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- Buenas noches, doctor. - Buenas noches.
- ¿Llego tarde? - No, es el primero, como siempre.
- ¿Me permites que entre la bicicleta? - No faltaría más.
Es que ya me han robado dos. ¡Eh, cuidado con los huevos!
- ¿Huevos? ¿De verdad? - Si, de los que se rompen.
A tu mujer le gusta el suflé, ¿no?
No tienes idea de la alegría que vas a darle.
LA CENA DE LOS COBARDES
- Sophie, el doctor ha llegado. - Ah, buenas noches, doctor.
Buenas noches, Sophie.
- ¿Cómo estás? - Muy bien. Muy bien.
Como una anciana que va a cumplir 22 años de un momento a otro.
Si me lo hubiesen dicho hace un año.
¿Pero aún no estás vestida?
Espero a que Françoise me traiga mi vestido.
Con tal de que esté terminado.
Dime, doctor, ¿qué ha sido de Madelaine?
Está un poco resfriada, he preferido dejarla en casa.
Bueno, pero tapándose un poco...
En una ciudad como esta, la mujer de un médico no puede permitirse
el lujo de estar enferma.
La gente es tan desconfiada.
Me ha costado mucho recuperarme de su congestión pulmonar.
Recuerda, mi clientela se largaba por todas partes.
En cambio yo, mis faltas de ortografía no impiden vender libros a Víctor.
- Voy a llamar por teléfono a Maddo. - Es una buena idea.
Dale un beso de mi parte.
Mira lo que he encontrado para Sophie.
- Seda pura. - Mira qué casualidad.
He tenido la misma idea que tú.
- Va a sentirse defraudada. - Al contrario.
Una mujer nunca tiene demasiadas medias de seda.
Sobre todo cuando no se encuentran.
- ¿Quién te las ha proporcionado? - Pues el carnicero.
Ya no encontraba mucho, así que...
- ¿Y tú, dónde? - Por un oficial alemán.
Viene a comprar a escondidas novelas americanas.
Hacen mucho mercado negro esos tipos.
Eh, no empieces a criticarles.
Sólo digo que hacen mercado negro. No los critico.
Sube, voy a la bodega.
Víctor, ¿has oído la radio?
Los alemanes han hecho 1.044.741 prisioneros en Rusia.
El mariscal se va a poner contento. Se acaban los bolcheviques.
Hitler pasa el aspirador.
Ah, no, escucha, nada de política.
Lo que dice la radio...
Ya podemos decir que a ti te ha estropeado la democracia.
Hola, Françoise. Buenas noches.
Me he dado mucha prisa, acabo de terminar el vestido de Sophie.
Voy a bajar al sótano. Está muy nerviosa.
Desde esta mañana no oigo más que esto:
"Ojalá mi vestido esté acabado. Ojalá mi vestido esté acabado".
- Y ojalá le vaya bien. - No hables de desgracias.
¿Hay alguien?
¿Quién es?
- Por favor, no me descubra. - Pero sí es...
Dígame, Sr. Stern, ¿qué hace aquí?
Los alemanes han ido a mi casa.
He sido denunciado, he huido por el patio.
Le ruego que no diga nada. No diga nada.
Iba a subir a su casa para pedirle que me ocultara hasta mañana.
En el último momento no me he atrevido.
¿En mi casa?
¿Por qué en mi casa? Sólo nos conocemos de vista.
- Compréndame usted... - Sí, claro, pero...
Déjeme aquí, hasta mañana por la mañana. Sólo hasta entonces.
Después ya me las arreglaré yo.
No me irá a denunciar, ¿verdad?
Venga, no se quede aquí.
Venga conmigo. Vamos.
Sígame.
Cuidado.
Guarde silencio.
Venga.
Entre aquí.
Y no haga ruido.
- Nunca olvidaré lo que... - Calle.
Estoy acostumbrado. Ha tenido suerte.
Si hubiera venido ayer, la plaza estaba ocupada.
Un agente del servicio de inteligencia, pero chitón.
- ¿Un agente de...? - Si, un paracaidista.
Entre nosotros, ¿quién le ha dado la idea?
- ¿La idea? - Si, de dirigirse a mí.
Pues nadie, el azar.
- Enloquecido, no he reflexionado y... - Lo prefiero así.
Bien, intente dormir sí puede. Mañana por la mañana veremos.
Gracias otra vez.
Es un deber.
Ah, con tal de que mi suflé no imite a tus amigos los ingleses
y se desinfle en el último momento.
¿Por qué? ¿Los ingleses han pedido el armisticio?
Oh, no, no, no han tenido ese valor.
Si, se necesita valor para reconocer su derrota.
¿Esos cobardes ingleses que se empeñan en pelear?
Si lo hacen es porque obtienen algún beneficio.
Escucha, mi querido amigo, 1.044.741 prisioneros en Rusia.
- Por favor, nada de política. - No, 1.044.741 prisioneros
- No es política, es contabilidad. - No, es propaganda.
¿Qué es eso? No me había fijado.
¿Qué te pasa? Ven, acércate.
- Abre la boca. - ¿Es una broma?
Abre la boca, te digo. Saca la lengua.
- ¿Me permites? - Vivi, ¿quieres venir un momento?
Voy en seguida.
Esto no me gusta nada. Tienes la lengua cargada.
Cargada de malas noticias.
Cuidado, esta noche nada de excesos, nada de política.
Podría jugarte una mala pasada.
Por poco haces que estropee mi suflé.
Por cierto, ¿dónde has conseguido los huevos?
Amistades.
Si, conozco una gallina.
- Muy gracioso, seguro que es alemana. - No, de la resistencia.
¿No vienes a ver mi vestido?
Bueno, Vivi, ¿no vas a ver el vestido de Soso?
- Vivi, ¿te gusta? - Precioso. Bravo, Françoise.
Lo dices como si no te gustara. No pareces muy convencido.
Lo encuentro sublime, ¿sabes?
¿Contenta?
Como vestido de guerra no está mal.
¿Olvidas que estamos bajo la bota?
Si te pisa la bota, la bota... ya te puedes preparar.
Perdón. Se me había olvidado.
¿Tienes noticias de Gaston? ¿Sigue prisionero?
Claro que sigue prisionero. Haces unas preguntas.
Puede haberse evadido.
Te lo habría dicho.
De todas formas, aunque volviese no cambiarían las cosas.
Habíamos decidido divorciarnos.
- Eso podría arreglarse. - Ni pensarlo.
Ya se había llevado sus cosas.
- No lo sabía. - No le guardo rencor.
Nos casamos deprisa y nos equivocamos.
- ¿Os escribís al menos? - Y le mando un paquete cada 15 días.
Estamos comprendidos en el armisticio.
Aprende, Vivi, reprochable conducta la de Françoise.
- Cuando yo me divorcie... - Calla, calla, calla.
- No digas tonterías. - Es verdad, se me había olvidado
que nos amamos. Aún me queda un poco ancho de aquí.
Sí, quítatelo y lo arreglaré en un momento.
Vivi, ¿sabes lo que me ha traído el doctor?
Un par de medias de seda para las piernas de tu pequeña.
No... Cierra la puerta. Cierra la puerta.
¿Por qué?
- ¿Conoces a Stern, el peletero? - Si. ¿Qué?
La Gestapo ha ido a su casa a detenerle.
- No me extraña, es judío. - ¿Acaso lo encuentras justo?
No, de ninguna manera.
ÉI no los ha esperado y se ha largado.
- Ha hecho muy bien. - Ha venido a refugiarse aquí.
Lo encontré en el sótano y lo escondí en el cuartito.
¿En el sótano? Para morirse de risa.
- ¿Por qué lo encuentras tan gracioso? - Así que en el sótano, ¿eh?
Otro invento de tu imaginación, como el agente del servicio de inteligencia.
Le habrás ofrecido un puro de los que te manda Churchill en paracaídas.
Te conozco. Françoise, ¿sabes qué me dice?
- Puedo adivinarlo. - Nada, nada, tonterías.
¿Quieres que nos fusilen a todos? Te juro que es verdad.
¿Dices que en el sótano? Si me engañas, te acordarás de mi.
Vamos a verlo.
- Mentiroso. - Sophie...
- Más que mentiroso. - ¡Sophie!
¡Sophie!
Por favor, apaguen las luces. ¡Ahí arriba, por favor!
Menos mal que estoy aquí.
- Doctor, ve a abrir. - Si, ya voy.
- Oh, sois vosotros. - Buenas noches, doctor.
- ¿Llegamos tarde? - No, en el momento justo.
Si, puedes asegurarlo.
No hagáis caso, mi vestido no está terminado aún.
- ¿Hace mucho que empezó la función? - No sé qué decirte.
- Acaba de levantarse el telón, ¿eh? - Bueno, ¿qué pasa?
Sophie, que está enseñando sus 22 años.
Que, por cierto, están muy bien.
Pero... ¡Sophie! ¿Quieres bajar ahora mismo de ahí?
No te preocupes, ya me han visto otras veces así...
- En la piscina. - En la piscina es diferente.
¿Diferente? ¿Qué más da? Eres un atrasado.
¿Te das cuenta? Antes de empezar a cenar. ¿Qué harás tras los postres?
¿Qué haré? ¿Es que no me has visto nunca en combinación?
Yo sí, pero ellos no.
Bueno, entre amigos no hay que ocultar nada.
Es un punto de vista.
Vaya, un punto de vista encantador.
La muchacha estaba desnuda y conocía mi corazón.
Sólo había conservado sus preciosas joyas.
- Vas muy deprisa. - No es verdad, ¿sabes?
No está desnuda, sólo en combinación.
No importa, desnuda o en combinación ella es como yo la imagino.
¿Y cómo la imaginas?
Eres demasiado curioso, Víctor, eso pertenece a mi vida privada,
a mi pequeño cine personal.
