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- Hugo.
Mi amor.
Yo sé que esto es un sueño.
Pero necesito imaginar que estás cerca de mí.
Ven.
Mi amor.
No me va a alcanzar la vida
para pedirte perdón por lo que te hice, mi amor.
Pero yo te amo.
Acércate.
Ven.
Ven, amor.
Dame un beso.
Necesito un beso tuyo
para seguir viviendo mi vida sin ti.
Bésame, mi amor.
♪ Quisiera acercarme a ti ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
Guillermo: Doctor, me hace el favor
y nos para ahí en la vuelta en la casa de los Obregón.
Max: No, imbécil. Primero vamos a ir al cementerio.
- Pero no se ponga así.
Se lo decía porque la casa de los Obregón
queda en el camino.
Quería evitarle dar tanta vuelta y no agradece.
- Ustedes parece que no entienden la gravedad
de la situación.
Hoy intentaron abrir la tumba de don Hugo.
Si no hubiera sido por Soledad, todo se habría descubierto.
- ¿Y usted cree que intentarán volver a abrir la tumba,
doctor Max?
- Sin duda.
En la ciudad hay demasiados curiosos.
Gente que ha hecho de Hugo de Medina un mito
y que quisieran saber
si él está verdaderamente en su tumba.
Pero cuando desfiguremos el rostro de Miguel,
que lo hagamos irreconocible, nadie molestará más.
¡Arre!
- Mi amor. Mi amor, no te vayas, por favor.
Yo no quiero despertar de este sueño.
Quiero seguir sintiéndote aquí. Quiero besarte.
Sentir que estamos juntos, mi amor.
Te lo ruego. - No, no, Soledad.
No me vas a volver a enloquecer con tu dulzura. No te creo.
- Mi amor, no digas eso. Hugo: No te creo.
- No me castigues con tu indiferencia, mi amor.
Yo te amo con toda la fuerza de mi corazón.
- ¿Tú me amas?
¿Sabes cuánto...
cuánto he anhelado estar aquí en este momento?
- Mi amor.
Hugo: No sabes cómo.
Soledad: Yo te amo.
Yo lo único que quiero es demostrarte
con un beso que tú eres el amor de mi vida.
Tú eres el único hombre que existe para mí.
♪ Bésame hasta enloquecer ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ para no saber quién soy y lo que temo ser ♪
Paco: ¿Qué está pasando aquí?
[♪♪♪]
¿Qué hacen esos hombres
exactamente en la tumba de Hugo de Medina?
- Conque tú eres el nuevo vigilante.
- Sí.
A ver cómo nos va esta noche.
[♪♪♪]
- Amor. Tengo algo que decirte.
- No digas nada. No digas nada.
- Algo que es muy importante para los dos.
- Yo solo quiero sentirte solo.
Yo también.
Yo solo quiero soñar que eres mía. Solo mía.
- No quiero despertarme nunca. Quiero quedarme aquí contigo.
Tú eres el único hombre en mi vida.
Te amo.
¿Qué pasa?
- Yo no soy el único, Soledad. - ¿Qué?
Hugo: No lo soy.
Esto, esto no es más que un cruel y dulce sueño.
- Mi amor. Por favor, no te vayas. Quédate aquí.
Por favor. - Shh. Cierra los ojos.
- No. - Duérmete, Soledad.
- No quiero que te vayas otra vez.
Hugo: Shh. Vuelve a dormir. Duérmete.
- Prométeme que vas a regresar. Hugo: Duérmete.
- Promete. - Shh.
[♪♪♪]
Duerme...
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Casi me vuelvo loca
de la pena de perderlo y pensaba que estaba por ahí.
Siempre lo recordaba, pero fue solamente eso.
Las ganas de querer verlo nada más.
[♪♪♪]
- Soledad nunca estuvo enamorada
de Hugo de Medina.
Y conociendo nuestra situación económica,
aceptó casarse con él por interés.
[♪♪♪]
- ¿Hugo?
Hugo...
Yo sé que no fue un sueño.
Alberto: Es por aquí, señora.
