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Original subtitles

YYeTs.com

Esta mañana muy tempranico

salí del pueblo con el hatico,

y como entonces la aurora venía

yo la recibía

cantando como un pajarico.

Esta mañana muy tempranico.

Por los carriles de los rastrojos,

soy la hormiguita de los despojos.

Y como tiene muy buenos ojos

espiga a veces de los manojos.

Qué trabajo nos manda el Señor!

Levantarse y volverse a agachar...

Échale piedras al jarrón, que se cae, Paula.

todo el día a los aires y al sol.

¡Viento de los cojones!

Dale bien a las letras, que brillen.

¡Qué de viudas hay aquí!

Las mujeres de aquí viven más que los hombres.

Menos la pobre mamá.

Mamá tuvo suerte.

¡Raimunda, no digas eso!

¡Murió abrazada a papá, que era lo que más quería en el mundo!

Morir en un incendio... Yo no creo que haya muerte peor.

Estaban dormidos.

Ellos ni se enteraron.

De todos modos, ¡qué cosas se te ocurren, Raimunda!

Hola, Agustina.

Hasta luego, Agustina.

Buenos días, Manola.

¿Vas a meter algo más, mamá?

Ya lo cojo yo.

¡Huy, qué alegría mas grande!

¡Pero bueno!

¿Esta es la Paula?

¡Claro!

¡Pero si está hecha una mociquilla!

Dale un beso.

No lo puede ocultar, ha sacado los mismos ojos de tu padre.

¿Cómo estás?

No estoy buena.

No digas eso.

Que he venido a darle una vuelta a mi tumba.

Con este airazo no hay manera de tenerla limpia.

La tienes muy hermosa.

Me da como paz cuidarla.

Muchos días me vengo sola,

me siento y se me pasan las horas muertas.

Nosotras nos vamos, que hay que ver a la tía Paula.

Oye, pasaros después a verme.

Claro.

Oye, ¿y Paco?

Bien. En Madrid se ha quedado, trabajando.

Mamá, ¿es verdad que la Agustina

viene a arreglar su propia tumba?

Sí, aquí es costumbre.

Se compran primero su terrenico y lo cuidan en vida,

como si fuera un chalé.

¡Lo flipo, tía!

Son costumbres.

Conduzco yo.

Sí, sí.

¡Tía Paula!

¿Quién es?

¡La Raimunda!

No te eternices.

Y tú no empieces con las prisas.

No quiero que se nos eche la noche encima.

Tú sé cariñosa con ella y no te rías en su cara.

Vale.

Esta casa sigue oliéndome a mamá.

¿Cómo está, tía?

¡Qué delgada estás! ¿Es que ya has dado a luz?

¡Hace 14 años!

¡Cómo pasa el tiempo!

¿Y éstas quiénes son?

¿Quiénes van a ser? ¡La Sole y mi Paula!

Anda, igual que yo.

Y la Sole.

¿Vamos al comedor?

¡Qué cara de sota tiene la Sole!

¡Tía, por Dios!

El viento arrastra las brasas hasta el matorral.

A esa hora comienza el incendio

más trágico de los últimos 13 años.

¿No le importa que la quite?

No, si yo no la veo.

¡Qué pena, los incendios!

Así murieron tus abuelos, hija mía.

¿Y yo a qué he venido aquí?

No sé, tía.

¿A hablar?

No.

¿A por algo de comer?

Sí. Mira en el aparador.

Estoy fatal de los remos.

Mira, los barquillos.

lgualicos que los de mamá. Coged.

Bueno, ¿qué tal en el cementerio?

Vuestra madre se ha puesto tan contenta.

¿Habéis fregoteado bien la lápida?

Claro, tía.

A ella le gusta que esté muy limpia.

Si pudiera, ella misma la limpiaría,

pero claro, la pobre no puede.

Claro, ella no puede.

¿No se siente Ud. sola en una casa tan grande?

No.

Estaría mejor en una residencia, atendida como Dios manda.

Yo estoy muy bien como estoy.

Voy al lavabo.

Pues vete.

Usted no está para vivir sola. Y yo no me voy tranquila.

A ver, ¿cómo se las arregla para las comidas?

Muy bien.

La Agustina me trae el pan,

vuestra madre me hace la comida.

Y si necesito algo, llamo a la tienda y me lo traen...

pues... ¡muy bien!

¡Ay, qué detalles tiene, tía!

Mira,

con tu nombre y todo.

¿Nos vamos?

Sí.

Que nos vamos a ir, tía.

¡Ay, qué mal estoy de los remos!

No se levante.

¡Cómo no me voy a levantar!

Yo no me voy tranquila, ¿eh? La próxima vez, me la llevo.

Eso, la próxima vez.

Lo importante es que vuelvas, Raimunda

Es que la veo muy torpona, tía.

Cuídese, tía.

Sí.

¡Que tengáis cuidaíco!

Que sí tía, que la quiero mucho.

Sí.

¿Vamos donde la Agustina?

Sí.

¡Entrad, entrad!

Bueno, ¿cómo habéis encontrado a la tía?

Mal.

Fatal.

Está muy torpe. Yo no sé cómo se las apaña.

Pues se organiza muy bien sin salir a la calle.

Se come todos los días su barra de pan

Cuando llego tiene su dinerico preparo

Vamos al patio.

Está hecha una pena, una pena, hija mía.

¡No sabe en qué año vive!

¡Habla de nuestra madre como si siguiera viva!

Sí.

Es que para ella no ha muerto y no se hace a la idea.

Sentaos un poquito, anda.

Pensaba pagarte cada mes, para que le echaras un ojo todos los días.

No tienes que darme nada. ¡Lo hago con muchísimo gusto!

Yo me la llevaría a casa,

pero como no eche a mi marido, a ver dónde la meto.

Pero algo tenemos que hacer.

Todas las mañanas, antes de hacer la compra, le toco la ventana

y hasta que no la oigo darme los buenos días, no me voy.

Estoy pendiente de ella.

No sabes cómo te lo agradezco, Agustina

Pienso que ojalá

hagan lo mismo con mi madre

esté donde esté.

¿Ves qué moderna era?

La única hippy del pueblo.

Mira las joyas de plástico.

¡Son una pasada!

Un plástico buenísimo.

Cada vez que me fumo un porro me acuerdo de ella.

Anda, que menudo ejemplo le estás dando a la Paula.

¿Seguís sin noticias?

Nada. Ni que se la hubiera tragado la tierra.

¿Y tu hermana Brígida?

¿Esa? Sigue en Madrid,

triunfando en la telebasura.

Mamá, se me ha acabado el saldo.

¡Mejor, así descansamos un poquito del teléfono!

Si quieres, usa el mío.

No, que te arruina.

Entonces, no.

Lo que os contaba: a la Brígida le han salido tantos programas

que va a dar la entrada para un piso en Madrid.

Y ahora creo que va a grabar un disco.

A tu hermana siempre le gustó cantar.

¡Y a ésta! ¿Te acuerdas cuando las dos

tú tendrías trece años, ¿no?

os presentasteis a un casting de niñas cantantes?

¡Anda, mírala! ¡A mí eso no me lo habías contado!

Cosas de tu abuela, que era muy laborintera.

Y hablando de madres, ¿no crees que la tuya no aparece

para no estropearle el negocio a tu hermana?

No. A ella le encantaría salir en televisión. ¡Huy!

¡Se volvía loca!

¿Queréis un poquito?

No, no, no, no.

La maría es mía. ¡Mirad qué hermosas están las plantas!

No, no, no.

Niña, nos tenemos que ir.

Sí. Oye, ¿y habéis denunciado la desaparición a la policía?

No. La Brígida no cree que haga falta

como lo ha dicho tantas veces en la televisión...

Pero en la policía es donde tenéis que denunciarlo, no en la TV.

¡Chica, y yo qué sé!

De todos modos, no es la primera vez que tu madre se va de casa.

Ya, pero nunca durante tanto tiempo.

Que hace tres años y medio ya.

Tú no pierdas las esperanzas.

Y cuídate, que tienes muy mala cara.

¡Qué hermosa tienes la adelfa, hija mía!

Sí, este año se ha librado del pulgón.

Pero yo he perdido el apetito, radical.

A lo mejor son los porros.

¡Huy, qué va! Si no fuera por los porros, ni comía.

Los mismos ojos de tu padre.

El porro me da un poquito de hambre, y me relaja mucho.

Hala... ¡Buen viaje!

No podeis imaginar lo que me he encontrado de bajo del baño.

