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- Pero, ¿qué hace?
¿Por qué se metió en la mina?
[♪♪♪]
- Tengo que saber quién eres.
¡Ah! ¡Ah!
- Por favor, hágame caso.
- ¿Qué? Suélteme. - Este lugar es peligroso.
Su vida corre peligro.
Entiéndalo, por favor.
- Mi amor. ¿Estás bien?
- ¡Don Hugo! Somos nosotros. Suban rápido .
- Estas cosas solamente tienen un valor sentimental.
- Si eso fuera cierto, Rebeca y sus acompañantes
no estarían tan interesados en recuperarlas.
- Fue ese engendro, el sirviente de Jeremías.
Está buscando ese el tesoro de Jeremías.
Por eso vino y destrozó toda la casa.
- Patricia descubrió que Alcides fue quien la violó.
[♪♪♪]
- Alcides comenzará a pagar
por todo lo que me hizo a partir de hoy.
- Ese hombrecito es un estorbo para nuestros planes.
Alberto: Le disparamos. Quizás está muerto.
♪ Sálvame. ♪
Francisco: Es Enrico, exempleado de Rebeca.
Lo conozco perfectamente.
Este hombre desapareció cuando Jeremías murió.
Este hombre está herido.
Tenemos que llevárnoslo para la hacienda.
- No me parece buena idea. - Estoy de acuerdo.
- Si le pasa algo, nos pueden culpar a nosotros.
- Sí.
- Eso no importa ahora, Marina.
Está muy mal.
- La señora tiene razón.
Hay que ayudarlo.
- Ayúdalo. Vamos.
- Cárguenlo. Con cuidado, muchachas.
- La cabeza...
Beatriz: ¿A dónde te llevaste a Alcides?
Tengo que acabar con él.
Tengo que matarlo antes de que pueda separarnos.
- Beatriz, no vas a matar a nadie.
Quítate esa idea de la cabeza.
Tú lo viste. - Sí.
- Él me atacó. - Yo lo sé.
- Tu hermano es un asesino. - Lo sé.
Pero voy a ser yo quien me encargue de él, no tú.
No quiero que nada malo te pase.
- Déjeme hipnotizarla, don Hugo.
Así le quitamos todos esos recuerdos
y toda esa agresividad.
- Beatriz, por favor, tienes que hacer un esfuerzo.
No me gusta verte mal.
Haz un esfuerzo.
- ¿De verdad te preocupa lo que suceda conmigo?
- Has sufrido mucho.
Pero todo eso va a cambiar
cuando todo termine y volverás a tener una vida normal.
- Eres tan diferente a tu hermano.
Está bien. Te prometo que no le voy a hacer daño.
- Así me gusta.
- Pero júrame que vas a dejar que te visite en la cabaña.
Quiero seguir siendo parte de tu vida.
- Ahora no pienses en eso.
Ahora tienes que recuperarte, ¿eh?
- No me gusta haber dejado a Beatriz ahí.
Esa muchacha está mal de la cabeza.
En cualquier momento puede delatarlo.
- Beatriz ha sufrido mucho. Es normal que esté alterada.
- Hay que mantenerla vigilada.
- Los buques se encargarán de eso. Vamos.
- Señor, ya dejamos a su hermano en el cementerio.
- Muy bien.
- La medicina que le apliqué le producirá alucinaciones.
No podrá diferenciar realidad de fantasía.
[Gritos]
- Papá, papá, papá...
Hombre: Era tu sangre.
Mujer: Le hiciste daño a tu propia sangre .
Hombre: Era tu sangre.
Estás maldito, Alcides.
Mataste a tu hermano. No tienes perdón.
Mujer: Estás maldito, Alcides. Mataste a tu hermano.
No tienes perdón. Hombre: No tienes perdón.
- Hasta que por fin te despiertas, cariño.
- Alcides, Alcides, ¿estás bien?
¿Qué hago aquí?
- Pero ¿qué es esa pregunta, cariño?
Llegaste hace como una hora.
- ¿Como una hora?
- Sí, llegaste caminando.
Ven. ¿Qué te pasa?
No, tú no puedes ir así a ningún lado, por Dios.
- Suéltame. - Pero...
- Suéltame.
- Tía, ¿qué contiene ese tesoro?
- Ya te contaré más adelante. Ten paciencia.
