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SUEÑO CON JEANIE
Como coja al compositor de esta horrible canción...
Este barco no estallará, ¿no?
No, pero mis nervios sí, si sigues tocando esa flauta.
Es que estoy inquieto, señor.
Te juro que si esa chica volviera a casa cada día,
haría que tu hermano te despidiera.
¿Y ahora qué haces?
¿Ha oído lo que acabo de tocar?
¿Estás loco?
¡No escribas en mis libros!
Esta la fascinará.
Necesito descansar un rato.
- ¿Stephen Foster? - Aquí.
¡Mirad, es de Howard! Creía que se había olvidado de mí.
¡Es estupendo!
- ¡La partitura, por fin! - Mirad qué orla.
- ¿No es elegante? - A ver dónde sale tu nombre.
Bueno, a lo mejor no sale.
- ¿Te ha pagado mucho? - No me ha pagado nada.
¿Ni los derechos de autor?
Suficiente hace con publicarla. No me ha costado nada.
¿Y ese cantante, Christy, no te ha pagado?
Claro que no. Es un orgullo que la cante.
Pero deberían darte algo por haberla compuesto.
Estas copias valen 10 centavos cada una.
50 copias son 5 dólares, mi salario de una semana.
Te hará falta ese dinero si quieres conseguir a esa chica.
Ya he ahorrado para eso: llevo 22 dólares en el chaleco.
- ¡No! - He tardado casi un año.
¡Es el Flyer Star! ¡Va a atracar en el muelle público!
¿En el público? Creía que… ¡No llegaré a tiempo!
- Ya puedes correr, Steve. - Iré volando.
¡Mirad quién viene!
¡El señor Foster! ¡Pedidle que toque para nosotros!
- Hola, señor Steve, ¿cómo está? - Hola, ¿qué tal el negocio?
- No va bien, señor Steve. - ¿Tocará para nosotros?
- Ahora no puedo, Chitlin. - Por favor, toque algo…
¡Chitlin!
Ayúdenme a levantado.
Shad, dile a su madre que llame a un médico.
- ¿Se va a morir, señor Steve? - No digas eso.
- Salid afuera, niños. - Ya habéis oído al doctor. Vamos.
No te muevas, chico.
No veo bien, que venga el señor Steve.
Estoy aquí, Chitlin.
Usted no es el señor Steve.
Ese es el señor Steve.
Hay que llevarle al hospital.
No tenemos dinero para un hospital.
Yo llevo 22 dólares aquí. ¿Será suficiente?
Si no lo es, yo pagaré la diferencia.
Avisaré a una ambulancia.
- Gracias, señor Steve. - Gracias a usted.
Todo lo que sé de música lo aprendí de ustedes.
No lo entiendo.
Con la música se expresan sentimientos sin palabras.
Ustedes me lo enseñaron. Es lo único importante que sé.
Santo cielo... ¡Inés! ¡Tengo que irme!
- ¡Si es el señor Foster! - Hola, Wilson.
- ¿Me ha esperado mucho Inés? - Hasta se alegró de verme a mí.
- Estaría desesperada. - Yo no entraría.
¿Por qué no tiras el sombrero dentro y agachas la cabeza?
¡Inés!
¡Inés!
¡Inés!
- Hola, Steve. - Hola, señorita McDowell.
- Inés, ha llegado Steve. - No quiero verle, madre.
¿Cómo?
Jeanie, habla tú con ella.
Steve, qué inesperado.
- ¿Está bien Inés? - Claro que sí.
Te ha traído esto de tu madre. Está bien y te manda su cariño.
- ¿De veras? - Tu madre, quiero decir.
Oh, claro.
- ¿Quieres tomar algo? - No tengo hambre.
Le prometí a tu madre que te...
¡Jeanie!
- Hola, Steve. - Hola, Jeanie.
- ¿Y tu hermana? - No molesten a la prima donna.
Está descansando. O eso debo decirte a ti.
- ¿Está enfadada? - Furiosa, pero se le pasará.
Inés no entiende a los genios.
¿Qué te ha mandado tu madre?
¿A que son bonitos? Los ha hecho ella.
- Y útiles. - Sobre todo para tratar a Su Alteza.
- Estaré en mi habitación, por si… - Steve, ¿harías algo por mí?
- ¿Podrías vivir en la casa? - No podría hacerlo.
¿Cómo le digo a tu madre que estás viviendo en un establo?
Dame una buena razón.
Verá... Es por la flauta.
- Siempre está tocando. - Nos encanta escucharte.
Es muy amable, pero aquí no me sentiría libre para…
¿puede decirle a Inés que…?
- Dígale que me siento fatal. - Yo se lo diré, descuida.
Si ella no quiere escucharme, te cantaré a ti.
Un dúo fantástico.
