle una camisa de puesta.

Mucho me temo que eso resulte inútil ya.

¿Cómo dice usted, señor doctor?

¿Otra vez?

Enseguida voy, sí, señor.

Ahora mismo, señor doctor.

El orate predileto del doctor suelto otra vez.

Que me parta un rayo si este bárbaro no es el mismo Hércules.

Pues, ¿qué ha hecho ahora?

Míralo con tus propios ojos.

De hoy en adelante, cualquier sugestión mental que de mí recibas tendrá que ser

ejecutada.

Cuando yo quiera que hagas algo, hay que hacerlo.

Hay que hacerlo.

Cuando salgas de este estado, no recordarás lo que ahora te digo.

¿Me oyes bien?

Lo oigo bien.

Ya te he dicho lo que tienes que hacer.

Ahora obedece.

Renfield, usted sabe dónde se hallan esos cajones.

Díganoslo y le protegeremos.

Pero si ya no necesito su protección.

El maestro, lejos de estar enfadado conmigo, se muestra satisfecho.

Vino y se puso debajo de mi ventana, a la luz de la luna, y me prometió

cosas.

No decirlas, hacerlas.

¿Hacerlas? Sí, procurando que ocurra.

Una niebla roja se extendió sobre el césped avanzando a modo de

llamarada. Luego el maestro rasgó la niebla y mostró ante mis ojos

millares de ratas con ojos encendidos como los suyos, pero más pequeños.

Alzó la mano y todas se detuvieron.

Y me pareció que me decía, ratas, ratas, ratas,

millones, millones de ratas, y en cada uno de ellos una vida

repleta de sangre roja, lo que equivale a muchos años de vida. Todos

esos seres te daré, sí, y muchos más, y mayores, durante...

generaciones, ¡númeras! Con tal de que obedezcas.

¿Qué quería que hiciese usted?

Lo que ya ha quedado hecho.

Céacura, se halla en esta casa.

¿Y en qué otro sitio había de estar?

Ahora no podrá hacer daño alguno. Ya hemos prevenido el acónito.

Ah, ¿con qué estabas aquí?

Que me muera aquí mismo si este no me va a volverlo.

Acaba de retorcer y romper las rejas de hierro como si fuera un palillo de

dientes. Venga usted conmigo, Martín.

Le voy a enseñar un lugar de donde Renfield no podrá escaparse más. Vamos.

Puede que tenga usted razón, pero yo digo lo que es Santo Tomás.

Y ahora que averiguó lo que averiguó, sería prudente

que regresara a su tierra.

Pienso quedarme a proteger a aquellos a quienes usted quisiera aniquilar.

Ha llegado usted tarde.

La sangre de Drácula corre ya por las venas de la señorita Suad.

Seguirá ella viviendo por toda la eternidad lo mismo que he vivido yo.

Suponiendo que usted se nos escape, Drácula, ya sabemos cómo hay que

salvar el alma de la señorita Eva cuando no su vida.

que me encuentro bien.

Jamás me he sentido mejor en toda mi vida.

Estás tan... Apenas puedo creerlo. Si pareces otra.

Mi vida, estás estupenda.

Y así me siento yo.

Pero... Eso está muy cerrado.

Y ese olor... Ah, es la corona de flores que el profesor quería que yo...

Sí, señorita.

Tiene esta horrible corona de flores. ¿Quiere, Marta?

Y hágame el favor de abrir la ventana. ¿Quién trae de puro?

Pero, señorita, eso no lo aprobará el profesor.

No se preocupe por él.

Yo no sé qué es lo que me estaba pasando.

Se me figura que salgo de una pesadilla.

Verás que es hermosa la luz de la luna.

Mira, ¿has visto alguna vez tantas estrellas?

Millones y millones.

Y qué cerca parecen estar.

Como si uno pudiera alcanzarlas con la mano.

¿No te agradaría que te ofreciese un puñado de alias?

No olvide, Van Helsing, que en estos últimos años, cuantos se atravesaron en

camino, lo pagaron con sus vidas.

Y algunos de ellos en forma nada placentera.

¡Venga!

¡Aquí! ¡Detente!

No moverás tu mano hasta que yo lo quiera.

Saca lo que llevas ahí y ponlo en esta caja.

Date prisa.

¿Me has obedecido?

Sí.

Sí, tú me lo has dicho.

Oh, no, Juan.

¿Cómo no?

Yo no pude haber dicho semejante tontería.

Tú lo has inventado.

No, tú me dijiste que la noche te inspiraba miedo.

¿Y qué tiene la noche que pueda amedrentarme?

Me encanta la noche.

Son las únicas horas en que me parece que vivo de verdad.

Cuidado, murciélago, se te puede enredar en el pelo.

Sí, lo haré.

Lo haré.

¿Harás qué?

Yo no he dicho nada.

Se me figuró que sí.

Caray, que murciélago tan enorme.

Juan, quiero que me prometas una cosa.

Lo que tú quieras, vida mía. Lo que tú me pidas.

Ese profesor tan curioso y sus hierbas. No puedo soportarlas.

¿Quieres hacerme el favor de quitárselas?

Y el crucifijo, lo mismo.

Quítaselo.

Él dirá que quiere protegerme de nuevo.

De la noche, del conde Drácula, de lo que sea.

Yo no sé qué pensar.

Pero tal vez él tenga razón.

Me ha contado unas cosas terribles de ese conde Drácula.

¿Qué te pasa?

¿Por qué?

Tus ojos.

Me miran de un modo tan raro.

¡Eva!

¡Eva! ¡Hija mía! No es nada, Eva.

Vida mía.

¿Qué ocurrió?

No puedo decírtelo.

No puedo.

Debes decírmelo. Tengo derecho a saberlo.

Drácula.

Vino.

Se abrió la vena del brazo.

Y me hizo...

¿Qué es eso?

¿Quién es, Martín?

Un murciélago, señor profesor. Un grande y muy negro.

Es inútil que malgastes tus cartuchos, Martín.

Nunca podrán herir a ese...

Murciélago.

¿Qué le vamos a hacer?

Está guillado.

Están todos guillados. Todos, menos yo y tú.

Y a veces dudo hasta de ti.

Fue una obra de caridad el clavarle a la pobre la estaca en el corazón.

Ahora sí que su alma descansará en paz.

Vamos a la abadía.

Mire, una abertura en la pared.

Maestro.

Maestro. Aquí estoy.

Aquí estoy.

¡Eva! ¡Eva!

¡Eva! ¡Eva!

Por aquí es por donde entró.

Yo no los he traído, maestro. Te lo juro. Yo que lo sabía.

Maestro. Maestro.

Maestro. ¡Eva!

Maestro, he sido fiel. Soy tu esclavo. No te traicioné.

¡No me dajes, maestro!

¡Cantígame! Así está bien, pero déjame vivir.

Yo no puedo presentarme a este Dios. Llevas una tanta muerte sobre la

y te haces aire en las manos.

Su vida de vampiro ya toca su fin.

¿Y Eva?

Hay que tener valor.

Busque una piedra, algo...

que me sirva para clavarle la estaca en el corazón.

¿Y Eva?

¿Estará?

No está aquí.

¡Entonces vive aún!

Qué horrible carapuzo.

Cuando vio la luz del sol.

Nada hay que temer ya.

Drácula está muerto para siempre.

¿No viene usted?

Me quedo.

Voy a cumplir la promesa que le hice a Renfri.

Can't find what you're looking for?
Get subtitles in any language from opensubtitles.com, and translate them here.