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- No, pero ¿por qué ponen esa cara
porque voy a visitar la tumba de Hugo?
Quiero rezarle,
llevarle flores.
- No, hija.
En este momento la prioridad
es poner una denuncia en contra de Arturo de Linares,
ese hombre trató de matarte.
- Mamá, te prometo que después
del cementerio iré a la comisaría.
- Tal vez para ese momento sea tarde,
la policía puede liberar a ese delincuente
por falta de una denuncia formal.
- Por favor, Esther, no la presiones.
- No, está bien, está bien.
Será como tú dices, primero iré a la comisaría.
- ¿Y su desayuno, mi niña?
- No, después, después comeré, ahora quiero salir.
- Yo te acompaño, hija.
- No, Lucas, es mejor que te quedes en la casa,
así podremos ir tranquilas.
Además, quiero que cuides tu salud,
recuerda que tu corazón está débil.
- Por él ni se preocupe
que la pasa muy bien cuando está solo.
- ¿Qué dijiste, Úrsula?
- No nada, doña Esther,
voy a ir a buscar las cosas de la niña Soledad.
- ¿No te parece que está un poco extraña Úrsula?
¿Sabes de qué está hablando?
Lucas: No,
ni idea.
- Boris, cuando termines de organizar todo,
quiero que vayas a la comisaría
y presentes tu denuncia en contra de Arturo de Linares.
- Sí, señor.
Ya nada más falta desarmar la cámara
para subirla al carruaje e irnos.
- También investiga si Soledad puso su denuncia.
Marina: Don Arturo es un hombre muy malo, patrón.
Si usted no se hubiera despertado en ese momento,
yo no sé qué habría pasado.
- Él merece un castigo por lo que hizo.
- ¿Qué cree que va a pasar con él?
- Seguramente pasará muchos años en la cárcel.
- Se lo merece por malvado.
- Al menos podremos estar tranquilos
de que Soledad no correrá peligro.
Gladys: Fuiste un idiota.
Solo a ti se te pudo ocurrir meterte a robar
a la casa de Alcides de Medina.
- Necesitábamos el dinero, Alcides me lo debía
y era la única forma de cobrárselo.
- ¿Y ya ves lo que conseguiste por tu estupidez?
Te apresaron,
y para colmo de males, agrediste a Soledad de Obregón.
- ¿Puedes dejar de regañarme?
Necesito que me ayudes a salir de aquí,
necesito que me ayudes a pagar la fianza.
- ¿De dónde pretendes que yo pueda conseguir dinero?
Arturo, no tenemos ni un centavo
y yo no puedo vender nuestras propiedades
de un momento a otro.
- Hay que pensar en algo, no lo sé.
Hipotequemos la casa
y con ese dinero ve con el juez,
dale el dinero para que falle a mi favor.
- No va a ser nada fácil.
Lo que hiciste fue muy grave
y hay muchas personas que aseguran
haberte visto en la mansión.
- Pues, mayor razón para actuar con rapidez.
O vas con el juez pronto
o me voy a quedar aquí mucho tiempo.
- ¡No!
Eso no.
Ya perdí a mi hija
y no estoy dispuesta a perderte a ti también,
te sacaré de aquí, cueste lo que cueste.
- ¿Por qué estás molesta con mi papá?
¿Pasó algo que no me hayas querido decir?
- No, no, señora.
Lo que pasa es que con tantas cosas
que le han pasado a usted últimamente,
estoy un poco nerviosa y de mal humor, eso es todo.
- En cambio, yo estoy tranquila,
a pesar de lo que pasó anoche.
Además, ay, es que tuve un sueño tan extraño.
- Ay, Dios mío. ¿Otro sueño?
- No, pero esta vez no fue una pesadilla, esta vez...
fue un sueño maravilloso.
- Entiéndame, señora,
a mí me da miedo
cada vez que usted me dice que tiene un sueño.
Siempre son malos augurios. - Pero esta vez es diferente.
Esta vez soñé con el pasadizo de la casa de Alcides,
¿sí?
- ¿Y eso qué tiene de hermoso?
- Que la persona que me llevaba de la mano
era Hugo.
- ¿Otra vez vio a don Hugo?
- ¡Sí!
Bueno, e-era un sueño, era un sueño, yo sé que,
yo sé que era él, no lo vi,
pero estoy segura que era Hugo.
Tiene que ser.
No sé, a lo mejor es una ilusión.
Úrsula,
yo no lo voy a poder olvidar.
No lo voy a poder olvidar nunca.
Marina: Patrón,
¿y esos artículos? Son de mujer.
- Sí, son regalos que compré para Soledad,
pero ya no los necesito.
Puedes deshacerte de ellos, Marina.