- Pero viviste mucho tiempo con ese viejo.
Algo te...
[Tocan puerta]
- ¿Quién toca así?
No se preocupe, señora, que yo abro.
Soledad: Buenas noches. Hombre: Buenas noches.
- Soledad, ¿por qué se demoraron tanto?
- ¿Cómo que por qué?
Este hombre está malherido. Hay que ayudarlo.
- Alberto, por favor,
hay que traer un médico urgentemente.
- Ah. Alberto: Enseguida regreso...
- Necesitamos gasas, alcohol,
hay que detener la hemorragia, Marina.
[Todos hablan]
- Maldito infeliz.
Tenía que aparecer justo con ellos de testigos.
Ah.
- ¿Qué haces despierto a esta hora, Lucas?
- No podía dormir, Ester.
No hago sino pensar en nuestra situación económica.
- ¿Y?
- No tenemos sino dinero
para cubrir los gastos de este mes.
A penas nos queda esta casa.
- No estarás pensando en arriesgar
nuestro único patrimonio.
- Ester,
si, si hipotecáramos la casa, tal vez podríamos hacer algo.
- Ni se te ocurra, Lucas de Obregón.
No lo voy a permitir.
- ¿Entonces de qué vamos a vivir?
No tengo en marcha ningún negocio.
- Mira a ver qué te inventas.
Eres el hombre de esta casa y tienes que reparar el daño
que hiciste, pero no a costa de nuestro bienestar.
- Ya detuve la hemorragia.
- ¿Dónde estoy? - Shh, no hables, no hables.
Es mejor que estés callado.
Esta es la hacienda Montenegro.
Yo soy Soledad de Obregón,
la ahora señora de esta casa
- No, no, no... Yo tengo que ir a...
- No, no, tranquilo, tranquilo. No te asustes.
Lo que tienes que hacer es descansar
para poderte recuperar.
Y te prometo que vas a estar bien.
- Señora,
sus ojos me muestran que está muy triste.
Tranquila. Su amor está vivo. Él está vivo.
- Enrico va a despertar en cualquier momento,
y seguramente abrirá la boca.
Ahora sí estamos en problemas.
- Tranquilo, tranquilo. No te desesperes.
Enrico no está en condiciones de hablar en estos momentos.
- De todas maneras, algo hay que hacer.
Ese hombrecito va a acabar con todos nuestros planes.
- ¿Alcides? Alcides, Alcides, ¿qué te pasa?
Alcides, por favor, ¿estás borracho?
- No. No estoy borracho.
Creo que, creo que me dieron algo.
Mujer: Alci... Alcides, necesitas un médico .
- No llamen a un médico.
Necesito, necesito descansar.
Necesito...
¿Soledad?
Soledad, mi amor, no sabes lo que me acaba de pasar...
- Alcides.
¡Soledad, Soledad!
Soledad!
- ¿Qué pasó?
- Mi amor,
mi amor, mi amor, no sabes lo que me acaba de pasar.
Mi amor.
- Alcides.
- Mi amor, fue horrible, fue horrible, fue horrible.
- Estás borracho, Alcides.
Alcides: Por favor, llévame a mi cuarto,
ayúdame, a mi cuarto.
- Alcides, perdóname... - Mi amor.
pero yo así no puedo ir contigo a ningún lado. Yo no...
- Soledad, tú eres mi esposa.
- Alcides, Alcides, Alcides.
Es mi esposa. - Déjala, déjala.
Ella ha tenido un día muy difícil.
Tranquilo.
Tía, llévatela.
- Sí, sí, vamos, vamos, Soledad, vamos.
- Soledad.
Eloísa: Tranquilo. Hércules, por favor, ayúdame.
Paquito, Paquito, ¿dónde estás?
- Eloísa, ¿qué pasa?
- Necesitamos llevarlo a la alcoba principal.
Yo me encargaré de él.
- Soledad. - Tranquilo.
Francisco: Vamos, Hércules, ayudémosle. A ver.
Venga, venga, venga.
Beatriz: No te equivoques.
Esto solo es un negocio.
- ¿Qué quieres que haga?
- Ya tuviste el placer de estar conmigo.
Ahora quiero que hagas tu parte.
- A ver. A tus órdenes, preciosa.
- Quiero que mates a Alcides de Medina.
- Tranquilo, tranquilo. Cálmate, cálmate.
