All language subtitles for Autumn.Sonata.1978.720p.BluRay.x264.[YTS.MX]-Spanish

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Original subtitles

SONATA DE OTOÑO

A veces miro a mi mujer...

sin que se note mi presencia.

La primera vez que entró en esa habitación, dijo...

"Está muy bien. Quiero estar aquí."

Nos habíamos conocido unos días antes en un concilio en Trondheim.

Era corresponsal de una revista de la Iglesia.

Nos conocimos en el almuerzo y le hablé de la vicaría.

Me atreví a sugerirle que viniéramos...

después de la conferencia.

Por el camino, le pregunté si quería casarse conmigo.

No contestó.

Pero cuando entramos en la habitación se giró hacia mí y dijo...

"Está muy bien. Quiero estar aquí."

Desde entonces, hemos vivido una buena vida en la vicaría.

Eva me ha contado cosas de su vida.

Después del colegio, fue a la universidad.

Estaba prometida con un médico y vivió con él unos años.

Escribió dos pequeños libros...

contrajo la tuberculosis, rompió el compromiso...

y se mudó de Oslo a una pequeña ciudad del sur de Noruega...

donde empezó a trabajar como periodista.

Éste es su primer libro. Me gusta mucho.

Escribe...

"Uno debe aprender a vivir, yo practico cada día.

El mayor obstáculo es que no sé quién soy.

Tropiezo en la oscuridad.

Si alguien me quisiera por lo que soy...

podría, por fin, estudiarme a mí misma.

Esa posibilidad es bastante remota."

Si pudiera decirle una vez que es amada...

sin reservas.

Pero no puedo decirlo de manera que me crea.

Me faltan las palabras adecuadas.

¿Puedo leerte la carta para mi madre o te molesto?

No, pasa. Deja que apague la radio.

Puedo volver más tarde.

Me gustaría mucho oír tu carta.

"Querida madre, ayer me encontré con Agnes...

que ha visitado a sus padres con su familia.

Me dijo que Leonardo ha muerto.

Querida mamá, puedo imaginarme lo mal que te sientes.

¿Querrías visitarnos unos días o unas semanas?

Lo que sea mejor para ti.

Si te asustas y dices que no directamente...

déjame que te diga que la vicaría es muy espaciosa.

Tendrás una habitación propia, apartada y con todas las comodidades.

Tenemos un gran piano para que practiques.

¿No sería bonito no tener que estar en un hotel?

Por favor, di que vendrás.

Cuidaremos de ti y te mimaremos.

Hace mucho tiempo que no nos vemos. En octubre hará siete años.

Con amor, de Viktor y tu hija Eva.

- Está muy bien. - ¿En serio?

- Mamá, querida. Bienvenida. - Eva, cariño, aquí estoy.

Estoy muy contenta de que hayas venido. Deja que te ayude.

- Qué viaje tan largo. - Lo sé.

La última parte es la peor. Pero esto es precioso.

- ¿Te quedarás un tiempo? - Por supuesto.

- ¡Qué bien que hayas venido! - Quiero verlo todo.

Las maletas pesan mucho. ¿Has traído tu música?

- Claro. Pienso mudarme aquí. - Eso sería estupendo.

- Tienes que darme clases. - Claro.

- ¿Dónde está Viktor? - No está aquí.

No te esperábamos tan temprano. Volverá a la hora de comer.

- Ésta es tu habitación. - Es encantadora.

Una vista maravillosa.

Aquí está el lavabo.

Muy bonito y moderno.

- El armario. Espero que sea bastante. - Seguro que sí.

Estoy muy cansada. Me duele la espalda.

Me senté con Leonardo sus últimas 24 horas.

Sufría mucho, a pesar de las inyecciones cada dos horas.

A veces, lloraba.

No era por miedo a la muerte, sino por el dolor.

Había obras fuera, con ruido de taladros y martillos.

El sol brillaba mucho y no había cortinas ni persianas.

Intentamos conseguir otra habitación, pero muchas estaban cerradas.

Por la tarde, el ruido paró y abrí la ventana.

El calor era como un muro, no soplaba nada de viento.

El profesor vino por la noche, un viejo amigo de Leonardo.

Dijo que no le quedaba mucho.

A Leonardo le daban inyecciones cada hora...

para que se durmiera y no sintiera dolor.

El profesor se marchó y entró la enfermera.

Pensó que yo debía comer, pero no tenía hambre.

El olor me daba náuseas.

Leonardo durmió unos minutos.

Cuando se despertó, me pidió que saliera.

Llamó a una enfermera que inmediatamente le puso una inyección.

Unos minutos más tarde salió.

Dijo que...

Leonardo había muerto.

Me quedé con él toda la noche.

Pensé en nosotros, amigos desde hace 18 años...

vivimos juntos 13 años.

Nunca una palabra dura o de enfado entre nosotros.

Los últimos dos años, él sabía que estaba muy enfermo.

Fui a verlo a su casa de Nápoles tantas veces como pude.

Era amable y considerado, le alegraba mi éxito.

Charlábamos y bromeábamos y poníamos música de cámara.

Nunca mencionó su enfermedad, y yo no pregunté. No le hubiera gustado.

Sólo un día me miró durante un buen rato.

Entonces se rió y me dijo...

"Por estas fechas, el año que viene me habré ido...

pero siempre estaré contigo, siempre pensaré en ti."

Fue bonito que Leonardo dijera eso, pero él era un poco teatral.

No puedo decir que lo lamento por él.

Me siento vacía, pero uno no se puede encerrar a sí mismo.

¿He cambiado mucho desde la última vez que nos vimos?

- Estás igual. - Me tiño el pelo, por supuesto.

Leonardo no quería ver mi pelo gris.

Compré este traje en Zurich, para el viaje en coche.

Lo vi en un escaparate, entré y me lo probé. Me quedaba perfecto.

- Increíblemente barato. ¿Te gusta? - Es precioso.

Deshagamos las maletas. Ayúdame con ésta, me duele mucho la espalda.

¿Podemos poner una tabla bajo el colchón, por mi espalda?