El que canta no es muy bueno, pero el soprano es admirable.
- Solo pretendía que lloviera. - Caerá un diluvio.
¿Vas a ayudarme?
¿Qué es esto?
¿Eso? Es una canción.
¡Tu canción!
- ¿Cómo lo sabes? - Te oí componerla con la flauta.
Pero… ¿por qué no aparece tu nombre?
La tinta es cara.
- En fin, a ver cómo suena impresa. - De acuerdo.
Odio esa canción.
Es estupendo, Steve. Cántame la nueva.
De acuerdo.
Esta no la has escuchado nunca. Se llama "La polca de Jeanie".
- ¿La mía? - No tiene letra, es para bailar.
Vale, toca la flauta.
¡Jeanie!
Ya no eres una niña.
Pues no me hables como si lo fuera.
- Inés, siento mucho que hayas... - Sí, ya lo veo.
¡Qué escándalo! A solas con un hombre en su habitación.
Ve a casa ahora mismo.
- ¿Y te dejo a solas con un hombre? - No seas impertinente.
Mira, Inés... ¿la has oído alguna vez?
- ¿Que si la he oído? - ¿La toco para ti?
Como toques una sola nota de esa cosa…
¿NO te gusta?
Lleva un mes martilleándome la cabeza.
En Pittsburgh la cantaban los músicos callejeros con tambores.
Como averigüe quién la compuso, le dispararé nada más verle.
Pero, Inés, la he Compuesto...
He intentado componer una canción y dedicártela.
- Dudoso honor. - ¿Qué?
- Sé lo de tus romances. - ¿Qué romances?
Ha dedicado sus canciones a al menos seis chicas, que yo sepa.
¿Y qué más da?
A mí me ha compuesto una y a su perro otra.
A ti y al perro quizá os impresionó, pero yo soy más de clásicos.
Los clásicos... ¡y un cuerno!
Mejor que nos vayamos las dos.
Voy a salir a comprar una mula. Es lo mío.
Me pones furiosa.
¿Has visto cómo me miraba? Como si fuera barro bajo sus pies.
No te pongas triste. ¡Dale ya el anillo!
- ¿El anillo? - Habías ahorrado para comprarlo.
Así es, Jeanie, pero le pasó una cosa.
Entonces declárate sin anillo.
Ven esta noche y pídeselo, aunque debas zarandearla.
Oh, Jeanie... No querrá ni verme.
Claro que sí, si le pides que te cante algo clásico.
Inés, te juro que cantas mejor que Jenny Lind.
- ¿De veras? - Sí, a pesar del mal acompañamiento.
No has estado mal, solo en algunos pasajes.
- ¿Tocarías en mi recital? - ¿Qué recital?
Mañana por la noche. Algo informal, solo para amigos.
Creía que no querrías... Para mí sería un placer.
Anoche no me dormía, ¿sabes en qué pensaba?
No tengo ni idea.
Pensaba que me quedan 50 años de vida.
Hay 365 noches por año, y en 50 años son 18.250 noches.
- ¿Cómo lo contaste? - Soy contable.
Y pensé que me quedaban 18.250 noches
despierto sin saber dónde está ella o si está bien.
¿Hablas de mí?
Por la mañana pensé que por suerte solo me quedaban 18.249 noches.
- No sé cómo lo lograré. - ¿El qué?
Pasar ese tiempo confiando en que otro cuide de ti.
Quizá algún día no hará falta.
- ¿Qué? - Quizá...
Soy el hombre más afortunado del río
y tú serás la chica más feliz del mundo.
Vivirás comiendo fresas,
te compraré el mejor carruaje de la ciudad.
¿Ahora?
¿Ahora?
Caballos... ¿Para qué quieres caballos?
Caballos... ¿Para qué quieres caballos?
No irás a ningún sitio.
Ella creyó que era mi regalo de compromiso.
¿Sabes cuánto cuesta un caballo?
Un par como el que tú dices puede costar 100 dólares.
- Dios mío... - Y lo que comen.
Se pasan el día comiendo.
Solo pasear y comer... constantemente.
Lo sé.
Y para colmo, lo cara que está la vida,
con los huevos a 7 centavos la docena.
- Tendrás que explicárselo. - No podré hacerlo.
- ¿Y cómo vas a arreglártelas? - No lo sé.
Fresas...
¡Ahí llega el James Millingar! ¡Ha vuelto tu hermano!
Gracias a Dios.
Quizá él te compre los caballos.
Siempre encuentro el modo...
- señor Howard. - Usted y sus cancioncillas...
¿Señor? ¿De dónde es esto?
¡Que me aspen!
¡ES genial!
- ¿Genial? Es un escándalo. - ¿Qué pasa?
Usted me engañó para que publicara esta canción
a alto precio y de buena fe. ¿Y ahora qué?
