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¿Y si las elecciones
para nombrar al cuadragésimo quinto Presidente de Estados Unidos
no hubieran sido una contienda justa?
El poder siempre ha estado destinado
para aquellos que saben persuadir,
argumentar y seducir,
pero... ¿fue así en esta ocasión?
Donald Trump
desmanteló las tradicionales reglas de juego
del tablero político.
Convirtió la mentira en una estrategia política,
apoyado por un grupo de gente
que quería imponer en Estados Unidos
su visión reaccionaria del mundo;
una facción que trazó poco a poco su camino al poder,
hasta acabar ejerciendo una influencia
en la carrera electoral
sin que la gente cayera en la cuenta.
¿Cómo pudo ser eso posible?
¿Cómo es que la democracia estadounidense
permitió que los engaños, las artimañas
y la manipulación
fueran, al cabo, cruciales en tan increíble victoria?
Veremos de qué modo fue embaucado el pueblo estadounidense,
hasta el punto
de llegar a abrirle las puertas de la Casa Blanca
a Donald Trump.
Todas las mentiras y noticias falsas
cayeron del lado de la campaña de Donald Trump.
Si los estadounidenses supieran lo que pasó,
se indignarían.
No tuvimos la suficiente perspicacia en aquel momento
para verlo venir.
Una democracia que se mueve entre sombras, no es una democracia.
¡Tratan de hacerse con el control del gobierno
para... para destruirlo!
Presentaré los hechos con claridad y sinceridad.
El mayor problema de las mentiras
es que siempre hay alguien que se las termina creyendo.
Esto es Staten Island, Nueva York.
En un estado de mayoría demócrata,
este distrito es una excepción.
Aquí la mayoría de la gente votó por Donald Trump.
Scott Lobaido reside aquí.
Este artista es un patriota y, por encima de todo,
un gran defensor del nuevo Presidente.
No es alguien convencional, y yo tampoco lo soy.
Soy un pintor neoyorquino
que siempre he hablado sin pelos en la lengua.
Estoy vendiendo esta serie por cuarenta y cinco dólares,
porque se trata del Presidente número cuarenta y cinco.
Ha llegado un nuevo sheriff a la ciudad.
Vamos a poner orden en casa; se van a enterar.
¿Acaso necesitaba a los medios para ganar las putas elecciones?
¡Si los tenía a todos en contra!
Siempre hacen piña contra el republicano,
sin que les importe quién haya ganado.
Los medios de comunicación son así.
Es lo mismo que esa inquina asquerosa,
la inquina tan poco disimulada
cuando pones la C N N y te dices:
vale, vale, vale, vale...
Pero es que te vas a otra y...
joder, la M S N B C no da tregua...
No pueden soportar ...
... que les venciera,
porque dijeron que no iba a ganar.
Harto de los medios tradicionales,
Scott se informa ahora solo por internet.
Antes de irme a dormir,
me paso una hora
mirando en el teléfono esto y aquello.
De pronto,
puede que me encuentre algún discurso de Trump
que no haya escuchado aún y me diga: voy a escucharlo ahora.
A veces reconozco
que ni siquiera me fijo en quién está dando el discurso.
¿Sabes a lo que me refiero?
Como muchos millones de votantes de Trump,
Scott empezó a creerse a pies juntillas
todo lo que veía en la red.
Por ejemplo, este artículo:
«Trump piensa que hay “millones” de votos fraudulentos».
O este otro:
«Más de ochocientos mil ilegales votaron a Hillary Clinton.
Yo no digo que fueran tres millones,
pero estoy seguro de que fueron muchos.
Y lo que es de cajón es que si eres un ciudadano ilegal,
no deberías poder votar.
Lo siento, pero así es como funcionan las cosas.
Ellos quieren cambiar el asunto y ¡no, señores, de eso nada!
Obviamente, todo es mentira:
los inmigrantes ilegales
no tienen derecho al voto en Estados Unidos.
Es el tipo de información manipulada
tan característica de la última campaña electoral,
hasta el punto de que este tipo de artículos
llevan consigo una etiqueta: fake news,
noticias falsas o bulos.
Scott está lejos de ser el único
que le da crédito a este tipo de embustes.
Se cuentan por millones los que se los han tragado.
Hay portales de noticias
que están especializados
en la difusión de este tipo de contenidos.
Breitbart News es el más conocido de ellos.
Es un canto al mal gusto,
con ilustraciones racistas e informaciones falsas.
En Breitbart podemos encontrar artículos como este:
«¿Convierte el feminismo en feas a las mujeres?».
O este:
«¿Qué prefieres que padezca tu hija: feminismo o cáncer?».
Breitbart está también obsesionado con el islam.
«La nueva Guerra Fría es la de Occidente contra el islam.
Aquí damos las claves para ganarla».
O bien:
«La corrección política
ampara la cultura musulmana de la violación».
Es obsceno,
misógino,
racista...
Y está al servicio de una ideología reaccionaria,
que es el ADN de Breitbart News.
Breitbart es una plataforma de la derecha,
fundada por Andrew Breitbart
un activista, periodista y contertulio de ideas conservadoras.
Breitbart ocupa un hueco realmente marginal.
Representan a lo que ellos llaman alt-right,
la derecha de la derecha,
gente que quiere poner en jaque el orden político fundamental
y lo hace de forma deliberada.
Despotrican contra los inmigrantes de este país,
así como contra las personas de fe musulmana,
y tratan de abrir una brecha entre los sexos y las razas.
En tan solo unos meses,
Breitbart se convirtió
en la principal fuente de información
de la extrema derecha estadounidense.
En esencia,
se pusieron al servicio de Trump y todo su movimiento.
Y, a su vez,
Donald Trump adoptó la visión del mundo
que proyectaba Breitbart
porque sabía que así
iba a tocar la fibra de su electorado.
Hay quien tilda a los votantes de Trump
como de gente airada,
y yo no estoy segura de que eso sea así;
más bien, tenían miedo, estaban preocupados,
abrumados y asustados por el futuro.
