All language subtitles for La traición 049.mp4-es-CC1

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Original subtitles

- Siempre supe que su hermano Alcides tenía enemigos,

pero no tan crueles como Arturo de Linares.

Beatriz: No te me acerques.

¡Te dije que te quedaras quieto!

- Recuerda que yo soy Alcides.

- Sí, señor.

- Alcides piensa que Aurora es su hija.

- ¿Qué va a pasar el día

en que se dé cuenta que no es su hija?

- Creo que lo mejor

es que la niña venga a vivir conmigo,

bajo mi protección.

- Eso jamás va a pasar, Alcides.

- Como me escuchó, don Alcides,

- Señor Alcides de Min

está detenido por intento de homicidio

contra la señora Soledad de Obregón.

Entrégueme su arma, por favor.

[♪♪♪]

- Pero eso no puede ser.

Soledad hace un momento habló con él

y que yo sepa mi sobrina no está en malos términos con él.

- No, no, Antonia,

esto es por el asunto de la mina,

donde Soledad asegura que Alcides trató de matarla.

Inspector,

Alcides ha cambiado,

estoy segura que él ha recapacitado

sobre esa situación.

- Yo no puedo entrar a cuestionar eso,

señora Esther,

solo me baso en los hechos.

Lo siento, pero tengo que llevarme

al señor de Medina a la cárcel.

- Alcides, yo no tenía idea de esto.

- Haga lo que tenga que hacer, inspector, soy inocente.

- ¿Sí? Y ¿cómo lo sabe?

¿Acaso no le declaró a la prensa

que había perdido la memoria?

- Matar a una propia esposa

no es algo que se olvida fácilmente.

- Eso tendrá que demostrarlo frente al juez,

de lo contrario le espera una larga condena

o, tal vez, la horca.

- Aunque no lo creas, Arturo,

a Eloísa se lo he dicho 20 veces,

tú eres un hombre extraordinario,

un buen partido, yo no sé qué le pasa.

- Yo sí,

evidentemente tiene que ver

con el hombre que la está cortejando,

que la está regalando flores.

Eloísa dice no saber de quién se trata,

no le creo.

- Eso está muy extraño

porque Eloísa es una mujer muy seria,

diría que hasta demasiado.

- Ella no pudo haberme dejado de querer

de un día para el otro,

pero, además, de averiguar quién es el hombre

que la está cortejando,

hay otro trabajo que quiero que haga para mí.

- "¿Trabajo?",

Arturo, estoy a tus órdenes,

siempre y cuando me lo pagues bien.

¿Para qué soy bueno?

- Necesito información sobre Alcides de Medina,

desde que regresó no ha hecho más que fastidiarme la vida.

- Pero exactamente, ¿qué es lo que quieres saber?

- ¡Todo!

Absolutamente todo.

- No hay problema, pero eso me va a tomar un poco de tiempo.

- Valdrá la pena,

pienso pagarle muy bien por su trabajo, Francisco.

Coíe emí,

a diferencia de Alcides de Medina,

yo sí pago mis deudas.

Úrsula: Yo no creo que escapar sea lo mejor, mi niña.

Piense que Aurora aún está muy pequeña.

- Es por Aurora que me tengo que ir.

Aurora no se merece vivir

al lado de un hombre como Alcides.

Úrsula, Alc ttó de matarme en la mina,

es que de solo pensar que vamos a vivir con él, me aterro.

- En eso sí tiene razón, Alcides ha sido un demonio.

- Yo no sé si haya cambiado,

puede que sí,

pero conmigo fue una muy mala persona

y no quiero que mi hija viva con él.

Por favor,

lo único que te estoy pidiendo es que me ayudes, ¿sí?

- Claro que sí, mi niña.

Usted sabe que puede contar con nosotros.

- Lo mismo digo. - Ay, gracias.

Lo único que...

Enrico: Tranquila, tranquila, Soledad.

Mi casa se honraría con tu presencia y con la de la niña.

- Vamos, vamos entonces, vamos rápido.

[Susurrando] Ven, nos vamos, nos vamos, princesa, ya.

Vamos.

Mi abrigo, ¿me ayudas?

[♪♪♪]

- Listo, inspector.

- Espere un momento, inspector,

usted no se lo puede llevar.

Podría jurar que mi hija no denunció a Alcides.

- Yo tampoco lo creo.