- No, no, patrón. Están nuevos y son muy bonitos.
- Si algo te gusta, quédatelo.
- Ni se te ocurra llevarte esos objetos a donde vamos.
- No me los estoy robando.
Tú mismo viste que el patrón me los regaló.
- Lo sé,
pero esos objetos le traerán recuerdos dolorosos a don Hugo
y no es bueno para su salud, así que déjalos ahí.
- ¿Por qué te preocupas tanto por él?
¿No crees que exageras?
- Le debo mucho a don Hugo, Marina.
Algún día te contaré esa historia.
Además, soy su hombre de confianza
y debido a su enfermedad,
su vida prácticamente depende de mí.
Debo cuidarlo.
- Ojalá así también me cuidaras a mí.
- Marina,
me importas tanto
que no voy a discutir contigo por unos objetos tontos.
Tú no los necesitas, déjalos ahí,
además, yo gano muy bien
y te puedo comprar lo que quieras.
- No necesito nada, contigo me basta para ser feliz.
Amor,
solo espero que tu lealtad a don Hugo
nunca termine separándonos.
- "Detuvieron a Arturo de Linares
y allí permanecerá hasta que el juez Fernández
determine su fianza".
- No cabe duda que Arturo es un hombre muy peligroso.
Intentar saquear la casa de Alcides y pegarle a Soledad.
- ¡Qué maravilla!
Esa noticia me ayudará a regresar
a la casa de los Obregón,
iré a preguntar por la salud de Soledad
y de una vez por todas, podré conseguir esos litos.
Francisco: ¡Eloísa!
¡Eloísa! ¡No te muevas de ahí!
¡Necesito que vengas conmigo!
Hola, Rebeca.
Eloísa: ¿A dónde?
[Jadeando] - Espérame, necesito aire.
Hoy van a abrir la tumba
de Hugo de Medina y necesito que me acompañes
para que lo comprobemos con nuestros propios ojos
y así acabamos de una vez por todas con este misterio.
- ¿Lo lograste por fin?
Francisco, eres un hombre muy astuto.
- Te lo dije, Eloísa, te lo dije.
Siempre cumplo lo que me propongo.
Y hoy tú y yo sabremos si efectivamente
Hugo de Medina está muerto
o no.
Lucas: Úrsula,
quiero que hablemos de lo que pasó en el estudio
entre Rebeca y yo.
- Yo ya le dije que usted no tiene que darme
ninguna explicación, yo soy una simple criada.
- No, no digas eso.
Tú llevas muchos años con nosotros
y eres parte de nuestra familia,
así que no quiero que tengas una mala impresión mía.
- Si lo que le preocupa es que le cuente a doña Esther
o a la Sra. Soledad, puede quedarse tranquilo,
no voy a decir una sola palabra.
- Bueno, agradezco tu prudencia.
- No me lo agradezca
porque no lo estoy haciendo por usted,
lo hago por el enorme cariño y respeto que le tengo
a doña Esther.
Yo no quiero que su matrimonio se acabe por mi culpa.
Allá usted si quiere hacer sufrir a su hija o a su mujer.
- Mira, Úrsula,
lo que pasó entre Rebeca y yo no va a volver a suceder.
Además, no tiene importancia.
Tal es así que quise hablar con mi esposa y no fui capaz.
- Pues, me alegro
porque la hubiera lastimado mucho
y ella no se lo merece, don Lucas.
- Tú bien sabes que amo inmensamente a Esther
y no pienso hacerla sufrir.
- Usted verá lo que hace con su vida, patrón,
yo solo espero que no acabe con su familia.
- En el momento en que Arturo de Linares
y su gente quede libre
van a venir a buscarnos,
esa gente es peligrosa, es de cuidado.
- No van a quedar libres porque son unos delincuentes.
Gatita,
¿te das cuenta que gracias a nosotros
la Sra. Soledad está viva?
- Sí, sí, sí, está viva
y nosotros, ¿qué? No sacamos nada,
nada de nada.
Como quien dice, trabajamos gratis.
- No, no, señora.
No estás entendiendo, gatita, no estás entendiendo.
¿Te das cuenta que podemos ir a casa de los Obregón
y pedir dinero por el rescate de la Sra. Soledad?
A esa muchacha la quieren mucho
y como sea nosotros fuimos unos héroes.
- ¡Uy!
¡Estás pensando, Guillermo!
[Risa]
Sí, muy bien.
Mientras tú pides el rescate,
yo puedo entrar en la casa, tomar algunos objetos de valor.
Vamos. - No, gata ladrona, no.
Vamos a entrar a esa casa como dos personas respetables
a pedir lo que nos corresponde,
pero no nos vamos a robar nada, ¿me entiendes? ¿Está claro?
