Afrikaans
Akan
Albanian
Amharic
Arabic
Armenian
Azerbaijani
Basque
Belarusian
Bemba
Bengali
Bihari
Bosnian
Breton
Bulgarian
Cambodian
Catalan
Cebuano
Cherokee
Chichewa
Chinese (Simplified)
Chinese (Traditional)
Corsican
Croatian
Czech
Danish
Dutch
Esperanto
Estonian
Ewe
Faroese
Filipino
Finnish
French
Frisian
Ga
Galician
Georgian
German
Greek
Guarani
Gujarati
Haitian Creole
Hausa
Hawaiian
Hebrew
Hindi
Hmong
Hungarian
Icelandic
Igbo
Indonesian
Interlingua
Irish
Italian
Japanese
Javanese
Kannada
Kazakh
Kinyarwanda
Kirundi
Kongo
Korean
Krio (Sierra Leone)
Kurdish
Kurdish (Soranî)
Kyrgyz
Laothian
Latin
Latvian
Lingala
Lithuanian
Lozi
Luganda
Luo
Luxembourgish
Macedonian
Malagasy
Malay
Malayalam
Maltese
Maori
Marathi
Mauritian Creole
Moldavian
Mongolian
Myanmar (Burmese)
Montenegrin
Nepali
Nigerian Pidgin
Northern Sotho
Norwegian
Norwegian (Nynorsk)
Occitan
Oriya
Oromo
Pashto
Persian
Polish
Portuguese (Brazil)
Portuguese (Portugal)
Punjabi
Quechua
Romanian
Romansh
Runyakitara
Russian
Samoan
Scots Gaelic
Serbian
Serbo-Croatian
Sesotho
Setswana
Seychellois Creole
Shona
Sindhi
Sinhalese
Slovak
Slovenian
Somali
Spanish
Spanish (Latin American)
Sundanese
Swahili
Swedish
Tajik
Tamil
Tatar
Telugu
Thai
Tigrinya
Tonga
Tshiluba
Tumbuka
Turkish
Turkmen
Twi
Uighur
Ukrainian
Urdu
Uzbek
Vietnamese
Welsh
Wolof
Xhosa
Yiddish
Yoruba
Zulu
- El que sigue.
No me imaginé que tuviera el descaro de presentarse
frente a mí hoy mismo.
- No lo entiendo, señor juez.
- No se haga el sorprendido, don Alcides,
que no le servirá de nada.
Déjeme decirle que conmigo aquí rodeado de la policía,
sus amenazas no surtirán efecto.
- Yo, yo solo vine a pedirle una fecha para...
- Sé muy bien cuál es el motivo de su visita.
Y esa urgencia suya por recibir dicha herencia me inquieta.
Así que quiero que sepa que voy a estar
muy pendiente de su caso.
- ¿Qué quiere decir?
- Quiere decir que me voy a tomar todo el tiempo
del mundo para investigar el proceso de su herencia.
Y si encuentro algún hecho sospechoso,
anularé la entrega de los bienes.
- Un momento, señor juez.
Usted no puede hacer eso, no tiene ningún derecho.
- ¡El que no tiene ningún derecho a venir
a amedrentarme es usted!
Y la próxima vez que se le ocurra
hacer algo en contra mía,
piénselo muy bien
porque le puede costar muy caro.
El que sigue.
[♪♪♪]
Eloísa: Un momento.
¿Ustedes están pensando que el papá de Soledad
tiene el misterioso tesoro de Jeremías?
- No necesariamente el tesoro,
pero sí la pista para poder hallarlo.
Es una probabilidad que no podemos descartar.
- Según Manrique,
Jeremías le dejó bastantes cosas a Lucas.
Algo muy extraño en un tacaño como era él.
Y tengo el presentimiento que entre esas cosas
debe estar la pista del lugar donde escondió el tesoro.
- Por eso, voy a hacerle una visita a los Obregón.
Francisco: ¡Rebeca!
Rebeca.
Ay, Rebeca. Ay.
Disculpa. Encantado.
Bien, esto no va a ser necesario.
Los Obregón acaban de llegar a ver a su hija.
Rebeca: ¡Ah!
Ah, entonces, no hay tiempo que perder.
Permiso. - Vayan, vayan.
Anoche me di cuenta que Alcides salió de tu habitación.
Te felicito.
Veo que no estás perdiendo el tiempo.
- Me conoces, y ya ves. Lo tengo comiendo de mi mano.
- ¡Siéntate! Ten mucho cuidado.
No te vayas a enamorar de ese imbécil.
No quiero que nada se nos salga de las manos.
- Tranquilo, querido. Eso no sucederá.
[♪♪♪]
- Úrsula nos contó de tu repentino viaje.
Y vinimos a despedirnos, hija.
- A mí también me hace mucha falta.
¿Cómo sigues, papá?
- Ya un poco mejor.
Aunque la casa no es lo mismo sin ti.
¿Qué te pasa?
¿Por qué estás triste, hija?
No me digas que Alcides se está portando...
- ¿Lucas de Obregón?
Qué bueno volver a verte. - Rebeca.
- Ayer te vi en la ceremonia, pero no tuve
la oportunidad de saludarte. ¿Cómo estás?