- Yo estoy seguro que Soledad no tuvo nada que ver,

más bien creo que fue una trampa

de Arturo de Linares que ha movido sus influencias.

- ¡Cuide sus palabras, señor de Medina!

¡Actúo bajo mandatos de ley, no para influencias de nadie!

Y para su información no fue Arturo de Linares

quien lo denunció.

Antonia: ¿Ah, no?

Si no fue Soledad ni Arturo de Linares,

entonces ¿quién fue?

- Lucas de Obregón,

su esposo señora Esther.

- ¿Lucas?

Enrico: Shhh.

Shhh, deben caminar en puntas,

con zancadas largas, ustedes que pueden,

para que no nos escuchen las pisadas.

Sh. - Sh.

[Crujidos de metales]

- Cuidado, que mi mamá y mi tía están en la sala,

vamos, rápido, vamos.

- He notado a Beatriz muy extraña en los últimos días.

- Ella siempre ha sido rara, callada,

dedicada solamente a sus cosas,

pero ahora que lo menciona creo que tiene razón, doctor.

Beatriz ha estado más nerviosa que de costumbre.

- Las veces que le he preguntado, me evade.

Supe que se cambió de casa

y no ha querido darme su nueva dirección.

- ¿Quiere que hable con ella?

Pablo: No, no creo que sirva de mucho.

Esta mañana estuve en el lugar donde vivía

y nadie supo darme razón de ella.

Ah. Beatriz está muy extraña,

muy misteriosa.

[Sollozos]

[Relincho de caballo]

Enrico: Esperen un momento.

- Enrico, ¿qué pasa?

- La flor,

la flor que has estado cuidando.

Tenemos que ir por ella.

- Enrico, no podemos regresar a la casa ahora, es una locura.

- Si regresamos a la casa, tal vez no podamos volver a salir.

- Tiene razón, primero las dejo en mi escondite,

después regreso por la flor,

pero esa flor tiene que estar cerca de ti, Soledad.

Vamos.

[Murmullos]

- Aquí está.

- ¡Arre!

- No te preocupes, Alcides,

yo misma voy a hablar con mi hermano

para convencerlo de que retire la denuncia.

Él es un buen hombre, sé que lo hará.

- Solamente me interesa proteger a Soledad y a mi hija,

no me perdonaría que les hagan daño.

- Alcides, en realidad te preocupas por ellas.

- Y ¿por qué le extraña?

¿Porque mi matrimonio fue solo un negocio?

- No digas eso,

yo sé que la amabas, por eso nunca me opuse.

Tú...

- No es momento de hablar de eso.

- Señores, lleven al detenido a la carreta.

[♪♪♪]

- Señora, señorita, con su permiso.

Boris: Déjeme pasar, déjeme pasar.

Oficial: ¡Ya le dije...!

Boris: ¡Necesito hablar con don Alcides!

- ¡Le dije que no puede pasar! ¡No insista!

- Solo un momento, por favor, necesito hablar con él.

- Inspector, por favor, permítame hablar

con mi secretario.

- Está bien.

¡Déjenlo pasar!

Pero será solo un minuto, don Alcides,

y le advierto que pierde su tiempo

si intenta hacer algo,

porque tenemos vigilada la zona.

[♪♪♪]

Boris: ¿Qué pasa, señor?

¿Por qué lo detuvieron?

- Acusan a Alcides de haber secuestrado a Soledad

hace unos meses cuando explotó la mina.

- Don Hugo, no contábamos...

- Escúchame, Boris,

tienes que ir a la casa rápido por dinero

y regresa a negociar que salga bajo fianza.

Hazlo rápido, me pueden condenar

a muchos de cárcel

y si me da un ataque de catalepsia estando preso,

me darían por muerto.

- Sí, señor, no se preocupe, enseguida regreso.

Hugo: Rápido.

- Vamos, súbanlo al carruaje. Andando.

[♪♪♪]

[Trino de aves]

- ¿Vas a salir?

- Sí, quiero ir a dar una vuelta.

En un rato tú te irás a dar tu show en la taberna

y no me quiero quedar sola, me aburro mucho aquí.

- No trates de engañarme, Eloísa.

Sé muy bien que te estás muriendo

por ir a casa de Alcides.

- Por supuesto que no, ¿por quién me tomas?

- Te juro que he tratado de entenderte, pero no puedo.

Insistes en jugar con fuego.

¿Por qué te quieres meter en medio de dos fieras

como Alcides y Arturo

sin medir las consecuencias, Eloísa?

