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(Música emocionante)
(Viento fuerte)
(Música onírica)
(OFF) "¿Qué dicen los buitres?
'Pagar', dicen.
'Pagar, pagar'".
-"¿Qué dicen los buitres?
'Pagar, pagar', dicen.
'Hay que pagar, pagar'".
-Pagar.
Tiene usted que pagar, señora.
-Pero ¿qué le pasa? ¿Está enferma? -¿Enferma?
Lo que está es más borracha que una cuba. (RÍEN)
Vamos, déjese de tonterías. Pague, ya es hora de cerrar.
No tiene un céntimo. Avisen a la policía.
Pues cuando no se tiene dinero, uno se queda en su casa.
-¿Qué pasa, patrón? -Esta señora, que no quiere pagar.
-¿Una señora, aquí?
(Risas)
No moleste a la señora. ¿Usted qué tiene que ver?
Cóbrese. Está bien. Conmigo no van a jugar.
-Verdaderamente, las cosas que hay que ver.
Venga, salgamos de aquí.
Emborracharse y de luto riguroso...
(Ladridos de fondo)
Gracias.
¿Necesita usted algo?
¿O quiere que la acompañe?
No, de verdad, déjeme. Adiós.
No puede quedarse sola. Usted está enferma.
Estoy cansada. He caminado tanto.
Tomaremos un taxi. Yo la llevaré hasta su casa.
¿A mi casa? Al hotel o adonde usted viva.
No puedo regresar al hotel.
¿Y dónde va a pasar la noche entonces?
No quiero dejarla así, en medio de la calle.
Mi casa está cerca de aquí, venga conmigo.
¿Con usted?
Sí. Estará sola.
Comprendo su situación y su dolor.
Me parece que vengo de tan lejos
y llevo andando días y días.
Vamos, mi casa está a unos pasos apenas.
¿En dónde estamos?
¿Qué es ese resplandor? Ah, es el faro.
Al principio divierte y molesta pero uno termina por acostumbrarse.
Creo que ya he estado en esta habitación.
Que ya he visto bailar así las sombras.
Todos los estudios se parecen.
Y viéndolos, creemos reconocerlos.
Todos tienen mesas, planos, dibujos, cortinas
y sillas iguales.
Este es el dormitorio y allí está el baño.
Para tener agua caliente, baje la palanca de la izquierda.
Esto no es lujoso pero es cómodo.
Instálese lo mejor que pueda.
Hay té, leche y frutas en la cocina.
Si tiene hambre mire en la despensa. Siempre queda algo.
No encuentro las pantuflas.
Aquí le traigo esto.
La portera le servirá el desayuno por la mañana.
E intentará echarle las cartas, una manía como cualquier otra.
¿Necesita alguna cosa más? No, gracias.
Mañana hablaremos con más tranquilidad.
Yo le explicaré muchas cosas que usted no sabe
y usted me explicará otras que no sé yo.
¿De acuerdo? ¿Ahora se va?
Vuelvo a la estación a controlar la llegada de los materiales.
Con el calor preferimos trabajar de noche.
¿Y estas tijeras?
Ah, las uso para recortar los planos.
Y a veces, cuando hago mis maquetas, recorto las puertas, las ventanas...
Es un trabajo que me distrae de mis preocupaciones.
(Graznidos y aleteos)
¿Oye cómo graznan y baten las alas?
Qué extraño.
Señora, usted tiene los nervios desechos.
Acuéstese e intente dormir y olvidar.
¿Olvidar yo?
Hágalo por usted misma.
Trate de serenarse.
Aquí le dejo la llave de la puerta.
Adiós.
Adiós, Mara.
Mara...
(Puerta)
-Uno, dos, tres.
Hum... Un camino.
Uno, dos, tres, cuatro.
Una mujer morena.
Uno, dos, tres. El engaño.
¡Señor Andrés!
¡Oiga, señor Andrés!
Buenos días, señora Blas.
No corra. No tenga tanta prisa, señor Andrés.
¿Por qué me dice eso?
Porque la enlutada de anoche se fue hoy temprano.
¿Se fue? Sí.
Aquí tiene la llave.
No tuvo suerte.
Pero no podía ser de otra manera.
A mí ya me lo habían dicho las cartas. ¡Hum!
(Música dramática)
(LEE) "Gracias".
(Pájaros de fondo)
(Música dramática)
¡Pablo!
¡Pablito!
¡No me llame más!
Ya estoy aquí y traigo todo: la red, los pañuelos,
el café, las almendras,
el jarabe de fresas y el tul del mosquitero.
¿Y Mauricio? Francamente, no sé.
¡Con Mauricio no se sabe! Habla más bajo, idiota.
Usted me encargó esas compras y yo las he hecho.
Te encargué decirle a Mauricio que quiero verle.
No pude ir hasta la cantera y Mauricio ha pasado la noche allí.
¿Cómo lo sabes?
Juegas un juego peligroso, Mara. Ah, eres tú.
No soy un hombre al que vas a engañar fácilmente.
No sé lo que me quieres decir,
pero verás qué pocas ganas tengo de jugar o de engañar.
Quiero ponerte sobre aviso: el que me la hace, la paga.
Mis enemigos siempre pagan.
Pagar. Hacer pagar es mi lema.
Me hablas como si discutieras un negocio.
Hablo el lenguaje que comprenden las mujeres como tú.
Nunca olvido dónde te encontré.
Yo tampoco. Me lo haces recordar con frecuencia.
Te prevengo que dejes en paz a Mauricio
porque si no volveré a echaros donde os hallé.
¿Me oyes bien?
A ti en el cafetín de Las Palomas y a él en la cárcel.
Tuviste suerte.
Los hombres como tú necesitan un empleado encontrado en la cárcel.
¿Alguna mujer del cafetín de Las Palomas?
¡Hum!
(Palomas de fondo)
No te ocultes. Sé que has oído todo.
Y sé que eres tú el que habla por demás.
Pero cuida tu lengua, porque si no le diré a Mauricio
que te devuelva al circo en Marrakech.
Y tú sabes que si yo se lo pido lo hará.
Usted se cree que puede manejar a todo el mundo.
Usted quiere a Mauricio para usted, pero no por él.
Y yo no dejaré que usted le haga daño.
(Silbido)
Mauricio. Mauricio...
(Música dramática)
(Música tensión)
(Timbre)
Usted...
Pase.
No sé por qué, pero tenía la seguridad de que volvería.
Yo quiero explicarle. No, no tiene que explicarme nada.
Venga.
Deme su sombrero, su abrigo.
Le serviré una taza de café.
Está caliente porque lo acabo de preparar.
Soy un especialista en hacer café.
Y por tratarse de usted, le agregaré unas gotas de ron.
He pensado tanto que alguna vez estaríamos los dos solos
en esta habitación,
que ahora que sucede me parece natural.
Tómelo, le hará bien.
Siéntese.
Anoche usted me llamó Mara.
Y me dijo que me explicaría cosas que yo ignoro.
Sí. ¿No se acuerda de mí?
No.
Le diré mi nombre: Andrés Leonardi.
Y ayer no la encontré por casualidad.
La estaba buscando.
¿A mí?
¿Dónde me vio usted antes?
En Zajal, en la cantera de los buitres.