Once de mis competidores han publicado la misma canción.
¿No deberían?
¿Envió o no esta canción a todos los fulanos dentro del negocio?
Sí, a todos los que pude.
¿No sabe de quién es una canción?
¡Del primero que la edita, yo!
Es propiedad mía, y usted la ha regalado.
Señor Howard, yo no quería.
Esta irresponsabilidad me ha costado miles de dólares.
- ¿Puedo hacer algo, señor? - Sí, pagarme.
¿Pagarle? No tengo dinero.
Pero su hermano sí. ¿Querrá verle en la cárcel?
Yo no sé si él…
Dile que espero mil dólares mañana a las 12 o iré al juzgado.
- Mi hermano no… - Ya lo irá recuperando de su sueldo.
¿Del sueldo de quién?
Mil dólares,
250 dólares al año...
Cuatro años. Siempre que no comas.
Veo tu boda cada vez más lejos.
Mejor que sea yo quien se vaya lejos.
- ¿Stephen C. Foster? - Sí, señor.
- Soy Edwin Christy. - ¿El gran Christy?
Gracias.
Señor Christy, es todo un honor...
¿Es el autor de "Oh! Susanna", que me envió?
Sí, señor, y le agradezco mucho que cante mi canción.
Querido joven, ¿no conoce el gran perjuicio que me ha causado?
¿Señor?
¿Envió usted una copia dela canción a Jim Todd, de los Empire Minstrels?
¿Y le dio a Danny Rice permiso para incluirla en su repertorio?
- Sí, le envié una copia. - ¿Le envió una copia?
Y también a Joe Murphy, Bill Rock,
y a MJ Kichner, de los Stable Harmonics.
¿A cuántos cantantes mandó la canción?
Solo conocía a seis u ocho.
¿Solo a seis u ocho?
Oiga, joven:
¿intenta dejarme en ridículo?
¡He cantado "Oh! Susanna" de Pittsburgh a Nueva Orleans,
la he hecho la canción más popular de la historia.
¡Es la canción que me distingue y usted se le da a mis imitadores!
¿No sabe de quién es una canción?
Lo siento, señor Christy...
Tendrá que volver a comprarla.
- ¿Comprada? - Sí, comprarla.
100 por cabeza será suficiente, quizá 200 para Rice y Kichner.
800. ..
Más 1.000...
250 dólares al año...
- Son unos 7 años. - Entre 7 y 8.
Y eso sin comer.
Dios mío...
- Hola, Freddy, Spike, Parker. - ¡Bienvenido!
Hola, Steve.
Dunning, por fin llegas. Ahora todo irá bien.
Ven, te enseñaré algo.
¿Ves eso? El James Millingar. Es magnífico, y ahora es mío.
- Hice una fortuna transportando oro. - Es estupendo, Dunning.
- Vi tu carta. ¿Se lo pediste ya? - Sí.
- ¿Y qué dijo? - Voy por buen camino.
Dijo que quizá. Tal vez lo anuncie esta noche.
¡Bien, enhorabuena!
- Pero tengo problemas sin solución. - ¿Sin solución? ¿Qué problemas son?
- Debo una fortuna. - ¿Eso es todo? ¿Cuánto necesitas?
- Pues... Howard quiere mil. - ¿Mil qué? ¿Dólares?
- ¿Quién es ese Howard? - Es editor de música.
- Le di una canción y ahora... - ¿Qué canción?
- ¿Qué canción? - ¿Quién es este?
Dunning, el señor Edwin P. Christy, un gran cantante.
- He oído hablar de él. - Naturalmente.
¿Pretende decirme, señor,
que no sabía que su hermano es el compositor de "Oh! Susanna"?
¿Este crío?
La canción del siglo, sin duda alguna.
- Pues mejor préstame dinero tú. - No me han dado dinero.
Le di la canción a Howard. ¿Se la diste?
No solo a él, sino a otros que también la publicaron.
- Ese es el problema. - ¿Qué problema?
El que surge cuando das cosas que no te pertenecen.
Howard es el dueño porque fue el primero en imprimirla.
- ¿Es cierto? - Hay dos opiniones:
una, que el dueño es el impresor y la otra, la correcta,
es que yo soy el dueño porque la introduje.
- ¿Y los derechos de autor de Steve? - No existen, en este país.
Eso ya lo veremos.
Según el presidente, señor..
Deje al presidente. Haré que le den su dinero.
Debemos contarle mi deuda con los músicos.
Mejor dejemos eso, de momento.
¿Por qué no sale su nombre? ¿No le anuncia como autor?
- No es la costumbre. - Pues eso va a cambiar también.
Voy a hacerle famoso por todo el país.
No, a Inés le daría un ataque.
Olvídate de ella, serás el compositor más famoso del mundo.