Oh, los misterios de Sophie.
- No apto para menores. - ¿Y puedo saber qué hace la censura?
Para mi Sophie tendrá siempre 20 años, los que tenía la última vez que la vi.
Menos mal que hay alguien para quien nunca envejeceré.
Es muy agradable. Ah, por fin.
Toma, tu vestido.
Perdonad que os reciba con esta facha.
¿Qué esperas para quitarte el abrigo, vas desnudo?
Un minuto.
- ¡Azúcar! - Azúcar.
He sido víctima de una tentativa de corrupción por parte de un alumno.
- Victima propicia, ¿eh? - Resignada, doctor,
me he sacrificado. He falseado el boletín trimestral de ese borrego
- Para mejorar esta comida. - ¡Bravo!
Si la universidad se deja corromper, la enseñanza entrará en crisis.
Y eso no es todo, Dr. Mabuse.
Del bueno. Coñac de antes de la guerra.
Toma, tú como cirujano, opérala.
Ahora comprendo por qué Francia tiene el hígado enfermo.
No será en Vichy donde se curará.
No digas tonterías, ¿quieres?
El alcohol de la derrota, el licor que nos ha perdido.
¿Derrota? ¿Pero qué dices? Si es coñac Napoleón.
¿Os gusta mi vestido? Una creación Françoise.
¿Cómo lo encontráis?
¡Sensacional! ¡Por el vestido de Sophie!
Oh, es precioso. Me lo dice mi dedito.
- Atención, Sophie, ahí va. - ¡Oh, jabón de verdad!
- Toma, huele. - Formidable.
- Gracias, Clauclau, eres un encanto. - Debes agradecérselo a mis alumnos.
Sophie, yo también tengo algo para ti. Adivina qué es.
- ¿Se come? ¿Se bebe? - No sigas, no lo acertarás.
- Medias de seda, ¿a que son medias? - ¿A qué Claude te ha dado el soplo?
No, pero las deseaba tanto. Además, nadie como tú para tener esa idea.
Eres un cielo.
Ahora olvidemos lo que nos separa, y no pensemos más que en lo que nos une.
Muy original.
Lo que nos une son los 22 años de Sophie. Brindemos por la amistad.
- Por la amistad. - Por la amistad.
Excelente fórmula, por la amistad.
- Deberíamos esperar a Madelaine. - Eres muy amable, pero no puede venir.
Sus bronquios no andan bien. Nada importante.
Entonces a la salud de Madelaine.
En cambio los alemanes van maravillosamente bien.
- Y en Rusia... - Doctor, nada de política.
Están borrando a Rusia del mapa y no se puede hablar de ello, ¿eh?
- Con la participación del concertista... - ¡Pero sí es Inglaterra!
¿Eso no es política?
¡Abran a la policía!
¡Abran o echamos la puerta abajo!
- ¡Abran! - Vamos, Víctor, veamos qué pasa.
Hail, Churchill.
¿Qué dices, tontaina, te has asustado?
- Eres muy gracioso. Muy gracioso. - Confiesa que no me esperabas.
Y no me esperabas porque te has olvidado de invitarme.
- Así aprenderás. - Creí que estabas en Paris.
No, nada de excusas. Cuando me fui el martes, deberías haberme recordado
que hoy era el cumpleaños de tu mujer. Menos mal que tengo buena memoria.
Una magnifica agenda.
Vamos, no pongas esa cara. Anímate, sólo ha sido una broma.
Soy muy bromista y simpático. Muy simpático, querido Víctor.
¿Pero no te das cuenta que esa broma no es para hacerla en estos momentos?
Ahora no nunca. Después de la guerra no tendría gracia.
- Habría que buscar otra cosa. - Pues de buen gusto no es, ¿sabes?
Pide perdón, inmediatamente. Un beso aquí, a tu tiito.
¿Habrase visto, que pida perdón? El mundo al revés.
- Qué cara más dura. - Vamos, deprisa.
¿Qué haces, estás loca?
- ¿Qué os decía? - Tenía que ser el tiito,
debí haberlo supuesto.
¿Os dais cuenta? Casi me da un ataque.
No es culpa mía. Hola, doctor.
- ¿Qué tal, Françoise? - Hola.
Si tu marido me hubiese invitado como a los demás,
pero el martes, cuando me fui a Paris, no me dijo nada.
- Hola, Jean-Louis. - Hola.
No hay peros que valga.
El martes aún no sabía si se celebraría esta fiesta.
- Con las dificultades de avituallamiento. - No te justifiques con eso.
- ¿Y el mercado negro? - No hables del mercado negro.
- Es inmoral. - ¿Inmoral?
Si no te aprovechas de la guerra para aprender a vivir,
no llegarás a viejo. Aprende de mi, yo estoy por el mercado negro.
Siempre he sido anti conformista.
- ¿Anti conformista, tú? - Si, anti conformista.
Y anti gorrón, y voy a demostrarlo.
Mira, una terrina de paté que no lo mejora nadie.
Mercado negro. Mira, huele.
- ¡Cuidado, que saldrá volando! - Qué bien huele.
¿A dónde vas? Aún no he terminado.
¡Se quemará la comida!
Françoise, pon música, estaremos más alegres.
Un salchichón de Lyon.
Un quilo de café. Mercado negro, perdone.
Puedes poner mi cubierto. ¿Y esto, profesor?
¿Qué es? ¡Livaló!
Queso exquisito. Sophie, ven, mira esto.
Una botellita de champán, 1937. Mercado negro, perdón.
¡Oh, lo que más me gusta en el mundo!
- ¿Más que yo, Sophie? - Y ahora,
para los 22 años de mi querida sobrinita, 22 pares de medias.
¡22 pares! Me tomas por un ciempiés.
- No tengo más remedio que besarte. - Un momento.
- Y rojo para los labios. - Gracias.
Y otros dos pares para Françoise a cuenta de su próximo aniversario.
Este hombre es Papá Noel, no cabe duda.
Yo no puedo esperar al postre. Un beso por cada media.
Me parece bien, uno, dos, tres y cuatro.
No tiene ningún mérito. He hecho un negocio formidable.
Les he vendido dos toneladas de sartenes.
- ¿A quiénes? - A ellos. Y 5 toneladas de betún.
Tiito, me vas a hacer creer que les limpias las botas.
No, señor, yo les exploto. Y sin piedad.
No les perdono ni un céntimo.
Yo soy duro.
Los contactos son penosos. Hay veces que lo dejaría todo,
pero me digo que no tengo derecho.
- Y me sacrifico. - Muy bien, tiito.
Eres un valiente.
Si, podéis bromear, pero yo me peleo cada día con ellos.
Gracias.
Si crees que me divierte ir todas las semanas al despacho Otto,
a la oficina de compras...
En los negocios no hay amigos.
La guerra continúa y yo la hago solo.
Así es, hay que vivir, hay que comer.
Y cuanto más dura la guerra, más hambre tengo.
Mi organismo es muy exigente.
Envidio a los que pueden privarse de pequeñas cosas.
Yo tengo que alimentar la máquina.
- Si crees que es divertido... - ¡A comer, a comer!
El suflé estará a punto en seguida.
¡No tan deprisa, hay que empezar por el paté!
Sí, pero no perdamos tiempo.
- ¿Dónde nos sentamos? - Donde os parezca.
Jean-Louis que se quede donde está, él tiene preferencia.
Yo me sentaré aquí. Françoise a mi lado.
Y Sophie ahí, los demás como queráis.
¿Me permitís? El paté. Yo estoy acostumbrado.
Despacito. Vamos, los platos.
Amigos, los cupones del pan. ¿200 gramos cada uno?
- Perfecto. - Yo pagaré por ti.
No, tengo mis cupones.
¡Quietos todos! Guardad vuestros cupones.
Tomad. Tarjetas para el pan, y para materias grasas.
Para ti, Françoise. Mercado negro, perdona, Víctor.
- ¿No tienes alguna para carne? - Si, mujer, mira.
Aquí están. Mercado negro, perdón, Víctor.
¡Mira!
No serán falsas, ¿verdad?
¿Lo oís? Quiere hacer trampas, pero honestamente.
- Con tarjetas auténticas, tramposo. - No, pero si fueran falsas...
No pases cuidado, no son falsas. Son robadas,
- Así que tu honor está a salvo. - Si es así, sí. Toma, toma.
- Para Víctor. - Es paté.
Os pido un minuto de silencio, esto lo merece.
Huele bien, ¿eh?
- ¿Habéis oído? - Claro que lo hemos oído.
¡No abras, Claude! Espera a que apague.
Vamos, no nos quedemos aquí.
- No es el momento de dejarnos ver. - Cosas de la guerra.
Son enemigos, pero no deben matarse así,
sobre todo sin conocerse.
- ¿Qué ha sucedido? - Un atentado.
- ¿Con víctimas? - Un muerto y un herido grave.
- ¿Sólo? - Buen regalo de cumpleaños.
Vamos, no seas cruel, no debes ensañarte con el enemigo vencedor.
- ¿A dónde vas? - Hay un herido, puede necesitarme.
- ¡Qué constancia! - Es un ser humano, ¿no?
No hagas tonterías y no te mezcles. Siéntate.
Un día serví de testigo en un accidente de automóvil en Deauville,
y no tuve más que molestias.
Y todo por escuchar a mi corazón, como de costumbre.
- Tienes buen oído. - Si, y lo escucho demasiado.
Perdonad un momento. No sé qué tengo.
- Sophie... - Quédate, no te necesito.
¿Lo oís?
Seguramente la ambulancia.
Ese ruido no es de una ambulancia.
Reconoced que hace falta valor para arriesgar la vida matando a un alemán
- En plena calle. - ¿Valor? A eso le llamas valor, ¿eh?
- No es nada difícil. - ¡Se necesita mucho valor!