Ya está hecho. La puse ayer.

¿Qué pasa, cariño? ¿Estás llorando?

- ¿He dicho algo malo? - Es porque estoy contenta de verte.

Abracémonos fuerte, como hacíamos cuando eras pequeña.

Sólo hablo de mí.

Debes contarme cosas, querida. Sentémonos.

- ¿Cómo estás, pequeña? - Soy muy feliz.

Eso está bien. Pero, ¿no te sientes un poco aislada?

Viktor y yo trabajamos en la parroquia.

Sí, claro.

Toco en la iglesia. El mes pasado di un concierto vespertino.

Toqué y hablé de la música. Fue un éxito.

- Tendrás que tocar para mí. - Me encantaría.

He dado cinco conciertos escolares en Los Angeles.

Imagínate, tocar y hablar con tres mil niños.

Fue un éxito, pero muy agotador.

Tengo que decirte algo.

- ¿Sí? - Helena está aquí.

Deberías haberme escrito para decírmelo.

Si te lo hubiera dicho, no hubieses venido.

- Seguro que hubiera venido igual. - Seguro que no hubieras venido.

La muerte de Leonardo no ha sido suficiente.

Tenías que traer a Helena también.

Mamá, Helena vive aquí desde hace dos años.

Te escribí para decirte que le íbamos a decir que viniera a vivir aquí.

- Te escribí. - No recibí esa carta.

O no te molestaste en leerla.

- ¿No es una acusación injusta? - Sí, lo siento.

No puedo soportar verla. Por lo menos, hoy no.

Mamá, Helena es una persona maravillosa.

Tiene muchas ganas de verte.

Estaba muy cómoda en la residencia.

Yo quería tenerla aquí.

- ¿Estás segura que está mejor aquí? - Sí, lo está.

Y tengo a alguien a quien cuidar.

¿Está...?

¿Está peor?

Sí, claro que está peor. Es parte de la enfermedad.

Entonces, vamos a verla.

- ¿Seguro que quieres? - ¿Tengo opción?

Nunca me ha gustado la gente que no conoce sus motivos.

- ¿Te refieres a mí? - Tómalo como quieras. Vamos.

Mi querida Lena.

He pensado tanto en ti, todos los días.

Está resfriada. Tiene miedo de contagiarte.

No tengo miedo. No he estado resfriada en 20 años.

Qué habitación tan bonita que tienes. Y la misma vista que desde la mía.

Helena quiere que le cojas la cabeza y la mires.

- ¿Así? ¿Está bien? - Sí.

Me alegra que Eva te esté cuidando.

Creía que aún estabas en la residencia.

Iba a ir a verte antes de irme, pero esto es mucho mejor.

- Podemos estar juntas todos los días. - Sí.

¿Te duele?

No.

Tienes el pelo precioso.

Es en tu honor, mamá.

Si quieres, puedo leerte. ¿Te gustaría?

Y podríamos salir juntas en coche. Nunca he estado por aquí.

- ¿Qué dice? - Dice que debes estar cansada.

No necesitas esforzarte más hoy.

Mamá ha sido muy buena.

- ¿No tiene Lena un reloj? - Sí, en la mesilla de noche.

Toma el mío.

Me lo dio un admirador que pensó que siempre llegaba tarde.

- ¿Cenará Lena con nosotros? - No.

El almuerzo es su comida principal.

Además, Lena está a dieta. Comía demasiado en la residencia.

¿Por qué me siento con fiebre?

¿Por qué quiero llorar?

Qué estúpido. Ahí estoy, avergonzada. Ésa es la idea.

Y el sentimiento de culpa. Siempre el sentimiento de culpa.

Tenía tanta prisa por llegar aquí. ¿Qué esperaba?

¿Qué estaba esperando que no quiero admitirme a mí misma?

Esta madre tan sumamente peculiar.

La deberías haber visto cuando le dije lo de Helena...

que vivía aquí.

Incluso sonrió, a pesar de la sorpresa y la consternación.

Y entonces, fuera del cuarto de Lena...

parecía la actriz antes de su entrada.

Terriblemente asustada, pero compuesta.

Una representación increíble.

¿Por qué ha venido?

¿Qué esperaba de un reencuentro después de siete años?

- ¿Quién sabe? - ¿Qué esperaba yo?

¿No abandonamos nunca la esperanza?

¿Nunca dejamos de ser madre e hija?

No sirve de nada llorar.

¡Maldita sea!

Ahí estaba, mirándome con sus ojos grandes.

Cogí su cara en mis manos y pude sentir...

la enfermedad tirando de los músculos de su cuello.

¡Maldita sea!

¿Por qué no puedo abrazarla y calmarla como cuando era pequeña?

Ese cuerpo devastado y suave...

ésa es mi Lena.

No llores, maldita sea.

Un escritor, no recuerdo el nombre, dijo...

"Es como un fantasma que cae sobre ti...

cuando abres la habitación de los niños.

Porque hace tiempo que has olvidado que es la habitación de los niños.

¿Crees que soy adulta?

Sí. Ser adulta es poder enfrentarte a tus sueños...

y a tus expectativas.

- Uno ha dejado de anhelar. - ¿Crees eso?

A lo mejor uno deja de sorprenderse.

Pareces tan sensato, ahí sentado, con tu vieja pipa.

- Eres todo un adulto. - Apenas.

Me sorprendo cada día.

- ¿De qué? - De ti, por ejemplo.

Además, alimento algunos sueños y expectativas irracionales...

y una especie de anhelo.

- ¿Anhelo? - Te anhelo a ti.

Son palabras hermosas, ¿verdad?

Palabras que no significan nada real.

Me crié con palabras hermosas.

Mamá nunca se enfadaba, ni se decepcionaba, ni era infeliz.

Pero sufría.

Tú también usas palabras así.

Supongo que es parte del trabajo.

Cuando dices que me anhelas y estoy aquí, soy cautelosa.

- Sabes muy bien lo que significa. - No.

Si lo supiera, no se me ocurriría decir que me anhelas.

Tengo que vigilar la carne.

Mamá cree que soy mala cocinera. Es una glotona.

