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[Voces indistintas]
- Esperen, esperen, esperen.
Esperen, esperen, tranquilos.
Tranquilos, no se ofusquen, miren.
No hay necesidad de la violencia,
¡podemos llegar a un acuerdo!
Omar: No queremos acuerdos, queremos nuestro dinero.
- ¡Ya! ¡Cálmense!
¡Miren cómo quedó mi casa!
¿Ustedes qué se están creyendo?
¡No tienen ningún derecho a venir a reclamar nada aquí!
¡Están locos todos! ¡Se enloquecieron!
- Cálmate.
[Todos gritan]
- ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya, cállense, ya! ¡Ya, escúchenme!
Yo voy a dar la cara por todo lo que les debe Alcides,
pero tranquilícense.
[♪♪♪]
[Aves trinan]
- Teniente, mi esposa está muy grave.
Usted no me puede detener,
yo tengo que quedarme al lado de ella.
- Eh, sí, teniente.
Él con su marido tiene que quedarse al lado
de ella por cualquier eventualidad.
- Ante la ley, no hay pretexto.
Usted tendrá que confiar en el doctor.
Lo que ocurrió allí en el hotel es muy extraño.
- Lo que ocurrió en el hotel fue un asalto.
Nosotros fuimos víctimas de un crimen.
Yo luego con mucho gusto iré a hacer mi declaración
y le daré todos los detalles de lo que ocurrió.
- Supongamos que yo le creo.
Bien.
Entonces, muéstreme una identificación suya,
señor Sebastián Montes.
- ¿Tesoro? ¿Yo dije tesoro?
- Sí. Dijiste: "Tesoro".
Ahora no te quieras pasar de listo con nosotros.
- Ah. Eh...
Ah, es que ustedes no me entendieron.
Es que las cosas que me dijo Jeremías
son como un tesoro para mí.
- Ay, sí, sí, yo sí lo entiendo, sí está claro.
Se nota que tú querías mucho a tu patrón,
como yo quise a don Hugo después.
- ¡Ay, no seas idiota, Guillermo!
¿No te estás dando cuenta que este nos vio la cara?
Está bien, no somos muy inteligentes,
muy brillantes, pero tampoco.
Sabemos distinguir los mentirosos como tú.
Y no nos vamos a dejar engañar de ti, chiquitín.
- ¿Cómo fue que me dijo?
- ¡Eh, no! No, no, no, señor, no, no se...
No, permítame, señor.
Burke, cuidado con tus palabras.
Se nota que a este señor no le gusta que le hablen
de su estatura.
- Oiga, ¿es que ustedes no se han visto en un espejo?
Esa ropa parece prestada.
¡Ladrones! - ¡Ah! Cuidado con lo que dice.
¡Ah! - ¡Usted se calla!
- Eh, un momentito, señor... - ¡Usted también!
- ¡Ay!
Omar: Don Alcides nos quedó debiendo dinero a todos,
ahora usted es la heredera y no tienes que responder.
- Yo les voy a pagar.
Todas las deudas que Alcides tenía con ustedes
las voy a pagar, pero tienen que calmarse.
No pueden venir a la casa de mis padres de esa manera, por favor.
Un poco de paciencia.
- Con paciencia no se llena el estómago.
No se burle de nosotros.
[Todos hablan]
- ¡Ah, un momento!
Ustedes saben que el dinero que estaba en el banco
de Alcides desapareció.
Yo, yo no tengo efectivo para pagarles en este momento.
- Eso del robo es una mentira.
Eso se lo inventaron ustedes para no pagarnos.
[Todos hablan]
- No, no. ¡No tengo el efectivo!
¡No lo tengo!
Si lo tuviera, se los daría, se los juro.
- Yo les dije eso, pero no quieren entender.
- Por favor, señores, mi hija tiene razón.
Ella no tenía ni idea de que Alcides
tenía deudas con ustedes.
- Eso no se lo vamos a creer.
Usted es la viuda y nos tiene que pagar
todo lo que nos corresponde.
- Les voy a pagar hasta el último centavo.
Se los voy a pagar.
Pero deme un poco de, de tiempo
en lo que reúna el dinero, por favor.
Solo les pido un poco de paciencia.
- No, no, no.
Usted se quiere quedar con todo y no nos quiere pagar.
¡No nos moveremos de aquí hasta que nos pague todo!
[Todos hablan]
- ¡Por favor, papá!
Duarte: ¿Qué espera?
Quiero ver sus documentos y los de su esposa.
- El asaltante que nos disparó se robó los documentos.
- Ah... qué coincidencia.
No sé por qué siento que usted me está mintiendo.
Además, no lleva la argolla de matrimonio puesta.
Me gustaría ver a su esposa.
Seguramente ella sí la tiene.
- Lo siento, teniente, pero no puedo permitir
que siga molestando a don Sebastián así.