Si nos fijáramos en aquellos que, en la primavera de 2016,
votaron en las primarias republicanas,
veríamos cómo cundía entre ellos la inquietud por el terrorismo
y la inmigración,
dos cosas que para ellos iban de la mano
y suponían una verdadera amenaza
para la supervivencia de Estados Unidos.
Y eso es justo de lo que se ocupó en sus discursos Donald Trump
a diferencia del resto de candidatos republicanos.
Trump se dedicó
a inundar de mentiras la campaña electoral,
lanzando una serie de tuits
que jugaban con los temores de la gente.
Tad Devine lleva metido en política desde hace cuarenta años.
Según él,
sería un error subestimar
el impacto que este tipo de noticias falsas
ejercen sobre la opinión y el voto de los estadounidenses.
Lo que sucede hoy en política
es que la gente consume información
de un modo totalmente distinto a como lo hacíamos antes.
Cuando yo empecé a organizar campañas electorales,
en la época de Jimmy Carter
nos conectábamos a las noticias a las seis y media de la mañana
y atendíamos a tres canales a la vez;
así era básicamente
como se accedía a la información entonces en Estados Unidos.
Hoy hay una avalancha constante de información,
lo mismo en la televisión tradicional
como en la televisión por cable y, sobre todo, en la red.
Y ese consumo en línea
está teniendo graves consecuencias,
porque lo que está ocurriendo
es que los medios legítimos
acaban siendo suplantados por noticias falsas
que ofrecen datos en apariencia reales y verdaderos,
cuando lo cierto es que no tienen base alguna.
De hecho,
la mayoría de los que están detrás de todo esto
son individuos
que tratan de inclinar el resultado de las elecciones,
introduciendo para ello una narrativa falsa
en el flujo de la información.
Por tanto, claro que resultan determinantes.
Y, en el caso de unos comicios disputados,
ni que decir tiene.
Mentir se convirtió
en la estrategia política por antonomasia,
en un arma de manipulación masiva.
No es fácil de creer, ¿verdad?
Según Politifact
un portal digital independiente
consagrado a la verificación de hechos,
solo el cuatro por ciento
de las declaraciones vertidas por Donald Trump durante la campaña
fueron ciertas.
Al recurrir con tanta frecuencia a ellas,
las mentiras de Trump
no dejaban de circular entre sus partidarios.
De hecho,
acabaron convirtiéndose ellas mismas en una correa de transmisión.
Solo hay que echar una ojeada al abanico de medios disponibles
y fijarse en cuáles elige la gente.
Los conservadores solo se informan a través de Fox News
o sitios alternativos como Breitbart
y eso es lo único que ven.
Miran con recelo
lo que ellos llaman los medios liberales de toda la vida,
en los que no creen,
tipo la C N N
el New York Times
o el Washington Post.
Solo reciben las noticias a través de fuentes muy sesgadas,
que es de donde bebe el mismo Trump.
Sus votantes oyen algo
de no sé qué teoría de la conspiración en Breitbart News
o en la Fox;
Trump lo oye también, lo cacarea y, entonces,
aquellos votantes se dicen:
esto lo escuché en las noticias
y ahora de boca del Presidente Trump por lo que debe de ser verdad.
Es como una cámara de eco muy difícil de romper,
una espiral de falacias que no deja de retroalimentarse.
Las mentiras no llegaron a ser refutadas.
Bien al contrario, cobraron más fuerza.
Impotente ante este círculo vicioso,
la prensa tradicional fue dada de lado.
Las campañas electorales
se venían cubriendo de una determinada manera
hasta ahora.
Y esa manera no contemplaba en ningún momento
la irrupción de alguien como Donald.
Esa falta de respeto por la verdad
que manifestaba Trump
cogió por sorpresa a muchos periodistas,
porque no estábamos acostumbrados.
No, no estamos acostumbrados a que los políticos,
o los jefes de prensa,
mientan de forma tan descarada.
Los medios hegemónicos de comunicación
están en entredicho y, si ellos lo están,
la verdad también lo está.
Y si la verdad está en entredicho,
se puede airear cualquier versión de la misma.
Con sus mentiras descaradas en cada discurso,
Donald Trump no solo acabó embaucando a su electorado,
sino que también logró silenciar el lado más oscuro de su campaña.
Porque el candidato republicano no era aquel hombre,
solo ante el peligro, que decía ser.
Una más que poderosa red movió los hilos en la sombra
para imponer a toda costa
sus ideas reaccionarias en Estados Unidos.
«Sé que la corrupción
ha alcanzado un nivel
que nunca se había visto en nuestro país»
Estamos en el ocho mil trescientos ochenta y tres
de Wilshire Boulevard
una de las zonas más distinguidas de Los Ángeles.
Este edificio sin nombre
es la sede desde la que un multimillonario
dirigió en la sombra la campaña de Donald Trump.
Detrás de estas ventanas, en el número mil,
hay varias empresas que, a primera vista,
no tienen nada que ver entre sí.
La primera es Breitbart News
la web de noticias falsas que apuesta claramente por Trump.
La segunda se llama Glittering Steel
y se trata de una pequeña productora audiovisual.
Pero estas empresas solo tienen una cosa en común:
ambas están vinculadas a un hombre
del que el común de la gente jamás ha oído hablar.
Un misterioso personaje.
El hombre que está detrás de la victoria de Trump
y cuyo nombre es Robert Mercer.
Robert Mercer
tiene setenta y un años,
y es el director ejecutivo de una firma de fondos de cobertura,
Renaissance Technologies
en donde lleva escalando puestos desde 1993.
Carole Cadwalladr
lleva un año investigando a este ingeniero informático
devenido millonario.
Robert Mercer es un científico muy brillante.
En los años sesenta, en el seno de I B M
llevó a cabo un trabajo verdaderamente precursor
en el campo del procesamiento del lenguaje natural,
que viene a ser
la base de la inteligencia artificial.