No pasa nada. Descansa.
Yo te voy a cuidar. - Pero ¿qué te pasa, Eloísa?
Deja de consentirlo. No eres su mujer.
- Tú deja tus escenas de celos y...
- No son celos.
- ¡Fuera, fuera! - Papá, papá...
- Mira. - Te juro que no fui yo,
papá... - Tranquilo, tranquilo.
- No fue mi culpa, papá. - Tranquilo.
- Sí, sí, sí, tranquilo, tranquilo,
sí, ya, ya, tranquilo.
- Papá, ¡papá!
- Cálmate.
- ¡Papá! - Cálmate. Cálmate.
Estás delirando.
Calma.
No hueles a alcohol.
Tranquilo. - ¿Eloísa?
- Sí, sí, mi amor. Tranquilo, descansa.
- Ayúdame. - Sí.
- Ayúdame. - Sí.
- Ayúdame. - No llores.
- Yo lo maté...
yo maté a mi hermano.
Yo maté a Hugo. Fui yo.
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón ♪
♪ Oculta en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor, ♪
♪ Y no dejar que nada se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame, despiértame otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No, no, no...♪
♪ Bésame hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
- Es él.
Es él. Míralo. Está ahí, está en la ventana.
- Alcides, estás muy alterado y estás delirando.
Por favor, tranquilízate.
Alcides: Míralo, Eloísa, está ahí,
está en la ventana,
está ahí.
- No hay nadie, Alcides.
- ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?
Es un maldito que me quiere enloquecer.
- Alcides, Alcides, por favor, ¿qué haces?
Vuelve a la cama.
Alcides, ¿qué te pasa? Cuidado.
Por favor, ¿qué haces? Alcides, tranquilízate.
¿Qué vas a hacer?
- No va a arruinar mi vida.
- ¿Qué vas a hacer?
Deja esa arma. - No me vas a volver loco.
Déjala. - No me vas a volver loco.
- ¡Auxilio, auxilio! Ay, por Dios.
Alcides, deja esa arma. ¡Auxilio!
- ¿Qué pasa, Eloísa?
- ¡Alcides tiene un arma! - ¿Dónde estás?
Sal otra vez y vas a ver de lo que soy capaz.
- ¡Detente! - ¡Sal!
¡Ah! - ¿Qué hiciste?
Ven acá. - ¿Qué hiciste?
- Te lo advertí, que no te quedaras a solas
con este loco. - No es momento para sermones.
¿Qué vamos a hacer ahora?
- ¿Cómo que qué? Tenemos que amarrarlo.
[♪♪♪]
- Alcides, Alcides.
- ¿Se puede saber por qué quieres matar a Alcides?
- Eso no te importa.
¿Lo vas a hacer o no?
- Alcides es un hombre muy peligroso.
- Eres un cobarde.
Pensé que yo te interesaba,
pero, por lo visto, me equivoqué.
- Beatriz, Beatriz, ¿a dónde crees que vas?
- A buscar a alguien que quiera hacer el trabajo.
No voy a seguir perdiendo el tiempo aquí contigo.
- Me gustas mucho, Beatriz.
Me gustas mucho y créeme que voy a hacer todo
lo que me pidas a cambio de que me des algo más.
- ¿Qué quieres?
- Voy a matar a Alcides de Medina
si te conviertes en mi amante.
- Jamás me imaginé ver a Alcides así.
- ¿Qué le sucede a ese hombre?
¿Por qué gritaba de esa manera?
- No lo sé.
Yo lo estaba acostando y comenzó a decir incoherencias.
Primero que había matado a su hermano Hugo,
y luego que lo había visto parado en la ventana.
- Dicen que los borrachos hablan con la verdad.
- Bueno, eso es lo extraño.
Él no estaba borracho. No olía a alcohol.
- Mmm, algo le tuvieron que dar.
No pensarán que dice la verdad.
Que yo sepa, Hugo de Medina murió en un accidente.
- Bueno, eso es lo que dicen.
¿Qué se puede hacer?
- Sí, pero ellos eran hermanos gemelos.
¿Ustedes realmente creen que haya matado
a su propia sangre?
- Ay, yo no sé, pero estuve investigando en la ciudad,
y me dijeron que esos hermanos no se podían ni ver.
Más bien, que se odiaban hasta la muerte,
así que cualquier cosa pudo haber pasado.
