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- Yo sé que me voy a morir,
y siempre quise ser tu esposa, mi amor.
Prométeme, prométeme que te vas a casar conmigo.
- Te propongo un trato.
Cuando te recuperes hablamos de esto.
Dejémoslos solos, para que hablen.
Si nos necesita, estamos afuera.
[♪♪♪]
- Hugo, siempre soñé con hacer una vida a tu lado,
y esperaba lograrlo ahora que te encontré otra vez,
pero eso ahora ya no va a poder ser,
ya no.
Por favor, al menos antes de morir
dame esa alegría, mi amor, cásate conmigo.
- No te vas a morir, Beatriz.
No te vas a morir.
- Te lo suplico.
Mi amor, te lo imploro, por favor,
concédeme ese último deseo.
- A ver, les hice una pregunta.
¿Qué están haciendo aquí? Y vestidos de esta manera.
[Gritos]
- Ay, señora Soledad, disculpe.
No fue nuestra intención meternos en su casa,
pero créame, tenemos un motivo de fuerza mayor.
- ¡Ningún motivo de fuerza mayor!
Ponerse la ropa de los dueños de la casa.
Guillermo, por favor, esto es un abuso.
- No, no. - No, no, no. Todo esto
fue para despistar. Yo le devuelvo sus cositas,
señora, y si entramos a esta casa fue porque...
- A mí no tienen que decirme nada,
nada de lo que hay aquí me pertenece.
Cualquier explicación se la tienen que dar a Boris.
- Yo no les creo nada, estos dos estaban robando.
- ¿Por qué mejor no los denuncias de una vez?
- No sea dramática, señora. - No, señora. No, no, señora,
la policía no. La verdad de todo esto
es que si nosotros entramos
a esta casa fue po-porque la gente de Arturo
nos estaba persiguiendo, ¿cierto, gatito?
- Ah, sí. Sí, señora.
Ese hombre nos estaba odiando terriblemente
porque la estábamos ayudando a usted,
entonces con sus hombres nos está persiguiendo
para cogernos y ahorcarnos.
Boris: ¡No les creo nada!
Guillermo, señora, no les crea nada.
Estos siempre están robando. Soledad: Boris, espérate.
Es que a lo mejor, a lo mejor es verdad
porque tú sabes que Arturo es una persona muy peligrosa.
- Puede que sí les quiere hacer daño.
- Es verdad, ella tiene toda la razón.
Además no solamente el señor Arturo,
el doctor Max nos está buscando, señora,
y nos quiere matar para meternos
en una fosa común y después abrirnos...
- ¿Max?
No entendí. Pero ¿por qué el doctor Max
querría buscarlos para hacerles daño?
Boris: Señora, estos siempre,
siempre están inventando cosas.
- No, señor, no es así.
No estamos inventando cosas, es cierto.
- Hugo,
en mi vida solo tuve ojos para ti.
Hugo: Yo lo sé.
- Nadie te amó ni te amará tanto como yo.
- Beatriz,
créeme, no sabes cuánto lo siento,
no haber correspondido a tu amor,
¿me perdonas?
- Mi vida.
No te angusties,
yo sé que para ti solo fui una amiga.
Tú te enamoraste de Soledad y,
y pensaste que ella te correspondería.
- No sabes cuánto me arrepiento
de haberle entregado mi corazón a la mujer equivocada.
- No, mi amor. No te tortures por algo que ya,
que ya no tiene solución.
- Tú siempre me amaste
de una forma tan bonita, tan intensa.
Perdóname,
perdóname, fui injusto contigo.
- Ahora puedes remediar tu error, mi amor.
Ah, ayúdame a morir en paz, mi vida.
- Beatriz.
- Uh, uh. Yo quiero irme
sabiendo que fui la esposa de mi único
y verdadero amor.
La esposa del hombre
más maravilloso del mundo,
el más bello.
Piénsalo,
por favor, piénsalo.
- Descansa,
por favor, trata de descansar.
Ya, ya no hablemos más.
- No. Sinceramente me parece muy extraño
lo que dicen porque el doctor Max
es un hombre muy pacífico.
Yo no veo por qué quisiera hacerles daño.
- Señora, por favor, no les crea nada.
Estos dos inventan lo que sea
con tal de justificar sus faltas.
Este par de ratas no son de fiar.
- ¡No!. - Ah, ¿que no somos?
- Nosotros sí somos gente de fiar,
y estamos diciendo la verdad,
lo que pasa es que la presencia de ustedes
nos pone muy nerviosos y mire yo cómo estoy.