- Creo que eres... - Una cocinera magnífica. Gracias.

No debo olvidar que quiere café descafeinado.

Me quedaré menos tiempo. Cuatro días, puedo aguantarlo.

Después me iré a África, como tenía planeado.

Esto duele, Charlotte.

Duele.

Viktor, a menudo me pregunto por qué sufre de insomnio. Creo que lo sé.

Si durmiera bien, su vitalidad destrozaría a los que están cerca.

El insomnio es la manera que tiene la naturaleza de hacerla soportable.

Me pondré el vestido rojo. Lo haré sólo para fastidiar.

Eva pensará que debo vestirme con sencillez tras la muerte de Leonardo.

Viktor, se habrá vestido para cenar, ya verás.

Fíjate en la ropa perfecta que nos recordará...

que, a pesar de todo, está de luto.

Toda esta rabia.

Sólo han demostrado lo felices que están de verme.

Viktor es un buen hombre. Eva tuvo suerte de conseguirlo.

Seguro que la ducha no funciona.

Pues sí.

- ¡Qué vestido tan bonito! - ¿Me queda bien?

Me encontré con mi vieja "amiga" Samuel Perkenhurst, y dijo...

"Acabo de venir de un desfile, hay un vestido rojo que es perfecto."

Brindemos. Bienvenida a la vicaría, querida Charlotte.

Hola. ¿Eres tú, Paul? ¿Hola?

Sí. No en absoluto, hemos acabado de cenar.

Así es. En este país, cenas a las cuatro.

¿Qué?

¿Otro concierto?

Espera un momento. Habla más fuerte, no te oigo.

Hay mucho ruido en la línea.

Espera un momento, necesito mi agenda y mis gafas.

Eva, ¿mis gafas están en la mesa junto a la ventana?

¿Dónde estás? ¿En Montecarlo?

¿Qué haces en Montecarlo?

Cuidado con jugarte mi dinero.

Gracias, cariño.

Ahora la vieja señora tiene las gafas en la nariz.

Déjame ver...

Bueno...

No, es imposible.

Son mis vacaciones, lo sabes muy bien.

No, no está bien. No se me ocurriría.

Aquí he escrito: Libre, libre, libre...

¿Cuánto dices que pagan?

Dios mío.

De acuerdo, si hacen el concierto el miércoles 17...

de acuerdo, estará bien.

Y diles de mi parte que tiene que haber un lavabo detrás del escenario.

Sí, así no tengo que hacer pis en un jarrón.

No me importa lo barroco que sea el castillo.

¿Alrededor de los 90?

Cuídate. No te pases.

Recuerda que no somos tan jóvenes como éramos.

Sí. Te quiero, lo sabes.

Mi agente, es un encanto. Es mi único amigo estos días.

¿Recuerdas a Paul, Eva? Hemos trabajado juntos 30 años.

Qué viejo instrumento tan encantador.

Qué timbre tan bonito. Y está afinado.

Estoy muy contenta.

- Me he preocupado sin razón. - ¿Qué quieres decir?

Estaba tan ansiosa por verte después de todo este tiempo...

que casi cancelo unas actuaciones.

Sin azúcar, gracias.

El descafeinado no es muy divertido, pero si no se puede dormir...

Veo que tocas los "Preludios" de Chopin.

- ¿Tocas para mí? - Ahora no, mamá.

No seas infantil. Sería un gran placer oírte tocar.

Me dijiste que esperabas que tu madre te escuchara.

Sólo lo intento, me falta la técnica.

Ni siquiera he aprendido los movimientos del preludio.

- No pude... - Basta de excusas, cariño. Hazlo.

Mi queridísima Eva.

- ¿Sólo vas a decir eso? - No, no, me he emocionado.

- ¿Te ha gustado? - Me has gustado tú.

- No lo entiendo. - Toca algo más, es encantador.

- Quiero que me digas mis errores. - No has hecho ninguno.

No te ha gustado cómo he tocado la pieza.

- Todos tenemos nuestra opinión. - Bien.

Quiero oír la tuya.

Estás enfadada.

No, me pone triste que no creas que vale la pena...

darme tu opinión.

Si insistes.

No hablaremos de tu técnica, que no es tan mala...

aunque podrías prestar más atención a los movimientos de Cortot...

que ayudan a la interpretación.

Sólo hablamos de la concepción.

Chopin era emotivo, Eva, no sentimental.

Hay un abismo entre la emoción y el sentimentalismo.

El preludio que has tocado habla de emociones contenidas...

no de ensueños.

Tienes que ser calmada, clara y austera.

Toma las primeras teclas...

Duele, pero no lo demuestra.

Entonces, un breve alivio.

Pero casi enseguida, desaparece, y el dolor sigue.

Ni más intenso, ni menos.

Una moderación constante y completa.

Chopin era orgulloso, sarcástico...

impetuoso, atormentado y muy masculino.

No era una mujer vieja y sentimental.

Este preludio debe tocarse casi de forma fea.

No debe seducir, debe sonar mal.

Elaborado o salvado con éxito.

Así, te lo enseñaré.

Ya veo.

- No te enfades, Eva. - No me enfado. Todo lo contrario.

He trabajado con estos preludios durante 45 años.

Todavía tienen secretos, cosas que no entiendo.

De niña, te admiraba muchísimo.

Entonces, me harté de ti y de tus pianos durante años.

Ahora te empiezo a admirar de nuevo, de manera diferente.

- Entonces, hay esperanza. - Supongo que sí.

- Eva, ¿dónde estás? - Estoy arriba, mamá.

Aquí estás. Me he cambiado para que podamos dar un paseo.

- ¿Es el cuarto de los niños? - Sí, es el cuarto de Erik.

¿Lo has dejado así?

Viktor y yo hablamos a menudo de redecorarlo, pero no lo hacemos.

A veces, vengo aquí a sentarme y a pensar.

- Vamos fuera. - Espera.

¿Ves lo tranquilo que es esto?

Erik murió el día antes de cumplir cuatro años...

pero eso ya lo sabes.

