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[Sollozos]
Soledad: ¡Hugo!
¡Te voy a rescatar, mi amor!
¡Aguanta!
Max: Al ducto, vamos, no hay tiempo que perder.
Guillermo: El ducto quedó cerrado,
no hay por donde entrar. Boris: ¿De qué están hablando?
Helena: ¡Dios mío! ¡Todo el mundo murió!
Francisco: ¿De qué? ¿Cómo que todo...?
¡Dígame quién murió, vieja! ¡Dígame!
Max: ¡Si le importa su vida, cállese,
antes de que pierda la paciencia!
Helena: ¡Loco! - Maldita sea,
ahora tendré que averiguar esto.
¡Espérenme!
- Enrico, ¿qué fue ese ruido tan espantoso?
- ¡Una explosión!
Mira, sale humo de la montaña.
- Enrico, ¿tú crees que mi niña esté ahí?
- Yo sí creo.
Tengo un mal presentimiento. ¡Arre!
- Está saliendo humo de la montaña.
- Sígalos, Jacinto, no les pierdas de vista.
- Espera, mi amor.
Aguanta que ya te voy a sacar de ahí, mi amor.
- Vamos, señora, esto es inútil.
- ¡Ay, ayúdenme! ¡Ayúdenme, por favor!
Ayúdenme a sacar a Hugo
que se quedó adentro... - No podemos hacer nada.
Y es... - ¡Un momento, un momento!
Doctor, disculpe, Soledad es amiga mía,
yo me puedo encargar de ella.
- Paquito, Paquito. Francisco: ¿Qué pasa?
- Hugo está adentro. Francisco: ¿Qué?
- Ayúdame a sacar piedras.
Francisco: ¿De qué estás hablando?
- ¿No se da cuenta de que la señora
lo que necesita es atención médica? ¡Vamos!
Francisco: ¿Que no la está escuchando? ¡Doctor!
¡Está diciendo que Hugo de Medina
está aquí adentro, por Dios!
¡Soledad!
- No, señor, ella se refiere al que era su marido,
don Alcides, que está encerrado ahí, atrapado.
- Quítense de ahí,
Soledad me necesita. Helena: No, no, no.
Francisco: No me toque, no me toque.
- No, no, no, no. Un momento,
usted nos hace más falta aquí, ayudando.
Rebeca: Qué bueno que despiertas,
ya me tenías preocupada.
- ¿Qué pasó con ese imbécil?
Estaba a punto de matar al desgraciado de Alcides.
- ¿Cómo fuiste capaz de cometer semejante estupidez?
¿Por qué? ¿Para qué?
- Alcides quería verme la cara.
Primero me ofreció dinero
para que no le contara a nadie su secreto.
- ¿Qué secreto? ¿De qué hablas?
- Alcides contrató a uno de sus matones
para que secuestrara a Beatriz de Linares.
Y yo lo descubrí por accidente.
- ¿Qué?
- Leí un telegrama que le enviaba al matón,
donde le decía que tenía a Beatriz.
- Ahora recuerdo,
el telegrama que recibiste en casa de Alcides.
¿Por qué nunca me dijiste nada?
- Cuando le dije a Alcides que sabía todo,
él me ofreció dinero.
Pero después, cuando quise cobrárselo,
el imbécil se hizo el que no sabía nada.
- Solo a un idiota como tú
se le ocurre chantajear a Alcides.
- Tú mejor cállate. - Eloísa tiene razón.
Lo que hiciste fue una estupidez.
Alcides es un hombre muy peligroso.
- Tía, si quieres, yo puedo hablar con él.
Intentaré convencerlo
de que no le haga nada a tu ahijado.
Rebeca: Te lo agradezco, Eloísa.
Yo ya no tengo tiempo
ni cabeza para solucionar los errores de este imbécil.
[♪♪♪]
- No, déjeme, por favor.
Tengo que buscar a Hugo, por favor. ¡Déjeme!
- No se preocupe por él. Soledad: ¡Déjeme!
- Helena y Guillermo ya están en eso.
- ¿Qué?
¿Helena y Guillermo saben también?
Un momento, usted...
