All language subtitles for La traición 039.mp4-es-CC1

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Original subtitles

- ¿Por qué dices que esta planta

posee el secreto de la vida?

No entiendo. ¿De dónde sacas eso?

- No lo sé, pero es una fuente de salvación.

- Ay, Enrico. ¿Quién te dijo eso?

- Mira, no es que,

que alguien que tiene contacto con el de arriba.

¿Desconfías de mí?

- No. Yo te creo.

Es hermosa.

- Es una planta difícil de encontrar

y como ellas hay pocas en el mundo.

Por eso tienes conservarla y cuidarla con tu vida.

Soledad, ¿lo harás?

- Te lo prometo. No te preocupes.

La voy a cuidar como si fuera mi propia hija.

- Descubrí en el extracto de la Orquis Vintis

un compuesto que es capaz de disminuir

todos los síntomas de la catalepsia.

- ¿Que disminuir todos los síntomas?

Eso quiere decir que hay esperanzas.

- Claro que la hay. Mira, pásame, por favor,

esa jaula que está cubierta con esa telita roja.

Eso es. Es mi último experimento.

¿Me ayudas a quitársela, por favor?

- Sí, claro.

- Eso es. ¿Ves esos ratones?

- Sí. Doctor: Pues, logré llevarlos

a estados de catalepsia y, luego, les di dosis pertinentes

para regresarlos a su estado de vigilia

y despertaron como si nada hubiera pasado.

- Como si nada hubiera pasado. Doctor: Ajá.

- Doctor,

yo he esperado por esta noticia toda mi vida.

- No tan deprisa, porque no hemos podido

experimentarlo ni comprobarlo en seres humanos.

- Eso no es ningún problema, doctor.

Tiene ante usted la primer persona que experimentará

con su medicina y, no se preocupe,

que yo asumo las consecuencias.

- No, y claro que a mí me gustaría hacerlo,

pero desafortunadamente no tenemos la cantidad necesaria

de flores para conseguir el extracto, la porción.

- Pero tiene que haber. Tiene que existir en algún lugar.

¿Dónde? ¿Dónde la podemos conseguir?

Enrico: Cuidar la flor no es suficiente.

Hay algo más que debes hacer.

- Estás muy misterioso últimamente, Enrico.

A ver, ¿de qué se trata? - Mira,

plantarla en el jardín, regarla,

cuidarla como te dije para que haya muchas,

muchas, muchas flores.

- ¿Para qué?

- Yo también tengo mis dudas, pero

esa es la misión que me mandaron,

que te entregara esa flor.

- ¿Cuándo me vas a contar quién es esa persona que te revela

tantas cosas maravillosas?

- Algún día te lo contaré.

- Ah. - Tengo que irme.

- No, Enrico. Espera.

Es que no te pueden ver mis papás ni mi tía.

Te pueden meter en problemas. - Tranquila, tranquila.

Eso ya pasó. Ahora, descansa.

- Una flor que conserva el secreto de la vida.

¿Y por qué me la dieron a cuidar a mí?

No entiendo.

- Envié muchos comunicados a mis colegas

contándoles de mis hallazgos y pidiéndoles información,

acerca de dónde se puede encontrar y, en fin,

todo lo relacionado con la Orquis vivantis.

- Doctor Sirak, ¿y no tendrá una ilustración

donde yo pueda ver cómo es la flor?

- Sí, sí. Claro que sí.

En mi maletín tengo alguna información.

¿Me lo quieres pasar, por favor?

- Sí, claro.

- Gracias.

Ah, sí. Aquí está.

Inclusive ofrecí una buena recompensa

a quien me traiga la mayor cantidad de estas flores.

- Así que esta es la Orquis vivantis.

- Ajá. Sí, ¿por qué?

¿La conocías?

- La conozco, doctor.

La he visto antes.

El carruaje en el que viajábamos se descompuso

y tuvimos que detenernos.

- ¡Hugo! Hugo: Entonces

escuché la voz de mi padre que me llamaba

desde la espesura del bosque.

- Hugo. Hugo, ¿dónde vas?

- Hugo.

Hugo: Mi hermano me preguntaba a dónde iba,

pero lo cierto es que yo no lo sabía.

Sentía que debía encontrar a mi padre,

que me llamaba con insistencia.

- Hugo, ¿qué haces? - Es mi papá.

¿Acaso no lo oyes? - Mi papá está muerto.

- No. Él me está llamando. - Vamos.

El carruaje ya está listo.

Hugo: Entonces no entendí por qué el espíritu

de mi padre me había llevado hasta ese lugar.

Pero ahora lo entiendo todo.