Guillermo: ¡Muy nerviosos! - Sí, mire,
además mi marido también se pone muy nervioso,
se pone todo tonto, confunde las cosas,
empieza a decir cosas que no son, a disvariar,
decir incoherencias... - Gracias, gracias, gatita.
Yo puedo defenderme solo, sí, sí, señor.
- Pero la verdad de todo es que nosotros sí tenemos
mucho miedo de los hombres de don Arturo,
que de pronto nos hagan algún daño,
nos maten y, y además,
¿qué sería de este mundo sin Guille y su gatita?
- Boris, si piensas salir de la ciudad,
¿por qué no dejas que los Burke se queden
cuidando la hacienda?
En lo que consigues un comprador,
así ellos no van a estar desamparados.
¿No? Boris: Eh, señora.
- No, no me parece que esa sea la mejor solución.
- Mire, señora, si me permite, quisiera hablar
un momento a solas con este par.
Guillermo: Gracias, señora.
- Gracias, señora Soledad, gracias.
- Dijo a solas.
- Partida de ladrones.
¿Para eso los saqué de la cárcel?
¿Para eso los saqué de la cárcel, Guillermo?
- Ya, ya, ya, Boris, por favor, cálmese.
Le estamos diciendo la verdad,
el doctor Max nos está buscando para matarnos.
Ya lo hizo una vez, lo puede volver a hacer dos veces.
- No les creas absolutamente nada, Boris.
Son capaces de decir lo que sea con tal de salirse con la suya.
- Boris, nosotros somos leales a usted.
- Sí, señor. Ahora que don Hugo no está,
pues, le debemos a nuestro nuevo patrón,
o sea, a Boris.
Y preferimos negociar con él
que es nuestro nuevo patrón que con otra persona.
- Está bien. Los voy a dejar al cuidado de la hacienda,
pero solo porque don Hugo estaría agradecido con ustedes
por lo que hicieron por él.
Pero si llego a saber que me robaron.
- Don Boris, ¿usted cree que nosotros somos ra...
que lo vamos a...?
- Boris, Boris.
¿Tú les vas a volver a creer otra vez?
Boris: Solo por esta vez.
Pero si me fallan, los acabo con mis propias manos.
¿Entendido?
- Está pasando por una situación muy difícil.
- Así es.
Ya notó que Rita no es mi esposa.
- También noté que no es la única mentira.
- No fue mi intención involucrarlo, doctor.
Créame, no tuve otra alternativa.
- No tiene por qué darme explicaciones.
Ya le dije antes,
usted me parece una buena persona
y con eso me basta.
- Gracias. De veras, muchas gracias.
No sé que habría sido de nosotros sin su ayuda.
- Veo que no está enamorado de esa joven,
y aún así se siente responsable de ella, ¿no es así?
- Rita fue vejada,
luego la internaron en un sanatorio
para desquiciados mentales.
- La situación es bastante difícil.
Su compromiso con Rita
o como quiera que se llame.
- Sí.
El amor que siente Rita por mí ya le ha causado
demasiado dolor en el pasado, no es justo.
- El estado de salud de ella es muy grave.
Yo creo que podría hacerla feliz
si se casa con ella antes de morir.
Piénselo.
[♪♪♪]
- Lo que usted está haciendo es algo muy cruel,
a nadie se le puede obligar a casarse
y menos con una mentira como esta.
- Nadie te pidió tu opinión.
Así que mejor cállate
y recuerda el dinero que te ofrecí.
- Usted se está recuperando y podrían descubrir
que todo esto es un engaño.
- Eso no va a pasar, porque para eso estás tú.
Tienes que hacerles creer que sigo mal,
muy mal, y después de que me case con Hugo,
empezaré a mejorar.
Será como una curación milagrosa,
como un milagro de amor.
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪
♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame. Sálvame. ♪
♪ Despiértame otra vez. Otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No. ♪
♪ No. ♪
♪ No... ♪
♪ Bésame. Bésame. ♪
♪ Hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
Soledad: Boris, lamento mucho que te vayas de la ciudad.
Hay muchas cosas que me gustaría
poder hablar contigo.
- Es mejor que dejamos la memoria de don Hugo
en paz, ¿no le parece?
- Yo quiero que Hugo esté en paz,
lo que pasa es que como tú fuiste su hombre de confianza,
pues, debes saber muchas cosas sobre él
que yo no tuve el tiempo de conocer.