Usted me trató de hacer algo malo en la pensión,
ya, ya me recordé. ¡No!
Max: No.
Ese día, lo único que yo quería era ayudarla, como hoy.
Señora, si a usted de verdad le interesa su salud y su vida,
míreme, míreme fijamente a los ojos.
Soledad: No, no, no, por favor. Max: Vamos. Vamos.
Usted está muy alterada.
Tiene que tranquilizarse,
si en verdad le quiere ayudar a don Hugo.
Vamos, míreme fijamente a los ojos.
Así es. Sus párpados están cada vez más pesados.
Soledad: No me quiero dormir. - Eso, así, muy bien.
Vamos, se va a dejar llevar por mi voz.
Olvidará que ha visto a don Hugo de Medina.
Él para usted está muerto como para todos.
Desde el día de su boda, en que lo vio en su cama.
- ¿Hugo?
[♪♪♪]
Eres tú.
Hugo.
[♪♪♪]
- Cuando cuente hasta tres, y haga sonar mis dedos,
su mente borrará todos los momentos que ha vivido
con Hugo de Medina desde su muerte.
Uno, dos, tres.
[♪♪♪]
Úrsula: ¡Señora Soledad!
Gracias a Dios está bien.
Por un momento llegué a pensar que estaba adentro de la mina.
- ¿Qué? Úrsula: Tenía miedo.
Esther: ¡Soledad! ¡Soledad, hija!
¡Hija, por Dios! ¿Qué haces aquí?
¿Estás bien? Soledad: Sí, sí.
Mamá, Alcides...
Alcides enloqueció, trató de matarme.
Alcides trató de matarme. - No.
Mi amor, ¿qué estás diciendo? Eso es ridículo.
¿Qué locura estás diciendo?
[♪♪♪]
Duarte: Alisten las carretas, salimos para la mina.
- Inspector Duarte, necesito que usted y sus hombres
vayan a mi casa,
el desempleado de Jeremías entró a mi casa a robarme.
Afortunadamente, logré retenerlo,
así que... Duarte: Lo siento, don Lucas,
ahora no es posible. ¿No escuchó la explosión?
- Sí, sí, la oí, pero no sé dónde fue.
- En la mina que queda allá en el bosque.
Fue una explosión muy fuerte. Estamos saliendo para allá.
- Ya. Inspector, y ¿qué hago con ese hombre?
- Téngalo en su casa
mientras logro liberar a uno de mis agentes
para que lo arreste. Permiso.
- No sé muy bien cómo fueron las cosas, pero...
pero estoy segura que estaba en peligro.
- Hija, por Dios, no, cálmate.
No es posible lo que estás diciendo, no tiene sentido.
¿Por qué Alcides querría hacerte daño?
- Mamá, Alcides me trajo a la mina,
y de alguna manera, yo logré escapar,
y él se quedó atrás, se quedó dentro de la mina.
- ¿Eso quiere decir que Alcides se quedó en la mina
cuando la mina explotó?
- Alcides está muerto.
- ¿Qué?
- Disculpen, perdón la interrupción.
Soledad,
tú dijiste hace rato
que quien estaba en la mina era Hugo,
nunca mencionaste a Alcides.
[♪♪♪]
- ¿Tienes idea de por qué Alcides
se comportó así contigo?
- Y ¿de cuándo acá te interesa saber lo que me pasa?
Lárgate, quiero descansar.
- Bueno, pensé que te interesaba
conseguir ese dinero.
Alcides y yo somos muy buenos amigos,
y yo podría convencerlo de que te pague,
pero si no te interesa...
- Está bien. ¿Qué quieres saber?
- ¿Por qué crees que Alcides
cambió de parecer de un momento a otro?
- Porque es un imbécil, un hipócrita.
- Él es un hombre directo.
Te hubiera matado antes de aceptar un chantaje, créeme.
- Ya lo tenía atrapado.
Alcides no tenía de otra más que darme el dinero.
- A ver, Hércules, trata de recordar.
¿No viste nada raro en Alcides?
Hércules: No.
Bueno, sí.
Lo que me pareció raro es que hoy cuando lo vi,
iba vestido como campesino.
