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- ¿Cómo? Sabía que eras tú.
Lo sabía.
Mi amor. Mi amor, no lo podía explicar.
No sé cómo, pero estás aquí.
Estás aquí conmigo.
Mi amor, ¿qué pasa?
No me odies, mi amor, por favor,
yo te puedo explicar.
Si me casé con Alcides fue únicamente por mis papás.
Porque tenía que... - Por dinero.
Te casaste por dinero. - No.
- Nunca te creí capaz de llegar tan bajo, Soledad.
Soledad: ¿Qué?
- Te entregaste a mi hermano por dinero.
- No. Jamás.
Mi amor, mi amor, te, te lo juro, mi amor.
- ¿Qué me vas a jurar, Soledad?
¿Qué me vas a jurar?
¿Que desde el principio yo fui tu objetivo
para salvar a tu familia de la quiebra?
- ¿Qué?
- ¿Me vas a jurar que, después de mi supuesta muerte,
mi hermano era la mejor opción para proseguir con tu plan?
¿Eso me vas a jurar?
- Mi amor solo... Tú no sabes.
Desde el día en que desapareciste,
no sabes lo que ha sido mi vida,
no sabes el infierno que he tenido que vivir.
- ¿De veras?
- Por favor, yo solo quiero que me escuches.
Créeme, yo no podría, no podría traicionarte.
- Soledad, no insistas, no me vas a convencer.
- Es que, yo no sé cómo explicarte,
pero estás equivocado, mi amor.
Créeme.
Yo estoy unida a ti por la razón más,
más maravillosa que te puedas imaginar.
Estoy, estamos,
ah...
- Soledad.
Soledad. Soledad.
[♪♪♪]
[Úrsula jadea]
Marina: ¿Tú para dónde vas tan afanada?
- Marina, Marina, don Alcides tuvo una pelea terrible
con la niña Soledad y salió tras ella.
Tengo que ir a avisarle a sus papás.
- ¿Te enloqueciste?
En problemas de casados nadie se debe meter.
Deja a los patrones tranquilos. - No, Marina.
Doña Esther y don Lucas tienen que saber la forma
tan terrible en que don Alcides está tratando a su hija.
- Donde don Alcides, Úrsula, se entere de que yo
te dejé salir de la casa, capaz y nos echa a las dos.
Además, no te metas en lo que no te importa.
- Lo que le pase a la niña Soledad me importa.
Debo irme.
- Tú de aquí no sales, Úrsula.
- Marina, ¡suéltame!
Si no la ayudo, don Alcides es capaz de terminar con ella.
Tengo que hacer algo. - ¡Úrsula!
¡Úrsula!
[Relinchos]
[♪♪♪]
[Caballo resopla]
- Ya me estoy cansando de tus locuras, Soledad.
- Este será nuestro refugio por un tiempo.
[Suspiro]
Y lo vamos a disfrutar en grande.
- Parece que no has entendido bien.
Me acosté contigo solo para que mataras a Alcides
y ahora estamos juntos para huir nada más.
- Te prometo que mataré a Alcides,
pero, por ahora, nos vamos a relajar.
- ¡Te dije que no! - Cierra la boca.
Ahora somos cómplices y cumplirás
con tus obligaciones, a las buenas o a las malas.
- Fabio...
no teme acerques. Te juro que armo un escándalo.
Tú a mí no me vuelves a tocar, ¿entendiste?
[Ladridos]
- ¿Se puede saber que estás haciendo?
- Nada que te interese. - No mientas.
Acabo de ver que guardaste una capucha,
ibas todo vestido de negro.
¿Acaso piensas ir a robar a los Obregón?
- No metas las narices donde no te llamen, quítate.
- ¡Atrevido!
¡Tía Rebeca, tía Rebeca!
- ¿Qué pasa? ¿Por qué gritas?
- Hércules se fue a robar a casa de los Obregón.
Lo acabo de ver salir y metió muchas cosas raras
en una bolsa.
- Imbécil. Nos va a meter en problemas.
[Ladridos]
- Soledad.
Soledad, despierta.
[Suspiro]
[♪♪♪]
¿Por qué me traicionaste?
¿Por qué?
Yo te entregué mi vida, te entregué mi corazón.