Viktor no lo pudo superar, tenía una relación especial con Erik.

Hice muchos aspavientos y lloré mucho por él...

pero en mi interior siento que aún está vivo...

que aún estamos cerca.

Sólo tengo que concentrarme un poco y ahí está.

A veces, cuando me voy a dormir...

siento su aliento en mi cara.

Entonces, me toca con la mano.

Está en su mundo, pero podemos comunicarnos en cualquier momento.

No hay límites, ni muros insuperables.

A veces me pregunto cómo es el lugar donde vive y respira mi niño.

Al mismo tiempo, sé que no se puede describir...

porque es un mundo de emociones liberadas.

¿Sabes qué quiero decir?

Para mí, el hombre es una creación insuperable...

como un pensamiento incomprensible.

Todo existe en el hombre, desde lo mejor a lo peor.

El hombre fue creado a imagen de Dios y todo existe en Dios.

Así que el hombre se creó...

pero también los demonios y los santos...

los profetas, los artistas y todos los que destruyen.

Todo coexiste, crece al mismo tiempo.

Grandes diseños que cambian constantemente. ¿Lo entiendes?

De la misma forma, debe existir un número ilimitado de realidades...

no sólo la realidad que percibimos directamente con nuestros sentidos...

sino un tumulto de realidades...

que se arquean hacia dentro y hacia fuera.

Sólo el miedo y la sentenciosidad nos encierran.

No hay límites.

No, para nuestros pensamientos.

No, para nuestras emociones.

Es la ansiedad la que pone los límites, ¿no te parece?

En el movimiento lento de la sonata Hammerklavier de Beethoven...

debes sentir que vives en un mundo sin límites...

en un movimiento que nunca podrías explorar o penetrar.

Vamos a dar un paseo, antes de que oscurezca.

Creo que Helena me llama. Perdonad.

Viktor, creo que Eva es muy infeliz.

Me consterna cómo habla. Está muy tensa.

Un momento, querida Charlotte...

e intentaré explicarte cómo veo a mi mujer.

Al pedirle que se casara conmigo, enseguida dijo que no me quería.

- ¿Qué dices? - Le pregunté si quería a otro.

Contestó que nunca había querido a ninguna persona...

que era incapaz de amar.

Eva y yo vivimos aquí muchos años.

Entonces nació Erik.

Habíamos abandonado la esperanza de tener un niño...

y hablábamos de adoptar.

Durante su embarazo...

Eva sufrió una transformación completa.

Se volvió feliz...

dulce y sociable.

Se volvió holgazana...

ignorando el trabajo de la parroquia y el piano.

Se sentaba y miraba la luz...

viajar por las montañas y los fiordos.

De repente, éramos muy felices.

Soy bastante mayor que Eva...

y había empezado a sentir que una película gris me envolvía.

Me sentía como si pudiera mirar atrás y decir...

Esto es la vida. Así va a ser.

Y entonces...

todo era diferente.

Tienes que perdonarme, Charlotte, aún me resulta difícil...

Pasaron unos años muy valiosos.

Erik.

Deberías haber visto a Eva. Verla de verdad.

Recuerdo la época del nacimiento de Erik.

Yo grababa todos los conciertos y sonatas de Mozart. Estaba ocupada.

Te habíamos invitado muchas veces, pero nunca pudiste venir.

No.

Cuando Erik se ahogó, la película se hizo más gris.

Pero para Eva fue diferente.

- ¿Diferente? ¿De qué manera? - Su sentimiento sigue vivo.

Incorrupto.

O al menos, eso parece.

Y Charlotte...

si siente que su hijo vive cerca suyo...

a lo mejor es así.

Casi nunca habla de ello por miedo a herirme...

y supongo que me hiere.

Pero lo que dice parece cierto.

Yo la creo.

Claro, eres un hombre de Dios.

La poca fe que tengo existe gracias a ella.

- Disculpa si te hago daño. - Está bien, querida Charlotte.

A diferencia de ti y de Eva, soy inseguro. Es mi culpa.

Creo que me daré un banquete de píldoras para dormir.

Hay mucha paz aquí, sólo la lluvia sobre el tejado.

- ¿Tienes de todo? - Todo está perfecto.

Las galletas, el agua mineral, una grabadora...

dos novelas de detectives...

mi antifaz y mis tapones, mi pequeña almohada y mi manta de viaje.

Toma un poco de chocolate suizo, directo de Zurich.

Vamos, coge dos.

- Gracias, no me gusta el chocolate. - Qué raro.

Te encantaban los dulces cuando eras niña.

- Le gustaban a Helena, no a mí. - Mejor aún. Todo para mí.

- Buenas noches, mamá. - Buenas noches, cariño.

Viktor es realmente encantador.

- Tienes que cuidarlo mucho. - Lo hago.

Dime, cariño, ¿sois felices?

- ¿Estás bien? - Viktor es mi mejor amigo.

No sé qué sería de mi vida sin él.

Dijo que no le quieres.

- ¿Te dijo eso? - Sí, ¿por qué?

Me sorprende.

- ¿Era un secreto? - No.

- ¿No te gusta que lo diga? - Viktor no suele confiarse a nadie.

Hablábamos de ti.

Pregúntame directamente. Contestaré con toda la sinceridad que pueda.

No exageres.

¿Es raro que un madre sea curiosa acerca de su hija?

Hablamos de ti con mucho afecto.

¿Por qué no puedes dejar a la gente en paz?

- Te he dejado demasiado tiempo. - Eso es verdad.

Dame un abrazo y prométeme que no estás enfadada.

- No estoy enfadada. - Es porque te quiero.

Yo también te quiero.

No es tan divertido estar sola todo el tiempo.

Os envidio, a ti y a Viktor.

Ahora, con la muerte de Leonardo, me siento muy sola.

- Tienes que entenderlo. - Lo entiendo.

No, no, empezaré a llorar por autocompasión.

La novela no es mala.

Es un escritor nuevo, Adam Kretzinsky. ¿Te suena?

Le conocí en Madrid. Está bastante loco.

No me pude defender. Es decir, no me defendí.