Y una pasmosa sangre fría.
Vosotros no lo comprendéis. En el frente, cuando maté a un coronel...
- La última vez era un suboficial. - Habría ascendido.
Seguramente a título póstumo.
¿Y no te condecoraron por esa hazaña?
Me propusieron, pero el general murió en el momento
en el que iba a firmar la citación.
- Y además no le quedaba tinta. - Idiota.
En el fondo eres un héroe desconocido.
Has hecho la guerra desconocida.
¿Desconocida? ¿Desconocida?
¿He sido movilizado, sí o no? Todo el mundo me ha visto uniformado.
A la fuerza, no saliste de la ciudad.
Si me descuido me hieren en una pierna en el frente.
- Oh, sí, claro... - Puedes reírte.
Soy un idiota, no hago más que decir la verdad,
- Y no me creéis nunca. - Nunca, nunca.
Es que no se puede decir la verdad.
En tiempos de guerra, hay héroes en cantidades industriales.
Es un producto que abunda mucho.
Ya estoy mejor.
Han rodeado la casa.
Yo opino que...
¿Qué ocurre que no decís nada?
Ya están ahí.
- No... Sophie será más amable. - Amable.
Buenas noches, Sr. Bochelain.
Siento comunicarle que no he venido a comprar ningún libro.
Dos oficiales alemanes han sido muertos bajo sus ventanas.
Bien, y los asesinos han huido
sin que los testigos del atentado hayan contribuido a su detención.
Yo no he visto nada. Estaba con mis amigos.
Lo siento, necesito 20 rehenes. No son muchos.
Si a los culpables no los encontramos en seguida,
los rehenes serán fusilados inmediatamente.
Eso no es posible, usted me conoce.
¿Cuántos apartamentos tiene este inmueble?
Pues creo que cinco.
Bien, me llevaré dos rehenes de cada apartamento
y los otros diez de la casa vecina.
Capitán, no nos hemos movido de aquí.
Estamos celebrando el aniversario de mi esposa.
Usted la conoce. La vio la última vez, cuando vino a comprar...
"La anunciación amarilla".
Sophie, ¿te acuerdas... del capitán Kaubach?
- Sí, claro, lo recuerdo muy bien. - Feliz aniversario, señora.
Es... es ciego.
- ¿La guerra? - Si, la guerra.
La guerra.
Hicieron ustedes mal en declararla.
Siga sentada.
No he dado una orden.
Continúa el avance de las tropas alemanas.
El número de prisioneros aliados es cada vez mayor.
Francis Bourgicole. Usted no me conoce, pero yo a usted mucho.
Ya lo creo. A menudo oigo hablar de usted.
Tenemos amigos comunes.
Siéntese.
¿Habla usted también inglés?
- ¿Inglés? - Sí, inglés.
- ¿Por qué inglés? - Conteste, se lo ordeno.
Bueno, sí, lo hablé... hace tiempo, con mis amigos alemanes.
Entonces, si yo fuera un oficial inglés en este momento,
usted me hablaría en inglés, ¿eh?
Oh, señor, afortunadamente para nosotros, usted no es inglés.
Y para usted.
Además, un inglés no se atrevería a presentarse aquí.
Eso no se puede asegurar.
Los ingleses son capaces de todo.
Capitán, acéptelo.
No, gracias. Y ahora... elijamos los rehenes.
- ¿Cómo los rehenes? No irá a... - ¡Cállese!
Uno, dos,
cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Tres. Sólo que, ¿cómo dicen ustedes? Me molesta hacer la elección.
Usted, usted, él, usted...
Por favor, capitán, no somos terroristas.
- Al contrario, sin querer alabarle... - Es la verdad, capitán, la verdad.
Y hasta puedo decirle que no somos hostiles.
Simpatizamos con ustedes.
Sí, yo tengo el valor de decirlo. Simpatizamos, con "s" mayúscula.
Como "SS".
- ¿Usted desaprueba estos atentados? - Aún más, los condeno,
con todas mis fuerzas.
¿Admite usted que mi deber es procurar la seguridad
- De nuestras tropas? - Si, es evidente.
¿De dar ejemplo, castigando a los culpables y a sus cómplices?
Naturalmente que sí.
Pues a falta de ellos, la población civil es solidariamente responsable.
Población de la cual forma parte usted.
Y muy particularmente los habitantes de esta calle y de esta casa.
De la casa delante de la cual se ha cometido el crimen.
Pero sí yo no vivo aquí. Vivo a 20 minutos, pasado el puente.
Yo tampoco vivo aquí, sólo he pasado a felicitar a mi sobrina.
Ni siquiera estaba invitado.
Para mi es suficiente que estuvieran aquí cuando se cometió el atentado.
Yo estaba en la cocina.
Le doy mi palabra de honor que...
- En fin, Françoise... - Pues yo no tengo nada que dar.
Todos ustedes tienen la suerte de que conozco al Sr. Beauchelain
y de que nuestras relaciones son muy amistosas.
Sigan.
Señora, no quiero estropearle su cena de cumpleaños.
No me gusta hacer de aguafiestas.
Siéntense, por favor.
Continúen.
De ninguna manera quiero mostrarme despiadado e injusto,
designando entre ustedes dos rehenes al azar.
Capitán, sabía que usted es un auténtico caballero.
Un alemán de corazón.
No quiero arriesgarme a cometer un error fatal,
puesto que todos son amigos y se conocen bien.
Les dejo en libertad para que ustedes mismos elijan los dos rehenes.
¿Elegir?
- ¿Cómo, nosotros? - Si.
Están más calificados que yo, soy un turista de paso.
Tienen mi confianza.
- Pero capitán... - No hay que añadir nada más.
Volveré a por los dos prisioneros. La suerte está en sus manos.
Buen provecho.
Ahora tienen un tema de conversación.
Gracioso, gracioso... ¡Qué frescura!
Es un calificativo muy blando.
¿Qué vamos a hacer?
¿Qué vamos a hacer?
- ¡Decid algo por favor! - ¿Qué quieres que digamos?
No hay nada que decir.
Tenemos que entregar dos rehenes. Eso es todo.
Ah, no, somos amigos, nos conocemos demasiado.
- Esa es la cuestión. - Si, justamente, ese es el problema.
Es una situación que hay que afrontar con filosofía.
A menos que...
que se encuentre una solución.
Estamos en una graciosa situación, ¿eh?
- Una situación dramática. - Digamos delicada.
Interesante, pero delicada.
Que hemos de llegar a una solución es indiscutible.
Estamos complicados.
Dicho sea sin ánimo de ofender.
Es lo mejor que podías decir.
¿Qué?
Nada.
Creí que...
Mi pequeño conejito.
Si, tu pequeño conejito acabará en la cazuela.
Quizás se pueda arreglar.
Puede que cambie de idea.
Nunca se sabe.
- Si se le razonara. - Yo no creo en milagros.
Pero lógicamente debe haber una salida. No sé cuál,
- Pero reflexionando, con astucia... - Si, mientras hay vida...
Si, mientras hay esperanza, hay vida.
Callaos, creo que... hay una posibilidad.
- No es posible. - Qué lástima.
¡Basta ya, estoy hasta la coronilla!
Miraos unos a otros, es lamentable.
Estamos todos volviéndonos locos por culpa de los caprichos de ese individuo.
Oh, no, no merece la pena.
- Para él no, para nosotros sí. - Yo no quiero morir por los demás.
Pero tampoco deseo que mueran por mí.
En eso estamos de acuerdo.
Entre nosotros no hay héroes, simplemente personas razonables.
Pero cuando vuelva habrá que decirle algo, ¿no?
¿Qué pareceremos?
- Cobardes. - Haremos el ridículo.
Él hará el ridículo. Se imagina que vamos a ceder a sus caprichos,
a participar en nuestro asesinato. Bien, pues no será así.
Que no cuente con mi colaboración. Los papeles han cambiado.
Él habrá de tomar la responsabilidad.
¿Quiere dos rehenes? ¡Pues escójalos usted mismo!
Y como todo se paga, podremos después pedirle que nos rinda cuentas.
Sí, claro, aquellos que sobrevivan.
Debéis creerme, es la actitud que debemos adoptar.
Y hablemos de otra cosa.
Felicidades, Sophie, vamos, abrázame.
¿Crees que ahora...?
Vamos, todo el mundo a la mesa, y que la fiesta continúe.
Vamos, a la mesa.
Bueno, animémonos un poco.
Imaginaos que estáis en la Conciergerie, durante la revolución.
Allí todos los condenados estaban contentos.
Vamos, doctor, ve a buscar tu suflé. Vamos.
¿Crees que todos los inquilinos estarán en sus casas?
Y yo qué sé.
¿Os dais cuenta? Si le faltaran rehenes...
Y Stern escondido en el sótano. Si empezaran a registrar.
- Este no es momento para bromear. - No bromeo.
Si lo encuentran nos fusilarán a todos.
Tienen que ser muy listos para encontrarlo.
Se llevan a los Fabien. Pobres, acaban de casarse.
Yo no quiero morir. ¡Yo no quiero morir!
Sophie, amor mío.
¡Podrían cerrar la puerta, no puedo aguantarlo!
¡No, Françoise!
¡Déjeme cerrar la puerta!
¡Animales, salvajes! ¡Aprovechaos ahora que podéis!
¿Entendido?
¿Qué es lo que ha dicho? ¿Qué es lo que ha dicho?
Está muy claro, ha dicho "pam, pam".
Un argumento demasiado convincente.
- Es un error contrariarles. - Son unos animales.
- Hay que domesticarlos. - No, no debes excitarlos.
- Son enemigos. - No estás sola en el mundo, Françoise,
- Piensa en nosotros. - Debes comprenderlo.
Han matado a dos de los suyos.
No pretenderás que vaya a presentarle excusas, ¿verdad?