¿Qué te has encontrado?

¡Una bicicleta estática!

¡Lo flipo!

¿Para qué va a querer la tía una bicicleta si no puede andar?

Pues eso, que no tiene la cabeza buena.

No me gusta que hables así de la tía, Sole.

Mamá, si ni siquiera nos ha reconocio

Es el viento.

El maldito viento solan que saca a la gente de quicio.

Las rosquillas, muy buenas, ¿eh?

¿Cómo podrá cocinar eso sin ver ni gota?

Hola, Regina. ¿Te vas a trabajar?

¡Qué remedio, mi amor!

Oye, ¿por qué no la acercas?

¿Dónde vas?

A la Casa de Campo,

pero si me dejas en el centro me viene bárbaro.

Vale.

Gracias.

Hasta luego.

Hola, papá.

Hola.

¿Qué hay?

¿Qué tal, os habéis divertido?

¿En el cementerio? ¿Te estás quedando conmigo?

No, no.

¿Qué, dándote un homenaje?

¿Yo? ¿Qué dices?

¡Paula, ponte bien! ¡Cierra esas piernas, coño!

¿Me traes otra cerveza?

¿Estás de cachondeo?

Tráeme otra cerveza, por favor.

Paco, ya has bebido bastante. Mañana tienes que trabajar.

Mañana libro. Y pasado, también.

¿Y eso?

Me han despedido.

Tía, espera un momento.

¡Ay, la leche!

Buscaré trabajo para los domingos, el único día que libro.

Ya buscaré trabajo yo. ¡Pero déjame ahora ver el partido!

Pues te puedes ir despidiendo también del fútbol y de Canal .

¿Somos una familia pobre? ¡Pues viviremos como tal!

¡Paula, cuelga ese teléfono ahora mismo!

¡Aquí tenéis la cena, si la queréis!

¿Estás enfadada?

No.

Estoy muy preocupada por mi tía.

La pobre está peor que nunca.

A la niña y a la Sole ni las ha reconocido.

No sé cómo se puede vivir así.

Pues ella puede.

Ay, Paco, déjame.

Pero ¿qué pasa?

Que estoy molida y mañana tengo que madrugar.

Bueno, pues ya me lo curro yo.

¡Ay, Paco, no seas pesao!

No me vuelvas a llamar pesao.

Perdona.

¿Qué haces aquí?

Esperándote.

¿Y eso?

Te he llamado para que compraras el pan, que no queda.

No se te habrá ocurrido comprarlo, claro.

No.

¡Estás hecha una sopa! ¿Cuánto tiempo llevas en la calle?

No sé, un rato.

¿Dónde has estado? ¿Con tus amigas?

No.

En ningún sitio.

¿Y por qué no me has cogido el teléfono?

¿Qué te pasa? ¿Eh?

¿Te pasa algo?

¡Oye, contesta, que qué te ha pasado!

¿Y tu padre?

Está...

¿Dónde?

Está en la cocina.

¿Qué ha pasado?

Yo estaba en la cocina, de espaldas

y de pronto, papá se me echó encima.

Estaba borracho.

Yo le grité que qué hacía, y él me dijo que no era mi padre.

Le empujé y me lo quité de encima.

Pero se levantó y volvió a abrazarme.

Yo le volví a empujar.

Se desabrochó el pantalón,

diciendo siempre que aquello no era malo,

y que él no era mi padre.

Abrí el cajón y cogí un cuchillo

y le amenacé,

pero solo para asustarle.

No me hizo caso.

Dijo que no sería capaz

y se me echó encima.

¿Qué vas a hacer, mamá?

No lo sé.

Ve a cambiarte, que vas a coger una pulmonía.

¡Paula!

Recuerda que fui yo quien lo mató, y que tú no lo viste

porque estabas en la calle.

Es muy importante que recuerdes eso.

No abras.

¿Quién será?

No sé.

A tu cuarto.

Munda, soy yo, soy Emi.

Ya voy, Emilio.

¿Qué hay?

Perdona que te moleste a estas horas.

Me voy mañana para Barcelona

y quería dejarte las llaves del restaurante por si quieren verlo.

No me importaría enseñarlo, pero no paro en casa.

¿Y Paco? Él se pasa todo el día aquí

Ay, Paco...

Por fin le ha salido un trabajo, al pobre. Empieza mañana mismo.

¿Estás herida?

No, cosas de mujeres.

Oye, aunque, bien pensado,

ahora que Paco estará ocupado, yo tendré más tiempo libre.

Dame las llaves, ya me las apaño.

Toma. Este es el teléfono de mi hermano, estaré en su casa.

El de abajo es mi móvil.

¿Te vas mañana mismo?

Por la mañana.

Por curiosidad, ¿cuánto pides?

Siempre me ha gustado tu restaurante.

Una pena que no te haya gustado también el dueño.

Emilio, por Dios...

¿Por el traspaso? 5,000,000, pero se puede negociar.

Bueno, te echaremos de menos.

Y yo a vosotras.

Suerte.

Gracias.

¿Se va Emilio?

Sí.

Vuelve a tu habitación, Paula.

No. Quiero estar contigo.

Oye, luego me tendrás que echar una mano.

No lo cojas.

Será alguna de tus amigas.

Cógelo y di que no puedes hablar,

que no son horas de llamar.

Ahora no puedo hablar.

¿Qué dices, Paula? Soy tu tía Sole.

Pásame a tu madre.

Mamá, la tía Sole.

Dile que estoy ocupada.

Tía, ahora está ocupada.

Pásamela, es importante.

Mamá, que te pongas.

Sole, tengo un cerro de ropa por planchar

y llevo toda la tarde trabajando en el aeropuerto.

Ha llamado la Agustina.

La tía Paula ha muerto.

¿Cuándo?

Hace poco.

Que se ha muerto la tía Paula.

Te juro que hace un momento estaba pensando en traérmela del pueblo.

Qué sola habrá muerto, pobre.

No llores, hermosa.

Mira, la Agustina me ha dicho que no nos preocupemos,

que mientras llegamos, ella y la Bizca la están amortajando.

¡La tía lo había dispuesto todo!

¡Hasta había elegido el ataúd y lo ha dejado todo pagado!

Parece mentira que estuviera tan centrada en el último momento.

Pues no voy a poder ir al entierro.

con todo mi dolor, pero estoy muy ocupada.

¡Cómo no vas a ir, Raimunda! ¡Menuda campaná!

Pues no puedo, remotamente.

Tendrás que ir tú sola.

¿Yo sola?

¡Ni hablar! Tú sabes el miedo que me dan los muertos.

Pero no tienes por qué ver a la tía.

Le diré a la Agustina que se encargue de eso.

¿Y si me preguntan por ti?

Pues, dices que acaban de operarme de la vesícula. Cualquier cosa.

Mira, yo iré cuanto antes, pero hoy me es remotamente imposible.

No te entiendo, Raimunda. ¡Con lo que te quería la tía!

Y yo a ella.

Mira, algún día te lo explicaré, Sole, y ese día lo vas a flipar.

¡Lo estoy flipando ya!

Venga, tómate un ansiolítico, y yo me voy a tomar otro también...

y mañana por la mañana te vas.

¿Vale?

Bueno.

La puerta.

Espera.

Quédate ahí. Quédate ahí, cariño, vigilando.

Espero que esté todo como cuando trabajaba yo aquí.

¡Quieto, no se acerque!

Perdón.

¿Qué quiere?

Saber si el restaurante estaba abierto.

Pues no. ¿Por qué?

Échame una mano.

Porque estamos rodando una película por la zona,

y busco un sitio para que coma todo el equipo.

¿Conoces algún restaurante que no quede lejos de aquí?

¿Cuántos sois?

25 y 5... 30.

Ayúdame, anda.

Pues yo misma os lo preparo, si quieres. Es que hoy cerrábamos.

Así que comida para 30...

¿Ya qué hora?

Pues cortamos a las 15:30, y estamos aquí cerca.

¿Sobre las 16:00?

Sí.

Bueno.

Oye, ¿y cuánto...?

Diez euros por cabeza.

Ah, muy bien.

Perdona que te haya gritado antes, es que me has asustado.

Nos vemos a las 16:00. Muchas gracias.

Venga. Gracias.

Hasta luego.

¡Huy, las diez!

Dos kilitos.

¿Me pone dos kilos más?

¿A cómo tiene las patatas?

Las tenemos cuatro kg a 1,60.

Pues 8 kg.

Muy bien.

¿Qué tal, Regina?

