All language subtitles for La traición 040.mp4-es-CC1

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Original subtitles

- ¿Qué le pasa al patrón, Boris?

¿Otro ataque de catalepsia?

- Eso parece.

Generalmente cuando le va a dar un ataque de catalepsia

hay síntomas, pero, esta vez no los hubo.

Un ataque de catalepsia sucede después

de una alteración fuerte.

Pero tú lo viste, don Hugo estaba feliz.

No lo entiendo.

Ven.

Ayúdame hay que ponerlo, hay que llevarlo a una cama.

[♪♪♪]

- ¡Tía! ¡Ayúdame! ¡Haz algo! ¡Me estoy quemando!

- ¡Auxilio! [Grito]

¡Auxilio! ¡Qué alguien nos ayude!

Soledad: ¡Ayuda! - ¡Que alguien nos ayude!

Soledad: ¡Ayúdame!, ¡Ayúdame! - ¡Dios!

Marcela: Ya, ya.

- Se ve muy mal, Boris.

Ojalá este ataque no le dure mucho.

- Está frío.

Pero no como en otras ocasiones.

- Entonces de repente no es otro ataque de catalepsia.

¿Por qué no buscamos un doctor?

- Quizás tengas razón.

A lo mejor el doctor Sirak sabe de lo que se trata.

Por aquí tengo su dirección.

Sí, mira.

Toma.

Tendrás que ir tú a buscarlo.

Yo mientras me voy a quedar a cuidar

los signos vitales de don Hugo.

- Bien, no tardo.

- Señor,

no se preocupe.

Todo va a estar bien.

No tarda en llegar la ayuda médica.

- Ay, Úrsula, gracias.

- Lo importantes que ya pasó el peligro, mi niña.

- Si no hubiera sido por ti yo--

Te juro que no sé qué hubiera pasado.

- Gracias. - No pasó nada grave.

- Perdóname, Soledad.

Es que me dio mucho miedo.

Me angustié mucho.

Sentí que estábamos en los mismos infiernos.

Perdóname.

Esther: ¡Por Dios!

¿Pero qué pasó aquí?

- Esther, todo esto fue culpa mía.

Es que estaba arreglando la ropa del bebé

y se me cayó a la chimenea, se incendió y--

En ese momento llegó Soledad

y se le prendió también el vestido.

Fue mi culpa, perdóname, por favor. Perdóname.

- Por Dios, Soledad, qué imprudencia.

Algo te pudo pasar a ti o al bebé.

- Mamá, no me reproches. He estado bien.

- ¿Qué le pasa, mi niña? [Quejidos]

Esther: Mi amor. - Mamá.

Esther: Estás pálida.

- Lo mejor será llevarla a la habitación.

- Ven, ven.

- Ay, me duele mucho. ¿Por qué?

[♪♪♪]

Boris: Señor, con estos paños de agua caliente

evitaré que sus músculos se pongan rígidos.

Qué extraño, don Hugo.

Su cuerpo sigue tibio.

Sus ojos...

sus ojos se mueven.

Esto no parece un ataque de catalepsia.

Niña: ¡Por aquí!

- ¿Dónde estás?

Niña: ¡Por aquí!

[♪♪♪]

- ¿Qué pasa?

- Ayúdame, no me dejes.

- ¿Qué puedo hacer por ti?

[Quejidos]

- Algo le está pasando a mi bebé.

[Quejidos]

[Suspiro]

- Agua.

Un poco de agua.

- Sí, señor. Aquí tengo un vaso.

- Señor...

¿Cómo se siente?

¿Un poco más, señor?

- Soledad está en peligro, Boris.

Está en peligro.

Soledad: Ay. Antonia: Despacio, despacio.

Soledad: Ay, me duele, me duele mucho.

Antonia: Tranquila. Esther: Ya, mi amor, ya.

Antonia: Dios mío, no vaya a ser que pierda a la criatura.

Esther: Ni lo menciones, Antonia.

Voy a ir por el doctor Max. Él te tiene que atender.

Cuidado.

Soledad: [Gimiendo] Ay. Úrsula: Las piernas.

Esther: Respira, respira, mi amor.

Soledad: Úrsula, acompáñala, por favor.

Antonia: Así está mejor.

- Mi niña, yo no puedo dejarla sola.

- Ella no se va a quedar sola. Yo me quedo con ella.

No la voy a dejar ni un solo minuto solita.

- Pero... - ¡Vaya, muchacha, haga caso!