- Muy bien, muy bien. Gracias.
Esther, ella es Rebeca.
La viuda de Jeremías de Montenegro.
Fuimos grandes amigos. - ¿Cómo le va, señora?
- Mucho gusto, señora.
- Esta ciudad me trae
tantos recuerdos de mi difunto esposo.
Por eso, quería pedirte un favor, Lucas.
- Por supuesto. ¿Qué necesitas?
- Supe que Jeremías te entregó algunas cosas que...
bueno, que quisiera recuperar.
Tú sabes, tienen un valor sentimental
muy especial para mí.
- Ah, sí, él me regaló algunas cosas y, la verdad,
nunca entendí por qué. Están en casa.
Cuando quieras pasar a recogerlas, bien puedes.
- ¿De verdad? - Sí, sí. Por supuesto.
Rebeca: Ay, gracias, Lucas.
Bueno, fue un placer conocerla, señora.
Voy a terminar de empacar. Permiso.
Lucas: Sí, sí.
- Viuda. La verdad, no lo parece.
- ¿Me puedes explicar qué quiso decir
el juez con eso de que lo amenazaste?
- Te puedo asegurar que no entendí nada.
- Alcides, espero que este no sea uno de tus trucos
para no pagarme lo que me debes.
- Esta misma tarde puedes pasar y te entregaré la casa.
- La casa
me la debes a cambio del dinero que te presté
para que salvaras la casa de tus suegros.
No olvides que te ayudé a deshacerte
de tu hermano y que parte del trato
fue que me darías una porción de la herencia.
- La bóveda de Hugo tiene joyas y reliquias que puedes vender
y le puedes sacar mucho dinero.
- Veremos de qué se trata.
- Ese par de hienas ya comienzan a despedazarse.
[♪♪♪♪]
- Milagro los ojos que te ven, Guillermo.
Me dejaste metida la otra vez, ¿no? Nunca regresaste.
- Sí, Margot, pero tuve problemas.
- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó con la casa de don Hugo?
¿Ah? ¿Lograste entrar a la bóveda?
- Pues...
- ¿Y a ti qué te importa eso? ¿Ah?
¿Qué te importa?
- Pues, me importa, porque el gordo y yo
hacemos parte de esto, ¿me entiendes?
¿Qué significa eso? ¿Ah?
¿Sacaron ese collar de la bóveda?
¡Guillermo! ¡Te estoy hablando!
[Risa de Helena]
Se suponía que éramos socios.
Que estábamos juntos en esto, Guillermo.
[Risa]
- Trepadora. ¿Pensaste que iba a ser muy fácil o qué?
- ¡Guillermo!
¡Guillermo eres un traicionero! ¡Un traidor! ¡Me usaste!
Helena: ¡No, no, no me lo maltrate!
Que la única que tiene derecho a maltratarlo soy yo, ¿eh?
- Bueno, ya, ya, señoras, me da pena,
me da pena contigo, Margot,
pero mi sociedad con Helena Burke
es de muchos años
y tengo que respetar la antigüedad. Entiéndeme.
- ¿Oíste?
¿Por qué no te vas a atender las mesas?
Vaya, vaya, vaya. Margot: ¡Suélteme!
- Para eso le pagan, vaya, atiéndanos.
[Risa]
- ¿Por qué citaste? - ¿Qué? ¿Qué? Porque sí.
Guillermo: Estuviste muy bien.
Yo sabía que iba a ser bien difícil
vender ese collar.
- ¿Será que esto es una baratija?
Y como se ve de lindo, de fino.
Duarte: ¿De dónde sacaron este collar?
No es nada común.
Díganme. ¿Por qué ustedes tienen esto?
- Nos lo encontramos. - ¿Ah, sí? ¿Y en dónde?
- En la casa de don Hugo de Medina.
- Él lo que quiere decir
es que Hugo de Medina nos lo regaló.
- Qué generoso don Hugo, muerto y sigue dando regalos.
- Me lo regaló antes de morirse.
- Esto hay que investigarlo.
Van a tener que acompañarme a la delegación.
- No, yo no me voy a ninguna delegación.
No, señor... - No, no.
- Suelte. - ¡Suelte! ¡No!
¡Somos gente honorable!
- Muchas gracias por tu información, Margot.
Si las cosas resultan como creo,
este par de pícaros pasarán una buena temporada en prisión.
- Como podrás ver, te estás quedando
con una muy buena casa.
Aquí tienes. - Gracias.
¿Y qué fue de los valiosos bienes
de tu hermano que me vas a dar?
- Están en el sótano. Ven, acompáñame.
- Qué bueno que te encontramos, Alcides. Ya íbamos de salida.
- No sabía que tenías tan agradable visita. Rebeca.
- Mucho gusto, Arturo.
- Eloísa. - Qué bueno verte, Arturo.
- Así que se conocen.
- Mi madre fue muy amiga de Jeremías Montenegro.
Francisco: Señoritas, señoritas.
Disculpen.
Su carruaje ya está listo. De igual manera sus maletas.
Así que, si gustan, se pueden retirar.
- ¿Tú no nos acompañas? - No, querida.
Tengo cosas más importantes que atender.
- Nos vemos en San Marino entonces.