Doctor, yo sé dónde podemos encontrar esa flor.

- ¿Está seguro?

- Completamente.

- Pues, esa es una gran noticia.

- Qué paradoja. Viajé tantas y tantas millas

para encontrar mi curación

y resulta que mi posibilidad de recuperación

está ahí, en el lugar donde nací.

[Ladridos]

[Gritos]

Esther: ¡Lucas, Lucas!

¡Lucas Antonio!

- Enrico, ¿qué haces aquí?

- Nada. Yo sólo vine a visitar a mi señora bonita,

pero me encontré con esa señora loca. Escúchala.

Esther: ¡Ayúdame!

- No, ninguna señora loca. Doña Esther.

¿Qué sucedió, Enrico? ¿Qué le hiciste?

- Nada. Yo sólo iba saliendo y, por favor,

ayúdeme a esconder, ¿sí? Por favor.

Lucas: ¡Esther!

¿Qué pasó? ¿Qué fue ese grito?

- Ese pequeño hombre se volvió a meter a la casa, Lucas.

¡Tienes que encontrarlo!

- ¿De qué hablas?

- De un hombrecito muy extraño que de hace tiempo

merodea la casa, Antonia.

- Pero está muy equivocado si piensa que va a poder

robarnos. Vamos a buscarlo. ¡Lucas, muévete!

- Voy por la entrada. Ustedes, por la parte de atrás. ¡Pronto!

- Vas a ver, pequeño hombrecito.

Te voy a encontrar y te voy a quitar la costumbre

de estarte metiendo en mi casa.

- ¿Vienen? - No.

Están buscando por toda la casa,

pero será mejor que no salgas todavía.

Yo ya no creo que busquen aquí.

¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué me miras así?

- Veo en tu futuro que hay un hombre que te quiere mucho.

- ¿Quién es? - Yo.

- Ay, tonto. Debería dejar que te encuentren por coqueto.

- No, no, no. No digas nada, por favor. Shhh.

Helena: Guillermo, ¿qué son estas horas de llegar?

¿Dónde estabas?

- Estaba en los ensayos de lo del nuevo trabajo

de músico que tengo.

- Qué ensayos ni que nada. Yo sé que tú estabas

era emborrachándote con tu amiguita Margot

con el dinero que me robaste.

- No, gatita. No me robé ningún dinero.

Lo pedí prestado para invertir en mi violín

por nuestro bienestar.

- Todo esto es una excusa para irte a emborrachar.

Yo lo sé. - No. Gatita,

por favor, ¿cómo hago para hacer que me creas?

¿Ah? Si fueras a la taberna a vernos ensayar

te darías cuenta que lo del grupo musical

de la "dama misteriosa" es una realidad, Helena.

- [Sollozando] Y si eso fuera una realidad,

entonces, ¿por qué no vienes acá

y me haces un, un concierto privado?

- No puedo, mi gatita,

porque pronto, de repente, me roban el violín.

- ¿Te roban? ¿Tú crees que yo te voy a robar?

¿Tú crees que yo te voy a robar el violín?

- Gatita, por favor. Tranquilízate.

No lo digo por eso, lo digo por la zona.

La carretera es muy desolada. De pronto me hacen algo

por robármelo y es nuestro único patrimonio, gatita.

- Sí. Es nuestro único patrimonio.

Es el dinero que Boris nos dio por cuidar esta casa

y tú no has hecho nada al respecto.

- Sí. Yo te apoyo.

Siempre te he apoyado, a pesar de que no estoy de acuerdo

en lo que haces.

- Ah, sí. Sí me has apoyado,

sobre todo. ¿Tú crees que es muy fácil

estar ahí inventado mentiras a los clientes que quieren

comprar esta casa? ¿Todos los días inventando cosas?

- Por lo menos, deberías sentirte feliz.

Tú eres la más interesada en quedarte en esta casa.

Y que yo sepa, tú eres la especialista en mentiras.

- ¡Guillermo!

- Esa idea tuya de montar un espectáculo

ha sido todo un éxito.

Eh, ya están casi vendidas todas las boletas

para el estreno de mañana.

- Te lo dije. Deberías de agradecérmelo, Rebeca.

Toda esta semana me he encargado de difundir

este gran evento en mi periódico,

así que toda la ciudad está enterada.

Vamos a ganar mucho dinero. - Salud.

Margot: ¡Ya te dije que está cerrado!

¡No puedes entrar!

- ¿Qué pasa, Margo'?

- Ay, este tipo que quiere entrar a la fuerza.

- Necesito que hablemos.

- Ya, deja de mirarme con esa cara

de borrego a medio morir, que no me vas a convencer.

