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[♪♪♪]
- No, don Hugo,
nosotros jugándonos la cabeza para que no lo descubran,
y usted viene y se le presenta a la señora Soledad.
- Mi amor,
mi amor.
- Eh...
¿por qué no la deja ir?
Helena: No te metas, Guillermo.
¿No te das cuenta que ese señor nos puede matar?
- Así que ustedes han estado ayudando a Hugo
para que nos enloquezca a todos.
Helena: No, señor, eso no es verdad.
Alcides: ¡Sáquese! [Guillermo y Helena gritan]
Díganle a Hugo
que yo y Soledad lo esperamos en la mina.
Alcides: Vamos, mi amor.
- ¿Y ahora?
¿Qué hacemos, gatita?
Rebeca: ¿Qué absurdo estás diciendo?
¿Cómo que vas a matar a Alcides?
- Déjame, Rebeca, este no es asunto tuyo.
Maldito, no voy a dejar que te burles de mí.
- ¿Qué pasó?
¿Tuviste una pelea con él?
¿Te metiste en un nuevo lío?
- ¡No estoy de ánimo para discutir contigo!
¿No lo entiendes?
Este es un asunto de hombres.
¡Quítate!
- No.
Tú no te vas de aquí
hasta que me digas qué es lo que está pasando.
- Te hice una pregunta.
Me huele que no me has dicho toda la verdad
de lo que hablaste con Alcides en su casa.
- No tengo porque mentirte, cariño,
somos socios en esto, ¿no?
Ya te lo dije,
Alcides no me dijo nada de lo que tú sospechas,
yo creo que él no tuvo nada que ver
en la muerte de su hermano.
- Te conozco bien.
Sé qué te gusta guardarte cosas para tu propio beneficio.
- No me gusta tu desconfianza.
Y, sí no me crees, dejemos todo hasta aquí
y acabemos con esta sociedad.
- Hey, tranquila, cálmate,
cálmate, cariño.
Solo te estaba probando.
Hey, cálmate.
No me gustaría que me guardaras secretos,
eso es todo.
- Ahora no.
No me he terminado de alistar
y mi tía podría entrar en cualquier momento.
- Sí, tienes toda la razón.
Hay que guardar las apariencias.
Déjame decirte algo,
estás hermosa hoy.
[♪♪♪]
- Lo siento, Francisco,
pero no te voy a contar el secreto de Alcides.
La información de que haya matado a su hermano
es algo que me puede servir en algún momento.
[Bullicio]
- Cuando don Hugo se entere
que don Alcides tiene a la señorita Soledad,
esto se va a volver un infierno.
- Vámonos, vámonos, Guillermo.
Con lo que tenemos del anillo
podemos vivir tranquilos por un mes.
- No, gatita, no.
¿Y dejar a la señorita Soledad con don Alcides?
No, vamos a contarle a don Hugo, vamos.
- No, Guillermo, ¡Guillermo no!
¡Guillermo! - Hágame el favor.
- ¡Guillermo! ¡No!
- No se meta, hágame el favor, déjeme tranquilo.
- Guillermo, por...
Helena: ¿Y usted aquí?
- ¿Cómo que aquí?
- Pero, gatita, ¿no te estás dando cuenta?
Es don Hugo.
Está vestido de campesino
y lleva el sombrero que le hemos conocido antes.
- Es que acabamos de ver a don Alcides
y está...
con el mismo peinado y hablando igual que usted.
- ¿Y a Soledad?
- Sí...
Sí, y lo peor de todo, es que...
es que su hermano le manda a decir
que si en algo estima la vida de la señorita Soledad,
lo espera en la mina.
[♪♪♪]
- Hazte un lado, Rebeca.
No voy a permitir que el maldito de Alcides
se burle de mí.
- Pero ¿Qué pasó? ¿Qué te hizo?
- Teníamos un arreglo,
me iba a pagar un dinero a cambio de mi silencio.
- ¿Tu silencio?
¿Y acaso qué sabes de él?
- ¡Eso a ti no te importa!
Ese tipo va a saber quién soy yo, lo va a saber.