- Por supuesto. Rebeca, ¿me acompañas?
Rebeca: Claro.
Permiso. Francisco: Señores, permiso.
- Adiós, Alcides. Gracias por tu hospitalidad.
Espero que ahora que vamos a vivir tan cerca,
podamos retribuir de alguna manera todas tus atenciones.
Permiso. - Adiós.
- Ay, Soledad.
Adiós y muchas gracias por todo.
No olvides lo que te dije.
Vas a estar lejos de tus padres y vas a necesitar
una amiga y voy a estar ahí para lo que necesites.
- Sí. Que tengas buen viaje.
- Hasta luego. Soledad: Hasta luego.
Alcides,
ya el menaje lo está llevando para la hacienda un coche.
- Muy bien. Muy eficiente.
Ahora ve a alistarte que tenemos que irnos.
- Para ser una mujer recién casada,
no se le ve muy feliz.
- ¿Y a ti qué te importa? Vamos al sótano.
Hugo: Entonces, los arrestaron.
- Lo escuché en la taberna.
Los Burke estaban tratando de vender un collar,
que tal parece era robado.
- Seguramente, lo tomaron de la bóveda
en algún descuido mío. Se lo dije, señor.
Ese par de ratas no son de fiar.
Hugo: Bueno, pero ahora no es momento para lamentarse.
Hay que sacarlos antes de que abran la boca
y mencionen mi secreto.
- Si quiere, puedo ir a la ciudad
y pagar su fianza para que salgan cuanto antes.
- No me parece una buena idea.
Podrían pensar que usted está involucrado con ellos, Boris.
- Max tiene razón.
Tendremos que sacar a los Burke de una forma más radical.
Arturo: Espero que las cosas que guardas aquí
sean tan valiosas como me has dicho.
Ya te esperé suficiente, Alcides.
Alcides: ¿Qué es esto?
No puede ser.
- ¿Acaso es una broma?
¿Alcides estás jugando conmigo?
Te dije muy claramente que tenías que pagarme.
Alcides.
¡Alcides!
- Marina. Marina: ¿Sí, señor?
- ¿Qué pasó con los objetos que estaban en el sótano?
Marina: ¡Ah!
- ¿Qué pasó con los objetos que estaban en el sótano?
¿Qué hiciste con ellos? ¿Dónde los metiste?
¿Dónde están?
- No sé de qué me está hablando, don Alcides.
- Te los robaste. Confiésalo.
- Yo no me he robado nada, Se lo juro.
- ¡Te los robaste! Soledad: ¡Alcides! ¡No más!
- No se metan.
- No se meta, señora. Ese hombre está como loco.
Podría ser peligroso. - No.
- Yo no sé de qué me está hablando.
- ¡Confiésalo! Duarte: ¿Qué está pasando aquí?
- Qué bueno que llegó, Duarte.
Acaban de saquear toda la bóveda de la casa.
Se llevaron toda la fortuna en sólido de la familia Medina.
Y ella está involucrada.
- Si ella dice que no lo hizo es porque así fue, Alcides.
- Eran objetos muy valiosos, Duarte.
- ¿Objetos como este?
- ¿De dónde sacó eso, inspector?
- Se los decomisé a los Burke cuando intentaban
venderlo en la taberna.
Dijeron que había sido un regalo de don Hugo,
pero yo no les creí. Por eso vine a averiguarlo.
- Yo necesito hablar con ellos, Duarte.
- Un momento, Alcides. Yo los acompaño.
[Sollozo]
♪ Quisiera acercarme a ti, ♪
♪ Pero me frena una razón, ♪
♪ Oculto en lo más profundo de mi ser. ♪
♪ Quisiera devolver el tiempo a mi favor ♪
♪ Y no dejar que nada ♪
♪ Se interponga entre tú y yo. ♪
♪ Sálvame. ♪
♪ Despiértame otra vez. ♪
♪ Temo cerrar los ojos sin saber ♪
♪ Si vas a estar conmigo al amanecer. ♪
♪ No. ♪
♪ No. ♪
♪ No. ♪
♪ Bésame ♪
♪ Hasta enloquecer. ♪
♪ Quiero perderme en tus sentidos ♪
♪ Para no saber quién soy y lo que temo ser. ♪
♪ Otra vez, despiértame. ♪
♪ No te puedo perder. ♪
- Ya, Marina. Tranquilízate.
El inspector Duarte dijo que tú no tenías
nada que ver en el robo.
[Sollozo]
- Señora Soledad.
Lo que pasa es que... hay que usted no sabe.
- Ay, Marina, no me digas
que tú ayudaste a robar a esos pícaros.
- No. Yo no tuve nada que ver, se los juro.
Pero Boris sí está involucrado en todo esto.
- ¿Boris? - Sí.
Yo me lo encontré anoche en el sótano.
Él estaba con los Burke.
Y lo vi sacando muchas cosas y me dijo
que él no se las estaba robando.
Que eran cosas de don Hugo y que las quería salvar
antes de que don Alcides acabara con ellas.
- No, no.
Boris siempre ha sido un empleado muy fiel de Hugo.
Yo no creo que tenga malas intenciones.
- Yo tampoco.
Yo tampoco, pero si la policía agarró a los Burke,
ellos van a delatar a Boris.
