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- ¡Mamá!
¡Hay que ayudar a mi mamá! ¡No se la pueden llevar!
- No, no podemos hacer nada, mi niña, usted está muy mal.
- ¡No, yo tengo que alcanzarlos!
- No, no, no. Espera, hija.
No puedes arriesgar tu vida y la de mi nieto.
- Papá, pero, ¿qué vamos a hacer?
¡Hagamos algo! ¡Vamos!
- Seguramente esos hombres
eran de Arturo de Linares y te quieren presionar,
nos quieren presionar para que no lo denuncies.
- ¿Qué?
Pero, pero, ¡si Arturo Linares trató de matarme, papá!
Entonces, en ese caso, ¡que me lleven a mí!
- Pero, ¿por qué le hacen algo a mi mamá?
¿Por qué? - No digas eso, no digas eso.
Más bien pensemos en algo.
Ese hombre, aún en la cárcel,
es un hombre bastante peligroso, hija.
- No debí dejar que don Hugo se fuera solo,
estaba muy angustiado por lo que pasó
con la señora Soledad y eso puede ponerlo mal.
- ¿Quieres decir que le puede dar otro ataque
de esos horribles?
- De catalepsia.
La angustia aumenta las probabilidades
de que entre en ese estado.
- Ah, todavía me parece increíble, Boris,
que esa mujer lo haya engañado de esa manera.
- Siento mucha pena por él.
Todo se hubiera imaginado, menos que la señora Soledad
estuviera esperando un hijo de Alcides.
- Pero ¿quién iba a imaginarlo?
Con esa carita tan inocente que parece que no matara
ni una mosca, y mira, mató el amor de don Hugo.
- Y de qué manera.
Yo conozco muy bien a mi patrón
y sé que está muriendo por dentro.
La traición de la señora Soledad
no solo mató su amor, sino todas sus esperanzas.
Esther: Soledad está embarazada.
Max: ¿Embarazada?
- Es importante que sepa que el hijo que espera...
es de Alcides de Medina.
- Yo lo único que quiero es demostrarte
con un beso que tú eres el amor de mi vida,
tú eres el único hombre que existe para mí.
- ¡Eh, eh!
- Despacio. - No. Ay, no.
Es que todo lo que está sucediendo es por mi culpa.
- No, no digas eso, hija, todos queríamos
que levantaras esa denuncia porque esas cosas
no se pueden dejar pasar.
- Papá...
Es que por eso mismo es que tengo miedo,
porque ese hombre es muy peligroso.
Mi mamá está corriendo un grave peligro, papá.
¡Yo lo pude evitar!
- Nadie, nadie, nadie se imaginó
que Arturo de Linares fuera a reaccionar así.
Además, tú hiciste lo correcto, hija,
tu mamá quería que ese hombre recibiera su castigo.
- No se torture más, señora,
acuérdese de lo que el doctor le dijo.
- Ursula tiene razón, hija,
tú tienes que estar tranquila y en reposo.
Hija, yo voy a hacer que tu mamá regrese conmigo.
- No, no, papá, no, por favor.
No quiero que te pongas en peligro, por favor.
- Tranquilízate. Voy a hablar con Gladys de Linares.
Voy a hacer que ella, que es una mujer respetable,
convenza a su hijo para que no le haga daño a tu mamá, ¿hmm?
- Ah. Que Dios te...
Lucas: Ursula.
- que Dios te lleve con bien, papá.
- Ursula, cuídala, por favor. - Sí, señor.
- Yo voy a hacer que tu mamá regrese con bien, hija.
Cuídalos.
Marina: Boris...
¿qué estarían haciendo los Burke en el cementerio?
- Seguramente no han dejado el negocio con el doctor Max.
- ¿Qué "negocio"?
- Los Burke le conseguían cadáveres
al doctor Max para sus experimentos.
Fue gracias a ellos que mi patrón logró sobrevivir.
- Qué horror.
O sea, ¿que fueron ellos quienes lo desenterraron?
- Sí, porque le iban a vender el cuerpo
de don Hugo al doctor Max.
- Entonces el doctor Max es una muy mala persona.
- No, Marina, el doctor Max es un investigador apasionado.
Aunque no dejo de reconocer que es un hombre muy peligroso.
Max: Hmm, ¡maldita sea!
¡Lo que me faltaba!
¡que detuvieran a ese par de imbéciles!
Con los Burke presos cualquier cosa puede pasar.
¡Son unos inútiles!
Tengo que evitar que abran la boca.
Tengo que acabar con ellos.
Eloísa: ¿Qué pasó, Francisco? ¿Por qué vienes así?
- No sabes lo que me acaba de pasar.
¡Estuve a punto de abrir la tumba de Hugo de Medina
cuando de repente, aparecieron los vigilantes
del cementerio y casi me atrapan.