¿No se da cuenta que Soledad necesita un médico?

- Vamos, Úrsula. No perdamos más tiempo. Vamos.

- Ayúdame.

No le puede pasar nada a mi bebé.

Tía, por favor... Ayúdame.

- No te preocupes, no le va a pasar nada.

Por favor, no traigas estos pensamientos.

No te desesperes.

- Vaya, vaya, vaya.

Miren nada más quién está por acá.

El doctor Max.

Hola, doc.

- Me gustan las actuaciones en vivo.

- Que casualidad. A mí también me fascina.

¿Qué quieres tomar?

- Nada.

Compré un boleto para ver los espectáculos.

- ¿Está seguro que no quiere tomar nada?

Bueno.

Entonces...

tal vez quiera... Algo de... buena compañía, doc.

- No me molestes más. ¡Fuera de aquí!

- Mal educado.

Y al final... Lo pierdes tú.

- Bienvenidos, señores.

[Risa]

Pasen por aquí, por favor.

- Allá está su mesa reservada. - Gracias.

Adelante, es un buen lugar para ver el espectáculo.

- Les he pedido un trago por cuenta de la casa.

Cualquier cosa que necesiten, por favor, avísenme ¿Mmm?

- Gracias, gracias.

Yo no bebo.

- Lucas, por favor, la ocasión merece por lo menos un trago.

- Si es por tu mujer, no te preocupes,

que ella no se va a enterar que estás aquí.

Y si se entera, ya será demasiado tarde.

- Don Lucas, vamos, acompáñenos.

- Está bien, un solo trago.

Pero ya saben, no soy muy bueno bebiendo.

- Vamos, me muero de curiosidad por ver

quién es esa mujer hermosa. En los carteles se ve divina.

- En persona, seguramente debe ser más hermosa.

Vamos, a ver la dama misteriosa.

- Gracias.

- Afortunadamente creí en ti.

Tenemos lleno total.

Esa idea tuya nos va a dejar mucho dinero.

- Solo me preocupa una cosa.

- Lo que sea puedo solucionarlo.

Hoy es tu gran noche y no quiero que nada te distraiga.

¿Qué es?

- El idiota del Hércules.

- Ah, ¿el hombre que tuvimos que sacar el otro día?

- Sí.

Me preocupa que venga a formar un problema

en medio de mi espectáculo.

- Ah, eso no va a suceder.

Necesito que estés concentrada para esta gran noche.

A ese tipo déjamelo a mí.

Yo me encargo de él.

[♪♪♪]

- Boleto. Documento, por favor.

Siga.

Boleto, por favor.

Un momento, por favor. Documentos.

[♪♪♪]

- No los tengo.

- Lo siento, señor, pero sin documentos no puede entrar.

- Son las órdenes. - Detén mi boleto.

- ¡Señor! [Gritos]

- ¿Qué es lo que pasa?

Ah, usted.

Largo de aquí.

Llévelo lo más lejos que puedas.

- Sí, señor. [Gritos]

- Buenas noches.

El caballero trabaja conmigo y ya entregó su boleta.

Espero que no haya problemas.

Acá tiene la mía.

Hombre: Bienvenido. - Permiso.

Esther: Doctor Max.

¡Doctor Max!

- Parece que no está aquí. Voy a...

Subir a buscarlo a la casa, a lo mejor está allá.

- Espera. Espera, Úrsula.

Aquí hay algo.

Una nota.

"Si alguien me necesita, voy a estar

en el espectáculo de la taberna".

[Grito]

- Tranquila, doña.

- Este debe ser Enrico. Esther: Otra vez tú.

Úrsula: ¿Qué haces aquí? - Las seguí.

Vi fuego en la casa, salieron de prisa...

¿Sucedió algo?

¿Le pasó algo a la señora Soledad?

- Mi niña se puso mal.

Necesitamos con urgencia al doctor Max,

así que, vamos a buscarlo a la taberna.

- Yo les ayudo. - No necesitamos tu ayuda.

Nadie te la pidió.

- Pero, ¿por qué no, doña Esther?

Enrico puede entrar a la taberna.

- Te digo que no, Úrsula.

Vamos, no hay tiempo que perder.

Quita.

- Lo siento, Enrico.

[♪♪♪]

[♪♪♪]

- Te ves muy guapo, Guillermo.

Date una vueltecita.

- Este traje me queda muy apretado, Margotita.

Se lo dije a la dama misteriosa,

pero insistió en que tenía que llevar esta talla.