Y de paso yo también voy a terminar en la cárcel.
- A ver, Marina. Esto no puede ser verdad.
Además, si así fuera, Boris jamás te delataría.
- Boris no, pero los Burke sí.
Todo el mundo sabe que no son personas de fiar.
Marina: Sí.
Tengo mucho miedo, señora Soledad.
- Todo va a estar bien.
Te voy a llevar a la casa de mis padres.
Los voy a convencer para que te den trabajo.
¿Bueno?
- Pero ¿a casa de sus padres, señora? ¿Está segura?
- Úrsula,
todos conocemos a Alcides, sabemos de lo que es capaz.
No voy a permitir que te haga más daño, Marina.
Así que mejor empaca tus cosas y nos vamos de una vez.
- Ah, hola, señorita Soledad.
Qué pena molestar. Soledad: ¿Qué haces ahí?
- Perdón, es que no pude evitar escuchar.
La situación que está pasando, permítame decirle
que no puedo permitir que tres mujeres viajen solas.
Así que necesitan a un hombre que las acompañe.
Aquí estoy para ayudarlas.
Helena: Estamos aquí es por tu culpa.
Te pusiste de bocón
con la mujerzuela esa de la Margot.
Te juro que ella nos delató.
- No la llames así, que ella te llama doña Helena.
- Guillermo Burke, esta no te la voy a perdonar.
[Golpe] ¡Ah!
Guillermo: ¿Y eso?
- "Por su seguridad, aléjese de la pared.
Los vamos a sacar".
- Siéntense, señores.
Helena: Ven para acá.
[Explosión]
[Gritos]
Arturo: ¿Qué fue eso?
Duarte: Eso vino de adentro.
[Tos] Guillermo: Yo sabía.
Yo sabía.
Yo sabía que usted no nos iba a dejar abandonados, don Hugo.
¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias!
- Cometieron una estupidez robándose mis cosas.
Ese error nos va a traer muchos problemas.
- Señor, la policía no debe tardar en venir.
Tenemos que irnos de aquí.
- Vayan al lado norte del bosque.
Nos vemos allá en una hora.
Es cerca de la mina abandonada de mi padre.
Dense prisa, Boris. Boris: Sí, señor. Vamos.
[♪♪♪]
[Tos]
- Pues los Burke se escaparon en sus propias narices, Duarte.
- Avíseles a todos que busquen los caballos, ¡Pronto!
¡Que no escapen!
- ¡Vamos con usted! ¿Vienes?
- Buscaré a algunos de mis hombres para que ayuden.
¿Qué demonios está pasando aquí?
¿Quién está detrás de esto?
[Relincho de caballo]
[Relincho de caballo] Francisco: ¡Oh!
Tranquilo, señor. Cálmese, no vaya a disparar.
Traigo mujeres en la carreta, por favor, cálmese.
Hugo: Rápido, siga por donde venía.
Francisco: ¿Qué? - ¡Rápido! ¡Al piso, señoras!
[Disparo] ¡Al piso!
[Disparos] Policia: ¡Rápido!
[Disparos]
Hugo: Quédense abajo y nos les pasará nada.
- Esa voz.
[♪♪♪♪]
- ¿Qué es lo que está pasando? ¿Quién nos está persiguiendo?
- No nos haga daño, señor, por favor.
No traemos dinero.
- ¿Quién es usted?
Hugo: No es tiempo para responder sus preguntas.
[Disparo]
¡Vaya rápido, señor, o van a alcanzarnos!
- ¡Hago lo que puedo! ¡Arre!
¡Vamos! Hugo: Agáchese, señora.
[Disparo] [Relincho de caballo]
¡Agáchese!
[Disparos]
Alcides: ¡Aguarde! ¡No dispare! ¡No dispare!
¡En ese carruaje va mi esposa!
- ¿Está seguro, don Alcides? - ¡Sí! ¡Estoy seguro!
¡Ese tipo la tomó de rehén! ¡Eah!
- Les dije que deberían obedecer a don Hugo
en todo lo que les pidiera. Que respetaran lo ajeno. ¡No!
Pero, por lo visto, eso es mucho pedirles.
¡Un par de ratas como ustedes nunca aprenderá!
- ¿Ratas? No, no, no, no, señor, ningunas ratas, ¡no!
Negociantes independientes, que es muy diferente.
No un sirviente lambiscón como usted.
- Eh, Gatita, por favor.
No seas desagradecida con el señor Boris.
Si no fuera por él y por don Hugo,
estaríamos todavía metidos en la cárcel.
- No, no, mi amor, no.
Este no hizo nada. - ¿Ah, no? ¿No hizo nada?
- Miren, si están libres, es gracias a don Hugo
porque si por mi fuera, todavía estuvieran en la cárcel,
¿entendido? - Ah,
¿no ves? ¿No ves? Beatriz: ¿Y Hugo?
¿Dónde se quedó Hugo?
- Don Hugo tuvo que quedarse a mitad de camino
a distraer a la policía.
¡Y todo por defender a este par de malagradecidos!
- ¡Tenemos que ir a buscarlo!
¡No lo podemos dejar solo! - Tú no vas a ninguna parte.
- ¡Claro que sí! ¡Yo lo voy a buscar!