Hola, Raimundita. ¡Qué cargada vas!

Tengo que cocinar para 30 personas.

¿No podrías prestarme 100 euros?

Si yo estoy pelada. Acabo de comprar una bola de aguja de puerco así.

¡Pues me vendría muy bien! Te la compro.

Me costó 10,80, pero es lo único que tengo.

Mañana te lo doy. Enróllate, mujer.

Está bien. Te la llevo ahora.

Gracias, Regina.

Hoy me pondré a dieta.

Claro, que te vendrá bien.

¡La lnés! ¿Ya has venido del pueblo?

Sí. Ayer por la tarde llegué. ¿Cómo estás?

¿Tú no te habrás traído unas morcillas, unos choricillos?

¡Cómo lo sabes! Las morcillas, buenísimas,

porque cuando bajo al pueblo mi suegra me las encarga.

Necesito kilo y medio.

¿Y eso?

Tengo que cocinar para 30.

¿Quién te viene?

Una historia muy larga, ya te contaré.

¿Me las puedes vender? Te pago mañana.

Sí, hombre. Tranquila, que sí.

Gracias. Oye, ¿y dulce, no te habrás traído nada?

He traído unos mantecados que se deshacen en el paladar.

¡Con la glucosa y el colesterol como los tienes,

parece mentira que traigas mantecados!

Si es el único vicio que tengo. ¡Tres cajas!

Pues no debes comerlos.

¿No? ¿Y qué hago, los regalo?

Me los vendes.

Bueno, pero déjame probarlos.

Claro. Te comes dos, tres, cuatro...

pero no te atraques, que te conozco.

Tráemelos a casa, cariño.

Tranquila.

Gracias.

Hasta luego.

Adiós, bonita.

Un poquito de carne de cerdo, ¿quién quiere? Buenísima.

Tú también.

¿Un poquito de carne de cerdo? Buenísima.

Agustina.

¿Eres tú, Agustina?

Soledad,

hija mía.

Sole,

tengo que hablar contigo.

¡Sole!

Bueno.

Tranquila, Sole.

Agustina...

¿Dónde está?

Arriba, en la habitación de mi madre.

Es la mejor de la casa.

La he traído aquí para poder velarla mejor.

Muchas gracias, Agustina.

Anda, vamos a la cabecera del duelo.

Buenas tardes.

Buenas tardes.

He hablado con tu hermana. ¡La pobre, recién operada!

Sí, qué oportuno, ¿eh?

Me ha dicho que no te deje ver a la muerta.

Tranquila, que no vas a tener que verla

Lo siento, mi alma.

Te acompaño en tu sentimiento.

La Vizca, ¿te acuerdas?

La hija de la Vicenta.

Vamos a dejar que descanse un poquito, que viene muy cansada.

Ven, Sole, ven.

Tranquila, ven aquí.

Era ya de noche.

Yo había cenado y estaba viendo la televisión,

cuando oigo que alguien me toca la puerta.

No estaba segura de haber oído bien, pero al instante

vuelvo a oír el mismo ruido.

Y entonces pregunté: ´´¿Quién es?´´.

Y una voz me contesta:

Agustina.

Yo no tenía miedo.

Salgo a la calle, pero no veo a nadie.

Miro donde tu tía

y me pareció ver la puerta abierta.

Lo encontré raro,

así que entré.

Llamé a tu tía,

pero no me contestaba.

¿Y cómo me iba a contestar, la pobre?

Entré en la habitación

y allí la encontré, acostada,

quietecica como un pajarillo.

Fue su espíritu quien te avisó.

Pero ¿el espíritu de la Paula, o el de la otra?

Cualquiera de las dos.

Yo no puedo decir quién era porque no lo vi.

Pero, como os estoy escuchando ahora,

alguien o algo me avisó de que la Paula se había muerto.

Y me abrió la puerta para que entrara.

Ven, ven a la cocina. Ven.

Seguro que no has comido nada en el viaje.

No.

Desde anoche. Pero da igual.

Me lo estaba figurando.

Mira, esto te animará.

No, no me eches más. Con esto tengo bastante.

¿A qué se referían las mujeres, Agustina?

¡Bah! Habladurías. Ya sabes cómo somos en los pueblos.

Se referían a mi madre.

Hay gente que dice que la ha visto.

Dicen que ha vuelto para cuidar de tu tía Paula.

¿No se te ha aparecido?

No. ¿Y a ti?

Tampoco. Pero esas cosas pasan.

Ya lo sé.

Mi abuelo, que en paz descanse, se le apareció a mi abuela.

Al principio ella se asustó.

¡Come!

Después, le preguntó qué quería

y el espíritu de mi abuelo le dijo

que había dejado una promesa sin cumplir.

Mi abuela la cumplió

y el pueblo entero la acompañó al cementerio,

donde dejaron a mi abuelo para que descansara en paz.

Y ya no volvió a aparecerse.

Toma.

Esto no me lo han contado, ¿eh?

Lo he vivido yo.

Ya.

¿Quieres entrar donde tu tía para echar un vistazo?

Por si quieres llevarte algo...

No, ya vendrá la Raimunda.

Dile lo bien que ha salido todo,

y que ha venido el pueblo entero.

Se lo diré.

La voy a echar mucho de menos.

Anda...

¡Ábreme, Sole!

¡Ábreme! Soy tu madre,

no te voy a hacer nada.

Mi madre ha muerto.

De ser, ¿serás su fantasma o su espíritu?

Ay, lo que tú quieras, pero sácame de aquí.

¡Estoy en el maletero de tu coche!

Ya. ¡Desde luego, mamá,

qué cosas se te ocurren!

Soledad.

Hija mía.

No tengas miedo de mí.

Soy tu madre.

¿No me vas a dar un abrazo, hija mía?

Hale... échame una mano. Toma.

- ¡La maleta de la tía! - Sí.

¿Qué traes?

Ropa, y algunas cosas de valor de la tía.

Gracias que las guardé antes de que llegaran las vecinas.

Menos la Agustina, las demás hurgaron por todos los cajones.

Pero yo ya había hecho limpieza.

A la Agustina tenéis que hacerle un regalo,

porque se ha portado muy bien.

¡Mejor que tu hermana!

¡Anda, que menuda campanada ha dado no yendo al entierro!

Esa Bizca, ¡cómo la ha puesto, qué lengua tiene!

Gracias que viniste tú.

Estoy molida del viaje, ¿eh?

¿ Vas a quedarte a dormir?

Claro. ¿Dónde quieres que vaya?

¡Uf! ¡Qué horror! No me extraña que te haya dado miedo.

¿Sigues teniendo la peluquería ilegal?

Claro, de eso vivo.

¿La habitación de invitados es allí?

Sí, allí.

Mañana me tiñes y me cortas.

También necesito unas gafas de sol.

No quiero quedarme todo

el día apoltronada en casa. Tengo que salir.

Aquí no me conoce nadie.

En el pueblo no podía asomarme ni a la puerta de la calle.

Necesito que me dé el aire.

¿Te vas a quedar mucho tiempo?

¿Ya quieres echarme, hija mía?

No, por saber...

Me quedaré hasta que Dios quiera, si no tienes inconveniente.

Tú te canses de mí, no tienes más que decírmelo.

Pero una mujer separada

¿con quién va a estar mejor que con su madre?

A no ser que te hayas echado un querindongo.

No, mamá.

Estoy sola, como siempre.

Ya no.

Coge el teléfono.

- ¿Ya estás en casa? - Sí.

Como no tenías cobertura, llamé a la Agustina.

Me dijo que todo fue muy bien.

Ha venido todo el pueblo.

Pues, hija, llevo todo el día pensando en vosotras.

No sabes cómo me gustaría por ahí.

Espera un momento, Sole.

300, ¿eh?

¿Qué dices que te debo de las copas?

Nada, invita la casa.

- Bueno, pues... mañana a la misma hora. - Venga.

Que el equipo ha quedado muy contento.

Me alegro.

Y si no te importa, y aunque nos cobres más,

si las raciones fuesen un poquito más abundantes.

No te preocupes.

Que mañana os voy a poner de comida que os vais a sacar de culo.

- Vale, hasta mañana. - Venga. Hasta mañana.

Perdona, Sole.

Oye. ¿Has cogido trabajo en un restaurante?

Pues sí, me he quedado con el de Emilio.

¡Huy, hija mía!

Él estaba muy harto. Pero esa no es la única novedad:

Paco nos ha dejado.

Por eso no pude ir al entierro.

Cuando llamaste estábamos en plena pelea.