- No comprendes la situación. - Me gusta tu temperamento, Françoise.
- Es así como te queremos. - Gracias.
¿Conocéis por casualidad a alguien de la Gestapo?
No tienes una buena opinión de nosotros.
- Sólo pregunto. - Eres un inconsciente, Francis.
Nada de eso, hay muchas personas que conocen a gente de la Gestapo
y no se mueren, al contrario.
Si alguno de nosotros conociera a alguien de la Gestapo
podría hacernos un gran servicio.
Cuando la vida está en juego, todos los trucos están permitidos.
Si te fueras a ahogar, y en ese instante se presentara un salvador,
¿Le pedirías la tarjeta de identidad?
En ese momento no importa sí es de la Gestapo o no.
Preferiría perder la vida a salvarla por ese medio.
Querida Françoise, eres completamente idiota.
Das la impresión de que no quieres vivir.
A mí no me da vergüenza reconocerlo, quiero vivir. Amo la vida.
- No sé qué haría sin ella. - Harías cualquier cosa.
Claro que sí, y tú también, y tú y todos.
Pero sólo yo lo reconozco. Hablemos en serio.
¿No conocéis a nadie de la Gestapo?
Me parece que no debemos insistir más.
Si tú conocieras a alguna persona de la Gestapo...
- Sigue. - ¿Qué harías?
- ¿Qué haría? - Si.
Pues...
le telefonearía y le explicaría la situación.
¿Y tú crees que haría algo por nosotros?
Si fuera mi amigo, naturalmente.
¿Qué es lo que quieren? Dos rehenes, ¿no?
Pues le daría satisfacción sugiriéndole que los buscara
en otro sitio. Los encontraría por ahí, creo yo.
¿Pero te das cuenta de lo que estás diciendo?
¿Qué estoy diciendo? ¿Qué estoy diciendo?
Que no me importaría ser reemplazado por un desconocido.
¿Y tú podrías vivir con un cadáver sobre tu conciencia?
Sinceramente, y con la mano en el corazón,
prefiero un cadáver sobre mi conciencia
a que lo sea mi persona sobre la conciencia de otro.
- Una defensa muy buena. - Por favor, seamos lógicos.
Si vosotros no sois elegidos, no moriréis.
Pero preferís que mueran dos amigos a unos desconocidos.
Yo propongo a los primeros que pasen.
¿Me ha preocupado alguna vez el señor que pasa como un desconocido
por la calle? Cuando veo un entierro no lloro.
Vamos, doctor, dilo. El nombre de tu amigo de la Gestapo.
Lo siento, desgraciadamente no tengo amigos allí.
Tú lo has dicho, desgraciadamente.
Por suerte yo conozco a alguien, pero no de la Gestapo.
Veamos sí puede hacer algo por nosotros.
Es un coronel del despacho Otto, en la oficina de compras.
¿Oiga?
Póngame con el 454, por favor.
4, 5, y 4 son trece. Puede haber éxito.
¿Sí? Oiga, oiga... ¿El coronel Friedrich está?
Francis Bourgicol. Yo mismo, señor.
Gracias.
Va a ver sí está.
Oh, es un hombre encantador, comprensivo y muy culto.
Un verdadero europeo. ¿Si, diga?
¿Y tardará mucho?
¿Sería tan amable de decirle que me llame por teléfono?
Al 432.
Francis Bourgicol.
Muchas gracias.
Esto se pone serio.
- ¿Europa no ha respondido? - Lástima.
¿Dónde vas?
A hacer pis.
Indiscutiblemente tu tío es gracioso.
- No le importa nada. - Por lo menos tiene ideas.
Y acabará encontrando una solución.
¿En la Gestapo?
No creo que exista ninguna ley que nos prohíba acudir a los alemanes,
- Digo yo. - Digo yo.
- Qué encantador eufemismo. - Eres demasiado partidista.
Llegará un día en que tendremos que reconciliarnos con ellos.
Aprovechemos ahora que los tenemos a mano.
Si se fueran a su casa, ¿cómo les haríamos volver?
¿Y tú, Víctor, que les vendes libros?
Solo conozco a una persona de la Gestapo.
¿Y no podías haberlo dicho en seguida?
Sí, claro, tú también. Es Kaubach.
Y nos quiere fusilar.
Yo siento no estar relacionado con el extranjero.
Ningún amigo entre nuestros enemigos.
Es lamentable, un enemigo es a veces un amigo que duerme.
Y un amigo que duerme, es a menudo un enemigo que despierta.
- ¿Y tú, Jean-Louis? - No, no conozco a ninguno.
El último que vi estaba a cien metros de mi, en mi línea de fuego.
ÉI no puede hacer nada.
¡Está bien, yo no soy como vosotros! Yo no me escondo.
No reniego de mis amistades.
Veamos, coronel Stock. Aquí está.
Atendí a su esposa el año pasado. Me llamaron urgentemente.
Una mujer exquisita.
¿Oiga? Póngame con el 54. Un hombre delicioso.
Un hombre que ama a Francia.
Quisiera hablar con el coronel Stock. Soy el Dr. Marsillach.
Si. Le avisan.
Hola, ¿qué tal, coronel? ¿Cómo está, coronel?
Aquí el doct...
Aquí el Dr. Marsillach. Si. Perdone por telefonearle,
pero se trata de algo urgente.
¿Y cómo sigue su adorable esposa, a quien tuve el placer de atender?
Oh, no...
Le doy mi más sentido pésame. Estoy desolado.
¿Pero cómo ha ocurrido?
Entonces, yo, pues... nada. Adiós, coronel.
Yo la curé bien, estoy seguro.
Habrá muerto a consecuencia de tu curación.
Hay que buscar otra solución, no ha habido suerte.
- Para nosotros no. - ¿Cuándo murió esa mujer?
Hace cuatro meses.
Entonces ya se le habrá pasado el dolor. Telefonéale,
has colgado sin reflexionar. Cuatro meses, ya lo ha olvidado.
Amigos, tengo una idea. Voy a ir a verle.
Se explica mejor personalmente que por teléfono.
- La presencia física... - No te dejarán salir.
Con mi salvoconducto no tendré problemas.
Estoy seguro de que nos ayudará en recuerdo de su esposa.
Además, los alemanes son tan sentimentales.
- No, no, tú no te marchas así. - No os preocupéis por mi salud,
voy bien abrigado, y nuestras vidas bien valen un reuma.
No se trata de eso, ¿y sí no volvieras?
- ¿No tienes confianza en mí? - No.
Lo que tú pretendes es largarte y dejarnos aquí plantados.
- Pero él no es capaz de hacernos eso. - Si.
Si estuvieras en su sitio, con un salvoconducto, ¿qué?
Pues yo... Pero sí consigue sacarnos de aquí,
no hay razón para que no vuelva.
Falta saber si realmente piensa ir a ver al coronel.
¡Tener que oír eso! ¡Prefiero marcharme!
¡No me vengas con el cuento de la dignidad!
Pero si todos me conocéis. Claude, Víctor...
Pues yo creo en tu buena fe, y en que volverás.
- Pero puedo equivocarme. - Creo firmemente que no volverás.
Pero también me puedo equivocar.
Y yo creo que con salvoconducto o sin él, no podrás salir.
Y no pienso equivocarme.
- Adiós, hasta luego. - Os aseguro que no vuelve.
No me deja salir. ¿Qué podemos hacer, dime, qué podemos hacer?
Es necesario que salga.
Escucha, puedes salir por la ventana.
Trata de salir por la ventana. No veo otra solución,
- Si quieres salvarnos la vida. - Si, es verdad, tienes razón.
No, por ahí no, te cogerán.
- Por detrás. - Naturalmente,
no sé dónde tengo la cabeza.
No te entiendo, hace un rato querías impedirle partir, y ahora...
Ahora...
ese idiota servirá de conejo de indias.
Es un riesgo que había que afrontar.
Le dispararán o no le dispararán.
Si él logra pasar, pasaremos nosotros también.
¿Quieres que te diga una cosa? No tienes sensibilidad.
- Es un crimen. - Ven aquí, no salgas.
- Te van a detener. - Estáis locos dejándolo marchar.
Lo hace por su gusto. Buena suerte, doctor.
Que le salga bien.
¡Alto! ¡Deténgase!
¡Lo han cogido!
Pobre doctor.
Por nuestra culpa. Debimos impedirle marchar.
- No era mala persona. - Pobre Marlene.
¿Cómo vamos a darle la noticia?
Ahora
- Sólo quedamos seis. - ¿Es todo lo que se te ocurre?
Enhorabuena.
- Amigos como tú... - Bueno, salió bien.
¿Eh, tiito? Lógicamente era uno de los dos rehenes.
Vosotros lo decís, así es.
Como fui yo quien dio la idea de la ventana...
Si, fuiste tú, ¿y qué?
Pues que ya he suministrado un rehén, no debo nada más.
Pídeles una factura por saldo de tu cuenta.
¿No pretenderéis que renuncie a la ventaja que me da lo ocurrido?
Por una vez que un muerto me sirve para algo...
No,
no, honradamente...
honradamente sólo quedáis cinco.
- Si usted lo dice... - ¡Vamos, entre!
Y no vuelva a intentarlo.
¿Por qué le han dejado marchar?
No tenía posibilidad alguna de escapar. Todas las salidas están vigiladas.
Unos niños.
Son ustedes unos niños.
¿Y bien? ¿Aún no han hecho la elección?
No.
Aún no lo hemos hecho.
- Hemos decidido cederle ese placer. - ¿Decidido?
Comprendan que no son libres para decidir.
La única libertad que les queda es la de escoger,
a menos que haya dos voluntarios entre ustedes.
Nosotros recusamos a los voluntarios.
Es un honor sacrificarse por los camaradas, ¿no?
Son...
Les doy de plazo hasta las 21:45. Tómense ese tiempo.