Tu amor me hizo creer que podía vencer a la muerte.
Pero resultaste ser una traidora.
- Señor, señor, ¿qué pasó?
Pensé que la señora Soledad se había ido.
- Sí, eso nos hizo creer,
pero se apareció frente a mí y se desmayó.
- Se ve muy pálida.
Ha de ser la impresión por volver a verlo.
- Vamos a llevarla con el doctor Max.
Anda, ve y alista la carreta. - Sí, señor.
[♪♪♪]
- Ingrata, eso es lo que eres.
Traidora e ingrata.
- ¿Fabio?
No está.
[♪♪♪]
No está.
El traidor de Fabio me robó mi dinero.
Ay, ¡me robó!
[Ladridos]
- Esta noche no te dejaré dormir.
Estás hermosa. - ¿Qué haces aquí, Francisco?
A esta hora, mi tía todavía no se ha dormido
y podría entrar en cualquier momento.
- No te preocupes,
Rebeca y Hércules no están.
Escuché que salieron.
- ¿Salieron? ¿Y tú estás seguro de eso?
- Una de las ventajas de mi profesión es tener
buenos oídos, pero eso no es importante, Eloísa.
Dime, ¿a dónde fueron? - No lo sé.
Solamente sé que discutieron,
pero no tenía idea que habían salido.
- Ven acá.
No me veas la cara de idiota. ¿A dónde fue Rebeca?
En esta casa están sucediendo cosas,
misteriosas, así que habla de una vez.
[Ladridos]
[♪♪♪]
[Ruidos metálicos]
[♪♪♪]
- Lucas.
Lucas, despierta. Escuché ruidos.
- ¿Por qué tanta prisa? ¿Hmm?
¿Acaso creíste que me había volado
con todo tu dinero?
- Creí que te habías robado el dinero.
- Nuestro dinero está en un lugar seguro.
- ¿Con qué derecho lo tomaste?
Ese dinero es mío, Fabio.
- Tú y yo ahora estamos juntos en esto, ¿bueno?
Y, de ahora en adelante, las cosas
se van a hacer como yo diga.
- ¿De qué estás hablando?
- Te vas a convertir en mi mujer.
[Caballo resopla]
Boris: Aquí acabó su secreto, señor.
La señorita Soledad lo vio y ahora todo el mundo
se va a enterar que usted está vivo.
- Eso no ocurrirá.
Ella debe pensar que todo fue un sueño.
- Va a ser muy difícil que crea que fue su imaginación, señor.
- Nos iremos temprano en la mañana.
Si decide regresar, ya no estaremos aquí.
Anda, vamos, date prisa.
[♪♪♪]
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor, ♪
♪ y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame, Sálvame ♪
♪ Despiértame otra vez, otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber si vas ♪
♪ a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No, no, no. ♪
♪ Bésame, bésame, hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame, No te puedo perder. ♪
- Francisco, Francisco, escúchame.
Jeremías, antes de morir, le regaló a Lucas de Obregón
muchos objetos valiosos.
Y mi tía piensa que en esos objetos
puede estar la pista que los lleve al tesoro
del que tanto se habla.
- Eso prueba que existe el tesoro.
¿Y por qué no me habías dicho nada de eso?
Eloísa, entre tú y yo no debe haber secretos.
- Ah, Francisco, eran simples suposiciones.
Jeremías era un hombre muy rico y, al morir, no dejó nada,
ni dinero ni joyas.
Es por eso que mi tía asume que esos objetos
deben estar ocultos en algún lugar.
Francisco: Ya entiendo.
[Francisco ríe]
Pobre de tu tía Rebeca.
Viviendo en una pocilga como estas sabiendo
que hay un tesoro escondido.
- Por eso, ella y Hércules están obsesionados
con la búsqueda de ese tesoro.
En este momento, deben estar en la casa de los Obregón.
Guillermo: Así que las pistas para encontrar el tesoro
de don Jeremías no están en la casa de los Montenegro.
Tendré que buscar en la casa de los Obregón.
[♪♪♪]
- ¡Ahh! [Quejidos] Hércules: Cállese, vieja loca.
- ¿Y por qué no me habías mencionado nada de esto?
Ah, ya sé, te conozco.