Ya noté yo que te pasaba algo.

¿Te ha pegado?

No. Paco no era violento.

Simplemente se ha ido...

para siempre.

Volverá, ya verás.

No lo creo.

¿Por qué estás tan segura?

Esas cosas se intuyen...

Bueno, un beso.

- Un besito. - Adiós.

No hemos tenido suerte con los hombres ninguna de las tres.

Raimunda y yo no, pero tú...

¿ Yo, qué?

Papá te adoraba.

Raimunda dice que fuiste afortunada

porque moriste abrazada a lo que más querías, que era él.

Tu hermana no es mala,

pero ¡qué mala leche tiene!

Yo estaba ciega con tu padre,

¡Y él me puso los cuernos hasta el último día de su vida!

Pero, ¿qué me dices, mamá?

Sí, hija mía. Yo me lo he tragado todo en vida.

Nunca quise que supierais nada.

Pero vamos a dejarlo, que no me quiero ensañar con un muerto.

¿Se nos va a aparecer?

Espero que no.

¿Y tu marido?

¿Mi marido, qué?

¿Se puede presentar aquí cualquier día?

No creo.

Hace dos años que no sé nada de él.

Mejor, así estamos las dos juntitas.

¿A ti el cerdo te costó diez?

10,80.

10,80. Pues te doy 3 euros más.

Gracias, Mundi.

Y a ti, en vez de tres cajas de mantecados, te voy a pagar cuatro.

Gracias. Raimunda.

No quiero que penséis que me aprovecho.

¿Me ayudáis con esto? Lo he colocado yo,

pero no puedo sola.

¿Qué vas a hacer con él?

Bajarlo al restaurante.

Tú, la experta en portes, dinos por dónde...

Pues mira, ¿Ya está bien metido? Cógelo y no lo tires todo para ti,

aquí no va a caber todo atravesado.

¿Ahí va bien?

Sí. Tíralo recto, ábrete un poco a la derecha.

Por aquí no vemos nada, dinos tú.

Te estoy guiando.

Ahora. Cuidado, por aquí se va.

Por aquí pasa, pasa completo.

No corras.

¿Ya vas para la puerta?

Sí, ya. Dale, que el ascensor está aquí.

Espera, esto tiene que entrar cuadrado.

Ya lo cojo yo de aquí. A ver.

Tuyo, ¿eh?, tuyo.

Va bien, va bien.

¡Madre mía! ¡Esto es un animal!

Cuidado.

¡Dios mío!

Llamadlo de abajo.

Quiero que vean que aquí no se da nada congelado.

Aquí todo es biológico, fresco del día...

Ahí, a la esquina.

¿Y el otro freezer?.

Ese no funciona.

O sea, ¿que te quedas con el restaurante?

Al menos hasta que los clientes de ayer terminen la película.

Después, ya veré.

Cuenta conmigo para lo que sea. Se me da muy bien la repostería.

¡Niña, y yo puedo dar copas por la noche!

Todavía no sé si trabajaremos la noche,

pero cuento con vosotras.

Claro.

Muchas gracias.

- Mamá. - ¿Hm?

Hay algo que quieres que yo haga, ¿no?

Córtame el pelo.

Me refiero...

a si hay algo

que no pudiste hacer en vida

y no te deja descansar tranquila.

Siempre hay cosas que se dejan sin hacer,

o que se hacen mal.

Y mi vida no ha sido una excepción,

pero no sé si tienen arreglo.

Y si lo tienen,

me corresponde a mí arreglarlas.

Pronto empezarán a llegar clientas. ¿Qué hacemos?

Atenderlas. Yo te ayudo.

No puedo presentarte como mi madre,

todas saben que soy huérfana.

Pues me hago pasar por extranjera.

¿Extranjera? ¿De dónde?

¿Dominicana?

No. Hay muchas en el barrio

y notarían la diferencia del acento.

¿China? Madrid está llena de chinos.

¿Pero quién se va a creer que eres china, mamá?

Algo raro que no haya por el barrio.

Rusa.

¿De verdad crees que parezco más rusa que china?

Sí. Las rusas son como nosotras, mamá.

Mira, oigas lo que oigas, ten la boca cerrada,

y que no se te note en la cara que nos entiendes.

Voy enseñarte cómo funciona todo.

En la habitación corto, seco y tiño,

y aquí lavo las cabezas.

Que la clienta es alta, le quitas el cojín.

¿Que es bajita? Se lo pones.

Esta toallita es para no resbalarte.

Y esto lo tengo aquí

porque arriba es muy incómodo y si la dejo abajo

tengo que bajarme tantas veces que acabo fatal de la espalda.

Sí. Yo también tengo muchos dolores de espalda.

Y el champú lo tengo dosificado. Siéntate, mamá.

- ¿Estás bien? - Sí.

A la clienta ponle sólo una toalla, que se te agobia.

A mí me pasa lo mismo.

Y tú, luego, con esa misma toalla,

le secas un poquito para que no le chorree por la espalda.

Qué bien organizado lo tienes todo, hija, qué apañadica eres.

Hola.

- Hola. - Hola, reina.

- Hola. - Hola.

No habla español, es rusa.

Ah, ¡están fatal, las pobres!

Sí, la he recogido por caridad.

Cuando la vi pidiendo en la calle me recordó a mi madre.

No te fíes de todas las viejas de la calle.

¡Y menos rusas, hay mucha mafia!

Eres muy buena, la gente abusa de ti.

¿Tú te haces mechitas? Pues siéntate aquí.

Lavar cabeza, sí. En su país era peluquera.

¿Y cómo te entiendes con ella?

Por señas. Lo coge todo. ¡Es una ardilla!

Dentro de poco, seguro que habla español.

¡No te extrañe! Mira cuántas top model rusas hay ahora.

¡Huy, hija mía!

¿Entonces, rusa?

Rusia.

El agua,

caliente, no,

ni fría, no.

Muy bien.

Gracias.

Hola.

¿Qué hay?

Que mañana libramos.

Entonces, nosotras también. Necesitamos un respiro.

La semana que viene terminamos la película,

y queríamos celebrar aquí la fiesta de fin de rodaje.

Estupendo. ¿ Y queréis cena o así un bufé para picar?

Sí, un bufé para picar.

Y me gustaría que cerrases la terraza para nosotros solos.

Sí, no hay ningún problema, te la cierro.

Y no me mires así, que me pones nerviosa.

Y tú a mí.

Anda, vete a tomarte algo, que estoy trabajando.

Vale.

Desde que vino del pueblo la noto rara por teléfono.

Si te pregunta algo de Paco,

tú no sabes nada.

Lo cual es verdad.

Paula, cuanto menos sepas, mejor.

Y, sobre todo, no le estés dando a la lavadora.

Hola.

- Hola. - Hola.

¿Estás con alguien?

No.

Voy al lavabo.

¿Al lavabo para qué?

Que me meo.

Creo que no funciona, estoy esperando al fontanero.

Pues le echo un poco de agua. ¡Es que me meo, coño!

Ay, hola.

¿Y a ti que te pasa?

Que estoy en una edad muy mala.

¡Pues anda, que yo! Te voy a cortar un poquito el pelo.

No, que te veo venir.

Sólo las puntitas.

Menos de un centímetro.

Oye,

¿tu padre no ha vuelto?

No. Se despidió para siempre.

¡Qué fuerte! De verdad que no lo entiendo.

¡Huy, qué olor a pedo!

¿Y tu madre?

¿Qué?

¡Qué pesada es! Desde niña.

Tú fíjate, que entonces no había cuarto de baño

y hacíamos nuestras cosas en el corral.

Pues todo el día había que estar esperándola.

Todo el santo día metía en el corral, con las gallinas.

¡Raimunda!

Raimunda.

¿Qué hace aquí esta bata?

Es de mamá.

Ya lo sé.

¡Y el olor!

¿Qué olor?

¡En el lavabo, y aquí!

¡Si es como si acabara de estar mamá peyéndose a culo lleno!

¿No lo oléis vosotras?

¡Cómo se peía, por Dios!

Y no podía ocultarlo, porque ella era la primera en troncharse.

Te juro que me parece estar oyéndola reír.

¡Qué cosas dices!

¿Por qué te has traído esta ropa, Sole?

¡Luego dices que tienes pesadillas!

- La ropa de los muertos hay que regalarla. - Ya.

¡La maletilla de la tía Paula!

Las muñecas antiguas.

¡El joyero!

¿Qué pensabas hacer con esto?

Nada.

¿Nada? Quedártelo.