- Te desconozco, Guillermo. - ¿Por qué?
- Has cambiado tanto,
eres diferente desde que andas con Hugo.
No lo puedo creer,
no queda nada de mi gato picarón.
- Es que yo no soy un gato picarón.
- ¿No?
- Ahora soy un tigrillo salvaje.
- Buenos días, me urge hablar con ustedes.
- ¿Qué te trae por aquí, Gladys?
- Mi hijo,
supe lo que sucedió anoche en la hacienda Montenegro y,
y vengo a rogarles que, por favor, no lo denuncien.
- Eso no es posible,
tu hijo estuvo a punto de matar a mi hija.
- Sí, yo sé que Arturo actuó muy mal,
pero es que él está arrepentido,
está muy presionado por lo del dinero
y por la desaparición de su hermana.
- Perdón, señora, pero eso sí no lo puedo creer.
Su hijo intentó asesinarme anoche,
eso no lo vamos a pasar por alto.
Además, están en riesgo otras personas.
- Él no tenía por qué agredir a mi hija de esa manera,
lo que hizo Arturo fue más que una locura.
- Por favor, tengan misericordia, ¿sí?
- Señora, créame que lo siento,
yo me imagino que para usted
debe ser terrible tener un hijo en la cárcel pero,
si usted hubiera estado ahí, entendería mi decisión.
- Tenemos que irnos, con permiso.
[♪♪♪]
- Malditas.
Tendrán que pagar por esta humillación.
Si algo malo le sucede a mi hijo,
ustedes serán las responsables.
- Buenos días.
- Buenos días, Sr. Monsalve, adelante
- Vengo a presentar mi declaración
sobre el incidente de anoche en la casa Montenegro,
Sr. inspector.
Duarte: El sargento Rojas le tomará la declaración,
siéntese.
- Buenos días. Ambos: Buenos días.
- Sra. Soledad, qué gusto verla por acá.
Supongo que vino a presentar la denuncia.
- Sí, así es.
Vengo a presentar mi denuncia en contra
de Arturo de Linares por lo que sucedió anoche.
- Mi hija tiene todo nuestro apoyo
para que se haga justicia
y espero, Sr. inspector, que las autoridades
tomen cartas en el asunto como debe ser.
- Tenga la certeza, Sra. Esther,
de que así se hará.
El sargento Rojas le tomará la declaración,
pueden esperarlo acá.
Lamento no poder estar presente,
pero tengo otro asunto que resolver.
- Inspector, ¿y ha habido alguna novedad en la mina?
- No, señora, no he recibido ningún otro informe.
Por cierto, voy para el cementerio,
el juez Fernández ordenó exhumar el cuerpo
del señor Hugo de Medina para constatar
que efectivamente sea él el que se encuentra sepultado.
[♪♪♪]
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪
♪ Y no dejar que nada ♪
♪ se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame. Sálvame ♪
♪ Despiértame otra vez. Otra vez ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber si vas a estar ♪
♪ conmigo al amanecer. ♪
♪ No, no, no... ♪
♪ Bésame, hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ para no saber quien soy, y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder ♪
- ¿Ustedes?
Guillermo: Sí.
Queremos hablar con sus patrones, señorita.
La señora de la casa está muy agradecida
porque le salvamos la vida a su hija.
- Sí, además, queremos una recompensa.
Usted sabe, arriesgamos nuestra vida.
- Pues, los patrones no me dijeron que les diera nada,
tendrían que esperar que doña Esther regresara.
Lucas: Yo les atiendo, Úrsula.
Es un gusto saludarles.
¿Cómo están? Guillermo: Mucho gusto.
- Ustedes dos ayudaron a mi hija y a Úrsula anoche,
¿cierto?
- Así es, sí, señor.
- Pusimos en riesgo nuestra vida, pero lo logramos.
- Muchas gracias.
Sabré agradecer su buena voluntad.
Sigan al estudio, allí les atiendo.
Vengan.
- ¿Nos trae un juguito, por favor?
Eso de salvar vidas da sed.
- A mí algo de comer que mi estómago
me está pidiendo algo sólido.
Después de usted, señora Burke.
- ¿Cómo que el juez dio orden de que abrieran
la tumba de Hugo?
¿Por qué motivo?
- El periodista Francisco de Morales
logró inquietar al juez Fernández
con las supuestas apariciones del Sr. Hugo de Medina.
- ¡Eso es ridículo!
Yo misma le dije a usted, inspector,
que no estaba segura de lo que vi,
y lo mismo le pasa a mi hija.
- Lo sé, Sra. Esther,
pero esos periodistas son gente influyente,
no hay quien pueda con ellos.
- Esto es un absurdo. No tiene sentido.