- ¡No digas eso! Si Inés... - Steve, estás muy nervioso.
Ve a pescar esta semana y yo me ocuparé de todo.
- Usted, venga, tenemos que hablar. - Por su puesto.
Más vale que a tu chica le guste la cárcel.
Howard piensa mandarte allí.
Y le digo otra cosa, señor Howard: deberían expulsarle del negocio.
Cálmese, señor Foster.
Usted no ha entendido en absoluto la carta.
Pero a usted sí que le entiendo.
Quiero que trate con justicia a mi hermano.
Le he tratado bien, con la que le viene encima.
Le di 50 copias dela canción.
- ¿Y los 50 dólares en derechos? - ¿50 dólares? ¿Está loco?
O me da los 50 dólares ahora o verá el gancho que tengo.
Dígale a este loco que no damos derechos a los compositores.
Por principios, no intervengo en problemas ajenos.
- ¿Me da los 50 o no? - Es un atraco, eso es lo que es.
Quiero que sepa que hago esto bajo protesta.
Le daré 10 dólares y ni un centavo más.
¡He dicho 50!
¡Esto es un atraco! ¡Le denunciaré!
- Nunca me había divertido tanto. - Debemos movemos deprisa, Ed.
Vaya a por los carteles y dígale a Harry que va de mi parte.
He cantado en Cincinnati...
- Usted encárguese delo demás. - Está hecho.
¿Y las otras canciones?
Ya veremos, esta noche quiero que vaya a la fiesta.
Ya verá cómo vive Steve.
- Me muero por oír a Inés. - Gracias.
- Una fiesta preciosa. - Gracias.
Damas y caballeros, Inés bajará enseguida,
así que siéntense, por favor.
- Parece que no sepas tocarla. - No es eso, Jeanie...
¿Sabes si anunciará nuestro compromiso?
- ¿Cómo iba a saberlo? - ¿Dónde estará mi hermano?
Ya sabes que Inés odia a Christy y si Dunnning lo trajera...
Yo he visto a tu hermano. Iba con un hombre alto y elegante.
- Parece el gobernador de Kentucky. - Ese es Christy.
- ¿Por qué no avisé a Dunning? - Iban al establo.
Inés explotará. Haré que se vayan.
- Ahí viene. - Tarde, estás atrapado.
Mi primer número será "Suave canta el arpa", con flauta.
- Flauta… si no sabe ni sostenerla. - A Inés le gusta.
Aún recuerdo la última vez que tocó esto.
Esto es una mina de oro, Foster.
Ha sido una gran idea, venir a ver esto.
Hay al menos cuatro éxitos seguros
y diez buenas canciones para un programa.
- El público estará encantado. - 50 dólares cada una.
¿En exclusiva?
Solo hasta que Steve las publique.
De acuerdo.
- ¿Y esos grititos? - Es Inés.
Escuche, a ver qué le parece como presentación.
Tres, cuatro...
La parte 57.
- ¿Están locos? - ¿Qué pasa, bonita?
¿No ven que Inés está dando un recital?
¿Recital? Suena como si estuvieran pisando a un gato.
Les ruego que se vayan inmediatamente.
¿Así tratas al público?
¡Público!
¡A ver qué tal funcionan estas canciones!
¿Sabe Steve que ha cogido sus canciones?
Mi querida jovencita, todo el mundo está a punto de saberlo.
Pero…
Presten atención, buena gente.
Damas y caballeros, soy Edwin P. Christy.
Es un privilegio para mí darles la siguiente sorpresa.
Uno no esperaría escuchar aquí el evento musical del año,
quizá de todos los tiempos, pero…
¡esta noche son ustedes afortunados!
¿No es un honor descubrir la genialidad?
¿Y si les dijera que el mayor talento de nuestros tiempos
está aquí, en esta habitación?
Increíblemente, solo uno o dos personas
son conscientes de que este genio convive con ustedes.
Desconocido, no aclamado, señoras y señores,
les presento al autor de la canción más famosa jamás creada,
la inmortal "Oh! Susanna".
Nuestra rutilante estrella, Stephen Foster.
Presten atención, por favor.
¿Les apetecería oír nuevas canciones de Stephen Foster
jamás tocadas en público?
Siéntense, por favor.
Comenzaremos esta presentación en público con "Nelly Bly".
Inés, soy Milford, ¿estás ahí?
- ¿Por qué no contestas? ¡Inés! - ¡Vete!
Déjame entrar.
No quiero ver a nadie mientras viva.
Solo quería pedirte perdón por…
Vete y déjame en paz o no volveré a hablarte nunca.
Tengo que disculparme con Inés.
Tú y tu flauta, y ese charlatán amigo tuyo...
No interrumpas al señor Christy.
Buenas noches, señora McDowell.
