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¿No tienes la sensación de que
va a ser el mejor fin de semana de nuestra vida?
- Cristina. - Sorpresa.
No pensaba que se fuera a presentar aquí.
Esta noche voy a ir a cenar con ella, pero a la una te voy a ir a buscar a la habitación.
Vamos a usar la cabeza, por favor.
Esa es la única parte
de mi anatomía que no pienso usar esta noche.
Tu marido tiene una cama en el hospital gracias a mí.
Si quieres que tu marido siga allí,
ven a verme a esta dirección.
Doña Cayetana y su esposo la esperan en el probador.
No me encuentro bien, ¿podría mandar a otra?
Sabe muy bien que esos señores siempre la reclaman. Vamos, suba.
¿Por qué no está aquí Luisa?
Luisa ha tenido un accidente.
Si quiere una modista aquí tiene una.
Pero si quiere otra cosa,
va a tener que buscarla fuera de mi taller.
- ¿Doña Cayetana? - Sí.
¿Podría hablar con usted un momento?
Es sobre don Francisco.
Mi marido se ha encaprichado de ti, sí, ¿y qué?
Lo cierto es que no eres la primera ni serás la última.
¿Tú creías que no sabía nada?
¿Que no me lo iba a decir?
¿Qué pensarías tú si yo le dijese a tu esposo
- lo de la visita que me hiciste a la pensión? - No lo haga, por favor.
¿Crees que te mereces que te haga algún favor?
Le voy a pedir que se case conmigo.
Te estás precipitando.
No, no, que son seis años, es el momento justo.
Clara, ¿te quieres casar conmigo?
¿Estás rezando, Pedro?
Tampoco te creo que te cueste mucho imaginar lo que va a pedirte, ¿no?
- Ya. - Tendrás que darle una respuesta.
- ¿Pedro? - ¿Qué?
Se llama Manolito.
Bueno, mi hijo y el tuyo.
- ¿Mi hijo? - Lo tengo todo preparado.
Le dije que necesitaba el dinero por la mañana,
así que me imagino que irá al banco a primera hora.
- Nos vemos allí. - Ayer te dije que iba a ayudarte.
Toma.
Son los ahorros de veinte años de trabajo.
Espero que entiendas el valor que tiene este dinero.
La mitad de lo que Blanca tenía en su cartilla.
Tu parte. La cartera.
La tenía aquí en el bolsillo, me la han robado.
Ha sido él.
Mi nombre es Maximiliano Expósito.
Me crié en el orfanato Virgen del Carmen.
Cuando tenía siete años conocí a Eduardo.
Su madre también lo había abandonado y
sabía si nombre:
Blanca Soto Fernández.
Siento haberle mentido.
- ¿Dónde está mi hijo? - Falleció hace tres meses.
Ha venido un hombre a hablar conmigo.
Sabe lo de Cuba, señora.
No me lo dijiste, pero
me informaron de que alguien te chantajeó.
Alguien que sabe muchas cosas de tu pasado y del de Rafael.
Cosas que interesarían mucho a mi sobrino Alberto.
No se te ocurrirá.
Uno se vende al mejor postor. Pilar ha resultado ser
- muy buena... - ¿Cuánto quiere ahora?
El doble de lo que me dio la última vez.
Es usted un desgraciado.
Mañana por la noche.
[timbre del ascensor]
Doña Gloria.
Qué sorpresa verla por aquí a estas horas. Aún no hemos abierto.
Sí, buenos días, Emilio. Bueno, es que
vengo a traerle un
listado de los invitados a la boda a mi hijastro
porque creo que ya están preparadas las invitaciones.
Según me han dicho don Alberto no llega de París hasta dentro de un par de horas.
Ah, pues no sé,
me habré liado con los horarios de los vuelos.
Pero, en cualquier caso, se lo dejaré sobre la mesa y así lo ve cuando llegue.
- Gracias. - Buenos días.
- Buenos días, doña Gloria. - Buenos días, Clara.
Discúlpeme, no le oí llegar. Estaba con
todo el papeleo de las nóminas, ya sabe que hoy es día de pago.
No te preocupes.
¿Puedo ayudarle en algo?
Pues mira, te traía una lista con los nombres y las direcciones para las invitaciones
que creo que ya están aquí.
Sí. En cuanto llegue don Alberto yo se lo entregaré de su parte.
- Gracias. - De nada.
[Cristina] Espera un momento.
Lo he pasado muy bien, Alberto.
Gracias.
Solo eso.
[Pedro] Don Alberto, doña Cristina,
- bienvenidos. - Gracias.
¿Qué tal el viaje?
Fantástico.
Qué bien ¿Le subo las maletas a su despacho, don Alberto?
Sí, Pedro. Gracias.
Alberto,
¿estás bien?
Sí, sí, solo estoy un poco cansado.
Además hay muchas cosas que hacer aquí.
Entiendo que estés nervioso pero todo va a salir bien,
- ya lo verás. - Ya lo sé, gracias.
Emilio.
Espero que hayan disfrutado del viaje.
¿Alguna novedad?
En su ausencia han llegado las invitaciones de boda.
Doña Gloria ha dejado en su despacho
las direcciones de los invitados de la familia
para que le sean enviadas cuanto antes.
Me pongo con ello ahora mismo.
Muchas gracias. Te veo arriba.
- ¿Algo más? - Pues nada reseñable.
Nada excepto su hermana.
Llega cada día a su hora
y le aseguro que vende más
que el resto de las dependientas.
Gracias, Emilio.
Y con esto habríamos terminado.
Muchas gracias por todo, querida.
Eres fantástica.
- El mérito es de la modelo. - Muchas gracias.
Alberto.
¿Qué tal?
¿Cómo ha ido en París?
Dime que me has traído algo.
Qué contenta estás.
Bueno, ¿es que no puedo alegrarme de ver a mi hermano?
Sería la primera vez. No sé por qué tendrías que empezar ahora.
Ya me han dicho que no paras de vender.
Bueno, sé que no me creerás cuando te diga que me encanta
este trabajo pero es la verdad.
[Rita] Chica, qué prisas.
¿Tantas ganas tienes de volver a trabajar?
De lo que tengo ganas es de soltar todo esto.
- [Alberto] Ana, eh, ¿podemos hablar un momento? - Quita, Alberto.
No.
¿Qué te pasa?
Lo siento.
Vamos a hablar, por favor.
Ana.
¿Necesita alguna cosa?
No, gracias.
Ana.
Los encargos
os esperan en el taller.
Yo también me alegro de verle, tío.
¿Y el viaje?
Bien. Mucho trabajo.
Como debe de ser.
Pues nada, chica,
ya estamos aquí otra vez.
Mira que yo no había salido de mi casa más que para ir a Madrid.
Pero dos días y como que ya me había acostumbrado,
¿sabes?
Y ahora a olvidarse de París.
¿Te imaginas que nos hubiésemos quedado a vivir ahí?
Yo sí que me lo imagino.
[Ana] Ojalá todos los días de mi vida fueran así.
[Alberto] Lo serán. Te lo prometo.
[ríe]
¡Je l'aime!
Te quiero.
Mon amour.
[risas]
[Rita] ¿Me estás escuchando?
¡Ana!
Date prisa que tenemos que irnos, venga.
Ya, hija, ya.
- Buenos días. - Hombre.
- ¿Qué tal, Mateo? - ¿Te estabas escondiendo de mí?
- ¿Cómo ha ido todo? - Muy bien.
Las modelos están convocadas.
Madre mía las modelos, ya te contaré.
Los pedidos de telas están en marcha y yo aquí esperando
desde primera hora de la mañana a que me cuentes tus novedades y tu viaje.
Para la empresa bien.
Como subdirector me encanta oir eso.
Como amigo me preocupa que sea lo único
que tengas que contarme de la ciudad del amor.
La ciudad del amor.
[teléfono sonando]
Y, además, te hemos traído un regalito.
¿Sí,
qué es?
Pero si esto es una boina de toda la vida de Dios.
Hala.
¡Pero mujer, que no te la tienes que poner a rosca!
Que esto, esto se pone así, es
es más sutil, más elegant .
Bueno, cuéntales con quién te cruzaste en el restaurante.
- ¿Con quién? - Con Coco Chanel.
¿Qué dices? ¿Y le dijiste algo?
No, porque la vi, volví a mirar y ya no estaba y no pude.
¿Y subisteis a la torre Eiffel?
Sí, por la noche. Se ve todo París iluminado. Más bonito
Sí. Raúl decía que era como
si el cielo se reflejara en el suelo.
Uy, Raúl, Raúl.
- ¿Ahora el señor de la Riva es Raúl? - Sí.
[ríen]
¿Y qué tal los parisinos? ¿Son tan guapos como dicen?
Yo no digo rien.