- Lo siento, señorita, Beatriz. - ¡Suéltame!
- Pero no puedo dejar que esto se complique más.
Tendremos que amarrarla. Beatriz: ¿Cómo que amarrar?
No me van a amarrar. ¡Suelta!
[Relincho de caballo]
Hugo: Creo que los engañamos.
Vamos a tomar por la calle en la dirección opuesta.
Andando. - ¿Qué?
- Ya no lo están siguiendo, señor, mejor déjenos aquí.
- Señora, les aseguro que no quiero hacerles daño,
pero tengo que salir de la ciudad.
Y voy a necesitar su ayuda.
- Si quiere, yo voy usted, pero a ellas déjelas acá.
- ¿Cómo se le ocurre? Yo no pienso abandonarla.
Si usted no se baja, yo tampoco.
Marina: ¿Por qué no te callas?
Yo sí me bajo de aquí. - Marina.
No seas malagradecida.
Y pensar que la señora quería llevarte a casa
de sus padres para protegerte.
Hugo: Bueno, ya basta, señoras, que no hay tiempo que perder.
Cuando salga de la ciudad, las dejaré ir.
- Ay, pero ¿cuál es la prisa, señor?
Más bien, díganos quién es usted.
Hugo: Andando. - Yo hago lo que usted diga.
- Ay, ¡suéltenme!
¡Suéltenme! - Lo siento, señorita Beatriz.
Pero usted permanecerá amarrada en lo que regresa don Hugo.
No podemos arriesgarnos a que cometa una locura.
- Por favor, déjame. No.
- Dr. Max. Usted comprenderá que en vista
de lo que hicieron los Burke, no podemos dejarlos solos.
- Yo me encargo de ellos.
Pero déjeme decirle,
que en el estado en que se encuentra Beatriz,
no es recomendable tenerla entre nosotros.
- Yo tengo que reunirme con don Hugo
en el lado Norte del bosque. ¿En qué está pensando, doctor?
- Esa muchacha puede intentar escapar de nuevo.
Y delatar a su patrón.
- Beatriz es protegida de don Hugo.
Y él decidirá qué hacer con ella.
- Yo sé lo que le digo.
Deberíamos liberarlo de esa responsabilidad
y deshacernos de Beatriz.
Esa muchacha está loca. Solo puede traernos problemas.
- Ni se le ocurra, doctor.
Vigílela nada más.
Don Hugo se encargará de ella.
[Relincho de caballo] - ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
[Gritos]
[Disparo] - ¡Arre! ¡Vamos!
¡Arre! ¡Vamos! ¡Arre!
[Relincho de caballo]
- ¿Quién es este hombre?
Hay algo en su voz, en la manera en cómo me mira.
- Tenga cuidado, señora, que parece un hombre peligroso.
- ¿Por qué lo persigue la policía?
¿Qué fue lo que hizo? ¿No me va a contestar?
Hugo: No tengo por qué darle explicaciones.
- ¿Nos conocemos de algún lado?
Hugo: No lo creo.
Pero si así fuera, ¿qué más da?
Por ahí dicen
que uno nunca termina de conocer a las mujeres.
- ¿Qué es lo que quiere decir?
Hugo: Que si no se calla, me veré obligado a amordazarla.
A ver, deme su chal.
Deme su chal. - No se atreva acercársele
a mi señora o va a tener que vérselas conmigo.
- Cállate, Úrsula, que está armado.
Soledad: Ya, tranquilas.
Como usted diga, señor. Ya no voy a decir nada más.
[Relincho de caballo]
Hércules: Deberíamos ir de una vez.
Si ya hablaste con Lucas de Obregón
y él aceptó que fueras por las cosas,
¿qué sentido tiene esperar?
- Tenemos que ser prudentes o, de lo contrario,
despertaremos sospechas si nos ven demasiado interesados.
- Después no te quejes
si los Obregón descubren el tesoro antes que nosotros.
- ¡Deja de presionar a mi tía! Ella sabrá cómo hace las cosas.
Yo estoy de acuerdo contigo, tía.
Nunca es bueno mostrarse tan interesada en algo.
- Por eso es que no tienes nada en la vida.
- ¡No le hables así a Eloísa!
- Sería un error regresarnos a San Marino
sin haber visitado a los Obregón.
Un error del cual podremos arrepentirnos
el resto de la vida.
- No insistas con eso.
- Ya, por favor.
- No estamos tan lejos. Sé dónde vive.
Vamos, Rebeca. ¿Qué te cuesta?
Rebeca: Está bien.
Está bien, iremos, pero seré yo quien hable.
- Alberto.
Sigue 1 km más y doblas a la izquierda.
- Como usted ordene, joven Hércules.
- Estoy seguro que no te vas a arrepentir.
- ¡Maldita sea!
- Inspector, no veo rastro del carruaje.
- Seguro tomaron otro camino. - ¿Qué pasó?
- Uno de los tipos que ayudó a escapar a los Burkes
tomó como rehén a Soledad.
- Con mayor razón para seguir buscándolo.
Inspector, mis hombres están a su disposición.
Duarte: No me gusta involucrar civiles en estos asuntos.
Alcides: Yo insisto, inspector.