- ¿Cómo se te ocurrió hacer semejante tontería?
¡Era obvio que después del escándalo
que hubo esta tarde en el cementerio
esa tumba iba a estar vigilada!
- Me cercioré que el vigilante estuviera dormido.
Me supongo que empecé a cavar y se despertó.
- Esa obsesión tuya con Hugo de Medina
te está llevando demasiado lejos
y te estás arriesgando demasiado, Francisco.
¡Te han podido encarcelar!
- Eso no fue lo único extraño.
- Pues, déjame decirte que tuviste suerte,
porque si te hubieran atrapado,
en este momento estarías detenido
y le hubieras dicho adiós a tu carrera de periodista.
- Eso lo entiendo. Pero no nada más es eso lo peor.
¿Sabes lo que le hacen a los profanadores de tumbas
en esta ciudad?
- ¿Qué? - Van a la horca.
- ¿A la horca?
Y, ¿aún así insistes en ver ese cadáver?
¿Te volviste loco?
- Vaya, vaya, vaya, en verdad te importo.
Sientes algo por mí.
- Francisco, esto no es una cuestión de amor.
Somos socios, ¿recuerdas?
Tenemos que continuar con nuestros planes
para hacernos ricos.
Tienes toda la razón.
Debemos enfocarnos en buscar nuevos prospectos
para que los explotes...
ya que Alcides murió.
[♪♪♪]
- Así es, inspector, encontramos a este par
cerca de la tumba de don Hugo de Medina.
Dejaron una pala abandonada
y llevaban esta otra en la mano.
¡Esto quiere decir
que estaban profanando la tumba de don Hugo!
- ¡Protesto, señor inspector!
Protesto. Aquí lo que dice el señor calumniador
no es cierto,
nosotros estábamos en el cementerio,
no porque quisiéramos desenterrar al señor
Hugo de Medina, sino porque además queríamos...
- Porque, porque mi esposo es jardinero
Y un jardinero obviamente anda con una pala,
pues es su instrumento de trabajo.
Además, lo único que nosotros queríamos
era arreglar la tumba de don Hugo de Medina.
¡Pobre señor! Tenía la tumba toda desordenada.
- ¡Pobrecito!
¡Tan bueno que era ese pobre hombre!
¡Terminar en ese cementerio sin una florcita,
sin un anturios, sin gladiolo!
Duarte: ¡Bueno, ya, Burke!
¡No seas payaso!
Rojas: Arriba.
- Yo los conozco muy bien a ustedes
y sé de lo que son capaces.
Díganme,
¿qué estaban haciendo en la tumba de don Hugo de Medina
aparte de llevarle flores?
- ¡Ah! Pero ¡Si ya le dijimos!
Pero, claro, como usted no cree nada
de lo que nosotros decimos,
porque para usted nosotros somos lo peor.
¿Sí ves, mi amor?
Eso nos pasa por nuestros errores del pasado.
- Estamos perdiendo el tiempo.
- El señor Boris Monsalve contrató un par
de vigilantes exclusivos para vigilar la tumba de don Hugo,
y gracias a eso
fue que descubrimos a este par de ratas.
- ¡Nos vamos!
Duarte: ¡Bueno ya, ya! ¡Hagan silencio! ¡Silencio!
Enciérrelos. Rojas: Sí, señor.
- Cuando Boris Monsalve ponga la denuncia,
lo único que les esperará será la horca.
- No... Boris: Suéltelos, inspector.
No voy a presentar cargos en contra de ellos.
- Ay, don Boris. - ¡Eh, eh, eh! Venga acá.
Fabio: Puede irse.
Y ni se le ocurra denunciarme con la policía
porque le puede ir muy mal, ¿entendió?
¡Largo, largo de aquí!
- ¿Y?
- No tuvimos suerte.
Eran un par de campesinos muertos de hambre,
no traían nada encima.
- Eres un imbécil, Fabio, escogiste a los peores.
- Así es este negocio, y te vas a tener que acostumbrar.
Un día se tiene suerte y otro día, no.
- Ajá.
- Tal vez en la noche nos vaya mejor.
Antes de trabajar para tu hermano
me dediqué mucho tiempo a esto, y créeme, me iba muy bien.
- Ay, por favor. ¿En serio esperas que te crea?
Tú eres un torpe,
eres un pobre idiota al que todo le sale mal.
- Cuida lo que dices. No me gusta que me hables así.
- Ay, si no te gusta que te hable así,
no me metas en esto.
Yo no soy ladrona, Fabio, esto no me gusta.
- ¡Pues, te guste o no, vamos a seguir robando los caminos!
Y no se te olvide que las cosas se hacen como yo digo,
¿entendiste?
- Pero no entiendo, don Boris,
ellos trataban de saquear la tumba
de don Hugo y usted no piensa presentar cargos.