- ¿Te parezco muy feo

o es por mi tamaño?

- Enrico, por favor.

Entiende que yo solo puedo mirarte como un amigo.

Así que deja de decir tonterías y deja de enredarme.

¿Tú no te das cuenta de todo lo que está sucediendo?

Ahí viene. Escóndete. Escóndete bien ahora sí. Apúrate.

- ¿Y tú qué haces aquí, Úrsula?

- Estoy preparando la cama de la señora Soledad.

- ¿Por qué será que no te creo?

¿Será que me estás ocultando algo?

- Claro que no, señora.

- Condenado hombrecito. No, no lo encuentro. Desapareció.

- Revisa esta habitación, Lucas.

Es el único lugar donde no hemos buscado.

- ¿Buscar qué? ¿Se les perdió algo?

- ¡Aquí está! A este bicho. ¡Sal de ahí!

[Quejidos]

[Relinchos]

[♪♪♪]

- Marina, qué hermosa te ves.

- Para ti.

- Qué hermoso vestido.

Te ves preciosa. Y, ¿de dónde lo sacaste?

- Lo compré. Es de seda italiana en la China, Boris.

- Sí, lo veo. Debió costar una fortuna.

- Tomé un poco del dinero que le manejas a don Hugo.

- ¿Cómo pudiste hacer eso?

¿Te volviste loca?

- ¿Qué tiene de malo?

Hemos ayudado a don Hugo durante meses

para que encuentre al científico Von Sirak.

Es simplemente es un poco de retribución

por nuestro trabajo.

- Marina, don Hugo confía en nosotros.

Además, nos paga bastante bien.

- Pero ¿tú te has puesto a pensar alguna vez

todo lo que hemos perdido por estar siguiéndolo?

- Marina, estamos juntos.

No seas ingrata, Marina.

- ¡Ingrato tú, Boris!

¡Ingrato tú y conmigo, tú mujer!

Parecemos unos perros guardines detrás de don Hugo.

Y él lo único que hace es pensar en la señora Soledad

creyendo, el muy iluso, que la va a olvidar algún día.

- ¿No te das cuenta que su vida no es fácil?

¿No te das cuenta, Marina?

- ¿Y para quién lo ha sido?

Tú y yo nunca tenemos tiempo para nosotros dos.

Tú solamente piensas en don Hugo.

¿De qué te sirve que te pague tan bien

si te sigues pareciendo a su sirviente?

- Marina, quítate ese anillo.

Si don Hugo lo ve, vamos a tener problemas.

- Le diré a mi empleada que se encargue de todo.

Marina, quiero que bajes a...

¿Y ese anillo? Muéstrame tu mano, por favor.

Ese anillo es de Soledad. ¿Qué haces con él?

[♪♪♪]

♪ Quisiera acercarme a ti, ♪

♪ Pero me frena una razón ♪

♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪

♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪

♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪

♪ Sálvame. Sálvame. ♪

♪ Despiértame otra vez. Otra vez. ♪

♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪

♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪

♪ No. ♪

♪ No. ♪

♪ No... ♪

♪ Bésame. Bésame. ♪

♪ Hasta enloquecer. ♪

♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪

♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪

♪ Otra vez, despiértame. ♪

♪ No te puedo perder. ♪

Hércules: Así que tú eres la tal mujer misteriosa.

- Si viniste a amenazarme con contárselo

a toda la ciudad, eres hombre muerto.

Tú sabes de lo que soy capaz.

- No te molestes. Vengo en son de paz.

Rebeca, en todos estos meses me has hecho mucha falta.

- Ay. No trates de engañarme, por favor.

¿Qué demonios quieres?

- Tengo una deuda muy grande y me están buscando.

Tienes que ayudarme, Rebeca. Necesito dinero.

- Deudas de juego. Ah,

siempre seguirás siendo el mismo imbécil.

- Te lo ruego, Rebeca. Necesito ese dinero urgente.

Esa gente es muy peligrosa y me quieren matar.

- ¿Y quién te dijo a ti que me interesa lo que te pase?

No pienso cargar con tus problemas.

Ya suficiente hice por ti, así que lárgate.

- Te lo ruego, Rebeca. - Ay, suéltame.

- ¡A ti te estaba buscando!

Tenemos un asunto que resolver.

- Marina, ¿de dónde sacaste ese anillo?

- Me lo dio la señora Soledad.

- Se lo dio la señora Soledad por agradecimiento, señor.

- Dijo que ya no quería joyas de su pasado porque le parecían

unas baratijas comparadas con las que le da don Alcides.