- Ay, tía. Tía, por favor
¿estás segura que quieres estar en este lugar?
Es un verdadero antro.
- No tengo otra alternativa, Eloísa.
Hércules debe estar ahí adentro
con el par de ratas de los Burke.
Necesito saber por qué tarda tanto.
- Yo lo que creo es que la señorita Eloísa
tiene toda la razón.
Ese no es un lugar para usted.
Si usted me permite,
yo puedo entrar y buscar al joven Hércules.
- A mí me parece una excelente idea, Alberto.
Entra tú, nosotras te esperamos aquí.
No tardes, por favor. - No tardo.
- Me preocupa que le haya pasado algo.
- Ay, no le ha pasado nada, tía. Vámonos.
[Quejido]
- Joven, ¿qué le pasa?
- Mi cabeza... ¿Dónde están?
Alberto: Está herido. Permítame ayudarlo, ¿sí?
¿Qué fue lo que pasó aquí? ¿Quién lo golpeó de esa manera?
- Los Burke. Los tenía.
Pero alguien me golpeó en la cabeza.
- Pero parece que se le escaparon, ¿no?
La señora Rebeca lo está esperando en la puerta.
Y la carroza. ¿Vamos? ¿Me acompaña?
- Por lo menos dejaron esto.
Vamos. - Acompáñeme, por favor.
- ¡Ah! Mi amor. Mi amor, ¿qué te pasó en la cabeza?
- Alguien me golpeó y no pude defenderme.
- ¿Recuperaste los libros?
¡Ah!
- Te dije que mis métodos eran más efectivos que los tuyos.
- Increíble, Hércules. Por fin algo te salió bien.
- Yo sabía que no me ibas a defraudar.
- ¿Quién entiende al patrón?
Tanto que dice que la señora Soledad es una mentirosa,
que no le cree absolutamente nada y míranos aquí.
Esperando a que se despida de ella.
- Don Hugo está enamorado.
Es natural que se debata entre su corazón y su razón.
- Don Hugo ama a la señora Soledad mucho, ¿verdad?
- Tanto como...
como nunca lo vi querer a nadie.
- ¿Y tú?
¿Tú me amas a mí tanto como él la ama a ella?
- Es un poco pronto para hablar de un sentimiento tan profundo,
¿no crees?
- Qué tonta fui.
Yo pensé que yo era muy importante para ti,
pero me equivoqué.
- Marina, tú me importas mucho.
Y cuando estoy a tu lado me siento muy feliz.
- Pero no me amas.
- Te quiero mucho, Marina.
Pero tienes que darme un poco de tiempo
para que esto que siento en el corazón crezca.
Señor, ¿cómo le fue? ¿Pasó algo allí adentro?
- No fue un sueño.
Te sentí, amor.
Estabas aquí. ¿Dónde estás?
¡Amor!
[♪♪♪]
Hugo.
Ay.
Ay. Ah.
¡Ay!
¡Auxilio!
¡Papá!
¡Mamá! - Esther. Despierta.
Soledad: ¡Ayúdenme! - Soledad está gritando.
Algo le sucedió. ¡Esther!
Boris: Don Hugo. ¿Logró ver a la señora Soledad?
[♪♪♪]
- El aroma de sus labios
por poco me hace perder el control.
- ¿Y ella se dio cuenta de la verdad, patrón?
- Ella...
Nunca voy a entender esta magia que nos envuelve.
- Señor, ¿eso quiere decir que la señora Soledad
nunca se dio cuenta que usted estaba ahí?
- No.
Para Soledad esta noche solo fui un sueño.
No debí buscarla. No debí.
[♪♪♪]
[llanto]
Lucas: Dios santo, hija. ¿Qué te pasó?
- Papá. Esther: Soledad, mi amor.
- Úrsula, ayúdame. Esther: ¿Qué pasó, mi amor?
- Papá, por favor. No dejes que pierda a mi bebé,
por favor, te lo suplico.
Ayúdame, papá. Ayúdame, por favor.