Se empleó a fondo
en desarrollar la traducción automática
de un idioma a otro.
Ese traductor de Google
que no dejamos de utilizar
es una consecuencia de su tarea.
No cabe duda de que
es uno de los ingenieros informáticos más brillantes de toda su generación.
No era más que un tipo corriente de clase media
desempeñando una labor profesional.
Entonces, recibió una oferta de este fondo de cobertura
llamado Renaissance Technologies
y se fue a trabajar con ellos.
A principios de la década de los noventa,
Robert Mercer se despidió de I B M
para incorporarse a un fondo de cobertura
con sede en Nueva York,
Reinassance Technologies.
Allí aplicó sus métodos de cálculo al mercado de valores,
para predecir sus fluctuaciones.
En Reinassance Technologies
fue pionero en el comercio algorítmico,
que hoy en día
es un campo muy explorado
y está muy presente en las transacciones bursátiles.
Renaissance vio algo que aún no está del todo claro,
acerca de cómo multiplicar sus ganancias en el mercado,
pero lo cierto es que se basaba
en la aplicación de técnicas informáticas avanzadas
al manejo de datos.
A nadie le importaban los marcos teóricos de la economía
o las herramientas del comercio tradicional.
Si se trataba de invertir en trigo
o en acciones de una compañía automovilística,
lo de menos era que esas empresas se dedicaran al motor o al trigo.
Solo había que observar el rendimiento de ese mercado
de futuros o de esas acciones.
Y la clave era verlo todo como un conjunto de números.
Al aplicar sus herramientas matemáticas,
Robert Mercer
revolucionó los métodos de inversión
de Renaissance Technologies
y convirtió a este fondo de riesgo
en el más rentable del mundo en tan solo diez años.
Mercer amasó una fortuna en Renaissance
porque invirtió su propio dinero
y el rendimiento de la firma fue extraordinario.
Si cada año aumenta su valor
un treinta o treinta y cinco por ciento,
te haces rico rápidamente.
De modo que Robert Mercer se hizo inmensamente rico.
También es una persona muy reservada,
que casi nunca habla en público.
Sebastian Mallaby
es el único periodista que ha logrado entrevistarlo.
Fue en 2008,
cuando estaba escribiendo su libro sobre los fondos de cobertura,
Más dinero que Dios.
Fui a ver a Mercer
cuando estaba escribiendo mi libro.
Me pareció una persona tímida,
por encima de cualquier otra consideración.
No se atrevía a mirarte a los ojos y, en un momento determinado,
me confesó
que lo que más feliz le haría
sería poder ir por la vida sin tener que hablar con nadie,
pues prefería la compañía de los gatos
antes que la de las personas.
En fin,
suele ser una pauta
en los científicos de la computación,
que confían mucho más
en los símbolos abstractos de su pantalla
que en el resto de la gente.
No todos los informáticos son así, pero él sí lo era.
Bob Mercer rehuía el trato con los demás...
y también la atención de los medios.
Ni siquiera es fácil encontrar fotos de él en Google.
Y las pocas que hay son siempre las mismas.
Existe asimismo un vídeo de escasa calidad,
que muestra el único discurso que ha dado en público, el año 2014,
durante una ceremonia en su honor.
«Me enteré, después de aceptar este premio,
de que tenía que hacer una alocución sobre esto y lo otro,
durante una hora..., que, por cierto,
es más de lo que yo normalmente hablo al cabo de un mes».
Como multimillonario que era,
Robert Mercer
podía haberse dedicado tranquilamente
a disfrutar de su nueva fortuna.
Sin embargo,
el antiguo informático también tenía las ideas muy claras
acerca de cómo debía marchar el país.
Así que tomó la decisión de invertir su dinero
en promover esas ideas y, lo que es más importante,
en implantarlas.
El sistema político actual en Estados Unidos hace aguas,
debido a todo ese dinero
de los grupos de presión que inunda las campañas.
Quiero decir que estos grupos
están vinculados a una agenda política.
Si eres dueño, por ejemplo,
de una compañía petrolera
y quieres seguir perforando en busca de combustible fósil,
o si eres de los que contamina y no quieres dejar de hacerlo,
prestas tu apoyo a los políticos que defienden tus intereses.
Esos políticos que dicen, por ejemplo,
que el cambio climático
no tiene nada que ver con la actividad humana.
Lo dicen públicamente
para proteger los intereses de quienes financian sus campañas.
Robert Mercer
tenía su propia organización benéfica:
la Fundación de la Familia Mercer
dirigida por su hija, Rebekah.
Pero ¿cuáles eran exactamente esas ideas que quería propugnar?
Es difícil saberlo,
porque Robert Mercer
nunca expresa sus opiniones en público.
Nunca se sabe
qué es lo que pasa por la cabeza de Robert Mercer
así que hay que mirar qué cosas financia.
Si uno sigue la pista del dinero, se puede hacer una idea.
Ya que no podemos saber en qué piensa Robert Mercer
vamos a tratar de averiguar en qué gasta su dinero.
Podemos seguir el rastro de los documentos fiscales,
las declaraciones de la renta de la fundación,
comprendidas entre el año 2012 y el 2015.
Mercer ha subvencionado institutos y lobbies reaccionarios.
Entre ellos, la Fundación Heritage
que trata de abolir los impuestos y la regulación económica.
Un millón y medio de dólares.
El Centro de Investigaciones de medios de comunicación,
que lucha
contra los tendenciosos medios de comunicación de izquierdas.
Doce millones de dólares.
El Instituto para la Responsabilidad Gubernamental,
que documenta la corrupción estatal
y publica libros contra Hillary Clinton.
Tres coma siete millones de dólares.
El Instituto Heartland
que ampara todas las teorías de los escépticos
sobre el cambio climático.
Dos coma ocho millones de dólares.
En Nueva York,
pagó incluso un anuncio
en el que se denunciaba la construcción de una mezquita
en las inmediaciones de la Zona Cero.