- Tranquilízate, por favor, tranquilízate.
No voy a dejar que cometas una locura.
Por favor... - ¡Qué te quites te dije!
[Rebeca grita]
¡Eloísa!
¡Paquito!
- Rebeca...
Mujer, ¿qué haces ahí?
- ¿Qué pasó, tía?
- Es Hércules, va a matar a Alcides,
tenemos que detenerlo.
Guillermo: Señor, señor,
espéreme, espéreme, yo lo acompaño.
Mire, su hermano tomó en dirección
del callejón del ahorcado, señor.
- Si nos apuramos es probable
que aún lo encontremos en la ciudad.
¿Dónde dejó el carruaje?
- Eh, señor, la verdad no nos dimos cuenta,
pero él solamente nos dijo:
"Lo espero allá en la mina".
- En la mina.
Me citó ahí porque sabe que estoy en desventaja.
- Ah, señor, pero no importa.
Usted es muy valiente,
usted, usted, no le tiene temor a su hermano, ¿cierto?
- A causa de mi enfermedad
tengo baja tolerancia a lugares cerrados.
Guillermo: No se preocupe, señor,
nosotros vamos a estar ahí para ayu...
Helena: ¡Nosotros no vamos a ir con el señor!
Nosotros no.
Guillermo: Pero ¿qué estás diciendo, gatita?
- Don Hugo, usted sabe que nosotros
lo hemos acompañado en todo lo que usted ha necesito,
pero esta vez no vamos a ir ahí,
porque la mina está que se cae.
- No, señor, él nos necesita.
Este señor nos necesita, no puede ir solo.
- ¡No, señor no...!
- ¡Sí señora!
¡Va ir con nosotros!
- ¡No, va ir con nosotros... - Sí, señor.
¡Se le fue su don Hugo!
Guillermo: ¡Espéreme, señor!
- Suéltame,
que me sueltes que me estás haciendo daño.
- Soledad, por favor, disimula.
Disimula que la gente no está mirando, por favor.
- Nunca debí casarme contigo, Alcides.
Ahora me doy cuenta de lo que eres capaz.
Te estás comportando como si fueras un criminal.
- ¿Por qué no me das un poco de crédito?
¿Por qué?
A mí las circunstancias me han llevado al límite.
- ¿Por mí?
Nunca voy a permitir que le hagas daño a Hugo.
- Entonces, tú decides...
¿Es él o yo?
[Bullicio]
- Esther...
santo Dios...
mi hija está con Alcides.
Esther: Sí. - Vamos.
- Gracias a Dios está bien.
- Maldición...
Soledad...
Soledad...
por el amor de Dios no vayas a decir nada.
- Alcides, están con unos policías.
Yo creo que lo mejor que puedes hacer es largarte.
- Por favor no vayas a decir nada porque te juro,
te juro por el amor tan grande que siento por ti
que das un solo indicio,
uno solo de lo que está pasando...
Y voy a sacar mi pistola
y voy a comenzar a disparar.
Tú decides.
[♪♪♪]
- ¿Dónde estás, maldito?
¡Voy a acabar contigo!
¡Dame la cara, cobarde!
¡Sal de aquí, cobarde!
[♪♪♪]
Eloísa: Ay, tía, disculpa que te lo diga,
pero has dejado que Hércules haga lo que quiera
y ahí tienes las consecuencias.
- Ay, Eloísa,
tú y tus comentarios.
Cállate, la estás poniendo más nerviosa a tu tía.
Rebeca, hay algo que no entiendo, explícame,
¿qué negocios podrían tener Alcides y Hércules?
Sí son como el agua y el aceite.
- No tengo la menor idea,
pero parece que Alcides le hizo algo muy malo.
Hércules tenía el brazo herido
y vociferaba cosas terribles.
Nunca lo había visto así.
- Qué muchacho tan loco. - Hmm.
- Va a hacer que lo mate.
Estoy seguro que Alcides puede con él.
- Qué de eso no te quepa la menor duda.
- Claro.
- Ya, ya.
Dejen de hablar como aves de mal agüero, por favor.