- No me pasará nada, tía.

Yo sé muy bien lo que hago.

- No lo creo.

Antes me decías que estabas interesada

en conseguir un buen partido

y ahora que lo tienes, lo rechazas.

Ya no te quieres casar con Arturo de Linares.

- ¿No te has puesto a pensar que quizá

Alcides tenga mucho más dinero que Arturo?

- Alcides está casado.

En cambio, Arturo es soltero,

de buena familia, con apellido, con mucho dinero.

- Eso no importa, tía.

- ¿Qué quieres decir?

¿Qué estás dispuesta a ser su amante?

¿Tanto te gusta, Eloísa?

- Eso es algo que ni yo misma puedo explicar.

Digamos que la paso muy bien con él.

- No, no, no.

¡Solo esto me faltaba, que te enamoraras de Alcides

y perdieras la cabeza!

[♪♪♪]

[Suspiro]

- No sé si es amor o pasión.

Lo cierto es que quiero estar mucho tiempo contigo, Alcides.

Mucho.

[Relinchos de caballo]

[Resoplido de caballo]

- ¿A quién llevarán ahí?

Es Alcides.

¿Qué habrá hecho esta vez?

¿Será una deuda o algo de su pasado?

Creo que tenemos que averiguarlo.

[♪♪♪]

Esther: Por fin regresas.

¿Cómo fuiste capaz de denunciar a Alcides?

- Estoy protegiendo a nuestra hija, Esther.

Ahora solamente falta que ella vaya a declarar

y confirme lo que yo dije,

y así el juez va a condenar

de por vida a Alcides de Medina.

- ¡Qué torpe eres!

¿No te das cuentas que él regresó con otra actitud?

¡Ya no es el mismo de antes!

- Esther, yo no confío en él.

Para mí que está impresionando a Soledad

para volver con ella y eso no lo voy a permitir.

- Si fuera solamente para impresionarla,

no habría arriesgado su vida para rescatar a mi nieta.

- Deja de soñar, Esther, deja de soñar.

¿Se te olvida que ese hombre atentó contra nuestra hija?

No podemos confiar en él.

Antonia: ¡Esther! Esther. - ¿Qué pasa?

Antonia: Lucas.

Soledad no está en su cuarto,

la he buscado por todas partes y no está en la casa.

Ella y la niña desaparecieron.

- Dios, ¿qué dices? Ahora, ¿dónde está Soledad?

- Ya saben el camino a casa.

No salgan hasta que yo regrese, es muy peligroso.

- Enrico, ¿tú estás seguro qué quieres

volver por esa flor?

Es que no sé que tan importante sea

que esté a mi lado, de verdad.

Mejor no vayas.

- Soledad, es un gran secreto, viene desde allá arriba.

Tenemos que cumplirlo.

Bueno, ya regreso.

- ¡Ten cuidado! Úrsula: Cuidado, Enrico.

Enrico: ¡Arre!

- Es un hombre extraño, pero...

es una gran persona.

Yo con él me siento protegida y sé que...

él siempre me va a ayudar,

siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado.

- Vamos a la casa, señora.

Ahí va a poder olvidarse de todos sus problemas.

Es un lugar acogedor.

Don Alcides no podrá encontrarlas.

Marina: ¡Señorita!

¡Señorita!

¡Don Alcides no se encuentra y no sé a qué hora regrese!

- No importa, Marina,

yo lo puedo esperar.

¿Tienes idea de dónde fue?

- Solo sé que salió con Boris y no sé a dónde,

y le repito no sé a qué hora regrese.

- No me quedará más remedio que esperarlo hasta que llegue.

- Usted no se puede quedar aquí.

[Cierre de puerta]

- ¡Boris!

Boris, Marina me acaba de decir que Alcides estaba contigo,

¿dónde está?

- Vengo por dinero,

don Alcides fue detenido, tengo que sacarlo bajo fianza.

- ¿Detenido?

¿Por qué?

[♪♪♪]

Lo que me faltaba.

Seguramente el idiota de Hércules le va a decir a Arturo

que estuve aquí, ese infeliz me mandó a espiar, pero va a ver.

[♪♪♪]

- Alcides de Medina detenido.

- Tal como lo oye,

aunque no pude averiguar mucho, ¿por qué?

- La verdad, no me interesa el por qué,

Me basta con saber que mi peor enemigo está en prisión.