Le puedo garantizar que tanto él como su esposa
han sido mis pacientes por años y son muy buenas personas.
- Lo siento, doctor, pero esta mujer ha sido herida
bajo extrañas circunstancias.
- Con todo respeto, teniente, en lugar de estar interrogando
a don Sebastián,
¿no debería usted estar persiguiendo al asaltante.
- Ah.
Bien, voy a creer en su palabra doctor, porque lo conozco.
Puede quedarse con su esposa,
pero puede estar seguro que los voy a investigar.
[♪♪♪]
- Don Leonel, don Leonel.
- Sí, don Boris.
¿Cómo está? - Bien, señor.
Necesito que haga un trabajo para mí.
- Ajá.
- Se trata de unos documentos de identidad.
- No sé de qué me está hablando, don Boris.
Como puede darse cuenta,
mi especialidad son las antigüedades.
Lo lamento.
- Por favor, Leonel, conmigo no finja.
- Sé perfectamente que durante la guerra
usted le hacía documentos falsos a los renegados
que querían huir del frente.
Tal vez esto le refresque la memoria, ¿mh?
- Bueno, por tratarse de usted, voy a hacer una excepción.
¿A nombre de quién los documentos?
- Sebastián Montes.
- ¿Son para usted? - Eso no le interesa, señor.
Usted nada más cumpla con su trabajo
y en la tarde regresaré por ellos.
- Bien.
[Voces indistintas]
- ¿Qué escondes ahí, Marina?
- Nada.
- Dijiste que podía tenerte confianza.
¿Qué escondes ahí?
Marina, ¿qué escondes aquí? ¿Qué es esto?
¿De dónde sacaste este anillo? Marina, habla, por favor.
Dijiste que te podía tener confianza.
¿De dónde sacaste este anillo?
- Es de la señora Soledad.
- ¿Qué? ¿Le robaste este anillo a la señora Soledad?
¿Por qué hiciste esto, Marina? - Porque se lo merece.
Porque es una traidora y porque hizo sufrir a don Hugo.
- Aunque no estemos de acuerdo con lo que la señora Soledad
le hizo a mi patrón, eso no nos da derecho a ser ladrones.
Marina, ¿por qué?
Lo siento. Tendrás que devolverle.
- No, Boris. Boris, no me hagas eso, por favor.
- Lo siento, Marina, en este momento vamos a regresarlo.
Vamos.
Hombre 1: ¡Y claro, que nos pague!
[Todos hablan]
- ¡No le creemos nada, señora!
Si no nos quiere pagar, nos tomaremos las cosas
de esta casa ¡por la fuerza!
- ¡Ni se atrevan!
- Eso no es justo.
Esta es la casa de mis padres, no tiene nada que ver conmigo.
Si quieren, vamos a la Hacienda Montenegro
y se toman las cosas que hay allá.
Yo los acompaño.
¿Vamos?
Esther: Hija.
Hija, piensa bien lo que estás diciendo.
- Esa gentuza puede acabar con la mansión.
- Mamá, es lo que es justo.
Allá están las cosas que le pertenecían Alcides,
que se las lleven.
- Soledad tiene razón, Esther.
No tenemos por qué responder por las deudas de Alcides,
que se paguen con lo que hay en esa casa.
- ¿Y quién nos asegura que hay algo en esa casa?
Ese lugar ha estado solo por mucho tiempo.
A lo mejor, los ladrones ya la saquearon.
- La señora Soledad es una mujer de palabra.
Tienen que creerle.
- La mujer de don Alcides quiere tomar tiempo
para que la policía venga ¡y proteja sus casas!
[Todos hablan]
¡Paguen esos daños!
¡Doña Soledad es ladrona, igual que don Alcides!
Hombre 1: Sí, que los paguen, que los paguen...
[Todos hablan]
Francisco: ¿Qué está pasando? No puede ser.
Qué humillación está pasando Soledad.
Qué vergüenza.
Pero va a ser una estupenda noticia.
Eloísa: Hola.
- ¿Otra vez tú?
¿Y ahora qué quieres?
- Qué manera más descortés de recibir una visita.
- Perdona, lo que sucede es que no es muy agradable
estar encerrado en una celda.
- Si aceptas, Paquito y yo podríamos tratar
de ayudarte a salir.
Conocemos a los mejores abogados.
- Yo no necesito abogados,
Duarte está haciendo hasta lo imposible por dejarme encerrado.
Creo que incluso está comprando a mis hombres
para que me traicionen.
- ¿Que te traicionen?
Eso quiere decir que las acusaciones son ciertas.
- ¿Qué es lo que haces aquí, Eloísa?
¿Qué es lo que quieres? En verdad.
- Arturo, no busco otra cosa que ayudarte.
Me da mucha pena tu madre.
Ella sufre por lo que le pasa a sus hijos.
Tú estás aquí en la cárcel y tu hermana desaparecida.