- Señora Rebeca mire hacía la puerta.
[Caballo relincha]
Rebeca: ¡Hércules!
¡Hércules, detente!
- Va rumbo a la ciudad.
Eloísa: Al parecer, no encontró a Alcides.
- Vamos, rumbo a la ciudad.
Francisco: Ay, sí.
Rebeca: Rápido.
Francisco: Vamos, Eloísa, sube.
¡Andando! ¡Muévelo!
- Soledad, mi amor.
Lucas: Esther, déjame.
Mi vida, pero mira cómo estás,
pero bueno, gracias a Dios está bien.
- Sí.
Y gracias a Alcides,
porque tú la rescataste, ¿verdad?
- Sí, doña Esther.
La tenían unos bandidos.
- ¿Y dónde están...
los bandidos?
- Huyeron, Duarte.
Cuando los sorprendí escaparon.
- Dime, mi cielo, ¿en verdad estás bien?
- Mi amor, contesta.
- Sí. Estoy muy bien, papá.
No te preocupes por mí,
estoy emocionada de verlos, es todo.
- Mi amor, pero mira tu vestido y...
y tienes una herida.
Vamos, tenemos que llevarla a la casa.
- Doña Esther, mi esposa viene conmigo.
- No, Alcides.
Yo fui muy claro.
Mi hija no volverá con usted.
- Don Lucas...
le aseguro que no tiene de que preocuparse.
Soledad...
Soledad y yo, ya...
ya resolvimos nuestras diferencias.
Con permiso,
nos vamos a la hacienda porque necesita descansar,
ustedes comprenden, ¿verdad?
Vamos, mi amor.
Soledad: Sí, vamos, vamos.
- Don Alcides, lo espero en mi despacho
para que rinda su declaración sobre lo sucedido.
- Claro que sí, Duarte.
Duarte: Señora Esther, don Lucas.
Esther: Hasta luego, inspector, muchas gracias.
[Bullicio]
- Esther,
¿no te parece que mi hija está muy extraña?
- No es para menos,
después de todo lo que ha pasado.
- No, no, no me refiero a eso.
Hay algo que no me gusta, mujer,
hay algo que no me gusta.
- Ni tus padres
ni el inspector Duarte sospecharon.
Alcides: Lo hiciste muy bien.
- Alcides, Alcides, por favor,
¿por qué no me dejas ir?
Mira, no tiene sentido que me lleves contigo,
esto no va a salir
como tú estás pensando, por favor.
- Soledad...
Soledad...
yo estoy seguro,
estoy seguro que Hugo vendrá a buscarte.
- ¿Por qué estás haciendo las cosas así, Alcides?
Es que no tienes que llegar a este extremo.
¿Para qué le vas a hacer daño?
Soledad: Suéltame.
- Es que no tiene caso.
Anda, vamos, vamos.
Vamos.
- Hugo.
[♪♪♪]
♪ Quisiera acercarme a ti, pero me frena la razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪
♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame... ♪
♪ Sálvame... ♪
♪ Despiértame otra vez. ♪
♪ Otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Sin vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No... No... No... ♪
♪ Bésame hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
- Lo que le hicimos a don Hugo no estuvo bien,
nuestro deber era estar a su lado
en este momento tan duro para él.
- nuestro deber, gato sarnoso, es vivir,
es rebuscarnos la vida, es lo que hemos hecho siempre.
- La gente nos mira mal, no nos respeta,
nos desprecian porque...
fíjate lo que pasó en el Majestic,
teníamos dinero y no nos dejaron entrar.
- Bueno, pues, así hemos vivido siempre
y nos acostumbramos.
Ay, ya deja de ponerle tanta música a la vida.
- No, señora. Sí le pongo música,
sí le pongo música porque estoy cansado,
quiero respeto,
quiero hacer algo bueno en la vida como, por ejemplo,
ayudar a don Hugo.
Alcides: Estuviste a punto de engañarme
con ese truco del cuerpo en el cementerio.
Fuiste muy hábil, hermano,
muy hábil.
- Hermano, deja ir a Soledad.