- ¿Quieres que apague esta luz? - Sí, por favor.

- Llámame cuando quieras el desayuno. - No te molestes.

- Quiero mimarte. - Vale, si insistes.

Café con leche, dos rebanadas de pan de centeno con queso...

y una tostada con miel, ¿de acuerdo?

- Y zumo de naranja. - Casi me olvido.

- Tendrás tu zumo. - Adiós, cariño. Buenas noches.

Buenas noches, mamá.

A lo mejor, debería mirar mis cuentas.

No debo olvidar hacer que Brammer invierta el dinero de Leonardo.

La casa vale mucho.

Sí, Leonardo, no te preocupaste de positivos y activos.

Estabas por encima de las preocupaciones mundanas.

Dejaste todos tus problemas para tu Charlotte.

Tres millones setecientos treinta y cinco mil...

ochocientos sesenta y seis francos.

Pensar que tenías todo ese dinero, Leonardo. ¿Quién lo hubiera dicho?

Y se lo dejaste todo a la vieja Charlotte.

Yo también tengo algunos centavos.

Son casi cinco millones en total.

¿Qué hago con todo ese dinero?

Sí. Compraré un buen coche para Viktor y Eva.

No pueden seguir con esa chatarra, parece asesina.

Iremos al pueblo el lunes y buscaremos un coche nuevo.

Eso los alegrará. Y a mí, también.

"Ella le dio la roja flor de su inocencia...

con dignidad callada. ÉI la recibió sin entusiasmo."

Vaya basura.

Era un idiota el tal Adam.

Aunque casi se suicidara por mí.

¿Y si me compro un coche nuevo y le doy el Mercedes a Viktor y Eva?

Podría ir a París en avión y comprármelo ahí.

No tendría que conducir hasta allá.

Mañana tengo que aclarar bien lo de Ravel.

Dios, he sido muy vaga últimamente.

No tengo excusa.

Mamá, querida, ¿qué ha pasado?

Te oí gritar, pero no estabas en tu cuarto.

Lo siento si te he despertado, pero tuve una pesadilla. Soñé...

- ¿Sí? - No, no lo recuerdo.

- Me quedaré, si quieres hablar. - No, gracias, cariño.

- Me sentaré un rato. Ve a dormir. - Como quieras.

- Eva. - ¿Sí, mamá?

- Te gusto, ¿verdad? - Eres mi madre.

Qué respuesta.

- ¿Te gusto? - Pero si te quiero.

Eso no es cierto.

Hice una pausa en mi carrera para estar contigo y con tu padre.

Tu lesión de espalda hizo imposible que practicaras seis horas diarias.

Tu interpretación se deterioró y las críticas fueron peores.

- Lo sabes. - ¿Qué dices, Eva?

No sé qué era peor. Tú, jugando a ser esposa y madre...

o estando de gira.

La vida fue un infierno para papá y para mí.

No es verdad. Tu padre y yo éramos muy felices.

Josef me quería y yo hubiera hecho cualquier cosa por él.

Claro, le engañabas.

No le engañé.

Fui totalmente sincera con tu padre.

Me enamoré de Martin y me fui con él ocho meses.

¿Crees que fue fácil?

Yo era quien se sentaba con papá por las noches, quien lo consolaba.

Tenía que decirle que aún le querías...

y que volverías.

Tenía que leer tus cartas en voz alta.

Tus cartas largas, afectuosas y graciosas...

en las que hablabas de tus interesantes viajes.

Nos sentábamos, como dos idiotas...

leyendo tus cartas dos y tres veces.

Pensábamos que eras la mujer más maravillosa del mundo.

Eva...

me odias.

No lo sé.

De repente, vienes aquí...

y soy muy feliz. No sé qué me imaginaba.

Quizá que estabas sola y triste.

No lo sé. Estoy muy confundida.

Creía que era adulta, que tenía una imagen clara de ti y de mí...

de la enfermedad de Helena y de nuestra infancia.

Ahora me doy cuenta de que es bastante caótica.

Es Helena.

Está bien.

Despierta un poco. Despierta.

Despierta.

Me sentaré aquí hasta que te vuelvas a dormir.

Para ti, yo era una muñeca para jugar cuando tenías tiempo.

Si estaba enferma o me ponía difícil, me pasabas a la niñera.

Te encerrabas en tu trabajo y nadie podía molestarte.

Me quedaba fuera y escuchaba.

Me metía en tu pausa para el café para ver que existías.

Siempre eras amable, pero estabas ocupada.

Si te preguntaba algo, casi no obtenía respuesta.

Mamá querría estar sola. ¿Por qué no sales a jugar?

Como eras tan elegante, yo también quería ser elegante.

Me volví exigente con mi ropa.

Me preocupaba no gustarte.

Era fea.

Delgada y angulosa, con ojos grandes y redondos y labios gordos.

Sin cejas.

Mis brazos eran delgados y mis pies grandes. Pensaba que era horrible.

Una vez dijiste: "Tendrías que haber sido un niño."

Entonces, te reíste para que no me enfadase. Pero me enfadé.

Un día, tus maletas estaban a los pies de la escalera.

Hablabas con alguien por teléfono en otra lengua.

Recé para que pasara algo que te impidiera marcharte.

Pero siempre te ibas.

Viniste, me abrazaste y me diste un beso.

Me apretaste y me volviste a besar. Me miraste y sonreíste.

Olías muy bien, muy raro. Eras una extraña para mí.

Ya estabas de camino, no me viste.

Y te habías ido.

Pensé: "Ahora mi corazón se parará. Moriré de dolor.

Nunca volveré a ser feliz.

¿Como soportaré este dolor dos meses?"

Lloraba encima de papá.

ÉI se sentaba sin moverse, con su manita suave en mi cabeza.

Se sentaba durante horas...

fumando su vieja pipa, rodeándonos de humo.

A veces, hablaba.

"¿Vamos al cine esta noche?"

O "esta noche cenaremos helado."

No me importaba nada, porque me moría.

Pasaron días y semanas.

Aguantamos la soledad...

no teníamos mucho de qué hablar.

Papá era fácil, nada le molestaba.