¡Desde luego, Sole!

Raimunda, no pienses mal.

Yo no me traje la maleta.

¿Ah, no? Y entonces, ¿que hace aquí?

Cuando llegué a casa de la tía Paula...

¿Qué?

Mira, si me lo dicen no me lo creo.

Robarle a la tía lo poquito que tenía de valor

estando ella de cuerpo presente... ¡Qué poca vergüenza!

¡Raimunda, no te vayas así!

Tenemos que comprar otro frigorífico.

¿Por qué no arreglas el del almacenillo?

Ese no sirve.

Pues el motor hace ruido.

Os he dicho que ahí no entre nadie. Ni tú tampoco.

Vi la puerta abierta y entré a coger un martillo.

¿Habrá entrado alguien más?

No creo.

Mamá, me dijiste que te habías desembarazado de él.

Pues no he podido, Paula.

¿O te crees que me gusta tenerlo ahí dentro?

¡Paula! Vete arreglando,

que en media hora empezará a llegar la gente.

¡Paula!

¡Pero bueno! ¿Todavía estás así?

No tengo ganas de fiesta.

Ni yo tampoco, pero es trabajo.

Anda, no seas perezosa.

Venga, chiquitina que yo te ayudo.

¿Qué te pasa?

No puedo quitármelo de

la cabeza teniéndolo ahí, en el almacenillo.

Ese es el mejor modo de volverte loca y de volverme loca a mí.

Mamá, tú no sabes lo que es haber matado a tu padre.

Paco no era tu padre.

No me mientas más.

Ya sé que lo haces por mí,

pero no me mientas, por favor.

No te estoy mintiendo.

Paco te reconoció como hija,

pero sabía que no era tu padre biológico.

Entonces, ¿me está diciendo la verdad?

Sí. Pero eso no justifica lo que hizo.

Paula, prometo contártelo todo,

te lo juro. En otro momento.

Ahora vamos a arreglarnos. ¿Qué ganamos quedándonos aquí?

¿Quién era mi padre?

Uno del pueblo.

¿Le conozco?

Está muerto.

Paula, te juro que te lo voy a contar todo.

Te lo juro.

Te tomo la palabra.

- ¡Dos mojitos! - ¡Dos mojitos por aquí, marchando!

¿Qué quieres, nene? ¿Dos mojitos también?

No, ya esto tiene limón, ya esto está perfecto.

Necesitamos más vasos.

Yo no doy abasto ya.

¿Has visto qué guapa la Paula?

Toma.

Gracias.

¡Ay, qué rico!

Yo no bebo más, ¡están buenísimos!

Oye, con tu escote y mis

mojitos podemos hacernos de oro, Mundita.

Vamos a trabajar las noches a ver si alegramos un poquito

esta zona tan miserable.

Ya lo hablaremos, lo importante es

que queden contentos esta noche. Coja. Mojitos.

Agáchese, que no la vean.

Me gustaría ver a Raimunda y a la niña.

El otro día sólo pude verle los pies.

¡Y mira la que armaste!

¿Ese es el restaurante?

¡Me había dicho que le iba bien, pero no podía imaginarme esto!

Se lo merece.

La pobre ha pasado mucho.

No salga del coche. ¡Y agáchese, que no la vean!

¡Aquí no me ve nadie!

Pero ¿qué haces aquí? ¡Qué alegría!

Te traigo las cosas de la tía Paula.

No sabía que tenías una fiesta.

Es un equipo de cine, celebra el fin del rodaje.

Les he preparado yo la comida estos días.

Vamos a guardar la maletilla. ¿Para qué te has molestado?

Nunca se me hubiera ocurrido

quedarme con nada de la tía, y mucho menos ocultártelo.

Sí, ya lo sé. Perdona por lo que te dije,

pero ya me conoces me disparo... Y me disparo.

Hola, tía.

Hola.

¿Quieres algo?

No.

Yo adivino el parpadeo

de las luces que a lo lejos

van marcando mi retorno...

¿Te acuerdas?

¿Cómo no me voy a acordar?

¡Cuánto tiempo que no te oía cantar!

Pues yo no la he oído cantar nunca.

¿De verdad?

De verdad, mamá, nunca.

¿Y te gustaría, hija mía?

¡Qué cosas tienes! ¡Pues claro!

Venga.

No me lo puedo creer.

¿Dónde me pongo?

Ahí mismo. Ponga

¡Callaros! ¡Sentaros, que esta mujer va a cantar!

Buenas noches.

Yo quería agradeceros al equipo

el trabajo que nos habéis dado estas semanas.

Muchas gracias, de todo corazón.

Yo hace mucho tiempo que no canto, mucho,

pero hoy me voy a animar, a ver que sale.

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve

a enfrentarse con mi vida.

Esta canción se la enseñó la abuela a tu madre

para presentarla al casting de niñas cantantes.

Tengo miedo de la noche

que, poblada de recuerdos,

encadena mi soñar,

pero el viajero que huye

tarde o temprano detiene su andar.

Y aunque el olvido, que todo lo destruye,

haya matado mi vieja ilusión,

guardo escondida una esperanza humilde

que es toda la fortuna de mi corazón.

Volver

con la frente marchita.

Las nieves del tiempo

platearon mi sien.

Sentir

que es un soplo la vida,

que veinte años no es nada,

que febril la mirada,

errante en las sombras te busca y te nombra.

Vivir

con el alma aferrada

a un dulce recuerdo

que lloro otra vez.

¡Bravo!

Autos Amigo. ¿Dígame?

Hola, buenos días. Mire, llamaba por el anuncio...

Necesitaba una furgoneta de alquiler.

¿De qué tipo y para cuánto tiempo quiere?

Pues normalita, la más barata que tenga, sólo para un día.

¿Sí?

¿Podría hablar con la señora Raimunda?

Soy yo.

El Sr. Emilio me dio su

teléfono para que me enseñara el restaurante.

Hace días que quería verlo. Yo soy Carlos.

Pues...

tenía que haber llamado Ud. antes,

porque es que se lo ha quedado una vecina.

Pero el Sr. Emilio no me dijo nada.

Claro, él tiene sus estrategias, por si acaso.

¿Podría hablar con la persona que se lo ha quedado?

Pues hoy justamente libra, lo siento.

Pero llame Ud. al Sr. Emilio,

que él se lo explica todo.

Ya, ya. Gracias.

Hasta luego.

¿Dígame?

Emilio, soy Raimunda.

¡Qué alegría oírte! ¿Ha ido un hombre a ver el restaurante?

Sí. Pero no me da buena espina.

Creo que lo quiere como tapadera.

¿Tapadera? ¿De qué?

Pues de drogas, o para poner un puticlub... no sé.

Cuando le he comentado que el

negocio no marchaba, él me ha dicho que mejor.

¿Cómo se te ocurre decirle eso, mujer?

Ay, Emilio, hace días que quiero llamarte,

y espero que me entiendas.

Yo sé que las cosas no se hacen así, pero...

me he quedado yo con el restaurante.

¿Tú? ¿Qué quieres decir?

Si me das cinco minutos te lo explico.

Pues te has pasado mucho, Raimunda, mucho.

Sí.

Has abusado de mi confianza.

No es una excusa, pero cuando apareció el equipo de cine

mi situación era desesperada.

Y ahora que Paco nos ha dejado, pues...

¿Cómo? ¿Que te ha dejado Paco?

Sí. Hemos tenido una pelotera.

Se ha ido y no creo que vuelva.

Se fue el mismo día que te fuiste tú a Barcelona.

¿Y tú cómo lo llevas?

¿Yo? Atacar, ya me ves.

Intentando agarrarme a un clavo ardiendo.

Bueno, mujer, pues, a ver cómo lo arreglamos.

Dime lo que te debo del alquiler

del mes y yo te lo mando, pero dame unos días.

¿Sí?

¿Raimunda?

Sí, ¿quién eres?

Soy Agustina. Oye, estoy en Madrid y me gustaría verte.

Pues Agustina, es que hoy me viene fatal.

Estoy muy liada.

¿Y mañana?

Es que mañana tampoco puedo. Esta semana lo tengo fatal.

No me digas eso. Estoy en el hospital.

¿Qué te pasa?

Tengo cáncer. Me lo dijeron ayer los médicos.

Necesito verte.

Dime en qué hospital estás y yo me paso hoy mismo.

Estoy en el hospital central.

Dios te lo pague, Raimunda.

Gracias.

Sube tú, que yo tengo prisa. Dale esto a tu tía.

Hola, tía.