[llanto]
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪
♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame. ¡Sálvame! ♪
♪ Despiértame otra vez. ¡Otra vez! ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No, no, no... ♪
♪ Bésame, ¡bésame! ♪
♪ Hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
Rebeca: Estoy muy orgullosa de ti.
Hiciste un gran trabajo.
- Los libros. ¿Dónde están? - No te preocupes.
Eloísa los tiene.
- Pero las pistas. Tenemos que encontrarlas.
- Tranquilo. Ven acá. No te preocupes por nada.
Ya tendremos tiempo para detallarlos.
- Hay algo que debes saber.
- Ahora déjame darte tu premio.
Úrsula: Tranquila. Tranquila, mi niña.
Nada malo le va a pasar ni a usted ni al bebé.
Voy a ir a buscar al doctor.
- Dile a Jacinto que te lleve, pero date prisa, Úrsula.
- Yo no quería que esto pasara.
Yo no quería. - Hijita, por Dios. Tranquila.
Lo importante es que estés tranquila.
- Mamá, por favor,
por favor, no dejes que le pase algo a mi bebé.
Te lo suplico, mamá.
- Parecía tan sincera su desesperación.
Y sus palabras de amor eran tan convincentes.
Pero todo lo suyo es un espejismo.
- Patrón.
Usted me va a perdonar que yo le diga esto,
pero usted está sufriendo mucho por todo esto y no es justo.
Preséntesele, dígale que usted está vivo,
dígale toda la verdad.
Así sea amor u odio.
- Marina, por favor. ¿Cómo te atreves?
Marina: Patrón, confronte sus sentimientos.
Abra su corazón.
Decir lo que uno lleva por dentro
ayuda a aliviar las penas.
[relincho de caballo]
[♪♪♪]
Hugo: Algo está pasando dentro de la casa.
- Tal vez Soledad se dio cuenta que no tuvo un sueño
y eso la puso mal.
- Pero imagínese, patrón. Ella lo cree a usted muerto.
Imagínese lo que pudo sentir cuando lo volvió a ver.
- Espérenme aquí.
Voy a cerciorarme que Soledad está bien.
- ¡Señor!
Eloísa: ¡Tía Rebeca! ¡Tía Rebeca, abre, por favor!
¡Hay algo que tienes que saber!
[Golpes en la puerta]
-Eloísa, ahora no puedo atenderte.
Eloísa: Tía Rebeca, esto es muy importante. Por favor, ábreme.
[Golpes en la puerta]
Eloísa: Tía.
- ¿Cuál es tu prisa?
¿No te das cuenta que estoy ocupada?
- Mejor no celebres tan pronto.
Estuve mirando los libros y hacen falta algunas páginas.
- ¿Qué estás diciendo?
- Que alguien arrancó las páginas de los libros
y seguramente ahí estaban las pistas
para encontrar el tesoro.
- ¡Cuidado! [Relincho de caballo]
- ¿Qué le pasa, imbécil?
Por poco nos estrella. ¿Doctor Max?
Max: El mismo.
- ¡Ah! ¡Doctor Max! Esto es un milagro. Bendito sea Dios.
- Primero me insulta y después se alegra de verme.
- Doctor, necesito que venga urgente conmigo
a casa de los Obregón.
Es una emergencia.
- Sea lo que sea, tendrá que esperar.
¡Ahora voy para otro asunto y tengo prisa!
- Por favor, doctor. Por favor. Esto es grave.
La niña Soledad podría morir.
No lo voy a dejar pasar a menos que acepte venir conmigo.
Rebeca: ¡Habla de una vez!
Dime, idiota, ¿dónde escondiste las páginas?
- Te dije que no debías confiar en este tipo, tía.
Te lo advertí. Es un traidor.
- ¿Acaso creíste que no me iba a dar cuenta?
Te querías quedar con el tesoro de Jeremías, ¿verdad?
- Rebeca, déjame explicártelo.
Las cosas no son como tú piensas.
Te juro que cuando encontré esos libros,
ya faltaban esas páginas.
- ¡No seas cínico!
Mi tía no es ninguna idiota y no la vas a convencer.