Y quien rien , otorga.
[Clara] Pero bueno, ¿así que llegas de París y no pasas a saludar a tu hermana?
¿Qué tal estás?
¿Alguna novedad?
- ¿Me acompañas a fumar y me cuentas tu viaje? - Sí, claro
[Rita] ¡Y la comida! Tienes que probar la comida francesa, Clara.
Mucha mantequilla, pero bueno,
a ti eso te daría igual que comas lo que comas siempre estás estupenda.
Que no digo yo que un buen cocido no sea para chuparse los dedos,
pero es que los croissants que ponían para desayunar en el hotel,
pecado mortal.
- ¿Me estás escuchando? - Ajá.
¿Y qué he dicho?
Que te gustó mucho la torre Eiffel.
Rita, es que es Mateo.
¿Otra vez con eso? Qué perra te ha dado, chica.
¡Que yo no he hecho nada! Es él, que me está buscando las cosquillas.
Me ha dicho
que Pedro me iba a pedirme que nos casáramos.
¿Y no te lo ha pedido?
¿Qué te lo iba a pedir?
¿Pero qué me dices?
- Me dejas de piedra. - ¿Tú lo sabías?
Pues sí. Pero ¿y qué iba a hacer?
- ¿Iba a ir corriendo a contártelo? - Pues sí,
pero lo más importante, si iba a pedírmelo, ¿por qué no lo ha hecho?
No habrá encontrado el momento adecuado.
Pues sí que lo ha encontrado para contárselo a todo el mundo.
¿Y tú quieres que te lo pida?
[Cristina] Hola.
Qué bien, ya creía que me ibas
a dejar sola con las invitaciones.
El texto está bien.
La caligrafía es preciosa y el color
yo creo que va perfecto sobre el blanco roto
- del papel, ¿qué te parece? - Bien.
Si hay algo que no te convence, dilo ahora ¿eh?
Si no vamos a tener que enviar dos veces.
- No, están bien así. - Ajá.
Y había pensado
que podíamos incluir un dibujo nuestro debajo del texto.
Desnudos,
con una rosa en la boca, ¿cómo lo ves?
Si a ti te parece bien.
El que me parece que no está bien eres tú.
Estoy bien,
estoy cansado. Me hubiera gustado descansar antes de incorporarme.
Ha sido culpa mía, por tenerte despierto hasta tan tarde.
Pero, si te digo la verdad,
no me arrepiento en absoluto.
Yo tampoco.
Voy a echar muchísimo de menos esa sonrisa por las mañanas.
Cualquiera que te oiga, ni que hubiéramos estado allí una eternidad.
No.
Eso, después del matrimonio.
Y, oye,
que si te arrepientes,
todavía estás a tiempo.
¿Por qué no te tomas el día libre?
- Buscaremos el mejor Tom Collins de Madrid. - Tengo que ponerme con esto, Cristina
Y yo no te estoy dejando,
¿verdad? Lo siento.
No es eso, mujer.
No, no, no. Si en el fondo,
me encanta que seas así de responsable.
¿No te molesta?
Lo que me preocupa
es verte con esa cara.
Me llevo una para enseñársela a mis amigas.
Adiós.
Adiós.
Uy, Mateo.
- Bonjour, mademoiselle. - Bonjour.
No esperaba encontrarte por aquí.
Pensé que estarías descansando después de tu viaje.
Bueno, es que hay que hacer muchas cosas antes de una boda.
Sobre todo si, en lugar de ocuparte de ellas, decides
irte de viaje a París.
No sé si se sorprendió más, Alberto o yo
cuando me contó que estabas por allí.
Pues espero que él,
- y que la sorpresa fuera buena. - Dímelo tú.
[ríe]
No me lo digas. Tú sonrisa te delata.
Por un momento creía que Alberto no habría tenido tiempo
para atenderte con todo el asunto de las telas
pero es evidente que no ha sido así.
Si uno sabe organizarse bien, hay tiempo para todo.
Cierto, las tiendas cierran a las ocho y queda toda la noche por delante.
[ríe]
Bueno, supongo que...
Que la cena duró un poco más de la cuenta,
que yo había tomado dos copas de más y que
lo estábamos pasando tan bien que se nos fue el santo al cielo,
y ya sabes.
No. No lo sé. Cuéntamelo.
[ríe]
- ¿Pero tú? - ¿Qué?
Tú.
Tú eres un listo.
- Y un golfo. - Pero ¿por qué? Cuéntamelo,
cuéntamelo.
Todo lo que necesitas saber
es que soy una buena chica.
Adiós, Mateo.
Adiós.
Esto sí que es vida.
Ya podía doña Blanca ponerse enferma todo el día.
[teléfono suena]
[teléfono suena]
[teléfono suena]
Era para ti.
Tienes que hablar con él, Ana.
Que igual te estás preocupando sin razón
y la otra noche no pasó nada.
[Luisa] Oye, ¿qué ha pasado?
La torre Eiffel, Coco Chanel y cosas maravillosas
pero, por esa cara que traes, desde luego el viaje de vuestra vida no ha sido.
No ha sido lo que yo esperaba, no.
Cristina se presentó en París.
No.
Tuve que quedarme con Rita en el hotel
esperando a que volviera de cenar con ella.
Pero espera que eso no es lo peor.
Llegó dos horas tarde
y encima vi a Cristina meterse con él en la habitación.
Conclusión, nunca te quedes en un hotel esperando por un hombre.
Ay, Ana, lo siento.
No te preocupes.
¿Aquí qué tal? ¿Cómo os ha ido?
Os he echado mucho de menos.
Ay, y nosotras.
Bueno, y lo mejor de todo ha sido doña Blanca.
Que últimamente se comporta como si tuviera corazón.
Alguien se lo habrá robado.
[ríen]
¿O qué?
[Carmen] Fiebre no tiene.
Que sabrás lo que tengo.
Pues no, no lo sé. ¿Y sabe por qué?
Porque nunca me cuenta nada.
Pero eso es algo a lo que ya estoy acostumbrada.
Perdóneme por preocuparme por usted, madre.
¿Quiere que llame a un médico o no?
No, vuelve al trabajo.
[puerta se abre]
Doña Blanca.
Doña Blanca, ¿se encuentra bien?
¿No contesta?
No. Inténtelo usted.
Doña Blanca.
Vuelva
a su trabajo.
Doña Blanca.
¿Es que no me pueden dejar tranquila ni cinco minutos?
Voy.
Solo quería comprobar si estaba bien.
Pues no. No estoy bien.
¿Le sorprende, verdad?
Pues sí, me sorprende. Yo pensaba que era usted la única persona en el mundo
capaz de no enfermar ni un solo día en veintitrés años.
¿Quiere que le llame a un médico?
No, gracias.
No se preocupe por el taller.
Rita se encargará de las modelos que van a pasar los trajes del señor de la Riva.
- Muy bien. - Si necesita algo.
Me las arreglaré. No se preocupe.
[suspira]
[puerta se abre]
Pensaba que no ibas a venir.
Llevo todo el viaje intentando hablar contigo y no me lo has puesto nada fácil, la verdad.
Tengo que volver al taller así que si quieres hablar, habla.
¿Es porque se me hizo tarde en París? ¿Por eso estás tan enfadada?
Cristina había venido desde Madrid solo para darme una sorpresa,
quería pasear después de cenar, ¿qué tenía que hacer?
Nada más llegar al hotel fui a tu habitación, y te estuve llamando a la puerta.
¿Nada más llegar al hotel?
Sí.
Alberto, vi cómo Cristina entraba en tu habitación mucho antes de que vinieras a la mía.
No pasó nada, Ana.
Se tomó una copa en mi habitación y luego se quedó dormida.
¿En tu cama?
¿Qué iba a hacer, despertarla y echarla?
Contármelo.
- No quería que te preocuparas. - ¿Preocuparme por qué?
Si no pasó nada.
- ¿O sí? - No pasó nada. Ya te lo he dicho.
Y si pasara, Alberto, ¿me lo contarías,
o tampoco me querrías preocupar?
Tienes razón, te lo tendría que haber contado, lo siento.
Yo te quiero, Ana.
Y yo.
Pero ya no es suficiente.
Necesito tiempo, Alberto.
¿Tiempo para qué?
Tiempo para no sentir que me traicionas cada vez que estás con ella.
Yo no te estoy traicionando, Ana. Yo me estoy sacrificando por los dos
porque tú me lo pediste.
¿Ya no te acuerdas?
Sí.
Pero no es tan fácil.
[puerta se abre]
[puerta se cierra]
[don Emilio] Así que pónganse a trabajar
como si estuviese Doña Blanca,
- y si hubiese algún problema... - No se preocupe,
don Emilio, yo me encargo. No va a haber ningún problema.