- Te agradezco tus buenas intenciones, Eloísa,
pero no creo que puedas ayudarme.
- Por supuesto que sí.
Mi amigo Paquito es un periodista muy sagaz.
Entre los dos podríamos tratar de limpiar tu nombre
y así sacarte de aquí muy pronto.
Umaña: Los signos de su esposa parecen estables,
ahora solo nos resta esperar a que despierte.
Dejémosla descansar.
- Muchas gracias por ayudarme con el teniente, doctor.
Usted no me conoce.
Sé por qué lo hizo.
- No creo que su nombre sea Sebastián Montes,
pero no me parece una mala persona.
Tal vez por mi profesión he aprendido a conocer
a la gente, no sé.
- Se lo agradezco.
Ahora lo único que importa es que ella se recupere.
- Solamente una cosa.
Cuídese del teniente, es un hombre muy astuto.
Con permiso.
[♪♪♪]
[Todos hablan]
Soledad: ¡Ya les ofrecí!
¡Por favor, no hay necesidad de que lleguemos a esto,
se los juro!
¡Podemos arreglarlo de otra manera!
¡Por favor!
Úrsula, Úrsula, mis papás.
[Todos hablan]
[♪♪♪]
- Vamos por él, Burke. Vamos por él.
Helena: ¡Ah! ¡Au!
[Guillermo grita]
- Así que... ¡Ay!
Helena: ¡Ay! Guillermo: ¡Ih, mi ojito,
mi oj...! Vamos...
[Ininteligible]
Guillermo: ¡Corre, corre! ¡Corre, corre!
Helena: ¡No puedo!
Guillermo: ¡Va para el cuarto de don Alcides!
¡Corre, corre, corre! - ¡Ay...!
Esther: Fuera.
- No toque los libros de mi casa.
Los necesito.
Lucas: ¡Salgan de mi casa, miserables, salgan!
[Todos hablan]
- Un momento, nadie se lleva nada de mi casa.
Suele eso. Suele eso. - ¡A un lado!
Soledad: ¡Mamá!
¡Mamá!
¡Mamá!
Lucas: ¡Quite, salga de mi casa, salga!
Soledad: Tiene que existir algo que podamos hacer, mamá.
Lucas: ¡Salgan de mi casa!
Esther: ¡No es justo!
Lucas: ¡Suéltelo!
Suelte...
Soledad: ¡Ay, cuidado con mi papá!
¡No lo vuelva a tocar, atrevido! Se las ve conmigo.
- Cállate, bonita. Entrégame esa cadena.
Úrsula: ¡Suéltela!
¡Suéltela! Hombre 1: ¡Dámela!
- ¡Suelte a Soledad, suéltela!
¡A una dama no se le debe tratar así!
¡Ah!
¡Ah!
Boris: ¡Quietos!
[Disparos]
Nadie se mueva.
[♪♪♪]
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor, ♪
♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame, despiértame otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No. ♪
♪ No. ♪
♪ No... ♪
♪ Bésame hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
- Ojalá sea cierto que Enrico esté por aquí.
- Los campesinos dicen que lo vieron rondando la casa, señora.
- Ya verás que lo vamos a encontrar.
- Eso espero, porque entre pagar tus deudas de juego
y mantener esta casa se nos están acabando los ahorros.
Tenemos que encontrar ese tesoro a como dé lugar.
- Ese tesoro va a aparecer.
Si Enrico anda por estos lados,
es porque aquí se encuentra escondido el tesoro.
- Ay, ¿ya se te olvidó que desbaratamos esta casa
tratando de encontrarlo?
- Sí, pero en ese momento no sabíamos de las pistas.
Esta vez va a ser diferente cuando atrapemos a Enrico.
- Él entró aquí, yo lo vi.
- Ese hombrecito es muy extraño.
Parece un brujo, un hechicero.
- En esta casa están pasando cosas muy extrañas.
Debe existir un pasaje secreto, una salida secreta, algo así.
- Sí, sí, sí.
Eso es verdad, Gatita, porque cuando lo del incendio
de la señorita Soledad salió de aquí
y no se supo por dónde, nadie la vio.
Busquemos, busquemos.
¿Dónde? ¿Dónde?
Por acá.
- Guillermo, Guillermo, no hagas tonterías.
Mientras nosotros estamos acá, ese chiquitito sinvergüenza
debe estar quién sabe dónde.
Busquemos sí, pero fuera de la casa.
- No, pero ¿y vestidos de esta manera, Gatita?
No.
- Ay, pero, pues, si si nos ven, qué importa.
Van a pensar que somos los... ricachones
dueños de esta mansión.
Vamos, señor Burke.
Guillermo: Vamos, señora Burke.
[Helena ríe]
- ¿Cómo se atrevieron a entrar a esta casa de esta manera?
- Destrozaron todo.
- Solo estamos reclamando lo que nos pertenece.