Se trata de la vida de mi esposa.
Duarte: Está bien.
Iremos todos. Pero las cosas se harán como yo diga.
No quiero tener más problemas.
¡Y andando que no hay tiempo que perder!
Alcides: ¡Ah!
- No pensé volver a verlos tan pronto.
Rebeca: La verdad es que no quisimos irnos de la ciudad
sin antes venir a la casa de... tan prestigiosa familia.
Mira, Eloísa.
Ella es Esther,
la esposa de Lucas, el buen amigo de Jeremías.
- Mucho gusto, señora. Eloísa Renán.
- Esther de Obregón. - ¿Y su esposo se encuentra?
- En este momento no los puede atender.
Yo le avisaré que ustedes vinieron.
- No le vamos a quitar mucho tiempo a don Lucas.
Por favor, dígale que la señora Rebeca de Montenegro
y su sobrina están acá.
A ellas les urge hablar con el señor Obregón.
- Ya les dije que mi esposo no está
en condiciones de atenderlos en este momento.
Está indispuesto. - No insistas, ahijado.
La señora tiene razón.
Tal vez volvamos en otra oportunidad.
Gracias. Lucas: Espera, Rebeca, espera.
Esther, ya me siento mucho mejor.
Por favor, síganme a la sala.
- Si le pasa algo a Hugo, será su culpa.
- Ay, ya, cállese.
¡Me tiene desesperada! - Yo me encargo de ella.
- Boris dijo que había que cuidarla muy bien.
Y lo mejor es obedecerle.
- Apuesto a que tienen hambre. Y yo la puedo cuidar un rato.
- Sí, sí, sí. Eso estaría muy bien, Dr. Max. Sí.
A mí las tripas ya me están haciendo así.
- Vamos, Gatito. Vamos a buscar unas frutas.
Beatriz: Suélteme.
Por favor, usted sabe que yo no soy peligrosa.
Solo quiero ayudar a Hugo.
Yo soy su mujer. Él me necesita.
- Sí. Lo sé, Beatriz. Y yo voy a ayudarte.
- ¿Lo hará? Max: Sí.
Te voy a soltar.
Pero eso sí, tienes que prometer
que no vas a hacer ninguna tontería.
- Se lo prometo. Pero ¿qué le va a decir a Boris?
No quiero que se meta en problemas por dejarme ir.
- No te preocupes, yo me encargo de eso.
¡Ahora vete! - Sí.
- Vete antes de que me arrepienta.
[♪♪♪]
- Este tiempo sin Jeremías ha sido muy difícil para mí.
Ya han pasado varios meses desde su muerte
y a mí todavía me parece que fue ayer.
- Pensé que ya te habías recuperado de su pérdida.
- Ay, cómo se te ocurre, Lucas.
Apenas lo estoy asimilando.
- Dígamelo a mí,
que he tenido que ver el sufrimiento de mi tía.
Hércules: Don Lucas.
¿Podemos ver las cosas que mi padrino le dejó?
- Sí. Hércules tiene razón.
Llevarme unas cosas de Jeremías,
no sé, me ayudaría a mitigar un poco este dolor.
¿No crees?
[Relincho de caballo]
- Ya salimos de la ciudad.
Usted dijo que apenas estuviéramos
en el bosque, nos dejaría ir, señor.
Hugo: No creo.
Aún tenemos que llegar cerca de la mina.
- ¡Pero nos estamos desviando demasiado de nuestro camino!
- Señora, por favor.
- No, Marina, pero no me puedo quedar callada.
Este señor está abusando, ya hicimos todo lo que nos dijo.
Y mira donde estamos, estamos a la mitad de...
Hugo: Hágale caso a su empleada y evítese problemas, señora.
- ¿Me está amenazando?
Úrsula: Cálmese, señora. Tengamos un poco de paciencia.
[Relincho de caballo]
- Ese reloj.
- Pero si tus padres nos ven aquí, se van a molestar.
- Tengo una sorpresa para ti.
Hugo: Soledad.
¿Qué más sorpresa que hayan aceptado que seas mi esposa?
- Es un regalo que te quiero dar por nuestro compromiso.
Es para que a cada hora te acuerdes de mí.
- Es hermoso.
Pero no tenías por qué molestarte.
- Así como este anillo va a ser un símbolo
de nuestro compromiso, yo quiero que este regalo
sea también un símbolo para nosotros.
Que siempre voy a estar contigo.
Todo el tiempo. No importa en donde estés.
No puede ser.
Estoy segura.
- ¿Qué le pasa, mi niña?
De un momento a otro se puso pálida.
- Úrsula, todo esto es muy extraño,
ese, ese es el reloj de Hugo.
Su voz, su mirada.
- Mi niña, ¿de qué está hablando?
Ese hombre es un delincuente. Trate de ignorarlo, ¿sí?
- ¿Quién es usted?
¿Por qué tiene el reloj que le pertenece a Hugo de Medina?
¡Conteste!
[♪♪♪]
Rebeca: Y ¿esto fue todo lo que te dejó Jeremías?
Quiero decir, ¿estás seguro que es todo?
- Bueno, creo que en la repisa del corredor
tengo otra de las pertenencias que me dejó Jeremías.