- Señor, perdone la imprudencia de Marina.

- Fija el precio que te parezca y te lo pagaré.

Fija el precio que te parezca y te lo pagaré.

Ahora quiero que bajes al restaurante

y te encargues de que suban la mejor botella de champaña

que tengan. La mejor, Marina.

- Con su permiso, patrón.

- Lo noto muy animado, señor.

- Tenemos que festejar, amigo. Tenemos que festejar.

Von Sirak cree haber encontrado una cura

para mi enfermedad.

- ¿Por qué estabas escondiendo a este ladrón, Úrsula?

- Enrico con es un ladrón, señora.

- Y, entonces, ¿cómo se le llama a alguien

que entra en casa ajena para llevarse

lo que no le pertenece?

- Él no se estaba llevando nada.

- Cometiste un grave error, Úrsula.

- Después de lo que acabas de hacer, lo mejor será

que te vayas de esta casa. - No. No, señora.

No. No la eche. Yo tuve la culpa.

Yo la obligue a que me, a que me escondiera.

- ¡Tú cállate! Eso lo hablaremos después.

Por ahora, lo importante es evitar que este ladrón

se siga metiendo a nuestra casa cada vez que se le dé la gana.

- Ten, Lucas. Amárralo.

Hay que llevarlo a la policía para que lo encierren.

- ¿Qué? Pero ¿qué están haciendo?

Papá, suéltalo. Suéltenlo. Déjenlo en paz.

[Quejido]

- Y, espero que esto te sirva de escarmiento, ¿me oíste?

- Todo por tu culpa, Rebeca.

Te haré pagar por darme la espalda.

Ya lo verás, ya lo verás.

- No lo defiendas, Soledad.

Este hombre es un ladrón.

- No, mamá. Estás equivocada.

Es mi amigo y está aquí porque vino a acompañarme.

- ¿Acompañarte? ¿De noche y a solas?

¿Qué es lo que pasa, Soledad?

- Ya te expliqué que vino a acompañarme.

A veces viene, me trae regalos. Me frutas,

flores y conversamos.

¿Qué es lo que tiene? Eso es todo.

- Hija, dime, ¿en realidad conoces a este hombre?

Porque entrar a una casa como lo hizo es un delito.

- Papá, papi, yo sé, pero, pero ayúdame. Es mi amigo.

Él no está robando nada. Por favor, no dejes

que se lo lleven preso, papá.

Antonia: ¡Lucas! Soledad: Por favor.

- No pensarás creerle a tu hija, ¿verdad?

- Bueno, Antonia. Si mi hija lo dice,

no tiene por qué mentir.

Y tú, escúchame bien, la próxima vez

que te encontremos en esta casa,

no tendremos compasión de ti. Ahora, vete. Vete.

- Gracias.

- Pero...

No entiendo lo que pasa en esta casa.

No hay reglas, no hay principios, ¡no hay valores!

- Tú no cantes victoria, Úrsula. Si sigues alcahueteando

a mi hija, vas a tener que irte de esta casa.

Vamos, Lucas.

- Señor, me da mucho gusto que usted

pueda empezar a llevar una vida normal.

- Las investigaciones de Von Sirak son muy serias.

Él asegura que si se encuentran suficientes flores,

podrá formular un medicamento.

- Es una suerte que usted sepa dónde se encuentran

esas flores. - Y, por pura casualidad,

Boris. Cuando era un niño las encontré.

Es una pena que estén en el único lugar del mundo

al que no pienso regresar.

- Pero, señor. Yo le aconsejo que lo piense muy bien.

Se trata de su salud. Su vida puede depender de eso.

- Es una decisión tomada, Boris. No pienso regresar.

- Yo podría ir a buscar esa flor.

Sí. Si usted me indica el lugar exacto,

yo puedo traer esa flor.

O, es más, podríamos ir juntos a buscarla.

Nos disfrazamos y que nadie nos vea.

Señor, por favor.

Se trata de su salud. Su vida.

Úrsula: ¿Esta flor? ¿Fuente de vida?

No entiendo, mi niña.

- Sí. Eso fue lo que dijo Enrico.

Que es una flor muy especial.

Es única. Puede ser muy importante

para la vida de alguien.

- ¿De alguien?

¿Alguien como quién?

- No me dijo, pero podría jurar que, cuando lo mencionó,

pensé que estaba hablando de Hugo.

- Ay. ¿De nuevo con lo mismo, señora?

- No, no, pero es que no es un capricho.

De verdad, créeme.

Está bien, a lo mejor suena como una locura,

a lo mejor no es verdad, pero de todos modos,

yo pienso cuidarla y pienso hacer todo lo que Enrico

me pidió.