Alcides de Medina nos quedó debiendo mucho dinero.
- Y yo ya les había dicho, se les va a pagar todo.
- No nos vamos a dejar engañar más.
Margot: Es verdad.
Además, tú no puedes impedir
que reclamemos lo que nos pertenece.
- ¡Suelten esas cosas, háganlo!
- No le tenemos miedo.
No va a poder contra nosotros. - No pienso pelear con ustedes.
Ahora soy un hombre rico y yo voy a pagar esas deudas.
¡Suelten las cosas!
Helena: ¡Agárralo!
¡Guillermo, agárralo! - ¡Quieto ahí!
- ¡Eh, eh!
- A ver, señor Enrico, tiene dos opciones.
O colabora y nos dice qué clase de tesoro es ese,
o si no, lo molemos a golpe.
[Risas]
Helena: ¡Ah!
¿Y tú de qué re ríes, grandísimo...!
- Cuidado, Burke. Cuidado con lo que le dice.
Ya sabes cómo se pone cuando le hablan de su...
- Sí, está bien, está bien. Entonces, grandísimo...
¡Grande!
- Oigan, es que, ¡es que son demasiado bobos!
- ¿Bobos? - Sí.
- ¡Más bobo será usted!
¡Ay! ¡Ay, mis ojitos! Mis ojitos.
Ay, Burke, no lo dejes escapar.
¡Burke! Burke. Lo tengo, Burke...
- ¡Ay, soy yo, soy yo! ¡Ay!
¿Te demoras tanto pa' comprobarlo?
Soy yo. - Ah.
- ¿Con que tú nos vas a pagar, guapo?
¿Mh? - Boris, no.
Tú no tienes por qué hacer esto.
Gracias por tu ayuda, pero no, yo no quiero que te molestes.
- Pero, mi amor, no tenemos otra alternativa.
Deja que les pague y que se vayan.
A mí tampoco me gusta, pero deja que les pague, ¿sí?
- ¿Te das cuenta lo desagradecidos que son?
- Guarda silencio, Marina.
- Donde tu patrón se entere lo que estás haciendo
con su dinero, no le va a gustar.
- Ya te dije que te calles, yo arreglo esto.
Señora Soledad...
no le estoy ofreciendo un regalo,
simplemente se trata de un préstamo.
- Eso, eso está mejor.
- Lo que están tratando es de enredarnos,
¡y no lo vamos a permitir!
- Sí, es verdad. Don Omar tiene toda la razón.
Somos muchos y no van a poder contra nosotros.
- ¡Ya les dije que yo les voy a pagar!
¡Suelten esas cosas!
Soledad: Silencio.
Yo no quiero que nadie más salga lastimado.
Así que voy a aceptar tu oferta, Boris.
- ¡Ya lo oyeron! ¡Dejen todo!
[♪♪♪]
- Gracias, doctor.
- ¿Qué pasa por su mente?
Lo noto tan atormentado.
Y no precisamente por Rita.
- Ay, doctor,
muy en contra de mis principios,
acabo de llegar a la conclusión que el amor,
el amor es una mentira.
- Habla usted con tanto resentimiento.
Como una persona que ha amado demasiado
y no ha sido correspondido.
- Usted que conoce tanto a las personas.
Explíqueme cómo es posible que hayan mujeres tan falsas,
pero tan falsas,
capaces de simular a la perfección
amor genuino por un hombre.
- ¿Quiere hablar más claro?
- Yo conocí a la mujer más pura, dulce,
y hermosa que jamás había visto.
La creí fiel,
la creí sincera,
tanto que por primera vez en la vida
decidí abrir mi corazón al amor.
Pero ella me mintió.
Ella me engañó con mi propio hermano.
- Lamento mucho que eso le haya sucedido.
- Fui elevado al cielo
y luego me arrojaron al peor de los infiernos.
- ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
¡Eso! ¡Eso!
Ay, Dios, qué cosas.
Un momento.
¿Mi amo qué quiso decir?
¿Mi amo qué quiso decir?
A ver, ¿qué quiso decir
con eso de que la pista está junto al mar?
¿Ah? Pero ¿cuál mar?
Si aquí no hay mar. ¡Ah!
¡Ah, no! ¡Auxilio! ¡No! ¡Déjenme salir!
- ¡Quieto, pequeño diablo!
Enrico: ¡Déjenme salir! - No te vas a ningún lado.
Enrico: ¡No!
- Te dije que íbamos a atraparlo.
Enrico: ¡Por favor!
¡Déjenme salir!
- Lo distraje con mis cosas.
Y usted ha sido muy gentil conmigo.
- No se preocupe, don Sebastián.
¿Ese es realmente su nombre?
- Por el bien de todos, dejémoslo así.
- Está bien.
Sé que está pasando por cosas muy fuertes en su vida.
- Nunca imaginé que el amor por una mujer
pudiera causar tanto dolor.