Las 21:45.
Échenlo a suertes, ¿por qué no?
A la paja más corta, a los nombres en un sombrero,
al peso...
Los dos más delgados o los dos más gruesos.
Dos.
Necesito dos de los siete.
Bien, hablemos de cosas serías, Sr. Bochelain.
¿Ha conseguido el libro que le encargué hace quince días?
- El "Heidelberg" de Steinberg. - Si, ya lo he encontrado.
Pues démelo ahora,
antes de que sus amigos le elijan como rehén.
Porque depende de ellos.
- Voy a buscárselo. - Me gustan mucho las bibliotecas.
Soy un poco como vuestro Montaigne, mi querido amigo.
- ¿Me permite? - Esta es su casa.
A las 21:45.
Pobre amigo, puedes estar contento de que tu aventura
- Haya terminado bien. - El susto ha pasado ya.
Toma, bebe y no te atormentes más.
Me he salvado de verdadero milagro.
- Son muy amables, pero... - Son tus amigos, ¿no?
Sí, pero ellos no lo saben aún. Además,
es absolutamente necesario salir de aquí, ¿pero cómo?
Elegir. Es muy fácil decirlo. Elegir.
¡No, no quiero pensar en eso!
¡Yo ya sé qué significa haber sido fusilado, lo sé bien!
¡No quiero ser fusilado por segunda vez! ¡Todo menos eso!
¡No quiero morir por error!
Tengo una mujer... que aprecia mi vida.
Hay momentos en que uno se alegra de ser ciego.
Y le gustaría ser sordo también.
¿Qué?
Nada.
¿Pero por qué? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué nosotros?
Vosotros aún, vivís aquí, pero yo no sé nada de esto.
- ¿Es que yo sé algo acaso? - No digo eso, pero de todas formas...
- ¿De todas formas qué? - Si no eres ajeno al asunto,
el atentado ocurrido en tu calle. Daba vueltas a tu alrededor.
Si, daba vueltas y tú estabas en el centro.
¿Oís lo que dice? Sería capaz de enviarnos al paredón en su puesto.
- ¿Qué? - ¿Qué es eso?
- La caja de música. - ¡Párala, vamos!
"Párala, párala", es muy fácil decirlo, pero difícil hacerlo.
"El canto de la victoria", como si fuera el momento.
- ¡Dame eso! ¡Dámelo! - No seas bruto. ¿Estás loco?
No hay que perder la calma, es Francia que llama a nuestros recuerdos.
Ya está.
Se acabó. Así nos dejará en paz.
¿Dónde... estábamos?
Si mi memoria no me engaña, tú no querías morir fusilado.
¡No, ni fusilado ni de otra manera!
No, es necesario encontrar algo.
Algo...
Hay que encontrar...
algo.
Si el coronel Friedrich me llamara. Es muy influyente.
Le he hecho ganar mucho dinero, y si yo muriera, le dolería mucho.
Mucho.
Esto es terrible. Tengo la impresión de estar soñando.
- Verdaderamente terrible. - Préstame tus cerillas.
Una pesadilla.
Toma las cerillas.
¡Pero no es posible, tengo que despertarme!
Desgraciadamente, cuando duermo jamás sueño.
Estoy seguro de estar despierto, y no es nada agradable.
¿A qué huele?
¡Mi alfombra, mi alfombra! ¡Se está quemando!
- ¡Estás completamente loco! - ¡Es el único medio de escapar!
¡Es mi ruina, la casa no está asegurada!
Por Dios, ¿es que has perdido el juicio?
¡Deja! Un pequeño incendio, llegan los bomberos, y en la confusión...
Es Friedrich, estoy seguro.
¿Diga?
Ah, hola, coronel. Es el coronel.
Si, no puede imaginarse lo que significa para mí.
Me salva la vida. Estoy en una situación dramática.
Imagínese que unos monstruos han asesinado en plena calle
a dos de sus bravos oficiales, y quieren cogerme como rehén.
Figúrese, usted ya conoce mis sentimientos.
Si. Capitán Kaubach. Si. Vamos, llama a Kaubach.
Ahora van a llamarle, coronel.
Créame que nunca olvidaré lo que hace.
Si. En casa de mi sobrina.
Oh, claro, claro. Yo, que he colaborado con ustedes antes de la guerra,
no sería justo. Aquí llega el capitán Kaubach.
Un amigo común.
Un incendio de socorro.
Creía a los franceses más ingeniosos.
Si me permitís, yo hablaré en nombre de todos.
Capitán, ¿quiere escucharme?
Usted no me conoce, pero sí hay alguien aquí que pueda llamarse
amigo suyo, ese soy yo, y nadie más.
Continúe.
Mis amigos son muy amables, pero no tenemos las mismas opiniones.
Yo colaboro con ustedes desde antes de la guerra.
- Continúe. - Soy comprensivo y cooperador,
estoy dispuesto a contribuir a la detención de los terroristas.
Una pequeña recompensa anónima, entre usted y yo,
y un suplemento para sus hombres.
- Interesante. - No pretendo sobornarle.
Puede creerme.
Pero compréndalo, si me prendieran como rehén y me fusilaran,
sería una lástima.
Perdería a un amigo de verdad.
¿Entonces no tienen ustedes ningún nombre que darme?
¿No quieren darme dos nombres?
Ya se lo he dicho, esto es cosa suya, no nuestra.
Cuidado,
si rehúsan, me veré en la necesidad de arrestarles a todos.
Y yo no soy un bárbaro.
No les pido a ustedes que sacrifiquen a dos de los suyos,
sino al contrario, que salven a cinco.
Cinco que deberán la vida a los otros. Les ofrezco un buen papel, ¿no?
A las 21:45.
¿Saben ustedes? Es más la ida que el hecho,
el hecho mismo de escoger lo desagradable.
- Como decía Séneca. - Ah, no.
- Séneca no, Quintiliano. - No, señor, Quintiliano no, Séneca.
Yo soy doctor en filosofía. Y cuando digo Séneca...
Quiere usted decir Quintiliano.
También yo soy doctor en filosofía, mi querido colega.
Lo siento, pero su error proviene de que Séneca expresó
el mismo pensamiento en otros términos.
"El que sufre antes de tiempo, sufre más de lo necesario".
Me gustaría mucho ver esa referencia.
Si le interesa.
¿Los libros de filosofía siguen en el mismo sitio?
Si, con los clásicos de Garnier.
Si tengo razón, ¿qué ganaré? ¿Qué?
Todavía no tiene usted razón.
Es lo que vamos a ver.
Después de usted. "De victis", como dice el pequeño Larousse.
Ah, ese Claude, no cambiará nunca.
Nuestra vida está en juego y él "Ah, no señor, Séneca no, Quintiliano".
Un cero, me copiará usted cien veces "soy un pésimo estudiante".
Si, ha escogido bien su momento.
Lo va a fastidiar más aún.
Esas son las ideas de los intelectuales.
¿Qué puede importar que sea Séneca o quien sea?
- ¿En realidad cómo se llama? - Quintiliano.
No, el otro.
- Kaubach. - No, Kaubach no. Claude.
¿Cuál es su apellido?
Saumon, ¿por qué?
¿Saumon?
¿No será un poco judío en sus orígenes?
No.
Tranquilízate, no es judío.
Si lo fuese ya no estaría en la enseñanza.
- Lástima. - Vaya.
Sigue hasta el fin de tu pensamiento. Si hubiese sido judío...
- Puesto que no lo es, es inútil. - ¿Y tú? ¿No eres nazi acaso?
¿Yo, nazi? Si fuese nazi hace rato que se lo hubiese dicho.
Prefiero ser un nazi vivo a un francés muerto.
Perfecto.
A fuerza de oírte hablar, estoy viéndote ya muy claramente.
- ¿Ah, sí? ¿Y cómo me ves? - Tal como eres.
- Como un cerdo. - ¿Como un cerdo?
Venid a ver.
Dios mío, que no abran la puerta del cuartito.
¿El cuartito? Ah, sí, tu idea fija.
Están charlando y charlando. Es bueno para nosotros, ¿no?
Entre gente de buena fe, deberíamos poder entendernos, ¿no?
Mientras se entiendan ellos.
Pues yo estoy segura de que va a arreglarse. Toquemos madera.
Además, con la raya de la suerte que tengo en mi mano...
Es verdad, olvidaba mi mano.
Mi línea de la vida es una línea de centenaria. Mira, doctor.
Empieza aquí y ni se ve dónde termina.
Ah, sí. ¿Y la mía?
No es demasiado mala. Creo que te ahogas. ¿Sabes nadar?
- No, no. - Pues tienes que aprender.
Además también veo fuego. Te prendes fuego y te echas al agua. Eso es.
No te conocía ese talento de quiromántica.
Yo tengo la misma mano que Sophie, con líneas paralelas.
Pero chica, tú engañas a todo el mundo, tu cabeza no corresponde a tu mano.
Un verdadero caudal de vida.
Y tu monte de Venus... caramba, es el Himalaya.
Si he comprendido bien, ni tú, ni Víctor, ni yo tenemos manos de rehén.
- Eh, ni yo. - Tú podría ser. Tu mano es menos segura.
- Oye, ¿tú podrías arreglarlo? - No, no quiero mentir en este momento.
- Me traería mala suerte. - ¿Y yo? ¿Quieres leer mi mano?
- ¿Tiemblas, pero qué tienes? - Pero sí no tiemblo.
- Claro que tiemblas. - No soy yo, es mi mano.
- ¿Tienes miedo? - ¿Miedo?
Pues sí, sí quieres saberlo, no me importa decirlo, lo tengo.
Tú te burlas de esto.
Jean-Louis, tú no sabes qué es tener miedo, ¿eh?
Si.
Pero me extraña que tú tengas miedo, porque...
sólo los idiotas no lo tienen nunca.