- El juez Fernández dio la orden de que se abriera
la tumba y hay que obedecer, permiso.
- Si ustedes me disculpan,
en un rato regresaré a dar mi declaración, permiso.
- Siga.
Ah, ah, ah, señorita, no voy a permitir
que vayas detrás de ese hombre otra vez.
- Ay.
[♪♪♪]
- Bien, bien. Aquí tienen.
Se recompensa a los corazones de buena voluntad.
- Gracias. - ¿Esto por salvar la vida
de su hija y de su empleada?
- Sh. - Viejo taca...
- ¿Qué dijiste, mujer?
- Helena dice que está muy agradecida
por su generosidad, señor, gracias.
[Golpes a la puerta]
- ¡Úrsula!
¡Abre la puerta!
[Golpes a la puerta]
- Parece que está ocupada.
Ya regreso. - Sí, señor.
- ¿Viste la cantidad de cosas de valor que hay en este sitio?
- Helena, por favor, deja eso en su sitio,
aquí no vinimos a robar.
¡Quieta!
Este señor nos ha recibido como gente importante.
Helena: Mira.
[Suspiro]
- ¿Tú?
- ¿Cómo estás, Lucas?
- Según Duarte,
el periodista Francisco de Morales
fue quien convenció al juez para que diera su autorización
y abrieran su tumba.
Señor, de Morales sospecha que usted está vivo.
¿Qué va a hacer?
- Tenemos que detenerlos, Boris.
Si abren mi tumba,
todo lo que hemos hecho hasta ahora no tendrá ningún sentido.
Tenemos que detenerlos.
- Con todo respeto, señor,
veo muy difícil que algo podamos hacer.
- Pero todos deben seguir creyendo
que Hugo de Medina desapareció de la faz de la tierra.
Todos.
- Inspector, haga cerrar las puertas del cementerio
y asegúrese de que estén presente
únicamente las personas indispensables
para realizar el procedimiento.
- Así lo haré, Sr. juez.
- ¿Y el doctor?
- ¿Max?
- Él fue quien expidió el certificado de defunción
de Hugo de Medina y es indispensable
que esté presente.
- Ya ordené que lo llamaran, así que no debe de demorar.
[♪♪♪]
Policía: Si no viene conmigo por las buenas,
tendré que llevarlo a las malas, doctor.
- Usted no entiende.
Yo tengo mucho trabajo pendiente
para ir a perder el tiempo para allá.
- Aquí tengo la citación del Sr. juez
y usted no puede negarse.
Si lo hace, puede verse muy afectado,
y hasta perder su licencia de trabajo, doctor.
- Está bien.
Voy con usted, pero que quede muy claro
que no voy a demorarme todo el día en eso.
Voy a recoger mi bastón y mi sombrero.
[♪♪♪]
- Maldición.
Esto se puso feo.
Si llegan a abrir la tumba, van a descubrirlo todo.
- ¿Qué haces aquí, Rebeca?
- Por favor, Lucas, no me trates así.
- No, es que no es bueno que vengas a mi casa.
No quiero tener problemas con mi esposa.
- Es que no vine por ti.
Esther y yo somos amigas y anoche me enteré
lo que le pasó a Soledad.
- No. - Quería saber como estaban.
- No, no te confundas.
Tú y mi esposa no son amigas, así que te ruego el favor
de que te mantengas al margen de mi matrimonio.
Mi familia es lo que más amo y no quiero perderla.
[Graznido de cuervo]
- Mira, están cerrando la reja.
Tanta cosa para ver el cadáver de Hugo de Medina.
- Te lo he dicho 20 veces,
el que maneja la información, tiene el poder.
Además, todos estos son unos chismosos,
solo quieren saber, en realidad,
si el cuerpo de Hugo está metido ahí.
Sr. oficial, disculpe, soy Francisco de Morales,
el periodista.
Vengo a cubrir la noticia.
Muévete.
Gracias.
- Señores, sabrán todos los detalles
de lo que pasó aquí el día de mañana,
así que, por favor, compren el periódico.
Vamos.
[Sollozando] - Nunca me imaginé
que expresarte mis sentimientos te fuera a causar tanto daño.
- Disculpa si te lastimo con mis palabras, Rebeca,
pero se trata de mi familia,
de mi matrimonio de tantos años.
- Créeme que mi intención no era hacerte daño
ni a ti ni a Esther.
Lucas: Lo lamento mucho, Rebeca, de verdad.
- Perdóname tú a mí.
No debo olvidar que desde que enviudé
soy una mujer sola.
Bueno, me tengo que ir.
Lucas,
¿sabes algo de los libros que hacían falta
en la colección de Jeremías?
- Ah, sí, están en el estudio. Ya te los doy.