- Hay mujeres que por amor dan hasta su propia vida.
Hay otras, en cambio, que por amor llegan hasta a matar.
- Doctor, venga conmigo.
La paciente de repente dejó de respirar.
[♪♪♪]
- ¿Qué me van a hacer?
- Nada, no te haremos nada si nos dices dónde está
el tesoro de mi marido.
- No, no se lo voy a decir.
- ¡Habla, habla!
Enrico: No se los voy a decir. - ¿Qué dices? ¿Ah?
Enrico: ¡Ay! - Vas a tener que hablar.
O si no, te mueres.
- Agarraron al pequeñito, agarraron al pequeñito.
- ¡Ah, ah!
- Toma, mételo ahí.
- Uno, dos, tres.
- No reacciona, doctor.
No siento su pulso.
Umaña: Uno, dos, tres.
Enfermera: Nada, doctor.
Umaña: Uno, dos, tres.
Hugo: Doctor Umaña,
por favor, no se detenga.
Continúe con lo que está haciendo, yo lo voy a ayudar.
Umaña: Uno, dos, tres.
Uno, dos, tres.
- ¡Ah!
- ¿Cómo lo hizo?
- Es una técnica que aprendí en un viaje al Lejano Oriente.
Doctor, yo correré con todos los gastos.
Por favor, haga lo que sea necesario,
ella se tiene que recuperar.
[♪♪♪]
- Firme aquí, por favor.
- Eso me gusta, que se cumpla con lo que se promete.
- Soledad, señores, me voy.
Qué vergüenza acabamos de pasar todos aquí.
Lo raro es que la policía no se enteró de lo que sucedió
en este lugar.
- Ay, gracias, Paqui.
- Querida, estoy para servirte.
Señoras, Lucas.
Boris: Creo que eso es todo, señora Soledad.
- Boris, gracias.
No sé ni cómo agradecerte por todo lo que estás
haciendo por mí y por mi familia.
Eh, te prometo que te voy a pagar hasta el último centavo.
- Eso espero.
Tuvo suerte de que regresáramos.
Solo venimos a devolverle algo.
Marina.
Marina.
Marina: Creo que,
que esto es suyo, señora.
- No, ¿oíste lo que dijo esa señora?
Ella está hablando de las páginas de los libros
por los cuales casi nos mata ese miserable.
- Claro, y yo le entiendo el enojo a esa señora.
Es que esos libros están completamente rotos.
Bueno, ¿a quién le interesa un libro sin hojas?
A mí no.
- Ay, Burke, por lo visto,
esos golpes del enano te dejaron más bruto de lo que ya eres.
- ¿Qué?
- Ay, Burkecito. - Sí.
- Ponme atención.
Las páginas de esos libros...
en esas páginas deben estar las pistas
que nos conducen al tesoro de Jeremías.
- Ay.
Burkecita, entonces, si ese tesoro existe,
debe estar lleno de riquezas, ¿te imaginas?
El viejo Jeremías tenía fama de tacaño.
No creía en los bancos y todo lo guardaba en grandes cofres, uy.
- Y ese tesoro va a ser nuestro, Guillermo.
Y nosotros vamos a rescatar a Enrico.
- Sí, vamos a rescatar... ¿Qué?
- Sí. - No, Burke, no.
Claro que no. ¿No estás viendo? ¿Estás loca?
Mira eso, sino...
Mira eso, cómo lo está envolviendo
a ese pobre enano.
No pudimos con ese enano, mucho menos con ese hombrón.
Mira eso.
Es un animal, es una bestia.
- Sí, puede ser muy hombrón, muy animal,
muy bestia, muy musculoso, muy grande,
pero no es tan peligroso como somos nosotros.
Ni ese señor ni esa señora horrible
van a poder con nosotros.
- Somos tan peligrosos.
- Jm. Vas a ver.
- ¿Te lo robaste, Marina?
- Yo a ti no tengo por qué darte explicaciones.
- Deberías denunciarla por robo.
- Esther, por favor, nos acaban de ayudar.
- No voy a denunciar a nadie, mamá.
- Señora, si cree que le voy a pedir disculpas,
está muy equivocada.
Yo se lo vine a devolver porque Boris me obligó.
- Quédatelo.
- De ninguna manera, señora.
- No, yo quiero que se lo quede.
De verdad, de corazón.
Yo sé que ustedes piensan muy mal de mí.
Y yo quería poder hablar con ustedes,
aprovechar en algún momento y explicarles...
- No, señora Soledad.
Con todo respeto, yo no quiero que nos explique nada.
Esther: Él tiene razón, es mejor que te las arregles con él
para pagarle el dinero que nos prestó,
y que se vayan de una vez.
- Esther, por favor.
Si no fuera por ellos, tal vez estaríamos muertos.
- Mi mamá tiene razón.
¿Por qué no vamos a la Hacienda Montenegro
y les pago de una vez
con algunos de los objetos de la casa?