A veces, parecía preocupado.

No sabía que tenía problemas financieros.

Pero siempre se encendía cuando yo llegaba, ruidosa.

Hablábamos un poco, o sólo me daba golpecitos con su manita pálida.

O el tío Otto se sentaba en el sofá, a beber coñac.

Hablaban bajito.

Me pregunto si realmente se oían.

O estaba el tío Harry, jugando al ajedrez.

Entonces, había mucho silencio.

Se oían tres relojes diferentes en la casa.

Varios días antes de que volvieras, estaba totalmente entusiasmada.

Al mismo tiempo, me preocupaba enfermarme...

porque sabía que te daba miedo la gente enferma.

Cuando llegabas, mi alegría era mayor de lo que podía soportar.

No podía hablar. Algunas veces te ponías impaciente y decías...

"Eva no parece muy feliz de que su madre haya vuelto."

Me ponía colorada...

y sudaba.

No podía hablar.

No tenía palabras.

Te ocupabas de todas las palabras en nuestra casa.

- Exageras, Eva. - Déjame terminar.

Sé que estoy un poco borracha. Si no lo estuviera, no te diría esto.

Cuando no me atreva a decir nada más o me calle por vergüenza...

entonces podrás explicarte.

Te escucharé y te entenderé, como siempre he hecho.

Te quería, mamá.

Era cuestión de vida o muerte, pero no confiaba en tus palabras.

No estaban de acuerdo con tu mirada.

Tu voz es hermosa.

La sentía en todo mi cuerpo cuando hablabas...

pero sabía, instintivamente, que casi nunca hablabas en serio.

No entendía tus palabras.

Lo peor era que sonreías cuando estabas enfadada.

Cuando odiabas a papá, le llamabas "mi querido amigo".

Cuando estabas harta de mí, yo era "mi querida niña".

Estás muy callada.

¿Qué quieres que diga?

Te podrías defender.

¿Vale la pena?

¿Cómo voy a saberlo?

Me reprochas que me fuera, me reprochas que me quedara en casa.

Seguramente, no te das cuenta de que esos años fueron un infierno para mí.

Me dolía la espalda, no podía ensayar y mis conciertos se resintieron.

Se cancelaron contratos importantes.

Mi vida parecía no tener sentido.

Pero siempre me sentí culpable por no estar en casa.

Sonríes irónicamente.

Intento ser sincera.

Te digo cómo razonaba, no me importa lo que pienses.

Saquemos esto una vez y nunca más.

Intento entender.

Estaba en Hamburgo.

Tocaba la primera de Beethoven, que no es muy difícil...

y todo iba bien.

Después del concierto, salí con el viejo Schmiess, el director.

Salimos a cenar algo. Siempre lo hacíamos.

Nos quedamos hablando después de cenar.

Estaba contenta, casi no tenía dolor de espalda.

Entonces el viejo Schmies dijo...

"¿Por qué no te quedas en casa con tu familia...

y vives una vida respetable...

en lugar de sufrir una humillación constante?"

Le miré, entonces me reí y le dije...

"¿He estado tan mal?"

"No, no tan mal", dijo él.

"Pero no puedo evitar pensar en el 18 de agosto...

de 1934.

Hicimos la primera de Beethoven juntos, en Linz.

Tenías veinte años y el teatro estaba lleno.

Tocamos como dioses, la orquesta ardía.

Después, la gente gritaba y golpeaba con los pies.

Los músicos demostraron su agradecimiento.

Llevabas un vestido rojo, sencillo, de verano...

con el pelo suelto hasta la cintura."

"¿Cómo puedes recordar todo eso?", le pregunté.

"Lo tengo escrito en la partitura", me dijo.

"Apunto todas mis grandes experiencias."

Esa noche no pude dormir.

A las tres de la mañana, llamé a tu padre...

y le dije que dejaba la gira.

Me quedaría en casa y seríamos una verdadera familia.

Josef estaba muy contento.

Los dos lloramos de emoción.

Hablamos dos horas.

Eso es.

Y ese verano fuimos... Fuimos felices entonces, ¿verdad?

No.

- ¿No eras feliz? - No.

Dijiste que nunca habías sido más feliz.

Sí. No quería herirte.

¿Así fue?

- ¿Qué hice mal? - Tenía catorce años.

A falta de otra cosa, volcaste toda tu energía reprimida en mí.

Sentías que me habías descuidado y querías compensarlo.

Intenté defenderme, pero no tuve opción.

Ahí estabas, con ternura y preocupación en la voz.

Ningún detalle escapaba a tu atención afectuosa.

Me encorvaba, así que me hacías hacer ejercicio.

Lo hacías conmigo, poniendo tu espalda como excusa.

Pensaste que el pelo largo me molestaba y me lo cortaste.

Me quedaba horrible.

Decidiste que tenía los dientes torcidos y tuve que usar aparatos.

Estaba espantosa.

Dijiste que era demasiado mayor para mis pantalones y faldas...

y me hiciste vestidos sin preguntarme mi opinión.

Y no me atrevía a decirte nada para no hacerte daño.

Me diste libros para leer que no entendía.

Leía y leía...

y teníamos que hablar de lo que había leído.

Hablabas y hablabas, y yo no entendía nada.

Sólo me preocupaba que no se notara mi ignorancia. Estaba paralizada.

Pero aprendí una cosa.

Ni siquiera una molécula de mí podía ser amada...

ni tampoco aceptada.

Estabas obsesionada y me asustaba y me abatía más y más.

Decía lo que querías oír, hacía tus gestos.

Ni siquiera era yo misma cuando estaba sola...

porque aborrecía todo lo que era mío.

Fue horrible, mamá.

Aún tiemblo cuando recuerdo esos años.

Fue horrendo.

No entendía que te odiaba.

Estaba convencida de que nos queríamos.

No podía odiarte, así que mi odio se transformó en ansiedad.

Tenía pesadillas, me mordía las uñas, me arrancaba mechones de pelo.

Quería llorar, pero no podía. No podía emitir ni un sonido.