Buenas noches.
Te he dicho que… ¡Oh, tú!
Inés, debes saber una cosa:
yo no le di esas canciones ni le pedí que viniera esta noche.
- Y tampoco las compusiste. - Sí, eso sí.
Llevo toda mi vida escuchando todo lo que me rodea.
Cosas como ruedas que chirrían o grifos que gotean.
No puedo evitarlo, Inés.
Pero te prometo que romperé todas mis partituras.
- ¿No es un poco tarde, Steve? - No puedo hacer más.
Si eso no basta, no te culpo, Inés.
Espero que esa sea la última.
- Es solo la novena, Inés. - ¿Solo la novena? Parece la 900.
Bien, por fin ha parado.
¿Alguna sorpresa más para esta noche?
"Mi viejo hogar en Kentucky". ¡Si tú no has vivido allí!
Pero he oído hablar de él.
- ¿Cuántas compusiste, millones? - No soy yo, quien le aplaude.
Han perdido la cabeza con tus canciones.
Prometo que no permitiré que nadie vuelva a cantar mis canciones.
¡Cuando pienso que casi me caso con el que compuso "Oh! Susanna",
¡me siento morir!
Inés, ¿te gustaría conocer a Jenny Lind?
Jenny Lind...
¿Conoces a Jenny Lind?
Bueno, un día coincidimos en Pittsburgh.
Steve, claro que me gustaría.
Puedo llevarte a verla, supongo.
¿Podemos invitar a Jenny Lind a tomar el té?
No, té no, a cenar tras el concierto, solo los íntimos.
No veo por qué no, eso estaría muy bien.
¡Qué ilusión!
- E Inés puede cantar para ella. - Jeanie…
Contrataremos al chef del coronel y decoraremos la mesa con magnolias.
Que vea que no somos paletos. Seguro que será una gran velada.
- ¿Son buenas butacas? - De palco.
No hacía falta que gastaras tanto.
Es mi primer paso para reformarme.
- ¿Reformarte? - Voy a mostrar mi valía a Inés.
Ahora solo me dedicaré a los clásicos.
Qué aburrido.
Es lo más sensato que jamás haya dicho.
Cuidado, niños.
- ¿Qué es esto? - No lo sé, nunca...
Será una broma pesada.
- En esta dice que… - No, no lo leas.
- Si no lo veo... - ¡Qué emocionante!
- ¡Eres un grosero! - ¿Por qué no nos lo dijiste?
Todas tus promesas no eran más que palabras.
¡Detén la cabalgata!
Murray, Pete, Jerry, ahí está Stephen Foster en persona.
¡Traedle aquí conmigo!
No, chicos, no…
Steve, amigo mío. ¡Adelante!
¡Estoy harta!
- Las compré en St Louis. - Son preciosas.
Tú también.
¿Quieres una para…?
- ¿Sorprendida? - Has tardado mucho, ¿no?
- ¿En qué? - En besarme.
Corre, ven a casa.
- ¿Qué pasa? - Algo horrible.
- ¿El qué? - Ya lo verás, vamos.
- ¿Estás segura? - ¿Segura? ¿De qué?
De Steve.
Muy segura. Esa vulgar cabalgata,
con el nombre de Steve en pancartas por toda la ciudad.
Qué asco.
- Ojalá... - ¿Ojalá qué?
- Ojalá fuera fácil decírselo. - ¿Lo nuestro?
Ya me encargaré yo.
¿Lo harás? ¿Se lo dirás a Steve?
Acabo de hacerlo.
¿Qué?
¡Steve!
¿De dónde has salido?
Estaba... en el establo.
Estábamos diciendo que queríamos...
que fueras el primero en saberlo.
Ya sabes que no había esperanza para nosotros.
- Todo era bastante absurdo. - Lo sé.
Lo siento, Steve.
Te deseo lo mejor.
Muy amable. Quiero decir… gracias, Inés.
Siento como si fallaran todas las luces.
- Pues en la cocina hay velas. - ¿Qué?
No pretendía bromear.
Siento mucho que no haya salido bien, Steve.
Lo sabes, ¿verdad?
Para ti siempre habrá luces de sobra.
Esta noche, en la gala del señor Christy...
No quiero pensar en ello, Jeanie.
Steve, no tienes por qué sentirte así.
Ya no tienes que agradaría, y era una relación imposible.
Sí, supongo que sí.
Tienes que ver el lado positivo.
Ahora eres libre para componer y sentirte orgulloso por ello.
Yo siempre me he sentido orgullosa de ti.
Esta noche irá toda la ciudad.
Ya verás cómo te aplauden, estoy segura.
Se pondrán de pie y ovacionarán, todo por las canciones de tu flauta.
Esta noche serás famoso, y mañana. ¿Sabes qué creo?