- Pero ¿realmente crees que haya llegado a ese extremo?
[♪♪♪]
- ¿Qué pasó con Alcides?
¿Supiste de si logró quedarse dormido?
- No lo creo. Escuché gritos en el cuarto.
Parece que está muy mal.
- Debe ser el efecto de los tragos.
- ¿Y este hombrecito, señora, usted cree que se salve?
- Pues confiando en Dios esperemos que sí.
¿Escuchaste lo que dijo, que Hugo está vivo?
- No le preste atención. Para mí es un pobre loco.
¿Por qué no se va a descansar?
Usted se ve agotada.
- Sí, mejor me voy a mi habitación.
- ¿Cómo sigue Enrico?
Bueno, perdió mucha sangre,
pero parece que se está recuperando.
- Ay, pobre.
Estaba muy preocupada por él.
Desde que murió Jeremías no lo había visto.
Quién sabe en qué problema se metió
para que le hayan disparado, ¿verdad?
- Sí. A mí me parece que es una buena persona.
¿Por qué? ¿Se despertó? ¿Te dijo algo?
- No, estaba delirando.
Dijo algunas cosas, pero nada importante. ¿Y Alcides?
Ah, está un poco alterado,
pero Eloísa y Paquito lo están cuidando.
Además, el médico no tarda en llegar.
- Bueno, Francisco, dime.
¿Realmente sí piensas que Alcides mató a su hermano?
- Todo está muy extraño.
Imagínate que cuando veníamos a la hacienda
un hombre enmascarado que olía bastante mal
trató de asaltarnos, y lo más gracioso es
que la policía lo estaba siguiendo.
- ¿Qué? Pero ¿cómo no me contaste nada?
- Porque no tiene importancia.
Lo curioso aquí fue la actitud de Soledad.
Quería averiguar quién era ese hombre.
Yo sí creo que está loca.
- ¿Por qué se comporta así esa estúpida?
- No tengo la menor idea. ¿Quieres una copa?
- Sí, por favor. - ¿Sabes qué me dijo?
- Que sentía que ese hombre era su amado Hugo.
Después ese tipo trató de huir en una balacera.
¿Y sabes qué hizo la irresponsable?
- ¿Qué?
Trató de seguirlo, solo que no averiguó nada.
- No.
Definitivamente esa mujer sí está mal de la cabeza.
- Sí, eso mismo pensé cuando me dijo que había sentido
la presencia de Hugo cerca de ella hace varios días.
Pero después de lo que dijo Alcides
de su hermano, no sé, las cosas cambian.
Demasiada casualidad, ¿no te parece?
- Ay, Francisco, por favor,
no te pongas ahora a inventar historias.
Tú lo has dicho. Es una casualidad.
No, no, no, hay algo más en todo esto.
Eloísa, cariño,
necesito un favor. - Sí.
- Quiero que le saques toda la información a Alcides, toda.
La necesitamos. - Ja.
Por supuesto. A tus órdenes, mi amor.
[♪♪♪]
[Truenos]
- ¿Hugo? - Te ves muy mal, Alcides.
- Tú no estás aquí.
Estás muerto. Yo vi cuando te enterraron.
Intentaste matarme en mi despedida de soltero,
y cuando supiste de mi enfermedad,
dejaste que me enterraran vivo.
- Por favor, aléjate de mí,
por favor, no me atormentes. Aléjate.
- Querías verme muerto
para quedarte con Soledad y con mi fortuna.
- Tú no eres real. - Claro que lo soy.
Traicionaste a tu propia sangre
y te voy a hacer pagar por todo lo que hiciste.
[♪♪♪]
- Don Hugo ya se tardó demasiado allá adentro.
Solo espero que no haya pasado nada.
- A tu patrón sí que le gusta complicarse la vida.
Solo tiene que matar a su gemelo
y así se quita tanto problema de encima.
- A diferencia de don Alcides, don Hugo no es un asesino.
[Risa]
- Cómo se ve que conoces la naturaleza humana, Boris.
Los hombres somos capaces de llegar a cualquier extremo
con tal de cumplir una venganza.
- No me vas a enloquecer.
No lo vas a lograr porque ya sé que estás muerto.
- Está bien. Estoy muerto,
pero de ahora en adelante seré la voz de tu consciencia.