En el plazo de dos años, según el Washington Post
Robert Mercer
se convirtió en uno de los diez multimillonarios
con más influencia en la política.
Nuestro sistema está corrupto de cabo a rabo,
por culpa del dinero destinado a los tratos de favor
que anega la campaña y afecta a todos los niveles.
Pero, aunque el multimillonario
podía gastar ingentes cantidades de dinero
en apoyar sus particulares causas,
aún tenía que encarar un obstáculo:
muchos juzgaban sus ideas como demasiado extremas
y eran desaprobadas por los medios.
Para llevarlas a la práctica
necesitaba contar con su propio medio de comunicación.
En 2011, Breitbart News
la cabecera digital de la derecha,
estaba pasando serios apuros económicos.
Robert Mercer
vio su oportunidad.
Adquirió Breitbart por diez millones de dólares.
Colocó al frente a su mano derecha,
un hombre en la sombra,
que hallaremos en todas las fases de esta investigación.
Un tal Stephen Bannon.
Stephen K. Bannon
que había sido banquero de inversión en Goldman Sachs
y a finales de los noventa
se recicló como productor de Hollywood.
Quería hacer películas y series de televisión
para difundir su ideario político, sus ideas ultraconservadoras.
En una conferencia,
Bannon es presentado a Robert Mercer.
Ambos se caen bien de inmediato.
Bannon se convierte enseguida
en la eminencia gris de Robert Mercer.
Mercer y Bannon
mantienen unos vínculos muy estrechos.
El hecho de que Mercer se asociase con alguien como Bannon
da una pista
sobre cuáles son sus intereses personales.
En cuestión de meses,
Bannon haría de Breitbart News
una máquina de guerra
al servicio de las ideas más reaccionarias.
Ese había sido el objetivo de Breitbart
durante muchos años y, con alguien como Bannon
que lo afirmaba públicamente, ya no cabía duda:
querían enfrentarse a las instituciones
y tratar de desmantelar el gobierno de Estados Unidos
para cumplir con su agenda,
la cual pasa
por cambiar de arriba abajo esta nación,
sembrando un grado de división entre la sociedad,
que no se había visto desde la guerra civil.
Robert Mercer
tenía ya su propia plataforma política
en la red.
Para airear sus ideas solo le faltaba una cosa:
un candidato.
En 2015, comenzó apoyando al senador de Texas
Ted Cruz,
el mascarón de proa
de la extrema derecha estadounidense.
Sin embargo,
tras la sorprendente victoria de Trump
en las primarias republicanas,
apostó por este último.
Mercer puso en marcha el comité de acción política
«Hagamos de Estados Unidos el número uno»,
al que donó quince millones de dólares.
Pero Mercer no quería quedarse ahí:
su plan era hacerse cargo
de toda la campaña electoral de Donald Trump.
En julio de 2016,
tuvo lugar una cena en un lujoso hotel de Nueva York.
Allí se juntaron, entre otros,
Rebekah, la hija de Robert Mercer
y el mismísimo Donald Trump.
En el transcurso de la velada,
Rebekah Mercer fue muy franca:
la campaña de Trump
era algo caótico y poco profesional.
Si quería ganar, tenían que cambiar mucho las cosas.
Le ofreció apoyo financiero y mediático.
A cambio,
le exigió al candidato republicano
que reemplazara a su jefe de campaña
por el hombre de confianza de la familia, Stephen Bannon.
La principal responsable del comité
«Hagamos de Estados Unidos el número uno»,
Rebekah Mercer
cuya familia también está detrás de Superpac,
pudo influir en la decisión de Trump
de contratar a Steve Bannon como jefe de campaña.
Al final de la cena, todo estaba ya decidido.
Steve Bannon se convertiría
en el director de campaña de Donald Trump.
Kellyanne Conway
que estaba al frente del comité de acción política
a favor de Ted Cruz,
pasó a ser la número dos.
David Bossie,
un incondicional de la familia Mercer
ocupó el número tres.
A Robert Mercer
le había salido una jugada redonda.
Su trío de elegidos
sería el único encargado de dirigir desde entonces
los destinos de la campaña del candidato republicano.
Cuando los Mercer apoyan a un candidato,
lo hacen esperando
a que este responda a sus necesidades,
tanto en la campaña electoral
como si finalmente es elegido.
Es razonable suponer que los Mercer
pretendieran que el nuevo Presidente
mostrara sensibilidad
con respecto a sus peticiones y sus preferencias políticas.
El plan de Robert Mercer
de tomar el control de la campaña de Trump
se saldó con éxito, o, bueno, casi.
Cometió un error.
Esto es lo que descubrimos
cuando analizamos los libros
de la campaña oficial de Donald Trump.
Cada una de estas líneas corresponde a un gasto.
Sin embargo,
a lo largo de los cinco meses en los que estuvo al frente,
no hay rastro de remuneración alguna para Steve Bannon.
Sin embargo,
si nos fijamos en los pagos realizados
por el comité de acción política de Robert Mercer
observamos que hay un nombre que se repite varias veces:
Glittering Steel
una productora de vídeos.
En total,
la empresa recibió del comité,
trescientos dos mil quinientos dólares (302.500)
en el plazo de cinco meses.
¿Y quién dirigía esta empresa?
¡Otra vez Steve Bannon!
Lo que significa que ingresó sus emolumentos
por su trabajo en la campaña de Trump
a través de Glittering Steel.
Por tanto, se trataría de una financiación ilegal.
Y esta es una tesis
que comparte el Centro Legal de Campañas,
que decidió presentar una queja formal.
Steve Bannon
tuvo que enfrentarse a una multa
y a una investigación del Departamento de Justicia,
que podría acabar con él entre rejas.
Así que creemos
que es posible que el Superpac
«Hagamos de Estados Unidos el número uno»
estaba sufragando el trabajo de Steve Bannon
para la campaña de Trump
emitiéndole los pagos
a través de la empresa
de responsabilidad limitada Glittering Steel
que es a la vez
una consultoría y una productora audiovisual radicada en California.