- Veo que eres una persona muy generosa, Arturo.

- Francisco, me gusta trabajar con usted.

No solo es muy bueno recopilando información,

sino que, además, por lo que veo,

es muy eficaz consiguiendo lo que se propone.

- Gracias, pero ¿por qué lo dice?

- No he olvidado aquella oportunidad

en la que me ayudó a salir de prisión.

- Es que me gusta trabajar con gente agradecida.

- ¡Qué bueno!

Porque lo siguiente que quisiera agradecerle

es información sobre la persona que usted

compró para ayudarme a salir de la cárcel.

Es probable que muy pronto necesite yo de sus servicios.

[♪♪♪]

- Tengo que darme prisa.

Don Hugo por su enfermedad

no puede permanecer mucho tiempo encerrado,

puede sufrir un ataque de catalepsia.

- Boris, has pensado ¿qué haría don Hugo sin ti?

- Es mi deber ayudarlo.

- Sí, es verdad,

pero es que jamás piensas en tu vida

y en tus planes, Boris, en lo que quieres.

[Suspiro]

- Marina, otra vez con lo mismo.

¿Por qué te empeñas en hablar de lo mismo?

Ya sabes lo que opino.

Lo mismo, lo mismo siempre.

- No voy a discutir contigo por culpa del patrón.

Boris, ¿qué pasaría si no logras sacar a don Hugo de la cárcel?

- Tendré que tomar una medida más radical,

pero don Hugo no puede permanecer encerrado

bajo ninguna circunstancia.

- Tal vez eso sea lo que más nos convenga.

- ¿Qué?

Marina, te das cuenta,

¿te das cuenta de lo que estás diciendo?

- Mi amor, mi amor, piénsalo bien.

Si don Hugo se queda encerrado en la cárcel,

nosotros al fin vamos a empezar a hacer nuestras vidas.

Con todo ese dinero

vamos a vivir tranquilos un buen tiempo.

- ¡Eso jamás!

Yo no traicionaría a don Hugo por nada del mundo.

Sería una vileza de mi parte.

[Cierre de puerta]

- Don Hugo no se va a seguir interponiendo

entre tú y yo, Boris.

Tal vez esta sea la oportunidad que tanto he estado esperando.

[♪♪♪]

[Riendo]

- Ay, yo nunca había tenido

vestidos tan finos y tan elegantes.

¿De verdad son para mí

o me los va a cobrar después, doctor?

- Ay, ya te dije que son regalos.

Helena: Ay.

Max: Mira.

- Uy,

pero esos zapatos tan altos.

Uy, no, doctor, eso, eso es peligroso,

porque imagínese donde yo me suba en uno de estos mínimo...

me caigo y me mato, ¿no?

Peligrosísimo.

- Te voy a enseñar a usarlos.

Te vas a ver muy alta y elegante.

- ¿Estos son los zapatos que usan las damas elegantes

y las artistas famosas?

- Con un poco de buenos modales,

tú puedes ser mucho mejor que ellas.

- ¿Usted cree?

- Eres muy bonita, Helena.

- Ay, no, doctor.

No, no, no, vaya a empezar con el cuento ese

de que me le parezco a su exmujer.

No, señor, porque ahí sí comienzo a temblar.

No, señor.

- Te convertiré en una mujer muy fina y elegante.

[Crujido]

- Yo no te estoy traicionando con Helena.

Sigo en mi lucha incansable.

Tú eres la única mujer que amo en la vida y que amaré siempre.

Todo es parte de un plan.

Sí.

Ya me estoy acercando a la fórmula

que me permitirá revivirte

y traerte a mi lado.

Helena es parte de ese plan.

- No es posible, ahora las dos están desaparecidas.

¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué?

¿Por qué tanta desgracia? ¿Qué es lo que está pasando?

- No reniegues de esa manera, Esther.

Lucas, ¿estás seguro que Arturo de Linares

es quién las tiene,

el hombre que mencionó Alcides?

- Es posible, Antonia, es posible,

pero quedándonos aquí no lo vamos a averiguar.

Tenemos que buscarla por todas partes.

Mi hija, Soledad, tiene que aparecer.

Ustedes vayan a la comisaría.

- ¿Y tú a dónde irás?

Lucas: Buscaré a Soledad en los alrededores.

Nadie se va a meter con mi familia, ¡nadie!

- Necesito de su ayuda, señor fiscal.