- Y además, después que usted pagó
vigilantes exclusivos para que no se acercara nadie.
- ¡Porque don Boris no es como ustedes!
Él sabe que la señora Burke y yo somos personas honorables.
Helena: Todo lo que han dicho son puras mentiras .
Nadie puede decir que nos vio cavando en la tumba
de don Hugo de Medina, ¿o sí?
Pero estaban en el cementerio de noche, con palas,
y eso es suficiente para considerarlos sospechosos.
- Usted lo ha dicho, inspector, son solo sospechas.
- No entiendo nada. ¿Por qué los defiende?
- Porque Guillermo y su esposa trabajaban para mi patrón.
Sé que lo apreciaban y serían incapaces de profanar su tumba.
- ¿Lo ve? ¿Lo ve?
¿Lo ve? Él confía en nosotros.
- De todas maneras, no puedo dejarlos en libertad.
Primero tenemos que investigar
qué estaban haciendo en el cementerio
a esa hora de la madrugada.
Enciérrenlos.
Helena: ¡No! - Sí, señor.
- ¡Don Boris! Por favor, no permita
que hagan esto con nosotros.
- Bueno, bueno, bueno,
ya dejen el escándalo. - ¡No quiero morir chamuscado!
¡No quiero morir chamuscado! - ¡Enciérrenlos, enciérrenlos!
¡Enciérrenlos!
Helena: ¡Don Boris! ¡Por favor!
Duarte: ¡Bueno, ya!
- Bueno, yo también me voy.
Don Boris, no se preocupe
que tengo vigilantes cuidando la tumba de don Hugo.
Permiso.
- Me imagino, señor inspector,
que los Burke pueden salir bajo fianza mientras los investigan.
- Sí, eso está dentro de la ley.
Si lo desea, siga al sargento Rojas,
él le puede informar sobre ese procedimiento.
Y de paso, nos colabora dando su declaración
sobre el caso de don Arturo de Linares.
- Como usted diga. Permiso.
- No más, Fabio,
yo no tengo por qué seguir a tu lado, sé defenderme sola.
¡Así que adiós!
- Deja de decir estupideces,
que tú que te atreves a dejarme y te mato.
- Ay. - Ahí viene un carruaje.
Ponte la pañoleta.
¡Que te pongas las pañoleta!
- ¡Oh, oh! - ¡Alto!
- Es necesario que yo haga la inspección sanitaria
en las celdas como es la costumbre, señor inspector.
- No es necesario, doctor,
no hay ningún detenido que esté enfermo.
- Seguramente debe de haber presos nuevos,
y es una obligación legal revisarlos a todos.
Le recuerdo que es una orden
del servicio de sanidad del estado.
"Todos los prisioneros deben tener
una exhaustiva inspección para evitar el contagio
de plagas y enfermedades una vez al mes".
Claro que si usted no lo permite,
pues no hay problema, señor inspector.
Pero tendrá que asumir todas las consecuencias.
- Los únicos nuevos son los Burke, doctor.
[Risa]
- ¿Y les parece poco?
Esos miserables deben estar llenos de piojos.
¿Se imagina lo que pasaría
si llegan a contagiar a don Arturo de Linares?
- Arturo de Linares está en otro piso, doctor.
Max: Mire... - Pero está bien, está bien.
Pase. Yo lo acompaño.
De paso, doctor...
- Qué casualidad que el doctor Max esté buscando a los Burke.
Qué raro. Voy a buscar a Boris.
- Eso es todo, señor Monsalve.
Eh, firme ahí, por favor.
- Perdón.
Boris, ¿me permites un momento, por favor?
- Gracias, sargento.
- No hay de qué.
- Permiso.
- Siga, señor Monsalve.
- ¿Qué pasa, Marina?
Marina: Algo rarísimo.
Vi entrar al doctor Max a la estación
y dice que viene a revisar los presos,
pero yo creo que viene a buscar a los Burke.
- Esto no me gusta nada.
Vamos.
- Qué sorpresa, don Alcides.
Baje de su carruaje...
ahora.
¿Por qué no me da todo lo que trae?
- ¿Dónde está Beatriz?
- Aquí estoy, Alcides. Suelta el arma.
¿Tú?
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪
♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame. ♪
♪ Despiértame otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No, no, no... ♪
♪ Bésame, ♪
♪ Hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
Gladys: Eso no es posible, señor Obregón.
¿Cómo se atreve a decir que mi hijo tiene a su esposa?
Esa es una acusación muy grave.
- Doña Gladys, yo mismo vi a uno de sus hombres.
Y lo conozco muy bien,
sé que trabaja para su hijo Arturo.
- Si eso es cierto,
posiblemente lo hicieron por iniciativa propia.
Los empleados quieren mucho a Arturo,
y al igual que yo, no quieren verlo en la cárcel.