Te quieres repartir el dinero con ellos, ¿verdad?
Y dejarme fuera del negocio, ¿no es así?
- Ah, Francisco, te lo pensaba decir
cuando fuera un hecho y el tesoro estuviera
en esta casa.
- Eso no es cierto, te conozco.
Eres una mentirosa.
No creo en tus palabras.
- ¡Ese es un asunto de mi tía!
¡Yo no tengo por qué estarte contando
todo lo que sucede en esta casa!
- Pues, ¡bien!
Perfecto.
No vuelves a contar conmigo para nada.
Esta sociedad se acabó, ¿hmm? - Tú no te vas a ninguna parte.
Tú a mí no me puedes dejar, Francisco.
- Está golpeada.
- Tal vez se golpeó
cuando venía a la cabaña, señor.
- Me temo que sea algo peor.
- ¿Qué piensa, que su hermano la golpeó, don Hugo?
- Viste como la trató en el cruce de San Marino.
No me extrañaría que la estuviera maltratando.
- Me imagino lo mucho
que le debe doler verla así, don Hugo.
- No es justo que Alcides la maltrate,
pero ella se lo buscó al casarse con él.
Es el precio que está pagando por su ambición.
[♪♪♪]
Esther: No me haga daño, por favor.
Le prometo que no voy a gritar.
[Hércules jadea] Hércules: No le creo.
Tan pronto yo salga de esta casa,
usted empezará a gritar como loca.
- Se lo juro, llévese lo que quiera,
pero no me haga daño.
Yo no voy a gritar, no voy a gritar.
[Gemidos] - Shhh. ¿No va a gritar?
No va a decir nada porque va a estar muerta, vieja loca.
[Golpean a Hércules]
- Ah, ¿usted? [Jadeos]
Rebeca: Rápido.
¡Rápido! Ayúdame a sacarlo rápido.
Llévelo a la carreta y lo amarra.
- ¿Y usted que va a hacer ahora, señora?
Rebeca: Yo veré lo que hago. Haga lo que le digo. Rápido.
[♪♪♪]
Esther, Esther, Esther, despierta.
- Esther, ¿qué ruidos son? Rebeca: Despierta, por favor.
- Rebeca. ¿Qué? ¿Qué le pasó a mi mujer? Esther.
¿Qué le pasó a Esther? Esther, dime, ¿qué le pasó, Rebeca?
- Estás haciendo una tormenta en un vaso con agua.
Tú y yo nos llevamos muy bien, sobre todo en la cama.
No lo eches a perder.
- Debiste pensarlo antes.
- Tú sabes que no puedes vivir sin mí.
- ¿Y qué esperas? Dime.
¿Que te premie tu deslealtad?
Me ocultas información. - No lo vuelvo a hacer.
Te aseguro que puedo borrar en un instante
toda esta discusión.
- ¿Sabes lo que te mereces?
¿Sabes? Un correctivo.
- Ja. ¿Que tengo el deber de recibirlos en mi casa?
¡Están locos!
- Es una orden de don Hugo.
Tiene que obedecerla.
- Sí, además, nosotros lo hemos ayudado
a usted con todo, le hemos traído todos
los muertos que usted necesita para sus experimentos raros.
Y ahora que nosotros lo necesitamos,
¿nos niega una ayuda?
- Un momento,
está bien, se pueden quedar,
pero con ciertas condiciones.
Boris: Ya estamos cerca de la casa
del doctor Max, señor.
[♪♪♪]
- ¿Estás segura que quieres hacer esto?
- Mi amor, después de lo que me dijiste,
yo no necesito nada más.
- Soledad nunca estuvo enamorada de Hugo de Medina.
- Ah, ¿no? Esther: No.
Simplemente es una buena hija
y, conociendo nuestra situación económica,
aceptó casarse con él por interés.
Así que no se preocupe.
Y se va a casar con Alcides, se lo puedo asegurar.
- Fuiste muy hábil para engañarme, muy hábil.
Me hiciste creer que en realidad me amabas.
Yo creí en todas tus palabras de amor.
Cuando en realidad estaban llenas de veneno.
[Caballo relincha]
[Búho ulula] - Señor, alguien se aproxima.
Se trata de su hermano, viene en su caballo.