Que lo serás para siempre. Tus canciones vivirán para siempre.
¿No hay nada que pueda animarte?
Steve, ¿me estás escuchando?
¿Has oído algo delo que he dicho?
Jeanie, eres tan dulce.
Gracias.
Ojalá Inés fuera como tú.
Compañía, siéntense.
Señor mío, no he venido a la ciudad para soportar a alguien como usted,
que solo sabe discutir.
Escuche, señor ridículo, me niego a participar
en una charla insulsa con el ignorante señor Campbell.
- Y otra cosa… - Un momento, haya paz.
Esta buena gente no ha pagado
para escuchar a unos personajes picajosos, pueriles y pusilánimes.
Han venido para oírme cantar a mí.
Damas y caballeros,
una canción nueva compuesta especialmente para mí.
Con la asistencia de mi grupo de trovadores envueltos en oro,
mis cantores de juglaría
y mis bailarines de ágiles pies,
les ofrezco "Los viejos del lugar", de Stephen Foster.
¿Me da el tono, por favor?
Gracias.
¿Por qué no habrá venido Steve?
Voy a buscar a Steve.
Damas y caballeros,
ahora tendrán el honor de escuchar la voz más dulce del mundo
cantando "Ven adonde yace mi amor".
Ahora, con ustedes, la voz dela garganta de oro,
el señor Tambo, Rex Allen.
¿Rex Allen? Ese soy yo.
¿Me da el tono, por favor?
Gracias.
Siéntense.
Mira lo que has hecho.
¿Quién está ahí sentado?
¿Quién lo pregunta?
- Lo pregunto yo. - ¿Y tú quién eres?
Soy Edwin P. Christy, ese soy yo.
¿Quién es Edwin P...?
Señor Christy, solo estaba cepillando su sombrero. Aquí lo tiene, señor.
Y ahora, nuestro señor Bones nos deleitará
con la exhibición de una brillante, extraordinaria e increíble fantasía.
Moviendo todos sus huesos ala misma vez,
el señor Glenn Turnbull.
Cuando usted quiera.
Niños, bajad de ahí.
Es maravilloso, increíble. ¿Dónde está Steve?
Es maravilloso, increíble. ¿Dónde está Steve?
- No lo he encontrado, Ed. - ¿Se ha perdido el show?
¡Señor Christy!
Qué emoción, conocerlo en persona.
La comprendo, señora.
- ¿No has visto a Steve? - Ni rastro.
Es tan modesto que temerá que alguien le felicite.
- Pareces muy mayor, Jeanie. - Es por el vestido de Inés.
- Fue muy amable prestándotelo. - Ella aún no lo sabe.
Le he admirado desde que era una niña pequeña.
Una memoria admirable. ¿Me disculpa, muñeca?
¿Muñeca?
¿Dónde estará Steve?
Si se esconde de una belleza como tú, es que algo serio pasa.
Si no tuviera mujer e hijos en Memphis, la cortejaría yo mismo.
- Gracias, un show maravilloso. - Gracias, guapa.
- ¿Estás inquieto, Dunning? - Claro que no, estará en casa.
Las llevaré a su coche.
¿Lo ves? Dunning tenía razón, Steve está en casa.
Vas a despertarlos a todos.
- Solo quiero saber si está. - Esas no son formas.
- Iré a verlo. - Mejor que no lo hagas, hija.
Ya eres mayor para ir a verle a su cuarto.
Intenta calmarte y procura dormir.
Cuando Inés sepa lo que se ha perdido...
91, 92, 93, 94...
95, 96...
97, 98, 99, 100.
¿Qué es esto que siento en mi corazón?
Que me perturba.
Y que me inquieta.
Que me quita el apetito.
Que me vuelve loca.
Jeanie, ¿estás bien?
Sí, mamá.
Cierra la caja de música y acuéstate.
Buenas noches, cariño. Buenas noches, mamá.
Buenas noches, Steve.
Vine a ver si Steve estaba bien y encontré esto.
Dejó las maletas a medio hacer.
Algo le interrumpió, algo horrible.
Quizá lo detuvieran.
- ¿Tuvo problemas en Pittsburgh? - No.
No hay ningún mensaje.
Es como si alguien se lo hubiera llevado,
quizá un rival mío. ¿Había señales de lucha?
Si hubo lucha, fue en su mente.
Nadie destrozaría la música de Steve salvo él mismo.
Son obras inacabadas.
Esto no es propio de Steve.
Nunca haría algo que preocupara a los demás.
He ido a los tres muelles y seguro que no se ha escapado.
No se ha ido en ningún barco.
- ¿Y en la comisaría? - Nada, pero él tiene una idea.
Deberíamos usar sabuesos.
Lo leyó en un libro que escribió una amiga suya.