- Qué maldita suerte tienes.
Te salvaste de morir
porque los Burkes te desenterraron.
[Solloza]
- ¿De qué están hablando?
- Hermano, escúchame.
No tienes porqué arrastrar
a personas inocentes por el odio que sientes por mí,
por favor, hermano, deja ir a Soledad.
- ¿O qué vas a hacer?
¿Me la vas a quitar aquí?
¿Me la vas a quitar aquí?
Intentas un solo movimiento en falso y aquí te mato.
Ahora sí te mueres.
Como me gustaría matarte aquí mismo,
pero vendría la policía
y habría muchas cosas que explicar.
- Por favor, hermano,
te lo suplico resolvamos esto a solas.
Por favor...
- A solas...
pero en la mina.
Mi esposa y yo te esperamos allá
y ven solo que te conviene.
[Disparo]
Alcides: Sube, sube, rápido, rápido.
¡Eah!
[Caballo relincha]
¡Eah!
[♪♪♪]
[Caballo relincha y galopa]
[♪♪♪]
- ¿Por qué le estabas disparando?
Hugo: Me confundió con mi hermano Alcides.
Vamos, rápido a la mina.
[♪♪♪]
Max: ¡Arre!
[Caballo relincha]
Rebeca: Hércules. - Tía.
- Hércules, ¿qué te pasa?
Alberto ayúdame.
- Vamos, Alberto, muévase.
- Hércules,
Hércules, ¿qué te pasa?
Reacciona. Eloísa: ¿Qué le pasó?
- Lo siento, niñas, consigan otro carruaje.
La noticia está primero.
- ¡Arre! Eloísa: ¡Francisco!
Francisco, ¿a dónde vas? - ¡Francisco!
- Francisco, ¿a dónde vas?
¡Francisco!
- En verdad,
¿quiere que lo lleve a esa mina?
Porque usted sabe que don Alcides
puede tenderle una trampa.
- No tengo otra opción, Max.
Dese prisa, por favor,
tenemos que llegar en cuánto antes.
Max: ¡Arre!
¡Arre!
[Caballo relincha]
Enrico: Nada, nada.
No hay ninguna pista.
No, no, no, yo estoy intranquilo,
algo está pasando.
Sí eso es,
algo le está pasando a mi señora bonita.
- ¿Por qué lo odias tanto?
Hugo es tu hermano.
- Que seamos hermanos
fue un accidente cruel del destino.
- Tú puedes tener el corazón tan frío,
Alcides, por favor, tienes que recapacitar.
[♪♪♪]
[Soledad solloza]
- Soledad te voy a...
te voy a hacer una confesión.
Tú no sabes lo que es crecer al lado de alguien...
al que todos miman y consienten,
al hermano perfecto.
Mientras que, a mí, me trataban como un apestado.
Nunca tuvieron la decencia
de confesarme que el verdadero apestado era él.
Desde que yo era un bebé, tuve que...
tuve que aprender a vivir con mis garras,
tuve que...
aprender a vivir en su sombra.
- Alcides, lo que te está pasando es terrible,
pero créeme que eso
no es como para llegar a esta situación.
Recapacita.
- Nunca te has preguntado,
¿Por qué a pesar de que...
todos vimos cuando lo enterraron,
Hugo siguió vivo?
- Sí.
Alcides: Te lo voy a explicar.
Hugo padece de catalepsia,
es una enfermedad que heredó de mi padre,
cuando le da un ataque parece muerto.
Soledad: No...
no, no me confundas.
Cuando la noche de mi boda yo llegué y Hugo estaba ahí,
estaba...
estaba...
estaba vivo.
[Llora]
- Lo enterramos vivo, Soledad.
- ¿Y cómo pudiste?
¡Eres un maldito!
¿Cómo pudiste?
Alcides: El maldito es él,
él tiene demasiada suerte
porque los Burke lo desenterraron.
[Soledad llora]
Querían vender su supuesto cadáver.
La casualidad lo libró de salvarse de la muerte.
[Solloza]
Pero esta vez, la casualidad no podrá desenterrarlo.
Esta vez no.