- No se desgaste con palabras, señora.
Los hechos hablan por sí solos.
- No hables así. Boris, tú sabes todo lo que ha sufrido
la señora Soledad después de la muerte de don Hugo.
- Yo siempre respeté a mi patrón.
No me gustaría manchar su memoria con palabras vanas.
- Señora, vámonos. Usted no tiene nada más
que hablar con este par. - Un segundo.
No saben cuánto lamento que estén pensando eso de mí.
[♪♪♪]
Guillermo: ¿Qué pasa, Burkecita?
¿Te sientes mal con ese vestido?
No me digas que saliste alérgica
a los vestidos elegantes.
- ¿Cómo se te ocurre, Guillermo?
No, ¿sabes a qué me da alergia?
A pensar que el tal Enrico está por allá
buscando ese tesoro y sin nosotros.
- Tranquila, mi Burkecita. Toma, refréscate, refréscate.
No pienses más en eso, Burkecita.
Para mí ese es un pequeñito en el que no se debe confiar,
todo ese cuento del tesoro debe ser una fantasía
de su cabecita pequeñita.
- Pero si tú mismo dijiste
que el tal Jeremías era un hombre muy, muy rico.
- Sí. El viejo Jeremías tenía fama de ser uno de los hombres
más ricos de la región.
- Por eso. En algún lugar debió esconder su riqueza.
- Sí, es verdad, es verdad.
Burke, estamos perdiendo una fortuna, Burkecita.
¿Qué estamos haciendo aquí? ¡Vamos a buscar a ese Enrico!
- No entiendo estas palabras,
es como si estuvieran en otro idioma.
Tengo que acomodar las letras, acomodar las letras.
[♪♪♪]
- La señora Soledad a veces me desconcierta,
a veces parece tan sincera,
como si en realidad le hubiera dolido la muerte de don Hugo,
como si en realidad lo extrañara
y lo hubiera amado tanto.
- No hay duda que es una mujer muy astuta,
con esa carita de niña inocente que engaña a cualquiera.
No me digas que ya te engañó a ti también.
- Es extraño que nos haya querido entregar
la hacienda Montenegro
si en realidad estaba tan interesada
en los bienes de don Alcides, como si en realidad...
No, Marina, esa residencia es muy costosa,
¿para qué iba a quererse deshacer de ella?
- Sabrá Dios que enredos se traiga en la cabeza,
pero de que es una traicionera,
es una traicionera, Boris.
- O en realidad quería a mi patrón,
y todo lo que nos dijo fue verdad.
- No, no. Si ella hubiese querido a don Hugo,
no se hubiera casado tan rápido con don Alcides.
Que no se te olvide
que se casó con su hermano gemelo, no la justifiques.
- Creo que tienes razón.
Además ellos siempre engañaron a mi patrón,
y ella está esperando a un hijo de don Alcides.
[relinchos]
[♪♪♪]
Esther: Soledad está embarazada.
Dr. Max: ¿Embarazada?
- Es importante que sepa que el hijo que espera
es de Alcides de Medina.
Beatriz: Prométeme.
Prométeme que te vas a casar conmigo.
Médico: El estado de salud de ella es muy grave.
Podría hacerla feliz si se casa con ella
antes de morir. Piénselo.
[♪♪♪]
- Úrsula, ya, deja esa cara.
No puedes estar molesta conmigo toda la vida.
- Perdóneme, mi niña, pero es que estoy muy molesta
con Boris y con Marina.
Usted debió haberlos puesto en su lugar.
- Ellos creen que yo lo traicioné.
Yo no los puedo juzgar, finalmente era su patrón
y ellos lo querían mucho.
Esther: ¡Hija! ¿Cómo te fue?
¿Lograste arreglar las cosas con ese señor?
¿Les pagaste lo que te prestaron?
- Eso y más, señora.
- ¿A qué te refieres, Úrsula?
- La señora Soledad decidió darle
la hacienda Montenegro a Boris. Mejor dicho, se la regaló.
- ¿Que hiciste qué, hija?
- Mamá, yo te dije que no iba a recibir nada
que fuera de Alcides.
- Pero, pero ¿cómo le vas a dar la hacienda?
Tú sabes la situación económica que estamos
viviendo, esa hacienda vale demasiado dinero.
- Mamá, déjame explicarte. - ¡No!
Tienes que retractarte,
no te voy a permitir que hagas eso.
- Ya no hay nada que puedas hacer,
firmé un documento y se la entregué a Boris.