Entonces debo de ser inteligente, ¿eh?
- ¿Tú lo has tenido ya? - Si.
En el frente, antes del ataque y después, retrospectivamente,
pero nunca durante el ataque. Entonces hay otras cosas que hacer.
Si, durante el ataque se actúa, y actuar es olvidar.
Dime,
¿en este momento
- Tienes miedo? - No.
Yo a la muerte no la veré llegar. Mientras que tú...
Tú dices que no se tiene miedo cuando se olvida.
- ¿Pero cómo quieres que yo olvide? - Pensando en los demás.
Pensando en los demás... Vaya una salida.
Inténtalo.
- Oh, ya no tiemblas. - ¿Mi porvenir es para hoy o para mañana?
Has temblado tanto que todas las rayas se han mezclado.
Hay que esperar a que vuelvan a su sitio.
- ¿Qué? - ¡Por fin!
- ¿Qué tal ha ido todo? - ¡Admirablemente!
- Victoria en toda la línea. - Es lo que yo decía.
Se ha rendido a mis razones.
- Era Quintiliano. - ¿Qué?
¿Qué nos importa Quintiliano? ¿Qué nos importa Séneca?
Quintiliano, Quintiliano... ¿Y nosotros qué?
¡No estamos muertos! No estamos muertos, ¿verdad?
- ¿Le has hablado de nosotros? - Si, por supuesto,
pero sin éxito alguno, es un bruto. Un bruto cultivado, pero un bruto.
No esperemos nada. Polvareda, vil multitud,
eso es lo que somos para él.
- ¿Conclusión? - O le entregamos dos,
o se quedará con los siete.
- No hay quien le saque de ahí. - ¿Pero no lo oís?
Miradlo, tranquilo como el Bautista.
Nos amenaza la muerte y le parece tan normal.
Como dice el otro "an vivere tanti est", ¿no es verdad?
¿Qué quieres decir?
Que la vida es menos preciosa de lo que se dice.
La vida de los demás, puede, pero no la mía.
De todos modos, las cosas están así. Nos piden dos héroes.
Dos escogidos. ¿No hay voluntarios?
¿Tenéis alguna idea?
¿Y tú?
Es delicado.
Sí, tengo una, pero podría ser tomada por su lado malo.
Bueno, dila.
Para estar así...
¿Qué es lo que quieres decir?
Vamos, ¿en qué consiste tu idea?
Había pensado...
Pero no, no está madura aún.
Más tarde.
Bien,
aparentemente nadie siente la irresistible curiosidad
de sacrificarse por los demás.
Pero hay que decidir.
¿Qué piensas, doctor?
Objetivamente... yo hablo como si no se tratara de mi, ¿eh?
Un médico es un hombre que tiene la vocación del sacrificio.
Entonces sacrifícate, es el momento.
Si, es lo que hago durante todo el año.
¿Qué sería del enfermo sin su médico?
¿Y del médico sin sus enfermos?
Tú mejor que nadie sabes que la medicina no es solo una providencia,
sino una esperanza.
¿Aguantarías tú si no te hubiesen dicho que en América hay un cirujano
capaz de devolverte la vista después de la guerra?
Precisamente por eso no quiero morir antes de volver a veros.
- Por eso yo... - ¿Lo veis, lo veis?
Está claro, trata de justificarse con nosotros.
No, no, no... yo debiera ser el último en decirlo.
Suprimir a un médico sería un crimen contra la humanidad.
Si, de acuerdo para los buenos médicos.
¿Pero y los malos?
- ¿Los malos? - Si.
Tú te clasificas a ti mismo entre los buenos, ¿no?
Pero tu reputación se discute.
Esperanza, tú la das sobre todo a los herederos.
¡No puedo aguantar más, tampoco quiero morir!
No morirás, no tengas miedo.
Supongo que no habéis pensado ni en Sophie ni en Françoise.
Cuando un navío se hunde, por lo general...
Bueno, ¿qué?
Suelen salvarse primero las mujeres, ¿no?
- Pero no estamos en un navío. - Claro.
- No tiene nada que ver. - Señores...
¿No iréis a aceptar que Françoise y Sophie...?
No, claro que no. Es justo que todos corramos el mismo riesgo que ellas.
- Pero no me habéis comprendido... - Por favor, no discutáis.
Sophie no arriesga nada. Está embarazada.
¡Qué estás embarazada! ¿Está claro?
¿Sabes lo que estás diciendo?
Perfectamente, soy el indicado para saberlo.
- La última vez que la examiné... - Después de la última vez...
Imagínate la de cosas que han pasado.
- Desde el jueves, ¿eh? - Sólo es necesario un minuto.
- Claro, pero en fin... - ¡Sophie está embarazada!
Así que no contéis con ella.
- Ni conmigo. - ¿También estás embarazado?
No, pero soy el padre, que es lo mismo.
No voy a traer al mundo un huérfano.
Educaré a mi hijo hasta el final. Y con más razón sí es una hija.
Siéntate y descansa, amor mío. No te quedes en pie.
¡Yo no soy un solterón egoísta, tiito!
Pero...
Pero esto es una agresión descarada por la espalda.
No me merezco esto. No me lo merezco, créeme.
Ingrato. Te quiero más que tú a mí.
Pero no tengo odio.
Y tomo el compromiso delante de todo el mundo.
Si por desgracia tú desaparecieras...
Yo sería el único, al lado de mi sobrina,
- Para endulzar su viudedad. - Tiito, no digas eso.
- Eres muy amable... - Tengo que decirlo, sí.
Y sí por una desgracia más terrible aún desaparecierais los dos,
a vuestro hijo no le faltaría nada.
¡Naturalmente! No habría tenido tiempo de nacer.
Sophie, contéstame,
si tu tiito muere,
¿qué sería de ti sola?
- No, no... - Soy todo lo que queda de tu familia,
de tu verdadera familia.
Tu marido antes era un extraño. Tu marido, un día, puede pensar
en divorciarse, y yo seré tu tío a perpetuidad.
Estarás contenta de encontrarme, cuando él te haya abandonado.
¡Bicho repugnante! ¡Eres repugnante!
¡Esto es un chantaje! ¡Apártate!
Bueno, bueno... en su estado.
Una mujer embarazada es una cosa muy seria.
- Aunque no sabemos si es verdad. - ¿Pero te atreves a ponerlo en duda?
¿Verdad que tú me crees, Claude? Contesta.
No, yo no te creo nunca, siempre cuentas fábulas.
Es tu mayor atractivo.
Bien, bien, si queréis que me detenga...
Será peor. La resistencia me vengará.
Eso está muy bien dicho.
- Es incorregible. - Ahora resulta que eres terrorista.
Cuando Kaubach sepa esto.
Yo no he dicho nunca que sea terrorista.
Tengo amigos por todas partes que quizás sean de la resistencia.
Eso es todo.
Querido, esas historias que cuentas son estúpidas.
- No conducen a nada. - Ah, sí.
También salvará judíos probablemente.
En fin, que aquí estamos en plena maquis.
Yo no tengo necesidad de mentir para salvarme.
Oh, sí, claro, tú eres ciego.
Pero quizás no lo seas por mucho tiempo, puesto que en América...
Aquí soy el único que se ha batido, batido de verdad, Víctor.
Yo me alisté en el ejército francés y no me envanezco,
Io digo simplemente para recordaros que no temo a la muerte.
Entonces arreglaos entre vosotros, yo ya he pagado.
Y más caro de lo que valía.
Pero creedme que no lo siento. Detesto a los nazis
y he luchado contra ellos más de lo que he podido.
Bastante más, y he sobrevivido.
Mal, pero he sobrevivido.
Con lo que queda de mi mismo.
Y no es por no veros por lo que sufro.
- Eso no sería un consuelo. - Gracias.
Es por no ver a otros, otras caras.
La de Françoise, por ejemplo.
Algunas sonrisas...
En fin, es la vida.
Bien, de acuerdo, tú te has quedado ciego,
pero hay algunos que lo son de nacimiento.
A mí me cogieron muy tarde.
Mirad cómo vivo desde hace algún tiempo, a oscuras.
- Y ahora efectos de luz. - Vamos, vamos.
Está haciendo melodrama.
Voy a dar la luz, y cuando esté encendida,
seguirá apagada para mí.
- Un minuto aún. - Tiene razón, toda la razón.
Después de lo que él ha pasado, tiene derecho a la vida, ¿no?
Y no porque haya perdido la vista, no,
sino por ser anti nazi. Por ser anti nazi militante.
Cuando se ha matado tantos hitlerianos como él ha matado...
¿Desde cuándo los aborreces tanto, Jean-Louis?
Desde 1933, si te interesa.
Desde que Hitler provocó el incendio de Reichstag.
Desde aquel día comprendí. Y sin embargo no era más que un niño.
¿Crees de verdad que Hitler es como dices, Jean-Louis?
¿Por qué gritas de ese modo?
No soy sordo.
La puerta se ha abierto sola.
Espero que no haya oído nada.
Yo así lo espero también... por ti.
¿Por mí?
- Yo no estoy ciega, ¿comprendes? - ¿Qué ocurre, qué ha pasado?
Nada, nada grave. Esperémoslo.
No puede pasar nada entre nosotros, entre franceses.
Bien, yo, aunque sea una sorpresa,
me ofrezco voluntario.
Si alguno de los aquí presentes no es indispensable,
ese soy yo. ¿La filosofía qué es?
Un circulo vicioso en un callejón sin salida,
una eterna controversia con la nada.
Rehén, al menos, es una situación,
una ocasión de poder ser útil.
Magnifico, bravo. Sólo puedo decirte una cosa,
te envidio. Si, te envidio por ser tan valiente.
¿Y ahora quién se ofrece para ser el segundo?
- Es verdad, tienen que ser dos. - ¿Quién me acompaña?