Eso espero.
¿A qué estáis esperando?
- ¿Qué ha pasado? - Doña Blanca ha dejado a Rita a cargo del taller.
¿Quieres hablar?
Ahora no.
[dando palmadas]
Venga señoritas, no se detengan,
que no queremos que les coja el frío.
Quiero que cuando llegue el señor de la Riva estén tomadas
todas las medidas de las modelos.
No, si al final va a resultar que has nacido para mandar, Rita.
Doña Rita.
¿Sabes lo que más me gusta de esto?
Que doña Blanca no está. Que no es que me alegre de que esté enferma.
¿Eh? Que no soy así de mala,
pero no sabes lo bien que se estaba en París sin sus gritos.
¡Mercedes! Hija. Un poco de vida que es para hoy.
[modista] Luisa, tienes una visita abajo.
[Rita] Aquí, las medidas.
Juan.
En carne y hueso.
Bueno, casi más hueso que carne.
Ay, madre mía.
[ríen]
Pero ¿qué haces aquí?
Que me han dado el alta.
Creen que la enfermedad ha remitido del todo.
Estoy mejor, Luisa.
Y ahora mucho mejor.
Bueno, ¿y tú qué tal estás?
Bien,
ahora muy feliz.
Pero ¿por qué no me han dicho que venías?
¿Y perderme esa cara de sorpresa?
[ríen]
[Juan tose]
- Estoy ocupada, Pedro. - Ni que lo jures, que no me has saludado.
¿Pero qué te tengo que traer, unos "curasanes"
- para que me hagas caso? - Que ahora no puedo.
Pero ¿qué te hablo en francés ahora?
Rita, ¿puedes? Por favor. Te esperan arriba.
Oye, por favor, ¿se puede saber qué te pasa?
- ¡Que estoy harta de estar en medio! - ¿Qué?
Me dices que vas a pedirle a Clara que se case contigo,
- ¿y de pronto te echas atrás? - Por favor.
A mi hermana la tienes loca perdida.
A ver, ella no sabía que yo me iba a casar con ella, ¿eh? Por Dios.
Pues resulta que sí que lo sabía.
¿Qué es lo que no le estás contando? Pedro.
Si se lo digo, me deja.
- No digas tonterías. - Que sí.
Que ella no lo va a entender nunca. Que ella no es como tú, Rita.
Siempre he pensado que si cometo
el mínimo error,
ella me deja, ¿eh, Rita?
Es que tú estás siempre que lo necesito, ¿no te das cuenta?
Menos ahora. Ahora me marcho que tengo mucho trabajo. Adiós, Pedro.
Es sopa,
- sé que no le gusta pero... - Carmen.
Lo siento.
Sé que no he sido la mejor madre para ti.
Pero te seguro que siempre he hecho lo que creía que era lo mejor.
Tómesela.
Gracias.
[suspira]
¿Sabe?
He echado muchas cosas en falta de usted cuando era niña.
Pero hay una que sí que me ha enseñado bien.
Y es que pase lo que pase,
hay que levantarse y salir adelante.
Si lo prefiere más oscuro,
tendría que ser ese de allí.
Si me disculpa un momento.
Carmen,
- ¿has ido a ver a tu madre? - Sí.
¿Y cómo se encontraba?
Pues parece que está mejor.
Al menos ha comido algo.
Me alegro.
Max, gracias por preguntar.
Muchas gracias.
Disculpe, señora, estaba atendiendo.
[ríe]
No te apures, tengo todo el tiempo del mundo.
Además, tratándose de la empleada de la semana,
ya supongo que estará muy ocupada.
Se comenta hasta en el Club de Campo.
Sí, hija, sí.
Estás en boca de todos.
[ríe]
Le agradezco el cumplido, señora.
¿Señora?
Ah, entiendo, quieres ser la empleada del mes.
Muy bien, pues busco un regalo.
- ¿Para quién? - Para mi hija.
Es más o menos de tu edad,
y estoy segura de que tú me puedes ayudar a darle una sorpresa.
Bueno, pues una joya me parece un regalo fabuloso.
¿Qué le parece este solitario?
¿O un collar de oro?
- Veinticuatro quilates. - Precioso.
Estoy segura de que su hija no pondrá pegas a un regalo
tan delicado y excepcional.
Sobre todo si se trata de un regalo de disculpa
¿De disculpas yo?
Bueno,
hay gente que no sabe decirlo con palabras y prefiere usar un regalo.
Seguro que a su hija no le importa.
Estoy convencida de que es una chica excepcional.
Sí,
hasta que dejó de hacer caso a su madre.
¿Sabes qué?
Que te agradezco el esfuerzo pero creo que he cambiado de opinión.
Al fin y al cabo mi hija,
está muy por encima de bienes materiales. Fíjate que hasta se ha puesto a trabajar.
Y parece que hasta le gusta.
Así que,
no le voy a hacer el regalo.
No vaya a ser que piense que no valoro
su capacidad para comprárselo con su trabajo.
Gracias. Ha sido un placer y no te preocupes
porque cada vez que quiera comprar algo
serás la primera dependienta a la que recurra.
Buenas tardes, señora.
Le diría que se lo gastara en ropa, pero me estaría aprovechando.
- ¿Nombre? - Elena.
- Elena Jiménez. - Un nombre precioso.
Eso se lo ha dicho a todas.
¿Qué culpa tengo yo de que tengan unos nombres tan bonitos?
Creo que ya están listas. Y ahora, lo más importante: mi tarjeta.
Guárdenla bien.
Vale mucho más que esos talones.
Disculpe, don Mateo, no sabía que estaba tan ocupado.
No se preocupe.
Chicas, os presento a Clara,
mi secretaria.
Clara, te presento a Ana, Sara, Matilde, Julia.
Yo soy Elena.
Es fácil confundirse entre tanta belleza.
- ¿Dónde quiere que le deje su café? - Donde quieras.
Buenas tardes, don Alberto.
Disculpen,
voy a pedirles que se marchen antes de que comprueben que este señor
es mucho más atractivo que yo. Gracias.
Gracias.
Hasta luego, Elena.
[puerta se cierra]
[Mateo] Un poco pronto, ¿no te parece?
¿Qué ha pasado?
Ana en París vio entrar a Cristina en mi habitación.
Y está enfadada.
Un poco.
¿Tiene motivos para estarlo?
Si me estás preguntando si me he acostado con Cristina, la respuesta es que no.
Pero me tengo que alejar de Cristina, Mateo.
Ana es la mujer de mi vida. Estoy haciendo todo esto por ella,
pero no sé que me está pasando.
¿Quieres que te lo diga yo?
Cristina es una mujer atractiva,
inteligente, divertida.
He visto cómo te reías con ella muchísimas veces.
Es fácil la relación, es fácil sentirse a gusto con ella.
Piensa, ¿y si Ana no existiese?
- ¿Qué? - ¿Serías feliz con Cristina si Ana no existiese?
- No me puedo imaginar la vida sin Ana, Mateo. - Responde la pregunta, Alberto.
¿Qué pasa?
“Si no quiere ver estas fotos en los periódicos, deje un maletín
con 100 000 pesetas en la calle Alcalá, 158.
Hoy a las diez de la noche”.
¡Clara!
¿Ha venido alguien a dejarme este sobre?
No he visto a nadie, pero Pedro ha subido esta mañana el correo.
- Lo habrá traído él. - Dígale que suba, por favor.
[puerta se cierra]
No, Rosita, lo que me pides es imposible. Yo tengo muchísimo trabajo.
De verdad que no tengo tiempo para nada.
Mira, quedamos esta noche y lo hablamos.
Vale, vale, quedamos ahí.
Venga. Hasta esta noche,
Un beso, chao.
- Adiós. - ¿Con quién has quedado tú esta noche?
Con mi con mi primo Roberto.
Que ha venido a Madrid y...
Y se queda, se queda esta noche en la ciudad.
Ah, con tu primo.
- Sí. Bueno, es que tengo muchísimos. - Últimamente quedas mucho con tus primos.
¿Y a tu primo Roberto le dices: "Un beso"?
¿Qué?
Bueno, sí, sí.
Porque sabes que somos uña y carne.
Yo te invitaría a que vinieras con nosotros, pero ya sabes
cómo es Roberto con sus cosas. Que si no eres
de la familia, él es cabezón, cabezón, cabezón.
Ya, anda, sube al despacho, que don Alberto quiere hablar contigo.
- ¿Cómo? - Y dale recuerdos a tu primo Roberto de mi parte.
- Tú lo has oído, ¿no, Rita? - ¿El qué?
Que me ha mentido en toda la cara.
Que me ha dicho que esta noche ha quedado con su primo Roberto,
y he oído cómo decía: "Un beso". "Un beso".