Yo prefiero salir de esto ya.
- Pero, señora, usted no debe salir.
- Es cierto, hija, tú no debes salir.
- Papá, ¿por qué no terminamos con esto? ¿Sí?
Úrsula, ¿me acompañas?
- A ver, ya, déjala.
Es mejor así.
Estos igualados no tienen por qué juzgar a Soledad.
[Quejidos]
- No se mueve. No se mueve.
Lo mataste. ¡Eres un imbécil!
¡Abre el saco, rápido!
[Crujidos]
¿Qué fue eso?
Cuidado.
- Así la quería ver. - Uy, Gatita, qué mano la tuya.
Menos mal que estoy bien contigo.
Hay que sacarlo, hay que llevárnoslo.
Vamos, vamos.
- Con estas cosas, estará saldada su deuda, señora.
- No, Boris. Todas estas cosas están usadas.
Pide lo que hay en el segundo piso.
- ¿Te callas?
Te dije que esto lo arreglo yo.
- Boris, escuché lo que dijo Marina.
Y quiero que sepan que por mí está bien,
pueden tomar todo lo que les guste.
- Señora, no le haga caso a Marina,
que ella no sabe nada de negocios.
- Señora, con esto es suficiente.
Mandaré a recogerlas.
- Es que no me refiero solamente a estas cosas.
En realidad quiero que firmemos los documentos.
Quiero que esta hacienda sea de ustedes,
yo no quiero tener cosas que pertenezcan a Alcides.
¿Les parece?
[♪♪♪]
- Si quería hacerme algunas preguntas
sobre el escándalo en casa de los Obregón,
ya le dije que nos enteramos demasiado tarde.
No entiendo por qué no quiso verme en mi oficina.
- Señor fiscal, se trata de algo muy delicado.
Escuche, estoy preparando un gran reportaje
que va a dejar grandes comentarios en esta ciudad.
Y sobre todo, lo mejor,
me va a dar mucho dinero.
- No me gusta su tono, Francisco.
- Mire, esto concierne a su esposa
y a su prestigiosa vida laboral.
¿No me entiende? ¿Verdad? Para ser más directo,
estamos hablando de su amante.
- ¿Amante?
- ¿Le suena este nombre? Milena de Granada.
Que, a propósito, es una señora casada de San Marino.
- Usted no puede hacer eso, Francisco.
¿Cuánto quiere por no publicar esa maldita nota?
- Oiga, respéteme, yo no le estoy pidiendo dinero.
Soy su amigo. Soy un periodista serio.
Mi obligación es informarle, nada más.
- Espere.
Podemos hablar, señor Morales.
Usted no puede arriesgar así mi reputación.
Seguro puede ofrecerle algo que a usted le convenga.
- ¿Ofrecerme?
Mmm, no sé, señor fiscal.
Déjeme pensar.
A Arturo de Linares le debo mucho dinero, así que no sé.
- Mire, hable claro.
- A ver, no me presione, estoy pensando.
Si usted dejara libre a Arturo de Linares,
él estaría muy agradecido conmigo,
me perdonaría la deuda y eso sería maravilloso,
¿no le parece?
- Señora, es absurdo que usted nos quiera pagar
con esta hacienda.
Cuesta mucho dinero.
- Te entiendo, pero ya les dije,
no me interesan las cosas que sean de Alcides.
- Si lo que usted quiere, señora Soledad, es demostrarnos
que nunca estuvo interesada en el dinero del señor Alcides
y de don Hugo, por favor, no pierda su tiempo.
Eso queda en su consciencia.
- Si quieren, entonces, solamente tomen
lo que les parezca y váyanse.
Marina: No, espere, señora Soledad.
Sí queremos la hacienda.
- Permiso, permiso.
Marina, Marina, por favor.
¿Qué va a pensar don Hugo? No podemos hacer eso.
¿Estás viendo lo que estás haciendo?
- Boris, piénsalo bien.
Si aceptamos la hacienda, solamente regresaría
a su verdadero dueño. Es lo justo, ¿no?
- Señora Soledad, no cometa una locura
de la que se pueda arrepentir después.
- Esta no es una locura.
A mí no me interesa la herencia de Alcides.
- Está bien, señora.
Si lo que quiere es darnos esta hacienda,
aceptamos, aceptamos su oferta. Nos quedamos con la hacienda.
- Ah, bueno, muy bien.
Entonces, esta hacienda será de ustedes.
Voy a buscar las escrituras para que las firmemos.
- No, no, señora, espéreme un momento.
Soledad: Úrsula. Úrsula: Señora...
Hércules: Rebeca, Rebeca, despierta.
Rebeca.
- ¿Dónde está?
¡Eres un completo idiota!
- No me culpes. Yo no sabía que nos estaban siguiendo.
¿Viste quién te golpeó? - Ay, no.
Todo pasó muy rápido.