No hay marcha atrás.
Un momento. - Esther, hija,
por fin una buena noticia.
Debemos ir a recoger a mi hermana Antonia,
acabo de recibir su telegrama de respuesta diciendo
que con gusto vendrá a cuidarte.
- Ay, hace mucho no veo a mi tía,
¿por qué no vamos todos a recoger a la estación?
- No, señorita.
Demasiada actividad has tenido hoy
y el médico dijo que debes guardar reposo,
así que permaneces aquí en la casa.
Voy adentro y ya nos vamos, Esther.
- Cometiste un grave error.
Por culpa de tu orgullo vamos a tener que vivir todos
en la pobreza, qué decepción, Soledad.
- ¿Piensas contarle a don Hugo
que le prestaste dinero a la señora Soledad?
- Por supuesto, es su dinero, no el mío.
- Pero me parece que don Hugo se va a molestar
cuando se entere que le prestaste dinero
a esa traidora para pagar deudas
de su hermano Alcides, que no era muy bueno
con don Hugo que digamos.
Boris: Nunca le he ocultado nada a mi patrón.
Marina: Pero yo te lo digo es por su salud,
para evitarle disgustos, Boris.
- Creo que tienes razón,
si es por eso, no le voy a decir nada.
Marina: Así está mejor.
Mira, ¿está muy bonito, no?
- Precioso. Pero ten cuidado, que no lo vea don Hugo.
Hay que hacer todo lo posible por que olvide
a la señora Soledad, de lo contrario, ese recuerdo
puede acabar con su vida.
- Como tú digas.
Hugo: ¿Cómo está, doctor?
Médico: Su estado sigue siendo crítico.
No ha presentado ninguna mejoría.
- Mi amor, estás aquí.
- Estoy aquí, estoy aquí,
pero no te esfuerces por favor, aquí estoy.
Beatriz: Me siento feliz
solo con saber que estás a mi lado.
- Te tengo una buena noticia,
me voy a casar contigo.
[♪♪♪]
Fiscal: Usted no ha conseguido ninguna prueba sólida
para presentarle al juez,
en el caso de Arturo de Linares.
¿Qué pasa con ese asunto, Duarte?
- Estoy investigando, pero los hombres
de ese delincuente son muy leales,
ninguno ha querido abrir la boca.
Es cuestión de tiempo, señor fiscal.
- ¿De tiempo? El tiempo se acabó,
sin pruebas no puedo seguir con ese hombre preso,
no me voy a exponer a que doña Gladys de Linares
me demande por abuso de poder.
- ¿Qué pasa, señor fiscal?
¿No tuvo miedo cuando acusó a Hugo de Medina
por haber abusado de Beatriz de Linares?
Sabiendo que era un hombre poderoso,
¿por qué tanto temor ahora ante este malandrín?
- No me cuestione, Duarte.
Yo solamente me apego a lo que dice la ley.
- ¿Qué es lo que quiere decir, señor fiscal?
- Que no puedo esperar más.
Si no hay pruebas contra Arturo de Linares,
debe liberarlo.
- Está cometiendo un grave error.
- Obedezca, inspector, o hablaré con el juez Fernández
para que lo multe, por desacato a una orden superior.
- ¿Lo dices en serio?
Hugo: Sí.
- ¿Te casarás conmigo?
- Esta misma tarde buscaré al notario de esta ciudad
y nos casaremos cuanto antes.
- Soy la mujer más feliz del mundo.
- Lo felicito, Sebastián.
Está haciendo lo correcto.
[♪♪♪]
- El fiscal ordenó que lo dejara en libertad,
así que puede irse.
- Yo sabía que tarde o temprano se iban a dar cuenta
del error que estaban cometiendo,
y me iban a dejar en libertad.
- Que le quede claro que si por mí fuera,
usted todavía estaría encerrado.
Sé que usted no es inocente,
pero reuniré las pruebas que me hacen falta
y entonces... - Y entonces veremos, Duarte.
- Le advierto
que cuando cometa un solo error,
un solo error, no dudaré en encarcelarlo de nuevo.
- Ya veremos quién cae primero, inspector.
Soledad: Espero que con la llegada de mi tía,
mi mamá se tranquilice
y entienda que lo que hice
con la hacienda Montenegro fue lo mejor.
- ¿Quién sabe?
Doña Esther no es como usted.
Bueno, nadie es como usted.
¿Regalar semejante casa?