La cantera de los buitres...
Sí, tengo una pequeña oficina en Zajal
y voy regularmente para la entrega de materiales.
Recuerdo que hacía un calor sofocante
y recorría la selva con un empleado.
"Mi rutina de siempre: discutir los precios
y pasar por ese infierno afectando un aire de serenidad.
Desde la altura vi un coche de caballos
conducido, al parecer, por un muchacho.
Al aproximarse noté que no era un muchacho
sino una mujer la que guiaba.
Usted.
Saltó del coche
y vino hacia mí acompañada por ese ser extraño y deforme.
Pero se detuvo.
Levantó los ojos hacia los buitres en el cielo.
(Graznidos)
La contemplé absorto por su belleza
y usted me sonrió apenas y me dijo...".
Si alguien mata un buitre, ¿qué hacen los otros?
"Saqué mi revólver, apunté y...".
(Disparo)
"Un buitre cayó pesadamente entre la desbandada y los graznidos.
Pero los otros, viéndolo muerto en tierra,
se precipitaron sobre él.
Era atroz. Casi repugnante.
Y en silencio, los contemplamos".
(Graznidos)
También ellos se devoran entre sí.
"Después de mirarme, usted entró en los barracones".
No la vi más porque esa tarde regresé a Tetuán.
¿No se acuerda?
No, no me acuerdo.
En Tánger la volví a ver meses después,
una noche en El Palmeral.
"La gente bailaba.
Y en la semioscuridad,
frente a mí vi sus ojos.
No podía desprender de ellos los míos.
Después, cuando usted salió a bailar,
me repuse de mi emoción.
De esa extraña e incomprensible emoción.
Yo la miraba bailar, hasta que usted me miró.
Un amigo me dijo que se llamaba usted Mara Russell.
La mujer de Russell, uno de los dueño de la cantera.
Un hombre celoso como un tigre
y que la tenía secuestrada en una finca en Zajal.
Entonces me pareció que con el encuentro de nuestros ojos
usted ataba su destino a los míos.
Una ilusión, puede ser".
Pero he vivido de ella día tras día
como un obsesionado.
Como en un encantamiento.
¿En Tánger, en El Palmeral?
Sí, en una fiesta del jalifa.
Qué lluvia más fuerte.
Dijo usted que ayer me buscaba.
Sí, hace unos días leí en los diarios
que Russell había muerto por un accidente en la cantera.
Y la vi en la estación de tren.
"Supe que había regresado usted con los restos de su esposo.
Ni muerto la dejaba sola.
Volvía usted para darle sepultura
cumpliendo los últimos deseos del difunto".
Pasó a mi lado acompañada de dos monjas
y sus ojos no me miraron.
Y yo no me atreví a seguirla al cementerio, Mara Russell.
Mara... Señora... (LLORA)
No se ponga usted así.
Déjeme... Déjeme...
Perdóneme, no debí hablarle como lo hice.
No haga que me sienta culpable. Cálmese.
Déjeme sola. ¡Déjeme estar sola!
Está bien.
Trate de tranquilizarse, se lo suplico.
Descanse. Hágalo, por favor.
Y, otra vez, perdón. Usted no tiene la culpa.
Pero déjeme. No quiero pensar.
Quiero dormir.
Yo estaré ahí al lado. No la molestaré.
Si necesita alguna cosa, me llama.
(Goteo fuerte)
(Música tensión)
(Goteo continua)
Mara, ¿qué hace? ¿Por qué me mira así?
Mara... (LLORA) No sé...
Por favor, ayúdeme.
He luchado hasta ahora por ocultarlo, por no decirlo.
Pero no puedo más.
¿Por qué oigo ese aleteo de pájaros? ¿Ese graznar de buitres?
¿Por qué me dan miedo estas tijeras?
¿Por qué no recuerdo nada?
(LLORA)
¿No se acuerda de nada?
De nada. Ni quién soy.
Ni mi nombre.
Sé que me llamo Mara porque usted me lo ha dicho.
Pero usted está enferma.
Hay que tratarla, Mara. Usted se curará.
Es como estar ahogándose en un horrible pozo.
Sin aire.
Sin luz, sin una ayuda.
Lo que le sucede es posible después de lo pasado.
¿Qué ha pasado? No lo sé.
Usted me habla de una cantera, de un baile, de un huerto.
No lo recuerdo.
A veces veo cosas que me llenan de horror
y prefiero seguir en mi pozo, en mi soledad.
Pero si no está sola.
Estoy yo con usted.
Yo que la quiero.
Que la quiero bien.
Que la quise siempre.
(Música romántica)
Perdóneme.
¿Por qué? Por haberla besado.
(Música tensión)
¡Botijos! ¡Botijos! Señora Blas.
Buenos días, señor Andrés.
¿Se acuerda de la señorita? Sí, sí...
Está arriba.
No suba usted por el momento, no la moleste.
Arregle todo mucho más tarde.
-Pierda cuidado, señor. -¡Botijos!
Subo a echarle las cartas a la invitada.
-Vaya usted con Dios. ¡Botijos!
Buenos días, señorita. Vengo a prepararle su desayuno.
Gracias, no tengo hambre.
Usted ha tenido un disgusto. No me diga que no, lo veo.
La señorita es como yo,
que no puedo probar nada al menor contratiempo.
Felizmente, yo tengo mis barajas que me dicen lo que debo hacer.
Yo las escucho y ellas me consuelan.
¡Las cartas saben!
¿Qué saben las cartas?
Saben lo que no conocemos y recuerdan lo que hemos olvidado.
¿Lo que hemos olvidado? ¿Quiere probar?
(Música misteriosa)
Corte.
As de espadas.
Sota de bastos.
¿Qué es esto?
Es la primera vez que veo una cosa así.
Nada. No dicen nada.
Las cartas no quieren hablar.
Es como una página en blanco.
¿Una página en blanco? Sí.
Es increíble, pero es así.
Espere. Volveré luego con la señorita Flora.
La señorita Flora conoce estas cosas mejor que yo.
Pero dígame usted algo. Luego, luego.
De momento no puedo decirle nada.
No puedo decirle nada.
Esa señora llegó acompañada por dos monjas de la misión El Zajal
y asistió a la inhumación de los restos de su marido.
¿Y las hermanas no facilitaron ninguna información?
Enseguida se lo diré a usted.
Alonso.
¿Tiene usted la respuesta de las hermanas?
Sí.
Sí, sí. Ajá. Gracias.
Sí, la conducta de la viuda les pareció harto extraña
y resolvieron consultar a un médico.
Pero después del entierro la señora Russell desapareció.
¿En qué hotel se había hospedado? En el hotel Cashmere.
Pero también sabemos que no ha vuelto a su habitación
y ha dejado allí sus maletas. Muchas gracias.
Adiós, señor.
¡Señora!
Aquí le presento a la señorita Flora.
Le dirá su futura leyéndolo en la arena.
Pero yo tengo que salir. Es un minuto nada más.
Extiendo la arena sobre la mesa.
Y ahora tiene que apoyar su mano aquí.
La arena lo sabe todo.
¿Apoyar mi mano? Sí. Y dejar una huella.
Hágalo, no tenga usted reparo.
Así.