[Relincho] ¿Qué hacemos, don Hugo?
[♪♪♪]
- Con esto tienen para cubrirse si les da frío en la madrugada.
Pueden acomodarse en ese rincón.
- Usted no está hablando en serio, ¿verdad, doctor Max?
Pues, digo porque don Hugo dijo que usted nos debía cuidar
y que aquí es donde debemos vivir
mientras somos prófugos de la justicia.
- Si lo prefieren, pueden quedarse a dormir
en una de las camas de disección.
- ¡Ay, no, no!
No, nosotros no nos vamos a quedar en ese sitio
donde usted descuartiza a sus muertos.
- Usted no tiene derecho a tratarnos así, doctor Max.
Ahora estamos en igualdad de condiciones.
Merecemos respeto, sí, señor.
- A mi casa nadie entra.
¡Tienen que acostumbrarse a dormir en este sitio!
Pero eso sí, sin hacer un solo ruido.
Voy a trabajar en el laboratorio
y necesito concentrarme.
- Cúbrete, Boris.
[Relincho]
Vamos a distraerlo. [Disparos]
- Voy a llevar a Soledad a un lugar seguro.
Boris: La casa de los Obregón, señor.
[Disparos]
[Arreos]
[♪♪♪]
- Suéltame, Alberto. No puedes hacerme esto.
- Perdóneme, joven Hércules, pero estas fueron
las ordenes de la señora Rebeca.
- ¿No te das cuenta lo que está pasando?
¡Rebeca no sabe lo que hace! - Ella dice lo mismo de usted.
De todas maneras, va a tener que esperar
a que llegue la señora Rebeca.
- O me sueltas o hago un escándalo.
- Eso es muy fácil de solucionar.
- Despierta, despierta.
Ven. Eso. Ven. - Usted y ese hombre...
- Tranquilízate.
Rebeca fue quien te salvó.
- ¿Me salvó?
- Eh, eh, sí, sí, sí.
Ella me explicó lo sucedido...
- Esta tarde, cuando tuvimos el altercado,
un hombre se acercó y me pidió que,
que, si quería, podía venir a robar
las cosas que, que yo te estaba reclamando.
Lucas: Siéntate.
Rebeca: Por supuesto le dije que no,
pero el insistió en venir.
- Por eso, Rebeca está aquí.
Porque vino a prevenirnos sobre ese hombre.
Pero cuando llegó, él te estaba amenazando.
- Mira, tuve que golpearlo.
Estuvo a punto de matarte. De verdad, discúlpeme.
Quise venir antes, pero no pude.
- ¿Y ese hombre dónde está?
- Cuando tú te desmayaste, se levantó y quiso atacarme,
forcejeamos y él después escuchó los pasos de Lucas y...
¡Ay, yo no sé, yo no sé qué pasó!
Mira. - ¿Te das cuenta, mi amor?
Si Rebeca no viene, no quiero ni imaginar
lo que hubiera pasado.
Rebeca te salvó la vida.
[Ladridos]
♪ Mi sufrimiento es estar solo como el viento ♪
♪ Y saber que así grite, nadie me va a escuchar. ♪
♪ Es saber que si un día te tengo, ♪
♪ será solo un momento, ♪
♪ un instante fugaz. ♪
[♪♪♪]
- 'eñora!
- Si no fuera porque yo vi cuando lo golpeó,
no le creería nada, señora.
- Esther, por favor. - Ah, está bien.
Ay, qué dolor de cabeza
[Golpes a la puerta]
- ¡Abran la puerta, por favor! - Ah, ¿qué pasó?
¿Qué sucedió, Úrsula? - Se desmayó, don Lucas.
- Hugo... - Hija, reacciona.
Ven, reacciona.
-Lucas: Amor, pero... No, ayúdame, Úrsula. Ayúdame.
- Hugo. Hugo me trajo hasta acá. ¿Dónde está Hugo?
- Bien, bien, bien.
Vamos para adentro y ahora terminas
de contar, vamos.
Ayúdame. Vamos, amor, coordina. Soledad: Hugo estaba aquí.
Lucas: Vamos.
- Nadie te va a creer.
Esta pesadilla apenas comienza para ti.