- ¿Cómo campesino? Qué extraño.
- Sí, andaba escondiéndose de mí en un callejón,
y hablaba con otro tipo. - ¿Quién era el otro tipo?
- No lo sé. En ese momento, comencé a disparar.
- Eloísa, te necesito inmediatamente.
Tenemos que ir a la casa de los Obregón ahora mismo.
- Te hice una pregunta, Soledad.
Tú dijiste que Hugo de Medina estaba dentro de la mina.
Max: Es obvio, la señora está alterada.
Y seguramente se equivocó,
se refería a Alcides, su esposo.
- Sí, el Dr. Max tiene razón.
La muerte de Hugo nos afectó tanto a todos,
que hasta yo creí verlo.
- ¿Qué está hablando, señora? ¿Usted también lo vio?
- Sí, bueno, era un campesino, es que han pasado tantas cosas
que tengo los nervios de punta.
- O, tal vez, no se lo imaginó. ¿No es así, cariño?
Porque recuerdo perfectamente que mencionaste
el nombre de Hugo de Medina,
tanto así que estabas llorando, estabas desesperada
porque él, tal vez, estuviera muerto en la mina.
- No, no, yo hablé de Alcides porque Hugo está muerto.
- Bueno, ya, por favor, señor, no la confunda más.
Ha pasado muchas cosas.
¿No se da cuenta el estado en el que se encuentra?
Max: Estoy de acuerdo con eso.
La señora ha pasado por un momento muy difícil,
y no podemos agobiarla más.
Por su salud, le pido que no le haga más preguntas.
- ¿Qué sucedió aquí?
- Algo terrible, inspector Duarte.
Alcides de Medina murió.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- ¡No!
¡No!
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪
♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame. ♪
♪ Despiértame otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No, no. ♪
♪ ¡No! ♪
♪ Bésame ♪
♪ Hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
- Boris, estoy un poco mareada,
¿por qué no paramos y tomamos algo de agua?
- So, so.
- Te veo cansado.
- Y lo estoy.
- Desde que murió don Hugo, tu vida ha sido muy complicada.
Pero vas a ver que va a cambiar.
Ahora que heredes su fortuna, y te vas a poder dedicar a ti.
- Marina, por favor, no sabes lo que dices.
No hablemos de eso, ¿sí?
- Solo fue un comentario.
- Sí, perdóname, lo que pasa es que estoy muy cansado
y no tengo muchas ganas de hablar de eso.
Voy por tu agua.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Sáquenme de aquí. Sáquenme de aquí.
[♪♪♪]
- Qué extraño, esta no es época de vientos.
[♪♪♪]
Hugo: Ayúdame, Boris, ayúdame.
Boris: Toma.
Tenemos que regresar rápido a la hacienda.
Marina: ¿Por qué? ¿Qué pasa?
- Tenemos algo que hacer.
[♪♪♪]
- Hija, ¿te sientes mejor?
- Y ¿cómo llegaste hasta acá?
- Fue una casualidad.
Estaba persiguiendo a Enrico, el tipo ese
que se ha metido dos veces en nuestra casa a robar.
- ¿Enrico? Esther: Sí.
Y esta lo ha estado ayudando.
Se alió con ese bandido y escapó con él,
por eso tuve que perseguirlos.
- No, doña Esther, yo no me alié con nadie.
Yo vine con Enrico porque él me dijo
que la señora Soledad estaba en peligro.
- Y ¿él cómo lo sabía?
Francisco: Eso mismo me pregunto yo.
¿Cómo sabía ese bandido lo que estaba pasando?
Es más, ¿dónde se metió?
- No, yo no sé.
Yo me bajé de la carreta corriendo
apenas vi a la señora Soledad, y no sé dónde se metió.
Francisco: No te esfuerces, querida, entiendo.
¿Quién se iba a percatar de un pequeño diablito
después de una tragedia como esta, no es así?
Señoritas, señoras, permiso.
- Hija, ¿adónde vas?
- Tengo que averiguar qué sucedió con Alcides.
[♪♪♪]
- No entiendo qué te pudo suceder, Soledad.