Pues, la dama misteriosa tiene toda la razón.

Te ves muy bien así todo entallado.

Estas lonjitas...

- Margo, por favor. - Se te ven divinas.

- No me hagas apenar aquí delante todo el mundo.

- Ay, nadie vio.

- Siempre esperé este día para que mi gatita me viera.

- Ay.

- Para que estuviera conmigo en primera fila,

ahí... acompañándome.

Sintiéndose orgullosa de mí, y ya ves,

no vino.

- Y ojalá que ni venga. - ¿Ah?

- No, digo que mejor que no venga,

porque te vas a poner más nervioso, Guillermo.

- Dicen que la vida del artista es muy solitaria.

Y ahora entiendo...

que tenían toda la razón.

- Ay, me vas a hacer llorar.

Ya, ya.

- Había una niña que me decía que Soledad estaba en peligro.

Y Soledad gritaba que la ayudaran.

Y se veía mal.

Se veía muy mal.

- Señor... solo fue un mal sueño, relájese.

- Creo que Soledad está a punto de perder a su hijo.

- Señor, tranquilícese.

Ya no tarda en llegar el médico.

[♪♪♪]

- ¿Cómo te sientes, Soledad?

- Se está moviendo mucho, tía.

Algo le está pasando a mi bebé.

- Tranquila. Tranquila, hijita, no te preocupes.

Por favor, no traigas desgracias

pensando cosas malas.

Voy a prepararte un té. Eso te va a ayudar.

Ya vuelvo, ¿sí?

- Ya, mi amor, ya.

Aurora, tranquila, mi amor.

Tranquila, mi princesa.

- Mi pobre sobrina que está pagando su pecado.

Si es tu voluntad que ella pierda esa criatura...

para que se pueda liberar del pecado

que ha manchado a esta familia...

que así sea.

[♪♪♪]

- Dios mío, por favor...

no permitas que algo malo le pase a mi bebé.

Es lo más importante en mi vida, te lo suplico.

♪ Quisiera acercarme a ti, ♪ ♪ Pero me frena una razón. ♪

♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪

♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪

♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪

♪ ¡Sálvame! ♪ ♪ ¡Sálvame! ♪

♪ ¡Despiértame otra vez! ♪ ♪ ¡Otra vez! ♪

♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪

♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪

♪ No, no, no... ♪

♪ ¡Bésame! ♪ ♪ ¡Bésame! ♪

♪ Hasta enloquecer. ♪

♪ Quiero perderme en tus sentidos, ♪

♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪

♪ Otra vez, despiértame. ♪

♪ No te puedo perder . ♪

Arturo: Por favor...

Cuéntame, Hércules.

¿Por qué intentabas entrar disfrazado?

- Tuve un problema en este lugar,

y no quería que me negaran la entrada.

Por eso lo hice.

- Gracias.

Quiero que una cosa te quede muy clara, Hércules.

Ahora que trabajas para mí,

no quiero volver a ver ese tipo de tonterías.

¿Está claro?

- Mire, don Arturo. Quien está del otro lado.

- ¿Ya viste con quién está el hipócrita de Hércules?

¿Qué estará hablando con Arturo?

- Seguramente intenta cumplir con el trato.

No sabes el coraje que me da

haber tenido que ceder con ese estúpido.

- ¿Cómo pudiste confiar en él?

¿Crees que te ayude a recuperar a Arturo?

- Por supuesto.

Por el dinero que le dije que le iba a dar.

Además, Francisco, no me quedaba otra alternativa.

[♪♪♪]

- Soy... la esposa... ¡del violinista de este lugar!

Y voy a entrar a verlo.

Portero: Sin boleta no puede entrar, señora.

- No me trate a mí como si yo fuera una ladronzuela.

Porque le repito, soy la esposa legítima

del violinista de este lugar. ¿Le parece poco?

- A nosotros, él ni siquiera nos dijo que estaba casado.

- Eh, eso fue que yo le prohibí que lo hiciera.

Usted sabe cómo es de...

de complicado el mundo de la farándula, ¿no?

- Por favor.

- Ay, usted, eh-- - Buenas noches.

- De... déjenos entrar, por favor.

Tenemos que entrar, es una emergencia.

- No me diga que su esposo se encuentra aquí adentro.

Por favor, no insistan, aquí sin boleta no entra nadie.

- Ya le dijimos que es una emergencia.

Necesitamos hablar con el doctor Max, déjenos pasar.