- Es "La cabaña del tío Tom" y… - Mal título.
Va de unos fugitivos a quienes persiguen unos sabuesos...
- No venderá ni un ejemplar. - En Cincinnati no hay sabuesos.
La gente no pagará un centavo por leer sobre sabuesos.
Quieren cosas con clase,
como yo mismo cantando canciones de Stephen Foster.
¿Pido que draguen el río?
Oh, no…
- Volved a la oficina. - Sí, señor.
¿Qué pasa, Trey? ¿Sabes dónde está Steve?
¿Por qué no usáis a Trey? Quizá el encuentre a Steve.
Lo intentaré todo, Jeanie. Vamos.
Un perro listo, ha encontrado el río Ohio.
Ha seguido el rastro de Steve. ¿Y si…?
Aquí había un bote, quizá esté en el río.
Siempre soñaba con el sur.
Le dedicaba canciones sin conocerlo.
Quizá ha ido hacia allí.
¿No iba a casarse con tu hermana?
- Sí, pero... - ¿Qué?
Ayer le dijo que se casaría con Milford Wilson.
- ¿No creerá que…? - Es muy sensible, no lo descarto.
Haré que draguen el río.
Voy a tener que hablar con tu hermana.
Pero… ¡ella no querrá oírle!
- Quiero saber qué le hizo. - Yo no…
Quiero saber qué le dijo para que se quitara la vida.
- ¡Un momento! - ¡Cállese! Le dejó, ¿verdad?
Usted despreció al mayor genio musical de nuestros tiempos.
Pues le diré algo, señorita remilgada:
Steve estaría mejor en el río que casado con alguien como usted.
Seguro. Pero le encontrarán, ¿verdad?
Puede apostar por ello.
Aunque tenga que buscar en todas las ciudades
de Nueva Orleans a Saint Paul.
Al final me ha oído.
Jeanie, ¿qué haces? Mamá, mírala. ¿Has perdido algo?
¿Buscas algo de tu hermana?
No sé qué le pasa, es el tercer registro en 24 horas. Qué monótono.
Tú siempre te quedas toda la ropa nueva.
Si necesito algo, debo robarlo.
Ella es mayor y necesita más ropa que tú.
Claro, todos piensan solo en Inés,
Inés piensa en sí misma y todos contentos.
- Si necesitas algo… - Ropa de viaje.
- ¿De viaje? - Me voy en el barco de Dunning.
Cariño, ya hemos hablado de eso.
Dunning fue muy amable invitándonos, pero no puedo aceptarlo.
Pues yo sí. Incluso iría de polizón.
Los camarotes son muy caros. Yale dije que no podemos aceptado.
Además, ahora hace un calor asfixiante, en Nueva Orleans.
Pues me asfixiaré. Quiero encontrar a Steve y me voy.
- Seguro. - Me voy, lo juro.
¡Habrase visto!
Mamá, ¿puedo hablar a solas con Jeanie un momento?
Sí, supongo que sí. No veo por qué no.
- ¿Qué te pasa, cielo? - A mí nada, pero a otras sí.
Estás enamorada de Steve. ¿No lo sabías?
- ¿Y qué, si lo estoy? - Cómo no lo había visto antes...
Has sido la pequeña tanto tiempo. He sido una estúpida.
- En eso tienes razón. - ¿Qué?
¿Cómo has podido dejar a Steve por irte con ese patán?
No lo sé.
- ¿No habrás cambiado de opinión? - Oh, no.
Son cosas que pasan. Nadie sabe por qué ni cómo.
Cuando Milford me besa, sé que siento algo.
- Sé lo que es eso. - ¿Steve te besó?
Solo un besito. Pero fue especial.
- Te entiendo. - Pero si él no te importa nada.
Él te quiere y siempre te querrá.
- Pero debo saber si está bien. - Lo siento, cielo.
No me lo impidas.
Dunning zarpará enseguida y rastreará todo el río.
No te lo impediré, te ayudaré.
- ¿De veras? - Claro.
Coge lo que quieras, todo lo mío es tuyo.
¡Oh, Inés!
Rápido, que Joe prepare los caballos.
- Ya están listos. - Bien.
- ¡Joe! - ¿Sí?
Dile al señor Foster que no zarpe aún.
Sí, señorita.
- ¿Y mamá? - Estará lista. Deja que te peine.
¿Recuerdas la canción de nuestro pelo?
¿Qué tienes ahí, Jeanie?
Es el cuaderno de Steve. Copiaba aquí sus canciones.
Quizá nunca vuelva a utilizado.
Escucha, mamá. Es la canción de Steve, "Old Black Joe".
He perdido la esperanza.
Puede estar por todo el río, o perdido.
Vamos, Jeanie...
Mañana veremos a Christy. Me espera en Naches.