¿Qué haces aquí?

¡Sole!

¡Sole!

Esa es tu madre voceando.

¡Sole, asómate!

¿Qué?

¡Que te dejo a la Paula!

Pero, Raimunda, estoy trabajando.

Es que tengo que ir al hospital.

Tiene cáncer. La Agustina ingresada.

¡Qué lástima, hija mía! ¡Pobrecilla!

Le he dado a la niña la bolsa de la tía Paula, quédatela.

Voy a hacer unos recados, cuando termine vuelvo, cuando pueda.

Dale recuerdos a la Agustina. Dile que me has visto.

Sí, pesada.

¿Puedo pasar ya, tía?

Sí, hija, sí.

¿Qué tal, cariño?

Me han abierto y me han vuelto a cerrar.

Sabía que tenía algo malo.

Tú no pierdas la esperanza, mujer.

¡Qué bonitas las flores!

No tenías que haberte molestado. Déjalas ahí encima, anda.

Raimunda.

Tengo que pedirte un favor.

Lo que tú quieras, Agustina.

Cierra la puerta.

Tráete una silla.

Yo voy a durar poco tiempo,

pero no me quiero morir sin saber qué fue de mi madre.

¿Y qué puedo hacer yo?

Tú puedes decirme si está viva o muerta.

¿Y cómo voy a saberlo?

Pregúntaselo a tu madre.

¿A mi madre?

Pero sí mi madre está muerta, Agustina.

Ya. Pero se le apareció a tu tía Paula,

y la cuidó hasta que se murió. Lo sabe todo el pueblo.

Si se os aparece a vosotras, pregúntale por mi madre.

Sólo te pido ese favor.

Agustina, me pides un disparate.

¿La has visto tú aparecerse, con tus propios ojos?

No.

Pues si no la has visto tú, que vives enfrente...

Yo creo que me rehuía, fíjate.

Pero he oído mil veces a tu tía,

que en paz descanse, hablar con ella.

Mira, si me entero de algo, ten por seguro que te lo diré.

Pero lo veo un poquito difícil.

Me lo debes, Raimunda.

Sólo te pido ese favor.

Venga, te dejo, que tengo muchas cosas que hacer.

Espérate. Mi hermana quería hablar contigo, estará al llegar.

Oye. Otro día. Ahora, de verdad, tengo mucha prisa.

Quiere ofrecerte algo de televisión.

Ya sabes que ella es colaboradora de "Dondequiera que estés".

Quieren darle una sorpresa y habían pensado en ti,

como de niñas erais amigas,

y las dos os presentasteis a un casting,

con todo eso tienen para tres o cuatro programas

con entrevistas, música y canciones

de ayer, de hoy y de siempre.

Dile a tu hermana que no me gusta la televisión.

A mí tampoco. Se lo diré.

¡Pero no olvides lo que te he dicho!

Sí, sí.

¡Hay que ver, lo que le gusta a la rusa la tele!

Yo no sé qué entenderá, hija mía, pero la hipnotiza.

Es que la telebasura tiene algo, ¿eh?

Yo, cuando me siento delante del televisor, no puedo dejarlo.

Me voy sintiendo cada vez peor, pero no me puedo levantar.

Para mí es como una droga.

Por la noche he tenido que dejar de verla,

porque luego duermo fatal.

Es que con tantos gritos te vuelves loca.

¿Te gustan las muñecas?

Estas sí, son como de una película de terror.

Son antigüísimas.

Tu madre jugaba con ellas cuando estaba embarazada de ti.

¿Por qué no vivía contigo?

Estábamos muy mal de dinero.

Tu abuelo se fue a trabajar a Venezuela

entonces yo me quedé con Sole

y tu madre se fue a vivir con la tía Paula.

¿Qué te ha contado ella?

Nada, no le gusta hablar de esa época.

¿Os lleváis bien?

Ahora, mejor.

Pero es que a veces es muy borde, abuela.

Tiene mucho carácter.

¿Tú cómo te llevabas con ella?

De pequeña era la niña de mis ojos,

pero cuando se hizo adolescente,

por alguna razón que yo desconocía,

se fue separando de mí,

hasta que la perdí completamente.

Tu madre no me quería.

Es muy doloroso que

una hija no quiera a su madre.

Por eso, ahora que os habéis quedado solas,

tienes que quererla mucho,

y que ella lo note.

¿Por qué te apareces, abuela?

Porque me sentía muy sola.

Buenas tardes.

Hola.

¿Me da ocho metros de cuerda para tender, de plástico?

Y cinta para embalar.

¿Cuánta cinta?

Cuatro o cinco rollos.

Muy bien.

Aquí van cinco.

Uno,

dos...

Ah, y un pico y una pala.

Muy bien.

Sole, hasta luego.

Gracias.

Hola. Es la hermana.

¿Qué tal, Raimunda?

Harta.

¿Y la Agustina?

Loca como una cabra.

¡Hola, mamá!

¿Y a ti qué te pasa?

Nada.

Anda, cariño, tráeme un vaso de agua.

¿Te importa que se quede esta noche contigo?

No, pero ¿dónde la acuesto?

En la habitación.

Es que Paco viene esta noche a casa.

Quiere que hablemos,

y me gustaría estar sola.

Bueno.

Esta noche te vas a quedar a dormir aquí.

Bueno, me voy, ¡que menuda nochecita me espera!

¡Hola!

¡Hey! ¿Qué?

Necesito que me hagas un favor esta noche.

¿Esta noche? ¿No podemos esperar a mañana?

No. Pero te voy a pagar,

como cualquier cliente.

No, mi amor, yo a ti te hago un descuento.

Chica, pero yo no sabía que a ti te iban las chirlas.

¡Es que no me van!

¿No? Ysi no es para hacer un pan con pan, ¿qué es lo que me pides?

En el camino te lo explico.

Hay que meter el mueble-frigo en la furgoneta.

Y llevarlo a un estercolero.

¡Nosotras dos solas no podemos!

Pero pedimos ayuda a las vecinas.

Ponte algo cómodo. Te espero en la terraza.

¿Como qué?

Que no parezca que vas a estallar.

Espérate, espérate un momentito.

¡Aquí hay un quicio!

¿Lo apoyamos ya?

- Esto se va. - No, no se va.

No, no se va, niña. ¡Qué se va a ir!

Os vais vosotras.

Ahora lo tenemos que poner paralelo ahí.

¡Arriba! ¡Una, dos, tres!

Venga, a la de tres. ¡Una, dos, tres!

¡Tres!

Empuja.

Pues ya está metido.

¡Me cago en la mierda!

¿Te has hecho daño?

No. Si total, para lo que quiero el bazo...

Venga.

¿Adónde vamos?

Vamos al río Júcar.

¿Y eso dónde está?

A 180 km.

¿180 km? Pues sólo en ir y volver se nos va a ir toda la noche.

Te dije que te pagaría por horas.

¿Sólo por acompañarte?

Por acompañarme hasta el río, abrir una zanja,

enterrar el frigorífico y no hacer preguntas.

Mira, Mundita, yo te agradezco la confianza,

¡pero mi vida ya está bastante complicada!

No tengo trabajo, ni papeles, hago la calle para sobrevivir.

¡Coño, me podrías haber preguntado!

Bueno, te lo pregunto ahora, dime cuánto.

Me tenías que haber consultado.

Bueno, pues...

dame las noches.

¿Qué noches?

Las copas por la noche. Durante un mes.

Y lo que gane con mis cócteles es para mí. Y tú compras las botellas.

De acuerdo, socia.

Pero de esto, ni una palabra, ¿eh?

¡Qué remedio! Ahora soy tu cómplice.

Si te tranquiliza, yo no he matado a nadie.

No, no me cuentes nada.

No pensaba hacerlo.

Quita, anda.

Quita, quita, quita. Dame, dame.

Espérate... Ay...

¡Ay, Dios mío!

Ay, ya no puedo más, estoy muerta.

Descansa tú un rato, que yo echo la tierra.

¿Qué haces aquí, Agustina?

¿Podemos hablar?

Estoy muy ocupada.

Venga, entra, ven.

¿Cómo vas de lo tuyo?

lgual. ¿Y tú, has averiguado algo?

¿De qué?

De lo que te pregunté.

Pensaba que no lo decías de verdad.

¿Te importa que me siente?

Ay, Raimunda...

ten compasión de mí.

Yo te compadezco todo lo que tú quieras,

pero no me preguntes disparates.

¡Sólo quiero saber si está viva o muerta!