- ¿Usted está segura que vale la pena?

¿No serán inventos del hombrecito ese?

- No. Yo le tengo mucha confianza a Enrico.

Él es una buena persona.

Y es una persona de mucha sabiduría.

- Soledad cada vez me asombra más.

Pero ¿qué es lo que tiene en la mente y en el corazón?

Ese hombrecito debe ser un hombre oscuro

y esa flor un embrujo que yo pienso destruir.

[♪♪♪]

Hércules: Eres una traidora, Rebeca.

Debiste ayudarme cuando te lo pedí.

Ya verás cuando tu casa arda y te quedes sin nada, Rebeca.

Ya lo verás, te acordarás de mí.

- Con algo de suerte, no hay nadie en tu casa y

estás solita.

- No sería nada raro.

Mi tía se ha mantenido muy ocupada con sus asuntos

y Francisco está todo el tiempo en el diario

escribiendo sus artículos.

- Mmm. Considerando eso

y teniendo en cuenta esta llovizna, quizás,

lo más prudente sería que yo pase

y te haga un poco de compañía.

- Me conformo con uno de tus besos.

- Solo eso. - Ajá.

¿Qué te pasa, Arturo?

- ¿Qué me pasa? Eloísa, ya tenemos tres meses de relación.

Yo creo que podríamos tener un poco de intimidad.

- ¿Por quién me tomas?

- Por una mujer que sé que me desea

tanto como yo a ella.

- Creo que te estás equivocando conmigo. Mejor vete.

- ¿No te parece que estás exagerando?

- Lo que me parece es que no tienes la capacidad

de respetarme y, si es así, creo que es mejor

que no nos veamos más.

Francisco: Buenas noches.

Buenas noches. - Buenas noches.

- Disculpen que los moleste. ¿Me quieres explicar

qué está sucediendo aquí? ¿Arturo?

No. ¿No estarás tratando de propasarte con Eloísa?

No un caballero como tú. ¡Qué vergüenza!

- Que tengan buena noche. Hasta luego.

[♪♪♪]

- Veo que te estás tomando muy en serio

tu papel de mujer decente. Qué mala eres.

Eso me encanta.

- Vi lo que sucedió con Eloísa

y quiero decirle que yo tengo la manera de ayudarlo.

- No estoy pidiendo ayuda. Gracias.

- La conozco. Hemos vivido bajo el mismo techo

y, si usted quiere, yo puedo hacer que ella

le dé lo que usted tanto desea.

- Ah, ¿sí? ¿Y eso a cambio de qué?

- Necesito un trabajo.

Quiero alejarme de esta casa cuanto antes.

La situación con mi madrina se ha vuelto insoportable.

- Pero tú no pareces un peón.

- Pero podría convertirme en su secretario personal

y, a cambio, yo podría conseguirle

toda la información que usted necesita sobre Eloísa.

¿Qué dice?

[Relincho]

- Y, entonces, ¿don Hugo no piensa regresar nunca más?

- No.

Ni siquiera sabiendo que la cura de su enfermedad

puede estar allá.

- Boris, yo necesitaba ir a San Marino.

Yo quiero saber si la hacienda Montenegro

se vendió.

- Deberíamos decirle a don Hugo

que la señora Soledad nos la dio como pago

de las deudas de Alcides.

- No. No, ¿para qué?

¿Para qué le vamos a hacer más daño?

Acuérdate cómo se puso con lo del anillo.

Hasta me lo compró.

- Seguramente lo quiere para recordarla más.

Tú no debiste inventarle eso,

de que la señora Soledad había recibido joyas nuevas

de Alcides.

- Yo solamente lo hice por su bien.

Don Hugo necesita olvidarse de su pasado

y, para eso, solamente tiene que cambiar su manera

de pensar acerca de la señora Soledad.

- Es cierto.

A ratos don Hugo piensa que ella es una mujer buena,

sin detenerse a pensar todo lo que le hizo.

- Solo esperemos que esa hacienda se venda.

- No me explico cómo no hemos logrado venderla.

Esa propiedad es muy hermosa.

No más que tú.

[Risas]

Compradora: Es una casa muy bella.

Comprador: Estoy completamente de acuerdo.

- Sí. Es una casa muy bella, pero lo que ustedes no saben

es que esta casa está embrujada.

- ¿Embrujada? ¿A qué se refiere?

- Sí, está embrujada.

Ustedes saben que el señor Jeremías vivía

en esta propiedad y murió.

- Pero a su edad eso es normal.

Jeremías Montenegro era un hombre muy viejo.