Es un asunto relacionado a Alcides de Medina.

- Usted dirá, señor de Linares.

- Alcides de Medina es mi peor enemigo

y no me conviene que salga vivo de esa celda.

- Lo que a usted le convenga no es asunto mío,

señor de Linares.

- Perdone, quizás no me expresé bien,

quiero que Alcides de Medina muera en esa celda

y quiero que usted me ayude

a que muera lo más pronto posible.

- Yo no me presto a lo que usted quiera,

así que, por favor, retírese,

si no quiere que dé la orden que lo encarcelen

por tratar de extorsionarme.

- Yo le estoy pidiendo su ayuda,

señor fiscal, no estoy tratando de extorsionarlo.

Claro que, ya que menciona la palabra,

supongo que no le interesará verse involucrado

en el escándalo que se va a desatar cuando se sepa

lo de su amante.

- No sé de qué habla, por favor, retírese.

- El periodista Francisco de Morales

ya escribió la historia

y si no la ha publicado, es gracias a mí.

Porque yo le he dicho que pienso que usted

es una persona honorable,

una persona con la que se puede razonar,

¿o acaso me equivoco?

- Está bien, dígame qué es lo que quiere

y, pero eso si le advierto, no lo puedo ayudar mucho

porque yo no estoy solo aquí.

Yo no puedo hacer lo que se me dé la gana.

- No tendrá que hacer mucho, es algo muy fácil.

Simplemente, necesito que deje entrar a un ladrón

a la celda de Alcides de Medina,

el resto lo va a hacer él solo.

- ¿Por qué tarda tanto Jacinto?

- Ahí viene, cálmate, Esther.

- Tal vez Arturo de Linares

no tiene nada que ver con la desaparición de Soledad,

¿qué tal que ella se haya escapado

para evitar vivir con Alcides?

- Sí, es así,

me parece un absurdo que Soledad siendo madre

todavía se comporte como una inconsciente.

- Ay, no sé, ¿qué pensar, Antonia?

Soledad desaparecida y Alcides en la cárcel

por la denuncia de Lucas.

Ahí está, vamos.

Jacinto: Disculpe, pero tuve que cambiar el caballo,

permítame.

Antonia: A ver, Esther.

Gracias, Jacinto. Esther: Vamos.

[Relincho de caballo]

[♪♪♪]

- ¿Don Alcides preso?

Esto lo tiene que saber mi señora Soledad.

- No colaboró mucho en el interrogatorio,

señor de Medina.

- Ya le dije que soy inocente,

no tengo mucho que decir,

solo que jamás atentaría contra la vida de nadie,

mucho menos contra mi esposa.

- Parece muy convencido,

pero su inocencia está por verse.

En cuanto la señora Soledad venga a declarar,

sus días estarán contados.

El juez estoy seguro que va a dictar la condena más severa,

y usted va a permanecer mucho tiempo acá.

Permiso.

[♪♪♪]

- Bienvenido, señor de Medina.

[♪♪♪]

- ¿Se siente bien, mi niña?

- No sé, estoy in-intranquila.

- Ay, no me vaya a decir que está viendo

a don Hugo aquí,

mire que en esta casa sí se aparecen fantasmas.

- No, Tengo es como

un presentimiento raro,

como si sintiera que algo malo va a pasar,

me late el corazón rápidamente, no sé qué es.

- Ya pasó.

Mire, el robo de Aurora la dejó muy intranquila.

Debe ser eso.

Soledad: Sí.

Siquiera pensar en poder perder a mi hija es,

es lo peor que me ha podido pasar en toda mi vida, Úrsula.

A lo mejor, tienes razón, a lo mejor

es la angustia de lo que sucedió.

- ¿Cómo que no puedo sacarlo bajo fianza?

¡Eso es inaudito!

- Sobre el señor Alcides de Medina

recae una denuncia muy grave interpuesta

por don Lucas de Obregón.

- Con todo respeto, señor Juez,

pero no creo que ese sea un motivo suficiente

para mantenerlo encerrado.

Tiene que haber testigos, pruebas.

Además, la principal afectada,

que fue la señora Soledad de Obregón,

no ha puesto su denuncia.

- La hemos estado buscando, pero no aparece.

Y no es que quiera acusarlo de nada,

pero hay algo que me resulta muy sospechoso

y es que sea usted

quien viene a aparecer ahora como defensor

de Alcides de Medina.