- Señora,
yo sé que usted está atravesando por una situación
bastante penosa,
pero, por favor, ayúdeme, hable con su hijo,
dígale que me regrese a mi esposa Esther, por favor.
- Lo intentaré porque sé lo que está pasando,
usted está sufriendo por su esposa,
al igual que yo, me siento muy mal
al ver a mi hijo Arturo encerrado en una celda.
Ojalá usted también pudiera ayudarme
hablando con su hija Soledad.
- Lo haré.
Hablaré con Soledad para que no declare
en contra de su hijo Arturo
aunque él haya intentado matarla.
- ¡Suéltenme!
¿Adónde me llevan?
¿Qué me van a hacer?
Hombre: Ay, ya cállese, vieja gritona.
- Yo no lo he hecho mal a nadie, ¡por favor!
¡No me hagan daño!
¿Qué quieren de mí?
- ¡Que se calle le dije!
Si la trajimos hasta aquí
es porque usted es la persona que va a salvar a nuestro jefe.
- ¿De qué me hablan? ¡Yo no sé quién es su jefe!
¿Para quién trabajan?
- ¡Deje tanta preguntadera
que aquí nadie le va a responder nada!
- Pero ¿cuánto tiempo me van a tener aquí?
¡Por favor!
¡Dios mío!
¿Qué va a ser de mí?
Hombre: Si todo sale como esperamos,
hoy mismo vamos a solucionar las cosas.
Así es que mantenga la boca cerrada
y haga lo que le decimos.
- ¿Qué estás esperando?
¡Anda! Dispara.
¿Era este el momento que estabas deseando?
- Creo que es un error.
Es mejor dejarlo ir.
- Ni se te ocurra.
A este desgraciado le vamos a hacer pagar
todo lo que te ha hecho.
Si no lo haces tú...
lo voy a hacer yo.
- Suelta el arma o te juro que te mato, Fabio.
- ¿Qué estás diciendo?
¿Se te olvidó que este desgraciado
fue el que te violó? ¿O no era cierto?
Beatriz: Cállate.
Yo sé lo que hago.
Sube al coche.
Guillermo: ¿Para qué es esa jeringa, doctor?
Helena: ¿De verdad vino a ayudarnos?
- Claro que sí.
¿Cómo los iba a dejar solos en esto?
Le dije al inspector Duarte que tenía que vacunarlos...
- No.
- y lo voy a hacer para no despertar sospechas.
- Pero ¿vacunarnos de qué?
Nosotros estamos sanos.
- No, no, no, no, señor, vacunar, no,
prefiero la horca, prefiero un tiro, pero no me inyecte,
a mí nunca me han inyectado, ¡prefiero morir!
- ¡No te preocupes, Burke!
¡Es apenas una pequeña aguja!
Es para que el cuento resulte más creíble,
y así poderlos liberar.
- ¿Y de cuándo acá usted, doctor,
está tan amable con nosotros?
¡No lo toque! ¡No lo toque!
- ¡No voy a permitir que abran la boca!
- ¡No!
- Déjelos, doctor. Déjelos.
- Mi amor, qué bueno que estás bien.
Pensé que no te iba a volver a ver.
Beatriz...
yo quiero que sepas que estoy enterado
que te fuiste con ese hombre por tu propia voluntad.
- Hugo, tú sabes que mi mamá y mi hermano
solo quieren internarme en ese sanatorio,
no cuento con ellos para nada y no tenía dinero.
Bueno, como Fabio se ofreció a ayudarme tuve que aceptar.
- Beatriz, pero Fabio es un criminal.
- Yo sé.
Pero entiéndeme, mi amor, no tenía alternativa.
Perdóname, ¿sí?
- Bueno, lo importante es que ese tipo
no se cruce otra vez por tu vida.
- Sí.
Ahora que estás a mi lado, no necesito a nadie más.
Papá. ¿Lograste hablar con la mamá de Arturo? ¿Qué te dijo?
- Pero siéntate, siéntate primero.
- ¿Qué? - Logré hablar con ella.
- Ajá. - Nos va a ayudar.
- Ay, ¡gracias a Dios!
Qué buena idea hablar con esa señora, papá.
- Pero hay un problema,
y va a ser muy difícil para ti, hija.
Doña Gladys va a hablar con su hijo
siempre y cuando tú no declares en contra de Arturo de Linares.
- A ver, ¿esa señora se enloqueció?
Arturo trató de matarme.
Yo no me puedo quedar callada. - Lo sé.
- Ah. - ¿Te das cuenta? Cálmate.
Debes estar tranquila, Soledad.
- Papá, es que...
yo no puedo creer que exista gente tan injusta.
- A mí no me sorprende, Soledad.
Era obvio que nos tenía que pedir algo a cambio, obvio.
- Está bien.