Tú a tu primo no le dices: "un beso”, "un abrazo", todavía.
- Pero, "un beso". - A ver, a ver, a ver, frena,
que igual estás siendo un poquito desconfiada.
Tienes que ayudarme con Pedro, por favor. Necesito saber qué es lo que está pasando.
Llámame loca, pero. ¿Has probado a preguntarle?
- Tienes que seguirle. - ¿Qué?
Solo para saber con quién ha quedado.
Si me ve a mí, pensará que pasa algo raro, pero de ti no va a sospechar nunca.
Pero ¿tú te estás oyendo?
Rita, por favor, necesito saber si me está engañando.
Que no, que no. Que Pedro y tú sois novios, y los novios
- hablan para resolver sus problemas. - Pero, Rita...
Que no, que ni Rita ni nada.
Que me he prometido a mí misma que
no me voy a volver a meter en medio. Que...
Que tenéis vuestras vida y yo tengo la mía.
- Pero... - No quieres casarte con él,
pero tampoco quieres que te deje. Si se preocupa por ti, te agobia.
Y si no, no te hace caso. ¿Tú sabes lo que quieres?
Con menudos humos has venido tú de París, ¿no?
¿Por qué?
¿Porque ahora te digo la verdad?
Le juro por Dios que nunca había visto este sobre.
¿Cómo está tan seguro? Es un sobre normal.
Claro, es normal porque no lleva matasellos.
Todos los sobres de las galerías llevan matasellos.
Alguien lo ha dejado aquí esta mañana.
Gracias, Pedro, se puede marchar.
No tiene sentido, Mateo. Todo el mundo aquí sabe que no tenemos dinero.
Saben que harás lo imposible para conseguirlo.
No sé lo que voy a hacer pero, como Gerardo y Cristina
se enteren de esto, estamos vendidos.
Como si no tuviera ya suficientes problemas ya.
[Cristina] ¿Problemas?
Pensaba que te habías ido a casa.
¿Malas noticias?
Nada grave.
- Anda, déjame verlo, que seguro que... - Que no, mujer.
- Está bien. Hola, Mateo. - Hola.
Necesito vuestra opinión,
- Mateo. - Sí, sí.
Así que aquí es donde vives.
Tal y como me lo habías contado, me lo imaginaba peor.
Bueno, prueba a dormir una noche en esta cama y lo mismo cambias de opinión.
No es eso lo que tenía en mente, la verdad.
Pero ¿qué haces, qué haces?
[ríen]
[Juan tose]
¿Estás bien?
El médico dijo que la tos era lo último que se iba.
Ya, y que el aire de la ciudad no creo que te venga muy bien.
¿No crees que podríamos irnos al pueblo a vivir?
- Luisa, aquí tienes un buen trabajo. - Ay,
perdona, hija. La costumbre.
No, no. Esperad, esperad, Es Juan.
- ¿Tu Juan? - Ah.
Sí. Ellas son Rita y Ana.
Mis más mejores amigas.
Las que han hecho que pueda soportar estar sin ti.
No, si al final un momento tan bonito y nos vas a hacer llorar.
Ha merecido la pena, ¿eh?
Me ha hablado mucho de vosotras.
Y de todo lo que le habéis ayudado en este tiempo.
Seguro que no te ha contado lo que nos ha ayudado ella a nosotras.
Ven aquí tú también.
Ay, es que se pone.
¿Y ahora qué vais hacer que está recuperado?
No me digas que os volvéis al pueblo que me matáis de un disgusto.
No lo sé, no lo hemos hablado todavía pero igual nos vamos y me busco otro trabajo.
Pero dónde ibas a estar mejor que aquí.
Sí, ya lo sé, pero tú no vas a ser la encargada toda la vida.
Y, además, a mí ya me echaron una vez.
Bueno, te equivocaste, te perdonaron, y al final no pasó nada.
¿O lo vas a volver a hacer?
No, no.
¿Qué te pasa, Luisa?
Mientras estuvisteis en París tuve un problema con don Francisco.
¿Qué problema?
Lo suficientemente grave como para poner en peligro mi trabajo.
Don Francisco hizo que me readmitieran.
Pues con las mismas puede hacer que me echen.
Pero no me mires así. No pasa nada.
Ahora estoy con Juan y eso es lo que me importa.
Ahora sé que mis esfuerzos han valido la pena, ¿no?
¿Vas a poder con ella después de lo de París?
Mira que ahora soy jefa de taller
y puedo ponerte una excusa.
Podré. Vamos.
Ay, Ana, por favor, dime que está todo igual.
No se preocupe, todo el mundo en París coge algo de peso.
- Es normal, los croissants , los quesos, los patés, - Sí.
Pero parece que, de momento,
está como antes. A no ser que esté metiendo tripa.
Pues no te creas que no lo he pensado, ¿eh?
Bueno, de todas formas,
una cena en le Petit Pois , bien merece la penitencia.
Uy, desde luego.
La comida es maravillosa.
Ay, Ana. Ha sido una de las mejores noches de mi vida.
¿Y después de la cena qué hicieron?
Pues estuvimos paseando
por los jardines de Luxemburgo,
por el bulevar Saint-Michel.
Bueno, es que Alberto parecía otro, ¿sabes?
Estaba como liberado.
Como si, por fin, lejos de todo esto, pudiese ser él mismo.
Estaba feliz, hablador,
atento, todo un caballero.
Bueno, tengo que confesarte que, por un momento, yo...
...casi caigo en la tentación de dejar de comportarme como una señorita.
Pero no cayó en la tentación, ¿no?
No.
Pero ahora, hemos vuelto
y todo ha vuelto a ser como antes.
Le he encontrado a Alberto angustiado.
Ni siquiera le ha prestado atención a las invitaciones de la boda.
¿Las quieres ver?
Mira.
¿Qué te parecen?
Muy bonitas.
Yo pienso lo mismo.
Pero Alberto no les ha prestado atención.
Debe ser la empresa, que no le deja dormir.
A veces me gustaría que no tuviera tanta responsabilidad
y que no tuviera que dedicarle tanto tiempo y esfuerzo
a intentar sacar todo esto adelante.
¿Seguimos?
Sí.
[Mateo] Por favor, reconsidérelo.
Es importante para nosotros.
Gracias.
Necesitamos ese dinero como sea.
Ya no sé a quién más recurrir.
Hoy es día de cobro. Utiliza las nóminas.
¿Y dejar a los trabajadores sin cobrar?
No puedo, Mateo, no puedo hacerles eso.
Entonces no pagues. No cedas al chantaje, y deja que Cristina
se entere de que todo era una mentira.
Y todo lo que hemos hecho no sirva para nada.
Todo lo que está sufriendo Ana.
Alberto, quizá sea mejor demorar el pago unos días
que dejar que se hunda la empresa.
¿Emilio?
¿Ha llegado ya el dinero de las nóminas?
[llaman a la puerta]
Adelante.
Buenas tardes.
Siéntese, Emilio.
Si me disculpan. Emilio.
¿Está todo?
Estaba a punto de repartirlas cuando he recibido su llamada.
- ¿Pasa algo? - Voy a necesitar ese dinero.
Hay una serie de pagos pendientes que no pueden retrasarse,
y no me queda más remedio que utilizarlo.
¿Va a dejar a los trabajadores sin cobrar?
Solo por unos días, hasta que dispongamos de liquidez.
Con el debido respeto, no entiendo cómo puede
contratar a un nuevo diseñador y viajar con él a París
si no dispone de liquidez.
A veces hay prioridades, Emilio, mucho más importantes.
¿Mayores prioridades que la de pagar a sus empleados?
¿Usted cree que lo haría si no tuviera otra opción?
Sinceramente,
no tengo la más remota idea. Con su permiso.
[puerta se cierra]
- [Cristina] Muchas gracias, Ana. - De nada.
¿Cómo ha ido?
Nada, tengo que meter un poco en la cintura
- y unos pespuntes al forro. - No te he preguntado por eso, boba.
Ya lo sé, Rita.
Me ha contado su maravillosísimo viaje a París con Alberto.
No, si sabía yo que no era buena idea
dejarte a solas con la estirada esa.
Bueno, por lo menos,
me ha dejado caer que entre ella y Alberto no ha pasado nada.
¿Ves? Te lo dije.
Si ya lo sé, Rita.
Si yo sé que Alberto me quiere. Nunca haría nada así para hacerme daño.
Entonces, ¿por qué no le perdonas? ¿Por qué sigues tan furiosa con él?
¡No escucho las máquinas, señoritas!
Esto es un taller de alta costura.
Si quiero escuchar los chismes de dos cotorras,
me voy al mercado.
Y usted no se ría tanto,
a no ser que quiera pasar el resto de sus horas de descanso cosiendo botones.