- No pierdan su tiempo, aquí no hay excusa que valga.

- Señor, por favor.

Entre y dígale al doctor Max

que aquí afuera está Esther de Obregón,

y que lo necesito con urgencia.

Portero: Lo siento, señora, pero tengo orden

de no moverme de aquí.

[♪♪♪]

[Aplausos y vítores]

- ¡Buenas noches, damas y caballeros!

Su taberna ¡"El úuultimo brindis"!

está de fiesta por la honorable visita de todos ustedes.

[Aplausos]

Por eso mismo, hemos preparado un espectáculo

que, seguramente, será inolvidable.

Y como inicio de nuestra velada musical llena de talento,

permítanme presentarles a un virtuoso del violín.

Un hombre que inspira. Que nació para inspirar.

Y que ahora, nos lo va a demostrar

con una magistral interpretación.

[Aplausos]

Los dejo con el talento innato

del señor del violín, Guillermo Burke.

[Aplausos]

Helena: Es cierto, es cierto. Mi gatito no me mintió.

Vamos, gatito, tú puedes.

[Murmuros]

Vamos.

[Violín]

- Doctor Max, doctor Max,

doña Soledad se está poniendo mal.

Allá fuera está doña Esther y Úrsula. Lo están esperando.

- Pero, ¿qué me dices? - Vamos doctor, vamos doctor.

La vida de doña Soledad está en peligro.

- ¿Enrico? Enrico: Vamos.

- ¿Qué hace Enrico aquí?

- Discúlpame, Jacinto, pero esto es de vida o muerte.

- Úrsula, devuélvame esa pistola,

que esas cosas son muy peligrosas.

Usted no las sabe usar.

- Úrsula, ¿qué estás haciendo? ¿Te volviste loca?

- Voy a entrar a ese lugar

a buscar al doctor Max, doña Esther.

No voy a permitir que la niña se muera

porque ese rufián no nos deja pasar.

Voy a entrar así sea a la fuerza.

- Eso no va a ser necesario, aquí estoy.

Úrsula: Enrico, ¿cómo lo hiciste?

- La ventaja de ser enano. - Entonces vamos, señoras.

- Jacinto, ya que pasamos por el club,

paramos un segundo a recoger a Lucas.

- Sí, señora.

- Don Lucas no está en el club, está en la taberna.

- ¿Qué?

- Qué extraño, Enrico amigo de los Obregón.

- Señora, ya va a empezar la parte

de tu espectáculo, tienes que entrar.

- Ya, ya voy. - Señora, por favor.

Tienes que entrar. Don Omar te está buscando desesperado.

Tienes que estar lista, por favor, entra.

- Está bien.

[Aplausos]

- ¡Bravo!

¡Otra!

Todos: ♪ ¡Otra!, ¡otra!, ¡otra! ♪

♪ ¡Otra!, ¡otra!, ¡otra! ♪

- No, no puedo tocar otra. Fue la única que ensayé.

Si la repito me sacan a patadas.

- Lo siento, querido público,

pero nuestro artista tiene que descansar.

[Rumor]

Más adelante podremos disfrutar de su inagotable talento.

Por ahora, los invito a que preparen sus palmas

para recibir a la artista invitada.

A la fantástica, a la única, a la magnífica mujer

que llena de esplendor esta taberna.

Me refiero nada más y nada menos que...

¡a "La dama misteriosa"!

[Aplausos]

[Música sensual]

♪ Ay, miren que solita estoy. ♪

♪ Ay, que a mi corazón le falta amor. ♪

♪ Porque el dueño de mi vida, ♪

♪ A mejor vida pasó. ♪

♪ Uy. ♪

♪ Ay, ¿quién me quita este pesar? ♪

♪ Ay, ¿a quién le puede interesar? ♪

♪ Una viuda cariñosa ♪

♪ Que lo que quiere es gozar. ♪

♪ Uy, ay, ay, ay. ♪

[Violín]

[Aplausos]

- ¿Estás seguro?

Mi esposo no puede estar ahí, y mucho menos bebiendo.

- Señora, no es mentira. Si quiere voy y lo traigo.

- No, mejor hazme un favor.

Llévate al doctor y a Úrsula en tu carreta.

¡Vete! ¡Muévete!

- Pero, Señora, la niña y Soledad están muy mal.

- Por eso, Úrsula, ve con ellos.

Yo mientras tanto recojo a Lucas

y me voy inmediatamente para la casa.

Mientras tanto que el doctor vaya revisando a mi hija.