- En eso tiene usted toda la razón, señora,

pero lo que sí es realmente misterioso

es la muerte de Hugo de Medina.

No solo murió después de vivir en esta propiedad,

sino que murió el día de su boda.

Y lo que le pasó a Alcides de Medina,

alma bendita, que en paz descanse, pobre hombre.

Después de vivir en esta casa, se suicidó en la mina.

- Pero no creo que la casa tenga nada que ver con eso.

- Últimamente, hemos escuchado gemidos, pasos,

voces, ruidos extraños.

- ¿Ruidos? ¿Qué clase de ruidos?

[Quebrazón de vidrios]

- ¿Estoy loca o ustedes oyeron esto?

Díganme que no estoy loca.

- No vamos. - Hasta luego.

No les conté la de los fantasmas.

Los fantasmas quieres tomar posesión de esta propiedad.

Yo no sé si tengo un intruso.

Feliz día...

Otros más que caen.

- No estoy de acuerdo con lo que estás haciendo.

- Mi amor, pero si esto lo hago por ti.

¿Para dónde vas?

- Me voy a la taberna.

Tengo un ensayo para la presentación

de la Dama misteriosa.

¿Vas a venir a verme con mi público

que sabe y conocedor de mi arte?

- Ay, pero, Guillermo, si yo te veo hacer el ridículo

todos los días. ¿Cómo me voy a arriesgar

a verte hacer el ridículo allá?

- Eso está por verse, señora perfecta.

Helena: Ay.

- Cariño, te acaba de llegar esta caja,

- Son todos los presentes que le di a Arturo.

- Y ahí hay una carta.

- "Creo que tenías razón.

Lo mejor para los dos es terminar.

Con respeto, Arturo de Linares".

Maldita sea. Todo salió mal.

- Cómo lo lamento, querida. No sé qué vas a hacer,

pero vas a tener que recuperar a ese hombre cuanto antes, ¿eh?

[Golpes a la puerta]

- Aquí está lo que encargó en la joyería, señor.

- Gracias. - Gracias, señor.

[♪♪♪]

- Siempre te voy a tener en mis recuerdos, Soledad.

Siempre...

pero no van a ser recuerdos de amor.

Serán recuerdos de traición...

recuerdos de traición.

- Buenos días, señora.

- Buenos días.

¿Sabes qué? Hace mucho tiempo no dormía tan bien

como anoche.

Úrsula: ¿Quiere que le traiga el desayuno?

- No, no, no. No te preocupes. Voy a, a aprovechar

para sacar la flor a tomar un poco de aire...

¿Y la flor?

¿En dónde está, Úrsula? Te dije que yo me encargaba de ella.

Úrsula: Yo no la he tocado, señora.

- Pero si anoche la dejé en esa repisa.

Y, entonces, ¿quién se la pudo llevar?

- Yo, Soledad. No es bueno tener plantas en el cuarto.

Te roban el aire que necesitas.

- Mi habitación está llena de plantas, tía.

¿En dónde está la flor?

- Había algo en ella que no me gustaba.

Esta flor iba a traer más desgracias a esta casa

porque venía de ese hombre.

Era mejor acabar con ella.

La destruí.

- ¿Que hiciste qué?

Úrsula: No corra, mi niña. - Soledad, ven acá.

Espera, Soledad.

- Ay, no. Ay, Dios mío.

¿Por qué hiciste esto, tía?

- Era sólo una planta, Soledad.

- No, es mucho más que una planta para mí.

- ¿Ya ves? Reaccionas como extraviada, Soledad.

Me asustas.

- ¿Por qué?

¿Por qué tenías que hacer esto, tía? ¿Por qué?

[♪♪♪]

Arturo: Buenos días, madre.

- ¿Y el joven es tu invitado?

- No precisamente.

Digamos que podría convertirse muy pronto

en mi secretario privado.

Mamá: Mucho gusto, señor.

- El gusto es mío, señora.

- ¿Y de qué depende que sea tu secretario?

- Sabes perfectamente, madre, que suelo tomar

una serie de pruebas a las personas

que podría contratar.

Hércules no va a ser la excepción.

- Estoy seguro que pasaré todas sus pruebas, don Arturo.

- Qué bien.

- Señor, lo busca la señorita Eloísa.

- Gracias. Permiso.

- Le aconsejo que la haga esperar.

Anoche ella no se portó muy bien con usted.

- No tenías ningún derecho a hacerme esto, tía.

- Lo hice por tu bien, Soledad. Tengo que cuidarte.

Para eso vine a esta casa, y si tengo que alejarte

de las malas influencias, voy a hacerlo.