- ¿Para dónde cree que va, señora?
- ¿A ti qué te importa? No seas igualada.
- ¡Don Lucas dijo que esperara aquí y aquí va a esperar!
Lucas: Quiero que me disculpen por la...
¡Guillermo!
¡Helena!
[Suspiro]
¡Los libros!
[♪♪♪]
Las porcelanas...
se las llevaron.
- Aquí está el doctor, Sr. juez.
Ya están todas las personas requeridas.
- Inspector,
Hugo de Medina está muerto,
esto es una payasada.
- Señor,
¿cree que su plan funcione?
- Claro que funcionará.
Unos cuantos disparos al aire los dispersarán.
- Patrón, repítame todo lo que tengo que hacer.
- Marina, será mejor que esperes aquí.
- No.
Yo quiero ayudarlos en lo que sea necesario.
- Boris,
esta noche vendrás con los Burke a sacar
el cuerpo de Miguel.
- Sí, señor.
- Con el poder que me otorga el Estado
y después de una investigación sobre la duda de la muerte
de Hugo de Medina,
y con el ánimo de escuchar a la comunidad que represento,
yo, Mauricio Fernández, juez de la región,
ordeno que la tumba
del Sr. Hugo de Medina sea abierta.
Proceda.
Soledad: ¡No!
¡Deténgase!
¡Yo me opongo a que abran esa tumba, Sr. juez!
[♪♪♪]
- ¡Me acaban de robar, Rebeca!
¡Los Burke se llevaron varias cosas de la casa!
¡También los libros de Jeremías!
- ¿Qué? - Sí, no debí confiar en ellos.
- Alberto, Hércules. - Diga, señora.
- Encontraron unos ladrones en la casa de Lucas.
Tenemos que ayudar.
Hay que rodear la casa.
Lucas: Vaya usted por allá, yo voy por acá.
- Y a nosotros que nos importa que estén robando esta casa,
no es la nuestra.
- No seas idiota,
se llevaron los libros de Jeremías,
tenemos que encontrarlos.
¡Ve! ¿Qué haces ahí parado?
[♪♪♪]
- Usted no puede abrir su tumba, señor juez.
Yo fui su prometida
y luego cuando me casé con su hermano
me convertí en su cuñada,
soy su único familiar vivo.
A mí nadie me consultó sobre esta situación.
- Entiendo su malestar, señora,
pero como autoridad que soy, en estos casos no tengo
que consultar mis decisiones con los familiares.
Soledad: Pues, se equivoca.
No sé sobre leyes, pero aquí no se cometió ningún delito.
Señor juez, esos solamente son
chismes malintencionados de personas que creen
que Hugo de Medina sigue vivo.
Esther: Hija, hija, ¿estás bien?
No debí permitir que vinieras a este lugar.
[Susurrando] - Sí, mamá, no te preocupes.
Sr. juez, por favor, entienda,
Hugo de Medina tenía muchos enemigos,
personas que creían que era una persona mala,
que era una persona oscura y peligrosa.
Eh, eh, hasta lo llegaron a acusar muchas veces
de haberle hecho daño a mujeres,
pero todas fueron acusaciones sin fundamento
porque nada era verdad.
- Doña Soledad,
esta diligencia no es para juzgarlo.
Necesitamos comprobar si su cuerpo yace aquí
para despejar las dudas que inquietan a esta comunidad.
- Por eso mismo es que esto es una injusticia,
muchas de las personas que estamos aquí
estuvimos en su entierro, Sr. juez.
Yo conocí muy bien a Hugo de Medina,
yo le puedo dar fe de la persona maravillosa,
llena de cosas buenas para dar que era Hugo.
Por favor, créame, respete su tumba.
¡Lo único que le pido es que deje su cuerpo en paz,
por favor, señor juez!
- Esta amargada nos está complicando las cosas.
- Es una mosca muerta y se hace la sufrida.
Francisco: Sí. - Lo hace muy bien.
Francisco: Sí.
Soledad: Señor, por favor,
no haga esto, ¿sí?
Deje su tumba en paz.
- Disculpe que la cuestione, señora,
pero usted misma llegó a decir que había visto
a Hugo de Medina con vida, ¿cómo explica eso?
[♪♪♪]
- No te lo puedo creer, Gatita.
Nos vamos a meter un lío
por andar robándonos esas cosas.
Yo te lo dije que no debíamos hacerlo.
- Ay, ya, deja de alegar
y vámonos que nos van a agarrar.
¡Ah! ¡Mira!
¡Vámonos!
[Gritando] ¡Arre, caballito!
[Gritando] Alberto: ¡Mírenlos!
¡Ahí están! ¡Oiga!
¡Ustedes deténganse!