[♪♪♪]
- No te enfades conmigo, Arturo.
[Caballo resopla]
Todo lo que hice tiene una explicación.
- No quiero escucharte, Beatriz,
estoy harto de tus mentiras.
- Ya recordé lo que pasó la noche que abusaron de mí,
tienes que saberlo.
- Si este es otro de tus trucos
para evitar lo que te va a pasar
cuando lleguemos a la ciudad, ni lo intentes.
- No, te juro que te voy a decir la verdad.
- Muchachos, nos vamos a detener.
[Caballo relincha]
¿Muchachos?
[♪♪♪]
Boris: Entregue su arma
y baje del caballo muy lentamente.
[♪♪♪]
- Alcides, escúchame,
no puedes hacer esto, Alcides, tienes que recapacitar.
Hugo es un hombre bueno...
- Soledad, por el amor de Dios,
por el amor de Dios entiéndelo de una vez,
compréndelo.
Si él fuera tan bueno como dices,
cuándo él salió de esa tumba
él se habría presentado delante de ti,
pero no lo hizo, mi amor, no lo hizo.
Al contrario,
se quiso vengar de ti
y te atormentó,
trato de enloquecernos porque...
porque él no es bueno, porque él...
porque él creía que lo estabas engañando conmigo
Creía que lo estabas enga...
[Alcides llora]
- Alcides, por favor,
tú no vas a confundir con lo que me estás diciendo.
Yo sé quién es Hugo y yo confío en él.
Y nos amamos
y yo lo amo
y estoy completamente segura de que él me quiere
como lo quiero yo.
Por eso, no me vas a convencer.
Tú eres el que tienes que cambiar.
- No, Soledad, él no es bueno.
No.
Esa es tu última palabra,
a pesar de todo lo que te he confesado.
Esa es tu última palabra.
Muy bien.
Entonces...
entonces, este será el final esta ridícula historia de amor.
[♪♪♪]
Me duele mucho.
Me duele mucho.
Me hubiera gustado que...
que apreciaras mi cariño.
[♪♪♪]
[Soledad solloza]
Te amo, Soledad...
desde que era un niño estoy enamorado de ti.
Nunca he amado a nadie como...
[♪♪♪]
- Vamos a ver.
Don Jeremías,
deme una señal, ¡por favor!
[Libro cae al piso]
Claro,
las páginas marcadas de este el libro.
Tomo cuatro,
claro, la fecha de nacimiento de don Jeremías.
A ver, tomo 15.
- Doña Esther, don Lucas,
¿supieron algo de la niña Soledad?
¿La encontraron?
- Alcides la encontró, Úrsula,
él la rescató de los hombres que la tenían.
- ¿Y dónde está ella?
¿Por qué no vino con ustedes?
- Soledad...
decidió regresar con Alcides a su casa.
- ¿Después de que él la golpeó?
No.
No creo que ella regresado con él
por su propia voluntad.
¿Ustedes están seguros
de que la señora Soledad está bien?
- Ya, Úrsula, deja de estar preguntando cosas.
Finalmente, Alcides es su esposo
y nosotros no tenemos derecho a meternos en su vida.
[Quebrazón]
¿Qué fue eso?
- Aquí están los tres tomos
de las pistas que me dio don Jeremías.
[Ríe]
- ¿Qué es lo que quieren?
¿Quiénes son ustedes?
¿Adónde llevan a mi hermana?
Fabio, vas a pagar por esto,
tú y tus cómplices, van a terminar en la horca,
eso si no los mato yo primero
como hice con el traidor de Raimundo.
Fabio: Hey.
Hombre: ¡Hey!
Yo me encargo.
[♪♪♪]
- Y esto...
¿Qué es todo esto?
- Ay.
- Ese hombrecito nuevamente...
- Se llevó nuestras cosas,
¿qué haces ahí parada, Úrsula?
¡Corre, hay que alcanzarlo!
Lucas: No va a dar un paso más, no.
Enrico: ¡Déjeme pasar!
Úrsula: Enrico no entiendo, ¿porque estas robando?