¡Ve!

- Tenga cuidado, señora. - ¡Ve!

Es el colmo que estés aquí bebiendo

en este lugar, mientras nuestra hija está tan grave.

- ¡Tía!

Tía, ¿por qué te demoras tanto?

- ¿Qué pasa, Soledad? Ya estoy aquí.

¿Qué pasa?

[Llanto]

- Tía, es que algo le está pasando a mi bebé,

se está moviendo demasiado, ay.

- Toma un poquito. Esto te va a ayudar.

[Quejándose] - ¡Ay!

- Tranquilízate, por favor, ¿qué sucede?

- Dios mío.

Es un dolor terrible, tía, ya no aguanto.

- Deben ser las contracciones o algo de eso, Soledad.

¿Qué pasa?

- Está pasando.

Ya.

Ay, qué raro.

Es como... como si ya no se moviera, ya...

Como si se quedara inmóvil.

- No me asustes, Soledad.

- Tía, no sé qué pasa, pero...

Se dejó de mover, es como si...

Ya no siento el latido de su corazón.

[♪♪♪]

♪ A mejor vida pasó. ♪

♪ Uy ♪

♪ Ah. ♪

- Ten, preciosa.

Esto es para que cantes solo para mí, ¿ah?

- Un segundo.

- Y esto es para que arreglemos algo más interesante.

- ¡Suéltela!

[Bullicio]

- ¡Aprende a respetar!

- Atrevido.

- Francisco, Francisco.

[Gritos]

[Bullicio]

- Es que no lo estoy sintiendo, tía.

[Llorando] Ay, mi bebé.

- Soledad, yo nunca he sido madre

pero sí he asistido algunos partos.

Quizás esté dormido.

Ven, acomódate mejor para que puedas descansar.

[Llorando] - No le puede pasar nada, tía.

No lo voy a soportar.

- Cálmate, por favor.

- Hugo, mi amor, por favor,

ayuda a nuestra hija.

Te lo suplico.

Mi amor.

- Tranquilízate.

Trata de dormir, hijita mía.

- Por favor, no permitas que le pase algo.

- Ya, ya.

[♪♪♪]

- Ya lo sabía.

Sabía que tanto pecado iba a traer sus consecuencias.

Ahora tendrás que pagar con la vida de tu hijo, Soledad.

Con la vida de ese... bastardo.

- No podría determinar qué fue lo que sucedió.

Pero de una cosa sí estoy seguro,

esto no fue un ataque de catalepsia.

- Entonces, ¿qué pudo ser, doctor?

Sirak: No lo sé, tendría que hacer algunos análisis.

Hugo, ¿qué sentiste mientras dormías?

- Fue una experiencia muy real.

Podría asegurarle que estuve con esas personas

como estoy con usted ahora.

- Lo que me dices no me resulta extraño.

Porque he leído...

que en oriente, en algunos casos,

las personas que sufren de catalepsia

sienten que el alma se les desprende

literalmente del cuerpo.

- ¿Usted cree, doctor, que eso es posible?

Sirak: Como científico, francamente no.

No creo esas cosas. Mejor dime, ¿qué sentiste?

¿Qué viste durante el sueño?

- Había una niña que me trataba con mucha familiaridad.

- ¿Y conoces, de casualidad, esa niña?

¿No la habrás visto alguna vez? - No, doctor.

No la he visto antes.

Me pedía que ayudara a Soledad.

- Déjeme pasar, tengo que encontrar a mi marido.

- Suélteme. - ¿A dónde cree que va, señora?

¿No ve que la gente está tratando de salir?

- Esta vez no me va a impedir que entre.

Suélteme, atrevido. Igualado, ¡suélteme!

¡Suélteme! ¡Que me suelte!

[Griterío] - ¡Sácame de aquí, Francisco!

¡Sácame de aquí! - Pero, ¿por qué la violencia?

- ¡Basta, Francisco! ¡No!

¡Francisco! ¡Ah, suéltame!

¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Ah, déjame!

- No te sueltes.

- ¡Ay!

¡No!

[Griterío]

Guillermo: ¡Tranquilos!

¡Por favor!

¡Tranquilos, por favor!

¡Cálmense!

Úrsula: ¡Guillermo! ¡Guillermo!

- Guillermo, por favor. [Grita]

- ¿Qué hace este hombrecito aquí?

- Tranquila, señora.

Doña Esther me pidió que viniera.

- Doctor.