No voy a dudarlo.

- Pues, no me estás cuidando con esto, tía.

Desde que llegaste a esta casa no has hecho más

que mortificarme con tus acusaciones

y con tus comentarios ridículos.

Hasta dices que soy una pecadora

por haberme enamorado de un hombre.

- ¡Lo eres!

Estás esperando un hijo de un hombre

que no era tu esposo.

Esa criatura que llevas en tu vientre

no es más que un bastardo.

- ¡Respétame y respeta a mi hija!

Mi hija es el producto de un amor verdadero.

- ¡De un amor enfermo!

¡Lleno de pecado y de lujuria!

- ¡Antonia!

No le hables así a mi hija. No sabes lo que dices.

- Eso. Sigue consintiéndola.

Sigue concediendo todos sus deseos,

y ya verás como esta casa se consume en la total ruina.

- ¡Basta, tía!

- El pecado trae sus consecuencias

y ustedes no quisieron entenderlo.

Lucas: Lo siento, hija.

- Está bien.

Úrsula, ayúdame, por favor. Ayúdame a rescatarla, ¿sí?

- Claro, mi niña. Voy por una maceta.

[♪♪♪]

- No me voy a dejar, papá.

No me voy a dejar vencer.

No me voy a dejar derrotar por nada.

- Me regresaste todos los presentes que te di.

Déjame decirte que me pareció muy grosero

de tu parte, Arturo.

- Déjame decirte, Eloísa,

que para mí es muy doloroso conservar objetos de una mujer

que no puede corresponder a mis sentimientos.

- No correspondo a tus deseos lujuriosos,

pero yo sí te quiero, Arturo.

- ¿Tú me quieres? Yo te deseo.

Eloísa, tú a mí

me gustas muchísimo

y, para mí, no hay nada más importante

que la pasión, pero como te respeto,

no puedo obligarte a que hagas algo que no deseas.

Así que creo que tienes razón

y lo mejor será que no nos veamos más. Adiós.

[♪♪♪]

- [Suspira]

¿Tú qué haces aquí?

- ¿No lo sabías?

Ahora soy el secretario personal

y consejero de Arturo de Linares,

tu expretendiente.

- Ahora me explico la reacción de Arturo.

¿Tú tuviste algo que ver, cierto?

- Digamos que algo tuve que ver, pero si quieres,

también te puedo ayudar a ti.

- Imbécil.

- Basta con que le diga un par de frases Arturo

y estoy seguro que volverá contigo. ¿Mmm?

- Ni lo sueñes, idiota.

Y, más te vale, que no te metas en mi camino.

[♪♪♪]

[Relinchos]

- El espectáculo en la capital va a estar buenísimo, Boris.

Ya quiero estás allá. ¿Te imaginas?

Nosotros entrando a la taberna muy elegantes,

codeándonos con gente muy importante.

Hasta la Dama Misteriosa.

Ella va a estar allá y aquí dice

que es una artista muy importante.

- Por favor, Marina. Guarda ese diario.

No quiero que don Hugo lo vea y se ponga mal.

Acuérdate que él no quiere tener contacto

con nada que le recuerde su pasado en ese lugar.

Marina: No seas exagerado, Boris.

Está bien que trabajemos para don Hugo,

pero eso no significa que tengamos que ser

igual de amargados que él.

- Marina, por favor, cállate. No te vaya...

no te vaya a oír, Marina.

Marian: Cállate.

Eso es lo único que sabes decirme desde que llegamos acá.

- Marina. Marina: Tenemos que estar

pegados a la amargura de don Hugo día y noche.

A él fue quien lo engañó la mujer.

Él es quien tiene esa rara enfermedad, no nosotros.

Entiéndelo, por favor. - Marina.

Hugo: Marina tiene razón.

Boris: Señor, fue... Por favor, discúlpela.

Marina, discúlpate con el señor, por favor.

- La verdad a veces es cruel, pero hay que asumirla.

Ustedes no tienen por qué cargar con mis penas,

ni con mi enfermedad.

Si lo desean, hoy mismo pueden regresar a la ciudad.

[♪♪♪]

- Otra vez el juego es mío.

- Un golpe de suerte, Fernández.

Bueno, me da la revancha, ¿no?

- Otro día. Tenemos que irnos.

- No. No me van a abandonar en este momento.

- Lo siento, Lucas,

pero hoy se presenta la Dama Misteriosa.

- Vamos, don Lucas. Mi esposa no va a ir.

A mí me sobra una boleta. - Yo no voy.

Me voy para la casa. - Ay.

No nos vas a engañar, Obregón.

Tú no tienes nada urgente que hacer.