- No te le acerques, Úrsula, no te le acerques.
- No se preocupe, don Lucas,
él no es peligroso, yo lo conozco.
- Tú no me conoces, mujer,
yo capaz de hacer daño por defender lo mío.
- ¿Lo tuyo?
Vas a tener que darme lo que tienes ahí.
- No, esto me pertenece,
y ni tú ni nadie, me va a detener.
- Quieto,
te tengo, te tengo.
- Alcides me está esperando en la entrada de la mina,
se sorprenderá de verme aparecer en el interior.
- Debe tener cuidado, esa mina es inestable.
Lo veo muy pálido.
¿se siente bien?
- Tengo problemas con lugares cerrados, Max.
Y con lugares bajo tierra.
- No tiene sentido que se exponga.
¿Qué pasaría si por la ansiedad le da un ataque de catalepsia?
- Prométame que si me pasa algo
usted buscará a Soledad
y le hará la hipnosis como quedamos.
- Cuente con eso.
Le borraré todas las memorias que tiene de usted
a partir del momento en que lo vio en la cabaña.
- Ella debe seguir pensando que estoy muerto, Max,
¿de acuerdo?
- Muy bien.
- Ayúdame.
[♪♪♪]
[Caballo relincha]
Boris: Don Hugo.
Marina, voy a revisar los amarres de Arturo.
- Boris es muy valiente,
enfrentarse así a don Arturo.
[Golpe]
- Eres un bruto, ¿qué has hecho?
- Cállate y ven conmigo.
- No podemos seguir huyendo, Fabio.
- Sí podemos,
lo que no podemos es volver a la ciudad,
¿qué quieres? ¿Qué me maten?
Vas a venir conmigo, ¿entendiste?
[♪♪♪]
[Quejidos]
[♪♪♪]
- Ve a buscar a la policía, Lucas,
ellos tienen que hacerse cargo de este delincuente.
- No pretenderás que te deje sola con este hombre.
- Que vaya Úrsula, Esther.
- Hazme caso, Lucas, ve tú,
Úrsula lo conoce,
es capaz de no denunciarlo a la policía.
- Ay, ya, está bien, está bien.
Vigílenlo, ya regreso.
- Ya verás,
vas a pasar muchos meses en prisión.
- Doña Esther, por favor, no lo denuncie a la policía,
Enrico no es malo.
- Ah, ¿no? ¿Te parece poco?
Estaba robando nuestra casa.
- No, señora, yo no estaba robando,
esas cosas son mías,
yo solo las estaba recogiendo.
- Es la segunda vez que entras en mi casa,
¿por qué tanto interés en llevártelas?
¿Por qué son tan valiosas para ti?
- Porque esas cosas son de don Jeremías Montenegro,
él era como un padre para mí.
Me la dejó como herencia.
- ¿Crees que soy tonta?
No creo que te arriesgues a entrar en una casa decente
solo por amor a las cosas de tu patrón.
Aquí hay algo más.
¿Qué es, Enrico?
Si no me lo dices,
quemo estos libros ahora mismo.
Boris: Marina...
Marina...
Marina, ¿qué pasó?
- Ay, ni lo sé, me golpearon.
¿Dónde está Beatriz?
- Fabio se la ha de haber llevado.
- Tenemos que alcanzarlos, Boris. Ayayay.
- No, Marina,
lo importante es que ella ya esta libre,
tengo un mal presentimiento,
tenemos que regresar a la ciudad.
- ¿Y don Arturo?
¿Lo vamos a dejar ahí, Boris?
- No importa,
sus hombres tarde o temprano lo encontrarán.
Hay que regresar a la ciudad.
Vamos.
- ¿No piensas hablar?
¿Por qué quieres recuperar
las cosas que Jeremías le dejo a mi esposo?
- En vez de estar pensando en quemar esos libros,
debería estar cuidando a su hija,
doña Soledad está en peligro en este momento.
- ¿De qué hablas, Enrico? ¿Tú qué sabes?
- Cállate, Úrsula, ¿no te das cuenta?
Este hombre quiere desviar nuestra atención,
pero no lo vas a lograr.