He sonado igual que doña Blanca,
- ¿verdad? - Igual.
Un día más y no me reconozco.
[dando palmadas]
¡Vamos!
[exhala]
¿Qué estás haciendo?
Quiero hablar con usted,
y creo que esta va a ser la mejor oportunidad que voy a tener.
Muy listo.
¡Ayuda!
¿Cómo está?
¡Ayuda!
¡Ayuda, por favor!
¿Es que no hay nadie ahí fuera?
¿Va a pasarse el resto de su vida sin dirigirme la palabra?
¿Crees que tengo algo que decirte?
- Estaba preocupado por usted. - Ya.
Entiendo que no me crea, pero es cierto.
Nunca nadie se había preocupado por mí como usted.
Cállate.
Puede que no sea su hijo.
Pero es la única madre que he conocido.
Que se ha comportado como tal.
Si estás preocupado por si voy a decirle a don Emilio que eres un farsante
deja de esforzarte. No voy a hacerlo.
Y no esperes nada más de mí después de lo que has hecho.
[suspira]
¡Ayuda, por favor!
¡Estamos aquí!
Es doña Blanca, ¿verdad?
No. Pero si doña Blanca está en su cuarto enferma.
¡Estamos en el ascensor!
Que sí, que sí,
- que es doña Blanca. - Que no. Yo no he oído nada. ¿Tú has oído algo?
Que no se va a morir ahí dentro.
Ya está.
¿Rita? Esa risa es inconfundible.
¡Rita!
- ¿Doña Blanca? ¿Está usted ahí? - ¡Sí!
Y usted debería estar ya al teléfono.
¡Bueno, no se preocupe, que enseguida llamamos a un técnico!
Este es el ascensor.
Se ha parado entre el primero y el bajo.
Se parecía a usted.
Era un buen chico.
Bastante mejor que yo.
Y estaba convencido de que su madre no le podía haber abandonado por voluntad propia.
En eso tenía razón.
¿Dónde está?
Su tumba. ¿Dónde está?
En la Almudena.
Si quiere le puedo acompañar hasta allí.
Si quiero ir acompañada no te preocupes que tengo de quién.
Tengo una hija, ¿recuerdas?
Una hija de verdad.
Una hija a la que le ha mentido durante veinte años.
¿Te atreves a juzgarme?
No la juzgo.
Es solo que pensé que entendería lo difícil que es enfrentarse a la verdad.
Pero ¿sabe qué?
A pesar de que ahora no quiera saber nada de mí,
me alegro de haberlo hecho.
Vivir con una mentira así debe ser todavía más difícil.
¿Se puede saber por qué han tardado tanto?
He avisado en cuanto la he oído, doña Blanca.
Asegúrese de que no vuelve a pasar,
- ¿está claro? - Haré lo que pueda.
Ya, eso mismo dijo el último que vino, y mire cómo estamos.
¿Y todas ustedes qué están haciendo aquí?
Esto no es un circo, vamos, todo el mundo a trabajar.
¿Esto es todo lo que ha conseguido que hagan en mi ausencia?
También tomamos las medidas a las modelos.
¿Y?
Y organizamos el taller para cuando lleguen las telas.
- ¿Y? - ¿Y qué más quiere, doña Blanca?
Es la asistente personal del señor de la Riva. Dígamelo usted.
Ah, y si quiere presumir de aventuras parisinas,
hágalo en sus ratos libres.
En mi taller la única palabra francesa que quiero oír
es travail .
Sí, doña Blanca.
¿Y la señorita Ribera?
¿O es que también se ha dedicado a dar horas libres a las empleadas?
Vuelva a su puesto.
¿Qué?
[Alberto] Me piden cien mil pesetas por no difundirlas.
Estoy harto.
No puedo más ya.
Yo no necesito estas galerías para ser feliz a tu lado.
Por favor, pídeme que no las pague y te juro que se acabaron nuestros problemas.
No tengo que fingir que me voy a casar con Cristina. Tú no tienes que esperarme
en un hotel mientras me voy a cenar con ella. Se acabó.
Se acabó todo.
Págalas, Alberto.
Paga.
No hemos llegado hasta aquí para rendirnos ahora, Alberto.
Además, nuestros problemas no terminarían aquí.
Llevo todo el día dando vueltas a lo que pasó en París.
No pasó nada en París, Ana.
Realmente no me importa lo que pasó en esa habitación.
¿Sabes lo que me importa de verdad?
Que siento que cada día te alejas más de mí y te acercas más a Cristina.
Que haya pasado más tiempo con ella estos días no significa nada.
Necesito que te aclares, Alberto.
Necesito que aclares lo que sientas por ella.
Tengo muy claro lo que siento por ella.
Sabes lo que sentías por ella al principio
cuando estar con ella era una obligación.
Sigue siendo una obligación.
Te divierte.
Y es normal. Te entiendo. A mí también me divierte.
Creo que si no estás mejor con ella es porque estás pensando en no hacerme daño.
Yo sé que tú me quieres.
Y yo a ti te quiero.
Por eso necesito que por unos días hagas como que no estoy aquí.
Lo que me pides no tiene sentido, Ana.
¿Por qué, tienes miedo a darte cuenta de que te has enamorado de ella?
Porque es absurdo lo que me estás pidiendo. No tiene sentido.
Quizá sea absurdo,
pero nunca te he gustado por mi cordura.
Te he gustado porque siempre he sido valiente y he sabido enfrentarme a los problemas.
Y eso es justo lo que estoy haciendo ahora.
¿Tienes el dinero?
Pues paga.
Hazlo por nosotros, Alberto.
[puerta se cierra]
[Rita susurrando] Ana, Lucifer ha vuelto.
Cuando quiera, Ana, se pone a trabajar de una vez.
- Lo siento, doña Blanca. Tenía un problema. - No lo agrave con excusas. El mal ya está hecho.
Toma Rita.
¿Estás bien?
Sí.
Aquí está.
No lo dobles que se arruga con mirarlo.
¿Tienes un momento?
Sé que estás trabajando, pero...
Estoy trabajando. Usted lo ha dicho.
No te entretendré demasiado, te lo prometo.
- Le he dicho que no. - Otras veces has dicho que no...
...pero yo sabía que querías decir "sí".
Váyase, o le juro que grito aquí mismo.
Supongo que tener a tu querido marido cerca te
carga de valor.
O eso es lo que tú te crees.
Es un hombre muy generoso.
Abandonar el hospital cuando aún está enfermo,
- es todo un detalle por su parte. - Le han dado el alta.
¿Eso es lo que te ha dicho?
Es mucho más generoso de lo que pensaba.
[tose]
[puerta se abre]
Que susto me has dado.
Pensé que alguien se había enterado de que estaba aquí.
Don Francisco ha estado en las galerías.
Entonces te ha contado que estoy enfermo, ¿no?
Que soy yo el que he abandonado la clínica.
¿Pero es verdad?
¿Por qué me has mentido? No lo entiendo.
Porque sé lo que pasó entre ese hombre y tú, Luisa. Me lo contó.
Al principio me negué a creerlo.
No podía pensar que tú...
Pero luego me di cuenta de que fue la única razón por la que pagó mi tratamiento.
Lo siento. Lo siento mucho.
No tienes nada que sentir, ¿me oyes?
Ese desgraciado se ha aprovechado de ti,
y no voy a permitir que siga haciéndolo.
¿Y tu tratamiento?
No hay nada más importante en mi vida que tú.
Nada.
Y si tengo que morirme para evitar que te ponga la mano encima, lo haré.
¿Pero qué dices, Juan? Tienes que volver a la clínica.
Habrá alguna manera de pagarla, ¿no?
Sabes que no la hay.
Pues te la inventas.
[ríe]
Hazlo por mí.
Te prometo que lo hablaremos mañana.
Hoy es el primer día que estoy contigo en mucho tiempo.
Que puedo mirarte a los ojos.
Que te puedo acariciar.
Y besarte.
No quiero que nadie nos estropee nuestro día.
- Pero si... - Mañana.
No sabes lo mucho que te admiro.
- ¿A mí? - Sí, a ti.
Eres la persona más fuerte que conozco.
- Ay, Rita. - Que no, que es verdad.
Te han pasado un montón de cosas, Ana, y tú sigues ahí,
sonriendo como si no pasase nada.
Vivir en un mar de lágrimas no soluciona nada.
¿No ves? Encima sabes qué decir.
Rita, estuve siete años esperando por él.
Y, al principio, pues estaba fatal, pero luego mejoré y
conseguí ser feliz.
¿Lo eras?
Y lo volveré a ser.
Y tú también. Solo necesitamos un poco de tiempo.
Ojalá tengas razón.
Pues espero que doña Blanca y tu tío no se enrollen mucho. que tú y yo hoy tenemos planes.