- Por lo visto, hay más gente detrás del tesoro.
- Tienes que buscar a los que se llevaron a Enrico.
Encuéntralos ¡y mátalos si es necesario!
Tráeme a ese pequeño demonio.
¡Ah!
- Uy, Gatita, este lo que tiene de pequeñito lo tiene de pesado.
- Ay, Dios mío, pero no se mueve.
- Ay, tan tierno, míralo.
Parece un querubincito.
- Mh, ¿querubín?
Si fuera por el olor, yo diría que está muerto.
- ¿Muerto?
Descansa en paz, pequeño hombrecito.
Tu paso por este mundo no ha sido en vano.
Aquí en la Tierra, todos los que hemos sido tus amigos,
te recordaremos siempre.
- Eh, Guillermo, mh, mh, ¿te refieres a nosotros?
¿Nosotros amigos de este?
¡Ay, Guillermo, por favor, no exageres!
¡Ay! ¿A dónde crees que vas?
¡Ah, ah!
- ¡Suéltenme!
- ¡Uy, no seas malagradecido, que te salvamos la vida!
- Sí, señor, de ahora en adelante,
estás en deuda con nosotros.
Helena: Sí. - ¡Yo no les pedí
que me salvara!
- ¡Ih! Estoy harta de tus insolencias.
Estás en deuda con nosotros. Y ahora estamos juntos en esto.
- ¿Juntos? Helena: Mjm.
- ¿Juntos en qué? - Sí, juntos.
Y en agradecimiento por haberte salvado la vida,
deberías compartir ese tesoro con nosotros.
- Sí, señor, no te queda de otra.
Ahora somos socios, pequeñín. - ¡Ah!
- ¡Ay! ¿Cómo se pone...?
¡Ay! Ciérralo, ciérralo, ciérralo.
Atrápale esa mano.
- Soy Hugo, Beatriz,
yo sé que me escuchas.
Tienes que hacer un esfuerzo.
Tienes que esforzarte para que te recuperes pronto,
para que te alivies.
Aquí en el hospital estamos todos ansiosos
y contentos porque sabemos que te vas a despertar.
Anda. Despierta.
Despierta.
- Está por demás que le hable.
Ella no puede escucharlo, Sebastián.
- Doctor, en estado de inconsciencia,
la gente puede escuchar lo que pasa a su alrededor.
Créame.
- ¿Me acompaña a la oficina?
Hay unos documentos que tenemos que firmar.
[♪♪♪]
- Señora. ¿Está bien?
Beatriz: Escúchame.
No, no, espera.
Te voy a pagar muy bien.
Tienes que hacerles creer a todos que sigo muy grave.
- No la entiendo. ¿Por qué quiere hacer eso?
- Mira.
Esto es un adelanto.
Son unos aretes muy finos.
Tómalos.
Pero me tienes que prometer
que me vas a ayudar, ¿sí?
Nadie debe saber que desperté.
Nadie.
- Señora, por favor, no cometa una locura
de la que se pueda arrepentir después.
Usted no tiene que regalarle nada ni a Boris ni a Marina,
¡es un error! - Ya.
Tenme acá, que necesitamos una pluma.
¿Y esta arma?
Es el arma de Hugo.
Pero ¿qué está haciendo aquí?
[Relincho]
[♪♪♪]
- Marina.
Tú estabas con nosotras el día del asalto.
¿Me puedes explicar qué hace el arma que tenía
el asaltante aquí en la casa?
[♪♪♪]
- Logré que el fiscal soltara a Arturo de la cárcel.
- ¿Qué haría sin ti, Francisco?
Eres maravilloso.
- Gracias, amor.
Muy pronto vas a tener el terreno libre
para enamorar a Arturo, pero, por favor, con mucho cuidado.
No quiero que pierdas el control.
- ¿Por qué eres tan celoso?
Sabes perfectamente que con nadie la paso como contigo.
Eres lo mejor que ha pasado por mi cama.
- Y tú también.
Pero no puedo arriesgarme que te enamores de otro y me dejes.
Y lo peor de todo, sin un centavo.
No puedo arriesgar mi inversión.
[♪♪♪]
- ¿Por qué no me contestas, Marina?
Eh, ¿no te parece muy extraño que esta arma esté aquí?
Por favor, dime la verdad, ¿quién era ese hombre?
¿Quién?
- Solo un asaltante, señora. Creo yo.
- ¿Y entonces por qué el arma está aquí?
- Señora, señora, eh, si...
Tenemos prisa.
¿Por qué no continuamos con la firma de las escrituras?
- Boris, este es el arma que tenía Hugo, yo...
- Señora, por favor, por favor, no siga.
Esto la pone mal.
- Si gusta, señora, yo puedo conservar esa arma.
- No, no, no, yo, yo la quiero conservar.
Me la guardas, por favor. Boris: Como usted diga.