- Gracias, Úrsula. - ¿Qué le pasa?
- Tranquilízate. No entiendo. - Hugo. ¿En dónde está Hugo?
-Dice que Hugo la trajo hasta la casa, Esther.
Úrsula: Eso no es verdad, don Lucas. Ella vino conmigo.
Se desmayó por el camino.
Soledad: ¿Qué? No mientas. Hugo me trajo hasta acá.
- No entiendo nada. ¿Qué está diciendo, Úrsula?
- Fui a buscar a Hugo y lo vi.
Estuve frente a él, mamá.
- Hija, por favor, ¿qué estás diciendo?
Por favor, tiene que creerme.
Les prometo que estoy diciendo la verdad. Papá.
- No, no te exaltes. Tienes que descansar.
No, no, no, descansa. Úrsula, ve por un médico rápido.
Soledad está muy mal, Esther.
- Por supuesto que debe estarlo.
Mire, Soledad está sangrando.
- ¡Ay, mi bebé! ¡Mi bebé, papá!
¡No! - Amor...
- No permitan que le pase nada a mi bebé, por favor.
- No le va a pasar nada, nada. - Ay, no, por favor.
Mi bebé.
[Disparos]
[♪♪♪]
- Boris, vamos a la carreta, vamos.
- ¿Y la señora Soledad?
- La dejé en casa de sus padres, vamos.
[Búho ulula] - Ya no disparan.
Esa carreta iba rumbo a casa de los Obregón.
[♪♪♪]
Hugo: Alcides no se va a quedar de brazos cruzados.
[Caballo relincha]
Aunque nos haya visto, querrá saber
qué pasó esta noche.
- Además, la señora Soledad dirá que lo vio, señor,
y eso complicará más las cosas.
- Nadie le va creer. Vamos a casa del doctor Max.
- ¿Está seguro, señor?
Creo que lo más prudente es ir a la cabaña y sacar sus cosas.
- Los Burke las sacarán, Boris.
Por eso, vamos a recogerlos.
- Ve por el doctor, Úrsula.
- ¿El doctor Max? - No, el doctor Jiménez.
Él ha estado pendiente del embarazo de Soledad.
Rápido, corre, rápido.
- Esther, Esther, por favor, tienes que calmarte.
¿Te traigo un vaso con agua?
- ¿Será que nunca vamos a tener tranquilidad?
Primero, el horror de Hugo de Medina y,
ahora, el embarazo.
- Esther, veo que han sido tiempos muy difíciles para ti.
El lidiar con una hija embarazada
antes de casarse,
pues, no debe ser fácil,
porque es obvio que el hijo que espera Soledad
no fue concebido dentro del matrimonio.
- Ay, no lo digas. Es una vergüenza.
- El hijo que espera Soledad es de Hugo, ¿verdad?
- Por supuesto que no.
El hijo de Soledad es de Alcides.
- Papá, no puedo permitir que algo malo
le pase a mi bebé.
No puedo.
- Nada malo le va a pasar a tu bebé.
Úrsula ya fue a buscar al médico.
Quiero que te tranquilices. - Ay, me duele.
- ¿Y ese golpe en tu mejilla?
- Ah. No es, no es nada, papá. Lucas: No.
- No te angusties, no es nada. - No, no, no, hija.
Discúlpame, sé que no es el momento, pero...
viniste a visitarnos hace unas horas.
No tenías absolutamente nada en la cara.
Ahora tienes un golpe tu mejilla.
Dime la verdad, ¿Alcides te está maltratando? Dímelo.
[♪♪♪]
- No. No, papá.
Estoy aquí porque fui a ver a Hugo.
Él me trajo, yo me desmayé.
Y ahora...
- Amor... insistes con eso.
- Es verdad. Te prometo que es verdad.
Tienes que creerme.
- Mi amor, ¿qué estás diciendo?
Dime, ¿qué es lo que dices?
Soledad: Hugo está vivo, papá.
Yo necesito mejorarme porque yo tengo que buscarlo,
tengo que hablar con él.
Hugo tiene que saber que estoy esperando
un hijo suyo.
- Como entenderás, para mí es muy difícil hablar de esto.
Pero ahora que sabes nuestro secreto,
voy a contarte cómo fueron las cosas.