Doctor, tiene que ayudar a Soledad. Está muy mal.

- Sí, ya estoy enterado. Déjeme revisarla.

Esto no me gusta nada.

No es ningún buen signo.

Soledad.

Despierte, Soledad.

Despierte. - Doctor, ¿qué pasa?

- ¿Por qué no reacciona? - Esto es muy extraño.

- Enrico. - ¿Mmm?

- Aquí está la flor que me pediste.

- Ay, gracias.

Doctor, mire.

Alcáncele esto en la nariz y eso la despertará.

- Déjense de tonterías.

Esto es muy delicado como para comenzar

a meterle ahora brujería.

- Vamos de aquí, pequeño. Fuera, fuera los dos.

Salgan de aquí. ¡Fuera!

- Por favor, doctor, déjeme intentarlo.

Señora.

Señora.

Soledad: Ay.

Ay, doctor.

Gracias a Dios está aquí.

Hay algo con mi bebé, doctor. Algo le pasa.

Ayúdeme.

- Llévenlos a la estación.

Ustedes tendrán que responder por todo este desorden.

- Sáquenlos de aquí. [Gruñido]

- ¿Dónde te metiste, Lucas de Obregón?

Ah, inspector, juez,

¿ustedes no han visto a mi esposo?

- ¿Al señor Obregón?

- No. - No, no lo hemos visto.

- Es que me dijeron que lo vieron por aquí.

- Ya le dije que no lo he visto, señora.

- Permiso. - No, no lo hemos visto.

- Ah, Dios.

[♪♪♪]

- Hércules es un estúpido.

¿Cómo pudo ser capaz de arruinarlo todo?

Era mi noche. No tenía derecho.

Pero lo voy a acabar cuando lo vea. ¡Te lo juro!

- No, no digas esas cosas.

No, no lo digas.

Todo estuvo muy bien. Todo.

A excepción de la pelea, por supuesto.

Tú estuviste esplendida. Te veías hermosa.

- Gracias por decir esas cosas.

- Es lo que siento.

- Lucas, quería aprovechar para preguntarte sobre Enrico.

Supe que se está viendo con tu familia.

- Ah, Enrico. Sí, es muy amigo de mi hija.

Va muy a menudo a casa.

Bah, ahora no me preguntes el por qué. Pe--

¿Sabes qué?

Yo pienso que es porque mi hija es un sol.

Un sol así de grande y se lleva muy bien con todo el mundo.

Pero, no hablemos de eso ahora, Rebeca.

Más bien...

tú te vez muy bien con esto.

Muy bien, pero...

pero me encanta ver tu rostro.

Eres demasiado... bella.

Rebeca, yo, yo no puedo evitarlo.

Cada vez que pienso en ti,

en la forma en que me besaste, yo--

- Lucas, Lucas, por favor.

Yo pensé que las cosas entre tú y yo ya estaban claras.

Esto no está bien.

- No, ahora no pensemos en lo que está bien

o en lo que está mal.

Solo sé que muero... de ganas de besarte.

[♪♪♪]

- Ay, querida, qué bueno que apareciste.

Estaba tan preocupado por ti.

[Risas]

- Francisco, ¿preocupado? No me hagas reír.

Estabas muy ocupado peleándote con todo el mundo,

sin importarte lo que me pase.

- Te estaba defendiendo, solo que esos mal nacidos

me agarraron por sorpresa, pero que bueno que--

- Ay, sí, ya, basta.

De no haber sido por Arturo, no sé qué habría sido de mí.

¿Nos dejas solos, por favor?

[♪♪♪]

No sabes, lo agradecida que estoy por lo que hiciste.

Es una lástima que... estemos tan alejados.

- Eloísa, escúchame-- - Arturo,

estoy muy arrepentida de haberte dejado ir.

Tú me has demostrado de muchas maneras

que te importo y... y yo no he podido hacerlo.

Fui una tonta al haberte dicho que no quería estar contigo.

Pero para mí es tan difícil.

- Eloísa...

mis intenciones contigo son serias.

Me interesas mucho.

- ¿Lo dices en serio?

- No tengo ninguna duda, Eloísa.

Quiero que seas mi esposa.

[♪♪♪]

- Ay, ya no tolero todo esto, Eloísa.

No soporto que los hombres te toquen, maldita.

Cuando tengas el dinero de Arturo...

voy a acabar con él.

Así dejarás de jugar conmigo.

Serás viuda, rica...

y solo para mí.

- ¡Lucas!, ¿qué significa esto?