Usted que peleó la herencia con él,

usted que fue acusado de robo por él.

¡Usted que fue agredido y expulsado de su casa por él!

- ¡No estará insinuando que yo tengo algo que ver con eso,

porque usted no tiene ningún derecho de ser...!

- ¡Será mejor que se calme, señor Monsalve!

Entienda que mientras no se aclare todo este asunto,

el señor Alcides de Medina deberá permanecer detenido.

- Es que no es posible.

Él no puede permanecer encerrado,

ustedes no entienden.

- No, el que no entiende es usted, señor Monsalve.

Oficiales, acompañen al señor.

- No entienden nada.

[♪♪♪]

[♪♪♪]

- ¡Sáquenme de aquí!

¡Sáquenme de aquí!

¡Estoy vivo!

[♪♪♪]

- Tengo que resistir.

Boris me va a sacar de aquí pronto.

[Relincho de caballo]

Duarte: Se le ve abatido.

Cualquiera que lo vea pensaría que usted

es un hombre inocente,

pero yo lo conozco muy bien y sé perfectamente

la clase de hombre que es.

Y le sugiero algo

que mejor piense cómo resolver sus problemas desde aquí

de ahora adelante,

porque va a ser muy difícil que obtenga su libertad.

- Inspector, tiene que creerme.

Ya le dije que soy inocente.

- No le creo y menos ahora que Soledad de Obregón

no aparece por ninguna parte.

- ¿No aparece?

¿Dónde está?

- No lo sabemos

y si usted la mandó a raptar

para que no declarara en su contra,

le aseguro que acaba de ponerse

la soga al cuello, señor de Medina.

[♪♪♪]

- No entiendo tus razones para que sigas

posponiendo la boda con Arturo.

- Arturo es un hombre maravilloso, doña Gladys.

Sé que no podría encontrar mejor hombre que él,

por eso tengo tanto miedo de casarme, no le quiero fallar.

- Entonces, ¿no es porque estés arrepentida?

- Por supuesto que no,

nada me haría más feliz que ser la mujer que Arturo

quiere y merece,

pero tengo mucho miedo.

El matrimonio es algo tan importante

en la vida de cualquiera.

- Madre...

Eloísa...

que gusto verte.

- Bueno, los dejo para que puedan conversar.

- Pasaba por aquí, quise entrar a saludarte

y a decirte que ya me enteré de todos los detalles

de la desaparición de la hija de Soledad de Obregón.

- Ah, sí. Eloísa: Sí.

Y lo peor es lo que la gente anda diciendo por ahí,

te acusan de ser el responsable de esa desaparición,

pero quiero decirte que no les creo una sola palabra

de lo que dicen.

- Te lo agradezco.

- De hecho, vengo de casa de Alcides de Medina.

- ¿Fuiste a buscar a Alcides?

- ¡Por supuesto!

Tenía que decirle que no tiene ningún derecho

a estar diciendo esas cosas de ti,

pero no lo encontré.

- Bueno, es natural que en situaciones así

busquen a alguien a quien culpar.

- De hecho, yo le voy a callar la boca a todo mundo.

Voy a personalmente a buscar a la tonta de Soledad

y a ponerla en su lugar.

- Eloísa, no sabes todo lo que esto significa para mí,

saber que confías en mí,

saber que todavía te importo.

- No te confundas, Arturo,

el hecho de que te defienda,

no quiere decir que haya decidido a casarme contigo.

- No, por supuesto,

y lo último que quisiera es presionarte,

pero sí me gustaría que me permitas

volver a cortejarte,

solo te pido eso, por favor.

[♪♪♪]

Úrsula: ¡Enrico! Me tenías preocupada,

pensé que te habían descubierto los papás de Soledad.

- No, nadie se dio cuenta que yo estaba allí.

¿Qué crees, Úrsula?

Don Alcides de Medina está preso.

- ¿Ah, sí?

Y esta vez, ¿por qué?

- Parece que don Lucas lo denunció

por intentar matar a mi señora Soledad en la mina,

¿te acuerdas?

- Ah, espérate.

La señora Soledad ha estado muy nerviosa

y dice que tiene angustias,

así que yo creo que es mejor no contarle,

¿para qué le vamos a preocupar más?

- ¿Sabes qué? Tienes razón.

Mi señora Soledad es pura,

diáfana, transparente.

Ella no se merece lo que está sucediendo.

- No, claro que no,

por eso no vamos a agobiarla con más cosas.