No voy a declarar en contra de Arturo de Linares,
y lo hago únicamente
porque están primero mi madre y mi hijo
antes que cualquier cosa.
- Me parece muy bien, hija.
- Yo solamente espero que algún día Arturo de Linares
pague por todas las maldades que está haciendo, papá.
- ¿Qué les iba a hacer, doctor?
- El inspector lo sabe, solo quería vacunarlos.
Es cuestión de rutina con los presos
para evitar las infecciones.
¡Y las plagas!
- Helena y Guillermo ya no están detenidos:
pagué la fianza.
Guillermo: ¡Yo sabía! ¡Gracias, don Boris!
¡Ya sabía yo!
¡Ya sabía que no nos podía dejar encerrados en esta celda!
¡Este señor me iba a inyectar
con una jeringa así de grande, don Boris.
- Boris, eres mi héroe.
- ¡Burke!
- Helena. - Ay. Oye, no te pongas celoso.
- Boris.
Qué sorpresa, pensé que ya estabas fuera de la ciudad.
- Eh, se me presentó algo
con lo que no contaba y todavía no he podido viajar.
Espérenme en la carreta, Marina está allá.
- Sí, señor. Vamos, Burkecita.
- Vine a dar mi declaración sobre lo que pasó
con Arturo de Linares.
Me imagino que usted viene a lo mismo.
- Sí, justamente vine a hablar sobre eso.
- Me parece muy bien. Pues, yo ya...
- Y... llegó el inspector.
Lucas: Bien.
- Qué bueno que la veo, señora Soledad.
Acompáñeme a la oficina.
Tiene que darse prisa en poner la denuncia,
no podemos detener a Arturo de Linares
por más de 24 horas si no hay alguien que ponga cargos
en su contra. - Claro.
Eh, inspector, yo le agradezco mucho,
pero tomé una decisión y ya no voy a poner
ningún denuncio en contra de Arturo de Linares.
[♪♪♪]
- Eres muy ocurrente, Hugo.
- Gracias.
- Eso de hacernos pasar por esposo fue muy divertido.
Ahora tú eres Sebastián Montes
y yo soy Rita Valbuena de Montes.
- Beatriz...
- Nada me haría más feliz que ser tu esposa en realidad.
- Beatriz, yo lo dije para no despertar sospechas.
Tú y yo somos un par de fugitivos, nada más.
- Ay, bueno, no me des explicaciones.
Ahora lo único que importa es que estamos aquí
y que vamos a empezar una vida juntos.
- No, no quiero que pienses lo que no es.
Entre tú y yo nunca va a pasar nada, Beatriz.
No es bueno que te hagas ilusiones otra vez,
y luego termines lastimada.
- Es por ella, ¿verdad?
La sigues amando.
- Ni siquiera merece la pena que pensemos en ella.
- A mí me da la impresión que sucedió algo más con Soledad.
¿Qué pasó? Puedes confiar en mí.
- Me estuvo engañando con mi hermano Alcides
desde mucho antes de comprometerse conmigo.
Ahora está esperando un hijo de él.
[♪♪♪]
- Señora, me parece muy extraño
que usted no quiera dar su declaración en contra
de Arturo de Linares,
ese hombre estuvo a punto de matarla.
- ¿Acaso ha recibido alguna amenaza
o algún tipo de presión para que no lo acuse?
Si es así, no tema, y por favor, dígamelo.
- No, no se trata de eso, inspector.
Lo que sucede es que mi hija
está embarazada y el médico le ha dicho
que no puede ir y venir a, a la estación a declarar.
Usted sabe lo del juicio y todo lo que implica.
Así que hemos desistido de la denuncia.
Duarte: Usted fue la más afectada esa noche,
señora Soledad.
Si usted no lo denuncia, así tengamos la declaración
del señor Monsalve,
tendremos que dejar en libertad a Arturo de Linares.
- Inspector, yo le agradezco,
pero creo usted que ya conoce nuestras razones.
Le pido que proceda como considere.
Con permiso.
- Señora. Señora, por favor, espere.
- Boris, por favor, yo ya no quiero hablar más del tema,
¿sí?
- Señora, por favor, yo la conozco muy bien
muy bien y usted no es de las personas
que se quedan calladas cuando alguien les hace daño.
Confíe en mí, dígame la verdad.
¿Hay alguien detrás de todo esto?
- Arturo de Linares...
A ver.
Esta mañana fueron unos hombres a mi casa
y se llevaron a mi madre.
Yo lo único que quiero hacer aquí es protegerla,
no quiero que Arturo de Linares le vaya a hacer daño.
- Camine, le muestro una cosa.
- ¿Y ella qué?
- Ay, déjela, hombre.
Camine, venga.
- Infelices.
Van a ver, van a ver lo que les va a pasar
cuando le cuente a las autoridades.
- Señora, si me da un poco de tiempo,
tal vez yo pueda rescatar a la señora Esther.