- ¡Tú no te metas, Eloísa! Esto es entre Rebeca y yo.
- Estás muy equivocado
porque todo lo que es con mi tía es conmigo.
- Entrégamelas. No me hagas perder la paciencia.
- ¡No las tengo!
Eloísa: ¡No mientas!
- Mientras dudas de mí, busca en mi ropa.
¡Pero yo no tengo nada!
- Yo voy a ir a hablar con Alberto
porque no le creo nada a este.
- No, no, no. Espera.
Espera.
Si los libros estaban en casa de los Burke,
entonces ellos deben saber dónde quedaron esas páginas.
- Ellos aseguran que así los encontraron
y aunque los amenacé no pudieron decirme nada.
Creo que de verdad no saben nada.
- Está mintiendo, tía.
Yo creo que Hércules está confabulado con los Burke.
- No es cierto.
- Está bien.
Si los libros y las páginas no están
en casa de los Burke,
lo único que puedo pensar es que el tal Enrico ese,
se apoderó de ellas.
- ¿Y si a lo mejor Esther descubrió lo del tesoro
y fue ella quien arrancó las hojas?
Rebeca: No. No, no, no. Eso no puede ser.
Ellos tienen demasiadas cosas
en la cabeza como para pensar en eso.
¡Debemos encontrar al maldito de Enrico!
¿Entendiste, Hércules?
¡Encuéntralo!
[Golpes en la puerta]
Esther: Doctor. Sígame, por favor.
Mi hija está muy enferma.
- Tuve la suerte de encontrar al doctor Max
en el cruce de caminos.
- Eh, llévenme con ella rápido, por favor.
- Venga conmigo.
- Espere, doctor.
Antes de que examine a mi hija, usted tiene que saber algo.
Soledad está embarazada.
- ¿Embarazada?
- Doctor, antes de que piense mal,
es importante que sepa que el hijo que espera
es de Alcides de Medina.
[♪♪♪]
- Tengo que buscar la clave
para encontrar el tesoro de don Jeremías.
Pero ¿dónde está? ¿Dónde? ¿Dónde está?
¡Ay! ¡No lo logro entenderlo!
¡Don Jeremías!
¿Por qué lo pone tan difícil?
- No tiene que darme explicaciones, señora.
Para mí su hija es tan solo una paciente.
Y para serle franco,
no me importa de quién es el hijo que va a tener.
- Lo sé, doctor.
Solo quiero evitar habladurías de la gente.
Mi hija ha sufrido mucho
como para tener que soportar que la gente hable de ella.
- Ajá.
Pero si su hija
estuvo tan poco tiempo casada con don Alcides,
entonces también su embarazo lleva poco tiempo.
¿No le parece?
[Suspiro]
- Doctor.
Me da vergüenza, pero la verdad es que...
Soledad sostenía un romance secreto con Alcides
antes de comprometerse con Hugo.
Max: No diga más.
Es suficiente con esa explicación.
Eh, ¿por qué no me lleva con ella? Por favor.
- Sí, doctor.
[♪♪♪]
[Quejido] - Cómo pesa. Bueno, listo.
Vámonos a llevar esto,
estas cosas a la casa de los Obregón.
Helena: A mí no me gusta la idea,
pero aprovechemos que el doctor está en la casa.
[Relincho de caballo]
- Mira. Mira, ese carruaje es el de don Hugo.
¡Ah! Que Dios lo tenga en la Gloria.
- ¿Y qué hace Boris y Marina ahí?
- Yo no sé. Ese no es nuestro problema.
Vámonos nosotros a entregar estas cosas. A devolverlas.
- ¿Cómo está mi hija, doctor?
Max: La situación de Soledad es muy delicada.
Esther: ¿Qué quiere decir, doctor? ¿Es grave?
- Pues, sufrió una hemorragia.
Y en su estado eso puede ser peligroso.
Ella misma me contó que no es la primera vez que le pasa.
- Pero ¿el bebé se va a salvar, doctor?
Max: Si ella se cuida. Pero necesita absoluto reposo.