En esa marca se imprime el pasado, el presente y el futuro.
Oh...
¡La corona negra!
¿La corona negra? ¿Qué es eso? Parece usted asustada.
No, nada, es un símbolo.
Ah, perdone, ya llegó el señor. Seguiremos otro día.
Le había pedido que no molestara a la señorita.
Como estaba despierta y para entretenerla, yo...
Vamos, Mara, salgamos.
Comience a arreglar la habitación. Sí.
Adiós. Adiós, señorita.
-Adiós.
-¿Dijo usted la corona negra? -Sí, es la muerte.
-Esa, enlutada, trae la muerte. -Oh...
Ha dejado su sombrero de crespones y el abrigo.
¿Y esto qué es?
Una llave.
Y de una sepultura. Naturalmente.
Pobre señor Andrés, hay que salvarle.
-Esa mujer debe desaparecer. -Pero ¿cómo?
-¿Dónde están las escobas? -En la cocina.
Con la escoba de Azrael. Es el ángel de la muerte.
Y si se coloca una escoba,
el palo contra el suelo y la paja contra una ventana,
Azrael la ve y hace desaparecer de esa casa a su mensajero.
¿Y esta? Es una escoba nuevecita.
-Hum... Bien. -Vamos.
El mango para abajo. Eso es.
Mírelos, van hacia la plaza.
¿Quién diría al verla que es una mensajera de Azrael?
La arena nunca se equivoca.
Miro la calle, las casas, y me parece no haberlas visto nunca.
Mara, ya comenzaremos a desenredar la madeja.
¡Taxi!
Averigüé que has dejado tus maletas en el hotel Cashmere
y pasaremos a recogerlas.
En mi vida debe haber algo horrible.
Ayer en el cementerio... ¿En el cementerio qué?
Encontré a Pablo, el enano.
Recordé a Russell.
Recordé muchas cosas.
Dime, ¿tú sabes qué es el cafetín de Las Palomas?
¿Aquí? No.
Espera.
Chófer, ¿conoce usted el cafetín de Las Palomas?
Es un "music hall" junto al mercado.
¿Vamos? Sí.
¿Ves? Descubriremos todo poco a poco.
Te lo suplico, Andrés, no vayamos.
No tengo miedo por mí, sino por ti. Debemos ir.
Aunque no sea más que por liberarte de esos temores tan absurdos.
(Música dramática)
No recuerdo absolutamente nada.
Es una tortura horrible. Espera.
Deme una mesa para esta noche. Esta noche no trabajan los artistas.
Solo hay función sábados y domingos. Pues dos asientos para el sábado.
Toma, guarda las entradas en tu bolso.
Es mejor que no te acompañe, causaría mala impresión en el hotel.
Toma este dinero y paga tu habitación.
No me atrevo. ¿Si me preguntan algo qué digo?
¿Qué debo decir? Entra, pide tus maletas.
No tengas miedo. Te espero aquí.
No puedo estacionarme, debo avanzar. Bueno, sigamos.
-No. Sí.
Bien.
Buenos días, señora.
La llave de mi cuarto, por favor. ¿Qué número, señora?
¿El número?
La habitación de la señora Russell.
¿La habitación de la señora Russell?
La 132.
La 132.
-Señora. Gracias.
(Música tensión)
No esperabas encontrarnos aquí, ¿eh?
Vamos a tu cuarto, tenemos mucho que hablar.
Sube.
(RÍE)
La dama pretendía esfumarse.
Te imaginabas que yo era otro títere que moverías a tu antojo.
Veo que tienes las maletas hechas.
Pablo, lleva esa, que vamos a acompañar a la señora.
Hum...
Y ahora nos vamos a reír nosotros. (RÍE)
-¡La Mañana de Tánger! ¡Periódicos, revistas!
¡Periódicos! ¡Periódicos!
¡Ha salido La Mañana de Tánger! ¡Periódicos, revistas!
(Timbre)
¿La señora Russell, por favor? Acaba de salir, señor.
¿Está usted seguro? Sí.
Me ha citado aquí.
Se retiró hace unos minutos con dos señores.
¿Y no dejó nada dicho? No.
¿Un recado, una dirección? Absolutamente nada.
Uno de los señores pagó la cuenta y salieron.
Está bien, gracias.
(Música misterio)
He dejado los diarios sobre la mesa.
¿Viene usted solo? (ASIENTE)
¿Y la señorita? ¿No vuelve con usted?
Ah... Entonces resulta que se marchó.
¿Qué significa esa escoba ahí? ¿Eh?
Nada.
Una portera es natural que se ocupe de escobas.
La señorita ha olvidado su sombrero, el abrigo y esta llave.
¡La llave de una sepultura!
(Pájaros de fondo)
Óigame, ¿puede usted decirme quién trajo esa corona?
¿Esa? Pues la trajeron el día del entierro.
¿Una mujer que vino con dos monjas? A decir verdad, no sé.
A mí me pareció que la trajo la otra.
¿La otra? Pues claro, la otra.
Anda, si usted supiese los líos que hay en los cementerios...
Aun después de muerta la gente, sigue con sus líos.
La primera era la guapa.
Y la segunda la que armó bronca porque no había flores.
¿Conoce usted su nombre? Solamente la dirección.
Me la dio para que fuese a buscar allí las flores frescas.
Dijo que las compraba en el mercado porque eran más baratas.
Me interesaría conocer esas señas. Las señas las tengo aquí.
En este papel.
Calle Jerife, 30.
(CANTAN EN FRANCÉS)
Este caballero desea ver a la señora.
-Pásele al saloncito, que espere. -Bien.
Enseguida voy.
-Señorita Stubbers. -¿Sí?
Siga usted el ensayo con los niños.
Caballero, usted me dirá.
Tome asiento, por favor. Gracias.
Perdone que la moleste, señora.
No sé si usted me podrá ayudar.
Pero desearía me informase sobre la señora Russell.
Soy yo, señor.
Me refiero a la esposa de don Luis Russell.
Exactamente, soy yo.
Mejor dicho, a la viuda de Luis Russell.
Que vivía en Zajal.
Le estoy diciendo que soy yo, caballero.
Debe haber un malentendido, señora. Yo pregunto por Mara Russell.
Ah...
Felizmente, no conozco a esa persona.
Y ella no tiene ningún derecho a llamarse señora Russell.
La única señora Russell soy yo.
Mi marido se divorció en Casablanca. Un divorcio que jamás reconocí.
Y se casó luego con esa.
Puede que ella sea una persona correcta.
Si no hubiese sido por esa persona
mi marido no se hubiera portado con nuestro hijo como se portó.
Nunca pedí nada para mí.
Pero nuestro hijo tenía derecho a ser tratado de otra manera.
Usted la juzga sin conocerla, señora.
Es que usted no lo sabe todo.
Mi hijo ha partido a defender nuestros intereses.
Porque mi marido era rico, señor.
Tenía dinero, valores, alhajas, títulos...
Pues bien, todo ha desaparecido, no se ha encontrado nada.
Ni el dinero, ni los valores.
Y ella, como por casualidad, también ha desaparecido.
Pero ella está aquí.
Cuando su hijo regrese de Zajal me gustaría mucho hablar con él.
Usted tiene en la tarjeta mi dirección.