¿Quién? El doctor tiene una justificación, sus enfermos.
Sophie, por su estado, debe sobrevivir,
y Víctor, por ser su marido. François es una mujer,
y Jean-Louis, ha pagado su plaza, y muy cara por cierto.
Entonces... usted primero.
¿Que... que yo vaya... contigo? No, no...
Eres una persona sola, nada te retiene.
No tienes razón, no cuentes conmigo.
No será nada, una simple formalidad. Hay muchos muertos antes que nosotros.
Si, es posible, pero no voy voluntario.
Búscate otro.
Prefiero morir a tu lado, Claude, que vivir con un tipo semejante.
Voy contigo. Puedes avisar a Kaubach.
No, un momento, Jean-Louis.
Si, no te molestes, yo avisaré a Kaubach.
No es necesario. Sería inútil.
Qué vergüenza.
¿Entonces tú encuentras natural que Jean-Louis me acompañe?
¿Pero es que no te das cuenta?
Si llegara a prestarnos ese servicio, yo no le he pedido nada...
- Eres un verdadero cerdo. - Un verdadero cerdo...
- No más que otros. - Pero no menos.
íbamos como dos imbéciles a hacernos matar alegremente por vosotros.
No, en vista de vuestro ejemplo, trataré de vivir cueste lo que cueste.
Y a vuestra costa, sí es posible.
Seguiré viviendo a pesar de mi repugnancia a respirar
vuestro mismo aire, queridos contemporáneos.
- Miraos... es deprimente. - No, por Dios, vigila tus palabras.
Si seguimos en ese tono, acabaremos diciendo cosas desagradables.
Me gustaría saber qué haría otro en mi lugar.
Delante del pelotón de ejecución, yo sería tan valiente como el primero.
Ya no habría nada que hacer.
Pero de aquí al paredón, haré lo que sea, ¡haré lo que sea!
¿Harás lo que sea? Te cojo la palabra.
Si, es una idea que tengo aquí hace rato.
- Tu Kaubach... - ¿Mi Kaubach?
También debe tener su punto débil, su línea Maginot.
Es un hombre, ¿no?
Enviémosle a Sophie. Es una chica encantadora y...
- ¿Sugieres qué...? - Algo tenemos que hacer.
¿Escucháis lo que dice? ¡No repara en nada!
- ¿Crees que yo aceptaré? - Has dicho "haré lo que sea".
- ¡Pero Sophie no es lo que sea! - Precisamente, por no serlo,
puede conseguir mucho, mucho.
Si ella...
Si ella tiene éxito, a todo el dinero que me debes le paso la esponja.
Es lo menos que puedes hacer.
Tú no quieres que muera tu tiito, ¿no?
Naturalmente.
Mi pequeña perrita... Vamos.
Si es que os saco de apuros.
¡Bravo! ¡Tú al menos no dudas en absoluto!
¡Si no lo veo, no lo creo! ¡Y delante de todo el mundo!
- ¿No tienes vergüenza? - Lo hago por darte gusto.
Contigo no se sabe de qué pie bailas.
¿Le oís? Si respondo "no", me llamarás egoísta,
y si respondo "sí", me dirás todos los nombres.
Me gustaría saber qué quiere. Es como Kaubach.
- ¿Crees que me gusta Kaubach? - ¡No faltaría más que eso!
Si le gustara, ¿dónde estaría su mérito?
Así está obligada a trascenderse, como dice Bergson.
De todos modos, hay antecedentes ilustres, sin remontarnos a Judith.
- María Walewska, eso es. - No estamos en Polonia.
¿Y por qué ha de ser Sophie, y no Françoise?
Oh, no, no puedes decir eso. Es la esposa de un prisionero.
Exactamente, no se enteraría de nada.
Es vergonzoso lo que propones. Merecerías que yo no aceptara.
¿Es que es un favor lo que piensas hacerme?
Ahora es un honor ser engañado.
Eres tonto. No te engañaría, puesto que pensaría en ti.
Y en todos.
Kaubach... estaría a cien leguas de mi.
¿Qué es lo que prefieres, una mujer que se te entrega pensando en otro hombre
o una mujer que se entrega a otro hombre pensando en ti?
Eso es fidelidad, amigo mío. Eso es.
No, fidelidad es entregarse nada más que al marido,
y pensando sólo en él.
Razonas como un héroe de Dumas hijo.
Piensa que si Sophie tiene éxito, tú no morirás, al contrario.
Escucha, los 50 o 60 años que te quedan de vida,
¿no valen más que 10 minutos de abandono?
50 años contra 10 minutos.
No, yo amo a Sophie. Sí, yo la amo mucho.
Yo también te amo, Vivi.
Si ella te ama, no puede darte prueba más grande de amor.
- ¿Engañándome? - Más vale ser engañado, que morir.
Lo dice Moliere.
Quizás prefieras pasar la noche en una sórdida celda,
ser despertado mañana al alba, conducido al campo de ejecución
y ser atado al poste con los ojos vendados.
Después de todo, si os gusta veros reunidos en la tumba,
es un bonito final para una historia de amor.
Tienes razón.
No quiero tener vuestra muerte sobre mi conciencia.
- Ve, pequeña, ve. - ¿No me das un beso?
Si, naturalmente.
Ten confianza en mí. Hasta luego.
Hasta luego.
Pobre Sophie.
Payaso.
¿Qué miras, qué miras?
Ojalá de resultado.
- ¿Si no lo da? - Eso cualquiera lo sabe.
¿Ya?
- Querido Vivi, pobre amor mío. - Vamos, vamos.
- Dime que no estás enfadado. - No, no lo estoy.
Al contrario.
- Si, es la intención lo que cuenta. - La tuya era pura.
Todos hemos sido testigos, eres una mujer formidable.
Está bien, ya lo sabemos. No se hable más.
Bien, no pienses más en eso.
No olvidaremos lo que has hecho por nosotros.
¿Pero no veis que ha fracasado? ¿Verdad?
Miradla. Una mujer no se engaña.
Antes no he querido decir nada, pero estaba segura del resultado.
- ¿Qué? - ¿Es verdad?
Sophie...
Yo hubiera querido que saliera bien.
Pobre amor mío, no tienes suerte con tu pequeña.
Tanto peor, o tanto mejor, has hecho lo que has podido.
No hay nada que reprocharme. ¿Es que lo ponéis en duda?
No ha sido por mi culpa. Imposible arrancarle una mirada,
una sonrisa... no hubo forma.
Cuando me acerqué a él, se subió a la escalera para buscar un libro.
Después me miró desde arriba,
y me dijo en un tono, y qué tono,
"A las 21:45 tengo una cita con usted".
¡Una cita como esa, conmigo!
- Y entre tanto, el reloj corre. - Si, tiene gracia.
Yo hubiera creído que...
Operación seducción, cero.
- No le gustarán las mujeres. - Seguramente es eso.
Entonces... si no le gustan las mujeres...
- ¿Qué? No, no, no, eso sí que no. - Está bien, yo creí que...
Pobre Sophie, estoy desolado por ti, y también por nosotros.
Es humano, es necesario que cada uno acepte su posición.
El honor está a salvo. Hay mujeres que inspiran deseo
y otras... sólo respeto.
- ¿Respeto a los 22 años? - ¿Por qué no?
El respeto no es un insulto.
Sin duda tienes el aspecto de lo que se dice una mujer honesta.
¿Quieres dejar ya de acomplejarla?
No le escuches, Sophie, es un demoledor.
Se puede ser una mujer honrada sin parecerlo.
¡Y la prueba es que él ha insistido para que fueras a humillarte ante ese!
Yo he defendido un punto de vista que me parecía razonable.
Y tú también, puesto que finalmente lo has aprobado.
Yo no lo he aprobado. Me he resignado.
Has dado tu consentimiento.
- Yo no he consentido, he cedido. - Es lo mismo.
No podía hacer otra cosa sin parecer un cerdo.
- Has maniobrado bien. - ¿Maniobrado?
Sí, me has envuelto, me has engañado con tus manejos. Me odias.
¿Que yo te odio? Tú deliras, Dios mío. Deliras.
- No tengo razón para detestarte. - ¿Por qué?
- ¿Quizá porque no valgo la pena? - Si, eso es.
Pero quiero demasiado a Sophie para detestarte.
- ¿Qué quieres decir? - Que Sophie es una buena chica,
y no querría darle un disgusto diciéndole, por ejemplo,
que se ha casado con un imbécil.
- Pero... - Tiene razón, Vivi.
Te enfadas en seguida.
Tú... Tú...
Mírame a los ojos. Mírame.
Mírame. ¡Digo que me mires!
Ahora...
Ahora que ya no tenemos nada que perder,
pongamos las cartas sobre la mesa.
Sophie, ¿te atreverías a jurarme que no me has engañado con Claude?
- No... no te he engañado con Claude. - ¿Con quién entonces?
Con nadie.
- Con nadie. - Sophie,
Sophie...
- Si, sólo una vez. - ¿Con quién?
- Con... - Sophie...
Con Jean-Louis.
¿Lo confiesas?
¿Lo confiesas? ¿Delante de todo el mundo?
¡Cerda! ¡Aún mereces más!
Vuestros problemas no nos interesan. El tiempo pasa.
¿Y qué? Aún no son menos cuarto.
Es muy interesante. Déjala que se explique.
¿Entonces, Jean-Louis?
Cuando volvió ciego lo encontré muy triste.
Me decía que estaba solo en el mundo.
¿También a ella le has dicho eso? ¿Y tú le has creído?
¡Idiota, pobre idiota!
¿Pero qué tenéis todos hoy contra mí?
- ¡Te prohíbo que pegues a Sophie! - Y este cretino aún la defiende.
Yo no lo sabía. Tú sabías lo de Jean-Louis y Françoise.