- ¿Qué planes? - El Pausa espera, mujer, que es día de cobrar.
Necesitamos una alegría para el cuerpo.
No se molesten en hacer fila.
¿Qué pasa?
Lamento comunicarles que los pagos se van a retrasar
un par de días. Don Alberto les pide disculpas.
Ha surgido un pequeño contratiempo que se intentará subsanar
lo antes posible.
Pero, don Emilio, ¿qué ha pasado?
Un pequeño contratiempo. Nada importante.
¿Qué clase de contratiempo?
Eso atañe a los gestores.
Nada que deba preocuparles a ustedes.
- ¿Esto es algo habitual? - No. Es la primera vez que ocurre algo así.
¡Menudo fastidio!
¡Bueno, basta! ¡Por favor,
por favor, por favor!
Sé que muchos de ustedes necesitan el dinero con urgencia,
pero esta empresa ha cumplido siempre.
Serán solo dos días.
Y en cuanto sepa algo más, yo se lo comunicaré.
Ahora pueden retirarse.
[diálogos ininteligibles]
Para irse de viaje con su prometida a París
si que tiene dinero, y para comprar y comprar tela.
Ahora, para pagarnos a nosotros hay que esperar.
¿Estás bien?
Sí. vamos.
Esperaba que me ayudase a dar la noticia. No ha sido nada fácil.
Aún no estoy recuperada del todo, lo siento.
¿De verdad quiere recuperarse?
Porque no lo va a conseguir hasta que no deje salir
lo que lleva escondido ahí dentro.
No sé de qué me está hablando.
Esta mañana le dije que solo la he visto enferma dos veces,
ahora
y hace 23 años,
antes de que se marchase a Barcelona para hacer un curso de costura.
No, si quiere podemos seguir haciendo
como que yo no sé lo que le pasa pero
le aconsejo,
por su bien,
que haga algo por remediarlo.
[Rita] Pues a mí me da igual.
No me voy a quedar en casa por culpa de esto, ya te lo digo. Salimos.
A bailar, a beber, a gastarnos la paga antes de que nos la hayan dado.
Que yo necesito estar lejos de ya sabes quién,
y tú necesitas quitarte esa cara de vinagre, hija. Y no me digas que no porque...
Vale, salimos.
¿Estás segura?
Oye, que igual he presionado demasiado, que si no te apetece
- ya me busco con quien. - Que sí. Salimos. Noche de chicas.
- ¡Noche de chicas! - ¿Y a mí nadie me ha avisado?
Voy a perdonártelo por esta vez, rubita.
Pero para la próxima avísame un rato antes para que me pueda poner guapo.
¿Rubita? ¿Pero
como que rubita? Que tengo nombre.
¿Ah, sí? ¿Cuál?
¿Y a ti qué te importa?
Bueno, no pasa nada. Solo que voy a tener que seguir llamándote rubita,
rubita.
Rita. Me llamo Rita.
Y es natural, el pelo. Que no es rubio teñido. Que no es que el rubio teñido
esté mal pero, bueno, yo me llamo Rita.
Adolfo.
Y si me invitas a ese plan de chicas te dejo que me llames como quieras.
Vamos a ir al Pausa,
que es un bar que está aquí al lado.
Seguro que a Rita le encanta que la invites a un San Francisco.
- Que sí. - Sí
Nos vemos entonces, rubita.
¿Tú no estabas con tu primo?
Con mi, ¿eh?
Sí, bueno, de eso precisamente quería hablarte, Clara.
No digas nada. Esta mañana no estabas hablando con tu primo.
- Bueno. - Era Rosa María, ¿verdad?
¿Cómo?
- ¿Cómo lo sabes tú? - Pues porque no soy tonta, Pedro.
Bueno, tú dirás.
[se aclara la garganta]
- Siéntate, por favor, porque... - Estoy bien de pie, gracias.
Bueno, estás bien de pie ahora pero luego te vas a querer sentar, así que...
- No me voy a sentar. - Siéntate, que tienes la sillita al lado, Clara.
Muy bien, pues ya está, me siento, me siento. ¿Contento?
- Vale. - Total, si ya sé lo que tienes que decirme.
No creo, no creo. No sé lo que tienes en la cabeza pero no creo que sea
- lo que yo te voy a decir. - Mira Pedro,
si lo que quieres es salir con otra mujer, me lo dices y punto.
No tienes por qué sacrificarte para estar conmigo.
¿Cómo? Yo no, oye... Yo no quiero estar con ninguna otra mujer, ¿eh?
Para mí no es ningún sacrificio estar contigo.
Perdona, ¿lo dices porque para ti es un sacrificio estar conmigo?
Pues la verdad es que no lo sé, Pedro.
Ay, madre mía, madre mía yo también me voy a sentar. Dios mío de mi vida.
Mira, cuando me enteré de que me ibas a pedir que nos casáramos...
¿Cómo? ¿Quién te lo dijo?
- Bueno, eso qué más da Pedro da igual. - No, ¿quién te lo dijo?
- Pensé que era lo que más ilusión me iba a hacer. - Ya.
Pero no. Y luego también me dio rabia cuando no me lo pediste.
Pero yo en realidad no quería que me lo pidieses.
Y esa es toda la verdad.
¿Preferirías que me callara?
Si tú tienes dudas y yo también tengo dudas y estamos los dos así,
pues...
- Pues a lo mejor, no sé. - No, no, no.
- No sé. - No.
No me estás dejando.
No me estás dejando.
No me estás dejando.
Yo solo digo que creo que deberíamos darnos un tiempo.
Para saber qué es lo que queremos los dos.
Yo sé lo que quiero, que...
Yo quiero a...
...la mujer que conocí en el pueblo hace siete años...
...¿te acuerdas?
Esa que siempre estaba conmigo,
que siempre me escuchaba cuando lo necesitaba.
A lo mejor yo ya no soy esa mujer, Pedro.
[llaman a la puerta]
¿Carmen?
¿Sí?
- Madre. - ¿Se puede?
Sí, claro.
Me alegra ver que tiene mejor cara.
Gracias hija.
Pero no voy a ser capaz de descansar hasta que te cuente algo importante.
¿Pero qué sucede?
- No me diga que le pasa algo malo porque... - No. No es sobre mí.
Sino...
...sobre él.
Tu hermano.
Que no, que la raya va mucho más larga. Que es lo que se lleva en París.
Ay, que no estás en París, que estás en Madrid, y vas a parecer un mapache.
De verdad, chica. Pinta y calla.
- Estás de un demodé . - ¿ Demodé yo?
Me lo dices tú, que ha estado un chico intentando ligar contigo y ni te enteras.
Pues sí que me he enterado. Lo que pasa es que esto me pasa a mí todos los días. Vamos hombre.
Y además, que tampoco es tan guapo.
- No. - Y es un poco creído.
De hecho, yo creo que lo mejor es que no salgamos hoy.
Que no, tonta. Si no es por él, es por ti, para que te animes,
que has tenido un día malísimo.
¿Tú crees que Alberto quedará hoy con Cristina?
Es lo que le pedí.
Además tú me dijiste una vez que no podía vivir margada
y esperando y es lo que estoy haciendo, Rita.
Así me gusta.
Ahora, que te digo una cosa, yo no sé si hubiera sido capaz de hacer lo que tú has hecho.
Pero ya verás, que vamos a entrar en el Pausa y se nos van a quitar todos los males.
Sí.
Camarero, dos Manhattan, por favor.
Con más whisky que vermú.
Tú no lo ves, ¿no? Si es que no ha venido. No sé para qué me hago ilusiones.
Ah, ¿pero te habías hecho ilusiones? Si yo creí que no te era tan guapo.
Y no es tan guapo.
Si en París guapos había muchos.
Si alguno me hubiera mirado con esos ojos. Qué ojos, ¿no, Ana? Jo...
Gracias, rubita,
tú también tienes unos ojos preciosos.
Anda, ¿y quién te ha dicho que estábamos hablando de ti?
¿Ah, no? Vaya, hombre, yo que me estaba haciendo ilusiones.
Tu amiga me lo está poniendo muy difícil.
- Perdona, ¿tú eras? - Ana.
- Encantado. - Igualmente.
Él es mi amigo Antonio. Si te gusta bailar,
Elvis Presley aprendió de él.
Bueno. Es un poco fanfarrón pero tiene buen fondo.
- Encantado, Ana. - ¿Qué tal?
Bueno, pues hechas las presentaciones, habrá que regarlo con una copa,
- Sí. - Un San Francisco para ti, Rita,
a ver si así me dejas invitarte a bailar. ¡Camarero!
Dos Manhattan para las señoritas,
con doble de whisky.
- Gracias. - Van fuerte con las señoritas
Pues sí, ponga otros dobles.