Intentaba gritar, pero sólo salían gruñidos ahogados...

que aún me asustaban más, porque creía que estaba volviéndome loca.

- Y conocí a Stefan. - No podrías haber tenido un hijo.

Tenía dieciocho años, Stefan era adulto, nos hubiésemos arreglado.

- No hubieses podido. - Hubiésemos podido.

Queríamos el niño, pero arruinaste nuestra relación.

No es cierto. Incluso hablé con tu padre.

Le dije que teníamos que ser considerados.

No te dabas cuenta de que Stefan era un idiota.

¿Lo sabes todo?

¿Nos oíste hablar a mí y a Stefan?

¿Estabas bajo nuestra cama? ¿Sabes de qué hablábamos?

¿Te has preocupado alguna vez de alguien que no fueras tú?

No te podría haber forzado a abortar.

¿Cómo podía enfrentarme contigo? Estaba asustada y era insegura.

- Necesitaba apoyo. - Intenté ayudarte.

Estaba convencida que el aborto era la única solución.

Lo he estado hasta ahora.

Todos estos años de odio. ¿Por qué no dijiste nada?

Porque nunca escuchabas. Porque siempre salías corriendo.

Porque eres una lisiada emocional.

Porque, en realidad, nos odias a Helena y a mí.

Estás encerrada en ti misma, reprimiéndote.

Porque te quería.

Porque pensabas que yo era un fracaso, horrible y sin talento.

Me heriste para toda la vida, igual que tú estás herida.

Ibas a por todo lo sensible y frágil.

Intentabas ahogar todas las cosas vivas que encontrabas.

Hablas de mi odio.

Tu odio no era menos fuerte.

Tu odio no es menos fuerte.

Yo era pequeña, maleable y te adoraba.

Me ataste, porque necesitabas mi amor...

como querías que todo el mundo te quisiera.

Yo estaba expuesta e indefensa.

Y todo sucedió en nombre del amor.

Decías que me querías, y a papá y a Helena.

Y conoces la entonación y los gestos del amor.

La gente como tú es mortal...

deberías estar encerrada para ser inofensiva.

Una madre y su hija.

Una combinación terrible...

de emociones...

y confusión...

y destrucción.

Todo es posible y se hará en nombre del amor.

La hija heredará las heridas de la madre.

La hija sufrirá los fracasos de la madre.

La infelicidad de la madre será la infelicidad de la hija.

Es como si el cordón umbilical nunca se hubiese cortado.

Mamá...

¿es así?

¿Es la infelicidad de la hija el triunfo de la madre?

Mamá...

¿es mi dolor...

tu placer secreto?

Dios mío, me duele la espalda.

¿Te molesta que me tumbe en el suelo?

Es lo único que me ayuda.

Recuerdo muy poco de mi infancia.

No recuerdo que ninguno de mis padres me tocara nunca...

ni para acariciarme, ni para castigarme.

Era completamente ignorante en el amor...

el afecto, el contacto, la intimidad, la calidez.

Sólo la música me dio la oportunidad de revelar mis emociones.

A veces, cuando estoy despierta por la noche...

me pregunto si he vivido.

Y me pregunto si le pasa lo mismo a todo el mundo...

o si hay gente que tiene más talento para vivir que otros.

O si hay gente que nunca vive...

sino que existe.

Entonces soy presa...

Entonces, soy presa de la ansiedad.

Veo una fea imagen de mí misma.

Nunca he crecido.

Mi cara y mi cuerpo han envejecido.

Estoy acumulando recuerdos y experiencias.

Pero, dentro de todo, ni siquiera he nacido.

No recuerdo caras...

ni siquiera la mía.

A veces, intento recordar la cara de mi madre...

pero no puedo verla.

Recuerdo que era grande y oscura, con ojos azules...

una nariz grande y la boca plena.

Pero no puedo hacer encajar las diferentes piezas.

No puedo verla.

De la misma manera, no veo tu cara, ni la de Helena o la de Leonardo.

Recuerdo haberos parido a ti y a tu hermana...

pero todo lo que recuerdo de los partos es que me dolieron.

Pero el dolor, ¿cómo era?

No lo recuerdo.

Leonardo dijo una vez...

No, no lo recuerdo...

Sí.

"Tener sentido de la realidad es cuestión de talento", dijo.

"La mayoría de la gente no lo tiene...

y quizá es mejor así."

- ¿Entiendes lo que quería decir? - Sí.

- Pero realmente es muy extraño. - ¿Extraño?

- Siempre he tenido miedo de ti. - No veo por qué.

Creo que quería que me cuidaras...

me cogieras en tus brazos y me consolaras.

Era una niña.

- ¿Importa eso? - No.

Veía que me querías.

Y quería quererte...

pero no podía. Me daban miedo tus exigencias.

- No las tenía. - Pero pensaba que sí.

No quería ser tu madre.

Quería que supieras que era tan indefensa como tú.

¿Es cierto?

- ¿En qué piensas? - En Leonardo y en Helena.

No lo entiendo.

Casi no se conocían.

- Una vez pasamos juntos la Pascua. - Te fuiste a los tres días.

Tocaba Bartók con Ansermet en Ginebra.

Quería hacer el concierto tranquila, en paz con el viejo.

Es posible que me fuera pronto, el tiempo era horrible.

Leonardo no estaba contento y tú tampoco.

¿Por qué me recuerdas esa Pascua horrible?

Te diré por qué.

Leonardo y tú llegasteis el jueves y pasamos una buena noche.

Bebimos vino, cantamos y reímos y jugamos a algún juego.

Helena no estaba tan enferma.

Estuvo contenta y divertida toda la noche.

Leonardo disfrutó con su alegría.

Hacía bromas y se reía con ella.

Helena se enamoró inmediatamente.

Se sentaron juntos hasta muy tarde.

A la mañana siguiente, Helena me dijo...

que Leonardo la había besado.

Esa noche tuvimos invitados.

Leonardo se emborrachó y tocó todas las suites de Bach.

No parecía él.

Estaba pesado y afable, agrandado de alguna manera.

Tocaba mal, pero era hermoso.

Helena se sentó resplandeciente.