Exactamente en la misma dirección que las firmas consultoras de Bannon.
Una dirección que ya conocemos:
el ocho mil trescientos ochenta y tres de Wilshire Boulevard
en Los Ángeles.
Se trata del edificio
que alberga la sede de Breitbart News
y también de Glittering Steel.
Aquí fue donde se desarrolló
la parte más turbia de la campaña presidencial de Donald Trump
que quizá alcanza unas dimensiones difíciles de imaginar.
Porque el apartamento mil guarda todavía más secretos.
En él se cobija otra compañía,
la sucursal de una empresa británica
que emplea métodos misteriosos
para manipular a la opinión pública estadounidense.
A orillas del Támesis
fue donde se jugó en parte
la última elección presidencial de Estados Unidos.
En el mismo corazón de Londres.
En el cuartel general de una empresa,
desconocida por el común de los mortales,
llamada Grupo S C L
las siglas en inglés
del Laboratorio de Comunicación Estratégica.
Dentro de estas oficinas,
hay investigadores dedicados
a recopilar y analizar millones de datos
sobre la gente de a pie para conocerla mejor.
¿Su objetivo?
Determinar qué impulsa el comportamiento de los individuos
para influir mejor sobre ellos.
S C L es una empresa que se creó hace veinticinco años.
Tiene varias ramas:
una rama militar, otra comercial, otra de análisis
y otra más enfocada a las elecciones.
Su herramienta es la psicología:
se basan en la psicología
para tratar de influir en las personas.
Son expertos en guerra psicológica,
hablando en terminología militar.
Es una disciplina académica con todas las de la ley,
y puede desarrollar diferentes usos.
De hecho, en su página web,
la empresa ofrece sus servicios con suma claridad.
Entre sus clientes se incluyen la OTAN,
el Ministerio de Defensa británico,
la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense
o el Departamento de Estado de Estados Unidos.
A ellos, por poner un ejemplo,
S C L los ayudó a identificar
quiénes eran los principales líderes en Afganistán,
facilitando así la intervención de Estados Unidos.
En otra ocasión,
S C L organizó una campaña de comunicación
para extender las vacunas en Ghana.
Pero ahí no queda la cosa.
Detrás de la parte más visible, aguardan otro tipo de prácticas.
Es una forma de zarandear a la gente ―esa es la palabra―
para que alcancen mejores resultados.
Pero también puede utilizarse para manipular a las personas
sin que estas se den cuenta.
Es un método que puede ser empleado
―y, de hecho, lo ha sido― por regímenes autoritarios.
Detrás de tanta prosa enrevesada,
está claro que S C L
ofrece servicios de manipulación de la opinión pública.
Por ejemplo, la firma se jacta
de haber organizado protestas en Nigeria en 2007,
con ánimo de decantar las elecciones.
S C L intervino también
en unos comicios en la isla de San Vicente,
en el Caribe,
de una forma bastante sorprendente.
S C L ayudó a un candidato a ganar las elecciones.
Contrataron a gente para llenar las paredes de grafitis,
inventándose así un problema con la juventud de aquel país,
un problema para el que el candidato tenía ya una solución orquestada.
Así pues,
crearon un problema
solo para poner de manifiesto que tenía solución.
En resumen, S C L
organiza estrategias de manipulación a la carta.
Y, con el desarrollo de internet,
gracias a los miles de millones de datos que circulan por la red,
su negocio empezó a adquirir una dimensión completamente nueva.
De pronto, en torno a 2012,
se dieron cuenta del tremendo potencial
que ofrecían los datos informáticos.
Para tomar posición en este nuevo mercado,
el Grupo S C L
creó una filial en Estados Unidos
llamada Cambridge Analytica.
La idea era ocultarse
detrás de una nueva estructura empresarial,
haciéndose pasar por una nueva empresa británica
Cambridge Analytica
que venía a ofrecer
prácticamente los mismos servicios que su matriz.
Para crear Cambridge Analytica
S C L se asoció
con un multimillonario estadounidense.
Y no cualquier multimillonario,
sino un matemático especializado en datos:
Robert Mercer.
Y, en el cargo de vicepresidente de la firma,
nos encontramos con su fiel escudero:
Steve Bannon.
Desde el principio, tuvieron un objetivo claro:
nada menos que revolucionar
la forma en que se habían estado llevando las campañas electorales.
A pesar de haberle solicitado en repetidas ocasiones
una entrevista,
Cambridge Analytica
se ha negado a hablar con nosotros.
Así que,
para entender a qué se dedican exactamente,
hicimos algo muy simple:
fijarnos en sus anuncios.
Las campañas electorales han cambiado.
Ya no se trata de emitir muchas veces un anuncio por televisión,
de enviar muchas cartas o de gastar mucho dinero.
Se trata de invertir el dinero de forma inteligente.
En el mundo de hoy,
en el que las campañas son cada vez más costosas
y las elecciones se ganan por mínimas pero cruciales diferencias,
es más importante que nunca
que llegue a la persona correcta en el momento correcto.
Ahí es donde pueden ser determinantes
las revolucionarias técnicas en el empleo de datos
que aporta Cambridge Analytica.
Así contado, parece fácil ganar unas elecciones.
La realidad es más compleja y, sobre todo,
mucho más turbia
de lo que Cambridge Analytica parece estar dispuesta a reconocer.
Desde que se implantó en Estados Unidos,
la firma se embarcó
en una operación sin precedentes
que consistía en recopilar millones de datos
sobre la población estadounidense sin su conocimiento.
Así es como funciona:
Supongamos que dentro de ese coche va el señor equis.
Al igual que cualquier otra persona,
va dejando rastro en internet de miles de datos personales
sin darse cuenta:
su dirección, su edad, sus ingresos, sus aficiones,
sus compras, su religión incluso
y hasta si posee algún arma de fuego.