Voy por ellas. Bien. Permiso.
Uh, qué pena. Perdón.
- Ay. Te lo dije.
Aquí no hay nada que nos interese.
- Ay, yo estoy de acuerdo con mi tía.
Esto no es más que basura. - Se equivocan.
Aquí puede estar la pista para encontrar
el tesoro del viejo Jeremías.
Algún mapa, claves, qué sé yo.
Tenemos que llevarnos todo.
Lucas: Bien.
Perdón. A ver... - Sí, adelante.
Esto, esto también me lo dejó tu esposo.
- Lucas.
Estoy tan agradecida contigo por...
pues, por haber cuidado todas las pertenencias
de mi difunto esposo.
- No sabes lo feliz que me va a hacer leer todos estos libros
y poder recordar los momentos felices que pasamos.
- Sí, sí. Sé que así va a ser.
- Creo que se nos está haciendo tarde para irnos.
- Yo estoy de acuerdo con tu ahijado, tía.
Mejor le digo a Alberto
para que nos ayude a sacar estas cosas.
Esther: ¡Un momento, señores!
Ustedes no se pueden llevar nada.
Estas cosas ahora nos pertenecen.
[♪♪♪]
- Tengo que encontrarte, Hugo. Tú no puedes estar lejos de mí.
[Percutor de pistola]
Helena: ¡Doctor Max!
¡Suelte esa arma! Guillermo: Helena, por favor.
[Todos hablan]
[Disparo]
Helena, ah, Gatita.
Me mataron.
- ¡Guillermo!
¡Guillermo!
- ¿De dónde sacó ese reloj?
¿Por qué lo tiene usted si yo se lo regalé a Hugo de Medina?
- Señora, seguro este hombre es cómplice de los Burke.
Acuérdese que ellos entraron anoche a la casa.
- Yo no creo, lo que yo creo es que este hombre...
Hugo: Yo ayudé a escapar a los Burke de la cárcel.
Por eso me persiguen.
- Como sea. Ese reloj me pertenece.
Así que entréguemelo ya. - Señora, cálmese.
- Pásame el reloj. - Cálmese.
Este hombre es un delincuente. No se lo va a devolver.
Hugo: ¿Cuál es su interés, señora?
No creo que ni siquiera tenga un valor sentimental
para usted.
- Eso no es problema suyo.
Además, yo no le voy a dar explicaciones.
¡Entrégueme el reloj ya!
Hugo: Debe ser un reloj muy costoso.
Me imagino que por eso lo quiere.
- No sea atrevido.
Usted no sabe con quién está hablando.
Hugo: Claro que lo sé.
La señora era la prometida de Hugo de Medina.
Eso todo el pueblo lo sabe.
- Devuélvame ese reloj.
Quiero conservarlo como recuerdo.
Hugo: Si quisieras recordarme,
llevarías puesto el relicario que te regalé.
Lo compré la misma tarde en que me invitaste
a tu fiesta de cumpleaños.
[Relincho de caballo]
- ¿Por qué me mira así?
Hugo: No le creo nada.
No creo que quiera conservar ningún recuerdo
de don Hugo de Medina.
Soledad: ¿Cómo se atreve?
Usted no es nadie para estar opinando sobre mi vida.
Hugo: Una mujer que se casa con otro a los dos días
de haber enterrado a su prometido
no es más que una ligera de cascos.
- Respete a mi señora.
Hugo: ¿Respeto? Muy bien, señora.
Explique usted por qué irrespetó la memoria
de su difunto prometido don Hugo de Medina
y se casó a los dos días con su hermano.
- No le responda, mi niña.
- Yo no tengo por qué darle explicaciones a este hombre.
A mí no me importa lo que usted piense.
Ese reloj yo se lo regalé a Hugo,
por lo tanto me pertenece porque él ya no está.
Entréguemelo.
Hugo: ¿Qué tanto lo quiere?
- Lo quiero. Entréguemelo.
Ya.
Hugo: No le creo nada.
Pero si quiere conservarlo, bien pueda.
- ¡No! ¡No!
¡Paquito! ¡Paquito, detén el coche! ¡Por favor!
Hugo: Ni se le ocurra detenerse.
- ¿cómo se atrevió a hacer eso? ¡Atrevido!
Hugo: Ahora que está casada con un hombre tan rico
como don Alcides de Medina,
no creo que le haga falta un reloj como ese.
Sin duda, su nuevo esposo podrá complacerla
en todos sus caprichos.
¿No le parece?
[♪♪♪]
- Estoy en el cielo.
[Risa] - Payaso.
Además, los cobardes no van al cielo.
- No me pegues, Gatita,
que ese balazo casi me cuesta la vida.
- No seas idiota, Burke. Que esa bala apenas y te tocó.
[Risa] - No, doctor. No, señor.
- ¿Y la sangre? Me asusté muchísimo.
Pensé que estaba durmiendo
el sueño de los justos, Helenita.
¿Y la señorita Beatriz? ¿Qué pasó con ella?
- Gracias a usted, Dr. Max, Beatriz huyó.
- No digas tonterías, Helena, y más bien vete
a buscar a Beatriz.
Que si esa mujer abre la boca y dice
que vio a Hugo de Medina vivo,
ahí sí que vamos a tener problemas todos.