De todas maneras,

yo no creo que a ella le importe

lo que pase con don Alcides.

[♪♪♪]

- Gilberto.

- Don Arturo, ¿pasa algo?

- Tranquilo, que no te voy a matar.

Sé que te va muy mal desde que dejaste de trabajar para mí.

¿Ya viste que no cualquiera soporta

un ratero muerto de hambre como tú?

Pero yo sé que a ti te gusta el dinero fácil,

así que te tengo una propuesta de trabajo.

- ¿De qué se trata?

- Hay que matar a Alcides de Medina,

tendrás que matarlo en la celda de la estación de policía.

- Alcides de Medina ya es hombre muerto, don Arturo.

- Esta noche lo quiero muerto, esta noche.

[♪♪♪]

- Ya la niña comió. Soledad, ven a comer.

- Venga que le preparé la sopa que tanto le gusta.

- Debe estar deliciosa, pero no tengo hambre, gracias.

Enrico: Has estado muy callada.

- Ay, es que me siento mal.

No debí salir así de la casa sin despedirme de mis papás,

ellos han estado últimamente muy preocupados por mí.

Yo no sé si hice lo correcto.

- No se sienta mal.

Doña Esther tiene que entender que si usted

escapó de la casa,

es porque no quiere volver a vivir con don Alcides.

- Ojalá mi mamá piense como piensas tú.

Bueno, ella sabe que para mí es un,

es un verdadero tormento tener que vivir con Alcides.

- No te preocupes,

que donde está no podrá hacerte daño.

- De verdad, ¿tú crees?

- Sí, sí, sí lo creo.

- A ver, acabas de decir que desde donde está

no podrá hacerme daño

y eso ¿qué quiere decir?

¿En dónde está?

¿Ah?

¿Ha-Hay algo que me están ocultando que yo no sepa,

Úrsula?

- Sí.

- A ver, ¿qué es lo que está pasando aquí?

Hablen de una vez, ¿qué pasa?

- Enrico, dile.

- Está bien.

Escuché a tu mamá y a tu tía decir

que don Lucas denunció a don Alcides

por intento de asesinato en la mina contra ti.

Ahora don Alcides está preso.

- ¿Qué?

Alcides está en la cárcel.

[♪♪♪]

[Respiración dificultosa de Hugo]

[Crujidos]

- ¿Ya puedo salir de aquí?

Duarte: Debido a la gravedad de la acusación,

el juez Fernández determinó que no tendría fianza.

- No, Inspector,

eso no puede ser.

- Este hombre se ve mal,

Inspector, ¿no estará enfermo?

Duarte: ¡Para nada!

Este hombre goza de muy buena salud

y muy mala reputación,

sería capaz de fingir

cualquier cosa con tal de salir de prisión.

Bienvenido, señor,

espero que esta estadía le quite el vicio de robar.

- Inspector, no es justo que no me den fianza.

[♪♪♪]

- Inspector. - Que disfrute la compañía, señor de Medina.

Hugo: No.

- Hoy es un gran día,

hoy acabarán con Alcides de Medina

y hoy Eloísa me demostró que todavía se preocupa por mí.

Hércules: ¡Don Arturo!

¡Don Arturo!

Hay algo muy importante que debe saber.

Vi salir a Eloísa de la casa de Alcides de Medina.

- Ya lo sé,

la propia Eloísa me lo dijo.

- ¿Ah, sí?

- Eso demuestra que Eloísa no me engaña,

así que ya no quiero que la vigiles.

- Don Arturo, no sabemos que pueda pasar más adelante.

Eloísa es una mujer desconcertante y usted lo sabe.

- He dicho...

que ya no quiero que la vigiles más.

- Hércules, ya casi no te veo.

- He estado ocupado

arreglándole varios asuntos a su hijo.

- Sí, lo sé,

pero quiero recordarte que fui yo quien te contrató

y tu obligación es estar pendiente de mí.

Hoy tuve que salir con el otro cochero

y la verdad no me sentí nada bien.

- Doña Gladys, yo puedo...

- Mira, yo quiero que regreses a trabajar conmigo.

Contigo me siento más segura

y muy a gusto.

- El vino es una de las bebidas más antiguas de la humanidad

y con la evolución cultural

se ha venido transformando.

Todo depende de las formas de cultivo, de sus cepas.

[♪♪♪]

- Pero, ¿qué haces?