Quizá Steve esté con él.
Seguro que sabe algo. Nos lleva ventaja.
- Y mañana... - ¿Cuántas veces hemos dicho eso?
Vamos, no te desanimes ahora.
Hay señales de Steve por todas partes.
Un marinero cantando una de sus canciones,
otro en Memphis tocando otra, gente silbando en Pittsburgh
y ahora ese hombre en el río.
Steve habrá pasado por aquí, así que ánimo,
ten esperanza hasta que veamos a Christy.
Aquí atracan todos los barcos, incluso los de remo.
Es imposible que no le hayan visto. Salió un día antes.
Quizá pasara por Naches antes que usted.
¿A remo?
Vine en el Cherokee Bill y vi todo lo que había en el río.
Creía que le encontraríamos aquí, en el puerto de Naches.
Vamos a ver…
Solo lo más bajo del Misisipi acaba en ese antro.
¿Y en el Naches on the Hill?
Lo he registrado todo.
No está aquí y no creo que esté ni siquiera en el río.
Tiene que estaño.
Quizá esté en Nueva York, o río arriba.
- O en un tren hacia California. - Un momento.
- ¡Ahí! ¿No lo oye? - ¿El qué?
¡La flauta de Steve!
Mi canción, "La polca de Jeanie". ¡La compuso para mí!
Deja que hable yo primero.
¿He perdido la cabeza?
¿Por qué te fuiste? No había estado tan furiosa en toda mi vida.
¿Cómo has llegado aquí?
Eso da igual. ¿Cómo has llegado tú? Dunning incluso dragó el río.
- Deberían partirte la cara. - Será un placer.
- Vámonos de aquí. - Ni hablar, amigo.
- Vamos, Steve. - No le hagas caso, preciosa.
¡Suéltala!
¡Steve!
Avisa a la policía.
- ¿Ya está más tranquilito? - Sí, señor.
Pues deje de alterar la paz en Naches.
Ya pasó todo, Jeanie.
Aquí tienes 50 dólares que le saqué a ese Howard.
Gracias, Dunning.
Nunca conocí a nadie tan afortunado como tú.
Yo tampoco.
Ahora buscaremos un barco hacia el norte.
- No hay prisa, Dunning. - ¿Que no hay prisa?
Mira esta carta de los editores de Nueva York.
- Llegó el día que desapareciste. - Ya me lo has dicho.
¿No vas a leerla?
- Ya la he leído. - ¿Has visto lo que te ofrecen?
- Sí, ya. - ¿Sí, ya?
Una oferta así no se tiene todos los días.
Dunning, había pensado que…
¿Sabes cuánto habrías ganado con "Oh! Susanna" y un contrato así?
Miles de dólares.
- Supongo que sí. - ¿Qué te pasa, Steve?
Si no vas a componer más canciones, vende las que canta Christy.
- Tengo canciones de sobra. - Y muchos pájaros en la cabeza.
Imagina que compones dos al año.
Te darán 500 dólares por canción en cuanto les des el tono.
- ¿No ves que son mil fijos? - Sí, ya lo sé.
Y Christy te paga 50 dólares por canción no publicada,
cuando deberías pagarle tú a él.
Hace que las ventas suban como la espuma.
Pero yo no…
¿Cuánta gente puede ganar mil dólares al año?
Ya me lo pensaré, Dunning.
No me digas.
Quizá lo sepa mañana.
Pues espero que mañana me des una alegría.
Sabes que estás yendo al revés, ¿no?
¿De veras?
Ah, para ir a Nueva York.
No a Nueva York, sino a Cincinnati.
Si tu vieras tanto coraje como ahora ingresos,
volverías para hablar seriamente con Inés.
- No serviría de mucho. - Ya habrá aprendido la lección.
Pero si te hace caso será para darte una torta.
Supongo que eso es lo que temo.
¿Qué?
Steve, sigues enamorado de ella, ¿verdad?
Mira, Jeanie,
la otra noche no podía dormir. ¿Sabes en qué pensaba?
Pensaba que me quedan 50 años de vida.
Hay 365 noches por año,
y en 50 años son 18.250 noches que tendré que pasar despierto
sin saber dónde está Jeanie.
¿Jeanie? ¿Yo?
- Entonces pensé... - No pares, ahora.
No puedo seguir.
- ¿No estabas siendo sincero? - No como otras veces.
Era todo inventado.
Lo único cierto es que paso muchas noches en vela.
Yo también, Steve.
Pienso en una canción que llevo mucho intentando componer.
¿La que era para Inés?
Sí.
Ahora sé por qué no me salía. ¿Sabes qué pasaba?
Quería llamarla "Inés, la del cabello dorado",
cuando debí haberla llamado "Jeanie, la del cabello castaño".
¡Steve!
¡Era eso!
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