¡Vengan acá! ¡Alto ahí!
- Sí, Sr. juez,
yo sentía que lo veía por todas partes
y casi me vuelvo loca de la pena de perderlo.
Pensaba que estaba por ahí, siempre lo recordaba, pero...
fue solamente eso,
las ganas de querer verlo, nada más.
- Un momento, un momento, discúlpeme.
Perdóname, Soledad,
tal vez para ti solo haya sido un recuerdo,
pero para muchos
aseguran haberlos visto, por ejemplo, tu madre.
- Mire, señor, seguramente fue impresión mía.
Para mí ha sido muy difícil ver sufrir a mi hija.
Mauricio: No, si eso es así.
No veo para qué estamos perdiendo el tiempo
en esta diligencia.
- Un momento, Sr. juez, un momento.
Usted no va a cancelar la exhumación, ¿verdad?
- Sí, Sr. Morales.
La exhumación del cadáver de Hugo de Medina
está cancelada.
- ¡Pero usted no puede hacer eso!
- No hay suficientes pruebas
como para fundamentar las sospechas,
así que es mi deber.
No puedo pasar por encima del dolor de estas mujeres.
Francisco: Pe... - Así esto queda terminado,
se cancela, Váyanse todos. Francisco: Pe...
Permiso, señora, y lamento esta bochornosa situación.
Francisco: ¡Pero, señor juez! - Ya lo oyeron, señores,
la diligencia terminó.
Podemos irnos. Francisco: ¡Señor juez!
¡No puede cancelar!
¡La gente necesita saber la verdad!
¡No nos puede dejar así!
Mauricio: Hugo de Medina está muerto,
si quiere escriba un artículo sobre su vida,
pero, por favor, déjeme en paz.
- Puede publicar lo que pasó hoy,
una nota sobre el fracaso de las intrigas.
Permiso.
[♪♪♪]
- ¿Escuchaste lo que dijo de mí?
- La Sra. Soledad lo ama, señor.
- Yo...
estoy aquí y no voy a permitir que irrespeten tu memoria.
[♪♪♪]
Esther: Vamos.
Ya todos se fueron.
- Sí.
Adelántate, mamá, yo quiero pasar un rato más aquí.
- Mi amor,
¿estás segura que estás bien? - Sí, estoy bien.
[♪♪♪]
- Que raro.
- Agáchense, agáchense.
[♪♪♪]
- Ladrones sinvergüenzas, me vieron la cara de tonto,
pero ahora mismo voy a la comisaría a denunciarlos.
- No, no es necesario,
mi ahijado se encargará de ellos.
- Rebeca, no quiero que te vayas
a meter en problemas con esos ladrones.
- Por eso no se preocupe, don Lucas,
yo sé cómo encontrarlos.
Conozco perfectamente esa clase de gente,
confíe en mí.
Bueno, en nosotros. - Gracias, joven.
Espero que con esto no vayas a confundir las cosas.
- Claro que no.
No necesitas repetírmelo, Lucas.
- Vámonos ya.
[♪♪♪]
- Adiós, Lucas.
- Adiós, Rebeca.
[♪♪♪]
Úrsula: Lo felicito, don Lucas.
Estoy muy contenta de ver que por fin puso
en su lugar a esa señora.
- Úrsula, ¿tú estabas escuchando?
- Fue sin querer, señor,
pero debo decirle que me dio mucho gusto ver
cómo defendió a su familia.
Ahora puede estar tranquilo porque de mi boca
no va a salir una sola palabra acerca de esa mujer.
- Gracias.
Te voy a pedir un favor.
- Con mucho gusto, señor, pídame lo que quiera.
- No quiero que Esther
se entere que yo le abrí la puerta a esos ladrones.
No es conveniente que ella se entere del robo.
- Pero lo va a notar.
- No, lo que se llevaron fueron adornos
y algunos libros viejos de Jeremías,
eso fue todo.
- ¿Y si se da cuenta?
Yo no quiero que ella piense que fui yo.
- No va a pensar eso, Úrsula,
tú eres de la casa y eso no va a pasar.
- Está bien, don Lucas,
puede contar conmigo para lo que quiera.
Lucas: Muchas gracias, Úrsula.
[Graznido de cuervo]
Hugo: Soledad es muy valiente,
merece que le diga la verdad.
Eloísa: No entiendo, por qué quieres hablar ahora
con Soledad si la podemos buscar más tarde.
- Ay, por Dios, Eloísa,
Soledad es una hipócrita,
como si nadie conociera su secreto.
Jamás le importó Hugo de Medina.
- Ya lo sé y yo jamás lo hubiera creído si no fuera
porque la propia Esther se lo dijo a mi tía.
Le dijo que Soledad era amante de Alcides
antes de comprometerse con Hugo.