Voy a quemar esto ya mismo.
Enrico: No.
[Esther grita]
Úrsula: Enrico, no. Esther: Suéltame, suéltame.
Suéltame.
Enrico: Úrsula, coge los libros,
Soledad está en peligro.
- Los tengo, vámonos.
Esther: Suéltame.
[Esther tose]
Me las van a pagar, ¡me las van a pagar los dos!
- Ay, ay, Dios mío, yo qué hice.
- No te angusties, Úrsula,
antes hiciste muchísimo por mí,
lo que te dije es verdad, doña Soledad está en peligro.
- ¿Estás seguro de lo que está diciendo?
- Segurísimo.
Alcides le está haciendo daño a doña, doña Soledad.
Ester: ¡Úrsula,
Úrsula, regresa!
¡Jacinto, dónde estás! ¡Ayúdame!
¡Jacinto, se escapan!
¡Ah!
- Mi amor,
¿por qué nunca me dijiste nada?
¿Por qué?
Si yo hubiera sabido
que tú sufrías de esa terrible enfermedad,
yo te juro que yo hubiera hecho lo que fuera
y no hubiera permitido que te enterraran, mi amor.
- Ya no hace falta, Soledad,
ya, por favor,
ya no digas nada.
[♪♪♪]
Alcides...
Alcides.
Ya me tienes, hermano,
Soledad ya no tiene por qué estar aquí,
por favor,
por favor, déjala ir.
- No estoy de acuerdo.
- Soledad, lo siento mucho,
lo siento mucho,
tú no tendrías por qué estar aquí.
- Creo que la dejaré aquí un poco más.
¿Creíste que podías conmigo?
- Alcides, déjalo, ¿no ves que está mal?
Mi amor...
Hugo.
- Hermano...
hermano, por favor, déjala ir,
te lo ruego.
- Mi amor, ya.
[Calla]
No hables, estás muy débil.
- Hugo está en pánico,
no soporta estar en lugares encerrados.
¿Te acuerdas de tu tumba?
¿Te acuerdas?
Debe ser horrible ser enterrado vivo.
Se te acaba el aire,
se te va a acabando el aire,
se te acaba.
Sáquenme de aquí,
sáquenme de aquí.
Estoy vivo...
estoy vivo.
Soledad: ¡Ya, déjalo Alcides!
¡Déjalo que está mal! ¡Suéltalo!
¡Ya déjalo en paz!
[Solloza]
Déjalo.
[♪♪♪]
Alcides...
lo que digas, lo que digas, ¿qué quieres?
Sigo casada contigo,
lo que tú me digas, te lo juro que lo voy a hacer,
pero, por favor...
por favor, déjalo ir.
Déjalo tranquilo.
Alcides: ¿La escuchas, hermano?
¿Ahora te das cuenta?
Ahora entiendes.
A pesar de que te traicionó, me quiere seguir disfrutando.
- Eso no es cierto.
- Vas a morir en esta mina.
[Soledad solloza]
Aquí vas a quedar sepultado para siempre.
- Eso no es cierto.
[Soledad solloza]
[♪♪♪]
Max: No escucho nada, espero que esté bien.
- Vamos, vamos, Helena.
- Ay.
- Doctor Max,
¿cómo sigue don Hugo?
- Qué bueno que llegaron, ya iba a buscarlos.
- Guillermo me obligó a venir, diciéndome:
"Helena, estoy muy preocupado por don Hugo".
- Don Hugo se metió la mina por el ducto
y él no soporta esos lugares cerrados,
pero insistió.
- No se oye nada.
- No creo que aguante mucho allá abajo.
Creo que tienes que entrar tú, Burke...
- ¿Yo?
¿Por qué yo, doctor?
Gatita.
- Ah, no, eso sí que no, doctor,
mi Guillermo no va a entrar allá,
nosotros vinimos a ayudar,
no a arriesgar nuestro pellejo, no señor.
- Ay.
- No.
- O bajas, o mato a Helena.
- ¡No!
No, doctor, por favor.
Yo bajo, yo bajo, yo bajo.