¿Por qué dices que tu amado está muerto?
Francisco: Escuché ruidos.
[♪♪♪]
[Relinchos]
[♪♪♪]
- Inspector, ¿qué esperanza tenemos?
¿Qué esperanza real hay de encontrar a Alcides?
- ¿Usted cree que está vivo?
- Es muy poco probable. La verdad, señora,
los ductos están tapados, y aunque la mina es muy grande
y puede haberse salvado,
puede haber sobrevivo a la explosión,
pero no habrá manera de sacarlo.
Observen, son toneladas de roca las que cayeron.
- O sea que, ¿puede morir ahogado?
- No, mamá.
Mamá, hay que tener fe en que lo vamos a encontrar.
Van a seguir con la búsqueda, ¿verdad?
- Sí, por supuesto.
Yo les recomendaría que se fueran para su casa.
Nosotros vamos a seguir intentando abrir un espacio
para entrar en los túneles.
Si surge cualquier cosa, les avisaremos. Permiso.
- El inspector tiene razón, hija, vamos a la casa.
Tú estás muy débil. Ven.
- No, no, no, mamá, yo, yo tengo que quedarme aquí.
- Mi amor, no, no vale la pena que te quedes,
no es bueno para ti ni para el bebé.
[♪♪♪]
Soledad: No, espérate, hay que correr. ¡No, Alcides!
Qué extraño.
Siento angustia.
Como si algo más estuviera pasando aquí.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Esther, Úrsula.
[Golpe]
¿Y eso? ¿Qué fue?
¡Quieto, miserable!
- Tranquilo, tranquilo. Somos nosotras.
Vimos la puerta abierta y decidimos entrar, pero mira,
mira todo este desorden, ¿qué pasa?
- Qué vergüenza contigo, Rebeca.
Pero pensé que era ese hombrecito otra vez.
- ¿Quién? ¿Enrico?
- Sí, sí, es que estuvo aquí en casa nuevamente.
Pero Úrsula y Esther lo atraparon
y lo tenían aquí detenido, mientras yo iba por la policía,
pero, la verdad, no sé dónde están.
- Seguramente, Enrico se les escapó y fueron tras él.
- Voy a buscarlas. - Te acompaño.
Lucas: Por favor. Vamos.
[♪♪♪]
[Quejidos]
- Es la pierna, la pierna no me responde.
Hugo: Te lastimaste.
- Tú no sabes cuánto anhelé tener a mi hermano.
No sabes, pero no. En su lugar, tuve al Hugo perfecto,
al consentido, el preferido de mis padres,
al mimado de todo el mundo, hasta de los criados.
Siempre tan bueno, para todo, tan bueno.
- Hermano, tu destino pudo ser diferente,
pero tú escogiste vivir en las sombras.
A pesar que los dos tuvimos las mismas oportunidades,
tú nunca, nunca valoraste nada,
preferiste el dinero a los afectos,
y siempre me quisiste hacer daño.
- No mientas, hermano.
No mientas, yo jamás tuve nada.
Tú fuiste el consentido,
el preferido de nuestros padres,
acaparaste todo su cariño.
Era solo un niño y me trataron como un apestado.
- Pero pudiste haber hecho algo bello de tu vida,
y, sin embargo, optaste por odiarme.
- ¿Cómo no te iba a odiar?
Si te quedaste con algo que por derecho me pertenecía.
Te robaste la totalidad del amor de nuestros padres.
Te quedaste con todo.
- Escúchame, hermano.
Nosotros no tenemos por qué cargar
con los errores de nuestros padres.
Nosotros somos diferentes,
nosotros podemos enmendar esos errores.
Podríamos darnos una oportunidad.
- ¿Otra oportunidad?
¿Me darías otra oportunidad
a pesar de que me gané el amor de Soledad?
Con mis propios méritos.
¿Me darías otra oportunidad
a pesar de saber que Soledad me va a dar un hijo?
[Grito]
[♪♪♪]
Lucas: Hija mía, ¿qué te pasó?
- Encontré a Soledad afuera de la mina
que acaba de explotar.
- ¿Una explosión?