- Esther, ¿tú, tú qué haces aquí?

- ¡Eres un desgraciado, me estás traicionando!

Con esa mujerzuela, que seguramente,

ni siquiera sabes quién es.

Qué poco te valoras y qué poco me valoras a mí.

- Perdóname, mi vida. - ¡No me llames mi vida!

Cínico, traidor, desgraciado.

¡Nunca te voy a perdonar!, ¿me oyes?

Tu hija está grave. Está muy enferma y tú, aquí.

Haciendo porquerías con esa mujerzuela.

- ¿Cómo? ¿Q-q-qué? ¿Soledad? ¿Qué le pasa a mi hija?

- Si quieres averiguarlo, ¡ve tú mismo!

- No, no, Esther. No, no, espera. Esther.

Mi hija. ¡Esther, espera!

- Bueno, no todo fueron pérdidas en la noche.

Ahora sé que Soledad de Obregón

tiene algo que ver con el tesoro de Jeremías.

[Relincho] Esther: ¿Cómo pudiste, Lucas?

Después de tantos años de matrimonio.

Y ahora me engañas.

- No sé qué me pasó, Esther.

Tomé un poco.

No estaba en mis cinco sentidos.

No sé por qué lo hice. - Todo está muy claro.

Ya no me amas.

No me respetas.

No te importo.

- Y no te importa tu familia. - No, no es así, Esther.

También sé que lo que hice no tiene justificación.

Creo que lo mejor es que me vaya de la casa.

- Eso ni lo pienses, Lucas.

Tú fuiste quién se equivocó.

Y yo no voy a ser el hazmereír en esta ciudad.

Todos van a comentar que mi marido

me dejó por una cualquiera.

- Cosas de la vida.

Te conozco muy bien y sé que nunca me vas a perdonar.

- En eso tienes toda la razón.

Pero primero está mi hija. Y no la voy a incomodar más.

- Yo tampoco quiero que sufra por culpa de mis estupideces.

- Seguirás en la casa.

Cuando Soledad esté mejor, veremos qué sucede.

Mientras tanto, nadie tiene que saber esto.

- Estos son los mismos compuestos

que te he enviado toda tu vida.

Quiero que los tengas a tu lado,

Por si te vuelve a dar un ataque de catalepsia.

Hugo, ¿qué te pasa?

¿Te sientes mal otra vez?

- No, doctor.

Pensaba en la niña y en lo que trataba de decirme.

Sirak: Quizás, solamente sea un sueño.

Porque no hay una respuesta a esa incógnita.

- Pero mi padre padeció de catalepsia...

y yo la heredé de él.

Sin embargo, mi hermano Alcides,

a pesar de ser mi gemelo, nunca manifestó ningún síntoma.

¿Por qué?

- Porque...

la herencia de las enfermedades es una lotería.

A veces se presenta en línea directa.

Y otras, se salta varias generaciones.

- Pero si Alcides hubiera dejado un hijo,

este podría sufrir de catalepsia.

- Sí, claro.

No se puede descartar esa posibilidad.

[♪♪♪]

- ¿Y bien, doctor?

- ¿Podemos hablar en privado?

- No, doctor.

Lo que tenga que decir, dígalo delante de mí.

- ¿Cómo está, doctor? - Soledad.

Soledad: Papá. - Hija.

Qué bueno que llegaste.

Tengo mucho miedo.

- Doctor, por favor, dígame cómo está mi hija.

- El corazón de la criatura...

no lo escucho.

- ¿Y eso qué quiere decir, doctor?

- Temo que...

temo que su hijo está muerto, señora.

[♪♪♪♪]

- ¿A mí qué me pasó? ¿Qué me pasó?

[Risa]

¿Y tú de qué estás disfrazado, Burke?

[Risa]

- Ay, mi gatita, no me digas que perdiste la memoria.

- Ay, todo eso fue verdad.

Y, y tú tocaste. Au, au, au. - Cuidado.

- En frente de toda la ciudad.

Y todo el mundo te miraba, y te aplaudía,

y yo gritaba...

[Suspirando] - Ay tan bonito.

¿Y tú por qúe no me dijiste que sabías hacer todo eso?

- Te lo dije miles de veces, gatita.

Que mi padre era rico.

Que recibí clases de música

y aprendí a tocar el violín desde niño.

- Entonces es cierto que, tú eres de una buena cuna.

Yo también vengo de una familia muy prestigiosa.