No pasará un minuto en tu vida sin que te acuerdes de mí,
sin que te acuerdes de lo que me hiciste.
- Por favor, por favor, hermano yo sé que estás muerto.
Aléjate de mí. Yo no quiero verte.
- Alcides, me convertiré en tu sombra.
No te va a alcanzar la vida para pagar por tu maldad.
- Aléjate de mí, por el amor de Dios, aléjate.
Yo sé que estás muerto. Aléjate.
¡Aléjate, maldito! ¡Yo sé que no estás aquí!
¡Aléjate!
- ¿Ahora qué le pasa a ese tipo?
- Está alucinando de nuevo.
Mejor lo voy a ver. - Yo te acompaño.
- Doctor. - Buenas noches.
- Buenas noches, doctor. Qué bueno que llegó.
- ¿Dónde está el herido de bala?
- No, no, no, tiene que atender primero a Alcides.
Está muy alterado.
Alcides: Yo sé que no estás aquí. ¡Aléjate!
- Doctor, muévase.
Hay que salvar a ese hombre. Muévase.
Váyase. Corra, doctor.
- Escúchame, maldito.
Esta vez te voy a matar con mis propias manos...
- Mire, está como loco.
- Con mis propias manos te voy a matar,
te voy a estrangular...
- Alcides, por favor, cálmate.
- Maldito. Te voy a matar y esta vez no voy a fallar.
- Tiene la pupila dilatada. - No voy a fallar, ¿me oyes?
- No cabe duda, está medicado. - Te voy a matar.
- Ahora aplíquele algo, doctor. - Te voy a matar.
- Sí. - Te voy a matar.
- ¡Tranquilízate! - ¡Alcides, Alcides, LA...!
Apúrese, doctor...
- Te voy a matar. - Tranquilo, Alcides. Cálmate.
Cálmate. - Ya, enseguida.
- Tranquilo, por favor. - Ya, cálmate. Ya.
¡Tranquilo!
Esto lo mantendrá dormido hasta mañana.
Se ve muy mal, doctor. - No, no, tranquila.
Lo mantendrá dormido, se lo aseguro.
Dejémoslo descansar.
- Sí. - Eloísa, Eloísa.
El doctor tiene razón. Vamos a dejarlo descansar.
- Sí, sí, doctor, lo acompaño. - Gracias.
- Ya sabe, dormirá hasta mañana.
- Sí, sí, gracias, doctor.
- Te voy a matar,
te voy a...
te voy a matar,
te voy a...
te voy a...
- Ya es suficiente
con lo que has hecho por él, Soledad.
Él era el empleado de mi difunto esposo,
y mi deber es llevármelo y cuidarlo.
- No, señora, no deje que me lleven, por favor.
- Ya, ya, cálmate, cálmate. Tranquilo.
- Señora, por favor, haga algo.
- Eh, todo va a estar bien. No te preocupes.
- Eh, Soledad,
estaba por decírtelo. Él está muy mal de la cabeza.
Por eso insisto en llevármelo. Tú no lo conoces.
Tú no tienes que asumir semejante responsabilidad.
- Yo ya tomé la decisión, Rebeca.
Yo lo voy a cuidar.
- Está bien.
Pero no confíes en él.
Bueno, nos tenemos que ir.
Yo considero que con este clima es mejor que se queden.
Por mí no hay ningún problema, de verdad.
Marina, ¿podrías acomodar sus habitaciones?
- Cómo no, sí, señora.
- Soledad, eres muy amable.
Voy a avisarles a los demás. Permiso.
Señora, se lo agradezco muchísimo.
- ¿Qué pasó con Enrico? ¿Lo vamos a llevar con nosotros?
- El muy tonto se despertó
y le rogó a Soledad para poderse quedar.
- No me digas que Soledad lo va a cuidar.
- Ay, sí.
La muy imbécil se está creyendo la hermanita de la caridad.
- ¿Entonces qué vamos a hacer? - No sé, no sé.
Por ahora la tormenta nos ayudará
a quedarnos hasta mañana.
Ya veremos cómo lo sacamos de aquí sin hacer escándalo.
Vamos.
- ¿Qué pasa, Francisco? Te noto muy inquieto.
Desde que bajaste las escaleras no has parado
de mirar hacia afuera.
- Qué bueno que ya están aquí.