¡Tengo bastante con saber lo tuyo con Jean-Louis!
Eso es, enfádate.
Tú...
has hecho un bonito trabajo. Yo que era tan feliz.
Bien, ahora ya no lo eres y podrás abandonar sin sentirlo
esta vida sórdida y sin interés. Nada aquí te retiene.
No tienes ninguna ilusión y la muerte será para ti un descanso.
"Solo en el mundo, solo en el mundo..." y yo me dejé enternecer.
"Tenga usted piedad de un pobre ciego".
Me aproveché. Cada uno tiene su sistema.
¿Tu sistema? Te di una limosna. Debes darme las gracias, ¿no?
Pero dime algo. ¡Dime algo!
Tú y tu piedad. ¡Déjame en paz! ¡Déjame en paz!
¡Ah, los ingleses! ¡Por una vez llegan a tiempo!
- Será mejor aprovecharse. - Hijos míos, estamos salvados,
pero no debemos quedarnos aquí. Si hacen como la última vez, 200 muertos.
No, gracias. Vamos todos al sótano y ya veremos cómo salimos del paso.
- Ve a buscar tu abrigo. - No me hace falta.
Puedes enfriarte.
Yo cogeré dinero, por si no volviéramos.
- ¿Vienes o no? - Toma, Françoise,
échate esto sobre los hombros.
No os vayáis, no podemos dejar solo a Jean-Louis.
- Vamos, cógete de mi brazo. - No necesito a nadie.
No hagas el imbécil. Coge su chaqueta. Está allí.
¿Qué ocurre? ¿Acaso bajo yo?
Ustedes deben quedarse aquí,
a mi disposición.
Peor para nosotros.
Se aproximan. Se aproximan.
- Son aviones ingleses. - ¿Tú crees?
Tengo buen oído.
Ocurra lo que ocurra, entérate de una cosa.
Ni en América ni en ningún sitio hay un doctor que pueda devolverte la vista.
Pobre estúpida. Nunca lo había creído.
Sólo faltaba esto, que se vaya la luz ahora.
Si. Debe haber unas velas sobre la chimenea. Voy a buscarlas.
¿Tantas ganas tenéis de veros morir?
Velas, cirios para vuestros cadáveres.
¿Por qué tenéis tan mal carácter? Que lo tenga yo...
No deseo tu muerte, eres más imbécil que malo,
pero también caerás, como los demás.
Los demás, los demás... Tú también formas parte.
A mí la muerte no me da miedo.
Pero vosotros, sólo de pensar en ella, estáis descompuestos.
¿Y tú qué sabes?
¿No oléis a cadáver?
Esta vez meten el paquete, y no es más que la segunda oleada.
Tal vez muramos a coro. ¿No es más agradable de esta forma?
Cállate, llamarás su atención.
¿Y qué más da? ¿Prefieres morir fusilado?
Por ahora estoy vivo, estoy vivo y no pido más. ¡Déjame tranquilo!
Ahora, cuidado... ¡Cuidado!
Parece que se calma, ¿eh?
Los aviones se alejan.
Si.
Pero pueden volver.
De buena nos hemos librado.
Sí, pero mira lo que han hecho.
- Esto es terrible. - Esta...
esta ha debido caer por el mercado. Voy a telefonear a Madelaine.
Ojalá que no le haya ocurrido nada.
- Estamos salvados, y yo creía... - ¿Salvados de qué?
Estáis vivos hasta mañana por la mañana,
- Si todo va bien. - Pues yo quiero morir cuando me toque,
- Pero no antes. - ¿Oiga? Hola, Madelaine.
Qué alegría escuchar tu voz. Me preguntaba...
si todo ha ido bien. No te preocupes por mí.
Muchos besos.
¿Quién hay?
¿Y bien?
Es la hora. ¿Qué han decidido?
Les escucho, hablen.
Es difícil, ¿sabe? Somos amigos y...
No obstante, hay que hacerlo.
Yo creo que...
Creo que se debería excluir a Jean-Louis. Es ciego.
Voy a darles una oportunidad. Un juego.
No debería hacerlo, pero es importante.
Se dice que el azar es ciego, y la justicia también... supongo.
Apártense un poco los unos de los otros. Usted hacia allá, y usted.
Usted aquí. Así. Usted acérquese aquí.
Usted, el ciego,
avanzará en la dirección que mejor le parezca.
Las dos primeras personas que usted toque,
- Serán consideradas como rehenes. - No, lo siento.
No cuente conmigo para ese trabajo.
Si no
me los llevo a todos.
- No puede pedirme una cosa así. - Acepta, puedes salvar a cuatro.
Pues claro, tiene razón. No puedes rehusar.
Ya los oyes, Jean-Louis, acepta.
Es una orden.
Empiece.
No va mas, señores.
No, yo no entro en el juego.
Uno. Póngase ahí.
- Pero... - Ahí.
Siga. Vamos, continúe.
- ¡Quieto, no huya, no haga trampas! - Es un error, se lo aseguro.
No, señor, un ciego no puede equivocarse.
Vamos, póngase ahí.
¡Será peor para usted! ¡Va usted a perder a un amigo!
¡Un amigo sincero, un amigo que les prestaba su colaboración!
Yo también colaboro con ustedes.
Sophie,
- Sophie... - No te olvidaré jamás, tiito.
Pase lo que pase, quiero ser enterrado por la iglesia.
Cuenta con nosotros. Tendrás un hermoso entierro.
¡Se acabó!
Si, se acabó.
Están perdonados.
Todos.
Si, era una experiencia.
En realidad había olvidado decirles que los terroristas han sido arrestados
y han confesado. Ya era hora.
- Mi general, mi general... - Capitán.
No sabe la alegría que me da. Gracias por su comprensión.
- ¿Y los otros? - Los que ha hecho detener en la casa.
Perdonados, he dicho todos.
No soy un bárbaro.
Respeto las leyes de guerra
y las aplico.
Yo soy un soldado como cualquier otro.
¿Usted, un soldado?
Si, señora.
Un soldado.
Buen aniversario.
¡Tengo que besar a alguien, no importa a quién!
Tú siempre tan amable...
Yo también tengo que besar a alguien. A mi Vivi.
¿Después de lo que ha pasado tenéis necesidad de besaros unos a otros?
¿Sabes? En estos momentos hay que hacer las paces.
Aquí abajo no hay sólo héroes, gracias a Dios.
Ni sólo cobardes.
- En la situación en que estábamos... - Sí, sí. De acuerdo.
Pero confiesa que no hemos estado muy brillantes.
Jean-Louis...
No es una historia para contarle a nuestros nietos.
Habríamos podido mostrar un poco más de dignidad,
o tal vez de hipocresía.
¿Qué? Nos hemos portado con más valor del que pensáis.
- Hemos salvado un judío. - No.
Así es, hemos salvado un judío, y en las mismas barbas de la Gestapo.
¿Ya empiezan tus historias?
Podía haberle traicionado, y ni siquiera se me ha pasado por la cabeza.
- No soy tan malo como parece. - No, Víctor. A ellos no.
Siempre tiene que inventar.
Vosotros conocéis a Stern, el peletero.
Está abajo desde el principio de la velada.
Donde yo lo he ocultado, en la bodega.
- Me gustaría ver a Stern. - Pues es bien fácil.
- Venid conmigo. - Claro que sí, vamos.
- Venid. - ¿No pensaréis marcharos?
- Hay que comprobarlo. - Vamos, por favor.
Sentaos a la mesa.
Ah, la luz.
Espera, espera.
Ahora veréis.
Sr. Stern, vamos, puede salir.
Se ha marchado.
¡No está! Pero...
- ¡Estaba, te doy mi palabra! - ¿Seguro?
Nada, como estaba previsto.
¡Ha desaparecido! Venid a ver sí no es verdad.
Habrá aprovechado la alarma para irse por la ventana.
Sí, Víctor, lo que tú digas.
- ¿Qué os decía yo? - Naturalmente, no había nadie.
Como se esperaba.
¿Queréis hacer caso a vuestro tío? Vamos, a la mesa.
¿Vamos?
Sentaos a la mesa, niños.
¿Pero qué os pasa? ¿No pensaréis marcharos ahora?
Es mi aniversario.
No podemos dejar las cosas bajo esta mala impresión.
- Vamos, sentaos. - Si, eso es,
ahora vamos a sentarnos unos frente a otros.
Haríamos bonita cara.
- ¿Y tú, doctor? - No...
Yo... tengo que marcharme. Voy a ver a mi mujer.
¿Qué estás diciendo? Siéntate.
No podíamos hacer otra cosa. ¿Y el toque de queda?
¿Habéis olvidado el toque de queda?
Cuando se viven las horas terribles que hemos vivido juntos
se es amigo para toda la vida.
Bien, vamos, Françoise, ve a sentarte.
Da el ejemplo, siéntate al lado de Jean-Louis, ¿eh?
Os juro que estaba en la cueva. ¡Yo mismo le encerré allí!
No le hagáis caso, no hay que tomarle en serio.
ÉI sueña que le ha pasado.
Ya veréis como algún día nos cuenta que ha sido fusilado.
¿Fusilado? Podía haberlo sido.
No hablemos más de eso, ¿queréis? Olvidemos todo lo ocurrido.
- Es el fin de la alarma. - ¿Otra vez, Víctor?
- Si no ha habido alarma. - No ha habido alarma.
Por Dios, Víctor, si acabamos de llegara.
Perfectamente, ahora que Sophie sople de una vez estas 22 velas.
¡Muy bien! ¡Bravo!
Y ahora, amigos míos, todos vamos a cantar.
Uno, dos... Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz,
cumpleaños feliz, Sophie, cumpleaños feliz.
Verás como todo se arregla, anda, canta conmigo.
Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz,
todos te deseamos, cumpleaños feliz.
Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz,
todos te deseamos...
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