- Sí, fue horrible. Alcides enloqueció,
quiso acabar con su vida y quería llevarse a Soledad.
El pobre quedó allá, encerrado adentro.
- ¿Qué? ¿Usted está segura de lo que está diciendo?
- Sí, la policía está tratando de entrar por los túneles,
para sacarlo, pero no creen que haya sobrevivido.
- Dios. Dios, cuánto lo siento.
- No te imaginas lo que fue, papá.
- Dios Santo, ¿cuántas...?
¿Cuántas tragedias has tenido que sobrevivir?
- Lo siento muchísimo, Soledad.
- La vida se ha empecinado contigo,
pero debes tener ánimo.
Lo sentimos mucho. - Gracias.
Úrsula: Venga, señora, vamos a descansar.
- Bueno, nosotros también tenemos que irnos.
Disculpe, Esther,
Lucas nos contó lo de Enrico y, bueno, ¿finalmente escapó?
- Úrsula lo ayudó a huir.
- Qué pena.
Las cosas de mi difunto esposo
te han traído muchos dolores de cabeza, ¿verdad?
- Tienes razón, eran de tu difunto esposo,
son más tuyas que de nadie.
[♪♪♪]
[Quejidos]
[♪♪♪]
- Vamos a morir juntos, tal como lo deseabas.
- No vamos a morir en esta mina.
Hay una forma de salir de aquí.
- Si te refieres a los ductos,
te recuerdo que ahí fue donde puse la di...
la dinamita.
- No, hablo de otra salida.
Anda...
Sí, Alcides, sí la hay. Vamos.
- Te equivocas.
- Escúchame.
La mina tiene un río subterráneo,
si seguimos su cauce, podemos salir de aquí.
Anda, vamos. Vamos.
- No puedo seguir con esta pierna.
Sálvate tú.
[Quejido]
[♪♪♪]
Rebeca: Recuperar las cosas de mi difunto esposo
significa mucho para mí.
- Te espero en el coche, tía.
Hasta luego, don Lucas. - Hasta luego, Eloísa.
- Lucas,
solo espero que lo que pasó entre tú y yo quede olvidado.
No volveré a tu casa,
¿me entiendes, verdad? Lucas: Sí, te entiendo.
Solamente quiero que sepas que, así como tú me dijiste
que yo alegré tu vida con las visitas a tu casa,
quiero que entiendas que tú también lo hiciste con la mía,
confesando tus sentimientos.
- Lucas, por favor.
Lucas: No, no digas nada.
Solamente quiero que entiendas que, para un hombre de mi edad,
todo esto ha sido maravilloso.
Permíteme.
[Ladridos]
Conductor: ¡Eh!
- Adiós, Rebeca. Adiós.
[♪♪♪]
- Qué viejo tan patético, lo hubieras escuchado.
Afortunadamente, no tengo que regresar por aquí.
- Por fin lograste recuperar las cosas de Jeremías, tía.
- Ahora lo único que debemos hacer es encontrar las pistas
para llegar al tesoro del viejo Jeremías.
- ¿Ya se fueron? Lucas: Sí, sí, sí.
Y estoy muy sorprendido, Esther.
Has hecho todo lo posible
por conservar las cosas de Jeremías,
y hoy se las entregas a Rebeca como si nada.
No lo entiendo.
- No soy tan tonta, solo les entregué una parte.
- ¿Una parte? Esther: Sí.
Me quedé con estos tres libros.
Los mismos que Enrico quería llevarse.
- Pero lo que no entiendo es cómo los recuperaste.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
Entonces, tú le quitaste los libros a Enrico.
- Así es.
No sé, pero algo me dice que aquí hay un gran secreto.
Y créeme que voy a descubrirlo.
- La sorpresa que se va a llevar ese hombrecito
cuando se dé cuenta que no los tiene.
Enrico: ¿Los libros?
¡Mis libros!
¡Mis libros! ¿Dónde están mis libros? ¡Ay!
- ¡Oh, alto, alto, alto! - ¡Pare!
- Bueno y ustedes, ¿qué hacen aquí?
¿Qué hacen tan lejos?
- Don Boris, menos mal que lo encontramos, señor.