- No, Esther, no tienes que contarme nada, de verdad.
- Alcides y Soledad estaban muy enamorados,
pero quisieron mantenerlo en secreto.
Hugo comenzó a interesarse por Soledad
y se enteró de nuestra difícil situación económica.
Entonces, utilizó su poder para presionarnos y,
ah, tú sabes.
- Claro. Claro que entiendo.
Es por eso que ustedes lo aceptaron,
porque era mejor partido que, que Alcides.
- Nuestra hija quiso sacrificarse por nosotros.
Poco tiempo después del compromiso,
ella se enteró de que estaba esperando un hijo de Alcides,
pero ya era demasiado tarde para detener ese matrimonio.
- Pero el destino jugó a tu favor, Hugo murió.
-Sí.
Fue entonces cuando Alcides supo que ese hijo
era suyo y aceptó casarse con Soledad.
- Ah, claro.
Claro, ahora entiendo por qué Soledad se casó
un día después del entierro, claro.
- Esther, ¿qué pasa con el doctor?
¿Por qué no llega? - ¿Qué pasa? ¿Volvió a sangrar?
- No, me temo que algo peor que eso le está ocurriendo
a nuestra hija.
Creo que Soledad está perdiendo la razón.
[Relincho]
Jiménez: Este hombre va muy rápido, señorita.
Nos va a matar.
Dígale que frene un poco.
- No puedo, doctor.
La señorita Soledad está muy mal y necesita
que la vea cuanto antes.
Rápido, por favor.
- Por favor, necesito que me prometan
que no le van a decir a Alcides que Hugo está vivo.
- No sabes lo que dices, hija.
- Prométanmelo. Mamá, por favor.
Di que no le vas a decir nada.
- Ay, Soledad, me asustas. Estás diciendo disparates.
Hugo murió, está enterrado en el cementerio.
- Yo lo vi.
No sé cómo explicarlo bien.
Pero yo estuve esta noche con él, mamá.
- No, no te agites más.
Tienes que descansar, estás muy agotada.
Úrsula: Adelante, doctor.
- Buenas noches.
Lucas: Buenas noches. - Gracias a Dios llegó, doctor.
- Déjenme a solas con ella.
Si me permiten examinarla.
- Doctor. Jiménez: ¿Sí?
- No sé qué le está pasando.
Está diciendo cosas sin sentido.
Me asusta.
- Ya veremos.
Por favor.
Retírense, gracias.
[Caballo relincha]
- Parece que lo dejó muy afectado haber visto
a la señora Soledad.
- Era algo que no estaba en mis planes.
- ¿Solo por eso, señor?
- Aún la tengo clavada en mi corazón
como una espina que hiere muy hondo.
- Señor, creo que debería pensar
en dejar su plan de venganza en contra de ella.
- No.
- Con todo respeto, creo que lo mejor
es que se olvide de ella.
- Boris, muchas mujeres pasaron por mi vida
y a la única que le abrí mi corazón fue a Soledad.
Y todo el tiempo me estuvo engañando.
- De todas maneras, don Hugo, o usted nunca
fue un hombre de rencores y me preocupa mucho verlo así.
- Ella tiene que pagar por este dolor
que estoy sintiendo.
La traición no la voy a perdonar nunca.
Guillermo: ¿Tampoco puedes dormir, gatita?
- No, claro que no.
El doctor Max y sus misterios.
¿Qué será lo que esconde en esa casa?
- No sé, pero tratemos de dormir, gatita,
ya esta muy tarde.
- Ay, no, yo no puedo pegar el ojo
imaginándome qué es lo que hay allá adentro.
No, definitivamente...
- ¿Qué haces? Helena: ...voy a investigar.
- No, no, no... no te atrevas, por favor, no.
Max: No veo nada extraño.
A simple vista, la sangre de Hugo de Medina
no muestra ninguna anomalía.
[♪♪♪]
- Soledad dice que fue Hugo de Medina quien la trajo
hasta la casa.
- ¿Será que nunca nos va a dejar en paz ese infeliz?
- Jamás pensé que la muerte de Hugo de Medina
los fuera afectar a todos tanto.
Alcides también está muy atormentado
con lo de su hermano.