- No. Esa casa no es mía.
Además, mi mamá tiene que respetar
y entender mi decisión,
y en este momento lo más importante
es la llegada de mi tía.
- A mí esa visita no me da buena espina,
la señorita Antonia es tan difícil.
- No.
Yo estoy feliz de que venga,
sobre todo porque dice que quiere cuidarme.
No sé, siento que voy a estar más tranquila.
- Qué bueno por usted.
- Mi tía es una buena persona,
además, yo tengo maravillosos recuerdos
cuando iba de vacaciones a su casa.
Ella fue quien me enseñó a tejer,
seguramente vamos a hacer muchos vestidos para mi bebé.
- Me imagino que
ahora que su tía esté aquí, usted ya no me va a necesitar.
Tal vez lo mejor será que yo me vaya.
- No, ah.
Úrsula,
Úrsula, ven, mírame.
Yo no quiero
que estés celosa, para nada,
tú eres mi mejor amiga.
Tú sabes que tú eres mi confidente,
eres mi fiel y leal compañera,
la única persona que sabe todos mis secretos.
Eres mi hermana, esta siempre,
siempre va a ser tu casa, te lo juro.
Úrsula: Gracias, mi niña.
Lo que pasa es que
yo creo que con llegada de la señorita Antonia
las cosas no van a ser tan sencillas como usted piensa.
- Esther, ahí está Antonia.
Antonia, hermana, bienvenida.
Antonia: Lucas, gracias.
- Antonia, me da gusto verte.
- A mí también me da mucho gusto verlos.
Lucas, luces un poco envejecido,
¿la vida te ha tratado muy mal?
- ¿Qué cosas dices? ¿Cómo has estado?
- Cuñada, en cambio tú te conservas como siempre,
bien.
Cuando recibí tu telegrama me sorprendí mucho,
sobre todo de que Soledad estuviera casada
y que ya esté esperando un bebé.
¿Por qué no me avisaron de la boda?
- Sabemos que no te gusta salir de tu casa,
últimamente te has convertid... - ¿No me estás ocultando algo?
- Claro que no, Antonia.
Tú siempre tan desconfiada.
- Esther, ¿no es conveniente que mi hermana
sepa toda la verdad?
- No, Lucas, ya encontraremos el momento para decírselo.
- ¿Decirme qué, Esther? Se trata de Soledad, ¿verdad?
- No comprendo qué quiere decir con esto don Jeremías.
No, no, no, no, no se entiende nada, no.
A ver:
Balticus,
Dayana, Habitus, Sarata,
Tola, Leque,
Artus, Vente,
Kaktiles, Racca, Leticicci,
Tashba.
¡Oh, está temblando,
está temblando! Se está acabando el mundo,
se está acabando el mundo, ay, se está acabando el mundo,
se está acabando... - ¡Lo tengo, aquí está!
- Bien hecho, Guillermo.
¿Qué creíste, que nos ibas a dejar sin el tesoro, ah?
- Suéltenme, déjenme ir.
- No, no, no, no, no, señor.
¿Dónde está el papel que sacaste de la mansión?
- ¿Estás oyendo? Mi gatita te está hablando,
¿dónde está el papel? - ¿Dónde está el papel?
Enrico: No. - Vamos, Guillermo, quítaselo.
¡Míralo! Ahí lo tiene.
- No, no. No lo vayas a leer,
no saben lo que ocurrió hace poco, por favor.
- Ya deja de decir tonterías que todavía no ha nacido
el hombre que me diga lo que yo tengo que hacer.
- Sí, señor. Todavía no ha nacido, ¿oyó?
-Maticus,
Dayana, Habitus, Sarata,
Tola, Leque, Artus, Mete,
Kaktiles, Racca, Leticicci, Tashba.
- ¿Ve? Se los dije, ¿sí ve?
Guillermo: ¿Qué está pasando, gatita?
Enrico: ¿Sí ve? - ¿Qué pasa?
Gatita.
[Gritos]
[Risas]
- No sé lo que hiciste, pero conseguiste,
con la ayuda de tu amigo el periodista,
que el inspector Duarte,
muy a su pesar, me liberara.
- Te dije que mi amigo tenía grandes influencias
y que podríamos ayudarte.
- Te quedo infinitamente agradecido.
No solo eres una mujer hermosa, sino que además eres audaz,
lo que se me hace irresistible.
- Estoy muy feliz de que estés libre,
y estoy segura que tu madre se pondrá
muy contenta al verte.