Salir poco. O si es posible, no salir.
Y, además, no excederse caminando
en lo que resta del embarazo.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Soledad va a tener un hijo de Alcides.
- Señor, pero, eso no puede ser.
La señora Soledad estuvo muy poco tiempo casada
con el señor Alcides.
- Eso no la detuvo, Boris.
- Señor, en ese caso ese bebé es de usted.
- Boris, Soledad y Alcides mantuvieron un romance
a escondidas desde mucho antes que yo la cortejara.
[♪♪♪]
Ahora entiendo por qué mi hermano, claro.
Ahora entiendo lo que Alcides trataba de decirme.
¿Me darías otra oportunidad
a pesar de que me gané el amor de Soledad?
¿Y con mis propios méritos?
¿Me darías otra oportunidad
a pesar de saber que Soledad me va a dar un hijo?
- Y yo quería creer
que el que mentía era mi hermano.
- Nos engañaron, señor.
- Nos engañó, Boris. Nos engañó.
No quiero estar un segundo más en este lugar.
Vámonos de aquí.
- Fue mi culpa, doctor.
Es que he estado muy angustiada.
Y me alteré mucho porque tuve un sueño.
- ¿Un sueño? ¿Cuál sueño, mi niña?
- Hugo estuvo aquí conmigo.
Lo vi. - ¿De qué hablas, hija?
- Mi vida, cálmate.
Fue solo un sueño. Tienes que descansar.
- No, mamá. Fue tan real. Estuvo aquí.
Lo pude sentir.
Estuvo conmigo.
De verdad. Créeme.
- Debo irme. Con permiso.
- Doctor, pero sus honorarios.
- Eso será luego, señora. Ahora tengo prisa.
[♪♪♪]
- ¿Y ustedes qué hacen aquí?
¿No les dije que esperaran afuera?
- No se enoje, doctor.
Estábamos haciendo un acto de decencia.
Estábamos devolviendo estas cosas que sacamos de esta casa.
- ¿Y no ha visto nada extraño?
- ¿Extraño? En esta casa todo es extraño, doctor.
Nada más hay que verle la cara a esa señora Esther.
[risas]
- Lo extraño es que usted esté aquí.
Se supone que usted iba a examinar a la señora Soledad.
- Eso hice. Y hablé con ella.
Soledad asegura que estuvo con Hugo de Medina.
Que él la besó y que todo fue muy real.
- Ay, pobrecita. Cada vez está peor.
Bueno, ¿y no pudo usted borrarle la memoria, doctor?
Guillermo: Aquí están pasando cosas muy extrañas.
Allá afuera está el carruaje de don Hugo.
Y estaban Marina y Boris ahí en ese carruaje.
- ¿Están seguros? Salgamos. Esperaremos afuera.
Yo sigo sospechando que Hugo de Medina está vivo.
[♪♪♪]
- ¿Dónde estabas?
Te he estado esperando toda la noche.
- En la cantina.
En la cantina pasando un rato.
- Hueles a perfume barato de mujer.
¿Con quién estabas?
¿Cómo te atreves a dejarme encerrada toda la noche
mientras tú te vas con mujeres, Fabio?
- ¿No me vas a decir que estás celosa?
- Pensé que yo no te importaba.
- Puedes hacer lo que te dé la gana.
No me interesa.
Lo único que me preocupa es mi dinero.
- El dinero...
Nuestro dinero. Se esfumó.
- ¿Qué dices? [Fabio ríe]
Ay. ¿Cómo puedes ser tan cínico, Fabio?
- Lo siento, pero, ah, no fue una buena noche en el juego.
No tenemos en qué caernos muertos.
- Eres un imbécil.
Ahora vamos a tener que trabajar.
- Ya sé. Voy a ir al hospital.
- ¿Ah?
- Cuando era voluntaria durante la guerra,
aprendí enfermería, así que voy a ir para allá.
- Eso sí que no lo voy a permitir.
Ven para acá. Alguien te puede descubrir.
Es más, algún desgraciado puede abusar de ti.
- Ay, no seas idiota.
¡Necesitamos dinero!