- Esther, no entiendo por qué dice
que estas cosas no me las puedo llevar.
Estas cosas me pertenecen.
- Le pertenecían, señora.
Todo esto fue un regalo de Jeremías a mi esposo.
Así que no sale de esta casa.
- Mi vida, entiende. Rebeca es la viuda de Jeremías
y es mejor que sea ella quien las conserve.
- Si esa hubiera sido la voluntad del difunto,
no entiendo por qué te las entregó a ti.
- Esther, por favor.
- No veo cuál es el problema, señora.
Estos objetos solo tienen un valor sentimental.
- Precisamente.
Estoy segura que ustedes tienen muchos recuerdos
del difunto, mientras que para Lucas
esto es lo único que le queda de su amistad.
Lo más justo es que él los conserve.
- Esther, pero... Esther: ¡Pero nada!
¡Estas cosas no salen de esta casa y punto!
Hombre: Son huellas frescas.
Pasaron por este camino hace poco.
Se fueron por esa dirección.
- Inspector, usted dirá qué hacemos.
- Este camino conduce a la antigua mina de oro.
Nos repartiremos en grupos para rodear el bosque.
Ustedes irán conmigo por el lado norte
y ustedes por el lado sur. No quiero heridos.
Blanco, prepáreme el rifle y nadie debe disparar
sin mi autorización, ¿entendido?
- Ya le dije, inspector,
que mis hombres están a sus órdenes.
Duarte: Andando. - Ya lo oyeron.
Síganlo.
- Dile a tus hombres que si lo atrapan,
no lo entreguen a la policía.
- ¿Lo quieres matar con tus propias manos?
- Quiero saber quién está detrás de todo esto.
¡Ah!
Hugo: Deténgase. ¡Deténgase!
- ¡Oh!
Hugo: Abajo. - Ay. Ya vamos. Tranquilo.
Hugo: Abajo todos.
Francisco: Vengan, vengan, vengan.
- Pero aquí no nos podemos bajar, estamos lejos de...
¿Cómo nos vamos a bajar? Hugo: Alguien pasará
y los recogerá, de aquí en adelante sigo yo solo.
Francisco: Ven acá, Soledad.
¿Qué es lo que pretende, señor? Más bien, ¿quién es usted?
¿Qué es lo que usted quiere?
Hugo: Retírese. Francisco: Disculpe.
Lo que pasa es que yo soy un periodista
y me interesa saber algo de su vida.
Me parece tan emocionante. Dígame, ¿cómo le dicen?
¿El Halcón? ¿La Sombra? ¿Cómo?
Soledad: Paquito.
Hugo: ¿Qué quiere que le diga? Yo simplemente soy un ladrón.
Francisco: Un ladrón.
- No le creo nada. Quítese eso. Déjenos ver su cara.
Que nos deje ver.
[Disparos]
[Gritos]
[Disparos]
Hugo: Cúbranse. Francisco: Cúbranse.
Hugo: Señora, ¿qué hace ahí? Protéjase.
[Disparos]
- ¡Quietos!
[Disparos]
Se escapa.
- No, no va a ir muy lejos.
[Disparos]
- ¿Quién es ese hombre?
Lo tengo que seguir.
- ¡No! No, señora. No cometa una...
Francisco: Soledad. ¿A dónde vas, Soledad?
- Tengo que seguirla. - ¡No!
Úrsula, te van a matar. Quédate acá.
- Marina, déjame seguirla.
No puedo dejarla sola. - Agáchate. Ella tiene razón.
Mejor esperemos a que pasen los disparos.
Agáchate, niña. ¡Agáchense!
- Dios mío.
Protégela, que no le pase nada.
[Disparos]
[Disparos]
- ¿Qué fue eso? ¡Don Hugo!
[Disparos] [Gritos]
- ¡Nos van a matar!
- Paquito, hagamos algo. Por favor.
- ¡Por favor! ¡No disparen! Somos nosotros.
¡No disparen! ¡Por favor! ¡No disparen!
[Disparos] Somos nosotros.
[Gritos] [Disparos]
- Le advertí que no quería que sus hombres dispararan.
- Teníamos a ese criminal muy cerca.
- ¿Dónde está el asaltante?
Soledad: ¡La policía!
¡El asaltante está entrando en la mina!
- ¡Corran, niñas! ¡Inspector!
Duarte: ¿Y Soledad de Obregón acaso no estaba con ustedes?
Úrsula: La señora se fue detrás de ese hombre.
Duarte: Pero ¿esa señora está loca?
Esa mina está a punto de caerse.
¡Andando! ¡Tras ella!
Dejen que mis hombres hagan su trabajo.
Y usted dedíquese a buscar a su hermana.
- A mí no me dé órdenes, Duarte.
- ¡Y usted no interfiera con mi trabajo, sr. de Linares!
Tenga la gentileza de obedecer y retírese.
- ¿Y esos disparos?
Hugo.
Hugo. Mi amor, tengo que encontrarte.
[♪♪♪]
- Pero ¿qué hace? ¿Qué hace?
¿Por qué se metió en la mina?
[♪♪♪]
Can't find what you're looking for?
Get subtitles in any language from opensubtitles.com, and translate them here.