- ¿Por qué? ¿Por qué están tan sucios? ¿Pasó algo?
- Sí, don Boris, ocurrió algo muy grave.
- ¿Qué fue lo que pasó?
Hablen, hablen. Marina es de fiar.
Hablen con toda confianza, ¿qué pasó?
- Don Hugo murió.
[♪♪♪]
- Entonces, ¿no se acuerda
de nada de lo que decía de don Hugo?
¿Qué él estaba vivo y que usted lo había visto en la cabaña?
- Gracias.
Yo fui a ese lugar porque lo extraño,
y lo he pensado mucho.
Desde que Hugo se murió,
todo ha sido muy triste para mí,
lo pienso todo el tiempo.
Hasta lo veo en mis sueños.
- Pero ¿por qué dijo a Paquito que lo había visto en la mina?
- No, pero ¿por qué te estás empeñando en que yo diga eso?
Yo ni siquiera lo recuerdo.
- No, no se altere, señora, usted tiene razón.
No vale la pena seguir pensando en eso.
Lo importante es que ya se quitó eso de la cabeza.
- ¿Sabes?
Sigue siendo algo muy extraño, porque es como...
Siento como si me hubieran arrancado
un pedazo de mi corazón, y no sé por qué.
- Tiene que tratar de descansar
y darse cuenta que su hijo la necesita sana y fuerte.
Tiene que recuperarse de todo lo que ha sucedido.
- Sí, la muerte de Alcides ha sido algo terrible,
pero yo tengo que preocuparme por mi hijo.
Es lo único que me queda de Hugo y voy a luchar por él.
Guillermo: La mina voló en pedazos,
no pudimos hacer nada. Don Hugo quedó adentro, atrapado.
- Guillermo trató de ayudarlo.
Trató de entrar por el ducto que conduce a la mina,
pero justo ahí estaba la dinamita,
y no logró hacer nada.
Boris: Pobre don Hugo.
Mi deber era estar a su lado para ayudarlo.
Le fallé, le fallé.
- Boris, ¿de qué están hablando?
Don Hugo murió hace casi un mes.
- Ya tendremos tiempo de explicarte todo.
¿La señora Soledad logró salir de la mina?
Helena: Sí, señor, la señora logró salir
y el Dr. Max estaba esperándola para hipnotizarla.
- Don Hugo.
Don Hugo quería que el Dr. Max le borrará todos los recuerdos
a la señora Soledad.
- Sí, sí, señor.
Y lo logró, la señora Soledad no recuerda nada.
- Suban rápido a la carreta. Don Hugo no puede estar muerto,
tenemos que buscar la manera de sacarlo de esa mina.
¡Suban!
- Vamos, Burkecita. Quieto, caballito.
Boris: Suban, suban, suban.
Helena: Espérese un momento, por favor.
Guillermo: Sube, Burkecita.
Hércules: ¿Quién iba a pensar
que las pertenencias de Jeremías
regresarían a nosotros
el mismo día en que murió el desgraciado de Alcides?
- ¿Podrías tener un poco más de respeto?
Ni siquiera han encontrado su cuerpo.
- Ese merecía morir y mucho más después de lo que me hizo.
Aquí no hay nada. - Aquí tampoco.
¡Maldita sea!
No encuentro ninguna pista
que nos lleve al tesoro de Jeremías.
Eloísa: Esta enciclopedia no está completa.
- Claro que lo está.
Esa colección era la favorita de Jeremías.
- No, tía, fíjate. Falta el tomo 4, el 9 y el 15.
- ¿4, 9 y 15?
Claro, claro, ahí están las pistas.
- ¿Por qué? - El 15 de abril de 1809.
Esa fecha coincide con la fecha de nacimiento de Jeremías.
Esther se quedó con ellos.
- ¿Esther o el maldito de Enrico?
¡Te dije que no hay que esperar tanto
para sacar esas cosas!
- ¡Cállate! Qué todavía no se me olvidan tus estupideces.
Lo importante ahora es encontrar los libros.
Vete a buscarlos con Enrico
mientras yo me voy a la casa de Lucas Obregón.