Me acabas de decir que no tenemos ni un centavo.
Vamos a tener que trabajar.
Fabio: Sí. Sí, tienes razón. Pero vamos a trabajar juntos.
No pienso correr ningún riesgo.
Y ya sé lo que vamos a hacer.
Y vamos a comenzar esta misma noche.
- Seguro, estoy seguro que aquí estaba, ¿cierto, gatita?
- Sí. Aquí. Max: ¿Están seguros?
- Por supuesto. Positivo. - Aquí hay huellas de un coche.
- Ah, lo que decimos. - Maldición.
Puede ser cierto lo que dijo Soledad.
- ¿Y qué fue lo que dijo la señora Soledad?
- ¿Y usted sí se siente bien, doctor?
¿No será que tiene fiebre?
¡Ah! ¿Será que eso de ver alucinaciones...?
Ay, eso debe ser contagioso.
- ¡No seas tonta! Insisto en que aquí pasa algo raro.
- Eh, sí, no, nosotros le creemos, doctor.
Sí, nosotros le creemos. No se preocupe.
Pero ¿mejor no será terminar con el trabajo, doctor?
- De acuerdo.
Iremos al cementerio ahora mismo.
- Doctor. ¿Y la señora Soledad cómo sigue? ¿Cómo está?
- Sí, ¿qué fue lo que pasó con ella?
Cuéntenos. ¿Será que es solo locura?
¿O qué fue lo que le pasó?
Max: ¡Eso a ustedes no les importa!
Vámonos de aquí.
- Sí, pero yo creo que si vamos a ser socios deberíamos estar.
- Pues claro que nos importa. - Mejor informados.
- Si es cierto que Boris estaba aquí,
entonces también son ciertos
los presentimientos que tengo sobre Hugo de Medina.
Es probable que él esté vivo y yo voy a averiguarlo.
[♪♪♪]
- Soledad es una hipócrita.
Como si nadie conociera su secreto.
Jamás le importó Hugo de Medina.
- Ya lo sé.
Y yo jamás lo hubiera creído
si no fuera porque la propia Esther se lo dijo a mi tía.
Le dijo que Soledad era amante de Alcides
antes de comprometerse con él.
- Voy a sacarte de mi corazón, Soledad de Obregón. Lo juro.
[♪♪♪]
- Mi niña.
Lo que dijo de don Hugo me dejó muy preocupada.
- No. No, yo no quiero que te preocupes.
- Por mí no hay problema.
Estoy pensando en sus papás.
- Sí. Sí, tienes toda la razón.
A lo mejor es, a lo mejor es producto de mi imaginación,
que quiero tanto a Hugo
que siento que lo veo en todos lados.
- Yo pienso lo mismo.
Lo malo es que sus papás no lo van a entender.
- Sí, creo que tienes razón.
Yo no voy a volver a hablar de eso.
Además, en este momento lo más importante para mí es mi bebé.
Que esté bien, cuidarlo y sobre todo evitar
que por mi culpa le pase algo malo.
[♪♪♪]
- Me preocupa Soledad.
Otra vez anda diciendo que ve a Hugo por todas partes.
Solo espero que no le dé esa locura de que Hugo está vivo.
- Nosotros debemos apoyarla para que supere todo eso
y así se pueda dedicar a su hijo.
Esa criatura la va a necesitar mucho.
- Lucas...
¿por qué no le escribimos a tu hermana Antonia?
Para que venga a ayudarnos a cuidar a Soledad.
- Mañana mismo le pongo un telegrama a mi hermana.
Esther: Ajá.
Esther: ¿Y eso? Lucas: ¿Ah?
- ¿No son las cosas
que desaparecieron en la mañana?
Lo que se llevaron los pordioseros.
- No entiendo.
¿Devolvieron lo que se robaron?
- Ay. Qué extraño.
Ah, ¿será que esos hombres están otra vez en la casa?
- Tranquilízate.
Administrador: ¡Despierte!
Mire, idiota, yo lo contraté
para que vigilara la tumba de Hugo de Medina,
no para que durmiera.