- Eso no lo sabíamos. - Sí.
Anoche tuvo pesadillas horribles.
Pobre. Ay, bueno. Ay.
Esther, quiero que sepas que cuentas conmigo
para lo que sea.
Tú necesitas apoyo, necesitas de una amiga
con quien hablar.
- Gracias por lo que hiciste por nosotros.
Tal vez yo me equivoqué y eres una buena persona.
- Vas a ver que, con el tiempo, nos vamos
a hacer muy buenas amigas.
Lo verás. Bueno...
permiso.
- Siga.
- Debes estar muy incómodo, ¿verdad?
Disculpa la demora.
Lo que pasa es que vine a arreglar la estupidez
que hiciste.
Eres un imbécil. Por poco y lo arruinas todo.
- La que lo arruinó todo fuiste tú.
¡No tenías nada que venir a hacer aquí!
[Cachetada]
- Tú a mí no me gritas.
Aquí la que da las órdenes soy yo.
- Estoy harto de que me trates como si fuera tu sirviente.
Se suponía que estábamos en igualdad de condiciones.
[Risa falsa]
- Aunque tú y yo nos acostemos,
eso no significa que seamos iguales.
Por favor, Hércules, métetelo en tu cabeza.
Ni tú ni nadie van a arruinar mis planes.
¿Entendido?
- No entiendo, Úrsula, no entiendo.
¿Por qué se arriesgaron a llegar tan tarde
y a exponerse de esa manera?
- Tuvimos que hacerlo, don Lucas.
La señora Soledad corre peligro viviendo
al lado de don Alcides.
- ¿Qué dices? - Como lo oye.
Ella sigue obsesionada con la idea de que don Hugo
está vivo y, cada vez que don Alcides
la escucha, la trata de la peor manera.
- Estás exagerando, Úrsula.
Alcides no es un hombre violento.
Posiblemente tuvieron algún desacuerdo y nada más.
- No lo defiendas, Esther.
Él sí puede estar maltratando a nuestra hija.
Yo le vi una marca en la cara.
Esther: ¿Cómo está mi hija, doctor?
- Montar a caballo le ocasionó la hemorragia,
pero, pues, ya se está recuperando.
Soledad debe tener más precaución.
En su estado, es una locura montar a caballo.
- Ese es el problema, doctor.
Últimamente ha estado diciendo cosas incoherentes.
Eh, anda diciendo que Hugo de Medina está vivo.
- Si la escuchara, doctor,
con qué seguridad habla de lo que vio esta noche.
- Lo que ustedes me dicen es realmente grave.
Si soledad está sufriendo alucinaciones,
eso puede ser fatal para su hijo.
- ¿Qué podemos hacer, doctor?
Con esa idea que se le metió en la cabeza a Soledad
y con lo terca que es, no tenemos,
no sabemos cómo controlarla.
Jiménez: Si su comportamiento sigue así,
la única salida va a ser internarla en el sanatorio.
- Ay. Tengo que salir de aquí. Tengo que encontrar a Hugo.
Tengo que encontrar a Hugo.
Tengo que regresar a la cabaña. La cabaña. Ay.
- ¿A dónde crees que vas?
[♪♪♪]
- Ay, ¿será que el doctor Max es un vampiro?
[♪♪♪♪]
Max: ¡No te atrevas a abrir ese armario!
[Jadeos]
- ¡Te dije que no podías entrar en mi casa!
Pagarás tu grave error.
¡Y lo pagarás con tu vida!
- ¡Ah! ¡Ah!
Guillermo: ¡Alto! ¡Alto ahí!
- ¿Mi hija en una clínica para enfermos mentales?
- Sería solo por prevención.
- Déjame.
¡Auxilio! ¡Ayúdenme!
Lucas: Es Soledad.
- Espera... Los gritos vienen de afuera.
- Cállate. - No.
- Cállate. - ¡Suéltame!
- Estás haciendo el ridículo. - Aléjate de mí. Déjame.
- Alcides. - Alcides. ¿Tú qué haces aquí?
- Soledad es mi esposa y vine por ella.
- Doctor, baje esa daga.
- Que se vaya, que se aleje de mí, por favor.
- No, no se altere, señorita. - Úrsula, retírate.