A ver si nos vamos a estar a la altura.
Por vosotros.
Ea.
Ah, don Mateo,
no pensé que aún estuviera aquí.
¿Te sorprende?
Viendo lo bien acompañado que estaba hoy,
pues pensé que estaría cenando con una de esas chicas.
Guárdame el secreto:
No me gustan las modelos. Son muy vanidosas.
¿Y tú no lo eres?
Precisamente por eso.
No debes buscar a alguien que sea demasiado parecido a ti ni demasiado diferente.
Es lo complicado del amor.
Del amor y de todo lo demás.
Un mal día, ¿eh?
Problemas laborales.
Cosas que no podría contarle a una empleada.
¿Una empleada? ¿Dónde hay aquí una empleada?
Más bien, yo veo a una amiga.
Estoy aquí para lo que necesites. Te debo una. Yo me desahogué contigo el otro día.
Me acuerdo, me acuerdo.
Dos horas y cuarenta y cinco minutos hablándome de Pedro.
Espero que por lo menos te sirviese para aclararte un poco la cabeza.
Sí, sí que me sirvió.
Lo he dejado con él.
Sabía que podría alegrarte el día.
[puerta se abre]
Don Alberto, se me ha hecho muy tarde.
Yo ya me marcho.
Voy a ir contigo.
No, de verdad, Mateo.
No te estoy preguntando. Te estoy diciendo que voy a ir contigo. Punto.
Eres el único que ha confiado en mí.
No te voy a dejar solo ahora.
Vamos.
[don Emilio] Veo que está decidido a hacerlo.
Espérame fuera.
Lo siento, Emilio, pero no tengo tiempo para discutir con usted ahora.
Su padre jamás dejó de pagar una sola nómina.
Por muy mal que fueran las cosas.
- Yo no soy mi padre. - Tiene razón.
Cada día se le parece menos.
Me están chantajeando, Emilio.
Me amenazan con llevar las galerías a la ruina si no pago cien mil pesetas. Y, lamentablemente,
este es el único dinero que tengo.
- Pero ¿quién? - No lo sé.
- Ojalá lo supiera. - ¿Con qué le están chantajeando?
Todo esto es un error,
desde el principio.
Y tanto mi sobrina como usted,
lo sabían perfectamente.
[crujido de papeles]
Repondré el dinero de las nóminas cuanto antes,
se lo prometo.
[coche arranca]
Vámonos.
[Rosa María] Lleva todo lo que necesita en la maleta:
un par de jerséis de lana para cuando haga frío.
Que aquí hace mucho frío, ¿eh, cariño?
Y toma, también te he traído de esto,
por si te pide de comer,
que te va a pedir.
Que coma bien.
Rosa María, vamos a ver, ¿me estás pidiendo que me quede
con el niño?
¿Dónde lo dejo? ¿En los almacenes con los maniquíes?
Bueno, ¿crees que quiero dejarle aquí? No tengo opción,
- ya te lo dije. - Vale, ¿dónde está tu familia, Rosa María?
Mi madre murió, mi padre está enfermo,
y además, que quiero que crezca con su padre.
¿Su padre? ¿Sabes dónde vive su padre?
En el sótano de una tienda, en una habitación sin baño.
[Manuel] ¿Mamá, qué vamos a hacer?
Papá no se quiere quedar conmigo.
Que no, tonto.
Aquí suelen poner muy buena música.
¿Es la primera vez que vienes?
Porque no me suena tu cara.
Que no es que me fije en la cara de todos
los chicos que entran, ¿eh? De hecho, no me fijo para nada.
Sí, sí. Es la primera vez que vengo.
Pero porque no sabía que había tanta chica guapa.
Si vengo en fin de semana, ¿te encuentro en la pista?
Bueno, siempre y cuando tenga una buena pareja de baile, claro.
Pues el Pausa es como mi segunda casa. Venimos aquí día sí, día no.
Después de la jornada, claro.
Menos la última semana que estuve en París.
- ¿En París? - Sí.
- Eres una chica de mundo, rubita. - Bueno,
de mundo, de mundo tampoco, pero...
Cosas de trabajo, ya sabes.
Porque trabajamos para un diseñador muy famoso que se llama Raúl de la Riva.
Y a mí me deja llamarle Raúl.
Y estuvimos de compras, de encajes y de telas
- y de cosas. - Pero, entonces, sabes hablar francés
Mais oui.
- ¿Quieres que te diga algo en francés? - Sí.
¿Qué tal, por ejemplo?
“Adolfo, me muero de ganas de bailar contigo una lenta”.
¿Cómo te lo voy a decir, hombre, si ya lo has hecho tú?
Rubita, eres una caja de sorpresas, ¿eh?
Y a mí me encantan las sorpresas.
Pues me alegro.
[Rita ríe]
[ríen]
¿Seguro que no te apetece un baile?
No. Estoy bien, gracias.
¿Y trabajáis juntas en las galerías?
Sí, pero no de cara al público.
- Trabajamos en... - En el taller, ¿no? Ya.
Sois modistas.
Es que tienes manos de modista.
Y, ¿sabes? Mi madre también lo es.
[ríen]
Es que las manos hablan mucho de uno mismo.
Solo hace falta tener un poco de vista y de imaginación, claro.
¿Por qué no lo intentas tú?
A ver si adivinas a lo que me dedico.
No lo sé.
- ¿Cocinero? - Frío, muy frío.
[ríe]
Bueno, déjame que lo intente de verdad.
Venga.
Eh...
- Trabajas con las manos. - Ajá.
- ¿Mecánico? - Mecánico.
Bueno, mecánico, carpintero y fontanero y todo lo que tú quieras.
Desde los catorce años el chapuzas más famoso de todo Chamberí.
[ríe]
¿Ves cómo tenía razón con esto de las manos?
¿Me disculpas un momento que voy al baño?
Sí, sí, claro.
[Ana] Perdón.
- Rita. - ¿Qué?
Por favor, ven ya allí.
Que no, que ahora vamos a bailar una lenta.
Bueno, vale, pues yo te dejo aquí y me voy.
No, no, no, Ana.
Venga, por favor. Media hora, ¿vale?
Solo media hora. Te prometo que luego me voy contigo, de verdad.
Rita, me voy al baño. Cuando vuelva, por favor, estate ahí.
- Vale. - Que no quiero estar sola con él.
Vale.
Bueno, ¿qué?
¿Nos tomamos un Manhattan, rubita?
Ay, que se me va para el otro lado.
¡Camarero!
Y en el piso de abajo tenían un piano, y la gente subía a cantar.
Y a mí al final me convencieron
y, como no me sabía ninguna en francés,
pues me lancé con "La verbena de la Paloma".
Que no es que entendieran nada, pero vamos,
aplaudían como locos.
Pues qué quieres que te diga,
yo soy más de playa. Donde esté la tranquilidad de mi Benidorm,
que se quite la torre Eiffel.
A mí me encanta la playa pero hace tanto que no voy.
Bueno, pues yo te invito.
Además, tienes que estar espectacular en bañador.
- Pero qué cosas dices. - ¿Y no es verdad?
Bueno, vas a tener que invitarme para saberlo.
¿Y no lo he hecho ya?
No lo sé.
- ¿Lo has hecho ya? - ¡Rita! Rita.
- ¿Qué haces aquí? - Necesito que vengas conmigo, necesito tu ayuda.
¿Ayudar a qué?
A... Hola.
Que tengo un...
Tengo un problema.
No te lo puedo contar ahora pero es que cuando lo veas me vas a entender perfectamente.
- ¿Algún problema? - No, no. Ninguno.
Pedro, que ahora estoy ocupada.
- Ah, que estás con... - Sí.
Bueno, lo mío lo mío es muchísimo más importante, ¿eh, Rita?
De verdad. Que si no fuese tan importante, yo no te lo pediría porque...
Tú vas a pensar que estoy loco, que no me conoces, pero
cuando lo veas, me vas a entender perfectamente.
Te juro que es la última vez que te pido algo ¿eh Rita?
¿Tienes que irte justo ahora?
- Por favor. - Pedro, ahora no.
Gracias.
Es mi cuñado.
No hace falta que me des explicaciones. Da igual.
Me estabas diciendo lo guapísima que estás en bañador.
¿Estás bien?
Tengo que irme. Lo siento.
Me voy a arrepentir de esto. Si yo ya lo sé pero...
¿De dónde ha salido este niño?
Me llamo Manuel,
pero me puedes llamar Manolito.
Es mi hijo.
¿Es tu hijo?
Pero ¿cómo que tu hijo? ¿Tuyo y de quién más?
De Rosa María.
Pero vamos a ver, vamos a ver, ¿eh?
- Sí. Dime, dime. - ¿Cuándo...?
¿Cuántos años tienes, Manolito?