- Sí, señor.
- Ay, qué frío está haciendo,
pero voy a descubrir tu secreto,
y si estás vivo, maldito, ah, tendré la noticia del año
y podré contarle al mundo
el hombre que escapó de la muerte.
Qué buen título, "El hombre que escapó de la muerte".
Tengo que anotarlo.
Hombre: ¡Alto ahí! - Maldición.
[♪♪♪]
Guillermo: Aparta esa lámpara, Burkesita,
que no puedo ver bien.
Helena: Ay, Guillermo, vámonos de aquí.
Escucho unos pasos, Guillermo.
Guillermo: Ven por aquí. - Vámonos. No.
Guillermo: Ven, ven, gata cobarde.
Ven por acá. Helena: No, Guillermo.
Helena: No, Guillermo. Guillermo.
- Ah, así que ustedes son los profanadores de tumbas.
[♪♪♪]
- Alcides, siento mucho que no hayamos podido disfrutar
querernos como verdaderos hermanos.
- Perdón que opine, señor, pero...
su hermano nunca sintió pena por usted
cuando todos lo creyeron muerto.
[♪♪♪]
[Sollozos]
Él no tuvo la culpa, Boris, él no tuvo la culpa.
A pesar de que éramos la misma sangre,
siempre fuimos diferentes.
Cuando éramos niños
y nuestros padres descubrieron que yo padecía de catalepsia
fue que Alcides comenzó a verme como su peor enemigo
y, sin embargo, aquí en este mismo lugar, herido y débil,
me pidió que lo dejara ir, me pidió que me salvara.
- Este río es muy caudaloso, señor, seguramente se ahogó.
- Él no merecía morir así.
[agua fluye]
- Don Hugo.
[Sollozando] Hugo: Por alguna razón.
- Hugo, don Hugo.
- Por alguna razón la vida
no me dio la oportunidad de recuperar a mi hermano.
Boris: Don Hugo, siempre voy a estar con usted.
[♪♪♪]
[llanto]
- Así que Soledad de Obregón se presentó en el cementerio
para evitar que exhumaran los restos de Hugo de Medina.
Tremendo escándalo.
- Así es, dicen que cerraron esa parte del cementerio
para que no entrara más gente allí,
porque aquello parecía una plaza de mercado.
- Debo reconocer que es la primera vez en la vida
que me haces un favor, Hugo de Medina, gracias a ti,
Soledad no puso la denuncia en mi contra.
¿Trajiste lo que te pedí?
- Sí, señor.
Arturo: Creo que voy a salir de aquí muy pronto.
Necesito que le des esta nota a Raúl,
le vas a decir que siga mis instrucciones
al pie de la letra.
Eso no se lo muestras a nadie
y, por supuesto, a mi madre ni una sola palabra.
Criada: Como ordene, don Arturo.
- Muchas gracias. [Rechinido]
Arturo: Hasta luego.
[Rechinido de puerta]
- Parece que voy a salir de aquí antes de lo imaginado.
[Relincho]
- Detente, Boris, alguien viene. Detente.
- Oh, oh, oh.
- Qué bueno que nos encontramos, don Boris.
Descubrimos a este par
tratando de profanar la tumba de don Hugo de Medina.
- ¿Cómo, cómo dice?
- Encontramos la tumba de don Hugo un poco destapada
con una pala al lado,
y ellos estaban cerca y también con palas.
- ¡Eso no es cierto!
¡Nosotros simplemente pasábamos por ahí!
- ¡Sí, señor!
- Don Boris, necesito que me acompañe,
su declaración es muy importante
para juzgar a estos.
- Don Boris, por favor, se lo suplico.
Usted me conoce, usted sabe que nosotros
seríamos incapaces de hacer una cosa de esas.
- Lo siento, señor administrador,
pero en este momento no puedo ir con usted.
Marina y yo nos dirigimos a otra ciudad.
- Y ya estamos retrasados.
- Así es, señor, tenemos una diligencia que hacer,
pero regresaremos a atender este asunto.
Administrador: Está bien.