- Ah, mi madre, sí, sí, estoy seguro,
pero supongo que podremos comenzar a ser amigos.
- ¿Cómo te atreves?
No te equivoques conmigo, Arturo.
- Eloísa. Yo te gusto, si no fuera así,
no me habrías ayudado.
- Pensé que eras un caballero, pero por lo visto me equivoqué.
- ¿Estás segura de que te equivocaste?
- Basta. Estoy muy decepcionada de ti, por favor, vete.
[♪♪♪]
- Bravo, bravo.
Estuviste soberbia.
- ¿Realmente crees que logré convencerlo
de mi dignidad de señorita?
- No sé, creo que exageraste un poco.
¿Qué no te da miedo asustarlo y que no regrese?
- Ah, para nada. En muy poco tiempo Arturo de Linares
estará comiendo de mi mano, me casaré con él
y le podremos sacar una gran tajada de su fortuna.
[♪♪♪]
- Así que fue Eloísa quien te ayudó a salir
de la cárcel.
- Así es. Eloísa y su amigo, el periodista.
Gladys: Eso habla muy bien de ella.
Se nota que tú le agradas mucho, hijo.
- Mh, madre. Eloísa
es una mujer muy hermosa
y además se nota que tiene clase,
pero no estoy seguro de querer llevarla al altar, madre mía.
- Deberías hacerlo.
El matrimonio es un asunto de conveniencia,
y si ella es digna de ti,
debes cortejarla.
- Eloísa es una fiera
que necesita ser domesticada,
y va a ser mía,
pero no esperes que la convierta en mi esposa.
Jeremías: Enrico. - Ay.
Jeremías: No temas,
no te voy a hacer daño.
- ¿Don Jeremías?
- ¿Por qué tienes miedo?
Siempre fuiste como un hijo para mí.
- Pero, don Jeremías, ¿usted cómo hizo
para salir del más allá?
- Tú me trajiste de regreso, gracias a ti estoy aquí
de nuevo. Al leer el conjuro rompiste el hechizo y liberaste
mi alma, ¿lo ves?
Ahora puedo moverme,
ya no estoy condenado a esa silla de ruedas
que tenía en vida. Ven, vamos a tu refugio,
a que no me alcanzas.
Antonia: Todo esto que me cuentan es terrible.
¿Entonces la criatura que está esperando Soledad
no es hijo del difunto esposo, sino del pecado?
- No tienes que ser tan dura para decirlo, Antonia.
- ¿Cómo le llamarían ustedes a todo este desastre?
- Fue una equivocación de nuestra hija.
Algo que nunca debió suceder.
- Claro que nunca debió suceder,
siempre se los dije.
Ustedes fueron demasiado débiles en el trato con Soledad
y ahora todos tenemos que pagar
las consecuencias de su pecado.
- Soledad solamente fue víctima del amor.
- Sí, de un hombre que se aprovechó de su inocencia.
- ¿Están seguros que la gente no sabe que el hijo
que está esperando no es del esposo con el que se casó?
- Sí, estamos seguros.
Todos piensan que el hijo que está esperando
es de su marido.
- Por lo menos hay una bendición.
- Si te pedimos que vinieras,
es para que cuides de nuestra hija,
para que estés con ella.
Sabemos del inmenso afecto que mi hija te tiene.
- Y yo a ella,
pero una cosa sí les aseguro.
No voy a descansar hasta que Soledad enderece su camino.
No me quedaré tranquila hasta que mi sobrina
retome el camino del bien, eso se los aseguro.
- No entiendo por qué me puso todas esas pistas,
no sabe lo que tuve que hacer,
y todo ¿para qué?
Para liberarlo del encierro del más allá.
- Pensé que estarías feliz al verme corriendo y caminando.
- Lo estoy, don Jeremías, lo estoy.
Pero es que usted me habló de un tesoro escondido.
- ¿Te parece poco tesoro haberme encontrado?
Gracias a ti regresé a la vida y ahora, mira,
con piernas ágiles y fuertes.
- Oh, don Jeremías, don Jeremías.
Pero es que usted...
No se porte como niño chiquito, ¿sí?
Por favor, don Jeremías, usted no está... ¿Don Jeremías?
¿Don Jeremías? Ay, Dios, ¿don Jeremías?
¿Don Jeremías?
Jeremías: Mírame, Enrico.
Yo ahora soy tu tesoro.
Soledad: ¿Tía? ¡Tía!
Qué alegría verte.