Agustina,

yo entiendo que entre el viento y el cáncer

hayas perdido la cabeza,

pero no tienes derecho a complicarnos la vida a los demás,

¡que bastante tenemos con lo nuestro!

El día que tus padres murieron en el incendio,

mi madre desapareció del pueblo.

¿A ti no te llama la atención esa coincidencia?

No, sólo es una coincidencia.

Según tú, tu madre se fue por la mañana...

y no era la primera vez que desaparecía.

¡Si te crió tu abuela

porque tu madre no estaba nunca en casa!

¡No me tires de la lengua!

Mi madre se fue por la mañana,

pero fue para reunirse con tu padre en la casilla.

Eso es mentira. Nadie la vio.

Claro, ya se cuidaría ella de que nadie la viera.

Raimunda,

mi madre estaba liada con tu padre.

¡Pero qué dices!

¡Mi madre adoraba a mi padre!

¡No lo hubiera permitido nunca!

¡Por eso le dejo y se fue a vivir con tu tía Paula!

Se fue a vivir con ella porque mi tía no estaba buena,

pero nunca dejó a mi padre. Se dividía entre las dos casas.

No lo sabes porque no estabas allí

y casi no tenías contacto con tu madre desde hacía años.

Siempre se quejaba de que pasabas de ella como de la mierda.

Con esas mismas palabras.

Tengo muchas cosas oídas.

Una vez oí una discusión entre tu madre y la mía.

Y tu madre le decía que le regalaba a tu padre,

que a ella no le interesaba.

Y que no le arrendaba las ganancias,

porque tu padre sólo sabía hacer

sufrir a las mujeres que le amaban.

¿Qué quieres demostrar, Agustina?

Que la muerte de tus padres

la desaparición de mi madre están relacionadas.

¿Y por qué no lo has denunciado a la policía?

Porque la policía pregunta mucho

y los trapos sucios debemos lavarlos entre nosotras.

Por eso tampoco quiero ir a la tele,

y mira que insiste mi hermana.

Pero esto lo tenemos que arreglar entre tú y yo.

Agustina, tengo que seguir trabajando.

Piensa en lo que te he dicho.

Oye, ¿y Paco?

Bien.

Bien, muy bien.

¿No deberíamos llamar a la tía

para decirle que vamos?

Ella no se mueve de casa.

Deberíamos avisarla.

¿Para qué?

No está bien presentarse en casa de la gente sin avisar,

aunque sea tu hermana.

¿Qué te ha dado a ti ahora con la Sole?

Es una cuestión de educación, mamá.

Mira, me vais a tocar el fandango tú y tu tía, las dos.

¡Que ordinaria eres!

¿Qué traes, Raimunda?

Comida para las tres.

A ver ahora qué hago con él en mi casa,

todo el verano, con lo nervioso que es.

¿Por qué te has molestado?

¿Por qué gritas? Cada día estás más sorda.

¡Estoy sorda, sí!

Como una tapia.

Vamos a quedarnos un rato y quiero que me cortes el pelo.

¿Por qué no me has llamado?

Tengo una clienta.

No te preocupes, no tengo prisa. Y tenemos que hablar.

¿De qué?

De la casa de la tía Paula.

¿Puedo ir a ver la tele?

Sí, anda, ves.

Hay que decidir qué hacemos y arreglar los papeles.

Abuela.

Estoy aquí.

No hagas ruido, que está mi madre.

Ya la he oído.

Sole, ¿y la rusa?

¿Quién es la rusa?

Una que tengo para ayudarme.

Le estaba contando que a mi Borja lo han vuelto a expulsar.

Le ha pinchado las ruedas al cura que le da religión.

Se lo estoy contando y me deja sola,

hablando y sin aclarar.

Ha debido de salir.

Ha debido no, que se ha ido corriendo.

Yo te la termino, mujer.

Es que padece claustrofobia

y a veces necesita la mujer salir a la calle.

¡Pues menuda ayuda! ¿Y la pagas?

No, "la tengo recogía".

Come y duerme aquí, le he dado la ropa de mamá.

No me gusta que recojas a gente que no conoces.

Se lo decimos, que es demasiado buena

y la gente se aprovecha.

Mira la rusa, no imagina cómo vive aquí,

como una reina.

¿Y Paco? ¿Qué tal la otra noche?

Muy mal. Vino a casa a por su ropa.

Creo que vive con una,

pero no sé dónde, ni me interesa.

¿Por qué no me dijiste que tenías una rusa?

Se me olvidaría, no sé.

¡Anda, pero si esa es la Agustina!

Muy buenas tardes, Agustina.

Buenas tardes.

Por tu hermana sabemos que

vuestra madre os tuvo de soltera, ¿verdad que sí?

Sí. Mi madre es que... era hippy.

¡Esa es la Agustina!

Y no se casó nunca.

Ya, o sea, que practicaba el amor libre.

Vuestra madre tenía una amiga

que muere justo el día en que ella desaparece,

¿verdad?

Sí.

¿Cómo muere esta amiga?

En un incendio.

En mi pueblo hay muchos incendios,

por el viento solano.

El pueblo de Agustina es

la maravillosa localidad de Alcanfor de las lnfantas,

un pueblo que, según las estadísticas,

posee el mayor índice de locura por habitante.

¿Agustina, tú crees que tu madre

padecía algún trastorno mental?

No, no, no, no.

Mi madre, cuando estaba mal,

como era hippy, se iba del pueblo...

Hasta que un día se fue y no ha vuelto.

Sí, hace ya casi cuatro años.

¿Y su amiga? Nos interesa mucho esa amiga que muere

justo el mismo día en que tu madre desaparece.

Cuéntanos.

¿El qué?

Sí. Que nos hables sobre la señora que muere en el incendio.

Tú sabes que hay rumores...

Yo no creo en los rumores.

Me refería a lo que le has dicho a nuestra redactora.

Algo de esta señora y su marido

que la relaciona con la desaparición de tu madre.

¿Verdad o no, Agustina?

De eso...

prefiero no hablar.

Sólo eran suposiciones mías.

Ya, pero es que tú has venido aquí

a hablar de esa señora y de tu madre ¿eh?

Ya, pero lo he pensado mejor.

¿Qué te pasa?

No te veo cómoda, estás un poco nerviosa.

A mí me gustaría explicar que Agustina ha venido aquí también

para comunicarnos que le han diagnosticado

una enfermedad mortal. ¿No es así?

Agustina tiene cáncer.

Tienes cáncer, Agustina.

Pero no estés nerviosa,

que estás entre amigos.

Venga, un fuerte aplauso para Agustina.

Agustina alberga un deseo:

es ir a una clínica de Houston.

Pero para ir a Houston, tienes que hablar claro.

Te recuerdo que te has comprometido con esta cadena.

¡Agustina!

¡Agustina!

La Agustina vino a verme al restaurante.

¿Ah, sí?

Está empeñada en que mamá se nos aparece.

Quiere que le pregunte por su madre.

También dice que, cuando desapareció,

su madre estaba liada con papá.

¿Tú sabes algo de esto, por casualidad?

No.

Bueno, me lo dijo mamá, después de...

¿Después de qué?

Después de que ella se enterara.

Sole, mírame.

¿Hay más cosas que yo debería saber

y que no sé?

Mogollón.

Pero si te las digo

te vas a ´´inritar´´ o no me creerás.

Te prometo que te creeré y que no me irritaré.

Mamá ha estado apareciéndose continuamente.

¿A quién?

Siéntate.

Estuvo con la tía Paula hasta que se murió.

Ella avisó a la Agustina y abrió la puerta

para que descubriera a la tía muerta.

Ella le ponía el dinerico para que le trajera el pan

y dejó el entierro pagado.

¿Todo eso hiciste, abuela?

Sí.

¿Quién te ha dicho todo eso, la Agustina?

¿Ves cómo no me crees?

¡Sole, la Agustina está loca!

La última vez que vimos a la tía

tú misma dijiste que te parecía increíble

que la tía pudiera vivir así,

con esa cabeza y medio ciega.

¿No te acuerdas?

Sí, pero ¿qué me quieres decir con eso?

Que la tía no estaba sola.

¿Quién crees que hacía los barquillos

y nos los ponía en un Tupperware, uno para ti, y otro para mí?

¿Quién se trajo las muñecas y las cosas de la tía

antes de que las vecinas arramblaran con todo?

¿Lo entiendes ahora?

¿La has visto tú?

Sí.

¿Es ella por casualidad

la rusa?

Sí.

¿Y dónde está?

Ahí.