- Gracias, Boris, pero yo prefiero que no hagas nada.
Mira, se trata de la vida de mi madre.
Arturo de Linares es un hombre muy peligroso,
yo no quiero que, que tengamos que correr
algún riesgo innecesario, entiéndame.
- Yo estoy de acuerdo con mi hija, Boris.
De todas maneras, gracias
por sus buenas intenciones,
pero nosotros, de Obregón, vamos a resolver este asunto.
Muchas gracias. Vamos, hija.
Soledad: Sí. - Don Lucas, yo, yo...
- Ya te alcanzo, ya te alcanzo.
Eh, Boris, yo sé que, a lo mejor,
este no es el momento, pero también quería
que cuando puedas, pases por mi casa.
Hay algo que tengo pendiente sobre Hugo
y quisiera preguntarte.
No me queda claro lo de su muerte.
- Con mucho gusto, señora, así será.
Cuando pueda, pasaré a su casa. - Gracias.
- Veo que recapacitaste.
Celebro tu sensatez, Soledad.
- Ya conoce mis razones.
Estoy cumpliendo con mi palabra,
así que espero que cumpla con la suya.
Permiso.
- ¿Ya nos vamos, Boris?
Boris: Sí.
Tenemos que evitar que Arturo de Linares
se salga con la suya.
Gladys: Te mandé a llamar
porque necesito que me digas dónde tienen a Esther.
- No entiendo por qué me pregunta por esa señora,
yo casi ni la conozco.
- ¡No te hagas el idiota conmigo!
Yo sé muy bien que Arturo les dio la orden
para que la detuvieran.
Así es de que dime: ¿dónde está esa mujer?
- De veras, señora, yo no sé nada.
- Arturo está en la cárcel,
y ahora yo ocupo su lugar y doy las órdenes.
Habla o te despido ahora mismo.
¡Ya no más! ¡Me cansé, me cansé de que me persiga!
¡A usted deberían meterlo en la cárcel
y arrestarlo por asesino!
- Ah, no Burkecita, por favor, no te metas con este tipo
que es muy peligroso.
Acuérdate de la jeringa con la...
- ¡Agradézcanle a Boris que no los maté!
Pero yo no voy a ir a la cárcel por su culpa,
¡ustedes se callan porque se callan!
- ¡Max!
Le suplico que no se vuelva a meter con los Burke,
de lo contrario, se las verá conmigo.
- Oiga, Boris, yo no sé por qué usted
defiende a este par de ratas.
- ¡Respete! ¡Somos gente de bien!
- ¡Comerciantes independientes!
- Los Burke tampoco gozan de toda mi confianza,
pero ellos rescataron a mi patrón
a mi patrón cuando lo sacaron de su tumba.
- Si estos idiotas abren la boca,
todos estaremos perdidos, ¡incluso usted, Boris!
- Si eso llega a pasar, yo me haré cargo de ellos.
¿Quedó claro?
- Sí, señor, no vamos a abrir la boca.
¿Quedó claro, Guillermo?
- Porque yo, en realidad, en realidad creía que ella era,
era una mujer distinta.
- Ay, ya no pienses en ella, mi amor.
- No pienso en ella.
No. Pienso en mí,
en lo iluso que fui.
- No merecías ese engaño, pero estabas ciego, mi vida.
- Me engañaron.
Se burlaron de mí.
- Ay, mi amor, ya no te atormentes más.
Mira,
si de verdad quieres sacar a Soledad de tu corazón...
- Se burlaron de mí.
...tienes que empezar a olvidarla.
No hables más de ella. Mientras más lo haces, más la recuerdas.
- ¿Crees que será fácil?
- Ay, mi vida, el corazón es muy engañoso.
Ten cuidado.
Del odio al amor hay un solo paso.
Tú lo que tienes que hacer es...
es abrirte a otras mujeres.
- Beatriz... - A otra vida, mi amor.
- Beatriz... - Yo no espero nada a cambio...
solo quiero ser un refugio para ti.
Por favor, déjame ayudarte, mi amor.
Quiero que en tus ojos vuelva a haber alegrí,
que tengas ganas de vivir.
Vas a ver,
voy a conseguir que te olvides de ella para siempre.
- Malditos.
Les haré pagar por lo que me hicieron.
- ¡Extra! ¡Últimas noticias!
¡Al derrumbarse la mina abandonada
dan por muerto al abogado Alcides de Medina!
¡Extra! ¡Última noticia!
¡Extra! ¡Última noticia!
- "Al derrumbarse la mina abandonada
dan por muerto al abogado Alcides de Medina".
Si realmente Alcides de Medina está muerto,
¿quién es el hombre que está con Beatriz?
- Beatriz...
Perdóname, perdóname.
- No te preocupes, yo entiendo.
Tú mereces respeto.