Nunca la había visto así.

Tú y yo fuimos a dar un paseo. Hablabas sin parar, pero no te oía.

Sólo podía pensar en esas dos personas.

Cuando volvimos estaban como antes, uno en cada punta de la habitación.

Te fuiste a dormir.

Tuve que ayudar a Leo en la escalera.

Se detuvo en la puerta de tu habitación...

se giró hacia mí y dijo...

"¿No es increíble?

Hay una mariposa golpeando contra la ventana."

Cuando bajé, Helena estaba recta en la silla.

Completamente calmada, completamente relajada.

No había ni el menor rastro de su enfermedad.

No olvidaré su cara, mamá.

No olvidaré su cara.

Al día siguiente, te fuiste a Ginebra.

Cuatro días antes de lo que habíamos pactado.

Al irte, dijiste al pasar...

"Le he pedido a Leonardo que se quede porque le hace bien a Helena."

Y sonreíste.

Leonardo se volvió impaciente e infeliz.

El día de Pascua, dio un paseo bajo la lluvia.

Cuando volvió, fue a ver a Helena y le dijo que debía irse...

pero que se volverían a ver.

Entonces, te llamó a Ginebra y hablasteis durante media hora.

Se fue en el último vuelo.

Esa noche me desperté con los gritos de Helena.

Se quejaba de un dolor en la cadera y la pierna derecha.

No pensaba que pudiera soportarlo toda la noche.

A las cinco, tuve que llamar a una ambulancia.

- ¿Es culpa mía que Lena enfermase? - Sí, creo que sí.

¿Quieres decir que la enfermedad de Lena...?

Sí.

No realmente...

Abandonaste a Helena cuando tenía un año.

Nos abandonabas continuamente.

Cuando Helena enfermó seriamente, la enviaste a una residencia.

- No puede ser cierto. - ¿Qué no puede ser cierto?

Si tienes pruebas de lo contrario, por favor, dímelo.

Mírame, mamá.

Mira a Helena.

No hay excusas.

Sólo hay una verdad...

y una mentira.

No hay perdón.

Puedes culparme de todo.

Siempre quisiste que hubiera excepciones para ti.

Has establecido un sistema de descuento en la vida.

Pero, en algún momento, debes ver que tu acuerdo sólo es por tu parte.

Debes darte cuenta de que llevas una culpa, como todos los demás.

¿Qué culpa?

Querida Eva...

¿puedes perdonarme por todo lo que he hecho mal?

Intentaré cambiar.

Me enseñarás, hablaremos.

Pero ayúdame, no puedo soportarlo más.

Tu odio es espantoso.

No lo he entendido.

He sido egoísta e infantil.

Por favor, abrázame.

Por lo menos, tócame.

Ayúdame.

Mamá.

Ven.

Ayúdame.

Mamá.

Ven.

Paul, has sido muy amable en venir. No hubiera podido sola.

No sé, fue un golpe duro.

Mi hija Helena estaba ahí, no la esperaba.

Más enferma que nunca.

¿Por qué no se muere?

¿Crees que soy cruel por hablar así?

Pobre mamita, irse corriendo así.

Parecía tan asustada y, de repente, tan vieja y cansada.

Su cara parecía pequeña y tenía la nariz roja de llorar.

Nunca la volveré a ver.

Paul, oye, no te duermas ahora.

Los críticos dicen que soy una música generosa.

Nadie interpreta a Schuman con tanta sensibilidad.

Ni la sonata de Brahms.

No soy tacaña. ¿O sí?

Pronto estará oscuro y empieza a hacer frío.

Tendré que volver a casa y hacer la cena para Viktor y Helena.

No puedo morirme ahora.

Me da miedo suicidarme.

Un día, Dios querrá usarme...

y me liberará de mi prisión.

Paul, ¿ves ese pueblecito?

Las luces ya están encendidas.

La gente está haciendo sus tareas de la tarde.

Alguien prepara la cena...

los niños hacen los deberes.

Pero cuando vengo a casa...

me doy cuenta de que quiero algo más.

Erik.

¿Me tocas la mejilla?

¿Me susurras al oído?

¿Estás conmigo ahora?

Nunca nos abandonaremos.

¿Qué haría sin ti?

¿Y qué harías tú sin mí?

Piensa en lo mal que lo has pasado con los violinistas y sus quejas...

y el ruido que hacen cuando practican.

La luz está encendida en el cuarto de Helena.

Viktor está hablando con ella.

Eso está bien, es amable.

Le dice que mamá se ha ido.

Tu madre te envía recuerdos.

Estaba preocupada y ansiosa y había estado llorando.

Eva ha salido a pasear.

Estaba muy contenta de ver a tu madre.

Tenía muchas expectativas.

No tuve el valor de advertirle.

No te entiendo. ¿Qué quieres?

Intenta hablar despacio.

Querida Helena, no te entiendo.

¡Eva, ven aquí!

A veces, miro a mi mujer...

sin que se note mi presencia.

Está atormentada.

Desde que Charlotte se fue, ha estado muy atormentada.

No ha podido dormir.

Dice que echó a su madre...

y que no puede perdonarse.

- ¿Vas a salir? - Sí, voy a correos.

- ¿Puedes enviar esta carta? - Claro.

- ¿Es para Charlotte? - Puedes leerla, si quieres.

Voy a ver a Helena.

"Querida madre, ahora me doy cuenta de que te traté mal.

Me acerqué a ti con exigencias, en lugar de afecto.

Te atormenté con un odio rancio que ya no existe.

Estuve mal y te pido que me perdones."

No sé si te llegará esta carta.

Ni siquiera sé si la leerás.

Puede que sea demasiado tarde.

Pero espero que mi descubrimiento no sea en vano.

Hay como una gracia.

Es decir, la oportunidad que tenemos de ocuparnos de los demás...

de ayudar a los demás...

de demostrar afecto.

Nunca más te dejaré desaparecer de mi vida.

Insistiré.

No abandonaré, aunque sea demasiado tarde.

No creo que sea demasiado tarde.

No puede ser demasiado tarde.

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