Siete.
Pero hace siete años.
Hace siete años yo no estaba con Clara, si es lo que te preocupa.
- Era soltero. - Soltero e idiota.
Vale. Eso no te lo niego.
¿Qué hago, Rita, qué hago?
Pues tienes que contárselo a Clara. Es tu novia, tienes que decírselo.
Ya no. Ya no.
¿Cómo que ya no?
Porque no, porque hice lo que me dijiste...
...y me ha dejado.
Vamos, eso creo que es lo que ha pasado.
Lo siento.
Que nada, que necesita tiempo, que necesita pensarse las cosas.
De verdad pienso que si tengo la mínima posibilidad, por pequeña que sea,
si yo le cuento que tengo un hijo,
esto se va a pique.
Bueno, pues nada. Le metemos debajo de la cama y le traemos comida
de vez en cuando y aquí no ha pasado nada.
Papá, no quiero dormir debajo de la cama.
Que no, bobo, que es broma.
Ayúdame.
Pequeñajo, que la tía Rita está así de loca.
Pero que tú tranquilo, ¿eh?
Que ya se nos ocurrirá algo para que puedas dormir a pierna suelta,
¿vale?
¿Y Rita?
Pues me temo que nos han dejado solos.
Porque a tu amiga le ha surgido algo
y Adolfo se ha ido a llorar de pena.
¿Cómo que le ha surgido algo?
Vino su cuñado y no sé qué problema tenía.
Pero me ha dicho que no hacía falta que tú te fueras.
Bueno,
ya tenía que irme a casi. Hay toque de queda.
Pero eso qué es, ¿una pensión o un internado?
Una buena pregunta.
Gracias por el Manhattan.
Dime que no te marchas.
- Lo siento. - No, si lo sientes de verdad, quédate.
Tómate la última conmigo.
Hoy no tenía ni que haber venido.
Vine por ella.
¿Un mal día?
Bueno.
Entonces, vámonos.
No te preocupes. Puedo ir sola.
Si, puedes, pero es mucho más aburrido.
Y además, yo soy un caballero,
y no puedo permitir que una señorita
vuelva a casa sola a estas horas.
Así que.
[doncella] Señora.
- Sí, Elvira, dígame. - Tiene una visita esperando en el salón.
Ah, muy bien.
- ¿Me permite? - No, no es necesario. Gracias.
Puede retirarse.
Emilio, no sé de qué se trata,
pero no son horas así que,
sea lo que sea, lo podemos hablar
- mañana en las galerías. - Será solo un minuto.
Usted dirá.
Sé que están chantajeando a don Alberto.
No sé de lo que me está hablando.
Pues verá, señora. Primero, el robo en las galerías,
y hoy ha vuelto a caer por allí Fernando Varela, preguntando por usted,
y diciéndome que se le acaba el tiempo.
No sé si la ofendo, pero a mí todo esto
no me suena bien.
Por supuesto que no me ofende. Ya le he dicho que no sé de lo que me está hablando.
Entre lo que usted dice y lo que hace, señora, siempre hay una pequeña diferencia.
Si ha venido usted a acusarme a mi propia casa,
hágalo de una vez y luego márchese.
Qué curioso, cómo se parece ese maletín al que
ha sacado don Alberto de las galerías.
¿Qué tiene dentro? A ver si lo adivino, ¿cien mil pesetas?
¿Le parece suficiente acusación, señora?
¿Va a permanecer indignada unos cuantos minutos más
o me devuelve el maletín y acabamos cuanto antes?
Esto no es asunto suyo.
Pero sí el futuro de los empleados.
Y no consiento que ni usted ni nadie
juegue con él.
Emilio, si tanto le importa el futuro de los empleados,
a lo mejor debería hablar con su sobrina
porque no sé si sabe
que sigue siendo la querida de Alberto.
La vida privada de mi sobrina le corresponde a ella y a nadie más.
Muy bien. Pero no lo que haga Alberto.
Alberto es un hombre prometido,
y estoy segura de que a Cristina
no le hará ninguna gracia saber lo que se trae Alberto
con su sobrina.
¿Usted qué opina?
Que si habla usted,
hablaré yo también.
¿Me está amenazando?
¿Qué cree usted que diría Alberto Márquez
si supiese que su madre sigue viva?
Voy a llevarme el maletín.
[freno de mano]
[motor se apaga]
¿Crees que volveremos a ver esas fotos?
No lo sé.
Reza para que ese malnacido se conforme
- y no nos pida más dinero. - ¿Rezar?
Lo que necesitamos es un milagro
porque si no, no sé cómo vamos a pagar las nóminas de este mes.
Eso ya lo pensaremos mañana.
- ¿No prefieres que te lleve a otro sitio? - No.
- Cristina vive solo a cuatro manzanas de aquí. - ¿Tú también con eso?
- Por favor. - Me callo.
Muchas gracias por todo.
- De nada. - Te veo mañana a primera hora.
[coche arranca]
[llama a la puerta]
[susurra] Ana.
[llama a la puerta]
[susurra] Ana.
[Antonio] Las suegras son complicadas pero tú por mi madre no te preocupes.
Le llevas una tarta de Santiago y te la metes en el bolsillo.
[risas]
Oye, Ana, ¿te gusta el cine?
La verdad es que no suelo ir mucho.
El domingo por la mañana, sesión doble.
¿Qué me dices?
Que me encantaría pero...
Pero tienes novio.
Más o menos.
¿Y cómo se tiene un novio más o menos?
Porque es complicado.
Pues si es complicado déjalo, mujer.
Que la vida tiene que ser sencilla.
¿No ves? Como yo.
A mí con pasear los domingos por el Retiro,
ir de vez en cuando al cine
y que por navidad me regales un par de calcetines ya me tienes contento.
Si mientras tanto veo esa sonrisa, claro.
- ¿Qué ha pasado? - Nada.
¿No quieres que te vean conmigo?
No, no es eso, Antonio.
Es que hace mucho que no paseo
con un chico y ya pierdo la costumbre.
Pues eso tiene fácil arreglo.
[ríe]
Mañana tengo que levantarme pronto y ya es muy tarde.
Me voy a ir.
Bueno, pero ya sabes.
Si algún día necesitas a alguien con quién pasear,
me ofrezco voluntario.
Las veces que hagan falta.
Vale
- Hasta mañana. - Hasta mañana.
[coche arranca]
Anoche te vi.
Yo vine a hablar aquí contigo
pero sestabas acompañada.
Rita se tuvo que ir del Pause y un amigo me acompañó.
- ¿Qué hay de malo? - Nada.
Nada, no tiene nada de malo. Tú puedes hacer lo que quieras.
Habéis decidido daros un tiempo, ¿no?
Alberto, así te enteras de una vez que podrías ser feliz con Cristina.
¿Por qué eres tan perfecta?
Uno tendría que ser imbécil para no enamorarse de ti.
Ana, ¿qué ha pasado?
Emilio, el dinero de las nóminas.
Supongo que usted no tiene nada que ver.
¿Quién es el chantajista, Emilio?
Don Emilio, ¿puedo hablar un momento con usted?
- Sí, claro. - Mi carta de renuncia.
Me voy, tengo otro trabajo esperándome.
Supongo que no tengo
- modo de hacerle cambiar de idea. - No.
Pero ¿por qué se habrá ido ahora que está curado y que estáis tan bien?
No está curado, me mintió. Se fue del hospital sin el alta.
Anoche me dijo que prefería estar muerto que verme sacrificarme por él.
¿Sacrificar? Pero ¿a qué se refería?
A ver Rita, no sé qué hacer. Te lo digo, no sé qué hacer.
Deberías ir pensando, ¿no?
Y buscarle una escuela, por ejemplo.
Manolito.
Manolito, ¿qué haces ahí?
- No está en el cuarto. - Pero ¿cómo no va a estar?
Ay, Dios mío, que ya te dije que no teníamos que dejarle solo.
Tú y yo, sin excusas.
Estos diseños van a cambiar la moda en España.
No creo que España quiere que le cambien la moda.
¿Es esto lo que vamos a presentar?
Creo que no soy la única que piensa
que estos modelos no les van a gustar a nuestras clientas.
Solo intento evitar que nos precipitemos.
Las decisiones están tomadas.
Te recuerdo que hicimos un acuerdo
- muy, muy particular. - Un acuerdo que propuso usted.
Y yo he cumplido con mi parte. Le pedí matrimonio a su hija ¿no?
¿Cómo? Estamos discutiendo los términos de
de ese acuerdo a estas alturas.
Porque empiezo a dudar de haber hecho lo correcto.
Al hacer ese pacto a espaldas de mi hija.
Todo lo que hago, hija,
solo tiene un motivo,
que seas feliz.
Pero ¿a qué viene esto, papá?
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