- Eres el hombre más maravilloso que he conocido,
siempre tan correcto.
Solo necesitas tiempo para sanar esa herida.
Tú mereces ser feliz.
- Gracias por tu comprensión,
gracias.
Tú siempre me has amado con devoción.
Es una pena que yo no pueda corresponder
a tus sentimientos.
- No te preocupes,
yo sabré esperar.
Y si ese momento nunca llega, pues,
me conformaré con ser tu amiga
y estar cerca de ti.
¡Pare! ¡Soy yo!
¡Pare, por favor, ayúdeme!
¡Ayúdeme, por favor! - ¿Qué le pasa, señora?
Esther: ¡Ayúdeme! - ¿Qué le pasa?
- Unos hombres me tenían amarrada, pero logré escaparme.
- ¿ Y para dónde va?
- Por favor, lléveme a la ciudad. Rápido.
¡Dale aviso a las autoridades!
Hombre: Sí, señora. - ¡Rápido!
Hombre: Suba. - Cúbrame,
cúbrame con eso para que no me vean.
- Con mucho gusto, señora. - Gracias, señor.
¡Gracias! - Eso.
Eso. Ahí. Eso.
- Tranquilícese, don Lucas. Les traje un té para los nervios.
- Tengo miedo, miedo de que a Esther le hagan daño.
No confío en Arturo, no confío en su palabra.
- Yo tampoco confío en él, papá,
pero no nos queda de otra, mas que tener fe
y esperar que la liberen.
- Deberían darle la horca por todo lo que ha hecho.
- Sí. Ese miserable merece lo peor.
- Y nos tiene en sus manos, no podemos delatarlo,
porque si no, mi mamá correría peligro.
- No, ni siquiera lo digas, Soledad.
Tu mamá tiene que regresar sana y salva.
- ¿Sabes? Me siento tan impotente.
Sé que si Hugo estuviera vivo,
nada de esto estaría sucediendo.
Hombre: Un telegrama para usted, don Sebastián.
- Gracias.
Hombre: Gracias, señor.
- ¿Pasó algo?
No confías en mí, ¿verdad?
No te preocupes, si no quieres, no me cuentes.
- Soledad no pudo denunciar a tu hermano,
porque él tiene secuestrada a doña Esther.
- Soledad iba a denunciar a Arturo, ¿por qué?
- Porque él estuvo tratando de cobrar un dinero
que le debía Alcides y casi mata a Soledad.
Beatriz...
me preocupa lo que tu hermano le pueda hacer a esa señora.
- Tal vez yo sé dónde está.
- ¿Por qué habrías de decírmelo si se trata de tu hermano?
- Porque quiero demostrarte que estoy de tu lado
y que puedes confiar en mí.
Arturo acostumbra a llevar a la gente
con la que tiene problemas a las ruinas
de una iglesia al oriente del bosque.
- Yo sé de qué iglesia me hablas.
Nos vemos al rato. Gracias.
[♪♪♪]
- Ay, lo siento, hermanito.
Pero por amor a Hugo, soy capaz de cualquier cosa.
Ya verás, Hugo de Medina, tarde o temprano serás mío, solo mío.
- ¿Quién de ustedes conoce a Enrico?
- "¿Enrico?".
¿Usted se refiere al hombrecito que siempre
se dejaba ver acompañado de su amo? Jeremías Montenegro.
- Pero cuando el viejo Jeremías murió,
nadie jamás volvió a verlo.
Parece como si se lo hubiera tragado la tierra.
- Está escondido, porque ahora se dedica a robar.
- "¿A robar?".
Eso no puede ser.
- Ese desgraciado se robó parte de la herencia
que don Jeremías le robó a su viuda, a doña Rebeca.
Ahora mi madrina está ofreciendo
una gran recompensa a quien lo encuentre.
¿Les interesa?
- Si es una buena cantidad,
yo pienso que más de uno está interesado.
- Pasen la voz por todo el pueblo,
que todos sepan que ese desgraciado tiene precio.
Necesitamos encontrarlo cuanto antes.
- Si don Jeremías dejó marcadas las páginas,
¿dónde está esa bendita pista?
- Has sido un empleado bueno y fiel, Enrico,
por eso te dejaré a ti mi tesoro.
- Pero ¿cómo lo encuentro?
- Rebeca y Hércules son malos.
Y si te lo digo, ellos podrán aprovecharse de ti.
- Entonces, ¿para qué me dice que quiere dejármelo?
No lo entiendo, don Jeremías.
- Las cosas hay que ganárselas, yo te daré pistas.
Préstame atención. - Ajá.
- La primera la encontrarás en las páginas de un libro.
Lee bien, busca entre las líneas,
lleva el nombre de una mujer.
- Bueno, me pareció verla en algún lugar, pero ¿dónde?
¿Dónde, dónde? Espera a ver.