Mi hijo piensa como yo.
Ya ha dado parte a la policía para que se encargue del asunto.
Estoy seguro que cuando le diga lo que sé
modificará su punto de vista.
Adiós, señora. Caballero.
Por si le interesa, sepa que en el cementerio
ha sido visto el monstruo que acompañaba siempre a esa mujer.
Un enano.
La izquierda, la izquierda. Baja la cabeza.
Y tú, más ligereza en los pies.
Eso es.
(AFÓNICA) Hola.
La toalla.
Gracias, Madame Laborde. ¿Cómo sigue de la garganta?
Como siempre. Afónica.
Ahora estará contenta, tiene a sus dos hijos con usted.
Ya sabes que Mauricio nunca dura mucho tiempo en un sitio.
¡Mientes! ¡Como siempre, mientes! ¡No me creo una palabra!
Como usted quiera. No entiendo, inventas estupideces.
Es la verdad, he perdido la memoria. No me acuerdo de nada.
¡Le he dicho que no me acuerdo de nada!
¿Dónde están las piedras?
No sé de qué me habla.
Antes de irte me diste cofre y llave porque los diamantes estaban dentro.
Pero cuando abrí el cofre, lo encontré vacío.
¡Vacío! ¿Me oyes? ¡Déjeme!
¿No ve que no puedo contestarle? ¡Vacío!
Y tú ya te habías marchado disfrazada de viuda,
envuelta en tus crespones negros.
Representando esa comedia, ¿ahora quieres que te crea?
Déjeme, se lo suplico.
Primero hablarás.
Y yo sabré hacerte hablar.
¡Pablito! Una visita para la señora Mara.
Sí, está arriba, la pobre.
Llegó tan mal que nosotros creímos oportuno
traerla aquí a vivir con nosotros.
Menos mal que ha caído en buenas manos.
Por aquí, hermanas.
¿Usted está a bien con Dios?
Ahí vienen sus ángeles guardianes: dos monjas.
Dios mío, señora Russell, estábamos tan inquietas.
No sabíamos qué había sido de usted después del entierro.
En el hotel no dejó ninguna dirección.
Felizmente sor Angustias recordó que el señor Mauricio
era hermano del señor Toni.
Y resolvimos venir al gimnasio a preguntar por usted.
Y la encontramos bien de salud. Espero.
-¿Está usted en forma, señora? -¿No nos reconoce?
No.
Está usted muy afectada. Es natural después de lo ocurrido.
Pero pronto se repondrá.
Ahora la dejamos, volveremos otro día con más tiempo.
Eso es, volveremos otro día. Dejen ustedes descansar a la señora.
-Hasta pronto. -Adiós.
Pero si está muy enferma.
Ya en el tren nos dimos cuenta y queríamos llevarla al médico
pero huyó después del entierro.
¿Ustedes creen que ha perdido la memoria?
Sí, lo creemos.
¿No recuerdan ustedes que la señora Mara tuvo un ataque
y cosas raras así hace dos años, al volver de Tánger?
Voy a acompañarlas. Por Dios, no se moleste.
Síganme.
Yo voy con ustedes.
¿Quién es ese hombre?
Es el hermano del señor Mauricio. No tenga usted miedo, señora.
Vamos, vamos.
-Adiós, señora. -Que ustedes lo pasen bien.
Adiós.
Gracias a Dios, llévenme con ustedes.
Señora Russell...
¡Sáquenme de aquí, por favor! ¿Por qué?
¡Sáquenme!
Tengo miedo de toda esa gente, de esa vieja, de ese hombre.
¿Quién es ese hombre?
Cálmese, señora, es la secretaria de su esposo.
Todos la quieren bien. ¡No, es mi única oportunidad!
Comprendan, quiero irme, sáquenme de aquí.
Aquí me hablan de unos brillantes, de un cofre... ¡Déjenme!
¡Suéltenme! ¡Me quiero ir!
¡Suéltenme! ¡Suéltenme!
¡Suélteme! ¡Suélteme!
Podemos llamar al doctor Luján, el médico de nuestra comunidad.
No se preocupen. Pueden irse tranquilas, hermanas.
(Agua ducha)
(Silbido)
Mauricio...
Mauricio...
De modo que te acuerdas de mí.
Sí, Mauricio. Me acuerdo de ti.
¡Señor Andrés! Buenas noches.
¿Quiere usted que le sirva ya la cena?
No, gracias, voy a comer fuera.
Pero hágame un favor, quédese aquí atendiendo al teléfono.
¿Quién va a llamar a esta hora?
No sé, siempre puede haber una llamada importante.
Hasta luego. Hasta luego.
(Música misterio)
Una, dos, tres...
(Teléfono)
Y... un viaje.
(Teléfono continúa)
Una, dos, tres, cuatro...
¡La muerte!
¿Aló? ¿Reclamaciones?
Señorita, debe haber alguien que conteste.
Insista, por favor. Eso es, continúe llamando.
Aquí es el 4446.
Sí, sí, 46.
Estaba usted hablando por teléfono.
Llamaron y atendí, pero no contestan.
Hace más de un cuarto de hora que estoy al lado y no oí llamar.
Usted no necesita salir de su habitación.
Será mejor encerrarme.
¿No comprende que lo hacemos por su bien?
Entonces dejen de espiar y vigilarme.
¿Y usted cuándo va a terminar con esa farsa?
¿No comprende que es bastante el daño que le ha hecho a Mauricio?
¿Yo? Sí, usted.
Por fin Mauricio había logrado un trabajo estable.
El señor Russell le tenía consideración.
¡Y usted le empujó a todo esto!
Sí, y trabajaba a gusto. Luego él me colocó a mí.
Pero llegó usted y lo echó todo abajo.
Claro, como a la señora ya no le hace falta,
quiere darse la gran vida con los brillantes y las joyas.
Les he dicho, por Dios, que no me acuerdo de nada.
Si no es porque Mauricio la quiere, ¡yo la hacía hablar!
Déjala, Toni.
Y usted, váyase también.
Mire que quererla a usted...
Mauricio debe estar loco, su hermano tiene razón.
-...dos tres, cuatro. Uno, dos...
Uno, dos, tres, cuatro...
Un hombre con dinero.
(Teléfono)
¿Dígame? Por fin, señora Blas.
¿Está el señor?
Llámelo, pronto. Soy la señora Russell.
El señor no está.
No está, se ha ido a Marsella.
Sí, por unos meses.
(Puerta)
¿Llamaron por teléfono? (NIEGA)
Usted hablaba.
Alguien que gastaba bromas, pero yo lo arreglé.
Buenas noches. Que descanse.
(Música dramática)
Mara, ¿qué haces aquí? ¿Por qué sales de tu habitación?
Quise hablar por teléfono.
Ya me lo ha dicho Toni. ¿Con quién?
¿Por qué lo quieres saber? ¿Aún crees que simulo, que miento?
No, Mara, no dudo que estés enferma.
Y ya hemos hablado con el médico para que venga a verte.
Mauricio, tengo miedo de recordar mi vida.
De saber lo que hacía.
Piensa que si recordaras tendríamos una fortuna en nuestras manos.
Y podríamos vivir como lo hemos soñado.