Cambridge Analytica
compra estos datos a las compañías de crédito,
los bancos y aseguradoras sociales,
pero también a gigantes de la red como Facebook, Google y Twitter.
Es una práctica legal, aunque nadie va a presumir de ella.
En total,
se hace acopio de entre cuatro y cinco mil bancos de datos
por cada uno de los
doscientos treinta millones de adultos
que residen en Estados Unidos.
Es una cantidad enorme.
Para saber cómo los usan
solo hay que ver el resto del anuncio:
Las campañas políticas tradicionales
combinaban la información geográfica
con datos demográficos como la edad y el sexo
para identificar a los votantes y sus objetivos.
Esto puede tener su utilidad hasta cierto punto,
pero pasa por alto detalles personales
que pueden condicionar la disposición del votante.
Nosotros cotejamos esa información con hasta cinco mil bancos de datos
acerca de ideas políticas, hábitos de consumo y estilo de vida
en cada votante estadounidense.
Luego, sumamos otra capa de análisis, que atiende a la personalidad,
la capacidad de tomar decisiones y la motivación.
Así, se obtiene una imagen única y detallada de los votantes
y de lo que les ronda por la cabeza,
de forma que uno sepa exactamente a quién se dirige
y con qué tipo de mensaje hacerlo.
Es lo que llamamos «microfocalización conductual».
Nuestro equipo de científicos de datos,
psicólogos y expertos en campañas le enseñará,
cuáles son los votantes individuales que necesita para ganar
y asegurarse la victoria.
No, no se trata de una película de ciencia ficción.
La idea es llevar a cabo pruebas psicológicas
para comparar esos resultados con la información ya disponible;
descubrir las motivaciones de la gente
y poder así, influir en su voto.
Es una técnica consolidada.
Uno de sus inventores
enseña psicometría en la Universidad de Stanford, California.
Se llama Michal Kosinski.
La psicometría es la ciencia
que se ocupa de las mediciones psicológicas.
Me di cuenta de que,
en lugar de utilizar cuestionarios para indagar sobre la personalidad,
los sentimientos o las experiencias de una persona, tipo
«¿Te consideras alguien bien organizado?»,
se puede sencillamente rastrear en las huellas digitales
para comprobar si de verdad
es una persona bien organizada en la vida real.
Las pruebas para determinar
los rasgos psicológicos de una persona
se conocen como «el modelo OCEAN».
Miden la personalidad atendiendo a cinco criterios:
apertura,
responsabilidad,
extraversión,
amabilidad y neurosis.
En la red
se pueden rellenar este tipo de cuestionarios
con preguntas
tan aparentemente inofensivas como estas:
¿Qué superhéroe eres tú?
¿Qué personaje de «El mago de Oz» eres?
Si fueras una película, ¿cuál serías?
En 2008, Michal Kosinski
ideó para Facebook
la más célebre de estas pruebas, llamada «Mi personalidad»,
una suerte de test para saber más de uno mismo.
La aplicación se hizo muy popular.
Más de seis millones de personas rellenaron los cuestionarios y,
de todas ellas,
una gran parte
nos donó también la información de su perfil de Facebook.
A partir de ahí,
se pueden emplear algoritmos
para transformar esa información en perfiles íntimos
muy detallados y muy precisos.
El resultado de ello es que Michal Kosinski
atesora la base de datos psicométrica más grande del mundo,
una base de datos enteramente a su disposición,
con los perfiles de Facebook
de los seis millones de personas que respondieron a la invitación.
Y con datos suficientes como para saber mucho de ti...
Todos tus «Me gusta» de Facebook
se pueden convertir en una predicción bastante minuciosa
de tus puntos de vista políticos y religiosos,
tu grado de inteligencia o de felicidad,
tu orientación sexual
e incluso de si tus padres están divorciados o no.
La gente me pregunta a menudo
con cuánta exactitud
pueden predecir estos algoritmos nuestros rasgos más íntimos.
El mejor ejemplo
proviene de un estudio reciente
donde hemos comparado el grado de precisión de un algoritmo
con el de una serie de individuos.
Lo que hicimos fue recurrir a amigos y familiares
de las personas que se sometían a la prueba,
y les pedimos que rellenaran el test de personalidad
en nombre de los participantes.
Acto seguido,
alimentamos un algoritmo para cada participante del estudio
con sus «Me gusta» de Facebook
de forma que nos permitiera, una vez más,
predecir su personalidad.
Los resultados de este experimento son asombrosos.
Solo con analizar diez «Me gusta» de tu Facebook
el algoritmo te conoce mejor que tus compañeros de trabajo.
Con cien «Me gusta», te conoce mejor que tu familia.
Y con doscientos treinta «Me gusta», te conoce mejor que tu pareja.
Con la cantidad de huellas digitales que dejamos a diario,
mientras navegamos por internet o jugamos con nuestros teléfonos,
no es descabellado pensar
que los ordenadores
nos puedan llegar a conocer mejor,
incluso que nuestros familiares más cercanos.
¿Ordenadores que combinan datos personales
con pruebas psicológicas para predecir el comportamiento humano?
Suena a ciencia ficción, ¿verdad? Pero no lo es.
David Carroll
es profesor de diseño de medios gráficos
en la Universidad Parsons de Nueva York.
Durante meses,
batalló para recuperar los datos
que Cambridge Analytica tenía sobre él.
Y lo que se encontró le dejó boquiabierto.
Esta es la hoja de cálculo de Excel que me proporcionaron.
Está dividida en tres pestañas:
datos personales, aspectos electorales y modelos.
Por un lado,
figuraban docenas de datos personales
que la empresa había ido pescando de internet.
Aquí está toda la información del votante,
que es de consulta pública en el registro electoral,
y es correcta.
Aclara cuándo entré en el censo,
mi fecha de cumpleaños,
mi dirección,
el código postal,
todo ello relacionado
con la información del censo
y con el distrito electoral
las elecciones al Senado...
estatales y legislativas.