- Tranquilízate, hija, tranquilízate.
Piensa en tu bebé y en el estado
en que te encuentras.
- Papá, no lo quiero cerca, te lo suplico.
¡Que se vaya ya!
- Lo mejor para Soledad es que descanse,
que repose en lugar tranquilo, como la hacienda.
- No. No, yo a ese lugar no pienso regresar nunca, no.
- Hija, tu esposo tiene razón.
El aire puro, el campo te conviene.
- Por favor, le suplico que la ayuden
a organizar sus cosas.
Me la voy a llevar esta misma noche.
- No, señor.
Mi hija no irá a ninguna parte.
- ¿Qué está diciendo, don Lucas?
- Lo que escuchaste, Alcides.
Soledad se queda con nosotros. Y es mi última palabra.
- Les dije que no podían poner un solo pie
en este cuarto y desobedecieron.
- Pero no era para tanto.
Casi la mata.
- Porque lo que hicieron estuvo muy mal.
Si el doctor les dijo que no los quería aquí adentro,
debieron obedecer.
- De todas maneras, quiero que se vayan de mi casa.
¡Ahora mismo!
- Me temo que eso no va a ser posible, doctor.
De hecho, necesitaré un lugar donde quedarme
de ahora en adelante, un lugar donde pueda esconder
los objetos que tenía en la cabaña
y ese lugar es su casa.
- Este no es un hotel.
Si lo que usted quiere es un lugar para vivir
con estos miserables, búsquese otro.
- Ah.
- El único lugar seguro es su casa.
No podemos seguir exponiéndonos en la cabaña.
Hemos corrido demasiados riesgos.
- Esta sociedad con usted no me ha traído
muy buenos beneficios, don Hugo.
- Pero piénselo bien, si me tiene viviendo
en su casa, me podrá estudiar cuando quiera.
No tendrá que conformarse solamente con pruebas
de sangre.
- Está bien. Pero con una única y absoluta condición.
Nunca, óiganlo bien, nunca vuelvan a pisar
este bendito cuarto.
- Ya lo escucharon.
- Gracias, señor.
- ¿Hasta cuándo piensa quedarse aquí, don Hugo?
- El tiempo que sea necesario.
- No te preocupes.
Haré que ellos se vayan muy pronto.
Nadie, nadie descubrirá nuestro secreto.
Nadie.
- No te voy a permitir que le hagas más daño
a mi hija, Alcides.
Pocos días de matrimonio y no has hecho otra cosa
sino maltratarla.
- Don Lucas...
[♪♪♪]
Don Lucas, yo jamás maltrataría a Soledad.
- Es verdad, no exageres, Lucas.
Alcides es un buen hombre.
- Mamá, ¡no lo defiendas más!
No es más que un cobarde.
- Mi amor, ¿con, con qué derecho dices eso?
Por favor, reconoce que estás mal de la cabeza.
Todos los días te la pasas viendo a Hugo por todas partes.
No quiere reconocer que mi hermano murió,
no quiere aceptarlo.
- Eso tendrá solución.
Soledad va a estar en tratamiento médico
por algunos días.
Vamos a llevarla a un sanatorio.
Soledad: ¡Qué! No, no.
No, no, yo no voy a ir a ningún lugar, mamá.
- Soledad... - Es que...
¡Si no estoy loca! ¡Yo no voy a ir a un manicomio!
Alcides: Es lo mejor, mi amor. Soledad...
- ¡No, suéltenme! - Mi amor...
- ¡Suéltame!
- ¡Suéltala, Alcides, suéltala!
Alcides: ¿Que no la ve, señor?
Así se la pasa todos los días. - No, no.
- Está enloqueciendo. - Por favor, papá, no dejes.
Alcides: Mi amor, cálmate, todo va a estar bien.
Lucas: Pero ¿qué le hace, doctor?
¿Qué le está colocando? - Papá...
Alcides: Todo va a estar bien, ya, ya.
- Tiene que hacerlo. - Todo va a estar bien.
- ¡Suéltenme! ¡No, quítenme esto!
¡Yo no estoy loca! ¡Hugo está vivo!
¡Créanme, por favor!
¡Quítenla!
¡Papá! Papá, ¡ayúdame!
¡Suéltenme!
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