Vi unas manchas muy extrañas en la alcoba de Alcides
que se dirigían a la ventana,
y creo, estoy casi seguro
que la primera vez que entré esa ventana estaba cerrada.
¿Qué nos quieres decir?
- No los quiero asustar, pero vengan.
Creo que alguien está merodeando la casa.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Hugo.
- Si alguien está merodeando la casa,
debe ser algún cómplice de Enrico.
- Tenemos que encontrarlo.
Hay que buscar por toda la hacienda.
Francisco, acompáñame.
- Un momento, Hércules, un momento.
Yo no voy a seguir a esos criminales. Eso sí no.
Yo cumplí con decírtelo - Voy a despertar a los peones.
Ellos tienen que ayudar a buscar.
- Muy bien, muy bien.
Yo me quedo aquí con Eloísa, ¿eh?
Yo la protejo. - Voy por Alberto.
- Suerte.
¿Me quieres explicar por qué se alteran tanto
con todo este asunto de Enrico?
- Es obvio, Francisco.
Ese tipo entró a robar a la casa,
y aunque no se haya llevado nada,
obviamente lo quieren atrapar. - ¿Y por qué estaba herido?
- Porque Enrico atacó a Hércules,
y Alberto le disparó.
Además, eso es algo que nadie debe saber, ¿está claro?
- No, no, no lo entiendo.
Si él no se robó nada, ¿entonces qué estaba buscando?
- No tengo ni idea,
y si tanto te interesa saber, pregúntale.
- Fíjate cómo me estás hablando.
No me gusta que mis socios me mientan
y mucho menos que me escondan cosas.
Ven acá.
No vayas a hacer nada a mis espaldas, te lo advierto.
- Hugo. Hugo.
Yo sé que estabas aquí.
Ay, Dios mío,
yo no me lo pude haber imaginado otra vez.
Hugo, mi amor.
No puede ser.
Es la letra de Hugo.
- Hugo, por favor,
perdóname, perdóname.
Te lo juro que, si me casé, fue porque no tuve otra opción,
por favor, por favor.
No me tortures más.
- Adentro no hay nadie,
así que nos concentraremos en buscar afuera.
Alberto, vea por la derecha.
Usted por el frente y yo voy la izquierda.
Disparen si es necesario.
Lo importante es que ese intruso no salga de la casa.
[♪♪♪]
- Soledad, ¿qué haces aquí? Escóndete.
- Paquito, ¿qué es lo que está pasando?
¿Por qué escucho tanto movimiento en la casa?
Ay, Soledad, parece ser que se metió
un ladrón a robar, y lo están buscando.
- ¿Un ladrón? - Sí. ¿Estás bien?
- Yo lo vi, sí. - Soledad.
- Tengo que ayudar a buscar.
- Pero ¿qué sucede? Soledad, explícame qué sucede.
- ¿Lo encontraron? ¿Ya sabe quién es el intruso?
No, no vimos a nadie. Alberto y los peones están buscando.
- Esto se nos está complicando.
Vamos por Enrico. - ¿Sin el permiso de Soledad?
- Ella no tiene por qué saberlo. Vamos.
- No está Enrico.
- Maldita sea. Úrsula, despierta.
- Doña Rebeca, ¿qué necesita?
- Enrico, ¿dónde está?
- No sé. Él estaba aquí dormido.
Yo, yo no me di cuenta para dónde se fue.
- ¿Y tú qué haces ahí parado?
Ve, ve a buscarlo.
Ya vas a ver, criada inepta.
[♪♪♪]
- Soledad, Soledad. Ven acá, Soledad. Ven acá. A ver.
¿Me quieres explicar, muchacha, qué es lo que te pasa?
- Lo vi. Francisco: ¿Qué?
- Lo vi. A él lo vi. - ¿A quién?
- Olvídalo.
[♪♪♪]
Boris: Hay mucho movimiento en la casa.
Max: Eso quiere decir que ya descubrieron
la presencia de don Hugo.
- Cerraron la puerta de la entrada principal.
- Ja, tarde o temprano lo encontrarán.
Tenemos que irnos de aquí.
- De aquí no nos movemos, doctor Max.
- Yo ya cumplí con mi parte.
Alcides de Medina no reaccionó negativamente
al medicamento que le di, y llegó vivo hasta su casa.
- Don Hugo dijo que lo esperáramos y eso haremos.