[♪♪♪]
- Qué extraño,
¿qué estarán haciendo en esa mina?
- Despacio, despacio.
[Quejidos]
Ay, mis manitas.
¡Ya, mi gatita, despacio!
Mis manitas, ah.
¡Ya voy, don Hugo, ya voy!
¡Ya voy por usted, ahí voy!
[Quejidos]
[♪♪♪]
¡Es una trampa!
¡Es una trampa!
¡Súbanme, por favor!
Guillermo: ¡Es una trampa!
[Quejidos]
Rápido, rápido, mi gatita.
¡Ay!
No quiero morir tan joven.
- Vamos, ayúdame a subirlo.
- Apúrele, doctor Max,
que no quiero mi Guillermo convertido en chicharrón.
- Ayúdame que tu marido está muy pesado.
Guillermo: Rápido, que va a explotar.
¡Sáquenme de aquí!
- Tus amigos acaban de descubrir la sorpresa
que tenía preparada,
la dinamita está al pie de los ductos.
Con la explosión todo se derrumbará.
- Alcides...
hermano, tu problema es con...
tu problema es conmigo, no con mis ami...
no con mis amigos.
- Eso es relativo, hermano.
Quien esté de tu lado es mi enemigo
y correrá tu misma suerte.
- Te diré a dónde está todo mi dinero,
podrás quedarte con toda mi fortuna,
pero, por favor...
por favor, deja ir a Soledad.
[♪♪♪]
- No te creo una sola palabra.
- Alcides,
Alcides, escúchame, escúchame.
Boris tiene todo mi dinero
en casa del doctor Max.
Ahora, suéltala...
suéltala.
- Hugo.
Alcides: ¿En la casa de Max?
Hugo: Sí.
- Júramelo.
- Te prometo,
te juro por la memoria de mis padres.
Ahora, por favor, déjala ir.
[♪♪♪]
- No la puedo dejar ir.
Porque si lo hago, Soledad me denunciará
por haberte dejado morir en la mina.
Soledad...
promételo,
promete que no dirás nada, por favor,
promete...
promete que no dirás nada cuando salgas.
- Yo no voy a ningún lado sin ti,
mi amor, yo no te voy a volver a perder.
Hugo: Tienes que salvarte,
sálvate, por...
- No, no me pidas eso,
yo quiero estar aquí contigo, por favor.
- Soledad,
[Soledad llora]
por amor de Dios,
hazlo por ese hijo que vas a tener,
hazlo por tu hijo.
[♪♪♪]
Soledad: Lo prometo.
- Gracias, Dios mío.
Con el tiempo hay un ganchito, Soledad.
Con el tiempo hay un ganchito.
[♪♪♪]
Soledad: Espera...
- Adiós.
- Hay que soltar a Hugo,
hay que soltarlo,
¡Alcides, suéltame!
[Gritos]
Francisco: Un momento, un momento, señores,
señores,
¿qué están haciendo ahí?
¿Qué están haciendo? Contésteme.
¿Qué están buscando en este agujero?
- No pregunte tanto y corra,
¡que esto va a estallar!
- ¿Qué? Yo voy con ustedes.
[Gritos]
Francisco: ¡Yo voy primero!
[Quejidos]
[♪♪♪]
- No te vayas, cobarde,
nos iremos juntos de este mundo.
Juntos, como cuando nacimos.
Siente lo mismo que yo.
- Hugo, déjame, hay que regresar por Hugo.
¡Suéltame!
Alcides, suéltame,
[Soledad grita]
Hugo: Siente mi angustia.
Siente mi agonía.
Siéntela.
[♪♪♪]
Huye, Soledad...
sálvate...
sal de aquí.
- No, no.
Hugo: Huye...
salva a tu hijo.
- Resiste...
voy por ayuda, mi amor, resiste.
- Ayúdame...Soledad.
[Quejidos]
- Nos iremos juntos, juntos como cuando nacimos.
[Solloza]
[Explosión]
[Grita]
[♪♪♪]
¡No!
¡Hugo, no!
[Solloza]
¡No!
[♪♪♪]
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