¿No sería mejor renunciar a ese sueño
y que yo viviera sin recordar nunca mi pasado?
¿Qué puede importarte el pasado
si yo te quiero conociendo toda tu vida?
¿Tú me quieres?
(Música romántica)
¿Acaso no lo sabes?
Soy como una herida que sangra cuando aprendo a conocer más.
Parecíamos dos sonámbulos que sueñan.
Ahora hay que despertar.
Si me quieres, no me tengas aquí secuestrada, Mauricio.
Si me quieres, déjame olvidar ese sueño
que tengo tanto miedo de recordar. ¿Por qué?
Todos tenemos que conocer en un momento dado nuestra verdad.
Y nos queda un único camino:
acostumbrarnos a ella.
Pero esa verdad me causa horror.
No quiero...
No quiero recordar cómo he sido.
Cómo soy. No, es absurdo.
No podemos renunciar a esa fortuna.
Estás enferma.
Debes recordar.
Está bien.
Llama al médico.
-Mire la luz.
Abajo.
Arriba.
Hum... Bien. A la izquierda.
A la derecha.
Nada grave. Los nervios muy excitados.
Haga el favor de encender la luz.
¿Quiere traer un vaso de agua mineral, señora?
Enseguida, doctor.
(SUSPIRA)
Doctor, tiene que ayudarme a salir de aquí, a huir.
¿Cómo dice? Hable más bajo, por Dios.
El enano debe estar escuchando. Siempre espía.
¿El enano? Sí. ¿No lo vio?
Pero no perdamos tiempo, que ya viene la vieja.
Diga usted que me tiene que internar en una clínica.
Comprenda, doctor, estoy aquí secuestrada.
¿Está usted aquí secuestrada? Sí.
Dicen que yo sé dónde están los brillantes.
Cálmese. Después saldré de la clínica.
Luego tengo que ir a Marsella. Créame, doctor.
Cálmese, yo la creo.
Me doy perfecta cuenta que usted dice la verdad. Hable.
Es como estar presa en un laberinto.
Sálveme, doctor, no haga como las hermanas.
Ya estaba en la puerta y...
-Aquí tiene el agua, doctor. -Gracias.
Tome esta pastilla, señora.
Es un calmante.
Dormirá y despertará más serena.
La he comprendido. Luego arreglaré todo a su gusto.
(RÍE)
Acuéstese.
Salgamos, señora.
Por aquí, doctor.
¿Qué hay, doctor? Ya lo decía a la señora.
Actualmente en los centros neuropsiquiátricos
se es un poco escéptico en materia de amnesias.
Pero el caso de la señora es evidente.
Una pérdida de la memoria unida a manía de persecución.
Imagina estar secuestrada aquí.
¿Secuestrada? ¿Por qué? ¿Por quién?
No se preocupe, dice las cosas habituales en estos casos.
Habla de laberintos, enanos, espías...
No lo entiendo.
¿Y cuánto tardará en curarse, doctor?
Será largo. Un año o más.
Sin embargo, recuerda de pronto ciertas cosas.
Me reconoció. Amnesia lacunaris.
Son recuerdos aislados o parciales.
Por el momento vigilen ustedes su sueño
y ténganme al corriente de cualquier novedad.
Lalina... Lalina...
Lalina no se equivoca.
No se equivoca.
Sabe lo que no conocemos.
Lo que hemos olvidado.
Andrés... dame tu mano.
No me abandones.
Solo te tengo a ti.
Te quiero como nunca he querido.
Sí, Andrés... El cafetín de Las Palomas.
Llevo las entradas en el bolso.
(Música suspense)
No tengo miedo por mí... sino por ti.
Te lo suplico... Te lo suplico...
(Silbido)
¿Qué pasa?
Ya ves, lo que me imaginaba, pero tú nunca me haces caso.
¿Qué? Esa amnesia en la que nunca creí.
La verdad es que hay otro hombre detrás de toda esa comedia.
No digas tonterías. Tonterías, tonterías...
Se llama Andrés, para que lo sepas. Y vive en Tetuán.
Y ella le ha dado los brillantes.
Porque ella le quiere a él y no a ti.
Ten cuidado con lo que dices, Pablo. Hablaba en sueños:
"Andrés, Andrés... Solo te tengo a ti.
Te quiero como nunca he querido. Ay, Andrés...".
Y debe volver a verle en el cafetín de Las Palomas.
¿Cómo lo sabes? Aquí tienes las entradas.
Está bien.
Mañana volverá a verle.
-Pasen, señores, pasen.
Pasen, señores.
(Música animada)
Ve, Pablito, y consigue la mesa que te prometió.
Descuida. Cuando te vea así, te reconoce.
Es absurdo, Mauricio. He hecho lo que me has pedido:
vestirme de blanco y salir contigo.
Pero ahora volvamos, me siento mal.
Si dices la verdad, no tienes por qué temer.
Si no, él sabrá explicarnos dónde están los brillantes.
He dicho todo.
Es cierto que le conocí esos días en que caminaba por las calles.
Y es cierto que se fue a Marsella.
Conseguí la mesa vecina.
Te sentarás sola y veremos lo que pasa.
Entremos.
(Música termina)
(Aplausos)
Hola, Mara.
(HABLA EN ÁRABE)
No la comprendo. ¡Mara!
(HABLA EN ÁRABE)
(MUJER RÍE)
(Música animada)
Yo no sé lo que tenemos oculto los marineros.
Ay, ¿qué será, qué será, qué será? Ay, ¿qué será, qué será?
-Ni una sola mujer se resiste a nuestro amor.
Y lo que es mucho peor: no se cansan de querer.
Ojo, marinero, que hay mucho vaivén.
¿Qué será, dígame usted,
lo que tenemos los marineros?
¿Qué será, pobre de mí,
que nos dan todo hasta el fin?
-¿Qué será, dígame usted,
lo que tenemos los marineros?
¿Qué será, pobre de mí,
que nos dan todo hasta el fin?
Yo no sé qué es lo que tienen que me encantan las mujeres.
Ay, ¿qué será, qué será, qué será? Ay, ¿qué será, qué será?
Yo, la verdad, no lo sé, pero puedo asegurar
que me gustan a rabiar solo por lo que se ve.
Ojo, marinero, que hay mucho vaivén.
¿Qué será, dígame usted,
lo que tenemos los marineros?
¿Qué será, pobre de mí,
que nos dan todo hasta el fin?
(Aplausos)
(Música animada)
(CANTA EN INGLÉS)
Mara.
No creía posible encontrarte.
Váyase, se lo ruego. Es mejor para los dos.
Pero ¿por qué?
¿Por qué no me miras?
Tengo derecho a una explicación.
Para eso vengo yo.
¿Usted?
¿Quién es usted? Lo mismo le pregunto yo.
¿De dónde y desde cuándo conoce a Mara?
No tengo por qué contestarle. Yo lo haré.
He visto al señor hace meses matando buitres allá en la cantera.
Y conversando con la señora.
Me habías dicho que lo conociste aquí, días pasados.
¿Qué tiene que ver él contigo? Mara es mi amante.
¿No se lo ha dicho?
Por favor...
...dime que eso no es verdad.
Un momento, aún no hemos terminado.
¿Qué sabe del cofre y las piedras?