Podría necesitarnos.
- Ya, estoy aquí.
- Don Hugo, ¿está bien?
Sí, sí, sí. - ¿Y cómo hizo para salir?
La casa está rodeada.
- Encontré la manera de entrar y salir sin ser visto.
Necesito que consigas los planos de la hacienda.
Está llena de pasadizos y túneles secretos.
- Sí, señor.
- ¿Y para qué necesita esos planos?
¿Acaso piensa volver?
- Aún quedan asuntos por resolver en esa casa.
Vámonos.
- Yo le juro que no vi nada.
Yo no me di cuenta en qué momento
se fue ese señor. Yo estaba dormida.
- Eres una criada inepta.
Rebeca, Úrsula no tiene la culpa de lo que pasó.
Ese hombre huyó por sus propios medios.
- Soledad, ¿no te das cuenta?
Nosotros vamos a ser los responsables
por haber traído aquí a Enrico herido a esta casa.
- En ese caso, yo voy a responder
antes las autoridades,
pero lo único que queríamos hacer era ayudarlo.
- Miren, por favor, yo creo que estamos muy cansados.
¿Por qué no mejor nos vamos a descansar, ¿sí?
- Está bien.
Está bien. Hasta mañana.
- Señora, perdóneme, yo, yo le juro que...
- Úrsula, por favor, no tienes que darme explicaciones.
Yo sé que tú no tienes la culpa
de que ese hombre haya querido huir.
No te preocupes. - ¿Estaba llorando?
- Ay, Úrsula, ya no sé qué hacer.
Es que creo que me estoy enloqueciendo.
- ¿Por qué dice eso? ¿Volvió a soñar con don Hugo?
- Lo vi.
Estaba parado en la ventana de mi habitación.
No entiendo, Úrsula.
- Ya, ya. Tranquilícese, ¿sí? Tranquilice.
Yo estoy con usted.
- Estoy preocupada porque es que ya no sé
si estoy distinguiendo entre mi vida,
la realidad y mi imaginación. No sé.
- ¿A dónde se supone que vas, Beatriz?
Voy a encontrarme con Patricia y Marcela.
Iremos al club a tomar un té y a tejer.
Tenemos mucho que conversar.
- No me parece que estés en condiciones de salir,
y mucho menos sola.
- Tú y mamá dijeron que tenía que empezar
a llevar una vida normal.
Eso intento.
Quiero olvidarme del pasado
y regresar a la vida que tenía antes.
- Podrás salir siempre y cuando lo hagas acompañada de Matilde.
- Madre, Matilde es una alcahueta
a la que Beatriz compra con total facilidad,
así que no. Si quieres salir, puedes hacerlo acompañada
de uno de mis hombres, Raymundo, por ejemplo.
- Si quieren que salga acompañada, está bien, lo haré.
Pero no con Raymundo.
Ese tipo es desagradable.
¿Qué van a decir mis amigas?
Fabio.
- ¿Sí, señor?
- Fabio, de ahora en adelante te convertirás
en la sombra de mi hermana.
Si ella quiere ir a alguna parte, tú la acompañarás,
¿está claro?
Claro que sí, señor.
[♪♪♪]
- Ya podemos irnos.
Si todo sale como lo estoy planeando,
muy pronto Alcides caerá en nuestra trampa.
Vamos. Tenemos que irnos de aquí.
- Mira, se van.
Hay que seguirlos. - No, pero puede ser peligroso.
La policía no está buscando.
- Don Hugo nos ordenó que siguiéramos a la señorita
Beatriz y eso es lo que debemos hacer.
No podemos desobedecerlo.
- Pero ¿qué habrán venido a hacer
Beatriz y ese matón a la oficina de telégrafos?
No sé, pero esto me huele muy mal.
Mira, gatita, lo mejor es que
tú no los pierdas de vista
y yo voy y le aviso a don Hugo. Ya regreso.
- No. Guillermo. Guillermo.
- ¿En este lugar tan horrible es donde vamos a vivir, Rebeca?
- Paquito, te estoy recibiendo en mi nueva casa
solo por el hecho que eres amigo de mi sobrina Eloísa,
así que, por tu bien, sé agradecido.
- Sí, tienes razón, discúlpame.
Pero es que me cuesta mucho trabajo entender
que después de recibir tanto dinero por la venta
de la hacienda Montenegro, ay, no sé, vivir en este lugar...