- Yo no pienso lo mismo, Soledad.
- ¿Qué? - Tus padres me han puesto
al tanto de todo lo que has hecho de tu vida,
de tus actos vergonzosos.
- Tía.
- Has dejado la imagen de la familia por el piso.
Pisoteaste el apellido Obregón y no contenta con todo eso,
estás esperando un hijo del pecado.
[♪♪♪]
- Lamento haber sido tan dura con Soledad,
pero no pude contenerme.
- Úrsula, lleva a Antonia a su habitación.
- Venga conmigo, señorita Antonia.
- Con permiso.
- Creo que fue demasiado dura.
Voy a tener que hablar con ella.
- No, no. Lo haré yo, Esther.
A mí tampoco me gustó cómo le habló a Soledad,
y si va a estar en nuestra casa,
tendrá que cambiar la manera de tratar a mi hija.
- Ya tengo los documentos falsos de don Hugo,
tengo que buscarlo en el canal.
Me preocupa mucho dejarlo tanto tiempo solo.
- Don Hugo va a estar bien,
¿por qué mejor no piensas en nosotros dos?
- No. No, no.
Lo mejor será que tomemos camino.
Hugo: En vista que nuestros amigos y familiares
están lejos de aquí, quisiera que usted y la enfermera
sean nuestros testigos.
- Con mucho gusto. - ¿Está todo listo?
- Podemos comenzar cuando guste.
- ¿Dónde está la novia? - En la habitación,
pase, por favor.
- Créame que lo admiro.
- Ella merece esta alegría antes de hacer la transición.
Médico: Rosa Amalia, ¿y la paciente?
- No, no sé, doctor, yo solo me alejé de la puerta.
[♪♪♪]
[Quejidos]
- Shh,
lo único que vas a conseguir es lastimarte,
porque estás muy bien amarrada.
No olvides que tú eres solo mía, Beatriz.
No te vas a poder separar de mí.
[Quejidos]
- Uno de los vigilantes lo vio salir vestido de enfermero,
por eso no lo detuvo.
- Quiere que me encuentre con él y pide una cifra
muy alta para liberarla.
- Hay que avisarle a las autoridades.
- No, no, no, no, doctor.
Recuerde, ella está muy
mal. Cualquier movimiento en falso podría ser fatal.
- Pero usted no puede enfrentar solo a ese maleante,
lo puede herir o hasta matar.
- Bueno, ese es un riego que tengo que correr.
No quiero que haya más gente lastimada.
Con permiso.
Lucas: ¿Por qué, Antonia?
Fuiste muy dura con mi hija,
no me gusto la forma como la trataste.
- A mí también me dolió, tenía que hacerlo, Lucas.
Alguien debe decirle la verdad a Soledad,
decirle que todo lo que hizo está mal,
que se va a condenar.
- Hermanita, ¿qué te pasa?
Estás distinta, diferente, eres muy estricta, radical.
- Los problemas endurecen el corazón,
y estos últimos años no han sido muy fáciles para mí.
Son cosas de las que no pienso hablar nunca,
solo puedo decirte que
perdí todo lo que tenía.
- Dios, Dios.
- La cabaña donde vivía tuve que venderla,
por eso cuando me enviaste el telegrama
decidí venir a esta casa.
Eres lo único que tengo, Lucas.
- Hermanita, Antonia,
esta es tu casa.
Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras,
créeme. La situación económica no es la mejor,
pero vamos a salir adelante, ya lo verás.
- Lucas,
eres muy buen hermano.
Te prometo que voy a cambiar con Soledad,
pero ustedes también tienen que admitir
que todo este caos es por su culpa.
Úrsula: ¿No quiso comer nada?
Mi niña,
no le haga caso a su tía.
- Parecía otra persona,
nunca me imaginé que mi tía pudiera hablarme así.
Dijo que le fallé a mis papás,
y que mi hijo es producto del pecado.
- No quise ser cruel contigo, Soledad.
Si te dije todo eso es precisamente
porque te quiero mucho.
Déjanos solas, muchacha,
mi sobrina y yo tenemos que hablar.
- El tesoro sí existe.
- Entonces, ¿no me estaba mintiendo?
- Claro que no, tú sabes que a mí me gusta bromear.
- Con eso no se juega.
Dígame dónde tiene escondido el tesoro, don Jeremías.
- Primero tienes que seguir las pistas
que te irán llevando a él.
- Ya decía yo,
¿y ahora qué tengo que hacer?