Hay, además,
todo tipo de información sobre mis hábitos de consumo,
las zonas de televisión y radio a las que pertenezco
y las reglas FIPS,
unos códigos que tienen que ver con el cifrado de datos.
Por otro lado,
había también una evaluación psicométrica de su personalidad.
Aquí podemos ver el modelo, que sería mi perfil.
Hay diferentes temas
ordenados por un criterio de relevancia,
con mis inclinaciones partidistas reseñadas unas veces y otras no.
Se puede observar qué tipo de cliente soy,
en tanto que no me considera ni demócrata ni republicano o,
en todo caso, como un republicano dudoso.
El modelo en sí
tiene el interés de que permite encontrar
a votantes conservadores
que estarían registrados como demócratas
cuando, en realidad, votan a los republicanos.
Al poder relacionar el código postal
con el resto de distritos electorales,
se puede atinar muchísimo en términos geográficos
a la hora de localizar votantes,
de forma que se pueda inclinar la balanza
en las elecciones de este país.
Si los ciudadanos estadounidenses
fueran conscientes de que esto está pasando
―y, además, a escala internacional―,
se indignarían.
Financiada por Robert
y dirigida por Steve Bannon
la firma Cambridge Analytica
no podía resistirse
a ofrecer sus servicios al candidato Donald Trump.
A finales de junio de 2016, el acuerdo estaba ya cerrado.
Y el veintinueve de julio de ese año,
la firma británica recibió su primer ingreso.
Está reflejado
en el estadillo de cuentas de la campaña.
Gracias a los cuatro pagos
que recibe entre julio y octubre de 2016,
Cambridge Analytica
ingresa casi seis millones de dólares.
Al mismo tiempo,
el comité de acción política pro Trump
sufragado por Robert Mercer
también le abonaría cinco millones más de dólares
a Cambridge Analytica.
A la postre,
la compañía británica
acabaría recibiendo once millones de dólares
por prestar sus servicios
a favor de la campaña de Trump.
Desde agosto de 2016,
la máquina de ganar elecciones de Robert Mercer
iba a cien por hora a favor de Trump.
Lo único que faltaba aún
era aplicarla a las elecciones estadounidenses.
El equipo de campaña de Trump
incluyendo a Cambridge Analytica
vio algo en el electorado estadounidense
que el equipo de Clinton
y los medios de comunicación no advirtieron.
Gracias al conocimiento del electorado
por parte de Cambridge Analytica
los asesores de Trump
diseñaron una estrategia
a la medida del peculiar sistema electoral estadounidense.
En Estados Unidos,
el Presidente no es elegido directamente por el pueblo,
sino a través de los electores
que hay designados en cada uno de los cincuenta estados.
No todos los electores tienen el mismo peso
ni son igual de decisivos a la hora de ganar.
El equipo de Trump
sospechaba que no iban a ganar en el cómputo general de votos,
lo cual hizo que concentraran toda su estrategia
en los estados clave.
Si sabes que no vas a obtener la mayoría de los votos
en todo el país,
¿qué haces?
Pues tienes que ganar suficientes electores
para inclinar la balanza.
¿Y cómo haces eso?
Pues estaban obligados
a ir convenciendo a cada uno de los pequeños grupos de votantes.
Trump pisó varias regiones
que a más de uno le parecían un error de cálculo.
Pensaban:
«¿qué hace yendo allí? Tendría que ir a otro lado».
Pero estaba todo planeado.
Puso rumbo a estados
que siempre habían sido considerados demócratas,
como Míchigan, Wisconsin y Pensilvania.
Y en los tres venció Trump en noviembre.
Esa fue la estrategia recomendada por Cambridge Analytica
no tratar de convencer
a millones de ciudadanos por todo el país
de que votaran a Trump
sino, al contrario,
concentrarse en unas decenas de miles que,
como bien sabía la firma por sus análisis,
no tenían aún el voto decidido.
Si eres alguien tan inteligente como Robert Mercer
y vas detrás de un objetivo,
lo que él hace con los algoritmos en el negocio bursátil
es tratar de encontrar esa pequeña ventaja
que pueda haber sobre la competencia,
porque, por muy pequeña que sea,
siempre puede acabar marcando la diferencia
y eso es lo que, a la postre,
te puede hacer amasar ingentes cantidades de dinero.
Creo que es lo mismo que hace
a la hora de utilizar los datos personales
y el potencial de manipulación
que brinda una plataforma como Facebook
ya que esto puede ser lo que le dé esa ventaja,
además de la estrategia de difundir noticias falsas
y el resto de técnicas y tácticas por el estilo.
Ahí es donde entra
la técnica ideada
por los científicos de Cambridge Analytica.
Gracias a la información que tenían sobre el electorado estadounidense,
definieron treinta y dos tipos distintos de personalidades
por toda la nación.
Enviaron miles de mensajes individualizados,
dirigidos a aquellos
que consideraban particularmente inestables o catastrofistas
y, por tanto,
vulnerables a los mensajes de Donald Trump.
La compañía identificó a muchos de estos votantes en tres estados:
Wisconsin, Míchigan y Pensilvania.
Y en los tres creyeron
que podrían lograr inclinar el voto hacia Trump.
En un comunicado de prensa,
Cambridge Analytica explicó abiertamente su estrategia:
«Cuando, en las últimas semanas de la campaña electoral,
los analistas de datos de la empresa
volvieron a calcular el número de votantes
y a reformular los modelos
para la posible victoria de Donald Trump,
el candidato republicano
volvió a visitar estados como Míchigan y Wisconsin.»
Sigue habiendo una pregunta en el aire
que la firma británica no despeja:
¿cómo accedieron a estos votantes particulares?
Bueno, lo hicieron sin su consentimiento,
utilizando una herramienta de Facebook
poco conocida:
la publicación oculta.