¿Las piedras? Los brillantes.
Mara no recuerda si se los ha dado a usted.
Ah, y por eso han venido ustedes,
para que yo le refresque la memoria.
Pues sí, los brillantes los tengo yo.
Eso no es verdad. Usted no se acuerda.
También eso lo ha olvidado.
Pero si quieren las piedras
tiene que venir su amante a buscarlas a mi casa.
Ella conoce mi dirección.
Buenas noches.
(Aplausos)
(Timbre)
Acabemos. ¿Dónde están las piedras?
¿Dónde está Mara? Basta de bromas y conteste.
Les dije que solamente a ella le entregaría las piedras.
(SE QUEJA)
¿Ves? Siempre el mismo bruto. ¿Qué hemos ganado ahora?
No pueden estar lejos, registrémoslo todo.
¿El señor Andrés Leonardi, por favor?
En el entresuelo. Suban.
¡Rápido, salgamos, viene gente!
¡Toni, Toni! Es inútil, ¡vamos!
(Pasos acercándose)
(Timbre)
-Es curioso, la puerta está entreabierta.
-Y no contestan.
¡Oh, hijo! ¡Dios mío!
-¡Portera! ¡Señora! -¿Qué pasa?
-¡Suba pronto! ¡Rápido! -¡Ahí voy!
-¿Qué tiene? -Está desmayado.
-Lo han destrozado a golpes. -Ay, ya vuelve en sí.
Ayúdame.
(SE QUEJA)
¡Virgen del Alma! ¿Qué es esto?
¡No se quede ahí paradas!
-Tráiganme agua, una toalla, alcohol. -Sí.
Ya he descubierto que el señor Luis Russell
había convertido su fortuna en brillantes
y que los guardaba en un cofre.
Todo ha desaparecido.
Y se han iniciado en Zajal las investigaciones pertinentes
a petición de su único hijo y heredero.
Me parece muy bien, señor inspector.
Pero no comprendo qué tengo que ver yo en este asunto.
Informé al señor inspector que usted me había visitado
y su interés por esa mujer llamada Mara.
Es importante para nosotros
saber si ha visto recientemente a esa señora
y dónde.
No.
La dejé de ver antes de visitar a la señora Russell.
¿La dueña de los títulos y el dinero que ha desaparecido?
Mara es una enferma.
La pobre no recuerda absolutamente nada.
Difícilmente podría hablar de ello.
¿Conoce a los que le atacaron en su casa
y sabe por qué razón lo hicieron?
Lo ignoro. Y nunca los había visto antes.
¿Tiene usted alguna otra pregunta, señor inspector?
Por el momento no. Muchas gracias.
Mi hijo, caballero, se ha informado de ciertas cosas.
Parece que la tal Mara engañaba al pobre Russell
con Mauricio Laborde, su hombre de confianza.
Y él tampoco ha quedado en Zajal,
pero quizá esté en casa de su hermano,
un boxeador que tiene un gimnasio en la calle Praye 28.
La toalla.
Las duchas están a la derecha. ¿La entrada?
(Música tensión)
Mara.
Qué locura haber venido, Andrés.
Como tú no me visitas a mí... No sabes el peligro que corres.
¿Acaso te importa? Calla, nos pueden oír.
Ven, por aquí.
Ven.
Esta puerta da al garaje, solo tienes que cruzarla y salir.
Lo podrías haber hecho tú.
Desde que estoy aquí recuerdo poco a poco mi pasado.
Tú no amarías a la mujer que descubro.
No me importa lo que has sido.
Te quise desde que te conocí, por eso te exijo que me sigas.
A menos que no me quieras.
Te quiero más de lo que puedes imaginar.
¿Entonces, Mara?
Esos brillantes que todos buscan no sé si los robé, no me acuerdo.
Pero era capaz de hacerlo.
Ahora sé que soy capaz de todo lo malo, Andrés.
La policía te busca. Tanto peor si dan conmigo.
Entonces tú no me quieres. Estoy atada, Mauricio.
¿Por qué? Por los brillantes.
Piensa que él puede encontrarlos. ¿Por eso te quedas?
¿Das esa importancia al dinero? Sí. Te dije que no soy buena.
La pobreza es horrible. Mata el amor, mata todo.
Y yo no quiero ser pobre.
Mara...
(Puerta)
Nos ha visto, sal, pronto. No.
Nunca imaginarán que me he quedado, déjame esperarte en el garaje.
Te lo suplico, vete.
(Música tensión)
Conque vino a verte.
Sí. ¿Se fue sin ti?
Sí. ¿Y tú le dejaste ir?
Te dije que no sabía nada de los brillantes.
¿Para qué lo iba a detener? Creí que estaba enamorado de ti.
Quiere a otra mujer. Una mujer que tú no conoces.
Sin pasado.
Hablas siempre con horror de ese pasado.
Hoy lo he vendido por unos brillantes.
Convendría que recordaras ciertas cosas.
Yo no te busqué.
Deseaba empezar una vida decente.
Por primera vez tenía el trabajo y el aprecio de un hombre.
Pero apareciste tú.
Decías quererme, adorarme. Me buscabas, me mareabas.
Era difícil resistirte. ¡Basta!
Me llevaste contigo a Casablanca
y conocí una vida que nunca había imaginado.
Russell enviaba el dinero y tú me lo dabas a mí.
¡Pero llevabas veneno dentro!
¡Y todo lo que hacías, lo hacías con maldad!
Estás mintiendo. ¡No estoy mintiendo y tú lo sabes!
Odiabas a Russell como odias a todos.
Y por eso gozabas engañándome, por hacer mal simplemente.
Si es verdad lo que dices, éramos dignos el uno del otro.
Tienes razón. Y eso nos une.
Hay algo que no le has contado
y que le hará abandonar esos aires de reina.
¡Estúpido!
Recuerda que si dices una palabra de lo que has prometido callar,
te mato.
(Música tensión)
Mara...
Déjame.
Déjame sola.
(Música onírica)
¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer?
Ahora eres libre. Sí, libre...
Libre de morirme de hambre.
Nos iremos juntos, lejos de aquí.
¿Con qué? Es el hijo quien se quedará con todo.
Yo... trabajaré. ¿Tú?
Los brillantes están en el cofre. Tiene la llave en el bolsillo.
Búscala. Mara...
Búscala, Mauricio.
(EN VOZ BAJA) Hazlo por mí.
Por ti...
(Graznidos)
La llave.
Por fin.
No lo deben encontrar aquí.
Lo voy a transportar en el coche.
Todo estaba preparado para el viaje.
En la cantera un coche se despeña con facilidad.
Ve afuera... y mira si no hay nadie.
(Graznidos)
(Música dramática)
Andrés.
Te dije que te esperaría. Salgamos pronto, sácame de aquí.
(Ruido metálico)
Cuando la vi regresar con él casi se me paralizó el pulso.
-¿Llegaron juntos? -Juntos.
-Eso es muy grave. -¿Por qué?
-Le conduce a la muerte. -¡Jesús!
Dicen que se van dentro de unos minutos.
¿Qué podemos hacer?
Debe usted volcar agua caliente sobre un espejo
en el que don Andrés se haya mirado. Solo eso puede salvarle.