Francisco: Pues, yo quiero que me lo diga de su propia boca
y quiero que explique por qué fingió querer a Hugo
cuando todo el mundo sabe en esta ciudad que se casó
con él solo para salvar a su familia de la ruina.
Eloísa: ¿Y eso a tí qué te importa?
A mí el que me da pena es Hugo, aunque no lo conocí.
Francisco: ¡Ay, no seas hipócrita!
- ¡Te estoy hablando en serio!
¿Tú sabes lo que es que la mujer que amas
se haya estado acostando con tu hermano?
Francisco: Camina, remolacha, camina, ven.
- Tienen toda la razón.
Soledad me traicionó
y de la peor manera.
[♪♪♪]
- Así que no dejaste que abrieran la tumba de Hugo.
- Vieras como se portó tu hija, Lucas.
Hoy demostró por qué es todo una Obregón,
dejó callado al juez
y a todos los que estaban allí.
- Estoy orgulloso de ti, hija.
Bueno, ¿y qué pasó con la denuncia contra Arturo?
- Sí, eh, lo íbamos a hacer
cuando supimos lo de la diligencia
en el cementerio y salimos para allá.
Yo debería ir ahora mismo.
- No, no, no.
Mejor no apresurar las cosas.
- Pero si no lo hace, van a dejar libre a ese hombre.
Lucas: No, no lo creo.
El juez sabe que Arturo atentó contra la vida de mi hija,
no lo va a dejar libre así porque sí.
- Bueno, yo creo que mejor me voy a descansar, gracias.
Con permiso. - Ay, Soledad, por favor,
no me gusta que me contradigas, siempre estás...
¿Dónde están las porcelanas?
¿Dónde están los libros de Jeremías?
- No, no, no lo sé, mi amor. Mira, lo que pasa es que...
- Lo que pasa es que se metieron
unos pordioseros a la casa, señora.
Yo dejé la puerta abierta un momento
y mientras fui a buscarle comida, entraron.
Esther: Ah. - Fue mi culpa.
- Vas a pagar con tu sueldo las cosas que se perdieron.
- Sí, señora.
Esther: Ah, ¿no vas a protestar?
¡Me estás diciendo mentiras!
- No, no te dice mentiras, Esther, yo mismo los vi.
Además, no es justo que esta muchacha pague
con su sueldo lo que los ladrones se llevaron.
[Gritando] - ¿Cómo que no?
¡Definitivamente, no me puedo ausentar
un solo momento de esta casa porque todo se vuelve un caos!
¡Es el colmo!
- Esther, Esther.
Gracias por no decir nada, Úrsula.
- No me lo agradezca, don Lucas,
más bien encárguese de reconquistar a su esposa,
que si usted terminó fijándose en esa otra dizque señora
es porque las cosas
en su matrimonio no están muy bien,
¿no le parece?
- ¡Busca a esas ratas y quítales los libros!
¡Haz lo que tengas que hacer y si es necesario, mátalos!
¡Total, no creo que nadie vaya a preguntar por ellos!
¡Lo importante es recuperar los libros de Jeremías!
- Cuenta con eso.
Marina: Con lo que hizo la señora Soledad,
yo creo que ya no quedan dudas de lo mucho
que quiere al patrón.
- Pobre don Hugo,
debió quedar muy confundido.
- Amor, pero yo creo que el patrón ya no debería pelear
con lo que siente por la Sra. Soledad,
ella lo quiere tan...
- Todo lo que dijo Soledad es falso.
- ¿Por qué dice eso, don Hugo?
- Porque es una hipócrita,
es una hipócrita que quiere convencer a todos
con esa actitud de mujer sufrida.
Todo lo que dice es falso.
- Patrón, usted me va a perdonar pero,
como habló la señora Soledad,
así solamente hablan las mujeres enamoradas.
- Hipocresía.
- Marina, eh, por favor,
¿puedes ir a la cocina y terminar de preparar la cena?
- Con su permiso, patrón.
- Lo noto alterado, señor.
- Boris, necesito salir de esta ciudad cuanto antes.
- Usted me dijo que quería que me encargara de sacar
el cuerpo de Miguel junto con los Burke,
¿ya cambió de parecer?
- Ya pensaré la manera de solucionar ese asunto,
pero no quiero utilizar a los Burke.
- Se hará lo que usted diga, señor,
pero trate de calmarse.
- No lo puedo evitar, Boris.
Toda esta situación me pone mal.
Necesito salir de esta ciudad cuanto antes,
cuanto antes.
- Te dije que no robáramos en esa casa
y no me hiciste caso, Gatita.
- Ay, gato malagradecido,
tú sabes que todo lo que hago, lo hago por los dos.