La idea es que una empresa o una página de Facebook
pueda activar un mensaje para un grupo muy específico,
solo visible para ellos
y sin que la empresa aparezca en su perfil personal.
En un contexto electoral,
esto significa que un candidato
puede dirigirse a un usuario de Facebook
con un mensaje que denigre a otro candidato
y ello
a espaldas de los medios de comunicación.
Pues estos mensajes no aparecen públicamente.
Así pues,
la publicación oculta
consiste en un tipo de mensajes muy personalizados
que solo puede ver la persona a la que van destinados.
¿Cómo funciona exactamente?
Regresemos al señor equis.
Gracias a Cambridge Analytica
el equipo de Trump
sabe que está a favor de llevar armas de fuego.
Por eso, creará un mensaje hecho a su medida:
«¿Sabías que Hillary Clinton quiere arrebatarte el arma?».
Este mensaje lo recibe en su fuente de noticias de Facebook
en un momento dado
y de acuerdo al rastro de búsquedas y huellas digitales
que ha ido dejando.
Nadie más que él verá ese anuncio concreto
que, a las pocas horas, desaparecerá.
No queda registro alguno de estos mensajes,
así que no se puede saber quién los ha leído.
Una democracia que se mantiene entre sombras
no es una verdadera democracia.
Los debates políticos deberían ser abiertos,
de manera que todo el mundo supiese de qué pie cojea cada parte.
No así,
con ese secretismo
mediante el cual la gente recibe un mensaje misterioso
en su teléfono o en su ordenador,
que puede ser cualquier mentira,
aunque nunca lo sabremos
porque no ha dejado rastro.
Solo se encuentran en los servidores de Facebook
―lo cual no deja de ser interesante-,
pero el problema es
que ellos jamás los sacarán a la luz.
Esta avalancha de mensajes
se intensificó en las últimas semanas de la campaña electoral.
El ocho de noviembre de 2016, contra todo pronóstico,
Trump ganó
por veintitrés mil votos en Wisconsin
once mil en Míchigan
y cuarenta y tres mil en Pensilvania.
Esos setenta y siete mil votos en total,
logrados en los tres estados clave,
fueron los que llevaron a Trump a la victoria,
a pesar de haber logrado
tres millones de votos menos en todo el país.
La estrategia de Cambridge Analytica resultó un éxito.
Podemos ver que fueron unos setenta mil votantes
los que determinaron el resultado de estas elecciones presidenciales,
ya que residían en los distritos electorales que, a la postre,
resultaron decisivos.
A fin de cuentas,
muestra lo vulnerable que puede ser nuestro sistema electoral.
Si se puede identificar a los votantes
que más puedan inclinar la balanza
recurriendo tan solo a técnicas informáticas,
el resto de votos pasa automáticamente a valer menos.
De pronto,
la política y la democracia
pasaron a ser las siguientes industrias en caer,
tras la prensa, el periodismo en sí y la música.
Siempre hablamos de la “gran disrupción”
que supone la tecnología.
Y es como si esa interrupción
hubiera llegado también a la política;
y no solo a la política, también a la democracia.
Y el gran disruptor no es otro que Donald Trump.
Donald Trump
no jugó limpio para ganar las elecciones.
Nunca antes un candidato presidencial
había mentido tan impunemente.
Y todos los que lo apoyaron en la sombra
han recibido hoy su compensación.
Robert Mercer
ha colocado en puestos clave a toda su cohorte:
Steve Bannon, KellyAnne Conway y David Bossie
forman parte del círculo más cercano al Presidente.
En cuanto a Rebekah Mercer
fue ella misma
quien organizó el tablero de la Administración Trump.
Cambridge Analytica
sigue trabajando en la arena política.
Tras el Reino Unido y los Estados Unidos,
la firma especializada en psicometría
ha ampliado su cartera de clientes, sin ir más lejos en África.
Sus métodos siguen siendo los mismos,
consistentes en dirigirse a la gente,
tratando de influir en su voto sin que se dé cuenta.
Así, siguiendo el ejemplo de lo ocurrido en Estados Unidos,
el uso interesado de nuestros datos personales
puede traer consigo otra disrupción política
en muchos otros países.
Subtitulado por: María Victoria Cerezo Olivares
He recibido montones de mis seguidores
diciéndome que habían donado.
La ayuda humanitaria necesita cada día más dinero
para hacer frente a la multitud de emergencias
que se multiplican en el mundo.
De ahí la curiosa alianza
entre los medios de comunicación y las ONG'S.
Las donaciones rozan los cuatro millones.
Es realmente extraordinario.
Sin imágenes impactantes no hay captación de fondos.
El objetivo es
llegar al corazón de millones de donantes particulares
que les permitan financiar una buena parte de sus presupuestos.
Hay que traspasar la barrera de los dos segundos que hay
entre que te tiren a la papelera y el....
parece interesante.
Ha despertado mi curiosidad.
Voy a ver lo que hay dentro.
Estamos acostumbrados a que nos financien los estados.
A las relaciones claras.
Ahora tenemos que salir de nuestra zona de confort
y buscar una nueva forma de concebir la ayuda humanitaria.
La ayuda humanitaria de emergencia
se ha convertido en una industria gigantesca,
sin ánimo de lucro
pero con las mismas estrategias que las multinacionales.
Esta también es la típica foto que funciona muy bien
con la mirada del niño,
y que no falte la medida de desnutrición.
Sin embargo
algunos quieren terminar con el negocio de la caridad
denunciando malas prácticas
como los altos costos de operación de las ONG'S
la falta de coordinación,
o los múltiples intermediarios.
Y creen que el sistema debe reconsiderarse.
Durante unas semanas
se creó una ilusión con muchas donaciones.
Pero luego, meses después,
la gente fue abandonada,
sencillamente porque Haití ya no estaba de moda.
No se debe utilizar la pobreza para enriquecerse.
A la sombra del negocio humanitario.
La próxima semana en DOCUMENTOS TV.
Subtitulado por: María Victoria Cerezo Olivares
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