Pero procure que el agua no esté hirviendo,
porque si el espejo salta, ¡es la muerte segura!
-Subo a buscar el espejo. -Eso, vaya usted.
De este lado.
También las camisas.
(Llaman a la puerta)
¿Quién será? Es la señora Blas, sé cómo llama.
Entre, señora Blas.
Perdone que le moleste, señor Andrés.
Pero... ¿puede prestarme ese espejo? Cómo no.
Llévelo usted. Por favor, mírese.
¿Por qué? Es para un asunto de vida o muerte.
Estoy abajo con la señorita Flora.
Gracias.
Cuando entré por primera vez a esta habitación
me pareció que ya la conocía.
Es cierto. ¿Por qué?
Pero no... ¡no quiero recordar! ¡No me dejes pensar!
Al contrario, Mara, trata de pensar.
No te pongas así. ¿Qué tienes?
Es la luz del faro que hace bailar las sombras
como hacen los cirios. ¿Los cirios?
¿Qué cirios?
Los de la capilla ardiente de Russell.
¡Pero no!
¡Te dije que no quiero ver esas horribles imágenes que vuelven!
Háblame... ¡Háblame de otra cosa!
Mara, ¿no comprendes que por tu bien debes responder?
Si lo hago, temo perderte. Perder tu amor.
Te quiero, sea lo que sea.
Ten confianza en mi amor. ¿Qué pasó? ¿Qué has hecho?
¿Por qué tiemblas?
Si no querías a Russell.
Iban a cerrar el ataúd.
Yo entré en su habitación.
Tenía el bolso con los diamantes escondido en las manos...
...y lo puse debajo del cuerpo. ¿Hiciste eso?
Y luego le di a Mauricio el cofre vacío, sin las piedras.
Pero ¿por qué? No sé...
No quería ser pobre,
vivir como había vivido antes de mi casamiento.
No, nunca más.
Tenía miedo de Mauricio, lo sabía capaz de todo.
Si le daba los brillantes, estaba en sus manos.
Te defendías contra ti misma
y confiabas los diamantes a su dueño.
Me ves mejor de lo que soy.
Pensaba que en Tetuán los podría recuperar.
Por eso estaba como atada a esa tumba.
Ya ves que recordando te tranquilizas.
Que puedes dejarme ver sin miedo tu corazón.
Es malo mirar tanto otros corazones.
No mires muy adentro del mío, Andrés.
Todos los corazones tienen sus sombras.
Su barro pegajoso y sucio.
Querer es abrirlos, mostrarse,
dejar entrar la luz.
Está hirviendo. Voy a tener que dejarla enfriar.
(Pasos acercándose)
Ahí bajan.
¡Señor Andrés, señor Andrés!
Señor Andrés, no se vaya. Está usted en peligro.
Yo ya le salvé una vez, pero ahora le llevan a la muerte.
Déjese de sandeces y ocúpese de la limpieza.
Hasta pronto. ¿Sandeces?
¿Sandeces? Ahora verán.
Ocuparme de la limpieza... Si él supiera.
Y para eso piensa una en ellos.
(Bocina de barco)
-Señora Mara. -Qué casualidad.
¿Regresa usted a Zajal, señora?
Vuelvo a Zajal, ya estoy mucho mejor.
Dentro de tres o cuatro días estaré en Esauira.
Como nosotras, hacemos el viaje circular.
Entonces nos veremos a menudo.
Ha sido usted siempre tan buena con las hermanas en la misión.
¿Yo he sido buena? ¡Qué pregunta! Naturalmente que sí.
Hasta luego, vamos a nuestro camarote.
Hasta luego.
Mara, espérame.
Voy a hablar por teléfono con el hijo del señor Russell.
¿Por qué?
Quiero que sepa dónde están los brillantes.
Antes de irnos hay que devolvérselos a su dueño.
(Música tensión)
No tengas miedo.
No se retiene a una mujer por la fuerza.
Entre nosotros, las cartas están dadas.
Se trata solamente de ponerlas sobre la mesa.
¡Vete, no estoy sola! Lo sé.
Y que vuelves con el otro a Zajal.
¿Has desistido pues de encontrar los brillantes?
Te desconozco. A veces se cambia.
Aceptas la pobreza con él,
pero nunca quisiste compartirla conmigo.
¿Por qué?
Te supliqué que renunciaras a los brillantes.
Tú preferiste la fortuna y que yo recordara.
Pues bien, he recordado demasiado.
Pude haberme equivocado, no haberte sabido comprender.
Pero te he querido... y te quiero.
¿Tú, quererme? Sí, Mara.
Si trabajé, si caminé derecho, fue solo por ti.
Te quise desde que te vi. Y tú me querías.
No era feliz.
Eso lo piensas ahora.
Antes de irme quiero decirte
que no me arrepiento de lo que he hecho por ti.
No me hables de lo que has hecho por mí.
Tienes razón. Y espero que no lo sepas nunca.
Nos sorprende usted. No explique nada.
Ya sé por qué ha vuelto.
Por los brillantes.
Mara le habrá dicho que ya han sido hallados.
Ah...
Ahora comprendo. Te dije que a veces se cambia.
Están en el cementerio, en el ataúd de su amigo Russell.
¿En su ataúd?
Acabo de advertir a la familia,
que va a hacer la gestiones necesarias para rescatarlos.
¿Usted ha hecho eso?
Usted no sabe lo que ha hecho.
-¿Y bien? -Los brillantes se han encontrado.
Felizmente, terminó bien este asunto.
Lamento decirles, señora, que al proceder a la exhumación
hemos descubierto una herida en la espalda del señor Russell.
Es natural, el coche de mi padre se despeñó en un barranco.
-La herida es de arma blanca. -¿Qué quiere usted decir?
Esto es inexplicable si nos atenemos a la versión del accidente.
Y hemos llegado a la conclusión de que el señor Russell
ha sido asesinado, señora.
Cuando se vive como él, no se muere como Dios manda.
(Bocina tren)
(Música dramática)
Nos dejará usted en Ventarud, en el desvío.
Sí. Junto a la fuente.
Bien. Suban.
(Graznidos)
Los buitres.
-Debe haber un muerto cerca. -O alguno que va a morir.
¿Por qué dice eso?
Los buitres saben cuando alguien está próximo a su fin.
Si un hombre muere en la cantera,
vienen desde lejos cruzando el desierto.
Y cuando lo atamos a su caballo para que regrese a su casa,
los buitres lo siguen.
¿Atan el muerto a su caballo? Sí.
Como no se le puede enterrar en la cartera,
lo sujetamos a su montura.
Castigamos al caballo
y este lo vuelve a su casa con los suyos.
Los buitres forman sobre su cabeza una corona.
Aquí le llaman "la corona negra".
Cuando desde la misión vemos la corona negra
sabemos que solo nos resta doblar a muerto.
(Música dramática)
Señor Leonardi, un minuto, por favor.
Cualquier cosa que necesite, mándenos un recado a la misión.
Adiós, hermanas. Disponga usted de nosotras.
Gracias. Adiós.
Adiós.
¿Qué te dijo ese hombre? Algo terrible.
Russell no murió, al parecer, en la cantera.
No, fue asesinado.