- Sí, pero don Lucas nos dio el dinero.
- "Dinero".
¿A esa limosna le llamas "dinero"?
Eso no fue una recompensa.
- Sí, pero se trata de la familia de doña Soledad
que era la mujer que don Hugo quería, que en paz descanse.
- Creo que nos pueden dar un buen dinero
por alguna de estas cosas.
- Yo me voy a llevar todo esto y lo voy a devolver.
- No, no, no, señor. Ay.
¿A ti quién te da derecho a agarrar lo que no es tuyo,
a agarrar lo ajeno, ah?
¡Esto es mío!
- Mira quién habla, si esto también es mío,
además, yo cargué lo más pesado.
- No, señor, esto es mío. Suelta, suelta, Guillermo.
- Les exijo que me regresen las cosas que se llevaron
de la casa de los Obregón
ahora mismo.
[♪♪♪]
- Espero que con este dinero sea suficiente
y me prometa que nadie se acercará a la tumba.
- Don Boris, es mucho dinero.
- Le estoy pagando tres meses por adelantado
y por esa cantidad me tiene que asegurar
que cuidará la tumba día y noche.
- Cuente con eso.
Dígame,
¿cuánto tiempo va a estar usted fuera de la ciudad?
- Aún no lo tengo claro,
pero me estaré comunicando con usted
por medio del telégrafo.
Espero que en seis meses la gente de este lugar
termine por olvidarse de don Hugo.
[♪♪♪]
[Campanillas]
[♪♪♪]
- Señor, está todo listo. Podemos irnos.
- Patrón, los hombres de la otra carreta
que traen sus cosas, ya están listos.
- Boris,
adelántense con el resto de los carruajes.
Yo los alcanzo.
♪ Mi sufrimiento ♪
♪ Es estar solo como el viento. ♪
♪ Es saber que así grite... ♪
- A estos libros le faltan páginas,
¿dónde las escondieron?
- "¿Páginas?", no sé de qué me habla.
Nosotros no hemos abierto esos libros.
- Hablen de una vez
o si no les juro
- que los mato. Ambos: ¡No!
- Señor,
le juro que por lo que más quiera que nosotros
no hemos tocado esos libros.
Nosotros nos robamos esos objetos,
[Sollozando] pero no, no hemos tocado esos libros.
Por favor. - Ustedes se lo buscaron.
[Gritando] Helena: ¡Ah! Guillermo: No, no, no.
Helena: ¡Oh, ah!
- Dr. Max.
- ¡Francisco, Francisco!, ¿a dónde vas tan misterioso?
- Voy a terminar de hacer
lo que no pudo resolver el Sr. juez.
- ¿Qué? No me digas que vas a...
- Sí, Eloísa, voy a abrir esa tumba.
Soy un gran periodista y no voy a permitir
que mi credibilidad se vaya al piso
después de lo que sucedió hoy en el cementerio.
- Francisco, abrir una tumba es un delito.
[Gritando] - ¡No me importa!
¡Le voy a decir al mundo que lo que estoy
diciendo es verdad, que Hugo de Medina está vivo!
- ¡Te vas a meter en un problema, Francisco!
¡Ay, necio!
Guillermo: Gracias, gracias, mi doctor.
Usted llegó en el momento más oportuno, ay, mis brazos.
- Yo nunca pensé que me diera tanto gusto verlo.
- Venga conmigo, tenemos algo que hacer.
- No, no, no me gusta su tonito, doctor.
¿Qué es lo que usted tiene en mente?
- Vamos a ir al cementerio.
- No, al cementerio otra vez no.
A desenterrar cadáveres, no, yo no voy...
- ¡Cállate, Burke!
Tenemos que evitar meternos en problemas
si llegan a abrir la tumba de Hugo de Medina.
- ¿Y qué es lo que tiene en mente?
- Desenterrar a Miguel y desfigurarle la cara,
así si abren la tumba, no podrán identificarlo.
- Uy, mi doctor, horrible, horrible.
- Sí, no, no, no cuente con nosotros, no.
- Ustedes no tienen opción.
Si las autoridades llegan a abrir la tumba,
ustedes son los primeros perjudicados.
- Ah, sí, tiene razón. Sí, sí.
Iremos con usted, doctor, pero antes tenemos
que ir a casa de los Obregón a dejar estas cosas
para no tener más problemas, doctor.
- ¿Y qué, y qué, qué hacemos con este señor?
- Pues, darle lo que buscaba.
Mira, ahí está.
A este señor parece que le gustaba mucho la lectura.
Vámonos de aquí, permiso.
- Bueno, ahora sí, andando.
[Ladridos de perros]
[♪♪♪]
- ¡Hugo!
[♪♪♪]
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