Lo que pasa es que a mí no me gusta estar alardeando de eso.

- No volví a saber nada de mi padre.

Seguramente ya murió.

- Ah, ya. Ya, Burkecito.

No pienses en esas cosas tristes.

Piensa más bien en tus 15 minutos de fama,

y que ya pasaron, y que mañana

vamos a volver a nuestra vida común y corriente.

- Y abandonar mi música en este momento, que apenas empieza.

No, sería una locura.

[Risas]

- Por fin, por fin, por fin.

- Eloísa.

¿Por qué vienes tan contenta?

- No sabes lo que acaba de pasar.

Arturo de Linares, me pidió que fuera su esposa.

- ¿Ya te lo dijo? ¿Tan pronto?

- ¿Qué pasa?

Pensé que te pondrías feliz.

¿No era eso lo que esperábamos?

- Sí, por supuesto. Discúlpame.

Entonces esto es motivo para que celebremos.

- Sí. Pero no de esa manera, ni hoy. Estoy muy cansada.

- ¿Cansada? ¿Qué vas a hacer? ¿Pensar en él? Dímelo.

- Francisco, no me gusta cuando te pones así. Suéltame.

- A mí me encanta. - ¡Suéltame, estúpido!

- Ven.

[Risa] - Francisco.

- Ahora vas a tener que cumplir.

[Risa]

- Te dije que iba a cambiar de vida, gatita.

Y eso es lo que estoy haciendo. Quiero ser músico.

No quiero volver a robar.

- ¿Y tú crees que cantando canciones

vamos a poder vivir bien?

- Puede que no ganemos tanto como desenterrando cadáveres.

Pero podremos vivir con la frente en alto,

sin deberle nada a nadie.

Y lo mejor de todo, gatita, lo mejor de todo.

Podremos vivir sin escondernos del brazo inexorable de la ley.

- Guillermo, deja de decir bobadas.

Esa tal música no te va a llevar a ninguna parte.

- ¡Te das cuenta, gatita!

¿Te das cuenta, mi amor que--?

No me conoces, gatita, no me conoces.

Si te preocuparas por ver lo profundo de mi corazón,

te darías cuenta lo feliz...

lo feliz que me encuentro hoy en día.

- No, no, no... Nosotros vamos a volver

a nuestros antiguos trabajos y ya.

Esa es mi última palabra.

- Pues, Elena Burke.

Búscate otro ayudante,

porque de ahora en adelante, no cuentes más conmigo.

- Guillermo.

Guillermo.

En ese mundo de artistas locos, la gente se pierde.

- Te espero en mi laboratorio.

Porque recibí una pequeña dosis del extracto

de la orquis vivantis, y quiero que lo lleves

contigo antes de partir para tu viaje.

- Muchas gracias, doctor, ahí estaré.

Sirak: Nos veremos. - Hasta luego.

Cierra la puerta, Marina, por favor.

- Sí, señor.

- Señor, el doctor mencionó que usted haría un viaje.

- Escuchen.

Vamos a regresar a la ciudad.

- Sí, señor, pero...

yo pensé que su plan era esperar aquí

los nuevos reportes de esa flor

de la que tanto habla el doctor.

- No, Boris. No hay tiempo para esperar.

Tengo el presentimiento que el hijo de mi hermano

con Soledad puede padecer mi enfermedad.

- ¿Cómo sabes eso, patrón?

- ¿Cómo?

Ese sueño que tuve...

es como una alerta a la que debo hacerle caso.

La niña está tratando de avisarme

que Soledad y su bebé están en peligro de muerte.

Y que la flor...

Y que la flor tal vez sea su única esperanza de vida.

- No, eso no puede ser, doctor.

Eso no es cierto. Mi hija no está muerta.

Mamá, papá, díganle. Díganle que se está equivocando.

Que mi hija está bien. - Cálmate, cálmate.

Papá es que yo sé, yo sé que está bien, papá.

- Mi niña. - ¿Qué?

Esther: Doctor, ¿qué hace?

- Es por su salud.

Tenemos que sacarle esa criatura de su vientre.

De lo contrario puede causarle mucho daño a la señora Soledad.

- No. - Sosténganla, por favor.

Soledad: ¿Qué?

- Permiso. Ayúdame.

- No me toque, que mi hija está bien.

- Antonia... por favor.

Doctor, ¿está seguro que esto es lo correcto?

¿Lo correcto?

- Si no lo hacemos,

la señora Soledad morirá envenenada.

[♪♪♪]

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