- Bueno, entonces, continuemos con la firma de las escrituras.
Ya la Hacienda Montenegro les va a pertenecer.
- Mi amo me aseguró que me iba a dejar el tesoro.
Pero tendría que encontrarlo con unas pistas.
Helena: Mjm. - ¿Pistas?
- Hm. - ¿Acaso tu amo
era un detective o qué?
Mira, pequeño hombre, ese cuento que nos estás contando
más parece un cuento fantasioso.
Parece una carrera de obstáculos
más que la búsqueda de un tesoro.
- Sí, sí, sí, yo también creo que es eso, porque,
porque es que eso del tesoro como que no existe.
Porque es que a don, a don Jeremías le gustaba
jugar mucho conmigo.
- Ah. - Un momento.
- ¿Eso quiere decir que tú no has encontrado el tesoro aún?
- No, sí, sí, sí encontré algo. - ¿Sí?
- Sí, sí, pero, pero es que mire...
Mire, mire, mire.
Aquí dice: "La próxima pista, eh, está junto al mar".
- Sí. - Y lo único que encontré
fue un cuadro con un océano.
- Un momento, un momento, un momento.
Pero ¿tú estás seguro que en la casa no hay otro cuadro de mar?
¿No hay...? - ¿No hay agua salada?
¿No hay arena? - ¿Arena?
- Sí, arena. - ¡Ah! ¡Ay! ¡Eres un genio!
- ¡No, señor, ningún Eugenio! ¡Me llamo Guillermo Burke!
- ¡No, que eres un genio, idiota!
- ¿Qué? - Las próximas pistas
están en las conchas que él coleccionaba.
Don Jeremías, él coleccionaba esas, ¡esas conchas!
- Ay, entonces, entonces vamos por esas conchas ya
antes de que alguien las agarre antes que nosotros.
Vamos, vamos, vamos.
- Perfecto.
Creo que ya está todo listo. Tenemos muchas cosas por hacer.
Tengo que conseguir vigilantes
para la hacienda mientras la vendo.
- ¿Me puedo quedar esto?
Es que me encanta el ruido que hace. Se parece al mar.
- Puedes quedarte con lo que quieras, Marina.
Todo lo que hay aquí es tuyo.
- Me encanta.
- No, Marina.
Prefiero que todo permanezca en su lugar.
- Bueno, nosotras nos vamos. Felicidades.
[♪♪♪]
- Doctor, la señora abrió los ojos por un instante,
pero su pulso está muy débil.
[♪♪♪]
- Yo creo que el tiempo de vida de su pobre mujer
está contado.
Debe prepararse.
[♪♪♪]
Helena: ¿Sí? - Sí, aquí están, aquí están.
- Bueno, ábrelo. Guillermo: Ábrelo, ábrelo ahí.
- Pero ¡rápido! Guillermo: ¿No es esa?
Enrico: No.
Ay.
Helena: ¿Así?
- Aquí está, aquí está.
¡Aquí está, aquí está, aquí está!
Aquí está, aquí está, aquí está.
- Ay... - Gatita.
Párate, ¿está bien? - Sí, estoy bien.
Pero no estaré bien hasta que no agarre a este chiquitín.
- ¡Tú por allá y yo por acá! Helena: Ven para acá.
Sí, sí, sí. - Ahora sí.
¡Aquí lo atrapé!
¡Ah, ay!
Helena: Guillermo. - Chiquita...
- Guillermo. - ¡Párate!
- ¿Y ese ruido?
[Golpes]
[♪♪♪]
- ¿Dónde está?
- Hace un ratito estaba por aquí.
- Tenemos que encontrarlo, Guillermo.
Tenemos que ir tras él.
- ¿Qué hacen aquí?
- Por favor, no nos mate.
Tenga misericordia de nosotros, por favor.
- Ay, ya, Gatita, ¿no ves que es Boris?
Eh. - ¿Y tú qué haces aquí?
- Eso les pregunto. ¿Qué hacen aquí?
- Esto es propiedad privada.
¿Quién les dio permiso de entrar?
[♪♪♪]
- Mi amor, estás aquí.
- No te esfuerces.
- Voy a tomarle el pulso. Enfermera: Yo lo haré, doctor.
[♪♪♪♪]
Está muy mal.
Siento muy lento su pulso.
- Sé que me queda muy poco tiempo de vida, mi amor.
- No, no, no.
- Tú fuiste mi único amor.
Hugo: Beatriz.
Por favor, tienes que ser fuerte.
Aquí todos sabemos que te vas a recuperar.
- No, aceptémoslo.
Me siento muy mal.
Mi amor...
yo quiero pedirte algo,
pero júrame que lo vas a hacer...
por mí.
- ¿Qué quieres?
Beatriz: Mi vida, yo...
yo no quiero irme de este mundo
sin antes haberme casado contigo.
Por favor.
Es mi última voluntad.
Por favor.
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