¡Se supone que debes catar el buqué!

- Ay, doctor, no se enoje conmigo,

pero, la verdad, es que yo le estoy

entendiendo muy poco de lo que usted me está enseñando.

Si lo que quiere es que yo entre en ambiente,

por qué no se trae unas cervezas bien frías

y así le entiendo mejor lo del toqué, lo del...

- Buqué.

Helena: Buqué.

- Por favor, Helena,

te estoy tratando de explicar algo que es nuevo para ti,

una nueva bebida, el vino.

Tú no piensas sino en cervezas y en borracheras.

- Yo no me como ese cuento de que se está ahogando.

Yo sé que quieres enredar a los policías

para poder salir,

¿no es cierto?

Pero no, no es tan fácil,

se lo digo por experiencia.

Alguna vez intenté un truco parecido para poder salir,

pero estos policías se las saben todas.

Estar en esta ratonera no es fácil.

Este lugar desespera a cualquiera.

[Respiración dificultosa]

- Veo que le gustan las cosas finas.

¿Qué coincidencia?

A mí también.

- ¿Para dónde vas con tanto afán?

- Guárdame estas cosas en el menor número

de valijas posible.

- ¿Por qué? ¿Qué está pasando?

¿Qué llevas ahí?

- Haz lo que te digo

y no preguntes más de la cuenta.

- ¿Qué llevas ahí, Boris?

Boris: Eh.

- ¿Dinamita?

Boris, ¿tú qué estás planeando?

- No le permitieron salir a don Hugo bajo fianza

y tengo que sacarlo de prisión a como dé lugar,

no puedo permitir que se quede ahí.

- ¿Vas a volar la comisaría?

- Entiende, Marina,

si a don Hugo le da un ataque encerrado, moriría

y no puedo permitir eso.

- Boris, pero dinamitar ese sitio es una locura.

Supongamos que logras sacar libre a don Hugo,

¿a quiénes crees que van a hacer responsables?

Somos los únicos amigos del patrón.

¡Nos va a tocar volvernos unos fugitivos!

- Pues, lo seremos, seremos unos fugitivos,

pero no voy a permitir

que don Hugo se quede encerrado.

Tenemos que salvarlo, ¿lo entiendes?

- No te lo voy a permitir.

- Me gustó.

Max, me gustó.

[Ríe]

Para qué, pero me gustó.

Max.

[Música de violín]

- ¿Está oyendo eso?

Es un violín.

Es mi Guille.

Mi Guille está tocando para mí.

- Así que aquí es donde vive Beatriz.

Alcides: Por fin llegas.

- ¿Beatriz vive con un hombre?

- No, no, no puede ser.

Gata traicionera,

gata infiel,

gata cochina.

Te traigo la mejor de mis serenatas

y tú aquí emborrachándote con este tipo.

- ¡Ningún tipo!

¡Soy doctor y exijo respeto!

¡Fuera de mi casa!

- ¡Usted podrá ser muy doctor,

pero eso no le da derecho a meterse con mi Helena!

Mi gatita es solo mía, entiéndalo bien, mía.

Lo voy a enseñar a respetar.

- No, no, no.

- Todo tiene un límite, inclusive yo también.

- No... - ¡Venga a ver!

- Te voy a dar una lección. - No, no, no.

- ¿Me va a dar una lección usted y cuántos más?

¡Venga a ver!

- ¡Vamos, gatito, tú puedes!

¡Doctor! ¡No se deje, doctor!

¡Vamos, vamos!

Ay, dos hombres peleándose por mí, no lo puedo creer.

- ¡No! Cochino, tramposo.

- Ay.

I-Idiota, ese es un gas venenoso.

¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!

- ¡Vamos, gatito, vamos!

Max: Salgamos de aquí. [Gritando] - ¡Guillermo,

Guillermo, Guillermo!

Max: Vamos, vamos, vamos.

- Guillermo, Guillermo. Max: Ven.

- Gatita. Ayúdame. Ah, ah. Me asfixio.

[♪♪♪]

Marina: Ay.

Mi amor, mi amor, perdona.

No puedo seguir permitiendo

que sigas cometiendo más locuras.

- Todo está en silencio,

creo que te llegó la hora, Alcides de Medina.

[♪♪♪]

Gilberto: Muere, rata asquerosa.

- Ah, ah.

¡Alcides! ¡Guardias, guardias!

¡Ayúdenlo, por favor!

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