- No, no, no, no.
Tía, eso me parece demasiado riesgoso.
Esther podría sospechar.
- No, ya veré qué invento.
Pero les aseguro que los voy a encontrar a como dé lugar.
[♪♪♪]
Max: No sé por qué la metieron en esto.
En cualquier momento abre la boca.
- Yo no voy a decir nada. Además, ¿quién me creería?
A don Hugo lo enterraron,
él ya tiene una tumba en el cementerio.
- Tú no me inspiras ninguna confianza.
Tendrás que vigilarla muy de cerca
y cualquier cosa extraña, me avisas.
Boris: Déjela tranquila, Dr. Max.
Marina trabajó toda su vida para don Hugo,
y cuenta con mi entera confianza.
Y estoy seguro que de su boca no saldrá una sola palabra.
¿O no es así, Marina?
Encontré algo muy importante en los planos de la mina.
Por abajo cruza un río,
cuando sale a la superficie, se convierte en el río Bravo.
Guillermo: Boris, don Boris,
¿no estará pensando que vamos a salir por ahí a buscarlo, no?
Ese río es muy caudaloso y yo no traje vestido de baño.
- Ay, yo tampoco.
- No sean idiotas.
Hay que estar alertas,
porque si don Hugo logró sobrevivir,
estoy seguro que utilizará el cauce del río
para salir a flote.
- Tendremos que buscarlo río abajo.
[♪♪♪]
Hugo: Vamos, vamos. Encontré la salida.
Vamos, vamos, haz un esfuerzo, vamos.
- Eso fue por la paliza que me diste hace un rato.
[♪♪♪]
- Vamos.
[♪♪♪]
Francisco: Hola, preciosa.
- Ay, no, déjame, Francisco, no tuve un buen día.
- No me digas que te sientes mal por la muerte de Alcides.
- Nada nos ha salido bien.
Yo no pude sacarle dinero a Alcides,
y tú nunca pudiste averiguar
si realmente Hugo de Medina estaba vivo.
- Sí, tienes razón.
Llegué a pensar que sí lo estaba,
pero con lo que le pasó a Alcides
en el cementerio, no sé.
La única cosa rara es que Soledad esta tarde
me dijo que cuando salió de la mina,
vio a Hugo de Medina,
y que gritaba que iba a morirse o algo así.
- ¿Sabes? Aquí también pasó algo muy extraño.
Hace unos días, Hércules hizo un trato con Alcides,
y le pidió dinero a cambio de guardarle un secreto.
- Ay, no digas tonterías.
¿Cómo va a ser que hagan negocios Alcides y Hércules?
- Eso fue lo mismo que yo pensé,
y también me pareció muy raro.
Pero lo peor
fue que cuando Hércules le pidió el dinero a Alcides,
Alcides le dijo que no sabía de qué estaba hablando.
- Como si fueran dos personas diferentes.
- Exacto.
Y lo que más le llamó la atención a Hércules
fue que hoy, cuando le disparó a Alcides,
él venía vestido de campesino.
- ¿Como un campesino? Un momento.
Esther me dijo que vio a Hugo de Medina
vestido de campesino.
- Ay, no entiendo, Francisco.
Entonces, ¿por qué Alcides me aseguró
que había visto a su hermano en el cementerio?
- No tengo la menor idea.
Pero estoy seguro
que ese hombre, Hugo de Medina, debe estar vivo.
- No sé, esto cada vez se enreda más.
- No te preocupes, lo voy a averiguar muy pronto.
¿Sabes qué pienso hacer?
Claro, ¿por qué no?
Voy a ir a destapar esa tumba.
[♪♪♪]
- Haz un esfuerzo.
- Ayúdame.
Hugo: Resiste...
- Suéltame, déjame ir.
¡Suéltame! ¡Sálvate tú!
[♪♪♪]
- Mi niña, ¿se siente bien?
- Sí. Estoy bien, es que tuve otra pesadilla.
- Trate de dormir.
Yo no me voy mover de aquí, no la pienso dejar sola.
[♪♪♪]
- Hugo, mi amor.
Me haces tanta falta. Te extraño tanto.