Mamá.

Pero, ¿qué haces ahí?

Pero, ¿no estabas muerta?

He vuelto para pedirte perdón.

Yo no sabía nada, hija mía.

Ni me lo podía imaginar.

Vámonos, Paula.

¡Raimunda!

¡Mi niña!

¡Mi niña!

Ya ha pasado lo peor.

Ya me ha visto,

y no me ha rechazado, ¿verdad?

No.

¿Es verdad que has vuelto para pedirle perdón?

Y también para estar contigo.

¿Algún día me explicarás qué está pasando?

Si, y ese día espero que me comprendas, Sole,

y que tú también me perdones.

Mamá...

Toma.

Tengo que hablar con ella.

¿Por qué no volvemos?

¿Ahora?

Claro.

¡He soñado tantas veces con esto!

Yo también.

No sé por dónde empezar.

No eres un fantasma, ¿verdad? No estás muerta.

No, hija mía, no.

Me quitas un peso.

Pero, si me hubiera muerto,

habría vuelto para pedirte perdón

por no haberme dado cuenta de lo que te pasó.

Estaba ciega.

Me enteré el mismo día del incendio.

¿Es cierto que habías dejado a papá?

Sí.

¡No podía con los cuernos!

La tarde del incendio

tú llamaste y hablaste con la tía.

Como siempre, no te dignaste a preguntar por mí,

y yo me enfadé y le dije a la tía que eras una descastada.

Y como seguía echando pestes,

la tía

salió en tu defensa,

y me lo contó todo.

Que tu padre había abusado de ti,

que te quedaste embarazada...

y que Paula

es tu hija,

y es tu hermana.

Yo no me lo podía creer.

¿Cómo pudo ocurrir semejante monstruosidad, delante de mis ojos,

sin que me diera cuenta?

Entonces lo entendí todo.

Entendí tu silencio

y tu distanciamiento.

Entendí que tu padre se fuera a trabajar a Venezuela,

incapaz de asumir la vergüenza de lo que había hecho.

Entendí que,

después de casarte con Paco,

te vinieras a Madrid

y no quisieras saber nada de nosotros.

Yo te odiaba por no haberte dado cuenta de nada, mamá.

Y tenías toda la razón, hija mía.

Cuando me enteré,

¡no sabes cómo me puse!

Fui a la casilla dispuesta a arrancarle los ojos.

Y me lo encontré durmiendo la siesta con la madre de Agustina,

¡agotaícos los dos!

Ellos no me vieron.

Prendí fuego a la casilla.

Era un día de viento,

y en poco tiempo las llamas lo devoraron todo.

No les dio tiempo a despertarse.

¿Las cenizas que hay enterradas en tu lugar

son de la madre de la Agustina?

Sí.

Después,

anduve perdida por el campo unos cuantos días.

Escondida,

como un animal.

Yo pensaba entregarme,

pero antes

me pasé por donde la Paula, para verla.

Y la encontré tan mal...

Ella, cuando me vio,

no se extrañó lo más mínimo.

Yo venía del pasado, que era donde ella vivía,

y me recibió como si acabara de salir por la puerta.

La tragedia le hizo perder la poquita razón que tenía.

No podía dejarla sola,

así que me quedé cuidándola

hasta que se murió.

Mamá, en el pueblo creen que eres un fantasma.

Eso es lo bueno de estos pueblos tan supersticiosos.

Para mí ha sido más fácil seguirles la corriente

que decir la verdad.

Yo pensé me llevarían presa,

no podía imaginarme que nadie investigaría

o me castigaría,

aunque todo este tiempo

te juro que he vivido en un auténtico purgatorio.

Nunca mejor dicho.

Es pronto para llegar al pueblo.

No deberíamos llegar de día.

¿Por qué no pasamos antes por el río?

Hace tanto tiempo que no lo veo...

Ya no es lo que era, mamá.

Está seco.

¿Y tú como lo sabes?

Pues, porque hay sequía en toda España,

Sole, que no te enteras de nada.

Aquí veníamos muchas veces de merienda.

¿Te acuerdas, Raimunda?

Sí.

Claro, que entonces había más agua.

Os he dicho que estaba sequito.

¿Comemos algo?

Yo no.

Yo me como una rosquilla.

Pues yo también.

Este era el lugar preferido de tu padre.

¿De Paco?

Sí.

Era lo único que echaba de menos:

el río.

Me gusta que descanse aquí.

Venga, que ahora no hay nadie.

Si estuviera la Paula

y nos viera ahora,

a todas junticas,

¡cómo habría disfrutado!

Oye, niña, ¿tú siempre has tenido tanto pecho?

Yo sí, mamá, desde pequeña.

Ya... Es que te recordaba con menos.

No te habrás hecho algo, ¿no?

¿Qué me voy a hacer? ¡Qué cosas tienes!

Vale, vale.

Abuela, ¿tú te montabas en la bici?

Sí. Media hora todos los días.

Es buena para la tensión y para el corazón.

¿Y la tía Paula qué decía cuando la veía?

Se tronchaba de la risa.

Hasta luego.

¿Será la tía Paula?

Sole, no empieces.

Voy a ver quién es.

Quitad el plato y los cubiertos de mamá.

¿Quién es?

Soy la Agustina.

Estamos cenando, acabamos de llegar.

Perdonad que os moleste.

Pasa, no te quedes ahí.

Gracias.

Buenas noches.

Buenas noches.

Siéntate, mujer.

Gracias.

Vengo a pediros perdón por lo del programa de TV.

No debiste ir, Agustina. Eso no estuvo bien.

Ya lo sé.

No es por justificarme,

pero me ofrecieron llevarme a Houston,

que, por lo visto, allí lo curan todo,

pero yo no valgo para eso.

Prefiero morirme sola en mi casa, pero tranquila

y pudiendo miraros a la cara.

Mamá, yo me subo, ¿vale?

Sí, sí, ves.

¿Quieres cenar?

No, no, gracias.

He oído que venís a vender la casa.

Sí.

Eso pensábamos, pero, una vez aquí...

son tantos los recuerdos que yo no sé.

Bueno, pues yo me voy.

Quédate, mujer. ¿Qué prisa tienes?

Que debería ir al practicante a que me ponga una inyección.

En Madrid me han dicho que me acostumbre a ponérmela yo sola,

pero me da no sé qué.

¡Tu hermana no tiene perdón de Dios!

Dejarte vivir sola en estas condiciones.

No me hables de mi hermana.

Como en la televisión no dije lo que querían

pues ahora no me habla.

Está muy enfadada conmigo. Pero yo estoy más enfadada con ella.

Motivos no te faltan.

¡Me dais una envidia!

Vosotras, tan unidas...

¡lrene!

¡Qué ganas tenía de verte!

Pues aquí me tienes.

Me he enterado de lo tuyo,

y me imagino la de soledades que estarás pasando.

Muchas.

Si al menos estuviera tu Paula...

Estoy yo para cuidarte lo que haga falta.

No dejes la puerta abierta.

No te preocupes, ya la he cerrado yo.

¿Has ido al practicante?

No, estoy muy cansada. Mañana.

Mañana estarás perdidica de dolores.

¿Tiene las medicinas y las cosas para pincharte?

Sí, lo compré todo en Madrid.

Muy bien, yo te pondré la inyección.

En esta cama nací yo.

Aquí dormía mi madre.

Y en esta misma cama velamos a tu hermana Paula.

Ya lo sé, Agustina.

Y te lo agradezco mucho.

Tenemos que hablar, lrene.

De todo lo que tu quieras,

pero no le digas a nadie que he vuelto.

No, no te preocupes.

Ah, gracias por no haber hablado de mí en la televisión.

Eso son cosas nuestras.

Desde luego,

y no le importan a nadie.

¡Mamá! ¡Soy yo, abre!

¡Raimunda! ¿Qué haces aquí? Pasa.

Te echaba de menos.

¿Te vas a quedar aquí?

Sí. Hasta el final.

La Agustina está muy mal.

Después de lo que le hice a su madre,

qué menos que cuidarla hasta que se muera, ¿no?

Sí. Mamá, tengo muchas cosas que contarte.

No te he dicho nada de Paco. ¡Menuda papeleta!

Estoy deseando que me lo cuentes todo, pero ahora vete.

Nos veremos todos los días. Entre nosotras nos apañamos.

Sí.

Te necesito, mamá.

No sé cómo he podido vivir todos estos años sin ti.

No me digas eso, Raimunda,

que me pongo a llorar.

Y los fantasmas no lloran.

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