Aquí... no. ¿Aquí?
Aquí.
Aquí está, aquí está, aquí está.
"En tu Soledad acompaña cada mañana al despertar".
"Soledad", esa es la pista.
- La única manera de que haya sobrevivido
es que no sea Alcides.
No, Hugo de Medina está enterrado.
Pero Beatriz se fue muy tranquila con él,
y Beatriz odiaba a Alcides de Medina.
Todo esto está muy raro.
Tengo que encontrarlos.
- Nada.
El telegrama no ha llegado.
- Boris,
¿tú sí crees que don Hugo responda pronto?
- Eso espero.
En cuanto don Hugo sepa lo que pasó con la mamá
de la señora Soledad, me dirá lo que debo hacer.
- ¿Y por qué no aprovechamos el tiempo
el tiempo y vamos para un hotel?
Bueno, quiero darme un baño, descansar un poco
y un tiempo a solas no nos vendría nada mal.
- Es una propuesta muy tentadora, ¿no crees?
Joven: Señor.
Disculpe, señor.
Boris: Perdone.
- Acaba de llegar la respuesta que estaba esperando.
- Gracias, muy amable. - Con gusto, señor, señorita.
- ¿Te ayudo? - Sí, por favor.
- ¿Qué dice don Hugo?
- No podía ser mejor.
- Dime que nos va a dar un tiempo para estar solos.
- Nada de eso.
Tenemos algo importante que hacer.
Vámonos.
Hombre: Señora, llegamos.
Llegamos, señora.
- ¿Dónde estamos?
Usted dijo que me llevaría a la ciudad. ¡Suélteme!
- Pero qué mala suerte, señora de Obregón.
Haber tenido el atrevimiento de escapar y ser rescatada
por un hombre que trabaja para mí.
- Gracias, señor.
Ya sabe que estoy para servirle.
- Tú no me puedes hacer daño, Arturo.
Oh.
- Se equivoca, señora de Obregón.
Este intento de escapar,
seguramente denunciarme, le va a costar la vida.
¡No!
¡No, por favor! ¡No!
- Dios mío, Dios mío, te ruego,
te suplico que mi mamá no corra peligro.
Por favor.
[♪♪♪]
Enrico: Soledad. - ¡Ah! ¡Ay!
¡Ay, me asustaste!
Ah, ¿por, por qué no entraste por la puerta?
¡Debes anunciarte antes de entrar
en mi habitación, Enrico!
- Mira, necesito de tu ayuda.
- Ay.
Perdóname. Dime qué pasa, ¿en qué te puedo ayudar?
- Es que estoy buscando el tesoro de don Jeremías,
¿te acuerdas?
Del que te hablé el otro día.
- Ajá. - Eh.
- ¿Y yo qué tengo que ver con eso?
Yo, yo no sé nada de eso.
Además... - Mira Enrico...
- no busques problemas...
- mira, mira, mira. A tu mamá se la llevaron unos hombres,
¿no es así?
- ¿Qué? - Sí, sí, sí.
- ¿Qué? - Espera, espera, espera.
- ¡Enrico! - Espera, espera.
- ¿Qué sabes? - Espera, espera, espera.
- ¡Dime! ¿Sabes algo de eso? - ¡Sí!
¡Sí, sí!
¡Tu mamá corre peligro!
¡Su vida está en peligro en este mismo instante!
- Ay, Dios mío. Ah.
Esther: No, no, Arturo, por favor, no me mates.
Te juro que no voy a decir nada, pero no lo hagas.
- Ya es demasiado tarde para esos lloriqueos.
Usted cometió un error muy grave al tratar de escapar.
Ya me di cuenta que no es una persona de fiar.
- Te lo suplico.
Mira, yo tengo una familia que cuidar.
Si lo haces, si me matas, va a ser peor para ti.
- No lo creo.
La policía simplemente pensará que se trató
de un terrible accidente.
- ¡No! ¡No, por favor! ¡No lo hagas!
¡No! ¡No!
Beatriz: ¿Y pudiste mandar el telegrama?
- Sí.
Solo espero que Boris lo vea a tiempo.
- Ay, perfecto.
Entonces ahora sí podemos bajar a cenar al restaurante.
- Beatriz, me da mucha pena, pero estoy muy cansado.
Ve tú. - Hugo,
tú necesitas salir, distraerte, ver caras nuevas.
Eso te va a hacer bien para empezar con tu nueva vida.
Además, si de verdad quieres olvidarte de Soledad,
debes ayudarte a ti mismo, ¿hmm?
Vamos. - Bueno, está bien.
- Ven, déjame ayudarte.
- Quietos los dos.
Aquí hay algo muy raro.
Si Alcides quedó enterrado
por la explosión que hubo en la mina,
¿quién diablos es usted, señor?
[♪♪♪]
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