¿Tú lo sabías? Sí, Andrés, lo he recordado.
Mauricio es la última persona que lo vio.
¿No es así? Sí. No sigas.
Fue Mauricio quien lo mató. ¿Por qué no me lo has dicho?
Desde ese momento comencé a estar perturbada.
Me da horror y angustia recordarlo. ¿Es cierto?
No debes pensar más en todo eso.
Mauricio ha huido de Tánger. La policía lo busca.
(Goteo fuerte)
(Música onírica)
Pero has rebasado la medida.
Y si ahora de madrugada te he dejado entrar
es solo para que sepas lo que voy a hacer.
Tuve que esperar hasta que Elcaí dio orden de traerme.
¡Basta de mentiras!
¡Si no soy idiota!
He visto todas tus maniobras con Elcaí.
Como las vi antes con Mauricio o con el aviador francés.
Los celos te enloquecen, no sabes lo que dices.
¡Qué estúpida eres!
Pero sabrás ahora lo que voy a hacer.
Ya he pedido el divorcio.
¿El divorcio? Sí.
Y me voy a Génova solo.
Todo mi dinero lo he empleado en comprar diamantes.
Eso es lo que contiene el cofre que tanto te intrigaba:
diamantes.
Pero no para ti. Tú no tendrás un céntimo.
Eso te crees tú.
Para comer tendrás que empezar de nuevo
a llamar a los hombres por las esquinas.
Será mejor que vivir contigo. ¡Imbécil, mírate al espejo!
A ver si es posible estar a tu lado por amor.
¡Cállate!
Ahora vas a pagar, y vas a pagar día tras día.
¡Suéltame! ¡Suéltame, estúpido! Te quedarás aquí.
Luego volverás a Tánger y rodarás como rodaste una vez.
Los hombres no son fáciles, lo sabes. Conseguir dinero no es fácil.
Y vas a terminar por hacer otra vez las mesas
en el cafetín de Las Palomas. Volverás a ser lo que eras.
Volverás a venderte como...
(Música tensión)
(SE QUEJA)
(Goteo fuerte)
(Música onírica)
(Llaman a la puerta)
¿Andrés? Soy yo.
Mauricio está escondido. La policía le busca.
¿Qué piensa usted hacer? No te comprendo.
Todas las apariencias están contra él.
Por usted se juega la vida.
¿Por mí?
Usted sabe que Mauricio no mató a Russell.
Que lo mató usted. ¡Tú sabes que no me acuerdo de nada!
¡Miente! Está escrito en su cara que miente.
Pero si usted no lo salva yo la denunciaré.
Nadie te creerá.
Las hermanas, el médico... Todos conocen mi caso.
He perdido la memoria.
¿Cómo probarás que lo que dices es cierto?
¿Y va a dejar usted que lo condenen? ¡Quiero ser feliz!
Yo también tengo derecho a ser feliz.
¿Y no le importa que él vaya a la cárcel si usted es feliz?
Para ser feliz siempre se causa la desgracia de otro.
Pero usted puede salvarlo.
Venda la finca y tendremos dinero para los abogados y los testigos.
No, que se salve él solo.
Yo no quiero estar mezclada a ustedes.
Yo no me acuerdo de nada.
De nada.
Cuanto más la conozco más asco me da usted.
¡Sal de aquí! ¡Vete!
Pero usted la va a pagar, como se lo decía Russell.
¡La va pagar con la moneda que más le duela!
¡Fuera, vete! ¡Fuera!
Deseamos pedirle unas aclaraciones, señora,
en vista de los informes que solicita la policía de Tánger.
Estoy dispuesta a decir todo lo que sé.
Solo que debido a mi enfermedad recuerdo tan poco...
Sabemos que ha padecido usted de ausencias y falta de memoria.
La señora fue tratada en Tánger por el doctor Mijald.
Y acompañada en su viaje por las dos hermanas aquí presentes
que descubrieron la gravedad de su estado.
¿No tuvo usted ninguna duda, ninguna sospecha,
al ser informada del accidente?
No.
Mi emoción fue tan intensa
que desde ese momento mi memoria comenzó a perturbarse
¿La unía un gran afecto a su marido?
Sí.
Sin embargo, él había iniciado los trámites para su divorcio.
Los celos injustificados de Russell enturbiaban nuestra unión.
Al punto que de común acuerdo decidimos esa separación.
Pero el día de su muerte nos habíamos reconciliado.
¿Qué opinión tiene usted del señor Mauricio Laborde?
Mi esposo le tenía un gran afecto y era su hombre de confianza.
Pese a no ignorar que había cumplido una condena
en la cárcel de Marrakech.
¿Y lo cree usted capaz de haber cometido ese crimen?
¿Cómo contestarle?
Casi no me acuerdo de nada, Había olvidado hasta mi nombre.
Estaba secuestrada por los Laborde. ¿Secuestrada?
Sí, en Tánger.
Mauricio me interrogaba diariamente
para saber dónde estaban los brillantes.
Cuando las hermanas me visitaron se lo dije y no me creyeron.
¿Cómo creerla, señora? La veíamos tan mal...
Y supusimos que usted divagaba. Tampoco el médico me creyó.
Conseguí huir gracias al señor Leonardi.
Y ahora me recobro poco a poco.
Pero soy como una inválida. No recuerdo casi nada...
...y me siento tan enferma. Señora.
Está bien, señora, se proseguirá la investigación.
Hoy damos por terminado este pequeño interrogatorio.
Qué horror, no me puedo hacer a la idea.
Voy a retirarme.
Ya lo sabe, señora, estamos a su disposición.
Adiós, señor comisario. Adiós.
Terminó diciendo que estaba secuestrada
y que tú la interrogabas diariamente
para saber dónde guardó los brillantes.
-La situación se ha agravado considerablemente.
Pero si lo mató ella. Es inútil decirlo. ¿Cómo probarlo?
Tú eres el abogado, ¿qué hay que hacer?
Has cargado con ese crimen.
Y aunque el médico que extendió el certificado de defunción
se mantenga en que la herida fue producida con un hierro del coche
se necesitarán testigos que vieron el accidente.
Tendremos los testigos.
Todo eso cuesta mucho dinero.
Tendremos los testigos que declararán lo que tú digas.
Tendremos el médico que afirmó que vio la herida.
Tendremos el dinero.
Y me lo dará ella. ¿Lo oyes?
Me lo dará ella.
¿Nos veremos a la tarde? Sí, hasta luego.
Adiós.
¡Eh! ¿Qué pasa?
Quiero hablarme unas palabras.
¿Qué quiere usted?
Aclarar ciertas cosas con respecto a Mara.
No hay nada que aclarar. Se equivoca.
Ayer Pablo la visitó. Lo sé.
Le pidió dinero para ayudar a pagar médico, abogado, testigos,
y probar que la muerte de Russell fue un accidente.
¿Y por qué tiene ella que ayudarle?
Porque es ella quien asesinó a Russell.
¡Miente usted! ¡Miente!
Pero aunque hubiese sido ella, no permitiré que le ayude. ¡Jamás!
¡Usted lo ha querido!
(Música tensión)
(Graznidos)
(Disparo)
(Graznidos)
(Música dramática)
(Graznidos)
(GRITA)
(Continúa la música)
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