- Me tienes que ayudar a ganarme el cielo.
- ¡Ay! ¿No quiere otra cosita más?
¿No quiere que le baje el sol y las estrellas
para que hablen con usted?
- Esto no es broma, Enrico.
Debo ganarme el cielo,
me tienes que ayudar haciendo ciertas cosas,
tú, a cambio, recibirás mi tesoro.
Ahora tendrás una misión hermosa,
cuidar a Soledad de Obregón.
- ¿La señora bonita?
- La vida de Soledad y de su hija están en peligro,
por eso necesito que estés a su lado, que las cuides bien.
- Momento, don Jeremías, un momento, don Jeremías.
¿Por qué tanto interés en la señora bonita?
Venía de un viaje muy largo, estaba cansada,
y cuando tus padres me contaron lo que había pasado
no pude medir mis palabras.
- Yo pensé que te iba a alegrar verme.
- Claro que sí, Soledad, me alegró, pero conoces
muy bien lo que pienso respecto a las sanas costumbres
y al respeto por los preceptos de Dios.
- Entonces, ¿enamorarse es un pecado?
Tía, lo que viví con Hugo
fue lo más maravilloso que me pudo pasar en toda mi vida,
si lo hubieras conocido,
sabrías de lo que te estoy hablando.
- Te entiendo más de lo que te imaginas, Soledad.
Y eso no quiere decir que estuvo bien lo que hiciste.
No te preocupes, ya tendremos tiempo para hablar
de todas estas cosas.
- ¿Eso quiere decir que te vas a quedar?
- Sí, hija.
Estás esperando un bebé
y ese bebé necesita de mucho cuidado.
Descansa, Soledad, tienes que recuperar fuerzas
para cuidar de esa criatura,
buenas noches.
- Buenas noches.
- ¿Y tú qué haces aquí?
- Estoy esperando por si mi niña Soledad necesita algo.
- Ya está dormida, vete a descansar.
[♪♪♪]
Lo siento, Soledad,
pero cuando esa criatura venga al mundo
no podrá vivir contigo,
es un hijo del pecado que solo traerá desgracias.
Yo misma te lo arrancaré de los brazos
por el bien de todos.
- ¿Por qué tanto interés en mi señora bonita?
- Ahora no te lo puedo decir,
ya lo sabrás a su debido tiempo.
Necesito saber si vas a cumplir con la misión.
- Claro que sí.
Mi señora bonita es una mujer pura, honesta y buena.
¿Cómo no la voy a ayudar?
- Cuando llegue el momento preciso
vas a recibir, no solamente el tesoro,
sino muchas otras cosas más, te vas a sorprender.
- Me van a sorprender, voy a tener tesoros,
voy a ser rico, voy a ser millonario.
Claro que sí lo voy a ayudar, mi amo.
¿Amo? ¿Amo?
¿Jeremías?
¿Jeremías?
Hércules: ¿Y a ti qué te pasa?
- ¿Qué crees? El maldito de la tienda
no quiere darme crédito.
Dice que no nos enviará los víveres
hasta que paguemos lo que debemos.
- Qué imbécil, iré a darle su merecido.
- Ay, Hércules, por favor. Todo lo quieres arreglar
a golpes, ¿por qué mejor no vas a buscar a Enrico?
- Ya te lo he dicho mil veces,
ese hombrecito desapareció.
- ¡Maldita sea, maldita sea, no quiero ser pobre!
No lo soporto,
no quiero volver a caer en la miseria,
algo tengo que hacer.
Marina: Fue muy hermoso.
Quisiera que no se acabara nunca,
¿Boris? - Mh.
- ¿Tú me amas?
- Claro que te amo.
Eres una mujer muy hermosa,
me has demostrado que eres muy valiente,
por supuesto que te amo.
- Yo también te amo,
pero me da miedo que corras tantos riesgos
al lado de don Hugo.
Yo me quiero casar, quiero tener hijos,
no quiero que te pase nada.
- No te preocupes,
no me va a pasar nada mh.
Lo prometo.
[Risas]
♪
Marina: Tengo que alejarte de don Hugo,
cuando vendas la hacienda Montenegro
te voy a convencer que nos quedemos con el dinero
para irnos muy lejos.
Hugo: ¿Beatriz?
¿Fabio?
¿Fabio?
[♪♪♪]
- Hugo.
Hugo, mi amor.
Amor, ¿dónde estás?
¿Qué sucede, mi amor?
¿Qué pasa?
[♪♪♪]
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