Deberías acompañarnos.

Tu esposa no te va a regañar.

- Yo les agradezco que hayan trabajado para mí

durante todos estos años,

pero deben saber que no tienen ninguna obligación

de seguir a mi lado.

- Señor, lo que pasa es que Marina ha estado

un poco alterada últimamente.

Por favor, no tome en cuenta lo que ella dijo.

Dile a don Hugo que no fue tu intención incomodarlo.

- Boris tiene razón, patrón.

- Lo que pasa es que Marina, señor,

extraña mucho la ciudad.

Usted sabe, los amigos, todo aquí es tan diferente.

- Yo sé, Boris.

Yo sé lo que sacrificaron por seguirme.

Por eso, les repito, si quieren regresar,

están en libertad de hacerlo.

- Señor, puede estar seguro que nosotros

nunca lo abandonaremos.

Lo seguiremos acompañando y cuidando como hasta ahora.

- Y no saben cuánto se los agradezco, Boris.

Buenas noches. Boris: Buenas noches, señor.

- Ya se me olvidaba.

Venía invitarlos a cenar. ¿Aceptan?

- Será un placer. - Sí, señor.

Don Hugo nos acaba de dar la oportunidad de irnos

y tú la desaprovechas, Boris.

- Que te quede muy claro, Marina.

Jamás, jamás, por nada del mundo,

voy a abandonar a don Hugo. ¿Que no entiendes?

Su vida está en nuestras manos.

- ¿Y yo? ¿Yo no te importo?

- Marina, por favor.

Tú estás aquí. Estás conmigo.

[♪♪♪]

Esther: Estoy preocupada por tu relación con mi hija.

- Ella no quiere entender que solo quiero ayudarla.

Que todo lo hago por su salud,

por lo que pueda pasar con su bebé.

- Yo lo sé.

Siempre la has querido mucho.

- Espero que algún día pueda entender

que solo quiero ayudarla.

- Fuiste muy amable al venir a esta casa a ayudarnos.

Creo que Soledad te debe una disculpa y te la pedirá.

Ella es muy noble. Y cuando llegue Lucas,

hablaré con él para que esto no se repita.

- Soledad,

debes ser menos orgullosa.

Menos voluntariosa. Debes aprender a ser más humilde.

Debías sentir vergüenza por estar embarazada

de un hombre que no fue tu marido,

pero no tienes principios.

Este será tu castigo,

por inmoral.

- Afortunadamente, no se murió.

Mira, y aquí hay unas semillas para sembrar otras plantas.

¿Tú crees que fui muy dura con mi tía?

- [Su tía es una mujer muy extraña.

- Ay, yo sé.

Yo creo que no debí haberla gritado.

¿Ves? Ahora me estoy sintiendo culpable.

- No. Usted estaba defendiendo lo suyo

y ella solo quiere hacerla sufrir.

- Pero es que no puedo olvidar que mi tía está aquí

porque vino a ayudarme, ¿sí?

Yo creo que le debo una disculpa

y voy a tener que ir ahorita mismo a dársela.

¿Me tienes aquí?

- Estuvo deliciosa la cena, señor.

- Mañana, a primera hora, iremos a escoger

una hermosa casa.

- Como guste, don Hugo.

- ¿Eso significa que nos vamos a quedar a vivir acá?

- ¿Están seguros que quieren seguir conmigo?

- Por supuesto, señor. Marina y yo hemos discutido

el asunto y estamos de acuerdo en seguir aquí.

- En ese caso, iremos juntos y Marina nos ayudará a escoger

el que también será su hogar.

- Gracias, patrón.

- Hace un poco de frío. ¿Por qué no encienden la chimenea?

- Por supuesto, señor.

[♪♪♪]

Soledad: ¿Tía?

Tía...

¿Qué quiere decir esto? ¿Qué está pasando aquí, tía?

- Yo, yo solamente estaba arreglando la ropita del bebé

y, de pronto, se me cayó a la chimenea

y se está quemando.

- ¡Hay que hacer algo, tía! ¿Por qué no lo atinas...?

- ¿Qué haces ahí, Soledad? ¡Ay, ay, ay!

Ay, Dios mío. ¿Qué? Dios mío,

que alguien nos ayude. Que alguien nos ayude.

- ¡Tía, haz algo!

Antonia: ¡Auxilio! ¡Auxilio!

Marina: Patrón.

Boris, ¿qué le pasa al patrón?

- Señor, ¿me escucha?

- Algo le pasa a Soledad.

¿Qué pasa, Soledad?

¿Qué pasa? ¿Qué te sucede?

[♪♪♪]

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