- Tú ya sabes que Jeremías no me dejó dinero.
Además, acumulé muchas deudas que tuve que pagar
con el dinero que recibí de la hacienda Montenegro.
Solo espero, Paquito,
que no vayas a escribir chismes de todo esto.
- ¿Cómo crees?
Sería incapaz de hacerle eso a la tía de mi mejor amiga.
Estás de mal humor, ¿verdad?
Ten cuidado. Les hace mal a tus arrugas.
Hércules.
- Hubiera preferido jamás regresar a esta casa.
- ¿Tanto te atormenta el recuerdo de tu marido?
¿Te acuerdas cómo rodó por las escaleras?
[♪♪♪]
- Odio este lugar, pero no por eso,
sino porque sé que aquí hay un tesoro escondido
que me pertenece. Maldito Jeremías.
- Te dije que teníamos que presionar
al viejo Lucas, pero no quisiste hacerme caso.
De seguro que entre esas cosas que le dejó Jeremías
hay alguna pista para hallar ese tesoro.
- No te preocupes.
Hoy comenzarán los planes
para recuperar todas esas cosas.
que me casé con Alcides porque ya no te amaba.
Pero eso no es así, mi amor.
Eso nunca va a cambiar. Tú eres mi único amor.
Por favor, yo solamente necesito
que me ayudes a entender.
Ya no sé qué pensar, ya no sé dónde estás.
No tienes idea de cómo me estoy sintiendo, Hugo.
Es que con todo lo que está pasando, la carta, las flores,
haberte visto en mi ventana, en la cabaña.
Estoy confundida.
Lo único que puedo pensar es que...
- Ya no más. - Es que a lo mejor no estás...
- No más.
Ya no se martirice más, mi niña. Ya ha sufrido mucho.
Mejor vamos a casa de sus padres.
Verlos la va a tranquilizar y le va a hacer bien, ¿sí?
- Yo te amo.
Solo te amo a ti.
Eso no va a cambiar.
[♪♪♪]
- Tenemos que averiguar qué hacía Beatriz
en la oficina de telégrafos.
- ¿Y cómo piensa hacerlo, señor?
- Todos nosotros estamos siendo buscados por la policía.
- Lo hará el doctor Max.
- No tan rápido, don Hugo.
Yo acepté ayudarle en sus planes,
pero a cambio de que usted me permitiera estudiar
su enfermedad, y no ha cumplido con su palabra.
La voy a cumplir,
pero ahora es más importante saber qué hacía Beatriz allí.
Usted es la única persona que se puede acercar
a la oficina de telégrafos
y hablar con el empleado sin levantar sospechas.
- ¿Y cómo está tan seguro
de que el empleado nos va a dar la información?
- Le vamos a ofrecer algo que no puede rechazar,
pero es importante saber qué escribió Beatriz,
o, al menos, a quién.
- Soledad salió desde temprano.
Fue a ver a sus padres.
Por eso decidí ser yo quien te muestre la propiedad a ti.
Otra vez me dejó solo.
- Sí,
pero no te preocupes, Alcides.
Dime qué te parece. ¿Te gusta?
- Sí.
Siempre me ha gustado...
mucho.
- Alcides, pueden vernos.
- Me acabas de decir que no hay nadie.
- ¿Por qué estabas tan extraño anoche?
Decías incoherencias.
- ¿Anoche?
Anoche fui al bar y me tomé unos tragos, probablemente,
probablemente me dieron algo en mal estado.
- Dijiste que habías matado a tu hermano,
y luego que lo habías visto parado en la ventana.
- ¿Eso dije?
- Alcides, ¿qué pasa?
¿Por qué te quedaste callado?
- Perdón.
Don Alcides, acaban de traerle esto y dicen que es urgente.
Con su permiso.
[♪♪♪]
- Eloísa, lo siento, pero me tengo que ir.
[♪♪♪]
- Tuve que decirle al empleado del telégrafo
que Beatriz es paciente mía y que la tengo que vigilar
en todos sus movimientos.
- Me imagino que debes estar desconcertado
por lo que te sucedió anoche.
Si quieres saber lo que pasó en realidad,
ven al cruce de San Marino a medio día.
Te estaré esperando. Beatriz de Linares.
[♪♪♪]
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