Nunca voy a olvidarte, mi amor.
Sí, contigo,
con tu recuerdo, voy a tener la fuerza para salir adelante,
cuidar a nuestro hijo.
Contigo.
- Dr. Max, usted va a buscar con los Burke
por el lado oeste del río.
Marina y yo bajaremos por este lado.
- Boris, don Boris,
y cuando encontremos al señor Hugo, ¿qué hacemos?
- Nos llamaremos con los silbatos.
Lo más importante es sacar a don Hugo del río.
- Pero yo no sé nadar, señor.
¿Qué tal que de pronto me meta en el río...?
- Por favor, Helena, vayan a buscar ya.
Guillermo: Sí, señor. Helena: Sí, señor.
Guillermo: ¿El silbato? ¿Tú lo trajiste, mi amor?
- Boris. Boris, ¿tú sí crees que don Hugo esté vivo?
- Tengo la esperanza
de que haya sobrevivido a la explosión y esté cerca.
Hay que buscarlo, Marina.
Lucas: ¿A dónde vas tan temprano, Esther?
- Voy a la mina. Quédate con Soledad.
no quiero que cuando encuentren el cuerpo de Alcides,
ella esté ahí.
Soledad: Mamá.
Mamá, yo voy a ir contigo, es mi deber.
- Hija, por favor, no es conveniente.
En tu estado, cualquier cosa... Soledad: Mamá, por favor,
no digas eso.
Sea lo que sea,
yo sé que mi relación con Alcides no era de lo mejor,
pero igual quiero ir.
Quiero saber qué fue lo que realmente sucedió.
- Está bien.
- Yo las acompaño, hija. - No, papá.
Lucas: Voy a cambiarme. - Papá,
¿por qué no mejor te quedas?
Es que tú no aguantas las emociones fuertes.
Úrsula, ¿te quedas cuidándolo, por favor?
- No se preocupe, señora, así lo haré.
- Mejor.
- Vamos, hija.
Lucas: Qué les vaya bien.
- Señor Juez, muchas personas de esta ciudad
aseguran haber visto a Hugo de Medina vivo.
- Esas son habladurías de gente ignorante.
No voy a encargar a Duarte
de desplegar un equipo de investigación
solo por esa tontería, es absurdo.
- ¿Cómo se atreve a decir eso?
Las personas que aseguran haber visto a Hugo de Medina
son personas como Alcides de Medina,
Esther, Soledad de Obregón.
¡Gente importante de esta sociedad!
- Hugo de Medina está enterrado y su caso cerrado.
- Creo que está tomando una decisión
demasiado precipitada, señor Juez.
Creo que la opinión pública querrá saber más,
y yo tendré que darles lo que quieren, información.
- Usted no puede hacer nada. - Claro que puedo.
Soy periodista independiente,
tengo todo el derecho a investigar,
a preguntar y a encontrar respuestas.
[♪♪♪]
[Música de piano]
- Esa melodía es hermosa,
pero más hermosa es la forma en que la interpretas.
- ¿Tú qué haces aquí?
- Disculpa, nuevamente entré sin anunciarme.
- Rebeca, creí que no ibas a volver.
- ¡Ay! Yo también, pero no puedo engañarme.
Anoche no pude dormir, pensando en las palabras que me dijiste.
- ¿Qué me quieres decir?
Rebeca: Que tú también estás sintiendo lo mismo que yo.
Lucas, ya somos dos personas adultas,
tenemos que enfrentarlo.
- No, no. Esto no está bien.
Rebeca: No digas nada.
No digas nada, deja que ese hombre
lleno de pasión y de deseo se exprese,
no te cohíbas, no hay manera de negarlo.
Lucas: No.
[♪♪♪]
Boris: ¡Don Hugo! Marina: ¡Don Hugo!
[Silbato]
¡Don Hugo! Boris: ¡Don Hugo!
- Boris. Boris, ¡don Hugo!
- Don Hugo, don Hugo.
Marina: Boris, parece muerto.
- No, Marina. No, no está muerto.
No, no puede ser.
- ¿Cómo sabes que no es don Alcides?
[♪♪♪]
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