En ese caso tendré que hacerlo detener
hasta que usted regrese.
- No, don Boris, por favor... - No, no.
- Vamos, ¡arre!
- Se lo suplico, ¿sí? - ¡Por favor, don Boris!
¡Por favor! - ¡Ayúdenos, por favor, señor!
- ¡Por favor, don Boris!
- Todo eso es muy extraño.
Los Burke no tienen motivos para abrir esa tumba.
- Patrón, ¿no estará pensando en ayudarlos?
- Ellos me salvaron la vida. No los voy a abandonar.
Boris, encárgate de ellos, yo seguiré el camino solo.
- Señor, pero usted solo a la luz del día,
lo van a descubrir. Va a ser peligroso, señor.
- No te preocupes, a mí nadie me conoce
en los pueblos del sur.
Nos veremos mañana al mediodía en el hotel Alcalá,
ya mi menaje debe estar ahí.
Me voy a registrar bajo el nombre de Sebastián Montes,
¿de acuerdo?
- Le conseguiré unos documentos con ese nombre, señor.
- Úrsula, ¡no!
Tranquila.
Yo le voy a llevar el desayuno a mi esposa a la cama.
Creo que tú tienes razón, Úrsula,
debo recuperar los detalles y las cosas bonitas
que se han perdido en mi matrimonio.
- Me alegra mucho que esté pensando así.
- Me preocupa mi hija, ¿ya despertó?
- Creo que sí, pero ella sabe que debe reposar.
Lucas: Bueno, voy.
Perdón.
- Ah, don Lucas, ahora que me acuerdo,
la señora Esther no está en el cuarto,
ella se levantó temprano
y está regando las flores en el jardín.
- En ese caso se lo llevo al jardín.
Más romántico, ¿no crees?
Bueno, ahí le queda el jugo a mi hija
y si tú quieres tomar, toma.
Yo, mientras tanto, voy a consentir a mi esposa.
Úrsula: Bueno. Soledad: ¡Buenos días!
Úrsula: Buenos días. - Te estaba buscando.
- Veo que amaneció mucho mejor el día de hoy.
- Sí, bueno, estoy un poco mejor.
- Pero de todas formas tiene que quedarse aquí en la casa,
quieta y descansar, como lo dijo el doctor.
- No sé qué hacer.
Es que quisiera poner la denuncia
en contra de Arturo de Linares,
pero sé que no debo salir de aquí.
- Bueno, eso significa
que la denuncia va a tener que esperar, señora.
- Sí, sobre todo después de lo que sucedió anoche.
No quiero volver a poner en riesgo a mi bebé.
- Eso está muy bien.
Por ahora tómese este jugo que le preparó su papa.
- ¿Mi papá?
- Y no solo eso... Soledad: Gracias.
- ...se levantó esta mañana muy temprano
y se puso a prepararle desayuno a la señora Esther.
Ven, ven, venga. - ¿Qué?
- Sí.
- Tu desayuno, amor.
- Ah. ¿Tú me trajiste desayuno?
¿Te sientes bien, Lucas?
Hacía mucho tiempo no tenías estos detalles.
- Hoy quiero consentirte.
- Está bien. Gracias.
[Relincho de caballo]
Lucas: ¿Qué quieren?
¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?
¿Qué quien...? Ay. Esther: ¡Lucas! ¡Ah!
¡Lucas! ¡Déjenlo! ¡Suéltame! ¡Suéltenme!
¡Lucas! ¡Ayúdame!
Soledad: ¡Mamá!
- ¡No, mamá! Úrsula: No, no.
[Sollozos]
[Relincho de caballo]
Lucas: ¡Esther!
Déjenla.
- ¡Mamá, mamá! ¡Se están llevando a mi mamá!
¡Ayuda a mi papá, por favor!
Lucas: ¡Suéltenla, miserables!
- ¡Suelten a mi mamá! Úrsula: Por favor, levántese.
- Dios mío. Soledad: Ay.
Lucas: Ayúdala, ayúdala. Úrsula: Mi niña.
[Sollozando]
- Mamá.
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